Una división de Thomas Nelson






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MAX LUCADO

El
Trueno


APACIBLE

© 1996 EDITORIAL CARIBE

Una división de Thomas Nelson

P.O. Box 141000

Nashville, TN 37214-1000, EE.UU.

Título del original en inglés:

A Gentle Thunder

© 1995 por Max Lucado

Publicado por Word Publishing

Traductor: Eugenio Orellana

isbn: 0-88113-348-5

Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total

o parcial de esta obra sin la debida

autorización de los editores.

A menos que se indique lo contrario,

las citas bíblicas se han tomado de

la Biblia en versión popular, Dios habla hoy.

En honor del pasado,

vislumbrando el futuro,

dedico este libro a

Kip Gordon y Byron Williamson

de Word Publishing

Contenido

Reconocimientos

1 Su voz, nuestra decisión

parte uno: su voz

2 El Autor de la vida

El Dios que soñaba

3 El Perseguidor del cielo

El Dios que acosa

4 Ven y compruébalo

El Dios que vino

5 Milagro a medianoche

El Dios del tiempo preciso

6 El secreto del perdón

El Dios de la inmensa gracia

7 El Pan de vida

El Dios que alimenta mi alma

8 Por más tiempo que la eternidad

El Dios que ama osadamente

9 Lecciones desde el huerto

El Dios que recupera lo sagrado

10 Qué hacer con los cumpleaños

El Dios de la victoria solemne

11 Música para el baile

El Dios que envía la canción

12 Una clase diferente de héroe

El Dios que conoce tu nombre

13 Sostenidos por su mano

El Dios que no te dejará caer

14 Una historia de Cenicienta

El Dios que dio su belleza

15 El predicador de las malas noticias

El Dios de la fe obstinada

16 El último testigo

El Dios que aporta pruebas

parte dos: nuestra decisión

17 Al revés

¿Nacido una vez o nacido dos veces?

18 El hombre ¡Ah!-¡Uf!

Las multitudes o Cristo

19 Calamidades en la escala común

¿Preocupado o confiado?

20 Tu lugar en la banda de Dios

¿A favor o en contra?

21 Amor extravagante

¿Ganárselo o recibirlo?

22 El más acariciado sueño de Dios

División o unidad

23 A veces, Dios se preocupa de nimiedades

¿Confía en Él o reniega de Él?

24 La parábola del anuncio tipo sándwich

¿Su estilo o el de Él?

25 Lo atractivo de la santidad

¿Guiado o extraviado?

26 Mira antes de etiquetar

¿Cuidar o condenar?

27 En busca del Mesías

¿Cómo lo ves a Él?

28 Pedro, Coyote y yo

¿Culpa o gracia?

29 Listos para ir a casa

Preparado o no

30 El pueblo de la caverna

¿Compartirás la luz?

31 Si solamente supieras

Guía de estudio

Reconocimientos

Un libro debería ser un jardín que quepa en la mano. Las palabras, pétalos de color. Los tallos de fuerza. Las raíces de verdad. Vuelves una página y vuelves las estaciones. Lees la frase y disfrutas las rosas.

El cultivo no es fácil, sin embargo, en especial cuando se trata de palabras. La maleza brota y las ideas se marchitan. Algunos párrafos necesitan agua; otros necesitan cortarse. Hay ocasiones cuando te preguntas si alguien podrá podar esta jungla. Estoy profundamente agradecido a algunos valientes que se subieron las mangas, bajaron al terreno y se me unieron en el trabajo.

Karen Hill: mi asistente y querida amiga. Leal, creativa y siem— pre dispuesta a ayudar. Tú eres inapreciable.

Liz Heaney: mi editora desde hace mucho tiempo. Aunque me quejo cuando podas, no hay tijera más necesaria.

Steve Halliday: Otro gran trabajo con la guía de estudio.

El personal y miembros de la Iglesia Oak Hills: ¡Qué terreno de fe!

La edición 94 del Young Messiah Tour: Gracias por escuchar esas palabras antes de desyerbarlas.

Casa de Publicaciones Word: ¡Ningún equipo podría hacerlo mejor!

Lynn Anderson: Mi primera compra después de salir de la universidad fue un juego de tus sermones sobre el Evangelio de Juan. Porque por ese entonces amabas a Juan, yo lo amo hoy.

Steve y Cheryl Green: Por hacer todo lo que hicieron, yo pude hacerlo.

Lindsey Hill, Lois Jeane Davis, Jeanette Rudd, Becky Bryant, Tina Chisholm y Francis Rose, el personal de Up Words Radio Ministry: ángeles en préstamo.

Sue Ann Jones: ¡Qué ojo escrutador y qué lápiz más hábil!

Jenna, Andrea y Sara: Que siempre conserven sus raíces en el suelo del amor de Dios.

Y para Denalyn, mi esposa: Por hacer que el pasto se vea tan verde a este lado de la cerca mientras que el del otro parezca árido.

Y finalmente, para ti, lector: De los muchos jardines que pudieras visitar, elegiste visitar este. Me siento honrado. Espero que la estancia sea agradable. Que puedas encontrar familiares algunas cosas nuevas y que otras nuevas te sean familiares.

Quédate cuanto gustes. Si encuentras una rosa digna de llevar, siéntete en libertad de cortarla. Si encuentras unas pocas cosas dignas de decírselas a otros, por favor, hazlo.

¿Y quién sabe? Adán oyó a Dios hablar en el huerto; quizás lo mismo ocurra contigo.

En la calamidad clamaste, y yo te libré;
Te respondí en lo secreto del trueno.


Salmo 81:7, RV—1960

1

Su voz, nuestra decisión

Un buen piloto hace cualquier cosa con tal de llevar a sus pasajeros salvos a casa.

Fui testigo de un buen ejemplo de esto una vez que volaba por algún lugar sobre Missouri. La auxiliar de vuelo nos dijo que volviéramos a nuestros asientos porque nos aproximábamos a una zona de turbulencias. Se trataba de un vuelo problemático y la gente tardó bastante en reaccionar; pero ella nos advirtió de nuevo: «Vamos a movernos, así que por seguridad, es mejor que se sienten».

Muchos lo hicieron. Pero unos pocos no, así es que ella cambió el tono: «Damas y caballeros, por su bien, ¡vuelvan a sus asientos!»

Creía que todos estaban sentados, pero era evidente que estaba equivocado, porque la próxima voz que oí fue la del piloto: «Este es el capitán Brown», anunció. «Hay algunos pasajeros heridos por ir al baño en lugar de permanecer en sus asientos. Queremos ser bien claros en cuanto a nuestra responsabilidad. Mi trabajo es pasar con ustedes a través de la tormenta. Su trabajo es hacer lo que les digo. ¡Así es que tomen asiento y abróchense los cinturones!»

En ese momento se abrió la puerta del baño y apareció un tipo con el rostro rojo de vergüenza y con una sonrisita tímida se fue a sentar.

¿Se equivocó el piloto en lo que hizo? ¿Fue demasiado insensible o poco cortés? No, todo lo contrario. Para él era más importante que el hombre estuviera a salvo aunque avergonzado, que no advertido y herido.

Los buenos pilotos hacen lo que sea necesario con tal de llevar a sus pasajeros a casa.

Así es Dios. He aquí una pregunta clave: ¿Cuánto quieres que Dios haga para prestarte atención? Si Él tuviera que escoger entre tu seguridad eterna y tu bienestar terrenal, ¿qué crees que escogería? No te apresures en contestar. Piensa un poco.

Si Dios te ve de pie cuando deberías estar sentado, si Dios te ve en peligro en lugar de verte a salvo, ¿cuánto quieres que Dios haga para que te preste atención?

¿Qué dirías si Él decidiera llevarte a otro país? (Como hizo con Abraham.) ¿Qué dirías si te llamara a dejar el retiro? (¿Recuerda a Moisés?) ¿Qué tal si te hablara un ángel o las entrañas de un pez? (Tipo Gedeón o Jonás.) ¿Qué tal un ascenso como Daniel o una destitución como Sansón?

Dios hace cualquier cosa con tal que le escuchemos. ¿No es ese el mensaje de la Biblia? La búsqueda implacable de Dios. Dios a la caza. Dios buscando. Hurgando debajo de la cama en busca de sus hijos escondidos, moviendo los arbustos rastreando la oveja perdida. Haciendo una bocina con sus manos para gritar por las quebradas. Luchando con los nuevos Jacobs en los enlodados Jabocs de la vida.

Por todas sus peculiaridades y desigualdades, la Biblia tiene una historia sencilla. Dios hizo al hombre. El hombre rechazó a Dios. Dios no se dará por vencido hasta que traiga al hombre de vuelta a Él. Desde Moisés en Moab hasta Juan en Patmos, ha podido oírse la voz: «Yo soy el piloto. Tú eres el pasajero. Mi trabajo es llevarte a casa. Tu trabajo es hacer lo que yo digo».

Dios es tan creativo como inexorable. La misma mano que mandó maná a Israel, envió a Uza a la muerte. La misma mano que dejó libre a su pueblo de la esclavitud en Egipto, lo envió cautivo a Babilonia. Bondad y austeridad. Ternura y dureza. Firmeza fiel. Paciencia urgente. Ansiedad tolerante. Suave en su gritar. Dulce. Atronador.

Trueno apacible.

Así es como Juan vio a Jesús. El Evangelio de Juan tiene dos temas: la voz de Dios y la decisión del hombre. Y ya que este libro se basa en Juan, verás el mismo dúo: su voz, nuestra decisión.

Jesús dijo: «Yo soy el pan que da vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy la puerta. Yo soy el camino la verdad y la vida. Vendré otra vez para llevaros conmigo».

La proclamación de Jesús: siempre ofreciendo, nunca forzando:

De pie junto al paralítico: «¿Quieres recobrar la salud?» (Juan 5:6).

Cara a cara con el ciego, ahora sano: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» (Juan 9:35).

Cerca de la tumba de Lázaro, probando el corazón de Marta: «Y ninguno de los que viven y creen en mí morirá jamás. ¿Crees esto?» (Juan 11:26).

Probando la intención de Pilato: «¿Eso lo preguntas tú por tu propia cuenta, o te lo han dicho otros de mí?» (Juan 18:34).

La primera vez que Juan oyó a Jesús hablar, este preguntó: «¿Qué estáis buscando?» (Juan 1:38). Entre las últimas palabras de Dios, está todavía esta otra: «¿Me quieres?» (21:17).

Este es el Jesús que Juan recuerda. Las preguntas sinceras. Las afirmaciones atronadoras. El toque suave. Nunca yendo donde no le invitan, pero una vez invitado, nunca se detiene sino hasta finalizar, hasta que se haya hecho una decisión.

Dios susurrará. Gritará. Tocará y forcejará. Nos despojará de nuestras cargas; y aun nos quitará nuestras bendiciones. Si hay mil pasos entre nosotros y Dios, Él los dará todos, menos uno. A nosotros nos corresponderá dar el paso final. La decisión es nuestra.

Por favor, entiende. Su meta no es hacerte feliz. Su meta es hacerte suyo. Su meta no es darte lo que quieres; es darte lo que necesitas. Y si eso significa una o dos sacudidas para que vuelvas a tu asiento, lo hará. La molestia terrenal es un agradable cambio para la paz celestial. Jesús dijo: «En el mundo habréis de sufrir; pero tened valor, pues yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

¿Cómo podía hablar con tal autoridad? ¿Con qué derecho toma el mando? Simple. Él, como el piloto, sabe lo que no sabemos, y puede ver lo que no podemos.

¿Qué sabía el piloto? Sabía cómo volar un avión.

¿Qué veía el piloto? Turbulencias adelante.

¿Qué sabe Dios? Sabe cómo gobernar la historia.

¿Qué ve Él? Supongo que usted entiende el mensaje.

Dios quiere llevarte a casa con seguridad.

Sólo piensa en Él como tu piloto. Piensa en ti como su pasajero. Considera este libro como una lectura en vuelo. Y piensa dos veces antes de levantarte e ir al baño.

Su voz

Hubo una vez un hombre que retó a Dios a que le hablara.

Dios, quema la zarza como lo hiciste para Moisés.

Y te seguiré.

Dios, derriba las murallas como lo hiciste para Josué.

Y pelearé.

Calma las ondas como lo hiciste en Galilea.

Y te oiré.

Así que el hombre se sentó junto a la zarza, cerca de una muralla, y a la orilla del mar

y esperó a que Dios le hablara.

Y Dios oyó al hombre, y le contestó.

Mandó fuego, no a una zarza, sino a una iglesia.

Derribó una muralla, no de ladrillos, sino de pecado.

Calmó una tempestad, no del mar, sino del alma.

Y Dios esperó a que el hombre respondiera.

Y esperó …

Y esperó …

Y esperó.

Pero debido a que el hombre miraba zarzas, no corazones;

ladrillos y no vidas, mares y no almas,

supuso que Dios no había hecho nada.

Finalmente, miró a Dios y preguntó: ¿Has perdido tu poder?

Y Dios lo miró y le dijo: ¿Te has quedado sordo?

En el principio ya existía la Palabra[ …]
Aquel que es la Palabra se hizo hombre, y vivió entre nosotros.


Juan 1:1, 14

2

El Autor de la vida

Sentado ante el gran escritorio, el Autor abre el gran libro. No contiene palabras. No contiene palabras porque estas no existen. Y no existen porque no se necesitan. No hay oídos para oírlas, ni ojos para leerlas. El Autor está solo.

Toma el gran bolígrafo y empieza a escribir. Como el artista combina los colores y el tallador sus herramientas, el Autor une las palabras.

Hay tres. Tres únicas palabras. De esas tres surgirá un millón de pensamientos. Pero la historia pende de esas tres palabras.

Toma su bolígrafo y escribe la primera. T-i-e-m-p-o.

El tiempo no existía hasta que Él lo escribe. Él, Él mismo, es sin tiempo, pero su historia se encerrará en el tiempo. La historia tendrá un primer amanecer, un primer movimiento de la arena. Un comienzo … y un término. Un capítulo final. Él lo sabe antes de escribirlo.

Tiempo. La distancia de un paso en el sendero de la eternidad.

Despacio, tiernamente, el Autor escribe la segunda palabra. Es un nombre. A-d-á-n.

Mientras escribe, lo ve, al primer Adán. Luego ve a los demás. En mil eras, en mil tierras, el Autor los ve a todos. A cada Adán. A cada hijo. Los ama al instante. Los ama para siempre. A cada uno le asigna un tiempo. A cada uno le señala un lugar. No hay accidentes. No hay coincidencias. Sólo designio.

El Autor les promete a los que aún no han nacido: Los haré a mi imagen. Serán como yo. Reirán. Crearán. Nunca morirán. Y escribirán.

Tendrán que hacerlo, porque cada vida es un libro, no para leerse, sino para escribirse. El Autor comienza la historia de cada vida, pero cada vida escribirá su propio final.

¡Qué riesgosa libertad! Habría sido más seguro haber terminado la historia de cada Adán. Escribir cada alternativa. Pudo haber sido más simple. Más seguro. Pero no habría sido amor. Amor es amor sólo si se escoge.

Así es que el Autor decidió dar a cada hijo un bolígrafo. «Escriban con cuidado», susurró.

Con todo amor, deliberadamente, escribió la tercera palabra, sintiendo ya el dolor. E-m-a-n-u-e-l.

La más grande mente en el universo imaginó el tiempo. El juez más justo concedió a Adán una elección. Pero el amor fue el que dio a Emanuel. Dios con nosotros.

El Autor entraría en su historia.

El Verbo se haría carne. Él, también, nacería. Él, también llegaría a ser humano. Él, también tendría pies y manos. Él, también tendría lágrimas y pruebas.

Y, lo más importante, también tendría que hacer una elección. Emanuel se erguiría en la encrucijada de la vida y la muerte, y haría una decisión.

El Autor conoce bien el peso de esa decisión. Hace una pausa y escribe la página de su propio dolor. Pudo haberse detenido allí. Hasta el Autor tiene que hacer una decisión. Pero, ¿cómo podría el Creador no crear? ¿Cómo podría un Escritor no escribir? ¿Y cómo podría el Amor no amar? Así es que Él elige la vida, aunque esta signifique la muerte, con la esperanza que sus hijos hagan lo mismo.

Y así, el Autor de la Vida completa su historia. Clava el clavo en la carne y rueda la piedra sobre la tumba. Sabiendo la elección que va a hacer, conociendo la elección que todos los Adanes van a hacer, escribe: «Fin». Cierra el libro y anuncia el principio.

«¡Hágase la luz!»

He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre Él. Yo todavía no sabía quién es Él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo». Yo ya le he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios.

Juan 1:32–34
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