Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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¿tú quieres que yo vuelva con Ana?" María Angélica era una mujer morena, tenía un rostro de cierta du­reza impasible. La vi sonrojarse como si fuera albina y bajar los ojos con pena de monja. Aun así, cuando levantó la cabeza para mirarme, el sonrojo y la pena se habían ido. Me encaró con una mirada clara en la que había liberación y alivio, si no es que llanamente felicidad. "No", dijo. "No quiero que regreses con Ana." Se acercó entonces a mi asiento y me besó en la boca. Todavía recuerdo la humedad de sus labios, unos labios finos que me envolvieron al besarme con una succión perfecta, sellando toda fuga de aire, abriendo un conducto hermético y total hacia ella donde bailaba de cuando en cuando, como en una escala de Mozart, su lengua rápida y juguetona. La idea de que los hombres conquistan a las mujeres es, por lo menos, una simplificación. Algunos sí, desde luego, pero la mayoría somos conquistados, elegidos por las mujeres. Para halagarme, pero con el fondo de verdad que había en todas sus cosas, María Angé­lica me dijo aquella noche que había decidido enre­darse conmigo desde el día en que me conoció. No había hecho otra cosa, pienso ahora, que construir con toda paciencia, no digo premeditación, el terre­no de nuestro encuentro. Luego de besarnos en el bar, me dijo: "Tú entiendes que esto no puede em­pezar en estos días, durante la convalecencia de Ana por tu partida. ¿Entiendes que debemos esperar?" "Entiendo", le dije, pensando que el siguiente gin&tonic cambiaría la posición. Pero no cambió. "Tengo vergüenza y culpa", me dijo María Angélica al despedirse. "Y estoy llena de dicha. ¿Alguien pue­de entender a las mujeres? ¿Con qué cara voy a mos­trármele a Ana diciéndole que estoy feliz porque me quiero quedar con su marido?" "¿Te quieres quedar con el marido de Ana? Yo ya no soy su marido", re­cordé. "Lo eres legal y moralmente", dijo María An­gélica. "No puedes ser tan duro con Ana. No ha hecho sino vivir para ti." "Nadie vive para otro", dije con súbito encono, el encono, supongo, de quien quiere enterrar su culpa. "Nadie redime a otro, nadie le debe a otro la vida ni la infelicidad. Y nadie tiene derecho a exigir de otro un pago por los esfuerzos que hizo en su favor. Pero no es eso lo que te estoy preguntan­do. Mi pregunta fue si te quieres quedar conmigo." "Quiero", dijo. "Pero la culpa traba mis ganas." "O tienes mucha culpa o tienes pocas ganas", dije yo. "Pocas ganas, no", dijo ella con su mirada de morena desvelada dispuesta a todas las caídas. Seguí ese ca­mino argumental que parecía prometedor, pero no pude convencerla de que se quedara.

«Entendí, al paso de los días, que María An­gélica guardaba la cara frente a sí misma y frente a mí, más que frente a Ana. En materia de afectos las mujeres son más implacables que los hombres, quie­ren lo que quieren y avanzan hacia eso con claridad. Aunque guarden las formas y hagan vericuetos, en su corazón hay menos dudas que en el nuestro. El hecho es que María Angélica no entró amorosamente a mi vida sino hasta que mi ruptura con Ana ad­quirió la forma de una demanda de divorcio. Le cedí la casa a Ana, más una cantidad suficiente para ga­rantizar su estabilidad económica, pero reservé para mí la biblioteca, que había ido comprando libro a libro, incluido algún incunable y algún códice raro. Al momento de separarme, Ana tenía treinta y tres años. Salpicada por el dolor de nuestra separación, estaba en el cenit de su belleza. Podía apreciar eso, verla brillar incluso en el mal humor de nuestras jun­tas de avenencia para el divorcio, y al mismo tiempo no sólo no tenía un impulso de atracción hacia ella sino cierta alergia, que con el tiempo se volvió ojeri­za. La primera audiencia de aquellos protocolos libe­ró a María Angélica de sus compromisos sentimentales. Como buena abogada, tenía algo de rigidez formal en su espíritu y algo también de litigante obsesiva, dispuesta a limpiar hasta el final un expediente man­chado por su negligencia. Cumplidos los trámites, que tardaron unos meses, María Angélica se me dio finalmente con una intensidad de nuevo amor que no había pasado por mí en los últimos años. Había gozado hasta extenuar la belleza de Ana Segovia y frecuentado los brazos siempre intensos de Carlota Besares. En aquellos años de matrimonio apacible, que coincidieron con los prolíficos del suyo, Regina Grediaga había hecho sus escapadas en mi busca. Yo la había acogido sin titubear, como se recoge a una amiga de infancia o a una camarada de juergas olvi­dadas. Aquellas reincidencias eran novedades amo­rosas relativas, no propiamente aventuras nuevas. No tengo queja de la novedad sucesiva de mis mujeres.

Salvo con Ana, la rutina no gastó nunca nuestros amores ni empañó el brillo de encontrarnos cada vez con la urgencia de los amantes iniciales. Eso puedo decir: salvo las excepciones inevitables, siempre fui a las mujeres que hicieron mi vida como a una fiesta, nunca por obligación o rutina. Eso puedo decir sin alardear: he frecuentado menos lechos que otros, soy dueño de una estadística comparativamente exigua pero cuyos altos registros amorosos presumo difíci­les de alcanzar.

»Para mudar mi biblioteca de casa de Ana, compré una casona en el barrio que los ricos de fin del siglo XIX desarrollaron a cuenta de sus ilusiones arquitectónicas francesas, deudoras de la nostalgia de París y la ambición de lujo cosmopolita en una sociedad provinciana de rentas rurales. Las casas que se construyeron bajo el molde de aquella ilusión fue­ron sin embargo memorables y, cuando yo compré, baratas. Los nuevos arribistas cosechamos aquellas glorias por pocos centavos. La mía fue una casa de tres plantas frente a una plazoleta que tenía en el centro una reproducción del David de Miguel Án­gel. La casa estaba a unas calles del departamento, también señorial, frente a otro parque, donde vivía María Angélica con sus hijos, a quienes Matute, mi exayudante, aportaba una pensión generosa. Cuan­do empezaron nuestros amores, el hijo varón de María Angélica, mi ahijado, iba a dejar de ser niño, empezaba a ser mi pequeño rival por su madre. La niña, de seis años, fue mi adoración o mi muñeca, como usted prefiera. Los hombres jugamos a las muñecas con nuestras hijas, del mismo modo que ellas juegan a tener una familia adulta con sus mu­ñecas. Cada quien vivió en su lugar, no quise reinci­dir en la vida conyugal de la que venía corriendo. María Angélica había visto el alto precio de la situa­ción y no alcanzó siquiera a proponerla como posi­bilidad. Gocé aquella nueva soltería como un perro doméstico soltado en el prado libre. Descubrí al paso de mis días la cantidad de mañas placenteras que había ido quitando de mi vida diaria, mañas difíciles de compartir que necesitan anuencia de la pareja y son la dicha autárquica del solitario. Por ejemplo, leer, tomar café y fumar en la cama antes de levantarme; en días de asueto, no salir de aquel reino perezoso, propicio a la inspiración, pedagógico sobre la índole ociosa, fundamentalmente inútil de la vida.

»No tuve con ninguna de mis mujeres un arre­glo tan funcional como el que rigió mis tratos con María Angélica. Ana había tenido razón, su amiga era en muchos sentidos la mujer ideal para mí. Me acom­pañó intelectualmente como ninguna de las otras, fue como nadie exigente testigo del desarrollo de mis li­bros, y yo de los suyos. Era diligente como investiga­dora donde yo era perezoso, cuidadosa de los detalles donde yo me perdía en generalizaciones, manejaba mi vida sin proponérselo y era mi pareja sin abrumar­me. Era la antípoda de Ana, no había en ella nada externo que brillara de un modo natural o involunta­rio. Como en las buenas vetas de las grandes minas, había que cavar bajo su apariencia, penetrar la super­ficie para encontrar las riquezas. Por ejemplo, era in­finitamente mejor desnuda que vestida. Leyendo alguna diatriba de Hamlet contra las mujeres que reciben una cara de la naturaleza y se hacen otra con afeites y artificios, María Angélica había decidido desde muy joven ostentar una pobre indumentaria, ocul­tarse bajo ropas flojas y zapatones desangelados, lle­var el pelo al aire tal como brotaba de su cabeza redonda, sin someterlo a peine o peluqueros salvo cuando la proliferación selvática de la cabellera empe­zaba a atraer las miradas, justamente lo que su cuida­do desaliño quería evitar. No obstante, apenas se pasaba la barrera franciscana de su facha, aparecía una mujer sorprendente de lujos físicos. Bajo los gruesos lentes de carey, capaces de afear cualquier rostro, una mirada atenta descubría de inmediato dos ojos gran­des, de un extraño color agrisado que sólo encendía sus tonos invitadores a la luz del día. Bajo los frecuen­tes vestidos sin talle, de tirantes y petos de uniforme escolar, había dos pechos grandes y un talle esbelto avaramente escondido por los atuendos de monja. Bajo las faldas amplias que se empeñaban en no entallar las formas, había una abundancia de escultura griega, con lo que quiero sugerir aquellas redondeces que la tira­nía de la flacura andrógina ha separado del gusto moderno. Supe de aquellos tesoros ocultos la noche que celebramos el fin de mi libro sobre las inercias políticas coloniales del país. Había tardado cuatro años en dar a luz un librito de escasas ciento cincuenta pá­ginas donde había destilado lecturas enciclopédicas y una visión original, creo, la única que pude tener en el curso de una vida que ha producido demasiados libros. Sólo ese, sin embargo, el de las inercias en la historia y en nuestra historia, acaso merezca perdurar por su enjundia juvenil y su serenidad adulta, por su elegancia enciclopédica y su nitidez analítica, aunque no por su estilo, pienso, que hubiera podido ser más diáfano, menos filosófico. Quizá valoro de más aquel libro por el hecho de que su terminación quedó uni­do a la memoria de mi primera noche tumultuosa con María Angélica Navarro. Brindamos en mi casa a solas el día que llegaron los primeros ejemplares de la imprenta, disfrutamos ahí mismo de una cena que, como era mi manía, mandé pedir de un restaurante amigable. Luego vino la noche, que fue nuestro día, el mejor de todos los que tuvimos juntos, tal como resplandece todavía hoy en mi memoria.

»En los meses de mi trámite de divorcio, mi vida se había complicado, como dije, por mi regreso a Carlota y por las escapadas de Regina Grediaga que venía a mí huyendo de su mundo doméstico. Regi­na combatía con nuestros encuentros rejuvenecedores, las primeras evidencias de su edad delgada, elegante, pálida, en cierto modo intemporal, marca­da siempre por sus modos de muchacha. Pero había incurrido ya en su primera cirugía para desvanecer arrugas en los párpados y suavizar la línea, muy te­nue pero insoportable para ella, que caía del pie de las aletillas de la nariz a la comisura rosada de sus labios. Habíamos encontrado al fin la confianza de los aman­tes habituales sin habernos vuelto habituales. Sus reapariciones no tenían otra regularidad que la de sus deseos, a veces menos que eso, el solo gusto de vernos y hablar, o el morbo de que le contara los entretelones de alguna trifulca cultural o alguna po­lémica periodística que, contra mi deseo o mi pro­pósito explícito, han llamado sin embargo, año tras año, mi atención. La irregularidad de las apariciones de Regina con su aura de fetiche de la adolescencia, mantenía intacta mi atracción por ella, lejos del har­tazgo, el desamor o el tedio. Por aquellos tiempos Carlota me anunció que viviría un año en Suiza bajo lo que ahora sé fue el intento de fincarse como pareja con un pretendiente austriaco, mayor que ella. Deci­dí entonces suspender su búsqueda y rehusarme tam­bién a las solicitaciones de Regina para concentrar mis afanes en María Angélica, la mujer con quien había trabajado hombro a hombro durante casi ocho años y a la que descubría apenas en toda la plenitud de sus encantos. Fuimos felices y fieles, independien­tes y autónomos. Tanto, que me es difícil concebir ahora cómo aquel acuerdo culminante de mi vida amorosa desembocó en la fiesta abierta que siguió. Era un hombre feliz, saciado física y mentalmente. La fiesta sin embargo vino a mí con el poder incon­testable del azar, que es el sentido mismo de la vida. »Pero eso quiero contárselo después, porque es un asunto largo. Ahora quisiera escuchar de usted algo sobre las cosas del día.»

Le hablé del informe publicado esa semana que atribuía la muerte de un candidato presidencial a la acción de un asesino solitario.

—¿Ha leído usted el informe completo? —me

preguntó Adriano.

—Sí.

—¿Le parece verosímil?

—No.

—La verdad tiende a ser inverosímil o inso­portable —dijo Adriano.
En la siguiente comida, volvió a su relato:

—Una estadística vulgar de los salones de clase es la de la alumna enamorada del maestro o el maes­tro abusando de su prestigio con la alumna. Es una estadística universal, con lo que quiero decir: inevi­table. Había visto brillar esa fatalidad en los ojos de mis alumnas muchas veces, lo mismo en las regulares de mis cursos que en las mujeres un tanto ociosas, pero de cabeza abierta, que organizaban seminarios privados para entretener sus días. Había rehusado siempre la pesca en aquellos lagos cautivos. No sé si queda claro por mi relato, que pone juntas a mis mujeres y parece multiplicarlas, pero mi disposición amorosa es más bien exigua. Me han gustado larga­mente las mujeres, de toda clase y condición, pero no he tenido ante ellas el impulso del predador ni la promiscuidad del mujeriego. He sido un exclusivis­ta, un reservado, en cierto modo un abstinente y, aunque parezca extraño, un monógamo, propicio a la rutina y a la repetición más que a la novedad y a la aventura. En los tiempos de mi concentración ex­clusiva en María Angélica, la vida se movió de pron­to como un huracán y me puso frente a otra cosa. De la mujer que voy a contarle, me avergüenza decir que era mi alumna, pero lo era, aunque de una con­dición extraña. Pertenecía a la misma generación del más insólito de mis alumnos, el mejor y el peor de todos ellos, a quien usted conocerá de sobra, aunque sólo sea de oídas. Me refiero a Carlos García Vigil, cofundador del diario donde usted trabaja, precur­sor de usted y de tantos talentos académicos como el suyo en eso de ir a buscar el vellocino de oro a las redacciones de los periódicos.

—No el vellocino de oro —precisé—. Sólo un poco de aire fresco y vida pública. Pero usted tie­ne razón: yo llegué al diario siguiendo el camino de Vigil, que para nosotros fue legendario.

—Las muertes prematuras facilitan la fabri­cación de leyendas —dijo Adriano con súbita amar­gura—. Pero no son sino eso: muertes prematuras, desperdicios de la suerte. Llevo años pensándolo y todavía no entiendo qué buscan ustedes en los pe­riódicos. Qué buscaba Vigil, qué busca usted. Ya co­noce mi obsesión, la hemos hablado muchas veces. Vigil habría sido un historiador sin igual, un escritor extraordinario. Fue sólo un periodista malogrado. No estoy haciendo alusiones personales —sonrió—. Se lo digo abiertamente: cuide que no le suceda lo mis­mo. En todo caso, lo cierto es que Vigil ejerció una poderosa atracción sobre mí desde el primer momen­to, una atracción irritante, polémica, entrometida. En el fondo, supongo, una atracción paternal. Toda­vía hoy me descubro discutiendo con él, tratando de corregirle la vida, como si aún viviera, como si pu­diéramos corregir lo incorregible. El caso es que Vi­gil ejerció parte de su poder de atracción acercándome a sus compañeros de clase. Por razones pedagógicas, en materia de trato con mis alumnos he guardado siempre una distancia magisterial, hasta pedante. Como a usted le consta, nuestros encuentros eran siempre en el salón de clase y sólo ocasionalmente en mi casa, para desahogar cuestiones académicas. He procedido así con todos mis alumnos, salvo con Vigil y su generación, y ahora con usted. Vigil me invitaba a sus círculos de discusiones, y luego a sus fiestas. Ya sabe usted, esas fiestas juveniles de malos alcoholes y exageraciones de la edad que terminan con frecuencia en puñetazos. Acudí primero a una reunión del círculo, luego a una fiesta, luego a otra, al final a varias. De pronto, cierta noche, en las pos­trimerías de una de aquellas fiestas, me vi lleno de alcohol, tirado en un diván con una joven alumna besándome con urgencia adolescente. Algo adoles­cente, en efecto, despertó en mí, un flujo de vida desafiante, nueva. Pasada cierta edad, decía el poeta Jaime Sabines, la juventud y el amor sólo pueden adquirirse por contagio. Digamos que esa noche pa­decí un agudo contagio de ambas cosas. Volví a casa al amanecer igual que un lobo joven después de la caza, sin sueño ni fatiga.
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