Mexico: Ciudad Perdida. Autoinvitada. Discurso esperanzador de Evo. Miguel Ángel Velásquez. (Fuente: La Jornada)






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REGIONES INDIAS

FEBRERO 23, 2010

Una producción de la

Agencia Internacional de Prensa Indígena

(AIPIN)

http://www.aipin.info

Escucha en el viento que mueve las hojas, el canto de un pueblo que rompe el silencio. Pai – Pai / CPINM
PRINCIPALES
MEXICO: Ciudad Perdida. Autoinvitada. Discurso esperanzador de Evo. Miguel Ángel Velásquez. (Fuente: La Jornada). Blindada con la armadura que sólo da el cinismo foxista, Xóchitl Gálvez se presentó el domingo pasado en la casona de Coyoacán donde se organizó una comida al presidente de Bolivia, Evo Morales.
Dicen que en la lista de invitados de la delegación el nombre de la panista, hechura de Fox, no estaba, pero lo cierto es que llegó acompañada de Jesús Valencia, el secretario general del PRD en el DF, organismo que desde su presidencia se ha declarado en contra de las alianzas espurias, cosa que, como se ve, en nada importó al perredista.
Total, la empresaria de derecha apareció en la casa que perteneció al abogado Aguilar y Quevedo, y que ahora ocupa su hija, sin levantar mucho la vista, y con la boca cerrada, hasta que Jesús Zambrano y Alejandro Encinas la rescataron del ostracismo, y a la mitad del pedazo de jardín que se usó como salón comedor libraron una plática de varios minutos que no pasó inadvertida para los cerca de 300 invitados al convite.
Tal vez por eso salieron a flote algunas bromas crueles, y ya en el calor que produce la observancia de aquel cuadro, alguien dijo, en clara referencia al maridaje PRD-PAN, que lo único que le faltaba a Encinas era el bastón de alpinista que alguna vez escribió historias negras de la izquierda en México.
Fuera de eso, y de algunas minucias que pasó por alto el protocolo a cargo del Gobierno del Distrito Federal, como eso de servir vino chileno a la mesa del presidente de Bolivia (no hace mucho, Evo Morales explicó, al hablar del centenario conflicto entre Bolivia y Chile, que buscar la salida al mar que no tiene su país es un acto de dignidad y soberanía, pero de eso a generar un conflicto más allá de lo político y diplomático, con un país hermano, nunca, aseguró); pero todo quedó en eso: un detalle que borró el buen sabor del tinto chileno. Todo fue cordialidad y admiración por el mandatario boliviano, hasta de la señora Gálvez, quien corrió a rendir pleitesía al líder de los aymaras.

Admiración que más tarde arropó al sindicalista cocalero en la plaza Miguel Hidalgo de la delegación Coyoacán, donde con la fuerza de la voz pausada, y el discurso sin dobleces, contagió de esperanza a los miles que lo escucharon apretujados en la plaza pública.
No importaba que el Estado Mayor Presidencial, el de aquí, hubiera ordenado un cerco que hacía difícil, primero, el ingreso a la plaza, y después, casi imposibilitara la visión de los que quedaron hasta la parte última del embudo en que quedó convertido el lugar. Lo importante era estar allí y escuchar a Evo, que platicaba cómo las empresas trasnacionales le ofrecían carretadas de millones de dólares para quedarse con los recursos naturales de Bolivia, cosa que, por supuesto, no aceptó.
Y entonces, un hombre de los que alcanzaron lugar en la primera fila del sillerío que se dispuso frente al templete desde donde habló Evo gritó con todas sus fuerzas: “Pero aquí tenemos a Calderón”, y quienes lo escucharon asintieron con aplausos, o con risas, expresiones que no distrajeron al presidente boliviano, quien siguió con su discurso.
Al final, como quien anuncia un principio, Evo Morales, el presidente que pide paciencia para derrotar a la derecha, sentenció: pronto México se liberará, y la plaza se llenó de aplausos y de gestos de esperanza, tanto de los que quedaron atrapados en el embudo como de los que detrás de las mallas de metal, sin verlo, lo escucharon esa tarde de domingo en Coyoacán, que aunque muchos lo nieguen, será histórica.
De pasadita
El presidente de Bolivia también recibió de manos del jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, las llaves de la ciudad de México. Pero más allá del discurso, Ebrard habló de la larga noche de Latinoamérica, en referencia, seguramente, al neoliberalismo que ha empobrecido a los países del área en un lapso que ocupa ya más de un cuarto de siglo, y alabó aquello de que se puede tener un gobierno leal a la mayoría. Que así sea.
MEXICO: El tema son los indios de hoy: León Portilla. “Y los indios, ¿qué?”, la pregunta fue lanzada por el historiador durante la inauguración del Congreso Internacional Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana. (Fuente: Milenio). En distintas ocasiones, Miguel León Portilla ha contado que sus maestros Manuel Gamio y Ángel María Garibay le pidieron que no sólo pensara en los indios muertos, sino también en los vivos.
De ahí sus esfuerzos en torno a la organización del Congreso Internacional Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana, organizado por la UNAM, dentro de sus festejos por el Bicentenario y el Centenario de ambos movimientos, y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
“Tenemos la primera oportunidad en la historia de México de valorar lo que ha sido la presencia del indio vivo en los 200 años que nos separan del inicio de la guerra de Independencia y de la Revolución mexicana”, dijo el historiador durante la inauguración del encuentro académico, en el que hay una gran presencia de intelectuales indígenas.
León Portilla señaló que el congreso no sólo pretende ser académico, sino además busca reflexionar acerca de los problemas contemporáneos de las poblaciones indígenas, de ahí que, a consecuencia de las conmemoraciones, debiera atenderse a la problemática que padecen esos millones de indígenas en México, porque son “ellos la raíz más honda, son los herederos de una civilización originaria: son ellos el subsuelo en que se funda el ser de la nación mexicana”.
“Está bien que hagamos conmemoraciones, que la ruta tal o cual, que se hagan monumentos, pero y los indios, ¿qué? Ojalá que esto ayude a que todos los mexicanos tomemos conciencia y hagamos lo que esté a nuestro alcance para que los descendientes de esa civilización originaria vuelvan a estar de pie y a ser creadores, como lo han sido.”
En el congreso se hablará desde la presencia de la cultura purépecha en ambas gestas, como de la participación de los mayas o del significado de ser indígena entre la Independencia y la Revolución.
Enormes pendientes
Durante la ceremonia de inauguración, el rector de la UNAM, José Narro Robles, destacó la importancia de reivindicar a los pueblos originarios, a su historia y a su cultura, a todos aquellos que dieron fundamento a una Nación y a una identidad: “a quienes con orgullo y voluntad han soportado los embates de todas las supuestas modernidades en todos los tiempos y momentos, de todos los supuestos desarrollos, para ellos no sólo propuestos sino impuestos”.
“Nos queda claro que los pueblos originarios han sido los únicos presentes en la historia de esta región. Esto incluye, por supuesto, a todos los momentos fundacionales de nuestra mexicanidad y, en especial, de algunos de ellos, como la Independencia y la Revolución.
“Pero también es cierto que no podemos sólo ver hacia atrás y revisar lo que ha pasado, tenemos el imperativo ético de ver lo que pasa hoy y cómo viene el porvenir, cómo se anticipa el mismo.”
Se trata, resaltó el rector, de reconocer que mientras no se acorten las diferencias entre los pueblos indígenas y el resto de la sociedad, ni tampoco se halle la fórmula para asegurarles mejores condiciones de vida, “no podremos ni estar ética ni políticamente tranquilos: habrá la amenaza, el riesgo, el imperativo señalar que ahí hay un enorme rezago y un enorme pendiente”.
Durante la ceremonia, en la que también participó Alicia Mayer, directora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Alfonso de Maria y Campos, titular del INAH, destacó que los pueblos indígenas son realidades complejas y dinámicas, si bien han sido considerados poco más que remanentes de un pretérito glorioso, en cuya transformación se han dejado de ser objeto de estudio “para ser sujeto de su propia historia”.
El Congreso Internacional Los indígenas en la Independencia y en la Revolución mexicana se realizará hasta el próximo viernes (de martes a jueves en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, y para su clausura en el Museo Nacional de Antropología) con conferencias magistrales de Eduardo Matos Moctezuma, Rodolfo Stavenhagen y Carlos Montemayor.
Los caudillos
Miguel León Portilla tiene registrada la existencia de 40 caudillos indígenas, porque su participación no sólo fue tumultuaria —“uno piensa un montón de indios con picos y flechas”—, como el caso de Albino García, quien tuvo a su cargo a unos seis mil hombres, aunque también hubo mujeres.
“Cuando Morelos estaba sitiando Acapulco, en 1813, en su diario dice que en un momento dado llegó una mujer indígena, náhuatl, con 500 hombres y se presentó ante Morelos: ‘Soy la capitana María Manuela Pineda y vengo aquí con usted para ofrecerle a mi gente. Creo en la causa que está usted llevando a cabo y deme su mano, porque una vez que la haya estrechado ya puedo morir tranquila’.”
Apenas un ejemplo de muchos otros que hicieron de la causa indígena su estandarte de batalla, como el caso de Emiliano Zapata, quien si bien fue mestizo, hablaba un poco de náhuatl, recordó el historiador.
“Ellos creían que con el triunfo de los dos movimientos su existencia iba a cambiar: ellos perdieron cientos de vida, tan sólo en la Batalla de las Cruces muchos fueron decapitados y otros fusilados; en la toma de la Alhóndiga de Granaditas, con Hidalgo, participaron de una forma decisiva, pero qué sacaron: hay unas cosas positivas y otras negativas y tenemos que hacerles frente, porque es la realidad viviente.”
MEXICO: Pide Narro saldar deudas con los grupos indígenas. Qué mejor forma de festejar que tener políticas públicas a favor de estos grupos. (Fuente: El Sol de México). No solamente debemos celebrar con festejos sino con acciones en favor de los indios el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, porque es la primera oportunidad en la historia de México que tenemos para valorar al indio vivo, señalaron el historiador Miguel León Portilla y el rector de la UNAM, José Narro Robles.
En el marco del congreso internacional "Los indígenas en la Independencia y en la Revolución Mexicana", organizado por la UNAM y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el investigador emérito de la UNAM, Miguel León Portilla señaló que no sólo tenemos que pensar en los indios muertos sino en los indios que hay a quienes hay que quitarles los obstáculos y darles oportunidades con mejor calidad de vida.

Calificó como una buena idea realizar conmemoraciones, siempre y cuando sirvan para atender la problemática de los 13.7 millones de indígenas que habitan nuestra República.
Por su parte y al inaugurar el congreso, el rector de la Universidad Nacional advirtió que no estaremos tranquilos ni política ni éticamente hasta que paguemos las deudas que tenemos con nuestros indígenas, sobre todo en materia de educación y salud; "y que mejor forma de festejar que tener políticas públicas a favor de estos grupos a quienes les debemos nuestras raíces e identidad como país".
En el auditorio "Jaime Torres Bodet" del Museo Nacional de Antropología, sostuvo que tenemos que revisar esas deudas que tenemos no con la historia, sino con el presente y con el futuro de nuestros pueblos originarios.
Los pueblos originarios, subrayó, han sido protagonistas en muchos de los procesos nacionales, regionales o locales, antes, durante y después de la Independencia y la Revolución y, por ello, tenemos que responder a esa condición.
Por su parte, Alicia Mayer González, coordinadora de la Comisión Universitaria para los Festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, y directora del Instituto de Investigaciones Históricas, mencionó que por diversas causas los grupos indígenas han sufrido merma en su población y un impacto demográfico que los convirtió en minoría, la mayoría de las veces relegada, marginada, discriminada, y hasta exterminada.
MEXICO: Inaceptable el rezago de los pueblos indígenas: Narro Robles. (Fuente: Ciudadanía Express). Oaxaca. Mientras no encontremos la fórmula para asegurar mejores condiciones de vida para la población indígena del país, no podremos estar ética ni políticamente tranquilos; existe el imperativo de señalar un enorme rezago y un pendiente, advirtió el rector de la UNAM, José Narro Robles.
En el auditorio “Jaime Torres Bodet” del Museo Nacional de Antropología e Historia, sostuvo que debemos revisar esas deudas que tenemos no con la historia, sino con el presente y con el futuro de nuestros pueblos originarios.
Los pueblos originarios, subrayó, han sido protagonistas en muchos de los procesos nacionales, regionales o locales, antes, durante y después de la Independencia y la Revolución y, por ello, tenemos que responder a esa condición.
Al inaugurar el congreso internacional “Los indígenas en la Independencia y en la Revolución Mexicana”, organizado por la UNAM y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dijo que nuestros pueblos originarios merecen y requieren un acto reivindicatorio para su historia y su cultura. “Debemos hacerlo para quienes, con orgullo y voluntad, han soportado los embates de las supuestas modernidades en todos los tiempos y momentos”, recalcó.
El rector de la UNAM consideró que para quienes han resistido la ignorancia que de ellos se ha hecho, la negación de sus derechos, y la falta de cumplimiento de sus demandas y planteamientos, es indispensable este acto reivindicatorio.
Tan sólo en Australia, reveló, en materia de esperanza de vida, los indígenas tienen 20 años menos que el resto de la población. En ámbito de la pobreza en América Latina, en Paraguay los pueblos originarios tienen una condición ocho veces más desfavorable que otros grupos; en Panamá, la cifra es seis veces y en México, es casi tres veces inferior.
Alfonso de Maria y Campos, director del INAH, apuntó que en este nuevo siglo los indígenas han dejado de ser objetos de estudio para ser sujetos de su propia historia, y como actores privilegiados del mundo contemporáneo, han brindado a todos los mexicanos una enseñanza fundamental.
A su vez, Miguel León-Portilla, investigador emérito de esta casa de estudios, calificó como una buena idea realizar conmemoraciones, siempre y cuando sirvan para atender la problemática de los 13.7 millones de indígenas que habitan nuestra República. Ellos son la raíz más honda, los herederos de una civilización originaria, el subsuelo en el que se funda el ser de la nación mexicana.
Por su parte, Alicia Mayer González, coordinadora de la Comisión Universitaria para los Festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, y directora del Instituto de Investigaciones Históricas, mencionó que por diversas causas los grupos indígenas han sufrido merma en su población y un impacto demográfico que los convirtió en minoría, la mayoría de las veces relegada, marginada, discriminada, y hasta exterminada.
A la inauguración del congreso, que se efectuará desde hoy y hasta el viernes en Antropología y en el Salón de Actos del IIH, asistieron, entre otros, Estela Morales Campos, coordinadora de Humanidades; Diana Magaloni, directora del Museo Nacional de Antropología e Historia; José del Val, director del Programa Universitario México Nación Multicultural, y Juan Gregorio Regino, escritor Indígena.
MEXICO: Miguel León-Portilla: 2,500 años de literatura. Christopher Domínguez Michael. (Fuente: Letras Libres). Al hablar, al platicar –diría él, subrayando ese arcaísmo que sólo usamos los mexicanos–, Miguel León-Portilla (ciudad de México, 1926) va tomando el ritmo, las cadencias, el fraseo anecdótico y dialogado de esa literatura náhuatl a la que se ha dedicado durante más de medio siglo y de la que es, no tan paradójicamente, fundador. Su conversación es sabrosa, colorida: podría recogerse entre los Icniuhcuicatl, esos cantos de amistad que ocupan toda una sección de La tinta negra y roja (Era/El Colegio Nacional/Galaxia Gutenberg, 2009), la magna antología de poesía náhuatl que publicó acompañada de las imágenes de Vicente Rojo.
Discípulo del padre Ángel María Garibay Kintana (1892-1967), León-Portilla es una autoridad mundial desde que publicó La visión de los vencidos (1959), uno de los libros más influyentes en la historia mexicana, una pieza de convicción que le da voz al enmudecido universo de México-Tenochtitlán, la ciudad aplastada, militar y metafísicamente como pocas en la historia universal, en 1521.
Y es la historia universal el punto de partida, siempre, de León-Portilla. Ha recogido el testigo donde lo dejaron Bartolomé de Las Casas y Bernardino de Sahagún, los frailes que fundaron, al mismo tiempo, el moderno derecho de gentes y la etnografía como una ciencia justa. No diría yo que León-Portilla es un multiculturalista o un relativista: es un antiguo humanista empeñado en que el colegio indígena de Santa Cruz de Tlatelolco, como utopía de concordia y florecimiento, vuelva a abrirse, y a ello ha dedicado su obra desde La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1956) hasta Para entender a Bernardino de Sahagún (2009), pasando por Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (1961) y por Quince poetas del mundo náhuatl (1993).
Autoridad, en fin y en principio, León-Portilla es uno de los mexicanos más venerados. También ha sido cuestionado. Se advierte, según algunos de sus críticos, que si el padre Garibay “helenizó” la literatura náhuatl, León-Portilla “aztequizó” un mundo que ya estaba irremediablemente tocado, deformado, por el catolicismo europeo. Se discute, también, la pertinencia de usar, ante el corpus precortesiano, la noción autoral de literatura. Pero Garibay y, sobre todo, León-Portilla no sólo recobraron la expresión escrita de toda una cultura: le dieron –justa, artificial o tardíamente– al romanticismo mexicano esa literatura nacional, originaria y autóctona que en el siglo XIX no pudo establecerse ni fijarse.
Autor de Toltecáyotl / Aspectos de la cultura náhuatl (1981), libro colocado en el centro de una nutrida bibliografía, a la vez erudita y didáctica, es, insisto, un renacentista. Mira el mundo con los ojos de Campanella, Tomás Moro y Vasco de Quiroga. En su denostación de los destructores de las Indias asoma Erasmo pero sus verdaderos héroes son, menos que los artistas y sabios náhuatls, menos que los tlamatimine, los frailes misioneros, franciscanos y dominicos, etnógrafos piadosos que lograron, en el siglo XVI, hacer subsistir, en cuerpo y en espíritu, a los vencidos. Y entre Herodoto y Tucídides León-Portilla, me parece, vota sin dudarlo por Herodoto, el generoso oteador de los extremos del mundo, autor de un inventario curioso y polifónico de pueblos, naciones y maravillas. No cree León-Portilla que deba ponerse el sacrificio humano, el Estado militarista, en el centro del mundo azteca. Sería para él, me imagino, como colocar a la Inquisición en el corazón de España. Algunos lo han hecho y tienen sus razones: León-Portilla no lo haría.
Nos recibe León-Portilla en la UNAM, a la que invariablemente describe como “aquí” y que sería su primera patria de no estar subordinada, me parece, a un universo superior, el de esa toltecáyotl en la que el historiador pasa sus horas más felices. El motivo de la entrevista es, tal cual estaba planeado, la historia de los antiguos mexicanos y el trauma de la Conquista en el doble aniversario que conmemoramos en 2010: Independencia y Revolución. Pero a León-Portilla, más que esa historia mexicana que se conoce de memoria al grado de abrir comillas verbales y citar literalmente al evocarla, le interesa la actualidad cultural y política de los indígenas. Le interesa su futuro. Pese al escepticismo que la desdeña como una experiencia literaria en agraz, una literatura a la vez anticuada e ingenua, León-Portilla promueve y exalta la literatura indígena que, al transitar del siglo XX al XXI, se escribe en náhuatl, en mayo yucateco, en mixteco y zapoteco. Dos veces ha sido partero León-Portilla y es evidente que se enorgullece de lo que ha traído al mundo. Es historiador, filólogo y filósofo. Su mundo es una utopía en la cual la herida de 1521 ha cicatrizado.
A la luz o a la sombra de los festejos de 2010, centenario de la Revolución mexicana y bicentenario del comienzo de la Independencia, ¿desde qué perspectiva ve usted al México antiguo? ¿La historia del mundo indígena ya es asumida plenamente como parte de la historia universal?
Creo que la historia universal durante muchísimo tiempo no fue universal, porque no abarcaba el orbe, es decir, la historia que se escribía en el siglo, vamos a decir, XV o XVI, en Italia, por ejemplo, no era universal. Era nada más de los europeos, cuando mucho entraban los pueblos del norte de África y vagamente la India, China y Japón. Hasta que entra en contacto con lo que hoy llamamos Nuevo Mundo, el Viejo se encamina hacia una historia universal. Hace poco estuvo aquí un profesor francés que se dedica precisamente a la historia universal y yo le dije: “¿Usted no sabe que hubo intentos de indígenas de hacer historia universal?” y se me quedó viendo como diciendo: “Este está loco, siempre con los indios, ¿verdad?” “Bueno –dije–, no, no en la época prehispánica. Pero ya después de la Conquista tanto Chimalpáhin como Alva Ixtlilxóchitl, cuando van refiriendo los hechos, bien sea de Tezcoco, Chalco o Amecameca, cuando van refiriendo todo eso, hacen alusiones a lo que ocurría en Europa.”
Los frailes trataron de insertar a los pueblos de aquí en la historia universal, en la historia bíblica, judeocristiana; era la única historia que interesaba. Y acudieron a elementos como el teatro náhuatl y misional, que tiene una cantidad de hechos del Antiguo Testamento, de Abraham, del Juicio Final... Y los indios, algunos de ellos como Chimalpáhin y como Alva Ixtlilxóchitl, que ya eran cristianos, aceptan eso, y por ello establecen sincronologías (en griego sin-, “con”), o sea, correspondencias, cronologías para situarse en lo que sería la historia de la salvación. En un ensayo que presenté hace años sobre el teatro indígena muestro cómo también los indios se apoderaron del teatro, es decir, ya no se trata solamente de ser insertados en la historia universal sino de insertarse a su manera. Se introducen a tal grado que algunos de los concilios eclesiásticos, aquí en México, prohíben esas representaciones porque las hallan vinculadas con la cultura indígena.
Es cosa de pensar en un Robin G. Collingwood, que me diría: “no ha habido historia en serio más que a partir de los griegos, y luego en el mundo europeo”; de manera que si yo digo que aquí había historia, se carcajearía. Con Edmundo O’Gorman tuve ese altercado porque él era seguidor de Collingwood. De hecho, tradujo La idea de la historia. En el caso de Mesoamérica, incluyendo a los mayas, a la gente de Oaxaca, etcétera, sí hubo una cierta conciencia histórica. Basta con ir a cualquiera de los sitios mayas, a Uxmal, a Palenque, a Tikal, y ver las estelas. Y en esas estelas ¿qué hay? Hay registros calendáricos de entronizaciones, de guerras, de historias, una manera de conciencia histórica, aunque no de filosofía de la historia. Cuando los mexicas vencen a los de Azcapotzalco hacia 1431 con Itzcóatl y el consejero Tlacaélel, dicen: “En los libros de pinturas donde están nuestras historias hay mucha mentira. Vamos a quemarlos y vamos a escribir la verdadera historia.” Alguien me dirá: “ya ve usted, no les interesaba”. Al revés: les interesaba tanto que la querían reescribir.
En los códices, por ejemplo, mixtecos, que son los que nos dan más datos historiográficos, conjugaban el marco geográfico en el cual se iban deslizando los acontecimientos. Espacio y tiempo, como diría Kant, y así van apareciendo las fechas en un escenario con montañas y ríos, pueblos con sus glifos toponímicos y antroponímicos, y los hechos van ocurriendo mediante una conciencia histórica muy sui géneris. La prueba es que cuando se consuma la Conquista se empiezan a elaborar otros códices con la intervención de los frailes, como el Códice Telleriano-Remensis, el Vaticano A o muchos que tenemos de la época colonial, como el Azcatitlán. Es una manera historiográfica que da entrada a la cultura occidental. Ellos, sobre todo esos que mencionaba antes, están tratando de situarse no ya sólo en la historia sagrada sino en la historia universal.

Usted continúa la obra de los grandes cronistas e historiadores novohispanos –Sahagún, Las Casas, Clavijero–, quienes son también, por qué no decirlo, sus maestros espirituales. Pero de los que conoció usted en persona destaca el padre Ángel María Garibay K. ¿Nos puede hablar de él?
Mi primer contacto con él fue indirecto. Estaba yo estudiando en Los Ángeles, preparando una tesis sobre Las dos fuentes de la moral y la religión de Henri Bergson, obra que no estaba tan alejada de lo que serían mis intereses porque en ella entran varias culturas: los sufíes, los místicos, la religión dinámica. Y en ese momento caen en mis manos unas versiones de Garibay, la Poesía indígena de la altiplanicie, publicada aquí, en la unam, en la Colección del Estudiante Universitario. Empiezo entonces a leer expresiones como estas: “¿Podemos decir acaso palabras verdaderas en la Tierra? ¿Todo es como un sueño? ¿Qué rumbo podemos dar a nuestro corazón? ¿Qué podemos decir del Dador de la vida? ¿Hay vida o hay muerte después de la muerte? ¿Volveré a cuajar como cuajé por primera vez en el seno de mi madre? ¿Veré a mis padres?” Estos son los presocráticos, nada más que en náhuatl.
Del padre Garibay, cuando empezó a publicar, algunos dijeron –creo que atribuyéndoselo a Alfonso Reyes– que “como este padrecito conoce muy bien su Horacio y a los presocráticos, ahora les pone plumas de quetzal y resulta que son palabras verdaderas. Ni qué un indio fuera a plantearse esa pregunta”.
Así conocí a Garibay. Regresé a México y fui a ver al doctor Manuel Gamio, pariente mío muy cercano. Había escrito yo una obra de teatro, La huida de Quetzalcóatl, y le dije que si la quería leer. Me dijo: “La voy a leer, pero es mejor que la lea el padre Garibay, que ese sí sabe de eso. Háblale.” Le hablé a la Villa de Guadalupe. Garibay no tenía teléfono propio, pues tenía telefonofobia. De manera que le hablo y viene al teléfono: “Padre, quería yo hablar...” “¡Ya me esta hablando!” “Quisiera enseñarle...” “¡Qué, qué me quiere enseñar de qué!” “Que el doctor Gamio me dijo que si lo podía ver.” “Bueno, mire, venga el viernes a las seis, y si no viene me da igual.”
Ese fue mi primer contacto con Garibay. Naturalmente llegué bastante temeroso y me dijo: “Mire, le voy a regalar un ejemplar de mi Llave del náhuatl. Usted dice que quiere estudiar el pensamiento indígena, ¿sabe náhuatl?” “No, no sé náhuatl.” “Aquí en México”, continuó, “tenemos grandes helenistas que no saben griego, grandes estudiosos de Kant y Hegel que no saben alemán. Por eso, si usted quiere meterse en esto, tiene que saber náhuatl. Mire, venga en quince días, siga las lecciones de mi libro. Tiene usted que saber tres o cuatro lecciones. Si no las estudia, mejor no venga porque yo no pierdo el tiempo ni con tontos ni con flojos.” Me puse a estudiar.
Garibay era un profesor extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras. Había recibido, con Gamio, con Jaime Torres Bodet, con Reyes, un doctorado honoris causa cuando el cuarto centenario de la Universidad. Por eso después fui a ver a Garibay y le dije: “¿Quiere usted dirigirme la tesis?”, y responde: “¡Ay!, ¿por qué le tengo que dirigir a usted?” “Bueno, porque usted es un profesor extraordinario.” “Pues sí, por eso soy extraordinario, para no tener que hacerlo.” Total, aceptó.
Tuve que mover cielo y tierra para que se admitiera mi estudio de la filosofía náhuatl. Tomé cursos con Garibay y con Justino Fernández, que acababa de hacer su tesis sobre la Coatlicue y tenía una especie de historia de las ideas estéticas aplicadas al arte indígena.
Tardé como tres años y medio en hacer la tesis y tuve la temeridad de ponerle como título La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Llegó el día del examen y presidió el examen el doctor Francisco Larroyo, director de la facultad, un filósofo neokantiano que no creía en los indios. Vinieron el padre Garibay, Justino Fernández, el secretario de la facultad, Juan Hernández Luna, un michoacano extraordinario que había sido discípulo de Samuel Ramos.
Cuando ya estaba muy mal de cáncer, en la Universidad Michoacana le hicieron un homenaje a Hernández Luna y yo fui expresamente porque él me había dicho: “Yo lo apoyo a usted. Yo lo apoyo. Sí creo que hay un pensamiento indígena.” Y así se desarrolló el examen. Al terminar, Garibay me dijo: “Lo felicito mucho.” “Pero ¿por qué, padre?”, le pregunté. “Porque le contestó a Larroyo. Yo no entendí nada de lo que preguntaba, que quién sabe qué con la inflación de conceptos.” Bueno, me aprobaron con mención honorífica. Algunos filósofos de aquí se retorcían de risa, dicen: “Qué imbecilidad será esta.” Un famoso profesor de aquí de Estéticas que se decía “marqués”, ya no le doy más pistas, vio en la mesa de Justino Fernández La filosofía náhuatl... y dijo: “Y esta necedad ¿qué es?”
Como a los quince días hubo una comida que daban los Porrúa a varios de los que publicaban con ellos, y estaba este señor con el padre Garibay, que me llamó y le dijo: “Mire usted, le voy a presentar a un idiota.” Dice: “¡Que qué!, ¿oí bien?” “Le voy a presentar al señor León-Portilla, que es un idiota.” “¿Por qué es idiota?” “Porque figúrese usted que él cree que los indios piensan.” “Ay –dice–, yo de eso no sé nada.” Le respondió Garibay: “Si no sabe, cállese entonces.”
Así me fui abriendo camino. Durante mucho tiempo creían que estaba yo loco. Ni se tomaron la molestia de leerme. Ahora puedo decir con gozo que el libro se ha traducido al alemán, al francés, al inglés, al ruso y se está traduciendo al croata. Hace poco participé en un congreso internacional de filosofía. Aceptaron que hablara yo de esas “necedades”, porque al fin y al cabo ¿qué es la filosofía? Es la reflexión que hace el ser humano –todos somos filósofos– sobre una serie de problemas.
Cuando escribí La filosofía náhuatl no lo hice nada más por interés académico sino por interés vital. Yo era casi escéptico –sigo siendo casi escéptico– pero me encontré un pensamiento que es poesía, flor y canto. Hay un diálogo precioso, por ejemplo, en que va apareciendo una serie de sabios para tratar de decir qué es la flor y el canto, y al final se dice: “tal vez sea la única manera de decir palabras verdaderas”. Entonces echamos a un lado a Hegel, a Santo Tomás de Aquino y hasta a Aristóteles, y nos quedamos con la flor y el canto. En ese sentido me quedo con Bergson. Él es también flor y canto.
Así fue mi relación con Garibay. Después lo seguí viendo hasta que murió en 1967. Yo era ya director de este Instituto de Investigaciones Históricas y él era investigador. Yo le decía: “Padre, tiene usted que mandarme su informe de actividades.” “¡Yo no le mando nada!”, respondía. “Pues me lo tiene que mandar.” Acabé por hacerle el informe, dirigido a mí mismo. “Nada más fírmele ahí.” Tenía fama de ser hombre cascarrabias. Yo, la verdad, tuve con él una relación cordialísima. Hay quien dice: “Ah, pero sus traducciones tenían muchos defectos.” Si no fuera por los trabajos de Garibay, casi nadie se dedicaría ahora a estas cosas. Garibay trabajó mucho. En su Historia de la literatura náhuatl nos revela el caudal gigantesco de fuentes que hay. De manera que aunque haya cometido errores, ¿quién no los comete? A mí me decía: “Mire, usted no sufra con las erratas de los libros, aunque sean gordas, no importa.” “¿Por qué, padre?” “Dios omnipotente –dice– hizo este mundo y estamos llenos de erratas, que somos nosotros, y no nos quitó. Así que no se inquiete usted mucho.” Ese era Garibay.

¿La obra de Garibay es una respuesta al desprecio hacia las civilizaciones indígenas, al racismo de, por ejemplo, un José Vasconcelos en su última época?
Claro. Hay unos programas de televisión en que aparecen Vasconcelos, Alfonso Junco y Andrés Henestrosa, que luego la universidad ha vuelto a sacar, y es terrible ver allí a Vasconcelos. Da tristeza. Lea usted el prólogo a la Breve historia de México (1939), donde dice: “Y qué tenemos de los indios, la otra sangre de nuestra sangre... Nada, porque nada de lo que hicieron valía la pena conservarse.” ¡Así dice!, ¡terrible! Y a mí Gamio me contó cosas terribles de Vasconcelos que prefiero no contar porque no puedo demostrarlas. Vasconcelos llegó a una actitud fascistoide casi, era partidario de Franco. No sé por qué terminó así.

Garibay levantó otra bandera. Yo por eso venero profundamente a Gamio y a Garibay. A Gamio también lo han acusado de que quería aplicar el método de Franz Boas para que los indios dejaran de ser indios y se volvieran culturalmente mestizos. Eso es falso de toda falsedad. He espigado sus obras y en un pequeño trabajo, Pueblos originarios y globalización, muestro que las afirmaciones de Gamio casi coinciden con los Acuerdos de San Andrés Larráinzar: que los indios se gobiernen internamente, con sus representantes en las cámaras: que aprovechen las riquezas de sus territorios, que sus lenguas se mantengan, que se cultive la literatura. Eso no es Franz Boas, a quien, además, no deben de atacarlo porque él fue quien, en Columbia University, inició mucho de la moderna antropología, exigiendo a sus alumnos que aprendieran la lengua del pueblo indígena con quien trataban. Vaya usted a saber si hoy día los antropólogos mexicanos conocen la lengua indígena de aquellos con quienes trabajan.

Las lenguas indígenas no sólo persisten sino que tienen una expresión literaria contemporánea que usted ha recopilado y divulgado. En 2004 publicó usted una antología, junto con Earl Shorris, Antigua y nueva palabra. Quisiera saber cómo lee usted la poesía actual de los indígenas tras haber rescatado el acervo precolombino, de la Conquista y del virreinato. También me da mucha curiosidad, finalmente, saber cómo leen los escritores indígenas actuales a sus clásicos, si es que los consideran sus clásicos. ¿Usted ha leído con ellos, por ejemplo, Trece poetas del mundo azteca?
Antes voy a recordar una frase de Gamio, que me decía siempre: “¿Te interesa el indio muerto? No te fijes nomás en el indio muerto, chico, piensa en el indio vivo.” He procurado seguir siempre ese consejo, porque el indio vivo es el heredero primario de todo eso. Y antes de que Garibay y yo contribuyésemos a rescatarlo, hubo precursores en Alemania. Ellos habían hecho traducciones y las publicaron como ediciones de etnología en un instituto alemán, que no trascendían. Leerlas, en el mundo de habla hispana, era un poco como ir a importar pulque a Alemania. Se hicieron, a veces, traducciones de traducciones del alemán, como las de Konrad Preuss; los textos que recogió entre los mexicaneros de Durango han sido traducidos no de náhuatl sino del alemán.
Me empecé a vincular con la literatura indígena que se produce actualmente gracias, primero, a Fernando Horcasitas, quien se dedicó a recoger textos modernos. Confieso que al principio yo decía: “Pero si tenemos tantos textos antiguos, para qué vamos a desviar la atención hacia los modernos.” Pero poco a poco fui cambiando de opinión. Qué barbaridad, quedé maravillado. Horcasitas tenía una señora “informante” que se llamaba doña Luz Jiménez, de Milpa Alta. Hablaba náhuatl perfectamente y la tenía, como decían entonces, de “informante”. Ella iba a su casa, yo alguna vez fui también, y le dictaba una historia náhuatl y el otro apuntaba y luego ella misma le ayudaba a hacer la traducción, que es como hacen muchos investigadores, malamente, porque no saben bien la lengua.
Doña Luz Jiménez era una persona excepcional y le dio muchos textos a Fernando, quien un día me dijo: “Yo los quiero publicar como material de lectura para mis estudiantes.” “No –le dije–, no como material de lectura. Son valiosísimos.” Yo le ayudé con el título, Memoria náhuatl de Milpa Alta / De Emiliano Zapata a Porfirio Díaz. Es maravilloso el libro cuando dice: “un día oímos como que tronaba el cielo”. Se referían a que había estallado la Revolución. Ella, doña Luz, quería ser maestra e iba contando cuadros maravillosos. Hay varias ediciones, está traducido al inglés.
Fernando se interesó también por el teatro náhuatl. Publicó aquí en la UNAM una serie de piezas de teatro que yo prologué, sobre todo de evangelización, y otro libro sobre las danzas de la Conquista. Hablo de 1949, 1950, entonces no había muchos autores indígenas.
Había alguno que otro: don Fidencio Villanueva en Milpa Alta, que escribía pequeños poemas; un señor Villamil en Tepoztlán, o Mariano Rojas, que creo que era sacerdote y también escribía en náhuatl. ¿Cómo empezó a surgir eso?
Yo daba conferencias en El Colegio Nacional y empezaron a venir varios de Milpa Alta, otros nahuas de la Huasteca Veracruzana como Natalio Hernández, como Librado Silva Galeana...
Hacia los años cincuenta no había, excepto unos cuantos, quien se dedicara en serio a cultivar su propia lengua, a escribir literatura. Empezaron a venir algunos maestros, casi todos normalistas, cuando daba yo conferencias sobre los poetas indígenas. Y estas cosas les empezaron a atraer, me venían a ver mucho. “Yo quiero ir a sus clases”, me decían. “Bueno, pues ven como oyente.” Y así he tenido al tecuhtli Alfredo Ramírez, de Xalitla en Guerrero, y a otros de la Huasteca Veracruzana, de Puebla, de Tlaxcala y de aquí del DF.
Al principio, cuando llegaban de varios lugares no se entendían entre sí. ¿Por qué? Porque las variantes del náhuatl desde la época prehispánica han sido intensas. No nos debe de extrañar: el italiano o el alemán tiene una variedad tremenda. Pero yo les decía: “Vamos despacito. A ver, ¿cómo dices tú ahora?” “Yo digo áxatl.” “Y tú, ¿cómo dices ahora?” “Yo digo aman.” “¿Y cómo decían antiguamente?” “Pues axcan.” Me empecé a hacer su amigo y pude platicar con ellos. Antes no tenía con quién hablar.
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