Las mujeres de adriano hector aguilar camin






descargar 341.65 Kb.
títuloLas mujeres de adriano hector aguilar camin
página11/11
fecha de publicación28.03.2017
tamaño341.65 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11
y espiritual. La devolvieron sanguínea y glo­tona, como no la había visto en mi vida. Comía cho­colates por primera vez, golosa y torvamente. Se dejó crecer las lonjas sin culpa en un cuerpo que había estado siempre seguro de sus buenas líneas, lo cual hace siempre, durante toda la vida, cierta diferencia con quienes fueron gordos de arranque. Permítame esta digresión banal sobre los cuerpos. Quienes han sido gordos desde que recuerdan están siempre incó­modos dentro de sí mismos. Quienes han sido es­beltos están a gusto dentro de sí aun si la vida los embarnece como gordos originales. La única excep­ción a esta molestia original del cuerpo de los gor­dos, es el de los gordos con ritmo, los gordos que desde pequeños bailaban bien, recibían en su cuerpo el llamado de la música. Pero esas son excepciones de la grasa, no su norma. Fin de la digresión. Regina engordó y comió esos días como si fuera la flaca sin culpa que siempre fue. Yo fui el goloso compañero de ese modo extraño que ella tuvo de envejecer en­gordando, luego de haber sido toda su vida una pal­mera que mecía el viento, como las que había en el parque frente a su penthouse.»

—¿Qué me está contando usted? —le dije—. ¿Recobró a sus mujeres?

—Recobrar es un verbo exigente. La idea de que eran "mis" mujeres, es más exigente aún.

—¿De quién sino de usted?

—De ellas mismas —dijo Adriano—. De nadie más. Fueron mujeres de muchos hombres y yo sólo de ellas. No me quejo: una más me hubiera abru­mado, me hubiera quitado la unidad de las otras. Quizá pueda intentar una recapitulación en nuestra siguiente cita. Ahora se me ha acabado la pila. Hable usted, cuénteme de esa mujer policía que mató a sus dos amantes por infieles.
En la última comida que dedicó al tema, Adriano hizo algo semejante a la recapitulación prometida.

—Me pregunto lo que pensaría de mi relato cualquier mujer inteligente de estos días —dijo Adria­no—. Quizá lo encuentre más cínico o más promis­cuo de lo que es en realidad. Quizá lo vea sólo como lo que es en mi memoria, la parábola de una bien­aventuranza. Me pregunto cuál sería la opinión de las mujeres que son parte del relato. Les molestarán los detalles, supongo, la aglomeración. Ninguna des­conoce el cuadro, pero ninguna lo ha visto de cerca, en todos sus detalles. Se preguntarán: ¿después de todo, éste a quién quiso más? Una pregunta compe­titiva, típicamente masculina, que nunca falta en las mujeres: "Mi marido habrá sido un mujeriego, pero a nadie quiso como a mí", etcétera. Me pregunto si mis mujeres se llamarán a escándalo, como alguna vez hicieron, por, llamémosla así, la multifuncionalidad amorosa de esta historia. Puestas todas las mu­jeres juntas en la vida de un solo hombre, la historia amorosa de ese hombre parecerá la de un cínico. Pero puestas por separado las historias de mis mujeres, acaso resulten más plurales que la mía. Las conozco bien, sé que mi historia ha sido menos variopinta que la de ellas, aunque más extravagante. Digamos que he tenido una vida agitada y fiel. Ahora bien, del mismo modo en que el rasgo más acusado de un carácter es invisible para su poseedor, acaso yo haya sido un mujeriego de unas cuantas mujeres, que es como decir un escritor prolífico de sólo cinco libros.

—Depende del tamaño de los libros —dije.

—Depende de los libros, claro. En todo caso, mis mujeres no fueron libros donde sólo yo escribí. Fui, en todo caso, uno de sus múltiples redactores. Fueron y vinieron a mis estantes, y en ese ir y venir, al final se quedaron. Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la plura­lidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tu­vieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, y yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger in­digentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso en otros frentes, y una solución eco­nómica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Puesto todo junto, terminé siendo una parte de sus vidas que no pudieron dejar atrás, suplir ni rechazar. Entre otras cosas porque nada exigía de ellas, salvo esa compañía tolerante, que terminó siendo más pro­funda que ninguna otra. Envejecí con ellas y ellas conmigo, sin darnos cuenta, al pasar de los días li­mados de Góngora: Las horas que limando van los días / los días que limando van los meses / los meses que limando van los años. Los años que limando van las vidas, añado yo. Con una vivía un tiempo, otra era mi amante semanal, las otras mis amantes ocasiona­les. A una la mantenía, a otras la acompañaba en sus cuitas, a todas en sus enfermedades. Las amaba a to­das al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y, en ese sentido, libres de mi desamor. En­vejecimos juntos en una clandestinidad que fue una condena y una gloria.

«En los últimos años, todo lo que había existi­do entre nosotros sucedió de nuevo. María Angélica reincidió en Galio y salió huyendo de él por tercera vez. Se dejó tentar después, visto que nunca viviría conmigo, por la oferta de ser la segunda encargada de la gran biblioteca latinoamericana de la Universi­dad de Texas. Detrás de su pasión por los libros, en el orden sereno de las bibliotecas, sospeché la presencia de un hombre. Lo hubo en la figura de un antropó­logo más joven que yo, que resultó la antípoda de Galio: tan imposible de aguantar por su índole apa­cible como Galio lo había sido por su fuego mercu­rial. Antes, durante y después de aquella nueva elección de pareja, María Angélica vino con frecuen­cia a arreglar asuntos. Nos veíamos, reincidíamos, me contaba las razones de su viaje. Yo solía descu­brir, no sin vanidad, que la mayor parte de sus razo­nes inaplazables para viajar podían resumirse en la razón de vernos.

»Ana Segovia regresó con su marido buscan­do estabilidad para sus hijos. Admitió su propia pasión por el orden y la certidumbre, ella que había cultivado las anarquías de su temperamento como un asunto de honor. Me dio una explicación trágica de su decisión de volver al matrimonio. Dos años atrás, donando sangre para su padre anciano, la descubrie­ron portadora del virus de la hepatitis C, recogido años antes en otra transfusión. Salvo algún indicio de fatiga, no había nada en ella que anunciara aquella dolencia asintomática, un mal sin cura que carecía de síntomas, hasta que, una vez desatado, mataba en lap­sos breves. "Como te dije, soy una mercancía daña­da", recordó Ana. "Y he llegado a la conclusión de que quienes deben hacerse cargo de esas cosas son los maridos, porque los maridos, andando el tiempo, para eso son. La verdadera ayuda que necesito de ti es que no me odies por esto. Y, si es posible, que me sigas queriendo." La seguí queriendo, desde luego. A mi edad, fui su amante adúltero y clandestino, condi­ción que estimuló mi inmodestia tanto como la ima­ginación de Ana.

»Por lo que hace a Regina Grediaga, vivió bajo mi protección todo el tiempo que su marido quiso someterla por escasez. Agradecieron mi intromisión sus hijos, a quienes conocí en sus visitas. Gocé aquel patronazgo porque me convertía por fin en el amor central de Regina: la pareja sentimental y la solución práctica de su vida. Finalmente, el marido de Regina aceptó la situación, fondeó los gastos de Regina a cambio de que cada año pasaran con sus hijos una vacación de invierno larga y una corta de verano. Regina y yo tuvimos la mejor de nuestras tempora­das juntos, la década de nuestros años sesenta. Esos años me hicieron ver cumplidos mis sueños adoles­centes con la mujer adulta de mis sueños y convir­tieron a Regina en una mujer vanidosa, presumida, aristocrática, que luchaba contra su edad haciendo planes de muchacha.

»E1 itinerario de Cecilia Miramón fue más accidentado. Volvió al alcohol otras dos veces y lo dejó después de sendas crisis. Fui su amante en el alcohol, su enfermero en la sobriedad. Se hizo poco a poco mi compañera estable, la administradora de mi casa, la ordenadora de mi biblioteca, mi secreta­ria, mi memoria, mi enfermera. Tiene hoy cincuen­ta y dos años, está a punto de ser abuela, pero para mí es una muchacha, tanto, que he tenido la tenta­ción de escribir, pretensiones literarias aparte, un equivalente moderno de aquella obrita de Balzac, La mujer de treinta años, para mostrar que la mujer de cincuenta es la mejor que puede encontrarse, si se le encuentra a tiempo, en nuestras vidas.

»Para conocer de verdad a una persona hay que comerse con ella un saco de sal, decían en mi pueblo. Yo me comí un saco de sal con cada una de mis mujeres, a lo largo de la vida. Los seres humanos no alcanzamos sino para engancharnos de verdad unas cuantas veces. Nuestro mundo sentimental es restringido, con algunos filamentos múltiples salien­do de cada núcleo, pero con unos cuantos núcleos que ordenan todo lo demás. Entre esos seres nuclea­res que nos ordenan y nos explican en el orden sen­timental, no están siempre los que serían obvios, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos. Suelen ser fuereños: padres, hermanos, hijos sustitutos, parientes que vamos a buscar fuera de casa. Yo encontré en mis mujeres esa tribu sustituta, acabé queriéndolas más que a nadie. Las quise tanto por lo que me daban como por lo que me quitaban. Fue­ron historias de amor y de guerra, un enganche como el del torero con el toro, para matar o morir. Mejor dicho: para morirse en la suerte. Sabe usted que el gran torero Juan Belmonte pensaba al final de su vida que su derrota como matador invicto, al que nunca cogió un toro, era precisamente no haber cumplido ese destino: ser muerto por un toro. Su victoria so­bre los toros lo hacía incompleto, porque nunca lo mató un toro, nunca se cumplió su destino de pareja cabal con el toro. Lo mismo con nuestros amores. No son sólo cantos de alegría, son también un furio­so enganche vital, la rabia y la euforia a un tiempo, una pelea de afinidades que ata tanto por el placer como por el sufrimiento que da. Mis padres murie­ron jóvenes y yo no tuve hijos. No tuve la tentación ni el calor de la familia. Ni la genealogía ni la heren­cia fueron mis legados. Acaso me hice historiador tratando de fabricarme un pasado. Al final, todo eso me hizo terriblemente libre. He andado por el mun­do ligero de equipaje, como quería el poeta, como si nada hubiera heredado y nada tuviera que here­dar, como si nada tuviera que conservar ni que per­der. Más que una carencia, he encontrado en ese vacío una libertad. Creo haber ejercido esa libertad completa sólo en dos ámbitos, el de los libros que escribí y el de las mujeres que le he contado. Sé que estará tentado de utilizar alguna vez el relato de mis mujeres. No hagamos un episodio de esto. Yo no le he contado las cosas para que las escriba, pero tam­poco para mantenerlas en secreto. No me opongo a que utilice todo eso como le convenga, salvo por lo que pudieran pensar los hijos de ellas, que son tam­bién los míos por adopción, aunque no todos lo se­pan. Le pido, si va a contar esa historia, que cambie los nombres y no la publique hasta que yo me mue­ra. Creo que es una historia digna de ser contada. Créame que fue digna de ser vivida.»

Ese día, con esa frase, Adriano terminó la historia de sus mujeres contada por él mismo, poco después de cumplir setenta y tres años. Para ese momento, el es­tado de sus cinco mujeres era el siguiente: Carlota Besares había muerto de cáncer diez años antes y ve­nía a visitarlo en sueños, enervando sus deseos. Regi­na Grediaga tenía setenta y dos años, cinco hijos, siete nietos y un principio de artritis en las manos que com­batía tocando desastrosamente el piano. Cenaban jun­tos una vez por semana, hablaban de la historia militar del país y reincidían ocasionalmente en la búsqueda joven de sus cuerpos viejos. Ana Segovia tenía sesenta y cinco años y un marido con males cardiacos, algo menor que Adriano. El fantasma de una hepatitis C caminaba por su organismo duro de bailarina, sin que nadie pudiera precisar la fecha exacta de su inicio ni el término fatal de su brote. María Angélica Navarro te­nía sesenta y cuatro años y era una eminente bibliotecaria en la Universidad de Texas, en Austin. Cecilia Miramón tenía cincuenta y dos años, era la madre de tres hijos y acababa de ser abuela.
Con el mismo rigor con que sostuvo el relato de sus mujeres durante nuestras comidas, Adriano dejó de hablar sobre el tema en nuestros encuentros. Comimos en el club varias veces, lo visité en su casa otras. Había madurado la idea de que lo ayudara a poner en orden su archivo personal. La suya seguía siendo la casa de un hombre soltero, cuyos únicos auxilios domésticos eran Gildardo, el chofer, y su sombra de siempre, Águeda chica, que envejecía a la par que Adriano, sentada como un ídolo en la coci­na, vivo vestigio del mundo de la infancia huérfana de Adriano, su tía distante y aquel país de lealtades rurales que se habían llevado el siglo y el progreso. Cecilia Miramón se ocupaba de ordenar su bibliote­ca según los criterios profesionales definidos por María Angélica. Se ocupaba también de llenar los vacíos domésticos que dejaban la vejez olvidadiza de Águeda chica y la torpeza masculina de Gildardo, el chofer, tampoco un jovencito. Cecilia resolvía am­bas cosas con mano enérgica y risueña, que le valió el mote de La Doñita para sugerir la bondad y la dureza de su imperio. María Angélica había conven­cido a Adriano de vender sus archivos a la biblioteca donde trabajaba. Adriano accedió para inducir el trato de Cecilia y María Angélica en un propósito común. Coincidí con Cecilia algunas tardes en la casa de Adriano, trabajando ella en la biblioteca y yo en los archivos. Me ganó desde el primer día la sensualidad de su sonrisa, una sonrisa que no estaba en su rostro, sino en su cuerpo todo, en la alegría de sus adema­nes, en las ojeras libertinas que las esclavitudes del alcohol y la vehemencia habían dejado en sus ojos.

En la misma casa me crucé alguna vez, sin coincidir, con María Angélica y con Ana Segovia, que a veces venían juntas. En el archivo de Adriano había algu­nas fotos de ellas, ninguna con Adriano, fotos sin mayor gracia que decían poco de sus encantos. Ha­bía en cambio una colección impresionante de fotos de Regina que había nacido para ser mejorada por los lentes de las cámaras y la luz de todas las ocasio­nes. Parecía siempre ligera, radiante, bañada por un aura que sólo podía existir en aquellas fotos y en el horizonte sin límites de la memoria.

Adriano murió días después de cumplir los setenta y seis años. No tuvo dolencias preparatorias. Murió de pronto, sin aviso, la noche de un día en que le hubiera gustado morir. Había entregado por la mañana una mención honorífica durante un exa­men profesional. Acudió al brindis que su alumno laureado ofreció antes del almuerzo. Almorzó en su casa con Cecilia Miramón, que salía de viaje por la noche. Trabajó toda la tarde revisando las pruebas de su último libro, un alegato sobre los infortunios de la legalidad en la accidentada historia política del país. Fue a cenar con Regina Grediaga en un restau­rante de viejo estilo de la ciudad donde lo trataban a cuerpo de rey, lo mismo que en el club donde solía­mos tener nuestras comidas. Había hecho un arte de cultivar restaurantes donde lo trataran como dueño y sólo iba a ellos. Me había dicho una vez: "Prepare desde joven un par de lugares donde comer toda su vida, una biblioteca para leer de viejo y un médico que lo ayude a salir de este mundo si su última en­fermedad resulta demasiado complicada, demasiado larga, demasiado aburrida o demasiado dolorosa." Después de cenar con Regina llegó a su casa cerca de las doce, terminó de leer las pruebas y se fue a la cama con un ejemplar inglés del tratado de Spinoza, Sobre la mejora del entendimiento humano. Al irlo a despertar por la mañana con la bandeja del desayu­no, Águeda chica lo encontró sin vida. Gildardo fue el primero en saber la noticia de labios de Águeda. El primero en saberlo de labios de Gildardo fui yo. María Angélica fue la segunda, pero estaba en Texas y no pudo sino tomar el avión más próximo. Cecilia fue localizada en su hotel de la ciudad donde había via­jado y tomó el avión de vuelta. Ni Gildardo ni Águe­da tenían los teléfonos de Ana Segovia y Regina Grediaga. Debido a todas estas coincidencias, llegué antes que nadie a casa de Adriano. Me sorprendió la desnudez de su cuarto, al que nunca había entrado. Dormía en un camastro de monje junto a una mesa de noche rústica con una lámpara de metal. Su cuer­po estaba contra la pared, puesto de perfil sobre su brazo. El libro de Spinoza estaba en el suelo, sobre la estera, como si lo hubiera dejado caer. La última cosa que subrayó esa misma noche, antes de dormir para no despertarse más, fueron estas líneas: "algo cuyo descubrimiento y logro me permita gozar de una fe­licidad continua, interminable y suprema". Eso an­daba buscando la noche inesperada de su muerte. Quiero creer que eso tuvo, al menos como propósi­to, por el hecho de haberlo leído y subrayado el día de su partida.

La prensa empezó a llegar luego de que yo di la noticia de la muerte. Las autoridades se presentaron para or­questar funerales solemnes, de duelo nacional. Ana Se­govia llegó antes del enviado del presidente, bañada en llanto, con lentes oscuros. Regina llegó poco más tarde con paso de eminencia secreta, concentrada en la gran­deza de su pérdida. Cecilia y María Angélica llegaron por la tarde a la funeraria, poco después de la guardia que hizo el presidente, con las autoridades de la Uni­versidad. Hubo deudos toda la noche, hasta la madru­gada. De pronto estuvimos sólo las mujeres de Adriano y yo, con Gildardo y Águeda chica. Les conté entonces mi impresión del último amanecer de Adriano.

—Me entristece que haya muerto solo —dijo Ana Segovia.

Hubo un gran silencio, al cabo del cual se oyó la voz de Cecilia:

—Así vivió, así quería morir.

Las otras asintieron discretamente, como reco­nociendo el hecho. El silencio tomó de nuevo la sala donde estábamos.

—Nadie se muere acompañado —sentenció con suavidad María Angélica—. Todos hemos de morirnos solos.

Callaron de nuevo, dejando que las palabras hicieran todo el camino en sus cabezas.

—Cenamos juntos la noche anterior —dijo Regina Grediaga, al cabo de otro intervalo—. Esta­ba contento con su nuevo libro. Fumó un puro para celebrarlo.

—Estaba contento —repitió Cecilia—. Yo lo vi al mediodía. Lo dejé trabajando en sus cosas como un niño.

—Igual se murió solo —dijo Ana Segovia—. Creo que a todas nos hubiera gustado estar ahí.

Le temblaron los labios cuando dijo eso. Los ojos de Regina Grediaga acabaron de humedecerse. María Angélica cruzó los brazos, bajó la cabeza. Ce­cilia miró al frente y dejó correr dos hilos de llanto sobre sus mejillas hinchadas, sin que hubiera otra seña de dolor en su rostro.

Recordé que en una de nuestras últimas con­versaciones, respecto de la soledad doméstica de su vida, Adriano me había dicho: "He vivido con la li­bertad de un rey. Moriré en la soledad de un mendi­go." No repetí eso, sino aquello otro que le había oído decir varias veces, después de la muerte de Car­lota: "Hay que pedir a los dioses una vida corta o larga, pero una muerte súbita."

—Odiaba la idea de una enfermedad larga —les dije—. Creo que le hubiera gustado su muerte.

Los restos de Adriano fueron incinerados al otro día. Siguiendo sus instrucciones, la urna fue ente­rrada ("sembrada" dijo el orador) en el jardín de la escuela de historia donde Adriano enseñó medio siglo. En algún momento de la ceremonia vi a sus mujeres conversar bajo la sombra de un liquidámbar. Exhaustas, enlutadas, oían una historia gesti­culante de Ana Segovia y añadían comentarios vivaces. Recordé al verlas juntas las palabras que el mismo Adriano me había dicho: Quién pudiera to­marlas desde la primera vez, tenerlas la segunda y la tercera, en todas sus edades, ser el dueño de todas sus estaciones, de todas sus vueltas, sus cambios de piel, sus renacimientos milagrosos.

Pensé que a su manera él había podido hacer­lo con ellas, y ellas con él.

Semanas después, recibí un citatorio para acudir a la lectura del testamento de Adriano. Adriano aseguró hasta el fin de sus días a Gildardo y Águeda chica. El resto de su fortuna lo heredó en partes iguales a las señoras invisibles de su vida: Regina Grediaga Ana Segovia, María Angélica Navarro y Cecilia Miramón. Su única propiedad inmueble era la casa. Águeda chica podría vivir en ella sin restricción alguna. Cuan­do muriera, la casa debía venderse, lo mismo que sus cuadros y antigüedades, y el monto repartirse en las proporciones previstas para todo lo demás.

Cecilia Miramón recibió en custodia la biblio­teca de Adriano para finiquitar su envío a la univer­sidad que la había comprado por consejo de María Angélica Navarro. Yo recibí el encargo de ordenar su archivo para los mismos efectos. Parte del archivo lo marcó Adriano mismo como reservado para abrirse treinta años después de su muerte. Incluía sus cartas personales, entre ellas las de sus mujeres.

También un diario —veintidós cuadernos de pasta dura con sus notas— y el manuscrito de su libro sobre Carlos García Vigil, junto con los pape­les del propio Vigil, materia prima del libro.

Respeté su mandato de que nadie viera los materiales reservados: fui el primero en no consul­tarlos. Tomé ventaja, en cambio, del resto del archi­vo, como su primer usuario, para un posible libro sobre Adriano y su obra. Antes de enviar los archivos a sus custodios, añadí a los materiales reservados las notas que había tomado en mis comidas con Adria­no sobre la extravagante historia de sus mujeres. Re­leyendo esas notas pensé algo más: quise dejar mi propio testimonio, una huella corsaria en la vida de Adriano. Escribí el presente relato y lo incluí, junto con las notas respectivas, en los documentos reserva­dos. Pienso que no debo usar esos materiales para mi libro, pero tampoco dejar que se pierdan en un tiem­po sin registros. Son las historias de Adriano que todos querremos conocer un día, el rastro de su populosa soledad, lo que él llamaba su vida agitada y fiel, car­ne gemela de sus libros, memoria inesperada de su porvenir. Termino estas líneas efímeras con la vani­dosa certidumbre de haber tocado las puertas de una vida que ha de ser más larga y más digna de ser con­tada que la mía.


BiChOss
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

similar:

Las mujeres de adriano hector aguilar camin icon© 1995, Héctor Aguilar Camín

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconGracias a la atención continuada de Albino Suárez, los asturianos...

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconMemorias de Adriano

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconHéctor Béjar comandó el Ejército de Liberación Nacional, una de las...

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconMujeres necesitamos hacer memoria de otras mujeres

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconProyecto: Mujeres Rompiendo el Silencio: Tribunal de Conciencia para...

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconLas mujeres en el modernismo

Las mujeres de adriano hector aguilar camin icon1 el empuje de las mujeres (1)”

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconSamuel butler erewhon prólogo
«sexo débil» no creían que las mujeres pudieran obrar de forma independiente, excepto en el hogar, la familia y las bellas artes

Las mujeres de adriano hector aguilar camin iconLas Mujeres de la Edad Media






© 2015
contactos
l.exam-10.com