Las mujeres de adriano hector aguilar camin






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Si no vistiera yo los hábitos que visto, dice, impediría que se prolongara esta situación irregular. Es un viejo coqueto, como todos los curas libertinos." "Nunca pensé que me provocarías con un cura libertino pasado de años", dije, haciéndome cargo de su estrategia. "Me gustan los hombres ma­yores", dijo Ana. "Tienen un no sé qué de historia­dores arrepentidos." "Si empezamos a hablar de la edad terminaremos hablando de doctores", le dije. "Cuéntame de tus hijos." Eran adolescentes, uno rubio como el padre, el otro moreno como Ana, uno obsesivo como el padre, el otro fantasioso como Ana. Uno se había ido a vivir con el padre, el otro se había quedado con Ana. "Nada tan difícil como vivir con un hombre aburrido", dijo Ana. "El tedio es una epi­demia que lo va invadiendo todo, objetos y perso­nas. Hasta las alegrías se vuelven rutinarias, los colores pierden el brillo, la vajilla nueva parece vieja, nadie se ríe con los programas cómicos de la televisión. Lle­gué a ser auténticamente la loca de la casa porque toma­ba clases de baile y cantaba en la regadera. Mi marido, mi segundo marido, es decir mi segundo exmarido, es el mejor hombre del mundo, pero es el rey del tedio. Lo único que le enciende de la sangre son los negocios. Hubiera querido ser su negocio en vez de su esposa. Pero no quiero hablar de eso. Mejor há­blame de ti. ¿En qué andas? ¿Sigues con tu novia de la infancia?" "Se fue del país", dije. "No sé nada de ella." "Menos mal", dijo Ana. "Me pudre su competencia desleal. Me cae bien ella, pero me pudre pensar que es tu amor imposible. No se puede competir con un amor imposible. Me pudren los amores imposi­bles." "Prefiero los posibles", dije. "Mientes, como todos", dijo Ana. "A los hombres les encantan los amores imposibles: su mamá, su prima mayor, su novia de adolescencia. Son los reyes de los amores imposibles y nosotras, las mujeres de carne y hueso que sí pueden tener, somos las peor es nada, susti­tuías imperfectas del amor imposible. ¡Qué mal me caen!"

«Pasamos dos días juntos, sin separarnos más que para ir al baño. Era todo lo contrario de su ma­rido: ocurrente, despierta, deliciosa en la mesa y en la cama, como dicen que deben ser las mujeres deli­ciosas. Sin embargo me había hartado de ella alguna vez, de sus arrestos sanguíneos, del ritmo imantado de sus días, de su conversación vivaz, de sus amores encendidos. Me había hartado alguna vez de todo eso tanto como ella se había hartado del bajo perfil temperamental de su marido. Recordé todo aquello, pero aun así le propuse a Ana que tratáramos de nue­vo, que quizá el abate tenía razón, que debíamos co­rregir la irregularidad de su celibato. "El mío puede corregirse, aunque sea temporalmente", me dijo. "Pero el tuyo no tiene redención, ni bajo el rito católico. Nada me haría más feliz que vivir contigo, pero nada me haría más infeliz en poco tiempo. Porque tú en el fondo eres una cabra loca que no quiere corral. Eres neurótico desde chiquito. Imagínate ahora de gran­de. Sobre todo, yo creo que tienes dañada la parte del cerebro que dice compañía. Yo quiero ser tu novia, tu concubina o tu amasia, como dice el código civil, pero tu esposa otra vez, ni para heredarte. Ade­más, estaría vendiéndote una mercancía dañada y yo abomino a los mercaderes tramposos, es decir, a to­dos los mercaderes. Por lo pronto, hazme el resumen de estos días: ¿te di gato por liebre?" "Sólo liebre", dije. "¿De manera que quieres volverme a ver?", pre­guntó. "Quiero", dije. "Pues como decía mi marido: ponle fecha." "Ponla tú", le dije. "Yo sólo puedo el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado o el domingo de la próxima semana", dijo Ana. "El lunes", dije yo. "Eso es mañana. Demasia­do cerca", dijo Ana. "Te invito a comer a mi casa pasado mañana. ¿Quieres conocer mi casa? Mis hi­jos no están." "Quiero", dije yo. "¿Quieres conocer a mis hijos?", preguntó Ana. "También", dije yo. "Me gusta eso, pero no podrás conocerlos pasado maña­na. Pasado mañana nos pondremos de acuerdo. Ire­mos en todo esto día por día. Ojalá dure más que todos nuestros días." Así fijó Ana Segovia las reglas del más duradero y libre de nuestros acuerdos.

»Volví a mi encierro durante algunas sema­nas. Ana me llamaba por teléfono para contarme de las locuras que iba colectando la difusión de su libro. Una monja había quemado la obra en un convento. Un creyente lo había dejado como exvoto en el altar de la virgen con su huella digital impresa al pie de la portada. Los defensores de la aparición habían he­cho su tirada habitual contra los libros que recorda­ban la anacronía de los documentos que la probaban. No había faltado quien le dijera que era parte de la conspiración masónica y atea. Estaba encantada. Antes de que regresara María Angélica, me convenció de que nos viéramos. "No pretendo tus amores, nada más tu compañía", me dijo. "Los amores que nos quedan son sólo compañía", le dije. "Algo de agua puede sacarse todavía de la vieja noria", dijo. Algo salió, desde luego, pero mientras Ana dormía sobre mi pecho insomne, pensé que prefería ese reposo gregario a la guerra santa de su cuerpo despierto; que­ría más su conversación que sus gemidos, más su fra­ternidad que su deseo. No era una preferencia muy galante, pero era la más amorosa de que era capaz. Hubiera querido decirle: "No quiero tu amor, ni la exclusividad que eso implica. Quiero la maravilla de tus nalgas, pero te quiero sobre todo a ti, tranquila, risueña, envejeciendo conmigo, dejando que el tiem­po nos lime y nos mate juntos, sin ninguna otra exigencia.

»No sé bien lo que quería decir, pero eso que­ría decir. Había tenido celos en mi vida pero no verdadero espíritu de posesión. La vida abierta del amor me había agudizado siempre el impulso mi­sántropo del encierro, me había rendido a las sen­sualidades sin comparación de mis mujeres como el monje que acepta sus debilidades o como el adicto que acepta su dependencia. Había sido feliz hasta el punto del hedonismo, pero no había arriado nunca las banderas defensivas del ermitaño. Conforme dejé la abogacía y entré en la edad adulta, aparte de los brazos de aquellas mujeres, sólo me sentía bien ale­jado de ellas, entre libros abstrusos y papeles viejos. Pero el contacto con aquella dicha me había abierto una ventana y no sabía dejar de mirar por ella. Era una ventana, lo entendí poco a poco, donde no ha­bía una ni dos de mis mujeres llamándome, sino todas ellas, cada una a su manera, cada una de for­ma distinta, aunque en mí fuera volviéndose cada vez más importantes la compañía que los cuerpos, la felicidad que el placer, y la felicidad de ellas antes que la mía. María Angélica, que fue en un sentido la más inteligente de todas, percibió antes que na­die ese cambio, la forma en que se iban imponiendo las cursilerías de la comunión sobre las infanterías del deseo.

»"Supe que volviste a ver a Ana", me dijo una noche. "¿Cuándo lo supiste?", dije. "Al volver de mi viaje. ¿Te interesa saber cómo lo supe". "No", le dije. "Lo supe por la misma Ana", me dijo María Angélica. "¿Qué supiste?", pregunté. "Todo. Quería que lo su­pieras". Cortó el hilo y me dijo: "Hay un programa de compra y catalogación de archivos privados en la bi­blioteca de la Universidad de Texas. Creo que debie­ras ofrecerles el tuyo. Es probable que yo reciba una oferta de trabajo en esa biblioteca. Si es así, me gusta­ría ser la curadora de tu archivo." "¿Qué debe incluir mi archivo?", pregunté. "Todos tus papeles persona­les, en especial cartas, manuscritos. Los borradores y notas de tus libros. Tu hemerografía completa. Los diarios, las agendas, todo." "Hay cosas que no quiero que nadie vea", dije. "Las destruyes si quieres", dijo María Angélica. "Aunque una decisión más profesio­nal es que reservas su consulta para dentro de diez, veinte o treinta años." "Suena cursi", le dije. "Son re­glas universales a las que se acogen todos, los vanido­sos y los tímidos. Traje el folleto con las reglas y la descripción del fondo. Todo está previsto ahí, si te in­teresa." "Me interesa", dije. "A mí también", dijo Ma­ría Angélica. "Tengo una gran cantidad de papeles tuyos, y no sé qué hacer con ellos. Quedarían bien en tus archivos, junto con todo lo demás." "¿Pondrías el tríptico en esos papeles?", pregunté. El tríptico llamá­bamos a un escrito en sátira que le envié a María An­gélica cuando la presencia de Regina disparó en Ana y en ella nuestra ruptura. "Incluso eso", dijo María An­gélica, saltándose mi provocación. "Veo que han vuel­to a ser amigas", comenté. "Si tú puedes andar con Ana y conmigo", dijo María Angélica, encendiéndose un poco, "yo puedo vivir con Ana y contigo. Y Ana conmigo. Y con la otra también." "¿La otra?", pre­gunté, abusando de la posición. "La que nos puso lo­cas a Ana y a mí", dijo María Angélica. "Esa con la que no se puede competir, según Ana, porque ocupa el lugar primigenio." "Estás muy enojada para estar tan tranquila", dije. "Entre más lo pienso, más enoja­da", dijo María Angélica. "Aprovecha esta calma, di­cho sea en medio de la calma: si a esta edad en que los amores escasean, el precio de tu amor es aguantar a la loca, estoy dispuesta a pagar el precio." "¿Quién es la loca aquí?", pregunté. "Yo, desde luego", dijo Ma­ría Angélica. "Pero me estaba refiriendo a la otra, a la niña. Es decir, a tu niña, o sea, a la anciana que nos hizo enojar a Ana y a mí." "Lleva dos años fuera del país", dije, tontamente. "¿Quién está hablando de lugares y países, Adriano?", saltó María Angélica. "Pa­reces menor de edad."

»Me había irritado al principio la falta de ce­los de María Angélica, su levitación, angelical como su nombre, por encima del hecho duro de mi reen­cuentro. Me maravilló ahora la extensión de su ar­misticio hasta el posible territorio de Regina. Admiré a las mujeres, entendí que la edad juega a su favor: son más sabias entre más grandes, menos esclavas de las pasiones de su juventud, más capaces de amar lo que les toca, lo que el tiempo les reparte y el azar les deja. "¿Estás segura de todo lo que me has dicho?", pregunté. "No", dijo María Angélica. "Sólo estoy se­gura de que te lo dije y de que estoy dispuesta a soste­nerlo. ¿Me invitas a cenar esta noche a la calle, donde todos nos vean?" "Desde luego", dije. "De pronto tuve urgencia de que nos vean", explicó María Angélica. "Estamos juntos aunque no nos vean", dije yo. "Y aunque no nos veamos." Había un toque demagógi­co en ese pronunciamiento, pero había un fondo mayor de verdad. Para ese momento de nuestra vida estaba diciéndole a María Angélica lo que con toda precisión empezaba a suceder entre nosotros.

»Bueno, ahora hábleme usted de la Repúbli­ca, porque mi pila se agotó. Apenas puedo decir cómo me llamo.»

Volvimos al restaurante una semana después. Luego de hacerme recordar dónde había dejado su relato, Adriano siguió:

—Un momento culminante de aquella repo­sición del triángulo en que habíamos vivido María Angélica, Ana y yo, fue la salida de mi libro sobre los jesuitas en América, su siembra indeleble del patrio­tismo criollo. De aquel patriotismo, hijo del resenti­miento más que del orgullo, habrían de brotar todas las grandezas y todas las miserias de nuestro senti­miento nacionalista. Entre las grandezas, el amor por la tierra natal. Entre las miserias, la envidia y la xe­nofobia de los que quieren para sí, por pertenencia geográfica, lo que no obtienen por mérito humano. Fue un libro largo. Cuando lo empecé era un proyec­to de cuatro páginas. Al terminarlo tenía setecientas. Lo investigué con mis alumnos durante los tiempos de mi soledad, luego de la desbandada de mi impe­rio polígamo. María Angélica dejó sentir su presen­cia, independiente de su orgullo herido, en la fidelidad de algunos de aquellos alumnos que hu­biera podido apartar de mí. Durante la hechura de aquel libro, poco después del año de mi dicha ma­yor, Ana mantuvo su ausencia sin concesiones. Cecilia Miramón estaba encerrada en su sobriedad. La única llama amorosa que alumbró aquel tiempo de estudio fue Regina Grediaga, también ida entonces, prófuga con su marido y sus hijos. Encontró la ma­nera de restablecer su presencia, del modo más ex­traño. Había tenido siempre hacia mi vida intelectual una indiferencia tan estricta como pueden tenerla ante la textura de los ladrillos las mujeres de los la­drilleros, o ante los misterios de los plásticos las mujeres de los ingenieros químicos. Lo poco o lo mucho que me hubiera querido Regina, había sido estrictamente por mí, sin adherencia externa de ofi­cio o beneficio, por la única flaca rotundidad de mi ser puesto en el mundo. El hecho es que Regina topó con una compilación de prólogos míos a otras obras, el primero de los cuales estaba firmado justamente en los tiempos en que nos reencontramos por pri­mera vez, luego de su primer descalabro matrimo­nial y la pérdida de Ademar, su hijo pequeño. Regina había leído la fecha de su escritura, la fecha la había derramado sobre su memoria. Me escribió una carta sobre una servilleta de tela, diciéndome algo así como esto: "Me puse a llorar porque vi el año de ese escri­to, el año en que yo te busqué porque Ademar había muerto. Me diste refugio y hablamos de todo, pero ni una palabra de este texto que estabas escribiendo. Ahora lo llevo conmigo a todas partes, lo leo y lo releo, aunque no entiendo bien, pero me regresa a aquella época nuestra, y me gusta, y me pongo a llo­rar." Recuerdo haber pensado entonces: "Si un pró­logo abstruso, escrito hace treinta años, puede quedarse vivo todo ese tiempo y tocar esos botones en la memoria de alguien, hay que escribir libros, hay que escribir este libro sobre los jesuitas. Algún día tendrá su propia vida ante la mirada de alguien." Es­cribí el libro, según le dije ya, como un antídoto para la soledad, interrumpiéndome aquí y allá por alguna conferencia o algún ensayo. Me faltaba un año para terminarlo cuando acudí en busca de María Angélica al congreso donde nos reencontramos. Me disponía a darle los últimos toques cuando fui al reencuentro con Ana, un año después. Lo terminé en los días que María Angélica volvió de su curso en Texas, el día que cumplí cincuenta y nueve años. María Angélica me informó entonces del asunto de los archivos jun­to con su pacto de tolerancia conmigo, con Ana, con Regina, con ella misma.

«El libro salió publicado en una fecha parti­cularmente propicia. El día de su presentación en la Universidad se anunció que yo había obtenido el premio nacional de historia. Por la noche, María Angélica me exigió una de las cenas que le gustaba tener conmigo, solos y bien vestidos en un lugar ele­gante, donde todos nos vieran. Fuimos a un restau­rante del sur que tenía unos jardines y salones de banquetes. En uno de aquellos jardines María Angé­lica había organizado una fiesta sorpresa, con ami­gos, alumnos y autoridades. Ana Segovia estaba en primera fila, radiante, con un rubor infantil en los pómulos. Me besó en una mejilla y a María Angélica en las dos.

»Las mujeres son animales complejos, inven­cibles; nosotros, los hombres, luego de muchas vuel­tas, somos sólo sus muñecas. Conforme me acerqué a los sesenta años, aquella ductilidad de las mujeres, su inteligencia superior de propietarias de largo pla­zo, me fue confortando, lavando mis culpas de mu­jeriego sui generis, amante de unas cuantas mujeres que habían pasado más tiempo en la cama y la vida de otros, a ninguno de los cuales, sin embargo, ha­bían querido tan reincidentemente como a mí. Yo era su excepción; ellas, juntas, mi fatalidad. El arte de nuestros amores era reincidir, habíamos reincidi­do la mayor parte de nuestra vidas. Al punto de que era ya una imposibilidad tácita separarnos. Yo de ellas, ellas de mí y de la presencia reincidente de las otras. Ahora, dígame usted, sólo por curiosidad: ¿con cuál de las mujeres que le he referido se hubiera casado usted?»

—Con cualquiera. Con todas —le dije.

—En cierto modo yo me acabé casando con todas ellas —sonrió Adriano—. Fui como el políga­mo Pastor Venegas, pero sin sus agallas. No fundé familia, no incurrí en el tedio conyugal, en las hipo­cresías de la monogamia, ni en los alardes de la pro-miscuidad. ¿Qué es el amor sino una intermitencia? No es un estado sino unas ganas del otro que vienen y se van, tal como se iban y venían mis mujeres, siem­pre en el pico de las ganas, a salvo del tedio y de la compañía hueca que es el agua en que nadan las pa­rejas felices.

—¿Volvió a ver a Regina Grediaga? —pregunté.

—Sí —dijo Adriano—. Por un camino sinuo­so. Ese camino empieza el primer día de cursos del año en que cumplí sesenta. Fue un día terrible para mí. En la noche de ese día me enteraron por el teléfono de la muerte de Carlos García Vigil. Supongo que le interesará saber eso. Vigil me había acompa­ñado por la mañana a mi clase inaugural. Solía ha­cerlo para halagarme; también, supongo, porque le gustaba recordarse en aquel día veinte años atrás. ¿Us­ted conoció a Vigil en el periódico o en la escuela? —me preguntó.

—En el periódico. Aunque en realidad no lo conocí. Yo entré al diario cuando él salía.

—Fue más hijo mío que ningún otro —dijo Adriano—. Quiero decir: me hubiera gustado que fuera mi hijo. Discutía con él sin parar su abandono de la historia por el periodismo. Al mismo tiempo, envidiaba con una sonrisa oculta su vida loca, llena de conexiones inesperadas. Cuando murió, tuve ac­ceso a sus papeles. Entendí hasta qué punto la suya era una vida loca. Le contaré algún día algo más de todo eso. Lo pertinente para nuestro relato es que Vigil penaba, sobre todas las cosas, la muerte de una mujer. Se reunía con otras por las razones más diver­sas. Por consuelo, por lujuria, por compasión. Y hasta por autodenigración, porque no descartaba a algu­nas espeluznantes reinas de la noche que se cruzaban por su camino. Usted me recuerda mucho a Vigil, aunque falta en usted, por fortuna para usted, aquel demonio doble de la insaciabilidad y la culpa, aquellas ganas de estar en el mundo para poseerlo, someter­lo, mejorarlo, pero al mismo tiempo no tener los arrestos de mezclarse en sus malas artes y en sus agu­jeros podridos, sin lo cual es imposible poseer el mundo. Recogí los papeles de Vigil cuando murió, me los trajo una mujer amiga suya, su pareja. Escribí un híbrido tratando de completar la novela que Vigil había empezado a escribir. Por ahí está entre mis papeles, junto con los diarios y los manuscritos de Vigil. Una vida perdida, pensé entonces. Pienso ahora que una vida como pudo ser. No hubo un reino per­dido en aquello, hubo un reino dilapidado, como todos los reinos al final. Nadie ha dicho, salvo la Ilus­tración, equivocadamente, que la vida humana pue­de ser perfecta, en vez de ser el desperdicio atrabancado que es. Mientras seguí el rastro de Vigil en sus cuadernos me alarmé de su promiscuidad y de la intensidad de sus pasiones. Al final fui atraído por ellas. Yo me había adscrito, con más vigor en cuanto más pasaban los años, al ideal de la vida per­feccionada por el conocimiento, puesta a salvo de las pasiones por la razón. Spinoza ha señalado con clari­dad que eso es imposible, que la naturaleza humana no es domeñable y que, como la otra, está hecha de bajas y altas pasiones, igual que hay días de tormenta y días soleados. Le cuento todo esto porque a usted le interesa Vigil, pero también porque entre sus pa­peles apareció una foto que fue la que me puso en marcha hacia Regina Grediaga. Era la foto de la mujer cuya ausencia Vigil penaba. Se llamaba Mercedes Biedma. Era el amor perdido de Vigil, su amor in­somne, la pérdida que lo llevó a todas las otras. Mer­cedes Biedma apareció primero en una tarjeta de la investigación histórica que hacía Vigil, una especie de oración donde Vigil lamentaba su ausencia. Apa­reció después en los cuadernos del diario de Vigil, ubicua y obsesivamente; por último, Mercedes Bied­ma era el centro de la novela que Vigil escribía. De pronto, en un sobre apareció su foto. Fue como un puñetazo para mí. Tenía las mismas facciones lán­guidas de Regina Grediaga, la misma frente altiva, los mismos ojos abiertos como una invitación. Regi­na había vuelto de su exilio unos meses atrás. Yo ha­bía tenido el impulso de buscarla, pero me había guardado de hacerlo porque no quería repetir la si­tuación desastrosa de mi imperio polígamo de una década atrás. La frecuentación de Mercedes Biedma en la historia inacabada de Vigil se me impuso al principio como una nostalgia de Regina Grediaga. Se fue volviendo después necesidad de verla, tocar y comprobar su existencia, afirmarla contra el espejo roto de Mercedes Biedma, la mujer perdida de Vigil, tan parecida a la Regina de treinta años, cuyo rostro se había quedado en mi cabeza como el rostro que apa­recía siempre que pensaba en ella, ennoblecido por unos aires tenues de muchacha y un anacronismo ro­mántico de cortejo marcial.

«Busqué a Regina movido por Mercedes Bied­ma. La encontré en un estado maravilloso y lamen­table a la vez. Vivía en un penthouse frente al parque, unos metros arriba de las palmeras de tronco delga­do que oscilaban en el viento como penachos de co­metas infantiles. Supe su domicilio por su hermano, a quien encontré, luego de dos décadas de no verlo, vuelto comandante de una de las zonas militares del golfo. Le anuncié mi visita a Regina con una tarjeta formal y obtuve su aceptación con otra. Me recibió impecablemente vestida y peinada, alta, esbelta como en todos sus días, los hombros sin un asomo de ren­dición o fatiga, los largos dedos y los grandes ojos sugiriendo caricias inalcanzables como siempre, en medio de un lujoso departamento de dos pisos, con escaleras que subían haciendo una curva de cisne y un candil pendiente del techo artesonado. La sala era enorme, el comedor también, tras unas puertas de madera labrada. Más enormes aun porque esta­ban prácticamente vacías de muebles, como si Re­gina acabara de mudarse o fuera la vendedora que espera al cliente para mostrarle el piso en renta. Fren­te a la chimenea, solitario, había un sofá de tres si­tios, una lámpara de flecos y una mesita de cubierta de mármol con un teléfono blanco. "Sólo mi recá­mara está completa", dijo Regina, con humor res­plandeciente. "Todo lo demás se ha ido caminando al empeño. Me siento como una antigua aristócrata quebrada cuyos acreedores se la llevan poco a poco. Cuando la casa de empeño entre a mi recámara, cuando empiece a llevarse mis joyas, venderé el piso y me iré a vivir a un sitio modesto como ha de ser mi vejez." Puso un servicio de té y me explicó. El marido había rehecho su fortuna pero no quería volver a México. Sus cinco hijos, todos varones, se habían marchado de la casa muy jóvenes, adoles­centes, a estudiar a otros países. La soledad de Regi­na cara a cara con su marido acabó de secar la relación hasta hacerla intolerable. Regina padecía la vida en España, y una nostalgia enferma por México, por su casa, por sus padres, aunque su casa hubiera sido vendida y sus padres hubieran muerto años atrás. Decidió regresar al lugar donde había hecho su vida, aunque las razones de su vida estuvieran radicada en otras partes. Es verdad que la capital de México

estaba más cerca de los lugares donde estudiaban sus hijos, en universidades de Norteamérica, pero las condiciones económicas de Regina eran fatales aquí. Como una forma de hacerla regresar, su mari­do le había suspendido el estipendio conyugal y Regina era incapaz de pagar su independencia. Es­taba en ese forcejeo. El marido la ahogaba económi­camente para recuperarla y ella resistía sin habilidad ninguna para manejar los recursos que le habían quedado en la mano, es decir, el penthouse que es­taba a su nombre, los cuadros, los muebles que ha­bía ido vendiendo para financiar su resistencia. Tomamos té y hablamos. Por primera vez quiso sa­ber en detalle el tema de alguno de mis libros, el último. Se lo expliqué largamente, pensando mien­tras lo hacía que el libro esencial de mi relato era el que debía haber escrito. Los autores debiéramos al final de nuestra vida volver sobre los demasiados li­bros que hemos escrito y hacer versiones cardinales que puedan leerse en una tarde. Trajo una botella de oporto y sirvió dos copas. "Tengo una duda", dijo. "¿Es inmoral que las mujeres de casi sesenta años tengan deseos de muchacha?" "Depende de la fre­cuencia de los deseos", dije yo. "¿Sería capaz de ins­pirarte a mis años al menos un pecado venial?", me preguntó Regina. "Los únicos pecados que me has inspirado siempre son mortales", contesté. "¿Te gusto un poco todavía?", dijo. "Como siempre: más que nunca", dije.

»En el amor, todo es más lento con la edad. También, a veces, más intenso. El orgasmo en el jo­ven es un llamado del más acá, una afirmación de la vida. En el viejo el orgasmo es un llamado del más allá, un asomo a la muerte. Redimí todas las boletas de empeño e hice traer todos los muebles al departa­mento, hasta reponerlo en sus más ínfimos detalles. Puse una renta mensual en manos de Regina. Cuan­do esa seguridad llegó, tuvo un colapso nervioso del que volvió luego de una cura de sueño. Se había ido pálida
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