Osho charlas acerca de fragmentos del Tao Te Ching de Lao Tse Compártelo ma gyan darshana capítulo 1






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Tao
Los Tres Tesoros

Vol.I
OSHO
Charlas acerca de fragmentos del

Tao Te Ching de Lao Tse

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MA GYAN DARSHANA

Capítulo 1
Del Tao Absoluto

11 de Junio de 1975
El Tao que puede decirse

No es el Tao absoluto.

Del surgimiento de los opuestos relativos.
Cuando todos en la Tierra

reconocen la belleza como belleza,

surge (el reconocimiento de) la fealdad.

Cuando todos en la Tierra

reconocen lo bueno como bueno,

surge (el reconocimiento de) el mal.
Por lo tanto:

Ser y no ser

son interdependientes en el crecimiento;

lo difícil y lo fácil

son interdependientes en la ejecución;

lo corto y lo largo

son interdependientes en el contraste;

lo alto y lo bajo

son interdependientes en la posición.

los tonos y la voz

son interdependientes en la armonía;

delante y detrás

son interdependientes en la compañía.
Por lo tanto, el Sabio:

Administra los asuntos sin actuar.

Predica la doctrina sin utilizar palabras.
Todas las cosas se desarrollan por sí mismas;

pero él no se aparta de ellas;

Les da vida, más no toma posesión de ellas.

Actúa, pero no se apropia.

Realiza, pero no reclama méritos.
Como no exige méritos,

el mérito no puede serle arrebatado.

Del Tao Absoluto
Hablo de Mahavira como parte de mi deber  mi corazón nunca está con él. Mahavira es demasiado matemático, no tiene la poesía de ser, no es un místico. Es grande, está iluminado, pero es como un vasto desierto: en él no puedes encontrar ni tan sólo un oasis. Pero como nací jaina, estoy en deuda. Hablo de él como parte de mi deber, pero mi corazón no está ahí. Hablo só­lo desde la mente. Cuando hablo de Mahavira hablo como un fo­rastero, porque él no está dentro de mí y yo no estoy dentro de él.

Lo mismo sucede con Moisés y Mahoma. No he hablado sobre ellos y no me apetece hablar de ellos. Si yo no hubiera nacido jaina tampoco habría hablado nunca de Mahavira. Mis discípulos mahometanos y mis discípulos judíos vienen a mí muchas veces y me dicen: "¿Por qué no hablas de Mahoma o de Moisés?" Es difícil explicárselo. Muchas veces, mirando sus caras, tomo la decisión de hablar; repaso una y otra vez las pa­labras de Moisés y de Mahoma, pero de nuevo lo pospongo. Ninguna campana suena en mi corazón. No tendría vida  si hablase sería algo muerto. Ni siquiera siento ningún deber ha­cia ellos como lo siento hacia Mahavira

Todos ellos pertenecen a la misma categoría: son demasiado calculadores, extremados; se pierden en el extremo opuesto. No son armonías, no son sinfonías, son notas sueltas. La nota ais­lada tiene belleza  una belleza austera  pero monótona. De vez en cuando está bien, pero si continúa, te aburrirás y querrás que pare. Las personalidades de Mahavira, Moisés y Mahoma son como notas aisladas: simples, austeras, incluso hermosas de vez en cuando. Pero si me encuentro con Mahavira, Moisés o Mahoma en el camino les presentaré mis respetos y escaparé.

Hablo sobre Krishna. Krishna es multidimensional, so­brehumano, milagroso, pero tiene más de mito que de hombre real; es tan extraordinario que no puede existir. Sobre esta tie­rra no pueden existir personas tan extraordinarias; sólo existen en forma de sueños, y los mitos no son sino sueños colectivos que la humanidad entera ha estado soñando, bellos, pero increíbles. Ha­blo sobre Krishna y disfruto con ello, pero disfruto como se disfruta de una bella historia, contándola. Pero eso no es muy significativo, simple chismorreo cósmico.

Hablo sobre Jesucristo. Siento una profunda simpatía hacia él. Me gustaría sufrir con él, y me gustaría llevar su cruz un rato a su lado. Pero nos mantenemos paralelos, nunca nos encon­tramos. ¡El es tan triste, está tan cargado  cargado con las mi­serias de toda la humanidad! No puede reír. Si vas con Jesús de­masiado tiempo te volverás triste, perderás la risa. Le rodea la melancolía. Aprecio a Jesús pero no me gustaría ser como él. Puedo caminar con él un rato y compartir su carga,  pero luego tenemos que separarnos porque nuestros caminos son dife­rentes. Jesús es bueno, pero demasiado bueno, casi inhumana­mente bueno.

Hablo sobre Zaratustra muy rara vez, pero le amo de la ma­nera en que un amigo ama a otro amigo. Te puedes reír con él, no es un moralista, no es un puritano puede disfrutar de la vida y de todo lo que la vida ofrece. Es un buen amigo, se podría es­tar con él para siempre  pero es sólo un amigo. Y la amistad es buena pero no es suficiente.

Hablo sobre Buda  le amo. A través de siglos, de muchas vidas, le he amado. Buda es tremendamente bello, extraor­dinariamente bello, magnífico. Pero no está sobre la tierra, no camina sobre la tierra. Vuela en el cielo y no deja huellas, no puedes seguirle, no sabes nunca dónde está. Es como una nube. A veces te encuentras con él, pero eso es accidental. Y es tan refinado que no puede echar raíces en esta tierra, está destinado a algún cielo más elevado. En ese sentido Buda es unilateral. La tierra y el cielo no se encuentran en él. Es celestial pero le falta la parte terrenal; es como una llama, hermoso, pero no hay aceite, no hay recipiente. Puedes ver la llama, pero se eleva más y más, nada la sujeta a la tierra.

Le amo, hablo de él desde mi corazón, pero sin embargo, sigue habiendo una distancia. Siempre la hay en el fenómeno del amor. Te acercas más y más y más, pero incluso en la cer­canía existe una distancia. Esa es la desgracia de todos los amantes.

De Lao Tse hablo de forma totalmente diferente. No me re­laciono con él, porque incluso para estar relacionado se necesita una distancia. No le amo, porque ¿cómo puedes amarte a ti mismo? Cuando hablo de Lao Tse lo hago como sí estuviera hablando de mí mismo, mi ser es totalmente uno con él; cuando hablo de Lao Tse es como si me estuviese mirando en un espejo  se refleja mi propia cara. Cuando hablo de Lao Tse estoy con él absolutamente. Incluso decir que "estoy con él absolutamen­te" no es verdad. Soy él, él es yo.

Los historiadores tienen dudas acerca de su existencia, pero yo no puedo dudar de su existencia porque ¿cómo voy a dudar de mi propia existencia? En el momento en que me hice posible, él se hizo verdadero para mí. Incluso si la Historia prueba que nunca existió, para mí no cambiaría nada, él debe haber exis­tido porque yo existo. Yo soy la prueba. Durante los próximos días, cuando hable de Lao Tse, no estaré hablando de otra per­sona  hablaré de mí mismo. Es como si Lao Tse estuviese hablando pero con un nombre diferente, un nam roop diferente, una encarnación diferente.

Lao Tse no es como Mahavira, no es absolutamente matemá­tico; y sin embargo, es muy lógico en su locura, ¡Tiene una lógica loca! Cuando penetremos en sus dichos llegaréis a sen­tirlo, pero no es tan claro ni evidente. Tiene una lógica propia: la lógica del absurdo, la lógica de la paradoja, la lógica de un loco.

Lao Tse golpea fuerte. La lógica de Mahavira puede ser com­prendida incluso por los ciegos, pero para comprender la lógica de Lao Tse tendrás que crearte ojos. Es una lógica muy sutil, no es la lógica ordinaria de los lógicos  es la lógica de una vida oculta, una vida muy sutil. Todo lo que dice es aparentemente absurdo, pero en lo profundo, existe una gran coherencia. Hay que penetrar en ello; uno debe cambiar su propia mente para comprender a Lao Tse. A Mahavira puedes comprenderle sin cambiar tu mente en absoluto; tal y como eres, puedes com­prender a Mahavira porque él está en la misma línea. Por muy delante de ti que esté, incluso si ha alcanzado la meta, está en la misma línea, en el mismo sendero. Cuando intentas compren­der a Lao Tse, él se pone a zigzaguear. A veces le ves yendo al Este y a veces yendo al Oeste, porque él dice que el Este es el Oeste y el Oeste es el Este, están juntos, son uno, el cree en la unidad de los opuestos. Y así es la vida. De forma que Lao Tse es sólo un portavoz de la vida. Si la vida es absurda, Lao Tse es absurdo; si la vida lleva consigo una lógica absurda, Lao Tse lleva consigo la misma lógica. Lao Tse simplemente refleja la vida. No le añade nada, y no elige nada de ella. Simplemente acepta, sea lo que sea.

Es sencillo ver la espiritualidad de Buda, muy sencillo; es tan extraordinaria que es imposible no reparar en ella. Pero es difícil ver la espiritualidad de Lao Tse porque él es tan ordina­rio, es como tú. Tu capacidad de comprensión tendrá que cre­cer. Si Buda pasa a tu lado, le reconocerás inmediatamente  ha pasado un ser humano superior. Tiene el encanto de un ser humano superior, así que es difícil no reparar en él.

Pero con Lao Tse... él puede ser tu vecino. Puede que le hayas estado pasando por alto porque es tan ordinario, tan extraordinariamente ordinario. Y esa es su belleza. Ser extra­ordinario es sencillo: sólo se necesita esfuerzo, refinamiento, hay que cultivarse. Es una profunda disciplina interna. Puedes hacerte muy, muy refinado, absolutamente extraterreno, pero ser ordinario es en realidad lo más extraordinario. Ningún es­fuerzo servirá es necesario el no esfuerzo. Ningún tipo de prác­tica servirá, ningún método, ningún medio servirá para nada, sólo la comprensión. Ni siquiera la meditación servirá. Para convertirte en un Buda, la meditación servirá. Para convertirte en un Lao Tse, ni siquiera la meditación servirá  sólo la comprensión. Sólo el comprender la vida tal como es y vivirla con coraje; no escaparse de ella, no ocultarse de ella, enfrentarla con coraje, sea lo que sea, buena o mala, divina o maligna, el cielo o el infierno.

Es muy difícil ser un Lao Tse o reconocer a un Lao Tse. De hecho, si puedes reconocer a un Lao Tse, ya eres un Lao Tse.

Para reconocer a un Buda no necesitas ser un Buda, pero para reconocer a Lao Tse necesitas ser un Lao Tse; si no, es imposible.

Se dice que Confucio fue a ver a Lao Tse. Lao Tse era un anciano, Confucio era más joven; Lao Tse era casi un desco­nocido, Confucio era conocido casi universalmente. Reyes y emperadores solían llamarle a sus cortes; los sabios solían pe­dirle consejo; era el hombre más sabio de la China en aquellos días. Pero con el tiempo, debió haber sentido que aunque su sabiduría podría ser útil para los demás, él no era feliz, no había logrado nada. Se había convertido en un experto, útil quizás para los demás, pero no para sí mismo. Así que comenzó una búsqueda secreta para encontrar a alguien que pudiese ayu­darle. Los sabios ordinarios no servían, porque ellos solían pedir su propio consejo. Los grandes eruditos no servían, por­que ellos solían acudir a él para consultarle sus problemas. Tenía que haber alguien en algún sitio  la vida es amplia.

Así que lo intentó; comenzó una búsqueda secreta. Envió a sus discípulos para que encontrasen a alguien que pudiese ayu­darle, y volvieron con la información de que había un hombre cuyo nombre nadie sabía; se le conocía como "el viejo". Lao Tse significa "el viejo". Lao Tse no es su nombre, nadie sabe su nombre. Es un desconocido tal que nadie sabe cuándo nació. Nadie sabe quién fue su padre ni su madre. Había vivido du­rante noventa años, pero sólo los seres humanos más excep­cionales se cruzaron con él, los muy excepcionales; los que te­nían ojos y perspectivas diferentes con los cuales comprenderle. Sólo existía para los más excepcionales. Un hombre tan ordi­nario, pero que sólo existía para las mentes más excepcionales.

Al oír las noticias de que existía un hombre al que llamaban "el viejo", Confucio fue a verle. Cuando estuvo ante Lao Tse pudo sentir que estaba ante un hombre de gran entendimiento, de gran integridad intelectual, de gran perspectiva lógica, un genio. Pudo sentir que había algo, pero no pudo precisar qué. Parecía que había algo, vagamente, misteriosamente; este hom­bre no era un hombre ordinario. Había algo oculto. Llevaba un tesoro.

Confucio preguntó "¿Qué opinas sobre la moral? ¿Cómo cultivar un buen carácter?". Confucio era un moralista y pen­saba que cultivar un buen carácter era el logro más elevado.

Lao Tse se rió a carcajadas, y dijo: "La cuestión de la inmora­lidad sólo surge si eres inmoral. Y sólo cuando no tienes carác­ter piensas en el carácter. Un hombre con carácter se olvida totalmente del hecho de que existe algo como el carácter. Y un hombre moral no sabe lo que significa la palabra "moral”. ¡Así que no seas tonto! Y no intentes cultivarte. Simplemente sé natural”.

Y este hombre tenía una energía tan tremenda que Confucio empezó a temblar. Se asustó  de la forma en que uno se asusta ante un abismo. No pudo soportarlo, y escapó. Cuando volvió con sus discípulos, que le esperaban fuera bajo un árbol, éstos no pudieron creerlo. Este hombre había estado con empera­dores, los más grandes emperadores, y nunca le habían visto ni un ápice de nerviosismo.

Y ahora estaba temblando, sudor frío brotaba de todo su cuerpo. No podían creerlo; ¿qué había sucedido? ¿qué había hecho este Lao Tse a su maestro? Le preguntaron y él dijo: "Esperad un poco. Dejad que me tranquilice. Este hombre es peligroso".

Y luego les dijo sobre Lao Tse: "Conozco grandes animales como los elefantes, y sé cómo caminan. Y he oído de animales ocultos en el mar, y sé cómo nadan. Y conozco grandes pájaros que vuelan miles de millas por encima de la tierra, y sé cómo vuelan. Pero este hombre es un dragón. Nadie sabe cómo ca­mina. Nadie sabe cómo vive. Nadie sabe cómo vuela. Nunca os acerquéis a él  es como un abismo. Es como la muerte".

Y esa es la definición de un maestro: un maestro es como la muerte. Si te acercas a él, si te acercas demasiado, te asustarás, te sacudirá un temblor. Serás poseído por un miedo descono­cido, como si te fueras a morir. Se dice que Confucio nunca regresó a ver a ese anciano.

Lao Tse era ordinario en cierta forma. Y en otra forma, era el hombre más extraordinario. No era extraordinario al estilo de Buda, era extraordinario de una forma totalmente diferente. Su forma de ser extraordinario no era tan obvia -era un tesoro oculto. No era milagroso como Krishna, no hizo ningún mila­gro, pero todo su ser era un milagro  la forma en la que cami­naba, su aspecto, su forma de ser. Todo su ser era un milagro.

No era triste como Jesús; podía reír, podía reír desde el vientre. Se dice que nació riéndose. Los niños nacen llorando, gi­miendo, pero él se dice que nació riéndose, y yo siento que debe ser verdad. Un hombre como Lao Tse debe haber nacido rién­dose, no es triste como Jesús  puede reír, reír tremendamente. Pero en lo profundo de su risa hay tristeza, compasión  tristeza por ti, por toda la existencia. Su risa no es superficial, Zara­tustra se ríe, pero su risa es diferente, no hay tristeza en ella. Lao Tse es triste como Jesús y no es triste como Jesús; Lao Tse se ríe como Zaratustra y no se ríe como Zaratustra, su tristeza conlleva risa y su risa conlleva tristeza. El es el encuentro de los Opuestos. Es una armonía, una sinfonía.

Recuerda esto... No estoy haciendo comentarios acerca de él, no hay distancia entre él y yo. El os habla a través de mi  un cuerpo diferente, un nombre diferente, una encarnación diferente, pero el mismo espíritu.
Ahora veamos el Sutra:
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