Sin duda es normal empezar un libro, y este libro en particular, explicando al lector, al menos un poco, los títulos y subtítulos que hemos elegido






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fecha de publicación27.07.2016
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PRÓLOGO
Sin duda es normal empezar un libro, y este libro en particular, explicando al lector, al menos un poco, los títulos y subtítulos que hemos elegido.

Es evidente que el título evoca esa sugestiva parte de la pierna y el muslo –la parte superior de una y la inferior del otro– de la prehumana más hermosa de las sabanas del Afar etiópico, que acababa de cumplir la veintena hace 3 millones de años cuando falleció trágicamente ahogada en el lago de Hadar. La prehumana es Lucy, a la que sus tres padres, Yves Coppens, Donald Johanson y Maurice Taieb, responsables de la misión que la descubrió, lanzaron al escenario internacional, convirtiéndola rápidamente en la estrella desde entonces inigualada del mundo del espectáculo de los orígenes; y la rodilla es en efecto su rodilla, bien conservada, la articulación del fémur con la tibia que, en un esqueleto que muestra que estaba de pie y era bípeda, pone de manifiesto su incontestable condición de arborícola; sí, había que confesarlo, la hermosa Lucy, que andaba como una joven modelo, también trepaba como un viejo mono. Nos congratulamos aquí del trabajo pionero de Brigitte Senut y Christine Tardieu, inventoras, a finales de los años setenta, de la revelación.

El subtítulo precisa que este ensayo concierne a la ciencia a la que me esfuerzo en servir (capítulos 1, 2 y 5) y a la historia de esta ciencia (capítulos 3, 4 y 6).

La dedicatoria, en dos etapas, habla de Contaquentin la primera y de piezas sueltas la segunda.

Un cuento es un relato a veces en los límites entre lo imaginario y lo real, y Quentin es el quinto (como su nombre indica) homínido descubierto o codescubierto por el autor.

Efectivamente, descubrí solo el Tchadanthropus uxoris (que sin embargo fue reconocido por Françoise Le Guennec-Coppens), un probable Homo erectus mal datado, el primero de todo el centro de África entre sus provincias septentrional y oriental; codescubrí con Camille Arambourg el Paraustralopithecus aethiopicus, el australopiteco robusto más antiguo del África del Este; con Donald Johanson y Tim White el Australopithecus afarensis, el primer australopiteco que ha mostrado una doble capacidad locomotriz; con Michel Brunet, Alain Beauvilain, Émile Heintz, Aladji H.E. Moutaye y David Pilbeam, el Australopithecus bahrelghazali, el primer australopiteco del «otro» lado del valle del Rift, y con Martine Lebrun a Quentin, el único de los cinco que nació al norte del Loira. El día en que escribo estas líneas, los cuatro primeros tienen entre unos cientos de miles y varios millones de años, el quinto, entre tres años y tres años y medio.

Las piezas sueltas se reúnen en la bibliografía.

Adoro las citas o los proverbios porque ilustran maravillosamente, en una especie de resumen significativo, el contenido que anuncian, por eso he elegido uno para abrir cada uno de los seis capítulos de este libro.

Éstas son mis fuentes.

Un buen día, un restaurador chino de la Rue de la Montagne Sainte-Geneviève me citó el primer proverbio; lo anoté inmediatamente y se lo hice escribir; pero como no estaba muy seguro y su esposa tampoco, le pedí a un colega de Pekín que lo escribiera de nuevo; por lo tanto, esta versión viene de China.

La cita del capítulo 2 es una frase de la Odisea que he oído de nuevo hace unas semanas, en griego antiguo y en francés, en boca del helenista y escritor Jacques Lacarrière.

Michel Egloff eligió el proverbio senegalés del capítulo 3 para evocar la razón de ser del nuevo museo de Neuchâtel en construcción, el Latenium, del que es fundador y del que soy uno de los tres promotores. Le he tomado prestado este excelente testimonio de lucidez y sabiduría que ha tenido el mérito de recoger.

Una generación tras otra, la doctora Anne Sand ha utilizado la cita de la Biblia para su fundación Dor-le-Dor –los archivos audiovisuales de la historia y la memoria judías contemporáneas–, de la que soy también uno de los promotores. Me pareció perfecta para hablar de mis años de vida profesional y por eso se la he pedido a mi amiga Anne, que me ha dado el texto en hebreo.

Finalmente, no es necesario comentar ni el estribillo de la canción de los Beatles, Lucy in the sky with diamonds, ni el extracto de la carta de Pfister.

¡Gracias a todos los que me han inspirado!

Así pues, el libro está dividido en seis capítulos.

Los dos primeros representan la manera en que concibo la historia del ser humano, en parte compartida, en parte no.

El tercer capítulo, objeto de algunas de mis conferencias de los años setenta con el mismo título, debe algunas referencias históricas a un amigo, John Reader.

El cuarto es mi historia; la expuse en la apertura del coloquio de la Sociedad de Antropología de París y del Centro de Historia de la Universidad de París I titulado «L’Histoire de l’anthropologie, hommes, idées, moments», que tuvo lugar en 1989 en el Centro de la Rue Mahler. Más tarde, mi propio equipo o los equipos vecinos y asociados utilizaron los ejemplos.

El quinto es en gran parte el resultado del trabajo de mi laboratorio.

El sexto prácticamente sólo tiene en cuenta la proyección de Lucy en los países francófonos; es cierto que una vuelta al mundo que recogiera las consecuencias poéticas del efecto Lucy multiplicaría el material; por ejemplo, recientemente he recibido un hermoso poema de un autor checo, Miroslav Halub, que también tuvo a Lucy como musa.
Quiero expresar mi más afectuoso reconocimiento a Odile, directora de las ediciones Odile Jacob, que no ha dejado de animarme y ha tenido la inmensa paciencia de esperar durante mucho tiempo este texto, así como la generosidad de perdonar mis despropósitos –aunque nunca como autor– en otros muchos ámbitos.

Gracias también a Anaïs Besnard-Statian, Monique Tersis, Marie-France Leroy y Christiane Doillon por haberse enfrentado a mis manuscritos sucesivos y a menudo poco legibles.

Gracias a Christophe Boulanger, Michael Day, Valérie Galichon, Agnès Ménalte, David Pilbeam, Friedemann Schrenk, Herbert Thomas, Phillip Tobias, Erik Trinkaus, Michel Van Praet, Carl Voyer, a los alumnos de secundaria de 1988 de la escuela mixta Jules-Ferry de Reims, a los colaboradores de Odile Jacob y a los museos de historia natural de Ginebra, Nueva York y París, así como al Commonwealth Institute de Londres, por su ayuda o su conformidad. Para finalizar, gracias naturalmente a Martine y a Quentin «a los que quiero y adoro», como dice Quentin, y a los que he robado mucho tiempo.

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