Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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y en mis de­bilidades: "Irás y volverás. Sólo conserva esto en tu cabecita de marido fiel: de mí puedes ir y volver cuan­do quieras. Te has ganado ese privilegio, aunque me lo niegues a mí." Había pasado casi un año desde mi encuentro con Ana Segovia y hacíamos planes para nuestra boda. Luego de hablar con Carlota, me dis­puse a hacerlo con Regina. Regina tenía conmigo una adicción pendular semejante a la que me ataba a Carlota: recaía a su pesar. Yo adivinaba en sus empe­ñosas ausencias que mi decisión de separarnos podía aliviarla de su propia duda. Un día, al final de una noche reincidente, mientras yo buscaba las palabras justas para anunciarle nuestra ruptura, ella las dijo sin cuidarse demasiado. Fue una repetición exacta de nuestra primera ruptura, ¿es decir, de mi primera pérdida de Regina. Me dijo que había encontrado a otro hombre y que no tenía dudas sobre su perte­nencia a él. No quería herirme, dijo, pero añadió lo más doloroso: "Has sido siempre la antesala de mi dicha." Salió corriendo después tras el otro, como la primera vez, y como la primera vez su ausencia fue una pérdida monumental porque la había decidido ella, hiriendo mi vanidad, burlando la revancha apla­zada de terminar las cosas yo. En cuestiones de amor alguien anda siempre corto y alguien largo. Aun cuan­do fuese yo quien quería separarme de Regina, ella era siempre la que andaba corta en nuestros amores y yo largo. Ella quería siempre menos y yo más, in­cluso en el momento en que iba a decirle que no quería seguir con ella. Incluso entonces, ella tuvo la opción de cancelar la herida que yo podía infligirle. Su decisión sepultó la mía y la puso de nuevo tan lejos de mi voluntad como había estado siempre. Apenas pude disfrazar los impactos depresivos de aquella ruptura. Como explicación de mi tristeza, inventé para consumo de Ana frustraciones historiográficas y derrotas profesionales. Todo fue tolera­ble, sin embargo, y la vida siguió.

»Al momento de casarnos, Ana Segovia era una muchacha fresca, historiadora sacrílega del arte, perfecta diría yo, sexual y doméstica, inagotable con­versadora, inagotable contempladora. Estuvimos ca­sados doce años, aunque sólo vivimos juntos ocho, los más apacibles y prolíficos de mi vida. Escribí en­tonces la tercera parte de los libros que he escrito, no los mejores pero sí los más fluidos y serenos en su elaboración. Un día enfermé. Fui al médico y decidieron que debían operarme. Dados los sínto­mas, dijeron, debía tener el estómago invadido de cáncer. Abrieron del esternón al ombligo: quince cen­tímetros de herida. Pero no encontraron nada, salvo lo que yo tenía: aquel deseo bárbaro de enfermedad, nacido de la más saludable época de mi vida. Algo vital en nosotros rechaza la paz, quiere la anormali­dad, la trasgresión, el riesgo. Quien mata ese espa­cio salvaje en su vida se mata un poco. La bestia cobra su revancha, mata lo sano para abrirse paso. Duran­te mis años de exigente fidelidad yo había reincidido en Carlota, tal como ella anticipó. Pero lo había he­cho sin el gozo corsario de antes, con culpa de mari­do enamorado y fiel. Había obtenido de Carlota más burlas que placer y un castigo cuyos rigores había olvidado: la exhibición por ella misma de sus otros amores. Tenía un acompañante de planta, un baila­rín que la llevaba de viaje en sus giras. Por su parte, Regina se había casado una segunda vez. Era tan fe­liz como yo, con la diferencia de que había sido prolífica en la misma época en que yo supe que no lo sería. Buscando reproducirme en Ana Segovia, supe por los doctores que era estéril. Fui infértil. La natu­raleza decidió que algo en mí no debía reproducirse. Salvo Carlota, todas mis mujeres tuvieron hijos, al­gunas más desdichadamente que otras. Ya dije que Regina volvió a mí, luego del duelo por la muerte de su hijo niño. Se fue de mí por segunda vez rumbo a un hogar prolífico, semejante a su propia casa, llena de hijos. Durante los años que estuve casado con Ana Segovia, Regina parió en escalera con su nuevo marido, un hombre diáfano y próspero que la hizo feliz, la reparó con creces de su pérdida materna, le dio una buena vida y una casa abundante. Pero algo había melancólico y aventurero en ella; luego de consolarse con aquellas plenitudes, algún hueco se reabría en su ánimo y volvía a buscarme, nos tenía­mos otra vez, esporádicamente como antes, pero marcados, yo más que ella, por la culpa de nuestra propia imperfección como pareja de otros.

»Un día, al salir de casa rumbo al archivo, Ana me preguntó si vendría a comer para prepararme lo que me gustaba. Me han gustado siempre los hon­gos y en particular los huitlacoches. Le dije que me hiciera una sopa de huitlacoche y subí al tranvía. Me había retirado del despacho, dedicaba mi tiempo íntegramente a la historia y su enseñanza. Tenía tiem­po y calma, las mejores cosas que hay que tener en la vida, aunque se viva poco y la vida transcurra a toda prisa. La ciudad de entonces ayudaba a estas cosas, que hoy se antojan imposibles. Entonces la vida de uno cambiaba literalmente durante un viaje en tran­vía. Yo iba irritado aquella mañana, durante todo el viaje en tranvía, con el recuerdo de los huitlacoches y la solicitud de Ana, mi maravillosa primera mujer. Cuando llegué al centro, al Archivo de la Nación, que estaba entonces en la planta más miserable de Palacio Nacional, el mismo lugar donde había cono­cido a Ana años atrás, decidí que debía separarme de esa felicidad de tiempo completo que fue mi único matrimonio. Tardé meses todavía en separarme y aquella tardanza cobró sus réditos. Me separé de Ana odiándola, sintiendo vergüenza de haber vivido con ella. Como si otro, un ser despreciable, ciego o tonto la hubiera tenido, y no yo. La borré por completo de mi vida, de mi memoria, hasta de mi odio. Y acaso de ese odio vino la historia de mi cuarta mujer que le contaré otro día, porque una vez más he hablado mucho. Usted debe volver al periódico y yo a mis libros.»

—Debo detenerme un poco en los años que viví con Ana —pidió Adriano al mediar nuestra siguiente comida, cuando reanudó su narración—. Fueron años de consolidación profesional. En esos años gané más de lo que debía ganar como abogado litigante hasta formar un patrimonio considerablemente su­perior al que recibí de mis padres. No deja de ser extraño que en un país donde la ley está sujeta a todo género de manipulaciones, pueda ganarse una for­tuna como abogado apegándose estrictamente a la ley, a la exigencia rigurosa de su cumplimiento. Cuan­do juzgué que había ganado suficiente, empecé a ejer­cer la abogacía por un criterio, digamos, de extranjería. O, si usted lo prefiere, de extravagancia. Sólo asumí casos que era difícil o imposible ganar, en particular los que tenían que ver con procedimien­tos leoninos del Estado. Por ejemplo, la constitución exige a los patrones que den segundad médica a sus trabajadores. Como tantas cosas utópicas de nuestra constitución, esa era también letra muerta. El go­bierno creó entonces una red de hospitales de segu­ridad social cuyo reglamento estableció que debían afiliarse a ella obligatoriamente todos los trabajado­res y las empresas que los emplean. Pero el mandato constitucional no era de afiliación forzosa a una red de seguridad social del gobierno, según un reglamen­to monopólico y leonino, sino que cada centro de trabajo diera seguridad a sus empleados, por los me­dios que fuera. Tardé doce años en que la Suprema Corte aceptara que la obligación constitucional de­bía cumplirse por cualquier medio y no, obligatoria­mente, por el ingreso a la red de hospitales del gobierno. Litigando ese pleito al primer año de casa­do, conocí en los tribunales a María Angélica Nava­rro. Era abogada como yo, litigaba unos enredados pleitos de sucesión y propiedad. Era también histo­riadora o empezaba a serlo, pero eso no lo supe sino tiempo después, cuando me topé en mis indagacio­nes con una monografía suya de aquel tiempo, tan desconocida como fundadora, sobre las divisiones territoriales del país. Era una joya de humor y erudi­ción sobre los sucesivos caprichos que habían puesto fronteras a través de los siglos a nuestras enconadas patrias chicas. El estado donde yo nací, por ejemplo, en el norte de México, al que me sentía pertenecer como a una entidad subsistente, casi eterna, había sido constituido en sus linderos por la discordia de un virrey novo hispano con un gremio de comercian­tes locales a los que les trazó una frontera artificial para obligarlos a pagar una alcabala, un impuesto territorial de la época. De aquella arbitrariedad ve­nía el perímetro de mi estado, querido para mí como una foto vieja de familia.

«María Angélica era morena y basta de fac­ciones, tenía la nariz abollada, los labios finos, los pelos descuidados un tanto varonilmente, lo mismo que el atuendo. Me abordó al salir del juzgado. "Tú no me conoces, pero yo a ti sí porque soy amiga de Ana, tu mujer." No había escuchado de Ana una palabra de su amiga, ni la había visto jamás por la casa. Cuando le pregunté, Ana me dio una explica­ción notable. Dijo: "No sabes nada de María Angé­lica Navarro porque es la mujer ideal para ti. No quiero que te cruces con ella, porque si la conoces vas a terminar envuelto en sus redes. Esas redes ni siquiera están tendidas para ti, simplemente son las que te acomodan, y como los hombres son antes que nada unos comodinos, caerás tarde o temprano en las redes de mi amiga María Angélica. Tiene todo lo que tú necesitas. De modo que te prohíbo todo tra­to con María Angélica Navarro, mi amiga del alma. Ella sería incapaz de hacerme una guarrada y tú tam­bién. Pero los dos son abogados y no es cosa de sus voluntades de ustedes, sino de que están hechos uno para el otro y no me da la gana de que lo descubran nunca, al menos no por mi conducto." "¿Tú te has fijado bien lo fea que es tu amiga?", pregunté. "Fea, de ningún modo", respondió Ana. "A lo mejor mal envuelta y mal peinada. Tiene unas piernas de cam­peonato y una cara de pervertida francesa que ha vuelto loco a más de uno. A su paso, te lo digo, van cayendo los galanes. Y cuando habla, brilla." "Quie­ro decir fea comparada contigo", precisé. "Yo no me comparo con María Angélica en nada porque, salvo en eso que tú dices, salgo perdiendo en todo lo de­más. Y no me pidas que la invite a cenar, porque eso ya será la prueba de que te hizo mella." "Invítala a cenar", le dije. "Tengo un candidato perfecto para ella". "¿Quieres jugar al casamentero de María An­gélica Navarro?" "No. Quiero casar a Matute, mi asistente, al que le urge pacificarse o terminará alco­hólico." Matute era mi asistente en la Universidad, un académico talentoso, seis años menor que yo, cuyo único límite era su vida solitaria y loca. Se la había ordenado por dos años una muchacha inglesa que lo acogió de planta en su departamento mientras hizo sus investigaciones en México. Matute floreció en el amor y el orden, pero cuando su mujer volvió a In­glaterra no se decidió a seguirla y volvió a la soledad y al desorden, con dosis crecientes de alcohol. "Ne­cesito una mujer que vuelva a ordenarme la vida", me había dicho en aquellos días. "No puedo solo." Necesitaba en efecto una amante, una mamá y un policía. La posibilidad de juntarlos con ánimo casa­mentero le pareció divertida a Ana. Tuvimos buena mano. Cenaron en la casa, se divirtieron uno al otro, siguieron viéndose y al poco tiempo casaron. Fui­mos testigos de su boda. Tuvieron dos hijos. Fuimos padrinos del primero. Matute dejó la Universidad al poco tiempo, en busca de mejores ingresos. Yo invi­té a María Angélica para que ocupara su lugar, lo cual dio inicio formal a nuestra colaboración acadé­mica y a nuestra frecuentación diaria. El amor nace del primer contacto o de la mucha frecuentación. Puede ser hijo de la chispa tanto como de la rutina. Mucho estar juntos abre tantas puertas como el pri­mer contacto. Matute prosperó meteóricamente y su prosperidad lo indujo a cambiar de vida. Por la época en que yo fui hospitalizado en busca de aquel cáncer imaginario, Matute abandonó la casa de María Angélica, y María Angélica buscó refugio en no­sotros. Penaba más por los niños que por ella, se­gún dijo, porque Matute había sido un buen hombre pero no la pasión de su vida. Cuando me separé de Ana, María Angélica acudió en auxilio sentimental de su amiga, pero vino también a con­solarme a mí. Me consoló multiplicando nuestro trabajo.

»Con cada una de mis mujeres escribí al me­nos un libro. Aburrí largamente a Carlota leyéndole la crónica de Bernal según mi restitución paleográfica y ofreciéndole mis comentarios cada vez que algo no le quedaba claro, del texto o de sus implicacio­nes. Alguien ha dicho que el espíritu de los tiempos es invisible para sus contemporáneos. Los contem­poráneos están inmersos de tal modo en sus costum­bres que no alcanzan a distinguir su historicidad. Les parece normal todo lo que les rodea, como si hubie­ra existido siempre. Lo mismo sucede con la historia antigua: hay que descifrar los valores implícitos que nadie menciona, que todos comparten, los supues­tos invisibles de la época. Durante mis ocho años de matrimonio con Ana escribí muchos libros, la mitad de ellos en colaboración con María Angélica. Acaso el mejor de todos ellos sea el de la política del len­guaje del imperio español en América, la historia de la implantación del castellano en el Nuevo Mundo. Cuando me separé de Ana, sin embargo, al cumplir cuarenta y un años, emprendí con María Angélica el mayor de mis libros, mi alegato sobre las costumbres políticas del país y su larga supervivencia colonial. Ese es el libro que hice con María Angélica Navarro, como consta en la dedicatoria y en el prólogo. Ese es el libro que abrió nuestro amor.

»Mi ruptura con Ana Segovia fue traumática porque fue repentina. De un día para otro decidí romper, como en un guiso que pasa súbitamente de lo cocido a lo quemado. Descubrí después, leyendo manuales sobre las crisis de la mediana edad, que aquella ruptura insólita está lejos de ser original. Se repite, con variantes menores, en una increíble can­tidad de casos, lo mismo que las personas que salen un día de casa y no vuelven más, los radicales que se vuelven conservadores y los heterosexuales que asu­men su condición homosexual. El hecho es que un día, al terminar nuestro almuerzo, le dije a Ana Se­govia que iba a irme de la casa esa misma tarde. Por la noche estaba metiendo mis cosas en un hotel viejo del centro de la ciudad. Siempre me ha fascinado el centro colonial de la ciudad, pese a su desarreglo y a sus malos olores de ciudad vieja, con drenajes podri­dos por el tiempo. Incluso esos olores me entusias­man, son prueba tangible de que el tiempo ha transcurrido ahí, puede olerse su materia corrupti­ble, propiamente humana, que no se ha evaporado del todo como en el Coliseo o en las pirámides ma­yas. Lo vivido tiene ahí una densidad física, igual en las calles que en los viejos palacios ennegrecidos o en los vecindarios descascarados por cuyas paredes es­curren aguas y miasmas. No importa, yo siento tras todo eso la evidencia de la historia, la prueba de que no he invertido mis años en la averiguación de un mundo imaginario sino en algo que existió y que una mirada atenta puede recobrar de la muerte. Voy por esas calles del centro acompañado de lo que he leído sobre aquellas épocas, como en medio de un cortejo de sombras, lleno de murmullos como si me hablaran los fantasmas, los espíritus de otro tiem­po, el tiempo mismo. El hecho es que cambié la cercanía conyugal de Ana por esa compañía tumul­tuosa. La dejé viviendo en mi casa del sur, que luego le heredé, y me fui a pasear al tiempo detenido del centro. Ana tardó años en aceptar y más años en entender mi decisión. Como le he dicho, nuestra vida transcurría en una placidez de remanso, agita­do sólo por el espíritu festivo y los raptos iconoclas­tas de Ana, aquellos que habían sido mi fascinación y ahora eran mi tedio. Nada visible turbaba la su­perficie de aquella tranquilidad. Ana creyó al prin­cipio que mi partida era un malentendido o una broma. Las primeras embajadas de María Angélica en nombre de Ana fueron para transmitirme sus pe­ticiones de que suspendiera el juego, recapacitara y volviera a casa. Como casi siempre que la ansiedad o la adrenalina saltaban sus niveles habituales, yo había recaído en Carlota. Su frecuentación era un bálsamo pero también un tóxico, aguzaba la urgen­cia de mis deseos y la desfachatez de mis atrevimien­tos. Era diez años mayor que yo, de modo que para el momento en que me separé de Ana, Carlota ha­bía cruzado los cincuenta. La familiaridad activa de su cuerpo, sin embargo, el pulso eléctrico de sus amo­res me rejuveneció en aquellos tiempos como una transfusión. Puso en mí un vapor de omnipotencia, cierta alegría gratuita, cierto descaro para vivir, pen­sar, actuar. Regresé una noche a mi hotel con esos ánimos altos. María Angélica esperaba en el lobby para repetirme las peticiones de Ana. Al final de uno de sus parlamentos, mientras tomábamos un gin&tonic en el bar, la miré fijamente y salté la cer­ca. "Te he dicho ya que no quiero volver. Te pregun­to:
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