Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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Yo en Carlota. Reincidimos en la posición días después y descubrí encantado que el nuevo vaho respetaba el antiguo dibujo: aparecieron completas la caricatura y su leyenda. Meses después, el mismo vaho de aquellos vidrios felices me daría el mensaje de que la tregua de Carlota con mi amor había terminado. Un día en que nos bañamos larga­mente apareció en el viejo vaho la leyenda que otro había pintado. Decía: Toño te ama. Vi aparecer esas palabras como quien ve derrumbarse un mundo. Me derrumbé yo mismo. A mi desmayo siguieron los cuidados de Carlota; cuando volví en mí, desnudo y frotado por sus ternuras sobre la cama, siguió el más increíble discurso de pertenencia amorosa que haya oído jamás, el discurso de sus desenfrenos: "A nadie he querido como a ti", me dijo Carlota. "Todos los demás han sido incidentes. Todos, salvo Sigfrido, que salió de mi vida mucho antes de que entraras tú. De modo que Sigfrido y tú, nada más. Todos los otros han sido curiosidad y juego. Amor, sólo Sigfrido y tú. En realidad sólo tú, porque Sigfrido fue para mí como para ti Regina Grediaga: una llama sin mecha, una pasión mal correspondida. Yo lo quise a él mien­tras él quería a otras. Sus otros amores mataron el mío. Me dije entonces: Esclava otra vez, de nadie. No seré esclava de ningún amor, en todo caso, del amor. Ahí empezó mi búsqueda, no de otro amor, sino de otros muchos, todos, tantos que al final significaran poco. Mi primera conquista fue el propio Sigfrido, a quien atraje nuevamente para tratarlo como roman­ce de una sola vez. Apenas lo tuve, busqué al siguiente, para dejar de ser suya y ser de otro. Y vinieron los otros, uno tras otro, todo el ejército." Empezó en­tonces una descripción del ejército. Me habló toda la tarde de sus amores, a mí, que convalecía de haber descubierto sólo al último. En vez de consolarme de su infidelidad, me contó su vida infiel, para acabar de hundirme en los celos y el despecho. Con la abun­dancia de sus infidencias, debo decirlo, vi el conjun­to de nuestra historia y a mí mismo como parte relativamente prescindible de ella, no como su cen­tro. Por la noche, libre ella al fin del fardo de ocul­tarle a su niño las cosas obvias de la vida, nos enredamos en una lujuria limpia y desolada, deudo­ra sólo de sí misma, sin las ilusiones y las dulzuras que suelen vestirlas. Fue nuestra noche de mayor en­tendimiento, el entendimiento desencantado; tam­bién la de nuestra primera escisión, o al menos de la mía. Supimos esa tarde y esa noche quiénes éramos, quiénes habíamos querido ser, quiénes no podría­mos ser en adelante.

»Mi amor por Carlota bajó de grado, pero no mi adicción por su cuerpo, por sus caricias, la chispa de su contacto. Seguí acudiendo a mi adicción, pero sin el velo que la mejoraba antes. Me refiero a mis sueños sobre su vida como perteneciente a mí y a su propia ilusión de pertenencia que al menos un tiem­po construyó conmigo. Empecé aquellos días mi pri­mera encomienda de historiador, que fue un puesto de auxiliar en la edición de la historia de Bernal Díaz sobre la conquista de México. La paleografía de sus primeros capítulos, como usted sabe, me llevó a la visión de la conquista de América como una empre­sa de riesgo, y al libro posterior que fue mi primero, sobre los intereses particulares en la conquista de América. Al mismo tiempo recibí del despacho mis primeros casos grandes, entre ellos la defensa civil del coronel en activo que atentó contra la vida del último general presidente del país. La justicia mili­tar condenaba a muerte al coronel, pero la justicia civil no podía condenarlo sino a la pena correspon­diente a homicidio en grado de tentativa. Se plan­teaba un litigio de fondo entre dos órdenes legales contradictorios, el de los ordenamientos militares que se continuaban casi intactos de su origen colonial, de fueros feudales, y el del orden constitucional mo­derno, donde la pena de muerte había sido abolida. Los delitos de lesa majestad, traición a la patria y otros sacrilegios del absolutismo, habían sido con­vertidos en delitos seculares con penas comparativa­mente leves que excluían por igual la ejecución y al verdugo. Eran los tiempos finales de la Segunda Guerra Mundial. Palabras como traición, enemigo, sacrificio y lealtad gobernaban las emociones de la época. Con la seguridad de que perdería la disputa contra la pena de muerte, me fue encomendado aquel asunto de extraordinaria relevancia. El país pasaba en esos días del último presidente militar al primero civil y debía civilizar sus leyes. De modo que en los tiempos en que se rompió el cascarón de mi amor por Carlota, con grandes heridas luego de grandes placeres, tuve mis primeras salidas al mundo adulto en mis dos profesiones, la abogacía y la historia. Sa­lidas quijotescas, a no dudarlo, a las que me entre­gué con ánimos de conquistador, tal como leía en Bernal, pero con la certidumbre de que la verdad o la justicia última no existían, de modo que podía perderse la inocencia, como yo la perdí en el baño de Carlota, sin perder el amor o al menos el deseo del bien perdido. Este es un aprendizaje fundamental para el abogado litigante: debe jugar con pasión y perder con elegancia sin poner en ello su alma, tal como yo había dejado de ponerla, sin dejar de poner el fuego, en el lecho de Carlota Besares.

»De la mano de esas otras dos mujeres, la his­toria y la abogacía, fui separándome, lo mismo que un amante infiel atraído por mejores viandas, del banquete de Carlota. Pero seguía acudiendo a él, hambriento como ratón de hospicio. Litigaba en to­dos los frentes. Iba al juzgado a defender al coronel magnicida, aprendía los códigos paleográficos del siglo XVI para restituir el manuscrito de Bernal y acudía a la fiesta colectiva del cuerpo de Carlota Be­sares —antes sólo mío, nunca sólo mío—. Esa era mi vida, llena al punto de reventar. No quería más. Pero el azar y los sueños ocultos en la historia de cada quien siempre quieren más. Ellos me guiaron, supongo, a mi tercera mujer, una estudiante de his­toria del arte llamada Ana Segovia. Coincidimos en el mostrador del Archivo General de la Nación, pi­diendo documentos al encargado. Ana investigaba la historia de la efigie de la Virgen de Guadalupe, patrona de México. No había avanzado gran cosa, fundamentalmente porque buscaba en los archivos equivocados. Me permití sugerirle que buscara en los fondos del Arzobispado. "Ya sé que ahí", me dijo, "pero odio a los curas. Me dan urticaria las sotanas y las iglesias. Me hace daño hasta el polvo de sus docu­mentos. Nada más de imaginármelos, empiezo a es­tornudar." Su respuesta me llenó de felicidad. Nunca he sido jacobino, ni anticlerical, más bien agnóstico, pero la idea de esa muchacha incendiada por una pasión jacobina, sus labios temblando de ira por la sola evocación de una cosa tan genérica como la maldad del clero, fueron un torrente de agua fresca. Las mujeres eran bastante tontas en el país un tanto provinciano de entonces, y si no eran tontas, debían ser mustias. Una mujer apasionada que hablara sin reservas de lo que le pasaba por la cabeza y una mu­jer a la que le pasaban por la cabeza impertinencias anticlericales, era una especie de milagro antropoló­gico. Eso lo pienso ahora, entonces sólo quedé pren­dado de aquella desfachatez tocada por la gracia. No creo en el amor a primera vista, pero sí en que basta el primer contacto para que ambas partes sepan si lo suyo puede llegar al menos a un segundo encuentro. Yo supe desde mi primer encuentro con Ana Segovia que lo nuestro iba a tener al menos un segundo en­cuentro. Se lo dije y me contestó: "Puede ser, pero no estaría mal si antes me explicaras quién eres, por­que no acostumbro salir con desconocidos. Aquí en la esquina hay un café al que podemos ir y me cuen­tas de una vez para saber a qué atenerme. Pero antes, aclárame una cosa: ¿tienes algo que ver con los cu­ras?" "No", le dije. "Pues ya empezaste bien", me dijo. Recogió sus papeles del mostrador y echó a andar hacia la calle, dando por descontado que la seguiría. La seguí, desde luego, hipnotizado por la claridad de sus humores. Ese fue mi primer encuentro con Ana Segovia, que habría de ser mi tercera mujer. Antes de eso, sin embargo, el azar trajo lo suyo. El azar es ocurrente y tiende a ser simbólico. El hecho es que la misma tarde en que conocí a Ana Segovia reapareció en mi vida Regina Grediaga. Llevaba ocho años sin verla y ninguno sin recordarla. De pronto volvió, como atraída por Ana, y mi vida dio su primera vuelta polígama.

»Pero este es asunto que merece narración aparte. Dejémoslo, si le parece, para nuestro próxi­mo encuentro- Hábleme usted del país: ¿sobrevivirá a esta semana?»

Acepté con impaciencia mi turno en la con­versación y él, con una sonrisa, mi memorial de agra­vios sobre la condición siempre agónica de la República
Adriano dedicó las tres comidas que siguieron, res­pectivamente, a las tonterías históricas del discurso oficial, a la celebración del espíritu conservador y a la denostación del periodismo, según él una forma frenética de saber lo que pasa sin entender lo que sucede.

—Me gusta este lugar —dijo al sentarse para la cuarta comida—. La penumbra, los sillones de cuero café, la madera oscura de las paredes, el bar­man que nos sirve como si nos consintiera. Me gusta ver por los ventanales a los niños jugando. Los niños que fuimos y que no podremos ser. ¿Sospecharán en su dicha sin sombra las sombras de su dicha? Lo que voy a contarle hoy empieza a ser parte constitutiva de mi historia, el anticipo de su verdadera índole, aquello que la hace específica y, quizá, original. Y es que, de pronto, como se agolpan en la mesa los pla­tillos que llegan antes de ser removidos los que se van, se agolparon en mi agenda las mujeres que ha­bían sido parte de mi vida y la que apenas empezaba a serlo. En unos cuantos días simultáneos, o que lo son en mi memoria, refrendé mi adicción por Car­lota, inicié mis tratos con Ana Segovia y entró nue­vamente en mi cuarto, como un vendaval, la Regina Grediaga de otros tiempos, la misma pero otra, cru­zada por la vida adversa, que la echó en mis brazos por fin, disculpando la metáfora, como un barco encallado después de la tormenta. ¿Quiere que le cuente ese episodio?

—Es lo único que quiero que me cuente —acep­té—. Me atormenta dosificándolo.

—No lo dosifico para atormentarlo, sino para digerirlo. El relato, créame, también es nuevo para mí. Tengo que irlo siguiendo conforme asoma. ¿Dón­de estábamos?

—En Regina Grediaga después de la tormenta.

—Con disculpa de la metáfora —insistió Adriano—. Habían pasado ocho años desde que dejé de ir a casa de Regina y siete desde que se casó, pero la Regina que tocó a mi puerta tenía más de esos años encima. Podía comparar bien este punto por­que Carlota tenía más años y la mitad de los estra­gos. Regina no parecía vieja, sino atravesada por un malestar que diluía sus facciones de niña y traía a sus huesos una calidad difícil de describir, una calidad de mujer hecha, pasada por las llamas de la pasión y el sufrimiento, purificada por el grosor de la expe­riencia adulta, eso que hace deseables a las mujeres porque están como en su momento clave, antes y después de la maternidad, antes y después de la ilu­sión, antes y después del deseo, listas para ser ma­dres, amantes y deseadas por segunda vez. Quién pudiera tomarlas desde la primera vez, tenerlas la se­gunda y la tercera, en todas sus edades, ser el dueño de todas sus estaciones, de todas sus vueltas, sus cam­bios de piel, sus renacimientos milagrosos.

«Digo que Regina tocó a mi puerta porque eso es lo que hizo, literalmente. Era ya tarde en mi oficina, casi las ocho de la noche, pero era verano y la luz seguía inmóvil en el cielo. Yo pasaba los ojos aplicadamente por los folios de una querella judi­cial, pero no hacía sino recordar, con una risa en el alma, los giros de la cabeza de Ana Segovia durante nuestro encuentro esa mañana. En el mostrador del archivo había visto su perfil de andaluza y el brillo exuberante de su pelo sin cuidar. Como quien mues­tra el plumaje, me había mostrado deliciosamente su jacobinismo y la pirueta de sus elocuencias, invi­tándome luego a conocernos en el café, porque no acostumbraba citarse con desconocidos. La seguí sin titubear, pero no supe a quién seguía sino hasta que la vi de espaldas, caminando delante de mí, y pude percatarme de la naturaleza diré ontológica de sus nalgas. Aquellas nalgas, créame usted, eran la encar­nación de la idea platónica de las nalgas, no su pobre reflejo en los muros de la caverna sino la idea pura de las nalgas, soberbiamente encarnadas en la espal­da de Ana Segovia. Volveré a eso porque es parte esencial de mi vida con Ana, aunque no fue aquella perfección platónica la que me absorbió esa tarde, sino algo más trivial, menos perfecto y con el tiem­po, más atractivo: la cabeza de Ana Segovia, su cabe­za loca yendo por sus prejuicios como si fueran verdades reveladas. ¿Por qué estudiaba Ana Segovia las efigies de la Virgen de Guadalupe, patrona de México? Porque estaba empeñada en demostrar que la efigie tenía un origen profano. ¿Para qué quería hacer esa demostración? Para llevar al pueblo de México a la iluminación contraria de su fe, la ilumi­nación de la verdad histórica. ¿Por qué creía que la verdad histórica podía sustituir la fe de un pueblo? Porque la fe era el opio del pueblo y los curas católi­cos los chinos que hacían fumar a todos en el garito. ¿De dónde había sacado aquellos colgajos anticleri­cales y aquellas ideas trasnochadas del iluminismo jacobino? De su padre Lorenzo Segovia, anarquista gaditano prófugo de la Guerra Civil Española que emigró a México, educó a sus hijos en el credo ácrata y con los años, según Ana, su hija menor, perdió el nervio y se acomodó a las convenciones de su tiempo. "Las nuevas generaciones tienen que hacer lo que las antiguas dejaron a medias, por conveniencia o co­bardía", me explicó Ana Segovia esa mañana en el café donde dejamos de ser desconocidos para poder vernos por segunda vez. "Y a todo esto", me dijo, "¿tú crees en la revolución o en la autoridad?" "Yo creo en las leyes y en los tribunales", respondí. "¿Cómo puedes creer en esas trampas?", saltó Ana. "Por dinero: de eso vivo", expliqué yo. "¿Eres aboga­do entonces?", preguntó. "Litigante", asentí yo. "Al menos tienes la honradez de ser un cínico y no ne­garlo", dijo Ana. A cada afirmación de ésas su cabeza saltaba con un gozo de cazador acertando y su rostro se iluminaba con el mensaje subterráneo de que todo aquello era un juego no negociable, pero un juego al fin, un torneo de la ocurrencia y el disparate. "Ya que nos conocemos, ¿puedo verte de nuevo?", pre­gunté al final de nuestro encuentro. "Podrías invi­tarme a comer", dijo Ana, "Pero yo odio los restaurantes. Si te tuviera confianza podría invitarte a mi casa, que acabo de redecorar. Pero siendo abo­gado, no sé. ¿Crees que debo darte una oportuni­dad?" "Por lo menos una", dije. "Pues ven a comer a mi casa entonces. ¿Ya sabes dónde es?" "No", dije. "Para ser un abogado mañoso estás muy mal infor­mado. Aquí te la apunto, mira." Escribió las señas en una tarjetita color magnolia que sacó de su mo­rral de apuntes y libros. "Te espero el martes. Si por algo no puedes me llamas antes, para invitar a otro. Una amiga, quiero decir, para no comer sola. No creas que ando invitando abogados trapaceros a co­mer todos los martes. ¿De acuerdo?" "De acuerdo", dije. Se paró entonces, pagó la cuenta de los cafés y se fue caminando, dándome la gloria de su espalda otra vez. No quise alcanzarla para poder verla y com­probar que no la había inventado.

«Cuando Regina Grediaga tocó nuevamente a mi puerta, llevaba un año separada de su marido, loca porque el azar le había arrebatado un hijo de cinco años, luego de seis de feliz matrimonio. Vino a mí deshecha por el dolor de su pérdida. La muerte de su hijo había congelado su amor por el padre a quien tanto quiso, el mismo por el que me dejó la tarde que iba a ser mía. Con el pequeño hijo perdido se habían ido de ella todas las ilusiones, incluso la más mínima, ésa que nos hace levantarnos cada ma­ñana, ir a la ducha, comer, hablar a otros, aceptar implícitamente que vale la pena vivir. Era cada vez menos capaz hasta de esos actos reflejos. Sus días eran el espejo de su pérdida y no tenía delante sino el camino de la pérdida completa de sí misma que es la muerte. "Pero no quiero morir", me dijo. "Quiero vivir, aunque sólo sea para seguir recordando a mi hijo y mantenerlo vivo en mi memoria. Por lo me­nos ahí. Me puse a buscar algo que quisiera hacer de veras, como mujer que perdió a su niño, y lo único que vino a mi cabeza fuiste tú, lo único que quise con toda mi alma, con la poca alma que me queda, fue verte a ti, regresar contigo al punto en que nues­tras vidas se apartaron. O, mejor dicho, te aparté. Por eso vine a verte, por eso estoy aquí, para ver si esto funciona." "Pues ya estás aquí y me estás vien­do", le dije. "¿Funciona o no funciona?" "Funcio­na", dijo Regina. "Yo tenía razón. Eres lo que necesitaba ver. Eres lo único que quería ver. ¿Puedes olvidarte de lo de antes y abrazarme?" No podía ol­vidarme de nada, pero la abracé. Ella se aferró a mí sollozando, me abrió la camisa y empezó a besarme el pecho. Decidí que sus caricias eran más significa­tivas que sus lágrimas. La llevé hacia el sofá, un sofá de tres piezas con el cuero negro luido de tres gene­raciones de clientes. Se alzó la falda y apartó las pren­das. "Aquí no", dije, cayendo en cuenta del sitio, del decorado profesional de la oficina. "Aquí", dijo Re­gina entre sollozos, y ahí la tuve, en el sillón de cue­ro, sin quitarnos la ropa. Me hizo quedarme en ella al terminar, tanto tiempo que empezó de nuevo. La edad es fanfarrona en esas cosas, yo era joven aún y había aprendido en el cuerpo de Carlota los fastos del exceso y la repetición. A diferencia de Carlota, que me encendía con sus tactos, en el caso de Regina el ardor y la potencia volvían a mí colgados de la idea de tenerla,
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