Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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«Hasta entonces, mi fusión con María Angé­lica había llenado por igual mis deseos y mis pensa­mientos. Había potenciado mis certidumbres en torno a la superioridad del pensar sobre al hacer, las ventajas del claustro sobre la intemperie, del día so­bre la noche, de la armonía sobre el exceso, de la rutina plácida del amor sobre el rapto de la aventura. Las caricias inesperadas de mi alumna barrieron todo eso como quien limpia de una brazada los papeles viejos de un escritorio. Se llamaba Cecilia Miramón. Era hija de un padre mayor y tenía debilidad por sus mayores. La tuvo por mí, suponiéndome un sustitu­to de sus fantasías infantiles. Las fantasías infantiles están llenas de duendes y hadas, pero están cruzadas también por la perversidad de las pasiones, como si la edad adulta acechara al niño desde muy tempra­no. La niña quiere entrar inocentemente a la recá­mara de sus padres para ver lo que sospechan sus glándulas dormidas. Así empieza su historia de adul­ta precoz y niña eterna. Acaba metida con un hom­bre mayor dueño de todos los arreos que delatan a la figura buscada del padre, la alcoba prohibida, los oscuros celos infantiles. Todo eso está muy visto y dicho. Lo que no siempre se dice es el enorme placer que esos desplazamientos pueden darle con el tiem­po a la niña transgresora y, sobre todo, el placer sin fronteras que puede darle un amor joven por el pa­dre a un adulto joven capaz de suplirlo en las fanta­sías de su hija. Cecilia era hija, como yo, de un padre talentoso, escritor de altos registros perdido sin em­bargo, como tantos, en la noria de la falta de estímu­los de la vida intelectual mexicana: más alcohol que lectores, más servidumbres burocráticas que oportu­nidades literarias, vocaciones sin eco en la gran mu­ralla de un país bárbaro y provinciano. En fin, una vieja historia que sólo el tiempo ha empezado a cu­rar, como todo en la historia. Fui beneficiario de ella en el cuerpo joven y fresco de Cecilia Miramón, quien acudió a mí como a todas sus cosas, con una energía sin límite que escondía cierta necesidad de aturdimiento, la urgencia de perderse en el ritmo huraca­nado de sus propias acciones. "Me emborrachas", decía Cecilia en nuestras sobremesa, que discurrían, es cierto, por los rieles del vino abundante y los siem­pre penúltimos brindis. En realidad se emborracha­ba ella, al principio con gracia, se llenaban de humedad sus labios y de lujuria sus ojos; después, a mitad de la tarde o de la noche, era como una don­cella envilecida, un animal en celo, hipnótico y beli­coso que había que domar para amar. Yo no había estado con una mujer de la edad de Cecilia Mira­món desde que tuve a medias a Regina, antes de su boda. Eran increíbles para mí la dureza de sus car­nes, la rapidez de sus glándulas, la flexibilidad de su cuerpo. Volvía con renovado fuego sobre mí hacién­dome sentir que era yo quien la incendiaba y no sus años. Acaso envejecer no sea sino una forma de ha­cerse lento, de perder velocidad y prisa, lo mismo que ilusión y deseo. Las fáciles humedades de Ceci­lia Miramón denunciaban las lentitudes de María Angélica. Cecilia podía irrumpir en mi cubículo de la Universidad una mañana para obligarme, con pri­sa envanecedora, a tenerla ahí mismo, sentado en mi sillón profesoral con ella encima, urgida, amorosa, adolescente como el primer día. Me reía de mi mis­mo después, recordándolo con risa de hombre libre, zafado de sus convenciones (la corbata, el peinado, los sombreros, los miedos). La novedad de Cecilia y el surtidor veloz de sus pasiones no trajeron, como podía esperarse, un desencanto de mis amores vie­jos, en particular de mi amor por María Angélica, única con quien competían en ese tiempo. Por el contrario, el pacto con Cecilia y sus desvaríos abrió una ventana de nueva lujuria con María Angélica. Antes de darme cuenta iba de un lecho a otro con entusiasmo de principiante, retomando en uno lo que acababa de dejar en el otro, del mismo modo que em­pezaba un libro apenas ponía los ojos en las líneas finales del anterior, como el goloso en el siguiente plato o el místico en la siguiente epifanía. María An­gélica y Cecilia eran mis epifanías alternas. Durante casi un año la única tentación de mi vida, el único afán, fue tenerlas, ir de una a otra sin saciarme de ninguna. Pagaron aquella afición mis libros y mis cla­ses, que abandoné sin reconocerlo; gozaron mis glándu­las, y también mi cabeza, dichosa de aquel abandono. Fui feliz y ellas, creo, también lo fueron, María An­gélica sin saber de Cecilia y sin otra aventura, creo, que mi compañía; Cecilia sabiendo de María Angé­lica y gozando doblemente por la ignorancia de la otra. Había entrado por fin en la alcoba prohibida, ejercía su dominio sobre la posesión de la mujer ma­yor que sus años odiaban y su cuerpo traicionaba con alegría.

»La trasgresión de Cecilia se prolongaba ha­cia mí, desde luego, como si yo fuera la puerta de entrada al casino, la primera mesa entre muchas don­de apostar su necesidad de vértigo. Era generosa con su cuerpo y universal en sus deseos, con pasión que me recordaba a Carlota. Suscitaba en mí los celos que sólo había suscitado la misma Carlota, pero Car­lota porque me había hecho sentir un muchacho tonto, Cecilia porque me ponía en la situación de ser un adulto imbécil. Me echaba en brazos de Cecilia loco de celos, ansioso de vida, dispuesto a algunas bajezas para conservarla, como darle trabajo que no podía hacer para hacerlo con ella, para mantenerla cautiva al menos por esos momentos. Toleré que me presentara a su novio formal para compartir conmi­go el placer malsano de engañarlo juntos, al tiempo que yo aceptaba, con celos incontrolables, su recí­proca traición. Con ninguna de mis mujeres toqué como con Cecilia los límites de la abyección y la per­versidad que acompañan sin embargo, tan frecuen­temente, la pasión amorosa, el extraño placer de dañar y ser dañado, gemelo del impulso de proteger y cui­dar, las ganas de reñir junto a las de comulgar, de engañar y ser fiel, de herir y de idolatrar: los extraños límites de la pareja, tan misteriosa como ingenua, tan oscura como transparente. Fue natural, pienso ahora, que aquella vecindad espiritual convocara la física. Una mañana, sorpresivamente, levanté el au­ricular del teléfono en mi estudio y ahí estaba la voz ronca, siempre insinuante, de Carlota. "Regresé", dijo, "Más vieja, pero siempre dispuesta para ti." "Y yo para ti", contesté, sin pensar. Nos vimos esa mis­ma tarde, por primera vez en cinco años. El paso del tiempo estaba en su rostro; también, sobre todo, en mi mirada. A sus cincuenta y seis años, Carlota se­guía joven de peso, de atuendo, de gesto y de acti­tud. Había incurrido en su segunda o tercera cirugía, no recuerdo. Le habían endurecido los pechos, esti­rado el vientre y suavizado las facciones. Mantenía la cintura esbelta, los brazos y las piernas delgados, pare­jo el color de nuez obtenido del sol y el aire libre. No tuve trabajo alguno para entrar de nuevo en la zona eléctrica de nuestro trato, la zona de siempre a pesar de los años. Supongo que incurrí en caricias prestadas de Cecilia, porque al final de nuestro encuentro, Car­lota dijo: "Acusas todos los síntomas de tener novia joven." No hice comentarios pero entendí que el suyo probaba de algún modo la continuidad de nuestra pertenencia. Acepté la dicha de tenerla de nuevo jun­to con la certidumbre de que, a partir de aquella tar­de, no repartiría mi tiempo entre dos sino entre tres mujeres, perspectiva extenuante que llenó de omnipotencias juveniles mis huesos renovados. Dejé de ir al instituto el horario completo para pasar más tiempo con Cecilia y Carlota, cuya frecuentación re­ducía el dedicado a María Angélica y a mis tareas aca­démicas. María Angélica dijo algo sobre mis ausencias intelectuales, como si reprochara las físicas, pero las físicas, lejos de disminuir, habían aumentado y había poco piso convencional a su sospecha de mi infideli­dad, la cual me hacía desearla más que nunca, aun­que pasara menos tiempo con ella.

»Veía a Carlota una o dos veces a la semana para comer o cenar en su casa; recibía a María Angé­lica una o dos noches en la mía, casi siempre los fi­nes de semana en que podía dejar a sus hijos con Matute. Con frecuencia salíamos juntos de la ciudad. Cecilia era imprevisible, pero constante. Me asaltaba en mi casa por las tardes o en mi cubículo por la ma­ñana. Casi siempre quería seguir a comer o ir a un centro nocturno que no debía perderme. Me gustaba Cecilia pero me fastidiaba su entorno, del que se ha­bía apartado Vigil, casado prematuramente con una mujer que corrigió sus hábitos sin mejorar su vida. La dejó pronto para salir a la intemperie de la que no regresó. Almorzaba con Cecilia o salíamos de copas por la noche, y yo bebía entonces tanto como ella. Así, normalmente, lo que había empezado en amores por la mañana o en la tarde terminaba en amores por la tarde o la noche. De modo que tenía mujer todos los días; a veces, por fortuna pocas veces, dos veces cada día. No me quedaban bríos para otra cosa que leer novelas, de preferencia intimistas, pero tampoco me importaba. Gozaba aquella vagancia de ánimo laxo atento a la ocasión amorosa con su secuela de pereza y suspensión del mundo, quiero decir: el mundo de la investigación al que me había entregado como quien funda una iglesia de consumo personal. Los credos de aquella iglesia parecían desdibujados, re­motos. Mi vida crecía en un lugar contiguo pero in­finitamente distinto del que había elegido hasta entonces. Una tarde, en un descanso de aquel remo­lino, me descubrí hablando por teléfono con Regina Grediaga para invitarla a tomar una copa. La busca­ba por primera vez desde nuestra separación, la en­contré tan dispuesta como si ella me hubiera buscado. Seguía venturosamente casada, tenía un amante y cinco hijos, el mayor de los cuales había entrado a la Universidad. Se conservaba delgada, lánguida, irre­sistiblemente hermosa para mí, que amaba en ella menos a una mujer que un arquetipo, el arquetipo de la mujer perdida. Amaba en Regina lo que no pudo ser. Ella, por su parte, había ganado sentido práctico y humor de mujer hecha. Se sometía a sus esclavitudes conyugales sin renunciar a los sueños de su cuerpo ni a los lugares secretos de su independencia. Solíamos vernos al mediodía en un hotel donde almorzábamos juntos. Nos metíamos en la cama hasta caer la noche. "Hechas todas las cuentas", me dijo una vez, "a nadie he querido más tiempo que a ti." "Lo mismo digo", respondí, y los dos decíamos la ver­dad. Seguimos viéndonos de cuando en cuando, cada tres semanas primero, luego cada quince días, hasta que me encontré preparando en mi agenda nuestro encuentro de cada semana, cuidando que nuestras ho­ras no tuvieran rival en las otras que eran también ya parte obligada de mis días.

»Para completar el torbellino, me faltaba una sorpresa, pero esa se la contaré en nuestra siguiente comida. Me doy cuenta al contarle de que la vida transcurre más despacio que sus cuentos. Narrar, si algo, es quitar el tiempo muerto de la vida. Tome su turno ahora. Cuénteme las cosas de la República.»

No hay en mis cuadernos el registro del tiempo muer­to al que aludía Adriano, sólo de su siguiente anda­nada narrativa. Adivino en mi caligrafía de esa ocasión una vivacidad de más, hija de los coñacs de sobre­mesa y de la prisa del enigma por encontrar su fin. Según mis transcripciones, limpiadas aquí de otros temas, Adriano siguió su historia con un inesperado circunloquio. Dijo:

—Asunto de historiadores es aburrirse en con­gresos y simposios oyendo a los colegas repetir los hallazgos de su especialidad. Yo era un adicto a esas convenciones de la repetición, reconocía en ellas algo humilde y profundo sobre la verdad de la historia. A saber, que es imposible descubrirla. Conviene dedi­carse a ella como se dedican las hormigas al hormi­guero, confiando en que la actividad se explica por sí misma y que todo responde a un designio mayor, cuyo sentido se nos escapa. Acudía a esos simposios con humilde orgullo de artesano, a repetir algunas variantes de mis hallazgos, a oír las reiteraciones de otros sobre los suyos. Siendo todavía muy joven, en mi primer simposio de historiador profesional, oí a una joven doctora de la Universidad de Texas resu­mir su tesis doctoral sobre la movilización agraria de México en las guerras de independencia. Era mayor que yo quince años. Durante los siguientes treinta, todo lo que supe de ella, simposio tras simposio, fue que se hacía vieja añadiendo información al mismo tema de su tesis doctoral. Murió como la experta mayor en la materia. Sus conclusiones fueron revisa­das, en gran medida destruidas, por la investigación sobre el mismo tema de un alumno suyo, su asisten­te, que dedicó dos décadas a completar y corregir el tema de su maestra inolvidable. Los dos tenían ra­zón o no la tenían en absoluto: sus vidas habían te­nido el sentido de alcanzar juntos ese conocimiento y de contradecirse y no alcanzarlo. Al separarme de ella, Ana Segovia empezaba a padecer aquel destino profesional con la ampliación interminable de su primer asunto historiográfico: la historia de la efigie de la Virgen de Guadalupe. Andaba en el tercer rei­nicio de su investigación sobre el tema, ampliado ahora al arte pictórico religioso de las dos orillas, América y España. Buscaba el origen de la virgen morena mexicana en la técnicas de los pintores anó­nimos que habían llenado de vírgenes moras la Es­paña de la reconquista, en particular algunas capillas extremeñas, tierra de nuestros conquistadores. Lue­go de evitarla minuciosamente casi cuatro años, in­justamente saturado de mi vida con ella, me la topé en uno de aquellos simposios. Nos cruzamos al en­trar a la cena del primer día. El azar quiso que espe­ráramos juntos unos minutos la asignación de nuestros lugares. Ana despedía una exquisita fragan­cia de limón, usaba unos zapatos altos que arquea­ban sus pies y mejoraban sus piernas. Se le habían hecho unas bolsas pequeñas bajo los ojos, su frente parecía más amplia, su boca más grande, sus dientes menos blancos. De pronto, envuelto en la fragancia de limón, volví a verla simplemente como era, como si nada supiera de ella ni la vida hubiera gastado lo nuestro. Al terminar la cena, la busqué en el bar del hotel donde se hospedaba. Me hice el turista casual hasta que di con ella: "Te estaba buscando", le dije. "Tenemos que hablar." "Hablar es mi especialidad", respondió Ana. "Junto con los historiadores madu­ros y los curas renegados." Nos sentamos en un rin­cón del bar y hablamos como si no nos conociéramos. Se había casado con un industrial de la cerveza, hijo de un emigrante gallego. Tenía dos hijos y una hosti­lidad fratricida contra María Angélica, su amiga y sucesora. "No la culpes a ella, cúlpame a mí", le dije. "La culpo a ella porque a ti no puedo odiarte", me dijo. "No sé por qué, pero quedaste a salvo de ese sentimiento." "¿Es decir?", pregunté. "Es decir, que en materia de amores, como tú dices, siempre hay alguien que anda corto y alguien largo", dijo Ana. Añadió: "Te recuerdo que no fui yo quien se fue de nuestra vida juntos. De hecho, no me he ido. Sim­plemente me casé con otro." Pasamos esa noche en mi cuarto de hotel y lo que faltaba del congreso atur­didos por el reencuentro. Nuestros cuerpos habían aprendido en otros cosas distintas de las que sabían hacer juntos. Había una extraña novedad en la resti­tución del hábito de querernos. Fue una sorpresa y una revelación. Al separarnos en el aeropuerto, Ana me dijo: "Voy a proceder en esto como si no hubiera sucedido, como si se tratara de un sueño. Si no fue así, desmiénteme con tu siguiente llamada. Si me lla­mas, yo iré a buscarte para seguir soñando."

«La noche de mi llegada tenía en el contestador telefónico llamados de María Angélica y Carlo­ta para cenar. Había también un mensaje de Regina, reprochando mi abandono. Pero nadie estaba en mi ánimo salvo Ana Segovia, a la que había expulsado por años, sin razón alguna, como a una enemiga, de mi vida. Me eché en la cama boca arriba a pensar en ella. Pero a la hora de marcar el teléfono no la llamé a ella, sino a Cecilia Miramón, a quién hallé dispuesta a perderse conmigo en una noche de rum­ba. A la mañana siguiente llamé a Regina, a María Angélica y a Carlota, pero sólo quería oír la voz de Ana. La llamé también. Cuando vino al teléfono me brincó el corazón. Pensé que su marido la habría te­nido aquella noche. Tuve la especie de celos que des­cribe Spinoza, el odio por las humedades de otro en la mujer que amamos. Pasé la mañana odiando al marido de Ana, imaginándola desnuda, abierta para él en su lecho utilitario. Después, el mundo se aclaró, la evidencia de mis compromisos se me vino encima. Tenía que ver a María Angélica, dormir con Carlota, citarme con Regina, dejarme atacar por Cecilia y re­incidir en Ana. El cielo se había llenado de estrellas y yo no tenía tiempo para mirarlas una por una. Era el mes de febrero, empezaba el año que yo llamo de la dicha mayor. Aquel año, en distintos tiempos, con distintos ritmos, tuve a la vez a todas las mujeres de mi vida. Todas y cada una, las cinco, una tras otra y de regreso. Nunca las quise tanto como cuando las tuve a la vez. Quiero decir: cada vez a cada una.

»Yo tenía entonces cuarenta y seis años, Car­lota Besares cincuenta y seis, Regina cuarenta y cua­tro, María Angélica treinta y siete, lo mismo que Ana. Cecilia Miramón tenía veintiséis. Por ahí tengo el cuadernillo con mi diario de aquellos meses. Me aver­güenza su materia porque no es sino un registro en­vanecido de mis días fornicarios, una bitácora de presunción adolescente. Debo decir que consignaba aquellos hechos llevado por la sorpresa más que por la vanidad. Tampoco me quedaban energías intelec­tuales para escribir otra cosa. Había perdido el rum­bo del camino al que había dedicado mi vida. Quizás, pienso ahora, lo había encontrado porque el hecho es que, en medio de la culpa constante de no leer, no estudiar, no anotar, no escribir, venía el barco ebrio del placer, el barco de la dicha terrenal, hecha de sa­ciedad y extravío. Fue mi año dionisiaco en el senti­do pobre del término. No hubo nada divino en él y nada quedó del ejercicio de sus misterios, salvo la molicie gozosa y el espíritu húmedo, rendido a los mandatos de las vísceras, las maravillosas vísceras que secretan sin pensar, pidiendo siempre más de aque­llo que las sacia y las lastima.

«Pasaba los fines de semana con María Angé­lica en su pequeña finca de campo. Era mi remanso. Los lunes por la noche eran para Carlota con una re­gularidad que lejos de adocenar hacía único nuestro encuentro. Los horarios de la casa de Regina Grediaga dejaban sólo el mediodía del miércoles para nues­tro encuentro. Nos escondíamos del mundo en el penthouse de un hotel de moda al que llegábamos y del que salíamos separados por razonables intervalos de tiempo. La reincidencia con Ana tuvo una espe­cie de avidez adúltera. La veía por las mañanas, a la hora en que hacen el amor las mujeres casadas que atienden su casa, con hijos y marido. Nuestro hora­rio se cruzaba con las irrupciones matutinas de Ce­cilia Miramón, que me asaltaba en el cubículo, una hora después de mi encuentro con Ana. Trabajaba esos días doble jornada sexual. El exceso era un reju­venecimiento, henchía mi vanidad, pero me dejaba vacío de todo propósito que no fuese alguna otra forma de rito sensual, como beber o comer, abando­narme a la contemplación de lo inocuo, caminar por el bosque de Tlalpan, escudriñar su flora, alimentar sus ardillas, cuidar mis uñas con una manicurista, elegir minuciosamente la corbata. Me aficioné en­tonces, como dije, a la lectura de novelas, me volví adicto al cine, a las compras y a las revistas del cora­zón. Eran todas páginas del libro analfabeto del pla­cer, el libro de la vida gozosa. Me acostaba tarde y me levantaba tarde, asunto por completo ajeno a mis hábitos, y no había en mi cabeza sino el cuerpo de mis mujeres bañado por la memoria de sus detalles, sus posturas, sus gemidos, sus palabras. La memoria incitaba la lujuria, lo mismo que el vino frecuente, la variedad de los cuerpos y la miseria de los sentimien­tos. Estar con Ana inducía perversamente la búsque­da de María Angélica, a quien Ana odiaba tan intensamente como la odiaba María Angélica y por la misma razón, o sea yo. Según Ana, María Angéli­ca la había traicionado como amiga quedándose con­migo. Según María Angélica, la sombra rencorosa de Ana me impedía establecer con ella el matrimonio normal que deseaba. Aquella repulsión mutua las volvía atractivas alternativamente para mis bajos instintos, tan diferentes de lo que hubiera pensado nunca sobre la complejidad de los sentimientos. La rivalidad de una me echaba en brazos de la otra. Pron­to descubrí que era casi siempre después de estar con alguna de ellas cuando sentía necesidad de Regina Grediaga. Regina preguntaba despectivamente por Ana y por María Angélica. Las tres me hacían sentir su celo por las otras, codicia que encendía triangularmente mi deseo por ellas. Ana y Regina sabían de mi relación estable con María Angélica y se las inge­niaban para hacerle sentir su presencia irregular. Ma­ría Angélica desconocía mi recaída en Ana y mis citas con Regina, pero los recados telefónicos de una y otra dejados en el instituto o en mi casa, terrenos de María Angélica, eran demasiado públicos para ser inocentes.

»Carlota y Cecilia vivían en un mundo aparte. No peleaban entre ellas por mi exclusividad, ni con las otras. Carlota era confidente de mis amores, una liturgia de pleno derecho, anterior a todos ellos. En su cama habíamos hablado de todas las apariciones y las pérdidas, con la única excepción de mi recaída en Ana Segovia, que le ocultaba a Carlota por amor pro­pio, pues le había hablado demasiado mal de Ana. A Cecilia nada había que contarle, porque nada busca­ba saber, sólo quería tomar el botín del momento, no ser su propietaria. Sabía de mi relación con Ma­ría Angélica y daba por descontada la existencia de otros amores, en cuya evolución mostraba un inte­rés secundario, como el médico en los síntomas de una enfermedad trivial. Carlota era mi madre con­cubina, indulgente hasta la complicidad; Cecilia mi hija transgresora, cómplice hasta la indiferencia. Más allá de la vanidad del narciso mirándose en los ojos de sus mujeres, el paso de un estanque a otro no carecía de rigor pedagógico. Por una parte, íbamos envejeciendo juntos. Las conocí jóvenes y no las dejé de ver muchos años seguidos. No envejecieron para mí con esa inmediatez de lo viejo que tienen las fo­tos. Usted se va acostumbrando a los cambios del rostro, que son los cambios del tiempo, y sigue vien­do en esas facciones apenas cambiadas la misma tra­za del momento primero, la misma mujer de veinte años tras el rostro de la mujer de cuarenta, del mis­mo modo que ve en el espejo al mismo joven de die­ciocho tras las arrugas del viejo de sesenta. Por otra parte, íbamos envejeciendo diferencialmente. Car­lota había sido una fragante mujer de treinta años cuando la conocí y era una alegre cincuentona que se acercaba delgada y sin complejos a los sesenta. Mi novia adolescente, Regina Grediaga, era tan joven o tan vieja como yo mismo, que caminaba al medio siglo. Ana y María Angélica veían enfrente la raya de los cuarenta, amenazante como el cargamento de arrugas que iba echando sobre sus rostros el espejo. Cecilia no era ya la estudiante anárquica que se ha­bía echado sobre mí en una fiesta, sino una mujer joven acechada por los primeros fantasmas del alco­hol. La diferencia de sus edades era una enseñanza sobre los rigores del tiempo. Veía en Carlota las de­bilidades del cuerpo que acabarían teniendo las otras. La imprudencia de mis movimientos amorosos la lastimaba a veces donde antes la enloquecía. La rapidez de las glándulas y la dureza de los tejidos de Cecilia desafiaban mi resistencia; sus movimientos exigen­tes podían a su vez lastimarme en un pronto de amo­res imperiosos. Cecilia se me colgó un día del cuello y me echó las piernas a la cadera para que la penetra­ra cargándola. Al terminar, tenía una lesión en la es­palda de la que no me he repuesto cabalmente. Un día me dijo: "Te habrás dado cuenta de que de un tiempo a la fecha me haces el amor con los calcetines puestos." "¿De cuánto tiempo a la fecha?", pregun­té. "Unos seis meses", me dijo. Sentí ese día que la edad me había alcanzado, mejor dicho, que yo había alcanzado la edad en que todas las cosas empiezan a suceder por primera vez. Esos detalles aparte, como he dicho, aquel año tan ajeno a los hábitos de mi vida califica sin competencia alguna como el de la dicha mayor. Acaso porque era otro el que parecía vivirlo, porque en ese aluvión de las cosas juntas pude dejar de ser yo y fui otro, inesperado, sorprendente, sin misiones excesivas que cumplir ni el desánimo de no haberlas cumplido. No puedo contar aquellos meses sino por las entradas del cuaderno que registra fechas y situaciones. No registra lo esencial porque la felicidad no tiene la buena memoria de la desdi­cha, es un estado de suspensión que no sabe descri­birse, no tiene palabras ni historia, sólo suspiros, risas, inocencia, plenitud. Aquel año fue el momento ma­yor, sin rival, de mi historia. Ahora bien, como mues­tra la historia, el momento de la mayor altura de las cosas es también el principio del descenso, el punto inicial de la caída. Como en la historia del imperio romano, en mi imperio polígamo la decadencia fue más larga y en algún sentido más grandiosa que su momento estelar.

»Pero se ha hecho tarde. Empezaré a contarle la caída de mi imperio en nuestra siguiente comida. Ahora conviene que yo vuelva a mis libros y usted a su periódico, el cual ojalá se venda poco mañana: será un indicio de que nada grave le ha sucedido a nadie, cosa que no es noticia pero que tampoco está mal, para tratarse de un día cualquiera del siglo XX.»


En la semana siguiente a nuestra comida, Adriano tuvo una gripe invernal que se complicó hasta los diapaso­nes de la neumonía. Fue como si al llegar al clímax de su narración llegara también a un clímax de su vida. Recibí una llamada de Gildardo, el chofer, confiándome la situación de su amo —palabra que nada y todo dice de la relación entre ambos—. No tenía a quién más acudir, me dijo, y agregó, misteriosamente:

—La Doñita está de viaje, no hay quien lo atienda.

Decidí que lo internaran en un hospital pri­vado. Llegó inconsciente a la sala de terapia intensi­va. Durmió entre tubos y sondas hasta que abrió los ojos fatigados dos días después de farfullar fiebres, apariciones y conjuros. Convaleció una semana en el hospital, sin más visitas que la mía y la custodia fiel de Gildardo. En una de mis visitas pregunté por la misteriosa identidad de La Doñita.

—Es la señora Cecilia, que lo visita cada se­mana y ordena la biblioteca —respondió Gildardo.

—¿Cecilia Miramón? —pregunté.

—Desconozco su apellido —dijo Gildardo—. Para nosotros es la señora Cecilia y le nombran en la casa La Doñita.

—¿Quién la nombra?

—La señora Águeda chica—dijo Gildardo.

—¿ Y quién es la señora Águeda chica?

—El ama de llaves de don Adriano —explicó Gildardo—. Cuando yo llegué ya estaba. Su madre había estado antes con don Adriano, creo, desde que murió su tía en el año de la canica.

Cuando lo dieron de alta, fui a visitarlo a su casa. Había estado en su biblioteca portentosa un día que nos reunió a sus alumnos para consultar ahí li­bros que no había en la Universidad. En aquellos le­janos tiempos, su casa era una mansión renovada en sus maderas y su fachada, con un aire patricio puesto juguetonamente al día. Ahora era una man­sión vieja de paredes grietosas y maderas estriadas. Había una hilera de macetones con flores secas en el corredor de la entrada. En la biblioteca, ordenada años atrás, había pilas de libros en el suelo, rastro de indo­lencia más que de bibliomanía. Las rinconeras atesta­das de expedientes viejos y el vestigio resinoso de puros fumados concienzudamente, hacían que la casa olie­ra a descuido, a casino español, a ciudad de princi­pios de siglo.

Adriano estaba sentado en un sillón de su estu­dio, con un libro sobre las piernas, mirando al jardín de rosales apagados cuyo único lujo era una enorme araucaria por cuyas ramas simétricas trepaba una bugambilia. Tenía la mirada fija, vidriosa, fatigada, con una vejez que no había visto antes en sus ojos.

—Me arrastró pero no me llevó —dijo, con sonrisa forzada—. En todo caso, el asunto es menos grave de lo que me había imaginado.

Debí poner cara de no entender porque Adria­no aclaró:

—Me refiero al asunto de morirse. Llevo to­dos los días de mi convalecencia tratando de recor­dar algo de los días que estuve inconsciente. No recuerdo nada. No hay una sola huella de angustia o dolor. Podría estar muerto ahora. Habría sido un trán­sito limpio, sin un rastro de sufrimiento. Quizá he perdido una oportunidad —sonrió—. No me en­tienda mal: agradezco enormemente su oportuna decisión de hospitalizarme y todas sus atenciones. Le debo la vida, no estoy listo para irme todavía. Pero he aprendido algo aquí: lo temible no es la muerte, sino la enfermedad. Hay que pedir a los dio­ses una vida larga o corta pero una muerte súbita.

Dijo eso y tragó un sofoco. Entendí que esta­ba todavía en una línea frágil, haciendo un esfuerzo desmesurado para atender mi visita. Le dejé los li­bros que llevaba y me despedí, prometiendo que lla­maría. Al pasar por la cocina, rumbo a la calle, vi a la mujer que Gildardo llamaba Águeda chica. Era tan vieja como Adriano. Estaba sentada en una mesa frente a la estufa, con la mirada igual de lejana y vidriosa que el dueño de casa. Era la hija de su nana, bautizada así en memoria de la tía de Adriano. Ha­bían crecido juntos hasta que Águeda chica se fugó con el novio al bordear sus dieciocho años. Regresó mujer madura, sin hijos ni novio ni memoria de lo que había sucedido con los años frescos de su vida. Su madre había muerto en su ausencia. Como si la penara por omisión, Águeda chica se radicó unos años en el servicio de Adriano. Volvió a irse después, al cruzar los treinta años, con una nueva aven­tura. Regresó con un hijo enfermo de polio que no podía estarse quieto y murió despeñado del techo de la casa de Adriano en la época en que cambiaban la teja del altillo y él quiso subir por la escalera para raspar, cementar y empotrar las tejas como los albañiles que caminaban por las alturas. Águeda chica penó esa nueva muerte y volvió a irse, ya mujer madura, con otro amor sin nombre que se le cruzó en el camino. Volvió sola otra vez, también sin decir palabra, con una cicatriz en el hombro que se pensó siempre herencia de algún pleito con su amor tar­dío. Sentó sus reales finalmente en el servicio de Adriano, inútil y silenciosa, tal como habían sido según Gildardo sus aventuras y su vida, cosas que, bien pensadas, vienen finalmente a ser lo mismo: las aventuras y la vida.

Las versiones rivales de Gildardo sobre Águe­da chica fueron confirmadas por Adriano semanas después, cuando escuché su voz nuevamente fresca por el teléfono. Creí conveniente visitarlo de nuevo. Me invitó a comer en su estudio, más ordenado y luminoso ahora, lo mismo que su atuendo y su mi­rada. Había envejecido, no sé cómo decirlo, para bien. Ahora era un anciano pleno, sin la gota de juventud rebelde que había hasta entonces en sus setenta y dos años. Parecía un viejo en paz con sus años viejos, más tersas sus canas, más pausada su voz, más iróni­ca y libre del culto de sí mismo su memoria.

—Si no me equivoco —dijo—, tenemos una historia a medio contar.

—Así es —respondí.

—Para estas cosas hacen falta dos —siguió Adriano—. Por mi parte le digo que yo quiero aca­bar de contar la historia. Le pregunto si usted quiere terminar de oírla.

Asentí, desde luego. Adriano hizo una dis­quisición sobre los viejos como narradores compul­sivos, la verdadera tribu de aquellos a quienes les va la vida en contar porque su vida se reduce poco a poco a ello. Luego de ese circunloquio, reinició su historia.

—Creo haberle dicho que en esto de mis mujeres, como todo en la vida, apenas toqué la cima empezó a caída.

—Eso me dijo, aunque mejor trovado —acepté.

—Mejor trovado, pero lo mismo. El tema es este: si los hilos de algo pueden cruzarse, tarde o tem­prano habrá un nudo. De los cinco hilos de mis mujeres, dos iban por fuera, sin posibilidad de cru­zarse con los otros ni entre sí. Me refiero a los hilos de Carlota y Cecilia Miramón. Pero los otros tres hilos iban compitiendo en el mismo carril. Termina­ron enredándose. El pleito por el amor es un pleito por la exclusividad. Es un asunto de juventud pose­siva. Mis mujeres y yo estábamos lejos de ser jóve­nes, pero el amor rejuvenece y es parte de su juventud enredarse y pelear. El pleito por mi exclusividad fue un asunto de Ana, de Regina y de María Angélica, un pleito nacido, como siempre, más de los impul­sos que de los derechos. Salvo María Angélica, que mantenía conmigo una especie de matrimonio con domicilios separados, las otras tenían todas campa­mento aparte: Ana y Regina tenían marido, hijos y casa; Carlota y Cecilia, tenían libertad sin límites y juegos sin centinela. Irónicamente, como siempre, la cadena de aquella plenitud empezó a romperse por el eslabón que parecía más seguro. Fue la furia de María Angélica la que agrietó la pirámide. Curiosas las reglas de la trasgresión, tan sutiles y tan costo­sas. No era escandaloso que alguien me viera comien­do con María Angélica en un lugar de moda, era parte de mi rutina. Fue intolerable en cambio que un día me vieran salir del hotel con Regina Grediaga dos amigas comunes de Ana y María Angélica. Fue la única vez que salí junto con Regina del hotel, de su brazo, celebrando supongo la continuidad de nues­tros amores. Esa única vez estuvieron sentadas, una en el lobby y otra en el bar, dos amigas de Ana y María Angélica. Eran suficientemente amigas para saber la historia de Regina, la intrusa del pasado, la prueba mayor de mi mal gusto y mi inconfiabilidad. Fueron suficientemente enemigas para, en nombre de la amistad, decirles a sus amigas lo que habían visto. El tóxico actuó de inmediato. "Te vieron con tu novia la vieja", me dijo María Angélica la noche siguiente en que cenamos. María Angélica era más joven que Regina y podía llamarla vieja, pero como yo veía a Regina joven creí que María Angélica ha­blaba de Carlota. Negué rotundamente el hecho, con certidumbres que en vez de tranquilizarla, la agra­viaron. "Te vieron", porfió y yo porfié: "Mientes y te mienten." María Angélica dio paso entonces a la descripción precisa del lugar, la hora, el vestido de Regina, mi propio atuendo. Cuando entendí mi error, estaba sepultado por el alud de sus verdades. Regina había dejado suficientes indicios de nuestra ronda amorosa para que María Angélica la sintiera desde tiempo atrás merodeando su gallinero. Yo había ne­gado aquella ronda tantas veces como sospechas ha­bía tenido María Angélica. Mi mentira de ahora probaba las mentiras de antes. De un solo golpe, el rosario de mentiras resultó demasiado grande para pagarlo en una sola exhibición. "No quiero volverte a ver en un buen tiempo", dijo María Angélica. "Y me asumo, desde ahora, desligada de ti." Fue el pri­mer desgajamiento. Me perturbó su partida, fue más amarga aún porque se daba en medio de mi exhibi­ción como un charlatán. No me sentía infiel ni char­latán por el hecho de ocultar a mis mujeres la existencia de las otras. Yo lo justificaba dentro de mí como un acto de cortesía. La moral de la infidelidad es la discreción. Querer a una no me hacía querer menos a la otra y en un sentido no las engañaba dan­do a otras lo que no podía dar sólo a una. Ninguna, salvo María Angélica, me daba su amor en exclusiva. Yo no lo exigía de ninguna. Nadie tocaba el tema, pero todos sabíamos que en nuestros amores estaban presentes al menos cuatro personas, como quería Freud, pero de un modo literal, cada una de ellas y yo, y sus maridos y sus amantes. Todo esto es confu­so, pero era abrumadoramente real; también, a su manera, de una transparencia perfecta. La ruptura de María Angélica rompió la premisa en que estaba fundado todo el silogismo de mi imperio polígamo. Esa premisa era: si nadie se da en exclusiva, nadie ha de reclamar exclusividad. María Angélica partía de otro lado: vivía solamente para mí y me quería sólo para ella, lo cual, tratándose de un historiador que peinaba canas y escribía libros de temas antiguos, no parecía demasiado pedir. El rechazo de María Angé­lica me quitó la sangre fría, la buena conciencia para lidiar con las exigencias de mi circo. De pronto, tuve miedo de perderlo todo, y empecé a asegurar lo que quedaba sin asegurarme primero de que estuviera inseguro. El pecado de los inteligentes es pasarse de listos. Cuando a la semana siguiente Ana Segovia tro­nó frente a mí porque su amiga me había visto salir del hotel con Regina, pensé que podría contentarla de mi infidelidad con Regina contándole que eso había provocado ya mi ruptura con María Angélica. Fue un error fatal. Ana odiaba a María Angélica por­que la había traicionado como amiga, pero no esta­ba celosa de ella. La vivía como una resignación de mi edad. Había aceptado su existencia en la catego­ría de premio de consolación. Ignoraba en cambio mi relación con Regina, que había sido siempre su fantasma, el enigma pendiente, la mujer a la que yo había querido hasta el punto de haberme instalado por años, cuando la perdí, en la vecindad tentadora del suicidio. Sabía de mi relación con María Angéli­ca. Lo de Regina, en cambio, era una novedad para ella. Aceptar la existencia de Regina para anunciarle mi ruptura con María Angélica, lejos de tranquili­zarla por la vía de la venganza, la enervó por saberse engañada y oírlo de mis labios. Lo de María Angéli­ca era una afrenta asumida, lo de Regina una infide­lidad nueva. Salió de mi casa dando un portazo. No volví a saber de ella hasta que respondió mi enésima llamada telefónica con un énfasis insuperable de mujer airada ante las cámaras de una telenovela. Dijo: "No sé quien es usted, ni sé qué pretende llamándo­me. Si persiste en su intento, tendré que informarlo a mi marido." Me reí un largo rato con su salida. Me dije luego, con angustia de propietario: "De las cin­co que tenía, nada más me quedan tres." Luego, con orgullo de macho herido, parafraseé a aquel general idiota. Me dije: "Volverán". Luego puse en práctica la estrategia sugerida por un escritor mexicano, Jor­ge Ibargüengoitia, para hacer frente a una situación desesperada: me serví un whisky y esperé un milagro. «No fue un milagro lo que siguió, sino una aberración. Supe en aquellos días, por la vía siempre dura de los hechos, que María Angélica tampoco había honrado sus pretensiones de exclusividad. En el vaivén de sus dudas por los síntomas de mi plurali­dad amorosa, llamémosla así ahora que estoy viejo y usted escucha sin inquina, había buscado su compen­sación en el más duro lugar donde podía hallarla. Me cuesta decir esto y decírselo a usted, aunque todo mundo lo supo en su tiempo. Se acordará usted de mis querellas intelectuales con Galio Bermúdez.»

—Me acuerdo —dije.

—Bueno, pues María Angélica no tuvo me­jor idea que engañarme con él.

La revelación de Adriano me completó un cuadro de época. Galio Bermúdez y Adriano Ale­mán se habían pasado décadas peleando aquí y allá, por una cosa y por otra, hasta representar para dis­tintas generaciones dos polos antagónicos de la cul­tura y la vida pública del país. Galio Bermúdez era un filósofo alcohólico, durante un tiempo asesor del gobierno, cuya inteligencia provocadora solía irritar a Adriano. Frente a algunas reflexiones históricas de Galio esparcidas al pasar en sus colaboraciones con diarios y revistas, Adriano abandonaba su proclama­da indiferencia ante el barullo de la prensa, y res­pondía a los artículos de Galio, que se prodigaba sin recato en el ágora, con elocuencia y brillo compara­bles sólo a la impopularidad de sus opiniones. Aque­lla rivalidad había producido una de las grandes polémicas intelectuales del país, con Adriano seña­lando la herencia monárquica colonial de la vida política mexicana y la urgencia de salir de ella, mien­tras Galio apuntaba la conveniencia de reconocer y utilizar aquella herencia, ya que era imposible cam­biarla, para gobernar el país según sus costumbres autoritarias efectivas. Desde el fondo de sus libros antiguos, Adriano quería la modernidad, el cambio de la historia profunda de México. Desde la piel ener­vada de sus artículos periodísticos, Galio desnudaba las utopías fantasiosas del cambio mostrando las iner­cias reales que el país llevaba en la espalda. Desde la historia vieja, Adriano soñaba con el cambio. Desde el presente deforme, Galio invitaba a no tomar ata­jos y a respetar la tradición. Uno era monje de cubí­culo, alérgico a la vida pública y sus instrumentos, empezando por la prensa. El otro era un vividor del mundo, harto de la pureza y de las ideas sin riesgo, adicto a la turbia aleación de cada día. Adriano des­confiaba de la luz pública, Galio se desvestía sin ru­bor alguno frente a sus lectores. Como estudiantes habíamos acudido a aquel duelo de décadas con fas­cinación y encono, dividiéndonos en bandos según sus argumentos. La revelación de Adriano me com­pletaba el cuadro de esa rivalidad en el ámbito de la vida privada y la volvía, de algún modo, esférica, perfecta.

—Digo engañar —siguió Adriano—, pero engañar es una palabra que describe mal los hechos. Primero, yo había sentido la ronda de Galio sobre María Angélica, igual que ella la de Regina y Ana sobre mí. Siendo estudiante, María Angélica había tenido un affaire con Galio, su maestro, del que ha­bía salido huyendo como de un manicomio. La hue­lla había quedado en ella, sin embargo, y Galio se acercaba a tentarla de cuando en cuando, oliendo la posibilidad de reanudar aquella asignatura pendien­te. Yo le había hecho a María Angélica por lo menos una escena de celos a propósito de aquellas rondas. Ella había negado la verdad de mis sospechas. Pero yo sabía que María Angélica era la mujer adecuada para despeñarse en Galio. Era un lago tranquilo que pedía a gritos una tormenta. Había tenido un chu­basco la primera vez y tuvo el ciclón completo en el año de mi dicha mayor que fue para ella una desdi­cha. Sus pérdidas por aquella reincidencia con Galio llegaron hasta mi propio patio, la tormenta me ba­rrió también a mí. Empezando porque María Angé­lica no me ocultó nada. Una vez que rompió nuestra alianza, paseó frente a mí sus amores con Galio como si me arrojara huevos podridos al rostro, haciéndo­me sentir un astado de gran tarde, digamos, en La Maestranza de Sevilla. Los paseíllos de María Angé­lica con Galio desbarataron mi moral polígama y facilitaron el derrumbe en los otros frentes. Es verdad como dice que los males no vienen solos, sino en rachas, lo mismo que la melancolía. Así conmigo aquella temporada, distintos hechos adversos se acu­mularon en el horizonte como autorizados por la de­presión de perder a quien juzgaba la más segura de mis mujeres. Ya le conté mi error de aceptar frente a Ana Segovia que Regina era la causa de mi ruptura con María Angélica, y la salida teatral que hizo Ana del elenco de mi dicha. Poco después de eso, las co­sas terminaron de descomponerse también con Re­gina, con Carlota y con Cecilia. Fue un proceso fatal que puedo contarle en detalle siempre que Gildardo nos renueve el café y usted se sirva unos coñacs ma­duros, hoy que no debe volver al periódico y puede oír sin preocuparse de los hechos urgentes del día.

Le dije a Gildardo que nos renovara el café y Gildardo se lo dijo a Águeda chica. Siguiendo las instrucciones de Adriano, me serví un Armagnac maduro de una botella que había esperado por años en un librero del estudio. Era mi día libre, en efecto, había perdido por enésima vez a la mujer que ama­ba, no tenía nada que hacer y encontré un consuelo en escuchar las pérdidas de otro.

Durante siete armagnacs maduros (con lo que quie­re decirse copas dobles, embarnecidas, barrigonas), desde el atardecer pajizo hasta la noche cerrada, es­cuché a Adriano contarme las pérdidas restantes de su imperio polígamo.

—La enfermedad es una forma del desamor —dijo Adriano—. Sólo la salud puede amar, sólo ella quiere fundirse y gastar sus energías en el otro. Es el combustible de Eros. La enfermedad concentra al enfermo en su propio dolor, lo separa del mundo y de los otros, lo recluye en el infierno de sí mismo. La enfermedad apartaría de mí a Carlota; la salud, en cambio, se llevó a Cecilia Miramón. Empezaré por esta última. Al doblar sus treinta años, Cecilia tuvo la primera de sus grandes crisis alcohólicas. Como le he dicho, tomaba mucho y se jactaba de ello como un rasgo de su libertad. En realidad la tenía tomada el alcohol, era su prisionera. Al principio bebía con aires dionisiacos de fiesta, como una celebración de las potencias de la vida, como un desafío vital de sus límites. Después, como un hábito que por lo general se desbocaba y se iba más allá de lo previsto. En aque­lla segunda fase la recogí dos veces de la estación de policía, ebria y con delitos que pagar encima. En cualquier otro país habría pasado un tiempo en la cárcel. En el nuestro, salió libre a las veinticuatro horas con algún dinero y dos telefonazos. La primera de esa veces había subido su automóvil a las jardineras de una famosa glorieta de la ciudad, en cuyo centro había una gran fuente desde donde disparaba fle­chas imaginarias una hermosa Diana cazadora. Ce­cilia había entrado a la fuente, había subido a la estatua con el gato hidráulico del auto en la mano para destruir el arco y el perfil en bronce de la diosa. Abolló ambas cosas. La cosa no habría llegado a más si el patrullero que subió a bajarla de la fuente, des­pués de la batalla con la diosa, hubiera procedido con menos confianza. Se acercó a Cecilia como a una borracha exhausta, porque la vio sentada en el agua de la fuente, a los pies de la estatua, efectiva­mente vacía por el esfuerzo, y quiso arrestarla to­mándola del brazo. La furia macedónica volvió entonces al brazo de Cecilia, que asestó un tremen­do mandoble lateral sobre el casco del policía, reven­tándole el oído. La recogí en la delegación esa noche con huellas de golpes por el arresto, el labio inferior roto, un pómulo macerado. Seguía riendo todavía bajo los efectos del alcohol cuando llegamos a la casa. Nada quiso sino más alcohol, antes de rendirse a la fatiga del día. Llevaba tomando y girando por la ciu­dad desde el almuerzo que habíamos tenido dos días atrás, donde bebió suficiente para dormir sin pen­sar hasta el día siguiente. La había dejado de hecho en su casa, en su cama, con un último gin en la mano. Se levantó poco después a perseguir la noche en compañía que no quise averiguar. Apenas recordaba lo que había hecho las últimas veinticuatro horas, los lugares donde había estado, su ataque ge­neral sobre la diosa de la fuente y sobre el policía. Cecilia bebía con encono, su despegue alcohólico era contagioso, tenía el sonido de la risa, el sabor fresco de la juventud. La zona sombría de su fiesta llegaba poco a poco bajo la forma del exceso. De pronto, a medio restaurante, estaba gritando a los cuatro vientos lo feliz que era o zapateando en la mesa unas peteneras de su invención. Su fase de de­cir sin tapujos lo que pensaba podía alcanzar dimen­siones homéricas. Al salir de un cóctel cuya única animación eran los despropósitos de la propia Ceci­lia, respondió a las miradas femeninas que atesti­guaban nuestro paso con un dicterio memorable: "A mí lo borracha se me quita mañana, pero a uste­des lo frígidas, nunca." La segunda vez que tuve que rescatarla fue de una redada que me avergüenza re­cordar. La levantaron junto con un ramillete de mujeres por ejercer la prostitución callejera. En me­dio de su borrachera le dio por saber en carne propia lo que era venderse y despreciar al comprador. "No hay nada tan repugnante como un hombre que com­pra a una mujer", me dijo al salir de la comisaría, escupiendo a los lados en señal de su desprecio por el recinto. Vivía aquello como parte de su libertad, no como el principio de su esclavitud frente al alcohol. "Tengo tantas ganas de vivir que a veces quiero mo­rirme", gritó una vez, desnuda, desde el balcón de mi casa. Estuvo a punto de caer al jardín, en uno de los brincos de su euforia. Poco después de mi pérdi­da de María Angélica acudí en rescate de Cecilia por tercera vez. Me llamó una amiga suya. La encontré en su departamento, inconsciente, bajo los efectos de lo que supuse una congestión alcohólica. La lava­ron y la revivieron en el hospital. El médico me dijo que presentaba un cuadro de intoxicación múltiple no sólo alcohol, también cocaína, barbitúricos, som­níferos, excitantes, antidepresivos. Tardó cuarenta horas en recobrar la conciencia. Tenía una cruda como un continente. Aun en esas condiciones su ju­ventud resplandecía con cierta dignidad estoica, en­noblecida por el dolor. "No me quiero morir", dijo cuando me senté a su lado en la cama del hospital. Me preguntó si podía pagarle un tratamiento de desintoxicación. Se internó cinco semanas. Salió ru­bicunda, despintada y nueva. Le hice una comida de recepción aquí en la casa, sin un rastro de alcohol en la mesa. Ella fue por una botella de vino y la escan­ció para mí. No tomó una gota. "Voy a ser buena niña y a vivir mi vida buena", me dijo. Pregunté si la vida buena me incluía. "Más que a ninguno de los otros", me dijo. "Pero no en la misma forma que hasta ahora." "¿Es decir?", pregunté. "Todas mis re­laciones amorosas han sido parte de mi enfermedad", dijo Cecilia, repitiendo la lección aprendida en la cura. "Unas deben terminar, otras deben encontrar su nuevo lugar en mi vida. Tengo que pensar todo de nuevo. Mejor dicho, tengo que sentirlo, en parti­cular lo nuestro. No me has llevado al campo de ba­talla, más bien soy yo quien te llevó, pero has sido parte de la guerra y necesito apartarme de todo eso, al menos por un tiempo." Más contundente que sus palabras era su presencia. Había perdido las maneras húmedas y cachondas, asociadas en ella al alcohol y sus efectos. Junto con el alcohol, le habían secado la sensualidad. Donde hubo una mujer precoz había ahora una joven apagada, su espíritu estaba en paz pero su cuerpo había perdido el fuego de la fiesta. Me dijo al irse que me llamaría más que antes, por­que necesitaba de mi memoria para reconstruir sus heridas de guerra. Entendí que me había devuelto al lugar de donde acaso no debió moverme, el lugar de su maestro protector, la encarnación venerable más que la tentación erótica de su lesión paterna. Así perdí entonces a Cecilia Miramón. Me asomé a verla mar­charse desde el balcón. Al verla caminar de espaldas sobre la calle empedrada tuve resignación adulta de su cuerpo joven, limpio de sus demonios y de mí.

«Me refugié en Carlota y en la visita semanal de Regina, pero la falta de las otras le daba a las que quedaban un aire de escasez y a mi búsqueda de sus amores un tono de angustia que no ayuda a la fiesta amorosa. El amor es un asunto optimista, le gusta reír, cree en la abundancia de la vida. Su pérdida es todo lo contrario. Yo había tenido tres pérdidas dis­tintas que, como la santísima trinidad, se condensa­ban en una sola calamidad del ánimo. Era como si me hubieran succionado la esperanza, como si me hubieran devuelto al lugar de la soledad elegida que al final de cuentas, salvo por esas mujeres, había sido mi vida. Quise bien a las que quedaron, las quise con gratitud, me ocupé de sus cosas con una aplica­ción supersticiosa, como sugiriendo a los hados que tomaran nota de mis afanes y tuvieran por mí la pie­dad que despiertan quienes cuidan su huerto. Pero los hados carecen de emociones; abundan en esa im­pasibilidad que se parece a la saña. En lugar de con­suelo, enviaron dos fulminaciones. La primera sobre Carlota. Había acudido a la consulta sobre la segun­da reconstrucción estética de sus pechos. Tenía de la primera unos pechos pequeños y morenos, de pezo­nes erguidos, intocados por la maternidad y la lac­tancia. Con los años, en un cuerpo esbelto, de músculos firmes, sintió colgarse aquellas joyas: per­dieron su contorno de manzana. Carlota quiso re­construirlas y aun aumentarlas para ganar sobre las obras reductoras del tiempo no sólo juventud sino volumen. El médico encontró al palparla unas fibras enigmáticas que se resolvieron pronto en la eviden­cia de un cáncer de mama. Los médicos sugirieron la urgente extirpación del seno con la secuela radioló­gica del caso. La noche del día en que recibió ese diagnóstico, Carlota y yo cenamos en su casa sus guisos sibaritas. Tuvimos después nuestros amores. Con ninguna de mis mujeres, he de decirlo, la cama fue una fiesta tan fiesta como con Carlota. Al termi­nar trajo champaña y me contó su ida al consultorio como si hablara de otra gente. "Tengo que operar­me", dijo. "Pero no me operaré. Prefiero morir aho­ra completa que vivir mutilada hasta los cien años. ¿Qué opinas?" "Te prefiero mutilada pero viva a los cien años", le dije. "Prefieres eso porque te acobarda la idea de la muerte", dijo. "A mí no. A mí me horro­riza la idea de una vida inútil, mutilada." Le repetí la sentencia célebre de aquel escritor norteamericano: "Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor." "Nada es preferible al dolor", dijo Carlota. "No voy a operarme. Nadie me va a cortar los senos, aunque me infeste de cáncer. Cuando empiece el dolor de ver­dad, escogeré la nada, como dice tu escritor. Quiero saber si me ayudarás en ese momento." "Te ayudaré en lo que quieras", dije, y no volvimos a hablar del tema. A la siguiente semana me anunció un viaje lar­go. Había ocho lugares del mundo que siempre había querido conocer. Quería conocerlos ya, uno tras otro, ahora que las nociones de "mañana" y "después" se le habían reducido. Me pidió que fuera con ella. Pequé entonces de la única cosa, la única, de la que me arrepiento en mi vida: me negué a acompañarla. Te­nía conferencias acordadas, algún prólogo que en­tregar, alguna ceremonia académica. Tenía sobre todo, pienso ahora, miedo de Carlota enferma, de la muerte que iba ya caminando en ella. Miedo de ese pensa­miento obsesivo, miedo de saberla indefensa, mor­tal. El hecho es que se fue de viaje. Fue como si la perdiera para siempre.

»Para ese momento estaba asustado con mis pérdidas, muerto de miedo, temblando en el rincón. Me preguntaba lo que se preguntan todos los que pierden algo: ¿por qué yo? ¿Quién me acosa? Tardé años en darme la respuesta correcta: nadie te acosa sino tus errores pasados, te toca a ti porque les toca a todos; nadie está a salvo de la adversidad y todos so­mos víctimas de nosotros mismos, aunque no sea sino por el hecho de envejecer, que nos hace vulne­rables y acerca paso a paso el momento de la debili­dad final, la debilidad hacia la cual conspira cada minuto de nuestra vida, cada uno de nuestros actos. La juventud es igual al tamaño de la negación de la propia muerte. La vejez es igual al reconocimiento de su cercanía. Refrendé entonces mi viejo alivio no sólo de asumirme mortal sino de poder decidir el momento de mi muerte. Cada noche, en medio de mis pérdidas, me echaba en la cama a preguntarme: ¿puedes soportar este dolor o es la hora de ponerle término? Curiosamente, la certeza de que podía ter­minarlo todo en cualquier momento ampliaba mi capacidad de resistencia al dolor y a la pérdida, po­nía las cosas más allá, me volvía en cierto sentido invulnerable. Saber que podía quitarme la vida me permitió seguir viviendo. Bajo beneficio de inventa­rio, por decirlo así. Tenía nostalgias invencibles de María Angélica Navarro y de Ana Segovia. Cecilia me visitaba en sueños, ebria, disponible como antes, y la tenía como antes, sin los remordimientos de des­pertar todavía pegado a su cuerpo, diciéndome: "No te importa ella, te importas tú. Quisieras tenerla aun al precio de su vida." En los límites de aquellas pér­didas, en medio de los lamentos melancólicos por ellas, fue creciendo poco a poco, como una hierba entre las piedras, la idea, tan contraria a mi tempera­mento —estoico diría yo, otros dirían cobarde— de que podía hacer algo para recobrarlas. Podía no sólo penar la pérdida de mis mujeres, aceptar las decisio­nes adversas del destino, pagar mis errores. Podía tam­bién ganarlas de nuevo, imponer mis deseos, cobrarles algo de lo mucho que las había querido. En esas an­daba, sacando fuerzas de flaqueza, rebotando luego de tocar fondo, cuando el fondo acabó de abrirse bajo mis pies. Y ese bajar al fondo fue que el marido de Regina, hasta entonces próspero, quebró de pronto, como un palo seco. Los acreedores se le vinieron encima, tuvo que dejar el país mientras su fortuna era confiscada, su casa embargada, sus cuentas bancarias congeladas. Durante un tiempo no pudo si­quiera pagar los gastos de su familia. Regina era una mujer fantasiosa, irresistible en un sentido, pero eco­nómicamente inútil. Desconocía el trabajo y la au­tonomía, no sabía sino del reino de sus afectos y sus debilidades, a las que se entregaba con pasión de niña consentida, en busca de su propia dicha tiránica, impermeable a los mandatos de la realidad. Un viejo conocido mío del mundo abogadil fue el ejecutor del juicio contra el marido de Regina. Me acerqué a negociar con él para que dejara libre al menos una rendija de liquidez. Accedió a regañadientes y Regi­na pudo obtener de su marido lo necesario para no ahogarse del todo en la quiebra. Suficiente también para que su marido pudiera sacar a la familia del país y reunirse con ella fuera. "Yo no me voy", dijo Regi­na en un alarde. "Me ha engañado toda la vida. Me ha hecho vivir en un castillo de oropel como si fuera de oro." Mandó a sus hijos solos y, con el pretexto de seguir de cerca los azares legales del litigio, se quedó conmigo, sola en su domicilio, pero conmigo, que hice las veces de consejero legal. La situación prácti­ca de soltería le alegró el ánimo. Era una muñeca sujeta al trato de otros que salía por un momento de su casa y jugaba a ser independiente. Jugamos aquel juego juntos hasta que la realidad nos alcanzó bajo la forma de una llamada perentoria del marido, exi­giéndole que acudiera a cumplir con sus responsabi­lidades. "Me voy por mis hijos, no por él", dijo Regina para que me quedara claro que esta vez era a mí a quien amaba, no al otro. Igual, por tercera vez en nuestra vida, me dijo adiós con las cartas abiertas: entre los otros y yo, prefería nuevamente al otro, re­chazarme era una manera de quererme, de decirme la verdad precisamente porque me quería y era im­pensable entre nosotros una mentira.

»E1 hecho es que Regina se fue del país, con ella salió de mi vida la última de mis mujeres. Su cosecha y su dispersión fueron como una metáfora agrícola. Un año las tuve juntas, el año siguiente las perdí. Entonces vino la soledad. Con ella vinieron también los años prolíficos, los muchos libros, hijos del vacío vital, de la cabeza sin ilusiones buscando en qué ocuparse, como el arte barroco, para no mi­rar de frente su vacío. El placer fue en aquellos años el refugio de los libros, un placer seco, ascético, el placer del artesano que pule obsesivamente una su­perficie porque hacerlo lo aísla del mundo y lo olvida de sí. En medio de aquella soledad, como en medio de mis pérdidas, siguió creciendo sin embargo la mata de la recuperación, la voluntad del regreso. Carlota fue el primer síntoma de que aquella mata, nacida como un oasis en medio del desierto, podía florecer. Volvió de su viaje bronceada y ardiente, con una mirada febril y una figura liviana, que cabía en sus tallas de los treinta años, treinta años atrás. Al final de una noche en que le confié mis pérdidas, me dijo: "Lo mío va viento en popa. Los médicos me dan un año de vida." Puse la cabeza entre sus senos y le pedí: "No te dejes morir." Dijo: "Me estoy dejando vivir lo que me toca. No quiero una vida a medias." "Te quiero viva, aunque sea a medias", le dije. "A medias me tienes ya", me dijo. "Y todo ha de completarse pronto." El fin de aquel año de las pérdidas, luego del año de la dicha mayor, empezó con la agonía de Carlota. No tuvo otros síntomas externos que una pérdida paulatina de peso. Luego vinieron los pri­meros dolores, no en el pecho, sino en la columna, a donde el mal se había extendido. Se rehusó a inter­narse. Yo traje un médico militar que dispuso lo ne­cesario en materia de analgésicos mayores, asumió frente a Carlota que, cuando ella dijera, la ayudaría a transitar con una sobredosis como hacia el sueño de una borrachera. Contratamos enfermeras para que la atendieran noche y día. Les ordenó quitarse el uniforme y utilizar sus vestidos, de modo que pare­cieran sus damas de compañía, no las centinelas de su enfermedad. Yo iba a verla todas las noches y le leía hasta que conciliaba el sueño. Había tenido siem­pre la manía de peinarme las cejas. Ahora me las pei­naba sin cesar con sus manos como si me tallara, mirándome largamente, como si quisiera memorizar lo que veía. Una de esas noches me dijo: "Aparte de la morfina, sólo me alivia del dolor recordarnos. Me toco ahí abajo, te pienso y algo vibra todavía, me consuelo. ¿Sería una perversión pedirte que me to­ques tú?" Inauguré entonces la hermosa y triste ruti­na de tocarla antes de leerle. La toqué casi todas las noches, con excitación y nostalgia, hasta el día de su tránsito. Un día llegué y la encontré exhausta, la mirada ardiente, punzante del dolor. "No va más", me dijo. "Esta tarde cité al médico para terminar esto. ¿Tienes algo que alegar?" "Tengo algo que decirte", le dije, y me puse frente a ella a decirle sin ahorrar pala­bra ni dulzura lo mucho que la había querido, lo mucho que la había llorado, lo mucho que temía como un niño su ausencia. Se lo dije largamente has­ta que corrieron por su rostro ostensibles lágrimas de felicidad. "Hay una cosa final que quiero confesar­te", me dijo. "La que quieras", contesté. "Siempre es­tuve celosa de tus otras mujeres. Eres el único hombre, después de aquel primero, del que estuve celosa, ce­losa como una idiota. ¿Fingí bien que no me impor­taba?" "Perfectamente", dije. "Me importaba muchísimo. Nada me fastidió tanto la vida como ser mayor que tú, no poderte hacer mi marido, tenerte en casa, darte hijos, ahuyentar a las otras, ser mante­nida por ti. Todo eso. Hasta llegar a ser tu viuda y quedarme con tu dinero. No porque fuera dinero, sino porque era tuyo. Bueno, estas son mis últimas palabras para ti: Tú has sido mi gran amante y mi mejor marido", me dijo. "Trata de no ser mi viudo, por favor." "Le prometí que no sería su viudo, pero lo
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