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8 OCTUBRE 2011
Estimados compatriotas:
132 años han transcurrido desde que un día como el pasado sábado 8 de Octubre, la Marina de Guerra del Perú, escribió una de las páginas más notables en la historia de nuestro amado país.
En la mente de todo peruano, 8 de octubre significa Angamos, Angamos significa Huascar, y Huascar significa Grau.
No es mi intención hoy relatarles una reseña biográfica de Miguel Grau Seminario, ni un resumen cronológico del Combate de Angamos, tan solo deseo recordar con ustedes a ese niño navegante que a tan temprana edad emprendió la tarea de forjar su espíritu en la dura faena de a bordo, y en la lucha contra los elementos de la naturaleza, que puso su educación en manos de severos Capitanes y Contramaestres de leyenda, quienes grabaron sus virtudes y limaron sus defectos.
A ese joven Guardiamarina que a los 18 años encaminó sus experiencias hacia el servicio de la patria, abrazando la noble profesión naval.
A ese joven oficial de principios inconmovibles, consecuente con sus ideales, y negado a las concesiones para consigo mismo.
A ese jefe de familia que hizo de su casa un altar, sustentado en la devoción por su esposa, y el cariño y preocupación por sus 10 hijos; tan honesto en la sala de su casa como en la cubierta de su buque.
Nada demuestra mejor tus cualidades de jefe de familia que aquellas cartas que dirigías periódicamente a quien llamabas “tu queridísima esposa”, y que terminabas siempre con “un tierno y fuerte abrazo de tu esposo que nunca te olvida”. Cartas en las que encargabas detalles tan humanos como: “si ya cobraste mi sueldo de mayo, cómprales a los chicos unos vestiditos y camisitas para que vayan siempre aseados al colegio”.

Ni las grandes agitaciones de la guerra te hicieron olvidar tus deberes de padre amoroso.
¡¡¡Que grande eres Almirante del Perú!!!, y te pido me concedas un momento que me permita aclarar a nuestros amigos presentes, que me tomo la licencia de hablarte de tu, amparado en los postulados del diccionario de la Real Academia de la Lengua, que señala que se llama de tu a Dios, al Rey, y a los Grandes; y tu eres grande, peruano del milenio, ejemplo de los peruanos, y símbolo del Perú.
Tu meteórica carrera te llevó a servir en diferentes buques de nuestra Escuadra; como olvidar tus importantes y entusiastas servicios a bordo del Transporte “Rimac”, el Pailebote “Vigilante”, el Transporte “Ucayali”, la Fragata “Apurimac”, tus servicios como Segundo Comandante del Vapor “General Lerzundi” y tu comando de la Corbeta “Unión”. Este comando que significó recoger en Francia este buque nuevo, terminó de cimentar tu prestigio profesional y admiración de tus compañeros de armas por tus cualidades personales y marineras.
No podemos desligar tu nombre de el del Monitor “Huascar”, ese buque que comandaste casi 8 años, que a tus órdenes fue grande, y a cuyo mando no quisiste renunciar cuando el Perú más te necesitó, aun cuando ello te significó renunciar a tu grado. Aquel buque en el que corriste tanto mundo, cuyo puente fue testigo de tan dramáticas singladuras, y en el que viviste tantas anécdotas simpáticas que hacen llevadera la vida en el mar.

Vida cuya belleza tantos han querido cantar sin lograrlo, como imposible es describir la belleza de la flor, la música o el evangelio.
A propósito de anécdotas, te acuerdas Almirante cuando reprendiste severamente al Marinero Maximo Renteria por mojar tus botines mientras lampaceaba la cubierta de teca del Monitor sin darse cuenta que tu rondabas por ella. El chalaco musculoso era apodado “Real Felipe” a bordo por su gran tamaño, y el Contramaestre Nicolás Dueñas siempre lo ponía a limpiar cubiertas por bravucón. Luego le pusiste la nota mas alta en su grado, porque sabias que era el mejor ametralladorista de cofa que tenias a bordo. Como ibas a saber que los cuatros sirvientes de la Gatling de cofa caerían contigo. La cofa del Huascar nunca llegó a blindarse.
Recuerdas cuando un domingo llego de visita a tu casa el Teniente De los Heros, allá en el jirón Huancavelica; lo invitaste a asistir a misa con tu familia en la Basílica de La Merced, a unos pasos de tu casa y él aceptó gustoso. Bien sabías que lo que él buscaba era que le presentes a la bella Victoria, hija de tu amigo el banquero Forsyth con quien hacías tertulia en el atrio después de la misa.
A tu amigo le gustó el joven oficial para yerno y ni que decir de su hija. Carlos de los Heros zarpó a la campaña del sur enamorado como un cadete. Pienso que por eso te dolió tanto arrojar su cuerpo al mar después del segundo Combate de Antofagasta.

La perdida de Carlos empañó la alegría obtenida por los severos daños que ese día tu artillería causó a las corbetas enemigas “Abtao” y “Magallanes”.
Lo que más te agradó de este episodio en que actuaste de Cupido, es que 15 años antes el Capitán de Navío Luís German Astete había hecho exactamente lo mismo para presentarte a Doloritas, y sucedió en la misma iglesia. Como se repite la historia.
Te acuerdas cuando en una inspección de viernes ordenaste muy serio que arrojen al mar las prendas antirreglamentarias del camarote del Teniente Segundo Enrique Palacios; no fue mas que una broma, pues Enrique poseía fortuna de familia, y además de renunciar a su sueldo, aportaba una suma que era el doble de tu sueldo para el mantenimiento del buque. Además sabías que él era el alma de la Cámara de Oficiales; sus bromas daban un aire festivo al Monitor, y con qué ganas te reíste cuando te puso un apodo en la pizarra de liberación de la cámara.
Nunca tuviste deseos de tomar medidas disciplinarias contra el simpático Enrique, quien en sus bromas llegó hasta a escribir en el riguroso y oficial Diario de Bitácora del Monitor algo como: “… y en estas condiciones entrego la guardia a Cansequito”. Perfectamente enterado estabas que el disciplinado y serio Teniente Segundo Fermín Diez Canseco era el blanco perfecto de sus bromas; y que hubiera sido del Monitor, si no fuera por Fermín que se arrojó al mar aquella noche en Arica, cuando intentaste torpedear a la “Magallanes”, y el torpedo falló y se volvió contra el Monitor. Fermín cabalgó sobre el torpedo Lay hasta que logro controlarlo e izarlo de regreso a bordo.
Ojala te hubiera alcanzado la vida para ver a Enrique Palacios heroico en el puente del Huascar como uno de los que te sucedieron en el comando, con la mandíbula sujeta con imperdibles y 18 heridas en el cuerpo, pero él, sentado en una silla continuó el combate hasta perder el sentido.
Y te acuerdas cuando antes del zarpe, te buscó en el muelle la abuelita del Grumete Medina, te imploró que lo dejes en tierra en atención a sus 15 tiernos años. Que orgullo te dio cuando Alberto Medina declaró en posición de atención: “Donde usted vaya Comandante, ahí iré yo”, y despidió a su abuela con un cariñoso beso en la frente mientras le decía: “No se preocupe mi negra que con el Comandante Grau estamos seguros, lo seguiríamos hasta el fin del mundo”.
Te acuerdas Almirante cuando fuiste en comisión a Inglaterra como segundo del Vapor “General Lerzundi”, te tocó ver en gradas la construcción del “Huascar”, algo te llamó la atención de el, y en ese momento supiste que tu destino estaría por siempre ligado al de ese buque. Conversaste de sus revolucionarias características con su diseñador el señor Cowper Coles y desde entonces supiste cómo le sacarías el máximo provecho. Esa comisión te dio dos amigos de por vida, el comandante de tu buque Don Aurelio García y García, y el Monitor “Huascar”.
Recuerdas cuando en la fría soledad de tu camarote que habitaste durante 7 años y 11 meses, en las noches de preocupación te encomendabas a tu patrona Santa Rosa de Lima, cuya imagen que te había obsequiado tu amigo y confesor Monseñor José Antonio Roca y Boloña, tenías en la cabecera de tu litera; sabías que había que encomendar el alma al Señor, pues no era suficiente el acero para encomendarle el cuerpo.
Y recuerdas Almirante aquel 12 de abril de 1867, el día más feliz de tu vida, cuando llevaste al altar de la iglesia del Sagrario de Lima a tu amada Dolores, una criatura con el alma tan blanca como su vestido de novia, que llenó tu vida y amaste hasta el último día de tu existencia. Para colmo de felicidad, atestiguaron tu matrimonio tus amigos, los otros 3 ases de la Marina de Guerra, Lizardo Montero, Aurelio García y Manuel Ferreyros.
Y recuerdas Almirante cómo te pesó escribir la carta a la viuda del Comandante Prat, lo superaste pues consideraste un deber de caballero darle tú mismo la noticia y remitirle sus reliquias; pero nosotros sabemos que la carta que mas te emocionó escribir ese día, fue la que enviaste a tu amigo comunicándole el fallecimiento heroico de su hijo, el Teniente Segundo Jorge Velarde, en su puesto de combate, en las teleras de señales del Monitor, durante el Combate de Iquique.
Te acuerdas Almirante de aquel 6 de julio en que desayunaste con tu familia las natillas y cachangas que te había preparado con tanto cariño tu hermana Dolores, la esposa del Coronel Manuel Gomez.
Te las sirvió con mas esmero que nunca, tu cocinero el chino Francisco. Luego te despediste amorosamente de tu familia y saliste hacia el Callao acompañado de tu fiel ayudante el Teniente Primero Diego Ferre, quien te recogió en un coche de la Comandancia General de la Marina. Vestías orgulloso la levita que Dolores había escobillado por horas con todo cariño, como de costumbre le pediste no ponerle las condecoraciones pues las considerabas una vanidad por el solo cumplimiento del deber.
Al llegar al muelle Dársena, donde estaba amarrado el Monitor, viste en las puertas los cientos de voluntarios que querían embarcarse para acompañarte al sur. Luego al zarpar pudiste ver a los chalacos que desde el Muelle de Guerra lanzaban cohetes al aire y después de cada explosión gritaban ¡Callao!, mientras los buques fondeados en la bahía se empavesaban y tocaban sus pitos en señal de despedida.
Más te hubieras emocionado si hubieras sabido que nunca volverías a casa.
Y recuerdas Almirante, cuando en una incursión que hiciste en Pisagua, un proyectil de cañón chileno paso por la cara de tu Segundo, el Comandante Ezequiel Otoya, y le hizo volar la gorra. Como te reíste viendo la cara de sorpresa de tu amigo y el empeño con que buscó su gorra que nunca encontró. Corta fue tu carcajada porque el siguiente disparo llenó de metralla la chimenea y tuviste que protegerte dentro del blindaje del puente de mando.
Y recuerdas con que alegría marinera, sino familiar pasaste tu último cumpleaños. El Huascar estaba anclado en Arica y ese día llegó el ascenso a Capitán de Navío de tu gran amigo Ezequiel Otoya y su nombramiento como Capitán del Vapor “Chalaco”; y por la tarde se presentó a bordo su relevo, tu viejo amigo Elías Aguirre, chiclayano famoso por sus excepcionales cualidades marineras.
Y recuerdas Almirante cuando durante el bloqueo de Iquique, el ingeniero explosivista Arancibia, que se encontraba temporalmente embarcado, te propuso aventurar minas flotantes contra los buques chilenos. Gervasio Santillana propuso un bonito bote a la deriva lleno de frescos víveres. Muchas verduras dijo Diez Canseco. No olviden unas ricas naranjas dijo Ferre. Unas barricas de vino recomendó Palacios. Cebollas tan importantes en un buque dijo Meliton Rodríguez. Un par de gallinitas propuso Pedro Gárezon. Santiago Távara dijo: “Me voy a descansar porque no se si están planeando un torpedo o un almuerzo”. La carcajada fue general y tú te regocijaste al observar el buen ánimo que reinaba en tu dotación.
Bueno, basta de recuerdos sentimentales y volvamos a lo nuestro. Llegó el momento de zarpar al sur, “Si mi nave no vuelve triunfante, tampoco yo volveré” habías declarado y ordenaste como era tu costumbre: “Larga trinquete en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Señor oriente nuestro rumbo, nos guié a buen puerto y nos haga volver al hogar”, y actuaste en consecuencia; forzaste bloqueos, bombardeaste puertos, capturaste transportes, pusiste en jaque a la escuadra enemiga y el Perú puso sus esperanzas en ti.

El cielo como el mundo supieron del estupor de tus andanzas y nunca el palpitar de tu gente fue mas fuerte y mas Perú.

El Huascar fue el fantasma y la pesadilla de la escuadra enemiga y de las guarniciones de los puertos desde Tocopilla hasta Coquimbo.
Pero el destino te tenía preparado un escenario como pocos han tenido, y así fue como al amanecer de ese 8 de octubre se interrumpió el Diario de Bitácora del Monitor, pues llegaste allí donde los vientos de los cuatro puntos de la rosa se dan cita, las olas se retuercen torturadas por las hélices y claman piedad invocando a Dios mientras desafían el tronar de la pólvora, cuando los navíos guerreros, cual sensual procesión, claman a través de los siglos aquella áurea pompa en que Almirantes, Capitanes, Maeses, Contramaestres, Condestables, Calafates y Grumetes desfilan en un auto de inquisición.
En este momento supremo diste la orden y el clarín con su metálica voz llamó a la tripulación a Zafarrancho y los tambores de los infantes de marina redoblaron en cubierta.
A las 09:50 horas sonó un estampido de cañón, y un puntual y empedernido proyectil, deslabonó su trayectoria en gotas de disgusto por la súbita anarquía de su ojiva que chirrió al morder el blindaje del Monitor, logrando que los olores oceánicos sustituyan el hedor de la sangre desintegrada.
La bruma cubrió con su manto de silencio el mar, y hasta el cielo, queriendo aunarse al dolor de los peruanos, se vistió de luto con negros nubarrones de tragedia. Los cúmulos fueron tu carroza, la brisa tus corceles y cada alga del mar fue un laurel en tu memoria.
Almirante del Huascar, el sacrificio de los peruanos de Angamos, es por toda la eternidad, blasón que exige con la emulación, la grandeza de tus hijos, los marinos del Perú. Tu postrer comportamiento es un texto clásico, singular, aislado y único para la educación de las generaciones sucesivas, en la belleza heroica del espíritu humano, y la concepción de la gloria e inmortalidad.
Angamos fue la esperanza resucitada, la profecía hecha milagro, buques que se lanzaron a su destino con su quijotesco espolón, poseídos de victoria, en una carga de optimismo. Escuadra de esperanza, combate cercano, trueno de cañón, voces de guerra, y lamento de heridos. Naves de combate que describieron caprichosas estelas, locos de brío y espuma.
Sucumbiste Almirante, rodeado de 204 hijos predilectos de la patria, que fueron capaces de hacerse a la mar, altar más grande que natura ha erigido en tu nombre, con el alma desnuda y el rostro al viento, dispuestos a arrancar salvas de emoción al dios Marte.
Una antigua canción marinera dice: “Yo canto a mis compañeros que yacen en el fondo de los océanos, porque no florecen las rosas en la tumba del marino ni los lirios en las olas del mar, tan solo nos canta el raudo vuelo de las gaviotas y las lagrimas que en un muelle lejano derrama la esposa amada”.
Por eso cuando pasamos por Punta Angamos notamos brisas lejanas que nos vienen del tiempo, y sentimos tu presencia en la casa del Eterno, allí donde solo podemos penetrar a través de la bruma del amanecer, el vuelo de las gaviotas, y el canto del mar.
Ya lo dijo el poeta: “Hay una tumba sin cruces en Punta Angamos, un recuerdo de luz, que un puñado de marinos erigió por siempre para gloria de su patria”.
Gracias Almirante, por darnos tu imagen para adornar nuestras monedas, billetes, libros y estandartes. Gracias por tu efigie que preside la cripta de la Escuela Naval, donde los jóvenes lobos de mar velan sus espadas la noche previa a su graduación, usando la propia espada que portabas en Angamos, para apoyar las suyas, luego de una misa solemne en la que se encomiendan al Señor del mar y a la Virgen Stella Maris, para ser dignos de seguir tu ejemplo.
Hoy nos felicitamos, Señor Almirante, por saber que desde la diestra del Padre, observas en la bahía chalaca los buques que no tuviste, las tripulaciones que te faltaron cuando supliste con tu grandeza las carencias materiales.

Los tripulantes de esa escuadra nos acompañan a todos los peruanos a elevarte una oración para decirte siempre:
“Tu eras la patria sobre el mar,

bajo el cielo,

y mas allá del horizonte…”

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