Planeta arte






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títuloPlaneta arte
fecha de publicación03.04.2017
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PLANETA ARTE


“Érase una vez un pequeño planeta, de una lejana galaxia, en otro universo, a dos o tres eternidades de la Tierra. Sus habitantes, lejos de ser unos despiadados, codiciosos y crueles humanos, eran la viva imagen del amor. Allí no existía el odio, ni la violencia, ni las desigualdades, ni la esclavitud... No hacían falta normas, ni leyes, tampoco patrias o fronteras. No había ejércitos ni armas, puesto que por encima de todo se hallaba el amor hacia una bandera carente de asta, tela o distintivo: La libertad.

Este curioso planeta escondía tras de sí una peculiar característica. Para que el mundo no parase de latir, de girar, para que no se convirtiera en unas ruinas asoladas por las guerras; brillaba con grandeza en lo alto del cielo una gran estrella, que daba luz al planeta evitando que se sumiese en la oscuridad. Pero esta estrella debía ser alimentada cada día por los propios habitantes del planeta.

El arte era el combustible de aquella estrella. Sí, el arte. Cada verso, cada nota, cada acorde... poemas y canciones movían el planeta. Desde las sosegadas palabras de Neruda, los fulminantes ‘te quiero’ de Benedetti que ‘no se rinde, no cede’. La rasgada voz de Sabina y los acordes de su cínica guitarra saliendo a galopar como versos de Alberti. Todo era arte en aquel lugar. Las miradas de enamorados se entrecruzaban, mirando fijamente al alma y no a un cuerpo como objeto. No es que las cosas sucedieran o se hicieran por amor al arte, sino que el amor era el mayor arte.

La juventud aprendía a amar a la madre naturaleza y al prójimo, todos convivían en armonía con los animales. Aquellos seres no anteponían un papel pintado a ninguna vida. Ni tampoco conducían máquinas metálicas que ensucian el azul cielo con su negro humo. En el firmamento se extendían campos y campos, bosques y bosques, libres de la amenaza de algún ser codicioso. En los mares rielaba la luz de una también resplandeciente y bella Luna, no arrastraban basuras ni tenían enormes manchas negras. En el cielo miríadas de estrellas brillaban, sonriendo con dulzura a aquel bello planeta. No había minerales preciosos sólo sonrisas, la gente amaba sus diferencias en vez de criticarlas y considerarse superiores unos a otros. Allí Krahe hubiera fumado tan a gusto su pipa de la paz.

Dicen que allí la felicidad existía, puesto que los habitantes conocían bien el significado de la libertad y del amor. Letanías de versos se escribían cada día al compás de un tango o un vals. Los niños corrían alegremente por las calles libres de ningún peligro ni residuo, hasta había animales que campaban libres por las calles. A nadie se le ocurría en ningún momento establecer algún tipo de superioridad del hombre sobre la mujer. Era una sociedad libre, sin prejuicios, sin odio, una sociedad en la que todos convivían como hermanos y se amaban como tales

Firmado: Un anónimo delirista y utópico soñador.”

Así concluía la historia. Dejé aquella extraña carta en su lugar. Un escondido cajón en el desván del abuelo. No me paré a pensar en quién la habría escrito. Me limité a imaginar por un momento poder vivir en aquel planeta.

Al día siguiente sonó el despertador, como de costumbre si no fuera porque era domingo. Decidí levantarme para aprovechar el día, aunque la verdad no tenía nada que hacer. Levanté la persiana y me percaté de que aún el Sol apenas se esbozaba tímidamente en la lejanía. Era verdaderamente temprano. La mañana avanzó realmente lenta. No hice más que ojear algún que otro libro y ver las últimas noticias. Los titulares retrataban fielmente la gran antítesis que es nuestro planeta al lado del de aquella historia. Casi un millar de muertos en Lampedusa, refugiados que buscan entrar a Europa en la frontera de Hungría, desconocedores de su futuro. En Siria ya no quedan hospitales ni colegios, niños que lloran desconsoladamente al ver cómo la OTAN les ayuda bombardeando sus casas. Millones de niños esclavos trabajando en Asia para que nosotros disfrutemos de nuestra cómoda vida. Desconecté de todo esto para que no me provocara un ataque de misantropía.

Bajé al supermercado a por el pan, en la puerta se encontraba una joven mujer pidiendo. Al salir le di lo que me había sobrado, le tendí la mano (supongo que no le resulta común porque vaciló unos segundos) y le deseé suerte. Sonrió y sonreí. Al volver a casa más de lo mismo. El telediario me agobia demasiado mientras como, a veces no lo soporto. Quería desconectar del mundo, un mundo que en algunas ocasiones, directamente me repugna.

La tarde no se presentaba con muchas expectativas. Estaba demasiado perdido en mis pensamientos. Ni siquiera estaba escuchando la música. Rara vez no tengo puesta música en mi cuarto, aunque no la esté escuchando. Oía de fondo a Sabina preguntando que quién le había robado el mes de Abril. Quité la música, necesitaba un momento de reflexión. La historia que había leído el otro día me había marcado. Era mi mundo ideal. Me gustaría poder vivir eternamente en aquel lugar. Pero aquello chocaba tan de frente con la realidad…

Tras deprimirme por ese inalcanzable mundo, decidí una cosa. No iba a cambiar este planeta. Ni yo ni nadie. Pero yo mismo podía construir mi propio planeta acorde con el de aquella historia. Convertí mi habitación en aquel planeta. La cama pronto se llenó de partituras, y las cuerdas de mi guitarra de canciones de Extremoduro. En mi escritorio quise volver a intentarlo. Volver a escribir el poema más bonito del mundo. Aunque ya jamás podré volver a escribirlo, desde que perdí a mi musa nada era igual sobre el folio. Lo dejé de un lado para no volver a caer en la misma historia de siempre. Tenía que hacerlo. Tenía que seguir adelante, y hacer de mi vida aquel mundo. Repartiendo arte, repartiendo amor. Iluminando un poco la Tierra, como aquellos seres hacían con su estrella.

Decidí convertirme en estrella, y aunque mi luz fuera pequeña, iluminar un poco mi alrededor. Recuerda, tú también puedes ser estrella, brillar tan solamente depende de ti…

Daniel Ávila Sánchez 4º ESO - A

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