Determina a qué tipo de mundo corresponden los siguientes fragmentos. Fundamenta tu respuesta a partir de una característica del mundo escogido






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TIPOS DE MUNDOS EN LA LITERATURA

GUÍA APOYO SIMCE N° 8
Determina a qué tipo de mundo corresponden los siguientes fragmentos. Fundamenta tu respuesta a partir de una característica del mundo escogido.
Texto 1

“No soy un lector habitual de libros clásicos, en realidad mis escasos devaneos con novelas históricas de hace más de 40 años no me han acabado de satisfacer, pero como siempre hay excepciones he de decir que la novela histórica Yo, Claudio, de Robert Graves no sólo es una obra maestra, sino que parece haber sido escrita en el siglo XXI y no en el año 1934.
Yo, Claudio es una autobiografía inventada del que fuera emperador romano, por tanto, toda la obra está narrada en primera persona y en realidad esta novela es solamente la primera parte de la historia de Claudio, la segunda es Claudio el dios y su esposa Mesalina y estoy ansioso por leerla.
En este primer volumen del díptico, Claudio... nos cuenta las primeras décadas de su vida y de aquellos que le rodean, cómo discurrieron los reinados de los emperadores Augusto, Tiberio y Calígula, las conspiraciones de la temible Livia (mujer de Augusto), las luchas de poder en la nobleza romana y todo lo acaecido entre las familias Julia y Escipión. Por supuesto pasando por batallas, conquistas y asesinatos, esta época fue una de las más sangrientas y crueles en la historia de Roma.
Robert Graves es reconocido como uno de los historiadores con mayor conocimiento de la historia romana, la obra es asombrosamente precisa y la elección de Claudio como personaje que narra su autobiografía es uno de los mayores aciertos de la novela. Claudio era cojo, medio sordo, algo deforme, tartamudo y en general puede decirse que era considerado en su familia como un tonto ignorante, lo que permite dar a la historia un toque de humor que vivirá su momento más álgido cuando se habla del reinado del loco y sanguinario emperador Calígula.
No quisiera desvelar mucho de la historia, ya que os recomiendo fervientemente que leáis esta obra maestra, la combinación de precisión histórica y humor es irrepetible, por eso después de más de 7 décadas este libro sigue siendo uno de los mejores sobre el Imperio Romano.”

(Comentario crítico de Yo, Claudio)

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Texto 2

El acusado se había sentado; pero se levantó cuando terminó de hablar el fiscal, y gritó:

–¡Vos sois muy malo, señor! Eso es lo que quería decir y no sabía cómo. Yo no he robado nada, soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ally, iba por el camino después de una tempestad (…), encontré una rama de manzanas en el suelo y la recogí sin saber que me traería un castigo. Hace meses que estoy preso y me interrogan…

Yo no sé explicarme; no he hecho estudios, soy pobre.

(Los miserables, de Victor Hugo, libro séptimo: “El caso Champmathieu”)

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Texto 3

Sé que en un principio no había luz. Sólo existía la oscuridad y una gran extensión de agua con el nombre de Num. El poder de Num era tan grande, que desde el interior de la penumbra hizo brotar un huevo grande y brillante. Y del interior de ese huevo surgió Ra.
Ra tenía el poder de hacer lo que quisiera, incluso cambiar de forma. Lo que él nombraba, adquiría forma y se volvía real. Era tan importante el poder del nombre, que guardaba bien secreto su propio nombre para que nadie pudiera usarlo.
Ra se dispuso a crear el Sol diciendo: “Al amanecer me llamo Kephera, al mediodía Ra y al atardecer Tem”. Y entonces, el Sol apareció por primera vez iluminando la oscuridad, se elevó sobre el horizonte y al atardecer descendió para volver a ocultarse. Luego nombró a Shu, y los vientos se congregaron por primera vez y comenzaron a soplar.
Cuando Ra nombró a Tefnut, la lluvia se hizo presente con sus gotas.
(Versión de Mirta Fernández, fragmento)

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Texto 4

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.

Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.

Veinte años después, mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.

En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.

“Este es un mundo como otro cualquiera”, decía el mensaje.

(El pozo, de Luis Mateo Diez)

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Texto 5

¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referiros toda la historia.
Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida, no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno, ni menos insultado; no envidiaba su oro; pero tenía en sí algo desagradable. ¡Era uno de sus ojos, sí, esto es! Se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas; y lentamente, por grados, comenzó a germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo, a fin de librarme para siempre de aquel ojo que me molestaba.
¡He aquí el quid! Me creéis loco; pero advertid que los locos no razonan. ¡Si hubiérais visto con qué buen juicio procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a la obra! Nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al asesinato.

(El corazón delator, de Edgar Allan Poe)

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Texto 6

Fui llevado al colegio Campero. Tenía dos entradas, una por Boedo y otra por Independencia, en la manzana que comprendía o comprende aún esas dos calles y lsa de Colombres de México. Un ancho patio de baldosas lo dividía. De este colegio no recuerdo sino a su director, un anciano de aspecto plácido, un poco obeso, de rosado semblante y, con más precisión, a uno de los maestros. Apareció un día en la sala de clases de mi curso, esbelto, atlético, sanguíneo.

De sus primeras palabras recuerdo las siguientes:

(Imágenes de infancia, de Manuel Rojas, extracto)

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Texto 7

El cuento Herodías, cuyo nombre se inspira en la esposa de Herodes, nos aproxima al relato bíblico de Salomé, quien motivada por su madre consigue, a través del erotismo de su danza, que Herodes ordene la decapitación de Juan Bautista. El relato también pone en evidencia la debilidad de Herodes, que no sabe qué hacer con el profeta preso.

(Herodías, de Gustave Flaubert, reseña)

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Texto 8

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL, NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

–¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

–No garantizamos nada –dijo el oficial–, excepto los dinosaurios. –Se volvió. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

(El ruido del trueno, de Ray Bradbury)

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Texto 9

En la edición de la tarde, afirmaba el periódico que reinaba todavía gran excitación en el quartier Saint-Roch; que, de nuevo, se habían investigado cuidadosamente las circunstancias del crimen, pero que no se había obtenido ningún resultado. A última hora anunciaba una noticia que Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las circunstancias ya expuestas parecía acusarle.

Dupin demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel asunto; cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía ningún comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me preguntó mi parecer sobre aquellos asesinatos.

Yo no pude expresarle sino mi conformidad con todo el público parisiense, considerando aquel crimen como un misterio insoluble. No acertaba a ver el modo en que pudiera darse con el asesino.

(Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe)

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Texto 10

En la antigua Grecia existió hace mucho tiempo un poeta llamado Pigmalión que se dedicaba a construir estatuas tan perfectas, que sólo les faltaba hablar.

Una vez terminadas, él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura en general, poesía en particular, un poco de política, otro poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir adelante en cualquier conversación.

Cuando el poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni nada, las hacía hablar. Desde ese instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.

El poeta se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio) mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta mismo, con las anécdotas más graciosas.

Lo bueno era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él. Discurrían que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera, desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.

En ocasiones realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba, pues no estaban hechas para ella.

Algunas, arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse con poder hablar y marear a los demás.

Otras, tercas, persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que ellas consideraban vuelo.

Otras más concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.

A veces el poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían en forma de pequeños trozos de mármol.

(Pigmalión, de Augusto Monterroso)

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Texto 11

En una palabra, este mordisco en su ambición hizo trabajar a los campesinos como burros y meterse más en el engaño. Pero lo que más los alentó fue que en realidad encontraron varias cosas de valor al excavar en la casa, las que tal vez habían estado escondidas desde el tiempo en que se había construido el edificio, por ser una casa religiosa.

Algún otro dinero fue encontrado también, de modo que la continua expectación y esperanza de encontrar más de tal manera animó a los campesinos, que muy pronto tiraron la casa abajo. Sí, puede decirse que la demolieron hasta sus mismas raíces, porque excavaron los cimientos, que era lo que deseaba el caballero, y que hubiérale llevado mucho dinero hacer.

No dejaron en la casa ni la cueva para un ratón. Pero, de acuerdo con el trato, llevaron los materiales y apilaron la madera y los ladrillos en un terreno adyacente como el caballero lo había ordenado, y de manera muy pulcra.

Estaban tan persuadidos –a raíz de la aparición que caminaba por la casa– de que había dinero escondido ahí, que nada podía detener la ansiedad de los campesinos por trabajar, como si las almas de las monjas y frailes, o quien quiera que fuera que hubiera escondido algún tesoro en el lugar, suponiendo que estuviera escondido, no pudiera descansar, según se dice de otros casos, o pudiera haber algún modo de encontrarlo después de tantos años, casi doscientos.

(El fantasma provechoso, de Daniel Defoe)

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