Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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de estarla teniendo, de estar metido en ella al fin, cerrando el círculo que los años se habían llevado. Esa era una de las resignaciones mayo­res de mi vida, la resignación de no haber tenido a Regina Grediaga, de haberme ahogado en la orilla de su amor, a unas caricias del centro de su vida. Torcidos y silenciosos nos quedamos en el sillón un largo rato sin tiempo. Nos levantamos abrazados, nos compusimos la ropa y el pelo, con Regina colgada de mí cerré el despacho, bajamos abrazados la esca­lera hasta la calle donde tenía mi coche. "¿Te llevo a tu casa?", pregunté. "No tengo casa", contestó Regi­na. "¿Quieres dormir en la mía?" "Sí, en la tuya." Durante el trayecto estuvo abrazada a mí, la cabeza en mi hombro junto al volante, la sonrisa en los la­bios, la humedad en los ojos despintados, la suavi­dad pacificada de sus dedos yendo y viniendo por mis mejillas, mis labios, mi nariz.

»Yo vivía entonces en un departamento que era la mitad de una casa vieja en una zona de resi­dencias aristocráticas decrépitas. Mi departamento tenía dos plantas y un jardín artificial en la azotea. Le habían rehecho las cañerías y los baños. Tanto en la planta baja como en el primer piso habían derri­bado los muros de dos habitaciones para hacer abajo una sala larga que era a la vez mi estudio, y arriba un solo cuarto abierto, con amplios ventanales. Vivía solo ahí, interrumpido nada más por las invasiones de Carlota, que solía llegar sin dar aviso. Prendí un calentador, aunque no hacía frío, porque Regina tem­blaba. Me confió que llevaba dos días sin comer, de modo que ordené una cena al restaurante de la es­quina y la alimenté como a un bebé reacio a la papi­lla. Se metió en un pijama mío y se durmió abrazándome. Miré al techo un rato, con Regina dormida a mi lado, sobre mi pecho, absorto y hen­chido, como ante la consumación de un milagro. Al día siguiente fui a dejarla a la casa de siempre de los Grediaga. Fui recibido como en otros tiempos. El coronel lamentó mi pleito perdido años antes contra el código militar que seguía imponiendo la pena de muerte en un Estado republicano por cosas tan del orden antiguo como la traición a la patria, la deser­ción frente al enemigo y la piratería en los caminos reales. La madre de Regina seguía con la cintura del­gada y la disposición a prodigar elogios y caricias donde se ofreciera. Antonieta ya era la gorda que se­guiría siendo y los hermanos estaban todos fuera, incluyendo a Antonio, mi antiguo novato, que se­guía a contracorriente de sí mismo su carrera mili­tar, destacado en una de las islas continentales del país, cien millas mar afuera del punto más occiden­tal del atlas patrio. "Ya sé dónde encontrarte", dijo Regina cuando nos despedimos. "Esta noche si quie­res", dije yo, sobreactuando mis emociones. "Esta noche, a lo mejor", prometió Regina. Los que en­tienden estas cosas entenderán que al salir de aquella casa de mi juventud, a la que había entrado por pri­mera vez como adulto, tuviera doble necesidad de mi adicción adulta, es decir, de Carlota, y que fuera a buscar su consuelo antes de ir al despacho. Aún dormía, envuelta en sí misma. Me gustaba llegar a su casa por la mañana, corriendo el riesgo de encon­trarla con otro, y meterme, nuevo de la calle, en su cama no amanecida todavía, cálida de su cuerpo y sus olores. "Hueles a niño", me dijo. "¿Con quién trasnochaste ayer?" Lo dijo dormida a medias, pero del todo consciente de mi olor. Para disfrazar mi fal­ta de baño había echado sobre mis ropas unas dosis sin precedente de loción que Carlota percibió, desde luego, mezclada con los restos de Regina. El que en­tiende de estas cosas entenderá que aquella mañana haya tenido con Carlota una gloriosa jornada, al punto que me dijo: "Si así han de ser las cosas, regá­lame tus mañanas, no tus noches." Llegué a trabajar tarde. Tenía una llamada de Regina, diciéndome que vendría por la noche. El amor se parece a sí mismo, pero la segunda noche tuve a Regina Grediaga por primera vez, entera y enérgica, dispuesta para mí. Descubrí entonces que no era una asignatura pendiente que saldar, una asignatura conocida, sino un nuevo mundo, raro, extraña y falsamente familiar. Lo nues­tro era una iniciación, no un regreso. Volví a encan­tarme de ella, de la Regina que venía a mí con las formas subsistentes de una muchacha fresca, pero cortada por el sufrimiento y embarnecida por él, dueña de un cuerpo donde habían dejado sus hue­llas el amor, la maternidad y la muerte.

»A1 día siguiente comí con Carlota y dormí con Regina. Eran, en estricto sentido, las únicas dos mujeres que había tenido en mi vida. Todo lo que yo pudiera saber entonces de la intimidad de una mujer lo había sabido por ellas. Otro tanto aprendí de cada una, cuando las tuve juntas, por el hecho elemental de compararlas. Lo entenderá quien se haya visto en la situación: no pude sino compararlas y aprendí de la comparación, como si en vez de dos mujeres tuviera mil, como si la mezcla de una con otra las multiplicara y me hiciera dueño de los secretos de una le­gión. Por ahí estarán todavía en un cuaderno los in­formes de sus diferencias, informes tomados en el campo, como dirían los antropólogos, horas, a veces minutos después de atestiguar los hechos narrados. No era fácil tomar esas notas, porque el hecho ma­yor a observar era la renovación del milagro, la ple­nitud de las horas pasadas alternativamente con Carlota y Regina en el supremo placer de mi clan­destinidad frente a una y otra, la dicha corsaria de engañarlas sin consecuencias, ese placer cardinal, aca­so originario, de tener a dos mujeres a fondo sin que ninguna de las dos supiera mi doble juego. Fui feliz esos días como un delincuente prófugo, a salvo de las reglas que lo ciñen o de las fuerzas que lo persi­guen, feliz como sólo puede serlo un abogado tram­poso que gana un caso perdido o un animal doméstico al que el azar le devuelve el sabor de la vida salvaje, el rito de la caza o la defensa de su terri­torio. Tuve días de amores alternos hasta llegar al martes de la comida que me había invitado Ana Segovia. Ahí tuve mi primer crisis positiva de concien­cia. ¿Podía ir a ese almuerzo inocente manchado de mi clandestinidad promiscua, apenas levantándome del lecho de Carlota, envuelto todavía en las caricias melancólicas de Regina? Como suele suceder, mien­tras dudaba descubrí lo increíble, a saber, que me había enamorado de Ana Segovia antes de haberla tratado. Estaba dispuesto a pagar en su aduana o a quemar en su altar mis cosas fundamentales, antes de que me las pidiera. Las cosas fundamentales que yo tenía entonces no eran sino las que acababa de adquirir, las dos mujeres que habían contado en mi vida, multiplicadas al infinito por la confluencia de sus dones. Finalmente eran mías las dos, cada una a su manera, como no habían sido de nadie más. Esta vanidad de propietario fue fundamental en aquellos días. De la lesión de haberlas compartido con otros, me compensaba el hecho de estarlas teniendo de aquella manera extraña, perversa, simultánea y, so­bre todo, inconfesable. Hay esto en la confidencia del amor: sólo es confesable lo que ha quedado atrás, lo que de algún modo ya no cuenta. A veces, ni eso. Yo supe que podría contarle a Ana Segovia mis aven­turas, pero no los detalles de mi relación con Carlota y Regina, ni siquiera los rasgos generales, acaso ni los nombres. Podía dejar a Regina y Carlota porque empezaba a querer monógama y lunáticamente a Ana, pero no podía decirle a Ana de la existencia de las otras sin que reprochara mi infidelidad esencial, sin que gritara, con esa pretensión imposible del amor, que sin embargo rige sus cuitas: "O eres mío o no lo eres, sólo mío y de nadie más." Siempre hay alguien más, pero el amor que nace, el amor que corta las aguas, no entiende de compartir sino de poseer. Hay que vivir toda la vida para entender que ese amor es imposible. No coincide ni puede coinci­dir con los hechos, y sin embargo es el único real, el único que, como dije, separa las aguas y funda el mundo amoroso. Las ganas de fundar un lugar aparte con sus propias reglas tiene como único mandamien­to el que gritan desde el primer día los amantes pri­meros: "Quiero ser tuyo, quiero que seas mía." Ni más ni menos que eso: tener todo lo que eres, darte todo lo que soy. Es un asunto de tan alta como inútil filosofía, pero así es.

»No sé cómo seguir, una vez más he hablado demasiado. Supongo que ahora le toca hablar a us­ted. Le contaré en nuestro siguiente encuentro cómo decidí casarme y lo que de esa medida siguió. Díga­me sólo una cosa, por curiosidad, ya que apenas me ha dejado ver sus preferencias en esta historia. De las mujeres que le he contado, ¿cuál le interesa más?»

—Ana Segovia —dije.

—La última en aparecer —registró Adriano—. Le interesa más el relato que las mujeres que lo for­man. Tengo esa ventaja sobre usted: sé lo que sigue, aunque lo sepa a tientas. En compensación por esa ventaja, le prometo que voy a contárselo todo, sin guardarme nada, por la sencilla razón de que mien­tras se lo cuento a usted me lo voy contando a mí mismo. Yo también quiero recordar qué sigue.

En la siguiente comida, Adriano abrió el fuego ape­nas tomó asiento en nuestra mesa, antes de dar el segundo sorbo a su primera copa de vino, como si en efecto le urgiera su relato más que a mí. Lo agradecí enormemente, porque la historia de sus mujeres se me había ido volviendo un asunto neurótico, al pun­to de que sus interrupciones no me dejaban casi es­cuchar los otros temas de la charla. Era una música intrusa que abolía las otras aun si no estaba siendo tocada, sólo por la inquietud de saber que estaba ahí, lista para fluir en cualquier momento, detenida por el capricho o la indecisión del narrador, el cual, por ese solo motivo, aparecía ante mis ojos como un dés­pota o un abusivo o un avaro o un mentiroso o un sádico menor que especulaba a mis costillas con el encanto de su historia. Adriano siguió:

—Ana Segovia fue mi primera y única esposa. De habernos sostenido en aquella condición, hubié­ramos cumplido cuarenta años de casados este año. Ana Segovia era una mujer hermosa. Regina y Car­lota eran irresistibles a su manera: lánguida y miste­riosa Regina, física y eléctrica Carlota, muy llamativas las dos, pero no hermosas como Ana. Aun en sus atuendos disminuidos de estudiante radical, Ana atraía las miradas hacia sus formas llenas y esbeltas a la vez, unas nalgas erguidas le salían sin un exceso de grasa de una cintura de niña, y aquellas piernas lar­gas, de huesos fuertes y rectos, bien cubiertos por músculos redondos de piel fresca. Sus pies eran an­gostos pero de empeine alto, los talones eran fuertes y tersos, sin el asomo de un borde calloso, y los de­dos de los pies largos, con las uñas rosadas, dando testimonio de que la sangre y la humedad no falta­ban en la más ínfima de las ramificaciones de aquel cuerpo. Era un cuerpo sano, ligero como una gavio­ta, lleno de cavidades y ondulaciones inconscientes de su perfección. Ana era insensible a su belleza, del todo indiferente a ella, lo cual volvía su presencia arrolladora, casi demoníaca. Años después vi por al­gún azar médico la radiografía de su esqueleto. Era tan bella en cada hueso, tan perfecta en cada coyun­tura, tan equilibrada en cada proporción, que pare­cía un dibujo de Leonardo, su cráneo sutil, su columna de alambre, sus brazos como filamentos, los huesos de sus caderas como una mariposa, los de sus piernas como de una garza. El lirismo siempre es inexacto y cursi, pero en el caso de Ana el lirismo era congénito a su cuerpo, a sus huesos, a la delica­deza y el poder de sus articulaciones. Era un cuerpo lírico, vestido o desnudo, de lejos o de cerca, por lo que ofrecía a los ojos y por lo que podían mirar los rayos equis.

«Había quedado de verla al mediodía de un martes. El lunes anterior dormí con Regina por quin­ta noche consecutiva. El sueño nos venció cuando amanecía y dormimos hasta muy tarde, tanto, que perdí una audiencia en tribunales. Apenas tuve tiem­po de bañarme, dejar a Regina en su casa y correr a mi almuerzo esperado. Literalmente puede decirse que salí de los brazos de Regina rumbo a los de Ana Segovia, la cual, como he dicho, gustaba de cocinar porque odiaba los restaurantes. Vivía sola en un de­partamento que acababa de dejar habitable y al que le faltaba, según ella, la celebración del estreno. "Esto no es un departamento", me dijo al llegar. "Es el pri­mer escalón de mi libertad. Cada objeto que hay aquí significa que mandé al carajo a mi familia y me con­seguí mi lugar propio, donde hago lo que me da la gana. Por ejemplo invitar a comer a abogados de dudosa reputación. O sea, tú. Supongo que serás bastante alcohólico, pero sólo tengo una botella de vino y un poco de tequila." "Soy más alcohólico que eso", admití, "Si me lo permites, podemos remediar nuestra escasez con un telefonazo." "¿Con un telefo­nazo? Pues a ver", retó Ana, señalando el teléfono. Llamé a la tienda de ultramarinos donde compra­ban las dotaciones vinateras del despacho. Hacían entregas a domicilio y una de las sucursales quedaba cerca de la casa de Ana, en un barrio de calles empe­dradas y camellones de árboles centenarios del sur de la ciudad. Encargué una dotación adecuadamen­te snob de vinos franceses. Tardaron en llegar menos de lo que tardé en pedirlos. Cuando el dependiente entró con el paquete y yo puse la dotación sobre la mesa, Ana tuvo un ataque de risa y asombro, el estu­por de quien se rinde ante el truco de un mago. El departamento era pequeñito, apenas podía caminar­se sin tropezar con la mesa o con la cama, asunto del todo propicio a mis ilusiones. Puse las botellas en la cama porque no cabían en la mesa. Cuando las esta­ba poniendo sentí a Ana abrazarme por detrás como si yo fuera Santa Claus y ella la niña que agradecía los regalos de la Nochebuena. El símil no es gratui­to. Lo que sucedió después fue digno, en efecto, de Santa Claus. Me refiero a que no hay constancia en ningún relato, antiguo o moderno, de que Santa Claus haya tenido alguna vez una erección, ni de que su figura generosa tenga nada que ver con esa otra forma de la satisfacción de los deseos que los clínicos llaman en sus manuales intercurso sexual. Supe que no iba a ser ese el caso apenas sentí el cuer­po de Ana, radiante de sus formas duras, estampado en mi espalda, como si mi propio cuerpo diera un paso atrás y todo yo me volviera de pronto un espec­tador frío de mí mismo, incapaz de tocar el exterior y cruzar la línea invisible del deseo. No conocía esa sensación ni había tenido esa experiencia. Ana em­pezó a besarme, pero sus besos, lejos de encenderme obraron el efecto de un empalago. Una cosquilla ocupó mi garganta y aplacó todavía más lo que de­bía levantarse. Siempre que pienso en aquella jorna­da con Ana pienso en la fecha fallida de la Revolución Mexicana, el día en que todos los ganosos del país debieron levantarse y nadie se levantó. La concien­cia de lo que iba a suceder impidió multiplicada-mente que sucediera. Empecé a darme instrucciones de calma, consejos de paciencia, y a poner en juego las cosas que me encendían con Carlota o con Regi­na, pero ni el repertorio de mis mañas ni el de ellas fueron suficientes. Tampoco el de Ana Segovia, que consistía en abrirse sin reticencia a la inspección de mis manos. Nada produjo el alzamiento buscado, el alzamiento que yo hubiera deseado de las propor­ciones de una conflagración mundial.

«Recordé mis juegos adolescentes con Regi­na, cumplidos en todo salvo en la consumación, sólo que no era Ana, como antes Regina, quien me pro­hibía la entrada, sino mi propio cuerpo traidor, abs­tinente de sus deseos. Cuando Ana entendió lo que pasaba y lo que seguiría pasando, había obtenido ya varias cosas y estaba igualmente llena de mí, feliz con su abogado desnudo en la cama. "Así me gusta más", dijo al fin, jugando con mi inquilino dormido. "Hu­milde es como un conejito. Despierto será un abo­gado trapacero. Me gusta el conejito, cómo no", y siguió jugueteando con mi afrenta.

»A1 terminar la comida fui a refugiarme en los brazos de Carlota. Llegué como un damnificado, pero salí como un campeón con la corona reparada. "Lo que necesitas es un poco de mar", me dijo Ana Segovia por el teléfono, al día siguiente. "Yo sé de un lugar perfecto para eso. Te invito si quieres, pero tú pagas con tus ingresos de dudosa procedencia." Me llevó al mar entonces por primera vez. El mar era desde niña su pasión y su fantasía. Una pasión co­rrespondida, porque el mar la mejoraba hasta la per­fección, doraba su cuerpo, encendía su mirada, limpiaba sus malos humores. Fueron tres grandes días de mar y de Ana, una primera luna de miel. "Como todos los abogados mañosos, no mostraste tus cartas a la primera", dijo Ana aludiendo a mi desastroso debut y a la razonable segunda vuelta de nuestro contacto. Nada que ver con los incendios de Carlota o con las pertenencias melancólicas de Regina. En Ana había una naturalidad física que añadía transparencia y alegría al amor, aunque le quitara, lo entendí con el tiempo, perversión y misterio. La transparencia y la alegría eran mis necesidades entonces. Tenía ur­gencia de un amor abierto, sin las sombras de la clan­destinidad de Carlota o el destino de amor irregular de Regina. Por una razón o la otra, con ambas era imposible constituir la pareja normal que yo busca­ba, la pareja abierta, gozosa y rutinaria, quiero decir: gozosa de sus rutinas, rutinaria de sus goces.

»Decidí casarme con Ana Segovia y terminar con las otras. Me costó un año cumplir esa sencilla decisión. De Carlota no podía apartarme, como quien no puede apartarse del cigarrillo o el alcohol. Era mi placer y mi enfermedad, mi adicción y mi olvido. Con Regina parecía más fácil terminar, de­cirle, como ella me había dicho una vez, que las co­sas habían cambiado y yo iba a tomar otro camino. Nuestra relación era estable en su estilo de rachas. Regina venía cuatro noches seguidas y se apartaba una semana, a veces dos. Su reaparición inesperada tenía el carácter de un inicio y hasta de una reconci­liación. Por eso era difícil decirle, al final de esos reen­cuentros, que las cosas habían terminado: parecía un contrasentido reconciliarse y terminar. Mientras tan­to, vivía mi fiesta aparte con Ana, me llenaba de ella y de una paz extraña, la extraña paz de la normali­dad. En los valles de aquella paz, cuando todo parecía saciado y en orden, yo corría sin embargo en busca del frenesí de Carlota y me perdía en ella como el

goloso que rompe la dieta. Salía de los brazos de Carlota jurándome que había sido esa la última vez y vivía con esa cura dentro de mí, la cura de haber­me hartado, hasta que la paz de Ana me regresaba al campo de batalla de Carlota. Pude terminar, sin em­bargo, con Carlota Besares. Fue en la época que gané mi primer pleito grande como abogado, el pleito que hizo mi fortuna y mi fama de conservador, de la que no me he repuesto, ni me repondré, aunque mi triun­fo abogadil fuese en servicio de gente rica y gente pobre por igual. Le gané al gobierno una expropia­ción mal hecha de quinientas mil hectáreas de bos­que en el occidente del país. La quinta parte de la expropiación era de una compañía canadiense, la cual desató el pleito y contrató mis servicios. El resto del bosque sustraído era de las comunidades lugareñas. La compañía recibió una indemnización cuantiosa y las comunidades recobraron sus tierras. Yo gané dos veces lo que había heredado y una campaña de pren­sa venida del gobierno, llamándome en dosis iguales reaccionario y lacayo de intereses extranjeros. Hace cuarenta años de aquello y sigo oyendo en periodis­tas y periódicos ecos de esa historia. La verdad es que el gobernador en funciones quería traficar los bos­ques con una empresa norteamericana, rival de la que yo defendí, y convenció al presidente de que expropiarlos era un asunto de utilidad pública y or­gullo nacional. No era sino una aberración jurídica que la Suprema Corte reconoció en favor de mi clien­te. Envalentonado por aquella victoria, como si su consumación sellara mi mayoría de edad, le conté a Carlota la situación con Ana, mis propósitos de fidelidad y matrimonio. Le conté aquellas cosas, que la excluían, como a una vieja amiga. Me dijo, como una vieja amiga, confiada en sus armas
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