Es para mí un gran placer encontrarme aquí, en España, país en el que he vivido






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fecha de publicación15.06.2015
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Majestad,

Altezas Reales,

Señoras y señores:

Es para mí un gran placer encontrarme aquí, en España, país en el que he vivido

muchos momentos maravillosos, en Madrid y también en Barcelona. Ahora estoy

en Oviedo, ciudad que ya conozco algo, a través de las páginas de Leopoldo Alas.

Es para mí un honor especial que se me haya concedido el Premio Príncipe de

Asturias de las Letras 2008. En septiembre estuve en Argentina, donde la gente

me observaba con algo parecido al respeto reverencial: resulta asombroso

constatar el gran prestigio que el Premio Príncipe de Asturias ha alcanzado en

todo el mundo, y no sólo en los países de habla hispana. Dicho respeto es un

tributo al gran empeño y a la meditada consideración de los miembros del jurado,

en una labor que, a menudo, resulta invisible.

Este galardón me emociona particularmente porque soy canadiense, y también

nosotros resultamos, a menudo, invisibles; o se nos confunde con ciudadanos de

Estados Unidos, país con una historia, una geografía, una mezcla de culturas y una posición de poder en el mundo muy distintas a las nuestras. Como se dice en una de nuestras canciones más conocidas «Canada’s really big» [«Canadá es muy grande»], pero su población es comparativamente pequeña. Oficialmente, se trata de un país bilingüe, aunque en realidad sea multilingüe, pues cuenta con 52

lenguas indígenas, más muchas otras de más reciente implantación. Nuestra

sociedad se ha formado, no tanto mediante la conquista y el dominio como a

través de la negociación y renegociación constantes entre distintas culturas,

lenguas y puntos de vista. Según un chiste canadiense, en el camino que conduce

al Cielo hay dos flechas. En una de ellas se lee «CIELO», y en la otra «MESA

REDONDA SOBRE EL CIELO». Y todos los canadienses siguen la dirección de la

segunda.

Las artes -incluida la escritura- suelen ser objeto de mesas redondas entre

nosotros. Y no sólo de mesas redondas: en nuestras últimas elecciones, el apoyo

del país a nuestros artistas e instituciones culturales se convirtió en un factor

decisivo de la lucha política, y el partido en el poder mostró su desdén hacia ellos

con su drástico recorte a los presupuestos del país destinados a la creación

artística.

Pero los gobiernos que intentan abolir el arte -ya sea con su indiferencia, ya sea

con su afán por suprimir las voces independientes- , no lo consiguen jamás, pues

incluso si se lo condena a la clandestinidad, si se le cortan los suministros, si se lo

oculta, el impulso artístico, a pesar de todo, halla una vía de expresión. El arte

existe desde que existe el ser humano, como testifican las maravillosas pinturas de las cuevas de Altamira. La creación artística es un síntoma de nuestra humanidad: todo ser humano es intrínsecamente creativo, como tan bien demuestran niñas y niños.

La escritura de obras de ficción es un arte del tiempo: a través de ella los

acontecimientos se suceden, se ponen en marcha cambios; en otras palabras, la

ficción cuenta historias. Y, a través de esas historias, nos conocemos a nosotros

mismos y a los demás. Un país sin historias sería un país sin espejo: no

proyectaría ningún reflejo, y ello llevaría, en el mejor de los casos, a una

existencia fantasmal, sombría. «¿Quién soy?», se preguntarían los ciudadanos. Y

no habría respuesta. Un país así tampoco tendría corazón, pues la escritura es un

arte de las emociones. En una era de especialización, sólo el arte puede

mostrarnos la totalidad del ser humano en sus muchas variantes.

Todo, en nuestras sociedades, se ve influido no sólo por la tierra que nos sustenta,

sino por el mundo imaginativo que construimos, y en el que habitamos. Incluso

nuestras instituciones aparentemente más sólidas se sostienen en las ideas que

tenemos de ellas, en nuestra fe en su existencia. Los bancos se desmoronan

cuando perdemos la confianza en ellos, tal como se ha visto recientemente. Y lo

mismo sucede con las naciones. La función del arte, en cierto modo, consiste en

imaginar lo real y, al hacerlo, dotarlo de ser.

La ficción de mi propio país contiene numerosas maravillas: cocinas habitadas por

osos, francotiradores indios llegados de las selvas más remotas para luchar en la

Primera Guerra Mundial, un monstruo helado, caníbal y con los pies en llamas…

Pero, también, a muchas mujeres y hombres que pueden parecer menos

excepcionales, y que sin embargo viven sus vidas y se enfrentan a su tiempo y a

su espacio -a menudo nevado- tal como su personaje, su circunstancia y su

destino les dictan.
Hoy nos hallamos inmersos en una crisis mundial. Financiera, pero también

climática. Mucha gente teme el futuro, un futuro que casi con total seguridad

traerá escasez de alimentos, suministros cada vez más menguados de energías

fósiles y más pobreza e inestabilidad social. En estas condiciones, conviene

recordar la humanidad que compartimos, una humanidad que muestra su mejor

rostro a través de la inventiva y el valor, de la flexibilidad de pensamiento y la

generosidad, y a través de la capacidad de sentir alegría allí donde amenaza el

peligro. Una sociedad rica en artes también es rica en estas cualidades. Los

economistas no pueden ponerles precio, pues no pueden cuantificarse. Sin

embargo, sin ellas las cosas no nos irán nada bien. Es preciso que nos reimaginemos a nosotros mismos. Y no sólo a nosotros mismos, sino nuestra

relación con el planeta que nos sostiene.

Gracias de nuevo por vuestro reconocimiento -expresado en este Premio- a la

importancia de la escritura como arte. Es para mí un gran honor haber sido elegida

como su representante este año. Y les deseo, y deseo para todos nosotros, la mejor de las suertes.

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