Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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"Yo con mi vida privada no me meto". "No hay que meterse con la vida privada de nadie", dije yo. "Mu­cho menos con la de uno. Es fuente segura de pro­blemas." "Me encanta", repitió María Angélica. Regresamos de Chicago más marido y mujer que nunca, y más libres de ese yugo que antes de tenerlo. Por primera vez desde que nos conocimos, María Angélica dispuso de mí como de su pareja. Me pedía dinero cuando le hacía falta, emprendía a mis costi­llas reparaciones de su casa, viajes académicos y va­caciones familiares a las que yo estaba invitado permanentemente. Aceptaba o me negaba sin repro­che. Mis negativas no creaban precedente, ni sus in­vitaciones obligación. Lo mismo sucedía con nuestros amores, la llamaba o me llamaba para ver si podía­mos dormir juntos, en su casa o en la mía; salíamos a comer, a cenar o al cine, tres o cuatro veces a la semana. Tenía dos hijos adolescentes de Matute, que se había extraviado en los negocios y en esa especia­lidad universal del padre ausente. El hijo mayor de María Angélica tenía dieciocho años, la menor ha­bía cumplido quince cuando volvimos de Chicago. Me hice cargo de su fiesta en todos los detalles, in­cluido el de hacer venir a Matute, que trabajaba con una empresa transnacional en Santiago de Chile. Matute valoró la situación y concluyó, para molestia olímpica de María Angélica y alivio absolutorio mío: "Veo a mis hijos en las mejores manos. No podría irme más tranquilo respecto de su futuro." Llevaba cinco años de no ocuparse de ellos, salvo con alguna llamada telefónica y algún regalo navideño que caía en el seno familiar como una extravagancia. María Angélica puso en mis manos la crisis vocacional de su hijo mayor, con quien hablé largamente de todas las cosas menos de la carrera que debía escoger. Al final se hizo matemático y luego pianista, y luego rico porque resultó un genio inversionista en la bolsa, él, a quien su madre quería historiador o filósofo salido de mis manos. Puso también en mis manos las dudas públicas de todo orden que aquejaban a su hija: polí­ticas, históricas, económicas, ecológicas, religiosas, paranormales. "Pregúntenle a Adriano" se volvió una respuesta canónica de María Angélica para sus hijos. Los muchachos me preguntaban al principio espaciadamente, al final como en una consulta obligato­ria de todas las cosas. Yo diría que fui un padre ejemplar, salvo porque nunca jugué con ellos. Tam­poco los oprimí ni me volví su sombra. Todos sus odios filiales se los quedó Matute, todas sus rebel­días adolescentes las soportó María Angélica, todas sus dudas y sus maduraciones las tuve yo en mis manos; fueron mi mayor pedagogía.

«Cecilia volvió a mí como era inevitable que volviera: en una ambulancia. El coche en que viaja­ba dio de frente con un autobús de pasajeros en las afueras del pueblo donde se había residenciado para volar de alcohol y alucinógenos. Recogieron del auto destrozado los cadáveres de sus acompañantes y el cuerpo inconsciente de Cecilia, protegida del sinies­tro por una línea invisible: viajaba en el único lugar del coche que quedó intacto en la colisión. Cecilia tenía mi teléfono reciente en la cartera, como años después habría de tenerlo Vigil, el teléfono cuyo nuevo número yo le había enviado por telégrafo días atrás para asegurarme que podría encontrarme en caso de emergencia, el único teléfono que al­guien contestó cuando la emergencia prevista se hizo presente. Lo contesté yo. Supe por una voz anóni­ma que Cecilia estaba bien, es decir viva, la única, en medio de sus acompañantes muertos. Tenía un tobillo roto y una pierna insensible. También cier­ta dislalia y otros síntomas de retardo cerebral. Las radiografías lugareñas, dijeron los médicos, no mostraban fracturas de cuello o cráneo, pero la dis­lalia y el retardo estaban ahí. Acaso la sacudida de la masa encefálica podía estar creando problemas, lo cual pedía observación de la paciente en reposo y un examen con aparatos que sólo había en la ca­pital. Envié una ambulancia para traerla. La seda­ron para minimizar sus movimientos durante el viaje. Trescientos kilómetros después la recibí en la entrada del hospital de especialidades donde iban a revisarla. "Me tajiste pesa de nuevo", dijo ebria de los antibióticos y la dislalia. Presa estaba y presa la había traído, aunque ella y yo sabíamos muy bien que no por mucho tiempo. Al regresar del hospital pude contarle la situación completa a María Angé­lica por primera vez. Por primera vez me dijo: "Si te ibas a conseguir una hija, por qué no al menos una hija sana." "Hubiera sido poco serio", jugué, y ella aceptó mi sinrazón con una sonrisa. El examen no mostró lesiones en el cerebro, la dislalia cedió poco a poco, lo mismo que la insensibilidad en la pierna. Cecilia había engordado, su mirada era som­bría, con un leve estrabismo, en realidad con un párpado ligeramente caído que daba a uno de sus ojos cierta fijeza inquietante frente a la movilidad del otro. Los días de hospital le devolvieron el co­lor y la calma a sus facciones, que perdieron poco a poco su palidez. Los sedantes la dejaron dormir, su cuerpo recobró poco a poco el ánimo, la tensión, el apetito. Su cabeza volvió también, pero en una cuer­da oscura, depresiva, al revés de su cuerpo, que agra­decía el trato y parecía cantar. "No me quiero morir", me dijo una mañana. "Pero hago todo lo necesario para morirme. ¿Qué es lo que quiero en­tonces? ¿Tú me entiendes?" "Entiendo que quieres las dos cosas", respondí: "Quieres morirte y quieres vivir.” “No me quiero morir. No quiero. No me quiero morir." Me gustó siempre la garra de Ceci­lia Miramón, su capacidad de asomarse a los lími­tes y desafiarlos. Estaba siempre en fuga, huyendo de sí misma; al mismo tiempo era capaz de hacer aquellos altos, suspender la huida y mirarse sin nin­gún velo, sin la menor autocompasión. "Voy a in­ternarme de nuevo si me ayudas", me dijo. "Voy a secarme otra vez, de una vez por todas."

»Sus padres hicieron por fin acto de presen­cia. Eran la sombra de la hija, el bastidor contra el que Cecilia había azotado su juventud y prodigado sus excesos, como mostrándoles sus heridas para hacerles pagar con ellas responsabilidades inescru­tables. Los conocí al fin de una de las sesiones con familiares que la clínica juzgaba parte esencial de la cura del paciente o, al menos, de su reflexión tera­péutica. Cecilia me pidió que acudiera a dos sesio­nes, que aguantara en ellas lo que tenía que decir de mí. Acudí preparado para lo peor, pero en la cabeza de Cecilia mi culpa era menor que en la mía. Sus sesiones conmigo fueron una larga confesión de sus traiciones, como llamó a sus amores, y sus manipuleos, las mil formas en que según ella había burlado mi buena fe, mi generosidad, mi amor. No sentí sus testimonios infamantes sino amorosos. Apenas pude decirle, ante la presencia de todos, sus padres incluidos, que lo único de ella que me había herido era verla herida. Al salir de la sesión se acer­có la madre de Cecilia y me dijo: "Usted es un hom­bre demasiado mayor para mi hija." "Así es", le dije. "Podría usted recibir una demanda judicial por abu­so de menores", dijo el padre de Cecilia, echándo­me encima un acusado aliento alcohólico. "Cecilia cumplió treinta y un años hace cuatro meses, en julio", le recordé. "Pero usted fue su maestro y su amante mucho antes", me dijo. "Usted abusó de su posición. Tendrá que indemnizar a Cecilia. Recibi­rá mi demanda." "La recibiré con gusto", le dije. "Como la primera señal de que ustedes han empe­zado a ocuparse de su hija." El padre de Cecilia empezó a injuriarme en el pasillo, la madre me gri­tó "rabo verde". Entendí las dificultades con las que Cecilia había tenido que lidiar en la vida.

«Cecilia volvió a internarse para una desin­toxicación general. La acompañé en su terapia den­tro de la clínica, cuando salió también. Le conseguí un trabajo como escritora de guiones museográficos. Mientras ella no pudo hacerlo, sufragué sus gas­tos de médicos y medicinas, comida, vivienda, su instalación en un departamento y un guardarropa adecuado a la nueva era. Lo realmente difícil fue lo inesperado. Como parte del método de su terapia, en algún momento ella debía contar toda su histo­ria, sin callarse nada. Debía contársela a alguien que fuera efectivamente un testigo, un espejo de calidad a cuya mirada no pudiera luego sustraerse y cuya comprensión solidaria pudiera ser un principio efec­tivo para poder perdonarse a sí misma sus errores y perdonar después a los demás, al mundo, sus agra­vios. Me explicó todo eso el día que me pidió ser su espejo, escuchar lo que iba a decir por primera vez, lo que no se había dicho ni siquiera a ella misma.

»Quien hubiera diseñado aquel sustituto de la confesión católica sabía bien lo que hacía. Las co­sas debían contarse empezando por sus detalles más penosos. La narración circunstanciada de los hechos llevaba al horror de sí mismo pero también a la hu­mildad ante el tamaño de las propias debilidades. Cecilia tardó una semana en vaciarse completamen­te frente a mí y yo en quedar vacío frente a ella. No me evitó los detalles, porque el método lo exigía. Los detalles estuvieron a punto de volverme loco. Ceci­lia había bajado varias veces a un infierno de abuso sexual, drogas, servidumbres, perversiones, miseria humana. Había incurrido en todas las cosas que odiaba. Había usado su cuerpo como un terreno baldío, su cabeza como una señal de tiro al blanco. Se había restregado en todos los cuerpos, se había hecho eco de todas las ideas erróneas sobre la libertad y el valor, mezcladas en su viaje con la temeridad estúpida y con el simple masoquismo. No me evitó los detalles, pero yo los evitaré. Cuando terminó de hablar la quería menos, la compadecía menos, la respetaba menos. Como si me hubiera engañado más que nun­ca diciéndome hasta la ignominia la verdad. Del fon­do del desprecio vino, sin embargo, poco a poco, la comprensión. Me hería saberme uno más en la hile­ra de cuerpos frígidos con los que Cecilia había ido chocando en la vida, demasiado encerrada en su pro­pio estruendo para poder escuchar el sonido de los otros. Al final me hería reconocer que en distintos momentos no había estado tan lejos de la hilera de predadores que habían usado su cuerpo como el es­pacio sin respeto que ella quería, como el terreno baldío de una expiación absurda. Me vine a casa y escribí su historia respetando el método de la tera­pia, es decir, empezando por los detalles de su relato que me habían resultado menos tolerables. Todos afectaban mi vanidad más que mi conciencia, po­nían el acento en mi rabia más que en el sufrimiento de Cecilia. Rompí el relato, le escribí una confesión de amor herido que se volvió al paso de la pluma una confesión de pena por no haberla querido más, protegido más, comprendido más. Las emociones son en general bastante rusas, quiero decir, como en Dostoievski: lloran de felicidad, perdonan de rabia, se humillan por vanidad. Así yo con Cecilia Miramón: me conmoví de orgullo herido, volví a querer­la de puro despecho.

»Estuvo un año sobria, y floreció. Un día me dijo: "Tengo la tentación de meterme sana en tu cama.” “¿Ya estás sana?", pregunté yo. "Supongo que este impulso es un mal síntoma", dijo Cecilia. "Pero quisiera meterme en tu cama sobria, siquiera una vez." "Tendré que estar borracho", dije yo. "Si estás borracho no podré besarte. No puedo besar a nadie que haya tomado más de una cerveza." "Ni borra­cho ni sobrio", dije yo. "Ya veremos", dijo Cecilia. Recaímos poco después, pero recaímos en otra par­te, en algo parecido a la camaradería, más que al amor. En el año segundo de su sobriedad, Cecilia me anun­ció su noviazgo con un compañero de museografías; luego, poco después, su matrimonio. "Es el segundo hombre que quiero sobria en la vida. Al primero lo querré siempre, y eres tú." (Durante esos años Ceci­lia habló de su vida "sobria" y de su vida anterior, como si sólo fuera cierta o seria la vida sobria.) Que­ría tener hijos, me dijo. Quería ver ginecólogos, cam­biar pañales, absorberse en sus hijos, en su casa, ver engordar y aburrir a su marido: ser feliz. Eso hizo. Tuvo tres hijos en escalera y no supo sino de pañales y lactancias. Luego, el huracán la levantó de nuevo porque el huracán era parte de su vida —o de su muerte, como se prefiera.

«Vivimos en paz entonces, sin frecuentarnos físicamente pero en una sintonía especial de intimi­dad y confianza, no como la que puede haber entre un padre sustituto y su hija simbólica, sino como la que hay entre dos cómplices que se han puesto en un lugar aparte que ninguna competencia amorosa puede alcanzar. Fantaseo quizá, pero no puedo po­ner en otro sitio el hecho de que Cecilia me llamara por la noche, ya que su marido dormía, para contar­me su jornada y decirme al final: "Voy a soñar conti­go." Soñaba o no, pero era como sugerir que estaba pegada a mí en otra parte, una parte más seria que mi cama o la suya, tan real como sus hijos o mis libros, un sitio aparte. Cuando nació su tercer niño, todos hombres, todos locos cuando crecieron, lo mismo que su madre, Cecilia se ligó las trompas y empezó a construir una deliciosa fantasía. Me dijo: "Cuando todo esto se haya cumplido, yo haya creci­do a mis hijos y me haya separado de mi marido, me voy a dedicar a cuidarte y a quererte." Según ella se desprendería de sus hijos cuando cumplieran vein­tiún años. Entonces se dedicaría a mí. Tendríamos un casa señorial, yo sería un maravilloso anciano de ochenta, ella una mujer independiente de sesenta y nos moriríamos juntos cuando tocara. Me gustaba aquella fantasía porque era una declaración de amor para todas las estaciones. Eso era, sin proponérmelo, lo que había empezado a buscar yo de mis mujeres: una especie de compañía profunda, de vínculo indi­soluble, cuya expresión mayor eran los planes iluso­rios de envejecer juntos, serena, gloriosamente, como no envejece nadie.»
Nos citamos para el día siguiente en el restaurante y sus maderas. Luego de un preámbulo nostálgico, si­guió Adriano:

—El día que cumplí cincuenta y cinco años recibí por el correo el libro de Ana Segovia sobre la genealogía de la efigie guadalupana. Lo había termi­nado al fin, casi veinticinco años después de haberlo iniciado. Empecé a hojearlo y me fui deteniendo hasta hurgarlo del todo. Era una hermosa edición del más completo estudio que se hubiera hecho sobre la ima­ginería religiosa. Durante años había hablado con Ana de ese libro, me había resignado a su constante in­constancia, a su entrar y salir de la investigación, y había contraído la idea de que nunca iba a ponerle fin a aquel estudio. Verlo terminado sobre mi escritorio, tenerlo en mis manos, fue como una aparición laica: la propia virgen guadalupana había hecho el milagro de este libro. Mientras lo hojeaba volví al día de mi primer encuentro con Ana frente al mostrador del Archivo. Olí su perfume, recordé sus formas, pensé que el ayer era una capa delgada, que después de cierta edad la memoria, no el deseo, es la fuente verdadera de la vida. El libro de Ana venía acompañado de la invitación a un coctel vespertino donde sería presentado, entre otros, por el administrador de la Basílica, un clérigo bien vivido, historiador de altos registros, que sostenía en oscuros escritos la imposibilidad de probar históricamente las apariciones de la virgen. Era el autor de una sugerencia sacrílega, muy atrac­tiva para agnósticos como yo, según la cual el verda­dero milagro de la Virgen de Guadalupe no eran sus apariciones sino la propagación arrolladora de su culto en el corazón del pueblo.

«María Angélica atendía en Texas una reunión de bibliotecarias. Yo había terminado un prólogo inusitadamente árido, hijo de un encierro de seis días. Mi ánimo estuvo abierto para escuchar el llamado de Ana. Me presenté en el coctel tarde, calculando que la presentación hubiera empezado. El local esta­ba lleno, me escurrí a la parte del fondo para obser­var a mis anchas el acontecimiento, protegido por una columna. Pensaba ver, oír y retirarme cuando acabara. Pero Ana venía tarde y el acto no había empezado cuando llegué, lo cual no tiene importan­cia salvo porque la vi entrar, caminando a paso rau­do por el pasillo rumbo a las primeras filas donde la esperaban. Venía en unos tacones altos, su figura so­bresalía entre los asistentes sentados con una elegan­cia rara, como de barco deslizándose por un canal hacia el mar abierto. La miré dispuesto a no hacerle concesiones, lo cual quería decir, probablemente, que ya se las había hecho. Cuando llegó a donde estaba el abate de la basílica se puso de puntas para alcanzar su mejilla con un beso; agradecí lo mucho que que­daba de su espalda, su talle, sus piernas fuertes y lar­gas. Se había vuelto una matrona suculenta.

Conservaba la prestancia del baile, los músculos du­ros, el andar ligero. Los años habían añadido carnes bien surtidas a sus formas esbeltas y un aire de sabi­duría perversa a sus siempre hermosas facciones. Acepté que ninguna de mis mujeres me había gusta­do tanto como Ana, ninguna competía con ella en la naturalidad de su belleza. Me hirvió la sangre de ver­la, debo confesar, como les hierve sólo a los adoles­centes, aunque lo único adolescente que quedaba en mí era el paso frenético con que me enfilaba a los sesenta. Cambié mis planes. Me quedé al coctel que siguió a la presentación del libro. En un momento de la lectura del abate, Ana me descubrió entre el audito­rio. La vi ponerse roja, sonreír, lamerse los labios con aquel tic suyo que servía por igual sus momentos de rabia y de turbación. Pero no había rabia en sus ojos ni en su gesto. Había un apuro gozoso, como de quien recibe en bata la visita de amigos imprevistos. No hice sino mirarla y turbarla, especialmente cuando empezó a hablar. Los nervios la pusieron elocuente, más des­creída que nunca. Leí en sus andanadas jacobinas una complicidad con nuestro pasado, con el momento en que nos conocimos, con nuestros años de burlo­nes desencuentros en la materia. Repitió un viejo chiste común, supe que lo dijo para mí: "Como us­tedes saben", sonrió, "no creo en la iglesia católica. Creo en el pueblo que cree en esa iglesia. Pero no acepto que crea en ninguna otra. Si es inevitable que el pueblo tenga una religión, por lo menos que sea la verdadera." Al terminar la entretuvieron algunos lec­tores que pedían autógrafos. Me acerqué al coctel, donde me alcanzó el abate. "Hacen una extraña pareja usted y Ana", le dije. "En el fondo ella cree más de lo que dice y usted cree menos de lo que acepta." Alzó una copa de vino me dijo, sonriendo con levedad angélica: "Usted, como historiador, sabe que hay algo profundamente verdadero en todo esto. Yo, como creyente, sé que hay algo profundamente incier­to que sólo puede creer la fe" Pensé, comparativamen­te, que seguía habiendo entre Ana y yo algo fresco que no habían matado los años, también algo viejo, que no podría remozar ninguna frescura. Era el turno de la novedad, sin embargo, la hora de mi reencuentro con Ana Segovia. Así fue. Vino a mí entre los invitados al coctel, las mejillas encendidas, los ojos húmedos. Me abrió los brazos, tomándome por debajo del saco. Sentí su cuerpo lleno y su voz en mi oído: "¿Te gus­té? Dime que te gusté"."Como una virgen", dije. "Eso es lo que ando, virgen" me dijo. "¿Puedes ce­nar después de esto?"

»Cenamos con el abate de la basílica, que se retiró a buenas horas, no sin darle término a un buen vino rojo. Antes de marcharse, preguntó: "¿Ustedes se casaron alguna vez por el rito de la Santa Madre Iglesia?" "Sólo por el rito de la carne", dijo Ana. "Es un hecho de la historia que los ritos de la Santa Ma­dre Iglesia duran más que los de la carne", consagró el abate. "También son más aburridos", dijo Ana. "Mucho más", dijo el abate. "Mucho más." Cuando se hubo marchado, Ana me dijo: "El abate es mi cóm­plice. Quiere que me case de nuevo. Según sus regis­tros, por primera vez. Es su manera de coquetearme." "Creo que estoy atrasado de noticias respecto de tus matrimonios", le dije. "Me divorcié hace seis meses, luego de tres separaciones", me informó Ana. "Pero como estaba casada sólo por lo civil, para el abate ese matrimonio no cuenta. Está empeñado en que me case por primera vez.
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