Niebla miguel de Unamuno prólogo






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Ya ves, tantas veces como has entrado en esta casa y te he mirado y no te había visto. Es, Rosario, como si no hubiese vivido, lo mismo que si no hubiese vivido... Estaba tonto, tonto... Pero ¿qué te pasa, chiqui­lla, qué es lo que te pasa?

Rosario, que se había tenido que sentar en una silla, ocultó la cara en las manos y rompió a llorar. Augusto se levantó, cerró la puerta, volvió a la mocita, y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo con su voz más hú­meda y más caliente, muy bajo:

––Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es eso?

––Que con esas cosas me hace usted llorar, don Au­gusto...

––¡Angel de Dios!

––No diga usted esas cosas, don Augusto.

––¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no viviera, hasta que llegó una mujer, ¿sabes?, otra, y me abrió los ojos y he visto el mundo, y sobre todo he aprendido a veros a vosotras, a las mujeres...

––Y esa mujer... sería alguna mala mujer...

––¿Mala?, ¿mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que dices? ¿Sabes lo que es ser malo? ¿Qué es ser malo? No, no, no esa mujer es, como tú, un ángel; pero esa mujer no me quiere... no me quiere... no me quiere... ––y al decirlo se le quebró la voz y se le empaña­ron en lágrimas los ojos.

––¡Pobre don Augusto!

––¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho!, ¡pobre don Augusto! Pero mira, Rosario, quita el don y di: ¡po­bre Augusto! Vamos, di: ¡pobre Augusto!

––Pero, señorito...

––Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!

––Si usted se empeña... ¡pobre Augusto!

Augusto se sentó.

––¡Ven acá! ––la dijo.

Levantóse ella cual movida por un resorte, como una hipnótica sugestionada, con la respiración anhelante. Co­gióla él, la sentó sobre sus rodillas, la apretó fuertemente a su pecho, y teniendo su mejilla apretada contra la meji­lla de la muchacha, que echaba fuego, estalló diciendo:

––¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que es de mí! Esa mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me ayudarás tú, Rosario, me ayudarás a que de ella me defienda?

Un ¡sí! tenuísimo, con susurro que parecía venir de otro mundo, rozó el oído de Augusto.

––Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario, ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que pienso; yo ya no sé si estoy o no enamorado de esa mujer, de esa mujer a la que llamas mala...

––Es que yo, don Augusto...

––Augusto, Augusto...

––Es que yo, Augusto...

––Bueno, cállate, basta ––y cerraba él los ojos––, no digas nada, déjame hablar solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi madre, conmigo mismo, nada más que conmigo; es decir, dormido. Y no he sabido lo que es dormir juntamente, dormir dos un mismo sueño. ¡Dormir juntos! No estar juntos durmiendo cada cual su sueño, ¡no!, sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño! ¿Y si durmiéramos tú y yo, Rosario, el mismo sueño?

––Y esa mujer... ––empezó la pobre chica, temblando entre los brazos de Augusto y con lágrimas en la voz.

––Esa mujer, Rosario, no me quiere... no me quiere... no me quiere... Pero ella me ha enseñado que hay otras mujeres, por ella he sabido que hay otras mujeres... y al­guna podrá quererme... ¿Me querrás tú, Rosario, dime, me querrás tú? ––y la apretaba como loco contra su pecho.

––Creo que sí... que le querré...

––¡Que te querré, Rosario, que te querré!

––Que te querré...

––¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!

En aquel momento se abrió la puerta, apareció Lidu­vina, y exclamando: ¡ah!, volvió a cerrarla. Augusto se turbó mucho más que Rosario, la cual, poniéndose rápi­damente en pie, se atusó el pelo, se sacudió el cuerpo y con voz entrecortada dijo:

––Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?

––Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.

––Sí, volveré.

––¿Y me perdonas todo?, ¿me lo perdonas?

––¿Perdonarle... qué?

––Esto, esto... Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?

––Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que debe hacer es no pensar en esa mujer.

––Y tú, ¿pensarás en mí?

––Vaya, que tengo que irme.

Arreglaron la cuenta y Rosario se fue. Y apenas se ha­bía ido entró Liduvina:

––¿No me preguntaba usted el otro día, señorito, en qué se conoce si un hombre está o no enamorado?

––En efecto.

––Y le dije en que hace o dice tonterías. Pues bien, ahora puedo asegurarle que usted está enamorado.

––Pero ¿de quién?, ¿de Rosario?

––¿De Rosario...? ¡Quiá! ¡De la otra!

––Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?

––¡Bah! Usted ha estado diciendo y haciendo a esta lo que no pudo decir ni hacer a la otra.

––Pero ¿tú te crees...?

––No, no, si ya me supongo que no ha pasado a mayo­res; pero...

––¡Liduvina, Liduvina! ––Como usted quiera, señorito.

El pobre fue a acostarse ardiéndole la cabeza. Y al echarse en la cama, a cuyos pies dormía Orfeo, se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?»

Y cayó en el sueño.
XIII
Pocos días después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una señorita pre­guntaba por él.

––¿Una señorita?

––Sí, ella, la pianista.

––¿Eugenia?

––Eugenia, sí. Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco.

El pobre Augusto empezó a temblar. Y es que se sentía reo. Levantóse, lavóse de prisa, se vistió y fue dispuesto a todo.

––Ya sé, señor don Augusto ––le dijo solemnemente Eugenia en cuanto le vio––, que ha comprado usted mi deuda a mi acreedor, que está en su poder la hipoteca de mi casa.

––No lo niego.

––Y ¿con qué derecho hizo eso?

––Con el derecho, señorita, que tiene todo ciudadano a comprar lo que bien le parezca y su poseedor quiera ven­derlo.

––No quiero decir eso, sino ¿para qué la ha comprado usted?

––Pues porque me dolía verla depender así de un hombre a quien acaso usted sea indiferente y que sospecho no es más que un traficante sin entrañas.

––Es decir, que usted pretende que dependa yo de us­ted, ya que no le soy indiferente...

––¡Oh, eso nunca, nunca, nunca! ¡Nunca, Eugenia, nunca! Yo no busco que usted dependa de mí. Me ofende usted sólo con suponerlo. Verá usted ––y dejándola sola se salió agitadísimo.

Volvió al poco rato trayendo unos papeles.

––He aquí, Eugenia, los documentos que acreditan su deuda. Tómelos usted y haga de ellos lo que quiera.

––¿Cómo?

––Sí, que renuncio a todo. Para eso lo compré.

––Lo sabía, y por eso le dije que usted no pretende sino hacer que dependa de usted. Me quiere usted ligar por la gratitud. ¡Quiere usted comprarme!

––¡Eugenia! ¡Eugenia!

––Sí, quiere usted comprarme, quiere usted com­prarme; ¡quiere usted comprar... no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo!

––¡Eugenia! ¡Eugenia!

––Esto es, aunque usted no lo crea, una infamia, nada más que una infamia.

––¡Eugenia, por Dios, Eugenia!

––¡No se me acerque usted más, que no respondo de mí!

––Pues bien, sí, me acerco. ¡Pégame, Eugenia, pé­game; insúltame, escúpeme, haz de mí lo que quieras!

––No merece usted nada ––y Eugenia se levantó––; me voy, pero ¡cónstele que no acepto su limosna o su oferta! Trabajaré más que nunca; haré que trabaje mi no­vio, pronto mi marido, y viviremos. Y en cuanto a eso, quédese usted con mi casa.

––Pero ¡si yo no me opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio que dice!

––¿Cómo?, ¿cómo? ¿A ver?

––¡Si yo no he hecho esto para que usted, ligada por gratitud, acceda a tomarme por marido!... ¡Si yo renuncio a mi propia felicidad, mejor dicho, si mi felicidad con­siste en que usted sea feliz y nada más, en que sea usted feliz con el marido que libremente escoja!...

––¡Ah, ya, ya caigo; usted se reserva el papel de he­roica víctima, de mártir! Quédese usted con la casa, le digo. Se la regalo.

––Pero, Eugenia, Eugenia...

––¡Baste!

Y sin más mirarle, aquellos dos ojos de fuego desapa­recieron.

Quedóse Augusto un momento fuera de sí, sin darse cuenta de que existía, y cuando sacudió la niebla de con­fusión que le envolviera tomó el sombrero y se echó a la calle, a errar a la aventura. Al pasar junto a una iglesia, San Martín, entró en ella, casi sin darse cuenta de lo que hacía. No vio al entrar sino el mortecino resplandor de la lamparilla que frente al altar mayor ardía. Parecíale respi­rar oscuridad, olor a vejez, a tradición sahumada en in­cienso, a hogar de siglos, y andando casi a tientas fue a sentarse en un banco. Dejóse en él caer más que sé sentó. Sentíase cansado, mortalmente cansado y como si toda aquella oscuridad, toda aquella vejez que respiraba le pe­sasen sobre el corazón. De un susurro que parecía venir de lejos, de muy lejos, emergía una tos contenida de cuando en cuando. Acordóse de su madre.

Cerró los ojos y volvió a soñar aquella casa dulce y ti­bia, en que la luz entraba por entre las blancas flores bor­dadas en los visillos. Volvió a ver a su madre, yendo y vi­niendo sin ruido, siempre de negro, con aquella su sonrisa que era poso de lágrimas. Y repasó su vide toda de hijo, cuando formaba parte de su madre y vivía a su amparo, y aquella muerte lenta, grave, dulce a indolorosa de la pobre señora, cuando se fue como un eve peregrine que emprende sin ruido el vuelo. Luego recordó o resoñó el encuentro de Orfeo, y al poco rato encontróse sumido en un estado de espíritu en que pasaban ante él, en cine­matógrafo, las más extrañas visiones.

Junto a él un hombre susurraba rezos. El hombre se le­vantó para salir y él le siguió. A la salida de la iglesia el hombre aquel mojó los dedos índice y corazón de su dies­tra en el aguabenditera y ofreció agua bendita a Augusto, santiguándose luego. Encontráronse en la cancela.

––¡Don Avito! ––––exclamó Augusto.

––¡El mismo, Augustito, el mismo!

––Pero ¿usted por aquí?

––Sí, yo por aquí; enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más, mucho más que la ciencia.

––Pero ¿y el candidato a genio?

Don Avito Carrascal le contó la lamentable historia de su hijo. Y concluyó diciéndo: «Ya ves, Augustito, cómo he venido a esto...»

Augusto callaba mirando al suelo. Iban por la Ala­meda.

––Sí, Augusto, sí ––prosiguió don Avito––; la vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo...

––¿Y la labor de las generaciones, don Avito, el legado de los siglos?

––No hay más que dos legados: el de las ilusiones y el de los desengaños, y ambos sólo se encuentran donde nos encontramos hace poco: en el templo. De seguro que te llevó allá o una gran ilusión o un gran desengaño.

––Las dos cosas.

––Sí, las dos cosas, sí. Porque la ilusión, la esperanza, engendra el desengaño, el recuerdo, y el desengaño, el re­cuerdo, engendra a su vez la ilusión, la esperanza. La ciencia es realidad, es presente, querido Augusto, y yo no puedo vivir ya de nada presente. Desde que mi pobre Apolodoro, mi víctima ––y al decir esto le lloraba la voz––, murió, es decir, se mató, no hay ya presente posi­ble, no hay ciencia ni realidad que valgan para mí; no puedo vivir sino recordándole o esperándole. Y he ido a parar a ese hogar de todas las ilusiones y todos los desen­gaños: ¡a la iglesia!

––¿De modo es que ahora cree usted?

––¡Qué sé yo...!

––Pero ¿no cree usted?

––No sé si creo o no creo; sé que rezo. Y no sé bien lo que rezo. Somos unos cuantos que al anochecer nos reu­nimos ahí a rezar el rosario. No sé quiénes son, ni ellos me conocen, pero nos sentimos solidarios, en íntima co­munión unos con otros. Y ahora pienso que a la humani­dad maldita la falta que le hacen los genios.

––¿Y su mujer, don Avito?

––¡Ah, mi mujer! ––exclamó Carrascal, y una lágrima que se le había asomado a un ojo pareció irradiarle luz in­terna––. ¡Mi mujer!, ¡la he descubierto! Hasta mi tre­menda desgracia no he sabido lo que tenía en ella. Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando en las no­ches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la cabeza, me decía: «¡Pobre hijo mío!, ¡pobre mío!» Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. Jamás creí al hacerla madre, ¿y cómo?, nada más que para que me diese la materia prima del genio... jamás creí al hacerla madre que como tal la necesitaría para mí un día. Porque yo no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí; yo no he tenido madre, no he sabido qué es te­nerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo y suyo se ha sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña Soledad; si no, te aconsejaría que te casases.

––La conocí, don Avito, pero la perdí, y ahí, en la igle­sia, estaba recordándola...

––Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!

––No, aquélla no, aquélla, no la volveré a tener

––Es verdad, pero ¡cásate!

––¿Y cómo? ––añadió Augusto con una forzada son­risa y recordando lo que había oído de una de las doctri­nal de don Avito–– ¿cómo?, ¿deductiva o inductiva­mente?

––¡Déjate ahora de esas cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero... En fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente!

––¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?

––Cásate con la mujer que te quiera, aunque no lo quieras tú. Es rnejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.

Por la mente de Augusto pasó en rapidísima visión la imagen de la chica de la planchadora. Porque se había he­cho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él.

Cuando al cabo Augusto se despidió de don Avito diri­gióse al Casino. Quería despejar la niebla de su cabeza y la de su corazón echando una partida de ajedrez con Víctor.
XIV
Notó Augusto que algo insólito le ocurría a su amigo Víctor; no acertaba ninguna jugada, estaba displicente y silencioso.

––Víctor, algo te pasa...

––Sí, hombre, sí; me pasa una cosa grave. Y como ne­cesito desahogo, vamos fuera; la noche está muy her­mosa; te lo contaré.

Víctor, aunque el más íntimo amigo de Augusto, le lle­vaba cinco o seis años de edad y hacía más de doce que es­taba casado, pues contrajo matrimonio siendo muy joven, por deber de conciencia, según decían. No tenía hijos.

Cuando estuvieron en la calle, Víctor comenzó:

––Ya sabes, Augusto, que me tuve que casar muy jo­ven...

––¿Que te tuviste que casar?

––Sí, vamos, no te hagas el de nuevas, que la murmu­ración llega a todos. Nos casaron nuestros padres, los míos y los de mi Elena, cuando éramos unos chiquillos. Y el matrimonio fue para nosotros un juego. Jugábamos a marido y mujer. Pero aquello fue una falsa alarma...

––¿Qué es lo que fue una falsa alarma?

––Pues aquello porque nos casaron. Pudibundeces de nuestros sendos padres. Se enteraron de un desliz nuestro, que tuvo su cachito de escándalo, y sin esperar a ver qué consecuencias tenía, o si las tenía, nos casaron.

––Hicieron bien.

––No diré yo tanto. Mas el caso fue que ni tuvo conse­cuencias aquel desliz ni las tuvieron los consiguientes deslices de después de casados.

––¿Deslices?

––Sí, en nuestro caso no eran sino deslices. Nos des­lizábamos. Ya te he dicho que jugábamos a marido y mujer...

––¡Hombre!

––No, no seas demasiado malicioso. Éramos y aún so­mos jóvenes para pervertirnos. Pero en lo que menos pen­sábamos era en constituir un hogar. Éramos dos mozuelos que vivían juntos haciendo eso que se llama vida marital. Pero pasó el año y al ver que no venía fruto empezamos a ponernos de morro, a mirarnos un poco de reojo, a incri­minarnos mutuamente en silencio. Yo no me avenía a no ser padre. Era un hombre ya, tenía más de veintiún años y, francamente, eso de que yo fuese menos que otros, me­nos que cualquier bárbaro que a los nueve meses justos de haberse casado, o antes, tiene su primer hijo... a esto no me resignaba.

––Pero, hombre, ¿qué culpa...?

––Y, es claro, yo, aun sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me decía: «Esta mujer es estéril y te pone en ridículo.» Y ella, por su parte, no me cabía duda, me cul­paba a mí, y hasta suponía, qué sé yo...

––¿Qué?

––Nada, que cuando pasa un año y otro y otro y el ma­trimonio no tiene hijos, la mujer da en pensar que la culpa es del marido y que lo es porque no fue sano al matrimo­nio, porque llevó cualquier dolencia... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del otro; que el demonio se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal demonio y llegaron las reconvenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y «quien no sirve eres tú» y todo lo demás.

––¿Sería por eso que hubo una temporada, a los dos o tres años de haberte casado, que anduviste tan malo, tan preocupado, neurasténico?, ¿cuando tuviste que ir solo a aquel sanatorio?

––No, no fue eso... fue algo peor.

Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.

––Bueno, bueno, guárdatelo; no quiero romper tus se­cretos.

––¡Pues sea, te lo diré! fue que exacerbado por aque­llas querellas intestinas con mi pobre mujer, llegué a ima­ginarme que la cuestión dependía no de la intensidad de lo que sea, sino del número, ¿me entiendes?

––Sí, creo entenderte...

––Y di en dedicarme a comer como un bárbaro lo que creí más sustancioso y nutritivo y bien sazonado con todo género de especias, en especial las que pasan por más afrodisiacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro...

––Te pusiste enfermo.

––¡Natural! Y si no acudo a tiempo y entramos en ra­zón me las lío al otro mundo. Pero curé de aquello en am­bos sentidos, volví a mi mujer y nos calmamos y resigna­mos. Y poco a poco volvió a reinar en casa no ya la paz, sino hasta la dicha. Al principio de esta nueva vida, a los cuatro o cinco años de casados, lamentábamos alguna que otra vez nuestra soledad, pero muy pronto no sólo nos consolamos, sino que nos habituamos. Y acabamos no sólo por no echar de menos a los hijos, sino hasta por compadecer a los que los tienen. Nos habituamos uno a otro, nos hicimos el uno costumbre del otro. Tú no pue­des entender esto...

––No, no lo entiendo.

––Pues bien; yo me hice una costumbre de mi mujer y Elena se hizo una costumbre mía. Todo estaba moderada­mente regularizado en nuestra casa, todo, lo mismo que las comidas. A las doce en punto, ni minuto más ni mi­nuto menos, la sopa en la mesa, y de tal modo, que come­mos todos los días casi las mismas cosas, en el mismo or­den y en la misma cantidad. Aborrezco el cambio y lo aborrece Elena. En mi casa se vive al reló.

––Vamos, sí, esto me recuerda lo que dice nuestro amigo Luis del matrimonio Romera, que suele decir que son marido y mujer solterones.

––En efecto, porque no hay solterón más solterón y re­calcitrante que el casado sin hijos. Una vez, para suplir la falta de hijos, que al fin y al cabo ni en mí había muerto el sentimiento de la paternidad ni menos el de la maternidad en ella, adoptamos, o si quieres prohijamos, un perro; pero al verle un día morir a nuestra vista, porque se le atravesó un hueso en la garganta, y ver aquellos ojos hú­medos que parecían suplicarnos vida, nos entró una pena y un horror tal que no quisimos más perros ni cosa viva. Y nos contentamos con unas muñecas, unas grandes pe­ponas, que son las que has visto en casa, y que mi Elena viste y desnuda.

––Esas no se os morirán.

––En efecto. Y todo iba muy bien y nosotros contentí­simos. Ni me turban el sueño llantos de niño, ni tenía que preocuparme de si será varón o hembra y qué he de hacer de él o de ella... Y, además, he tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente, sin estorbos de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!

––¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia ...?

––¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Así lo creo. Un ma­trimonio sin hijos puede llegar a convertirse en una especie de concubinato legal, muy bien ordenado, muy higié­nico, relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero solterones arrimados, en efecto. Y así han transcurrido estos más de once años, van para doce... Pero ahora... ¿sabes lo que me pasa?

––Hombre, ¿cómo lo he de saber?

––Pero ¿no sabes lo que me pasa?

––Como no sea que has dejado encinta a tu mujer...

––Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!

––¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto...?

––Sí, al principio, los dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora... Ha vuelto el demonio a casa, han vuelto las disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros culpaba al otro de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de esto que se nos viene. Y ya empezamos a llamarle... no, no te lo digo...

––Pues no me lo digas si no quieres.

––Empezamos a llamarle ¡el intruso! Y yo he soñado que se nos moría una mañana con un hueso atravesado en la garganta...

––¡Qué barbaridad!

––Sí, tienes razón, una barbaridad. Y ¡adiós regulari­dad, adiós comodidad, adiós costumbres! Todavía ayer estaba Elena de vómitos; parece que es una de las moles­tias anejas al estado que llaman... ¡Interesante! ¡Intere­sante! ¡Interesante! ¡Vaya un interés! ¡De vómito! ¿Has visto nada más indecoroso, nada más sucio?

––Pero ¿ella estará gozosísima al sentirse madre?

––¿Ella? ¡Como yo! Esto es una mala jugada de la Pro­videncia, de la Naturaleza o de quien sea, una burla. Si hubiera venido... el nene o nena, lo que fuere... si hubiera venido cuando, inocentes tórtolos llenos, más que de amor paternal, de vanidad, le esperábamos; si hubiera ve­nido cuando creíamos que el no tener hijos era ser menos que otros; si hubiera venido entonces, ¡santo y muy bueno!, pero ¿ahora, ahora? Te digo que esto es una burla. Si no fuera por...

––¿Qué hombre, qué?

––Te lo regalaba, para que hiciese compañía a Orfeo.

––Hombre, cálmate, y no digas disparates...

––Tienes razón, disparato. Perdóname. Pero ¿te parece bien, al cabo de cerca de doce años, cuando nos iba tan ri­camente, cuando estábamos curados de la ridícula vani­dad de los recién casados, venirnos esto? Es claro, ¡vivía­mos tan tranquilos, tan seguros, tan confiados...!

––¡Hombre, hombre!

––Tienes razón, sí, tienes razón. Y lo más terrible es, ¿a que no te figuras?, que mi pobre Elena no puede de­fenderse del sentimiento del ridículo que la asalta. ¡Se siente en ridículo!

––Pues no veo...

––No, tampoco yo lo veo, pero así es; se siente en ridículo. Y hace tales cosas que temo por el... intruso... o intrusa.

––¡Hombre! ––exclamó Augusto alarmado.

––¡No, no, Augusto, no, no! No hemos perdido el sen­tido moral, y Elena, que es como sabes profundamente religiosa, acata, aunque a regañadientes, los designios de la Providencia y se resigna a ser madre. Y será buena ma­dre, no me cabe de ello duda, muy buena madre. Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar su estado, para encubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que... En fin, no quiero pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana que no sale de casa; dice que le da vergüenza, que se le figura que van a quedarse todos mirándola en la calle. Y ya habla de que nos vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el aire y el sol cuando esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya gentes que la conozcan y que acaso vayan a felicitarla por ello.

Callaron los dos amigos un rato, y después que el breve silencio selló el relato dijo Víctor:

––Conque ¡anda, Augusto, anda y cásate, para que acaso te suceda algo por el estilo; anda y cásate con la pianista!

––Y ¡quién sabe...! ––dijo Augusto como quien habla consigo mismo–– ¡quién sabe...! Acaso casándome vol­veré a tener madre...

––Madre, sí ––añadió Víctor––, ¡de tus hijos! Si los tienes...

––¡Y la madre mía! Acaso ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.

––Lo que voy a empezar ahora es a perder noches...

––O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.

––En fin, que no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí creo que llegaría a resignarme; pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!

––¿Ves? Ya empiezas a compadecerla.

––En fin, Augusto, ¡que pienses mucho antes de ca­sarte!

Y se separaron.

Augusto entró en su casa llena la cabeza de cuanto ha­bía oído a don Avito y a Víctor. A penas se acordaba ya ni de Eugenia ni de la hipoteca liberada, ni de la mozuela de la planchadora.

Cuando al entrar en casa salió saltando a recibirle Or­feo, le cogió, le tentó bien el gaznate, y apretándole el seno le dijo: «Cuidado con los huesos, Orfeo, mucho cui­dadito con ellos, ¿eh? No quiero que te atragantes con uno; no quiero verte morir a mis ojos suplicándome vida. Ya ves, Orfeo, don Avito, el pedagogo, se ha convertido a la religión de sus abuelos... ¡es la herencia! Y Víctor no se resigna a ser padre. Aquel no se consuela de haber per­dido a su hijo y este no se consuela de ir a tenerlo. y ¡qué ojos, Orfeo, qué ojos! ¡Cómo le fulguraban cuando me dijo: “¡Quiere usted comprarme!, ¡quiere usted comprar no mi amor, que ese no se compra, sino mi cuerpo! ¡Qué­dese con mi casa!” ¡Comprar yo su cuerpo... su cuerpo...! ¡Si me sobra el mío, Orfeo, me sobra el mío! Lo que yo necesito es alma, alma, alma. Y una alma de fuego, como la que irradia de los ojos de ella, de Eugenia. ¡Su cuerpo... su cuerpo... sí, su cuerpo es magnífico, espléndido, di­vino; pero es que su cuerpo es alma, alma pura, todo él vida, todo él significación, todo él idea! A mí me sobra el cuerpo, Orfeo, me sobra el cuerpo porque me falta alma. O ¿no es más bien que me falta alma porque me sobra cuerpo? Yo me toco el cuerpo, Orfeo, me lo palpo, me lo veo, pero ¿el alma?, ¿dónde está mi alma?, ¿es que la tengo? Sólo la sentí resollar un poco cuando tuve aquí abrazada, sobre mis rodillas, a Rosario, a la pobre Rosa­rio; cuando ella lloraba y lloraba yo. Aquellas lágrimas no podían salir de mi cuerpo; salían de mi alma. El alma es un manantial que sólo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma. Y ahora va­mos a dormir, Orfeo, si es que nos dejan.»
XV
––Pero ¿qué has hecho, chiquilla? ––preguntó doña Ermelinda a su sobrina.

––¿Qué he hecho? Lo que usted, si es que tiene ver­güenza, habría hecho en mi caso; estoy de ello segura. ¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!

––Mira, chiquilla, es siempre mucho mejor que quie­ran comprarla a una que no es el que quieran venderla, no lo dudes.

––¡Querer comprarme!, ¡querer comprarme a mí!

––Pero si no es eso, Eugenia, si no es eso. Lo ha hecho por generosidad, por heroísmo...

––No quiero héroes. Es decir, los que procuran serlo. Cuando el heroísmo viene por sí, naturalmente, ¡bueno!; pero ¿por cálculo? ¡Querer comprarme!, ¡querer com­prarme a mí, a mí! Le digo a usted, tía, que me la ha de pagar. Me la ha de pagar ese...

––¿Ese... qué? ¡Vamos, acaba!

––Ese... panoli desaborido. Y para mí como si no exis­tiera. ¡Como que no existe!

––Pero qué tonterías estás diciendo...

––¿Es que cree usted tía, que ese tío...?

––¿Quién, Fermín?

––No, ese... ese del canario, ¿tiene algo dentro?

––Tendrá por lo menos sus entrañas...

––Pero ¿usted cree que tiene entrañas? ¡Quiá! ¡Si es hueco, como si lo viera, hueco!

––Pero ven acá, chiquilla, hablemos fríamente y no di­gas ni hagas tonterías. Olvida eso. Yo creo que debes aceptarle...

––Pero si no le quiero, tía...

––Y tú ¿qué sabes lo que es querer? Careces de expe­riencia. Tú sabrás lo que es una fusa o una corchea, pero lo que es querer...

––Me parece, tía, que está usted hablando por hablar...

––¿Qué sabes tú lo que es querer, chiquilla?

––Pero si quiero a otro...

––¿A otro? ¿A ese gandul de Mauricio, a quien se le pasea el alma por el cuerpo? ¿A eso le llamas querer?, ¿a eso le llamas otro? Augusto es tu salvación y sólo Au­gusto. ¡Tan fino, tan rico, tan bueno...!

––Pues por eso no le quiero, porque es tan bueno como usted dice... No me gustan los hombres buenos.

––Ni a mí, hija, ni a mí, pero...

––¿Pero qué?

––Que hay que casarse con ellos. Para eso han nacido y son buenos, para maridos.

––Pero si no le quiero, ¿cómo he de casarme con él?

––¿Cómo? ¡Casándote! ¿No me casé yo con tu tío...?

––Pero, tía...

––Sí, ahora creo que sí, me parece que sí; pero cuando me casé no sé si le quería. Mira, eso del amor es una cosa de libros, algo que se ha inventado no más que para hablar y escribir de ello. Tonterías de poetas. Lo positivo es el matrimonio. El Código civil no habla del amor y sí del matrimonio. Todo eso del amor no es más que mú­sica...

––¿Música?

––Música, sí. Y ya sabes que la música apenas sirve sino para vivir de enseñarla, y que si no te aprovechas de una ocasión como esta que se te presenta vas a tardar en salir de tu purgatorio...

––Y ¿qué? ¿Les pido yo a ustedes algo? ¿No me gano por mí mi vida? ¿Les soy gravosa?

––No te sulfures así, polvorilla, ni digas esas cosas, porque vamos a reñir de veras. Nadie te habla de eso. Y todo lo que te digo y aconsejo es por tu bien.

––Sí, por mi bien... por mi bien... Por mi bien ha hecho el señor don Augusto Pérez esa hombrada, por mi bien... ¡Una hombrada, sí, una hombrada! ¡Quererme com­prar...! ¡Quererme comprar a mí... a mí! ¡Una hombrada, lo dicho, una hombrada... una cosa de hombre! Los hom­bres, tía, ya lo voy viendo, son unos groseros, unos bru­tos, carecen de delicadeza. No saben hacer ni un favor sin ofender..

––¿Todos?

––¡Todos, sí todos! Los que son de veras hombres se entiende.

––¡Ah!

––Sí, porque los otros, los que no son groseros y brutos y egoístas, no son hombres.

––Pues ¿qué son?

––¡Qué sé yo... maricas!

––¡Vaya unas teorías, chiquilla!

––En esta casa hay que contagiarse.

––Pero eso no se lo has oído nunca a tu tío.

––No, se me ha ocurrido a mí observando a los hom­bres.

––¿También a tu tío?

––Mi tío no es un hombre... de esos.

––Entonces es un marica, ¿eh?, un marica. ¡Vamos, habla!

––No, no, no, tampoco. Mi tío es... vamos... mi tío... No me acostumbro del todo a que sea algo así... vamos... de carne y hueso.

––Pues ¿qué, qué crees de tu tío?

––Que no es más que... no sé cómo decirlo... que no es más que mi tío. Vamos, así como si no existiese de verdad.

––Eso te creerás tú, chiquilla. Pero yo te digo que tu tío existe, ¡vaya si existe!

––Brutos, todos brutos, brutos todos. ¿No sabe usted lo que ese bárbaro de Martín Rubio le dijo al pobre don Emeterio a los pocos días de quedarse este viudo?

––No lo he oído, creo.

––Pues verá usted; fue cuando la epidemia aquella, ya sabe usted. Todo el mundo estaba alarmadísimo, a mí no me dejaron ustedes salir de casa en una porción de días y hasta tomaba el agua hervida. Todos huían los unos de los otros, y si se veía a alguien de luto reciente era como si estuviese apestado. Pues bien; a los cinco o seis días de ha­ber enviudado el pobre don Emeterio tuvo que salir de casa, de luto por supuesto, y se encontró de manos a boca con ese bárbaro de Martín. Este, al verle de luto, se man­tuvo a cierta prudente distancia de él, como temiendo el contagio, y le dijo: «Pero, hombre, ¿qué es eso?, ¿alguna desgracia en tu casa?» «Sí ––le contestó el pobre don Eme­terio––, acabo de perder a mi pobre mujer..» «¡Lástima! Y ¿cómo, cómo ha sido eso?» «De sobreparto», le dijo don Emeterio. «¡Ah, menos mal!, le contestó el bárbaro de Martín, y entonces se le acercó a darle la mano. ¡Habráse visto caballería mayor...! ¡Una hombrada! Le digo a usted que son unos brutos, nada más que unos brutos.

––Y es mejor que sean unos brutos que no unos hol­gazanes, como, por ejemplo, ese zanguango de Mauri­cio, que te tiene, yo no sé por qué, sorbido el seso... Por­que según mis informes, y son de buena tinta, te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de veras enamo­rado de ti...

––¡Pero lo estoy yo de él y basta!

––Y ¿te parece que ese... tu novio quiero decir... es de veras hombre? Si fuese hombre, hace tiempo que habría buscado salida y trabajo.

––Pues si no es hombre, quiero yo hacerle tal. Es ver­dad, tiene el defecto que usted dice, tía, pero acaso es por eso por lo que le quiero. Y ahora, después de la hombrada de don Augusto... ¡quererme comprar a mí, a mí!... des­pués de eso estoy decidida a jugarme el todo por el todo casándome con Mauricio.

––Y ¿de qué vais a vivir, desgraciada?

––¡De lo que yo gane! Trabajaré, y más que ahora. Aceptaré lecciones que he rechazado. Así como así, he renunciado ya a esa casa, se la he regalado a don Augusto. Era un capricho, nada más que un capricho. Es la casa en que nací. Y ahora, libre ya de esa pesadilla de la casa y de su hipoteca, me pondré a trabajar con más ahínco. Y Mauricio, viéndome trabajar para los dos, no tendrá más remedio que buscar trabajo y trabajar él. Es decir, si tiene vergüenza...

––¿Y si no la tiene?

––Pues si no la tiene... ¡dependerá de mí!

––Sí, ¡el marido de la pianista!

––Y aunque así sea. Será mío, mío, y cuanto más de mí dependa, más mío.

––Sí, tuyo... pero como puede serlo un perro. Y eso se llama comprar un hombre.

––¿No ha querido un hombre, con su capital, com­prarme? Pues ¿qué de extraño tiene que yo, una mujer, quiera, con mi trabajo, comprar un hombre?

––Todo esto que estás diciendo, chiquilla, se parece mucho a eso que tu tío llama feminismo.

––No sé, ni me importa saberlo. Pero le digo a usted, tía, que todavía no ha nacido el hombre que me pueda comprar a mí. ¿A mí?, ¿a mí?, ¿comprarme a mí?

En este punto de la conversación entró la criada a anunciar que don Augusto esperaba a la señora.

––¿Él? ¡Vete! Yo no quiero verle. Dile que le he dicho ya mi última palabra.

––Reflexiona un poco, chiquilla, cálmate; no lo tomes así. Tú no has sabido interpretar las intenciones de don Augusto.

Cuando Augusto se encontró ante doña Ermelinda em­pezó a darle sus excusas. Estaba, según decía, profunda­mente afectado; Eugenia no había sabido interpretar sus verdaderas intenciones. Él, por su parte, había cancelado formalmente la hipoteca de la casa y esta aparecía legal­mente libre de semejante carga y en poder de su dueña. Y si ella se obstinaba en no recibir las rentas, él, por su parte, tampoco podía hacerlo; de manera que aquello se perdería sin provecho para nadie, o mejor dicho, iría de­positándose a nombre de su dueña. Además, él renun­ciaba a sus pretensiones a la mano de Eugenia y sólo que­ría que esta fuese feliz; hasta se hallaba dispuesto a buscar una buena colocación a Mauricio para que no tu­viese que vivir de las rentas de su mujer.

––¡Tiene usted un corazón de oro! ––exclamó doña Er­melinda.

––Ahora sólo falta, señora, que convenza a su sobrina de cuáles han sido mis verdaderas intenciones, y que si lo de deshipotecar la casa fue una impertinencia me la perdone. Pero me parece que no es cosa ya de volver atrás. Si ella quiere seré yo padrino de la boda. Y luego emprenderé un largo y lejano viaje.

Doña Ermelinda llamó a la criada, a la que dijo que Ila­mase a Eugenia, pues don Augusto deseaba hablar con ella. «La señorita acaba de salir» , contestó la criada.
XVI
––Eres imposible, Mauricio ––le decía Eugenia a su novio, en el cuchitril aquel de la portería––, comple­tamente imposible, y si sigues así, si no sacudes esa pachorra, si no haces algo para buscarte una colocación y que podamos casarnos, soy capaz de cualquier disparate.

––¿De qué disparate? Vamos, di, rica ––y le acariciaba el cuello ensortijándose en uno de sus dedos un rizo de la nuca de la muchacha.

––Mira, si quieres, nos casamos así y yo seguiré traba­jando... para los dos.

––Pero ¿y qué dirán de mí, mujer, si acepto semejante cosa?

––¿Y a mí qué me importa lo que de ti digan?

––¡Hombre, hombre, eso es grave!

––Sí, a mí no me importa eso; lo que yo quiero es que esto se acabe cuanto antes...

––¿Tan mal nos va?

––Sí, nos va mal, muy mal. Y si no te decides soy ca­paz de...

––¿De qué, vamos?

––De aceptar el sacrificio de don Augusto.

––¿De casarte con él?

––¡No, eso nunca! De recobrar mi finca.

––Pues ¡hazlo, rica, hazlo! Si esa es la solución y no otra...

––Y te atreves...

––¡Pues no he de atreverme! Ese pobre don Augusto me parece a mí que no anda bien de la cabeza, y pues ha tenido ese capricho, no creo que debemos moles­tarle...

––De modo que tú...

––Pues ¡claro está, rica, claro está!

––Hombre, al fin y al cabo.

––No tanto como tú quisieras, según te explicas. Pero ven acá...

––Vamos, déjame, Mauricio; ya te he dicho cien veces que no seas...

––Que no sea cariñoso...

––¡No, que no seas... bruto! Estáte quieto. Y si quieres más confianzas sacude esa pereza, busca de veras trabajo, y lo demás ya lo sabes. Conque, a ver si tienes juicio, ¿eh? Mira que ya otra vez te di una bofetada.

––¡Y qué bien que me supo! ¡Anda rica, dame otra! Mira, aquí tienes mi cara...

––No lo digas mucho...

––¡Anda, vamos!

––No, no quiero darte ese gusto.

––¿Ni otro?

––Te he dicho que no seas bruto. Y te repito que si no te das prisa a buscar trabajo soy capaz de aceptar eso.

––Pues bien, Eugenia, ¿quieres que te hable con el co­razón en la mano, la verdad, toda la verdad?

––¡Habla!

––Yo te quiero mucho, pero mucho, estoy completa­mente chalado por ti, pero eso del matrimonio me asusta, me da un miedo atroz. Yo nací haragán por tempera­mento, no te lo niego; lo que más me molesta es tener que trabajar, y preveo que si nos casamos, y como supongo que tú querrás que tengamos hijos...

––¡Pues no faltaba más!

––Voy a tener que trabajar, y de firme, porque la vida es cara. Y eso de aceptar el que seas tú la que trabaje, ¡eso, nunca, nunca, nunca! Mauricio Blanco Clará no puede vi­vir del trabajo de una mujer. Pero hay acaso una solución que sin tener yo que trabajar ni tú se arregle todo...

––A ver, a ver...

––Pues... ¿me prometes, chiquilla, no incomodarte?

––¡Anda, habla!

––Por todo lo que yo sé y lo que te he oído, ese pobre don Augusto es un panoli, un pobre diablo; vamos, un...

––¡Anda, sigue!

––Pero no te me incomodarás.

––¡Que sigas te he dicho!

––Es, pues, como venía diciéndote, un... predestinado. Y acaso lo mejor sea no sólo que aceptes eso de tu casa, sino que...

––Vamos, ¿qué?

––Que le aceptes a él por marido.

––¿Eh? ––y se puso ella en pie.

––Le aceptas, y como es un pobre hombre, pues... todo se arregla...

––¿Cómo que se arregla todo?

––Sí, él paga, y nosotros...

––Nosotros... ¿qué?

––Pues nosotros...

––¡Basta!

Y se salió Eugenia, con los ojos hechos un incendio y diciéndose: «Pero ¡qué brutos, qué brutos! Jamás lo hu­biera creído... ¡Qué brutos!» Y al llegar a su casa se en­cerró en su cuarto y rompió a llorar. Y tuvo que acostarse presa de una fiebre.

Mauricio se quedó un breve rato como suspenso; mas pronto se repuso, encendió un cigarrillo, salió a la calle y le echó un piropo a la primera moza de garbo que pasó a su lado. Y aquella noche hablaba, con un amigo, de don Juan Tenorio.

––A mí ese tío no acaba de convencerme ––decía Mau­ricio––; eso no es más que teatro.

––¡Y que lo digas tú, Mauricio, que pasas por un Teno­rio, por un seductor!

––¿Seductor?, ¿seductor yo? ¡Qué cosas se inventan, Rogelio!

––¿Y lo de la pianista?

––¡Bah! ¿Quieres que te diga la verdad, Rogelio?

––¡ Venga!

––Pues bien; de cada cien líos, más o menos honrados, y ese a que aludías es honradísimo, ¡eh!, de cada cien líos entre hombre y mujer, en más de noventa la seductora es ella y el seducido es él.

––Pues qué, ¿me negarás que has conquistado a la pia­nista, a la Eugenia?

––Sí, te lo niego; no soy yo quien la ha conquistado, sino ella quien me ha conquistado a mí.

––¡Seductor!

––Como quieras... Es ella, ella. No supe resistirme.

––Para el caso es igual...

––Pero me parece que eso se va a acabar y voy a en­contrarme otra vez libre. Libre de ella, claro, porque no respondo de que me conquiste otra. ¡Soy tan débil! Si yo hubiera nacido mujer...

––Bueno, ¿y cómo se va a acabar?

––Porque... pues, ¡porque he metido la pata! Quise que siguiéramos, es decir, que empezáramos las relaciones, ¿en­tiendes?, sin compromiso ni consecuencias... y, ¡claro!, me parece que me va a dar soleta. Esa mujer quería absorberme.

––¡Y te absorberá!

––¡Quién sabe ...! ¡Soy tan débil! Yo nací para que una mujer me mantenga, pero con dignidad, ¿sabes?, y si no, ¡nada!

––Y ¿a qué llamas dignidad?, ¿puede saberse?

––¡Hombre, eso no se pregunta! Hay cosas que no pueden definirse.

––¡Es verdad! ––contestó con profunda convicción Rogelio, añadiendo––: Y si la pianista te deja, ¿qué vas a hacer?

––Pues quedar vacante. Y a ver si alguna otra me con­quista. ¡He sido ya conquistado tantas veces ...! Pero esta, con eso de no ceder, de mantenerse siempre a honesta distancia, de ser honrada, en fin, porque como honrada lo es hasta donde la que más, con todo eso me tenía chala­dito, pero del todo chaladito. Habría acabado por hacer de mí lo que hubiese querido. Y ahora, si me deja, lo sen­tiré, y mucho, pero me veré libre.

––¿Libre?

––Libre, sí, para otra.

––Yo creo que haréis las paces...

––¡Quién sabe!... Pero lo dudo, porque tiene un genie­cito... Y hoy la ofendí, la verdad, la ofendí.
XVII
––¿Te acuerdas, Augusto ––le decía Víctor––, de aquel don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro?

––¿Aquel empleado de Hacienda tan aficionado a correrla, sobre todo de lo baratito?

––El mismo. Pues bien... ¡se ha casado!

––¡Valiente carcamal se lleva la que haya cargado con él!

––Pero lo estupendo es su manera de casarse. Entérate y vé tomando notas. Ya sabrás que don Eloíno Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro, a pesar de sus ape­llidos, apenas si tiene sobre qué caerse muerto ni más que su sueldo en Hacienda, y que está, además, completa­mente averiado de salud.

––Tal vida ha llevado.

––Pues el pobre padece una afección cardiaca de la que no puede recobrarse. Sus días están contados. Acaba de salir de un achuchón gravísimo, que le ha puesto a las puertas de la muerte y le ha llevado al matrimonio, pero a otro... revienta. Es el caso que el pobre hombre andaba de casa en casa de huéspedes y de todas partes tenía que sa­lir, porque por cuatro pesetas no pueden pedirse gollerías ni canguingos en mojo de gato y él era muy exigente. Y no del todo limpio. Y así rodando de casa en casa fue a dar a la de una venerable patrona, y entrada en años, ma­yor que él que, como sabes, más cerca anda de los sesenta que de los cincuenta, y viuda dos veces; la primera, de un carpintero que se suicidó tirándose de un andamio a la ca­lle, y a quien recuerda a menudo como su Rogelio, y la segunda, de un sargento de carabineros que le dejó al mo­rir un capitalito que le da una peseta al día. Y hete aquí que hallándose en casa de esta señora viuda da mi don Eloíno en ponerse malo, muy malo, tan malo que la cosa parecía sin remedio y que se moría. Llamaron primero a que le viera don José, y luego a don Valentín. Y el hom­bre, ¡a morir! Y su enfermedad pedía tantos y tales cuida­dos, y a las veces no del todo aseados, que monopolizaba a la patrona, y los otros huéspedes empezaban ya a ame­nazar con marcharse. Y don Eloíno, que no podía pagar mucho más, y la doble viuda diciéndole que no podía te­nerle más en su casa, pues le estaba perjudicando el nego­cio. «Pero ¡por Dios, señora, por caridad! ––parece que le decía él–– ¿Adónde voy yo en este estado, en qué otra casa van a recibirme? Si usted me echa tendré que ir a morirme al hospital... ¡Por Dios, por caridad!, ¡para los días que he de vivir...!» Porque él estaba convencido de que se moría y muy pronto. Pero ella, por su parte, lo que es natural, que su casa no era hospital, que vivía de su ne­gocio y que se estaba ya perjudicando. Cuando en esto a uno de los compañeros de oficina de don Eloíno se le ocurre una idea salvadora, y fue que le dijo: «Usted no tiene, don Eloíno, sino un medio de que esta buena se­ñora se avenga a tenerle en su casa mientras viva.» «¿Cuál?» , preguntó él. «Primero ––le dijo el amigo–– se­pamos lo que usted se cree de su enfermedad.» «Ah, pues yo, que he de durar poco, muy poco; acaso no lleguen a verme con vida mis hermanos.» « ¿Tan mal se cree usted?» «Me siento morir ...» «Pues si así es, le queda un medio de conseguir que esta buena mujer no le ponga de patitas en la calle, obligándole a irse al hospital.» «Y ¿cuál es?» « Casarse con ella.» « ¿Casarme con ella?, ¿con la patrona? ¿Quién, yo? ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro! ¡Hombre, no estoy para bromas! » Y parece que la ocurrencia le hizo un efecto tal que a poco se queda en ella.

––Y no es para menos.

––Pero el amigo, así que él se repuso de la primera sor­presa, le hizo ver que casándose con la patrona le dejaba trece duros mensuales de viudedad, que de otro modo no aprovecharía nadie y se irían al Estado. Ya ves tú...

––Sí, sé de más de uno, amigo Víctor, que se ha casado nada mas que para que el Estado no se ahorrase una viu­dedad. ¡Eso es civismo!

––Pero si don Eloíno rechazó indignado tal proposi­ción, figúrate lo que diría la patrona: «¿Yo? ¿Casarme yo, a mis años, y por tercera vez, con ese carcamal? ¡Qué asco!» Pero se informó del médico, le aseguraron que no le quedaban a don Eloíno sino muy pocos días de vida, y diciendo: «La verdad es que trece duros al mes me arre­glan», acabó aceptándolo. Y entonces se le llamó al párroco, al bueno de don Matías, varón apostólico, como sabes, para que acabase de convencer al desahuciado. «Sí, sí, sí ––dijo don Matías––; sí, ¡pobrecito!, ¡pobre­cito!» Y le convenció. Llamó luego don Eloíno a Correíta y dicen que le dijo que quería reconciliarse con él ––esta­ban reñidos––, y que fuese testigo de su boda. «Pero ¿se casa usted, don Eloíno?» «Sí, Correíta, sí, ¡me caso con la patrona!, ¡con doña Sinfo!; ¡yo, un Rodríguez de Al­burquerque y Álvarez de Castro, figúrate! Yo porque me cuide los pocos días de vida que me queden... no sé si lle­garán mis hermanos a tiempo de verme vivo... y ella por los trece duros de viudedad que le dejo.» Y cuentan que cuando Correíta se fue a su casa y se lo contó todo, como es natural, a su mujer, a Emilia, esta exclamó: «Pero ¡tú eres un majadero, Pepe! ¿Por qué no le dijiste que se ca­sase con Encarna ––Encarnación es una criada, ni joven ni guapa, que llevó Emilia como de dote a su matrimo­nio––, que le habría cuidado por los trece duros de viude­dad tan bien como esa tía?» Y es fama que la Encarna añadió: «Tiene usted razón, señorita; también yo me hu­biera casado con él y le habría cuidado lo que viviese, que no será mucho, por trece duros.»

––Pero todo eso, Víctor, parece inventado.

––Pues no lo es. Hay cosas que no se inventan. Y aún falta lo mejor. Y me contaba don Valentín, que es después de don José quien ha estado tratando a don Eloíno, que al ir un día a verle y encontrarse con don Matías revestido, creyó que era para darle la Extremaunción al enfermo, y le dicen que estaba casándole. Y al volver más tarde le acom­pañó hasta la puerta la recién casada patrona, ¡por tercera vez!, y con voz compungida y ansiosa le preguntaba: «Pero, diga usted, don Valentín, ¿vivirá?, ¿vivirá todavía?» «No, señora, no; es cuestión de díás...» «Se morirá pronto, ¿eh?» «Sí, muy pronto.» «Pero ¿de veras se morirá?»

––¡Qué enormidad!

––Y no es todo. Don Valentín ordenó que no se le diese al enfermo más que leche, y de esta poquita de cada vez, pero doña Sinfo decía a otro huésped: «¡Quiá! ¡yo le doy de todo lo que me pida! ¡A qué quitarle sus gustos si ha de vivir tan poco...!» Y luego ordenó que le diese unas
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