Niebla miguel de Unamuno prólogo






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Alea jacta est! A lo hecho, pecho. ¿Y mañana? ¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es? ¿De quién es ayer? ¡Oh, ayer, tesoro de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla cotidiana!»

––¡Jaque! ––volvió a interrumpirle Víctor.

––Es verdad, es verdad... veamos... Pero ¿cómo he de­jado que las cosas lleguen a este punto?

––Distrayéndote, hombre, como de costumbre. Si no fueses tan distraído serías uno de nuestros primeros juga­dores.

––Pero, dime, Víctor, ¿la vida es juego o es distrac­ción?

––Es que el juego no es sino distracción.

––Entonces, ¿qué más da distraerse de un modo o de otro?

––Hombre, de jugar, jugar bien.

––¿Y por qué no jugar mal? ¿Y qué es jugar bien y qué jugar mal? ¿Por qué no hemos de mover estas piezas de otro modo que como las movemos?

––Esto es la tesis, Augusto amigo, según tú, filósofo conspicuo, me has enseñado.

––Bueno, pues voy a darte una gran noticia.

––¡Venga!

––Pero, asómbrate, chico.

––Yo no soy de los que se asombran a priori o de ante­mano.

––Pues allá va: ¿sabes lo que me pasa?

––Que cada vez estás más distraído.

––Pues me pasa que me he enamorado.

––Bah, eso ya lo sabía yo.

––¿Cómo que lo sabías...?

––Naturalmente, tú estás enamorado ab origine, desde que naciste; tienes un amorío innato.

––Sí, el amor nace con nosotros cuando nacemos.

––No he dicho amor, sino amorío. Y ya sabía yo, sin que tuvieras que decírmelo, que estabas enamorado o más bien enamoriscado. Lo sabía mejor que tú mismo.

––Pero ¿de quién? Dime, ¿de quién?

––Eso no lo sabes tú más que yo.

––Pues, calla, mira, acaso tengas razón...

––¿No te lo dije? Y si no, dime, ¿es rubia o morena?

––Pues, la verdad, no lo sé. Aunque me figuro que debe de ser ni lo uno ni lo otro; vamos, así, pelicastaña.

––¿Es alta o baja?

––Tampoco me acuerdo bien. Pero debe de ser una cosa regular. Pero ¡qué ojos, chico, qué ojos tiene mi Eugenia!

––¿Eugenia?

––Sí, Eugenia Domingo del Arco, avenida de la Ala­meda, 58.

––¿La profesora de piano?

––La misma. Pero...

––Sí, la conozco. Y ahora... ¡jaque otra vez!

––Pero...

––¡Jaque he dicho!

––Bueno...

Y Augusto cubrió el rey con un caballo. Y acabó per­diendo el juego.

Al despedirse, Víctor, poniéndose la diestra, a guisa de yugo, sobre el cerviguillo, le susurró al oído:

––Conque Eugenita la pianista, ¿eh? Bien, Augustito, bien; tú poseerás la tierra.

«¡Pero esos diminutivos ––pensó Augusto––, esos terribles diminutivos!» Y salió a la calle.
IV
«¿Por qué el diminutivo es señal de cariño? ––iba di­ciéndose Augusto camino de su casa––. ¿Es acaso que el amor achica la cosa amada? ¡Enamorado yo! ¡Yo enamo­rado! ¡Quién había de decirlo ...! Pero ¿tendrá razón Víc­tor? ¿Seré un enamorado ab initio? Tal vez mi amor ha pre­cedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la crea­ción. Pero si yo adelanto aquella torre no me da el mate, no me lo da. ¿Y qué es amor? ¿Quién definió el amor? Amor definido deja de serlo... Pero, Dios mío, ¿por qué permitirá el alcalde que empleen para los rótulos de los comercios tipos de letra tan feos como ese? Aquel alfil estuvo mal jugado. ¿Y cómo me he enamorado si en rigor no puedo decir que la conozco? Bah, el conocimiento vendrá después. El amor precede al conocimiento, y este mata a aquel. Nihil volitum quin praecognitum, me en­señó el padre Zaramillo, pero yo he llegado a la conclu­sión contraria y es que nihil cognitum quin praevolitum. Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer. Pri­mero el amor, el conocimiento después. Pero ¿cómo no vi que me daba mate al descubierto? Y para amar algo, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El vislumbre; he aquí la intuición amorosa, el vislumbre en la niebla. Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la niebla en gotas de agua o en granizo, o en nieve, o en piedra. La ciencia es una pedrea. ¡No, no, niebla, niebla! ¡Quién fuera águila para pasearse por los senos de las nubes! Y ver al sol a través de ellas, como lumbre nebulosa también.

¡Oh, el águila! ¡Qué cosas se dirían el águila de Pat­mos, la que mira al sol cara a cara y no ve en la negrura de la noche, cuando escapándose de junto a san Juan se encontró con la lechuza de Minerva, la que ve en lo os­curo de la noche, pero no puede mirar al sol, y se había escapado del Olimpo!»

Al llegar a este punto cruzó Augusto con Eugenia y no reparó en ella.

«El conocimiento viene después... ––siguió dicién­dose––. Pero... ¿Qué ha sido eso? Juraría que han cru­zado por mi órbita dos refulgentes y místicas estrellas ge­melas... ¿Habrá sido ella? El corazón me dice... ¡Pero, calla, ya estoy en casa!»

Y entró.

Dirigióse a su cuarto, y al reparar en la cama se dijo: «¡Solo! ¡dormir solo! ¡soñar solo! Cuando se duerme en compañía, el sueño debe de ser común. Misteriosos eflu­vios han de unir los dos cerebros. ¿O no es acaso que a medida que los corazones más se unen, más se separan las cabezas? Tal vez. Tal vez están en posiciones mutua­mente adversas. Si dos amantes piensan lo mismo, sien­ten en contrario uno del otro; si comulgan en el mismo sentimiento amoroso, cada cual piensa otra cosa que el otro, tal vez lo contrario. La mujer sólo ama a su hombre mientras no piense como ella, es decir, mientras piense. Veamos a este honrado matrimonio.»

Muchas noches, antes de acostarse, solía Augusto echar una partida de tute con su criado, Domingo, y mientras, la mujer de este, la cocinera, contemplaba el juego.

Empezó la partida.

––¡Veinte en copas! ––cantó Domingo.

––¡Decidme! ––exclamó Augusto de pronto––. ¿Y si yo me casara?

––Muy bien hecho, señorito ––dijo Domingo.

––Según y conforme ––se atrevió a insinuar Liduvina, su mujer.

––Pues ¿no te casaste tú? ––le interpeló Augusto.

––Según y conforme, señorito.

––¿Cómo según y conforme? Habla.

––Casarse es muy fácil; pero no es tan fácil ser casado.

––Eso pertenece a la sabiduría popular, fuente de...

––Y lo que es la que haya de ser mujer del señorito... ––agregó Liduvina, temiendo que Augusto les espetara todo un monólogo.

––¿Qué? La que haya de ser mi mujer, ¿qué? Vamos, ¡dilo, dilo, mujer, dilo!

––Pues que como el señorito es tan bueno...

––Anda, dilo, mujer, dilo de una vez.

––Ya recuerda lo que decía la señora...

A la piadosa mención de su madre Augusto dejó las cartas sobre la mesa, y su espíritu quedó un momento en suspenso. Muchas veces su madre, aquella dulce señora, hija del infortunio, le había dicho: « Yo no puedo vivir ya mucho, hijo mío; tu padre me está llamando. Acaso le hago a él más falta que a ti. Así que yo me vaya de este mundo y te quedes solo en él tú cásate, cásate cuanto an­tes. Trae a esta casa dueña y señora. Y no es que yo no tenga confianza en nuestros antiguos y fieles servidores, no. Pero trae ama a la casa. Y que sea ama de casa, hijo mío, que sea ama. Hazla dueña de tu corazón, de tu bolsa, de tu despensa, de tu cocina y de tus resoluciones. Busca una mujer de gobierno, que sepa querer... y gober­narte.»

––Mi mujer tocará el piano ––dijo Augusto sacudiendo sus recuerdos y añoranzas.

––¡El piano! Y eso ¿para qué sirve? ––preguntó Lidu­vina.

––¿Para qué sirve? Pues ahí estriba su mayor encanto, en que no sirve para maldita de Dios la cosa, lo que se llama servir. Estoy harto de servicios...

––¿De los nuestros?

––¡No, de los vuestros, no! Y además el piano sirve, sí, sirve... sirve para llenar de armonía los hogares y que no sean ceniceros.

––¡Armonía! Y eso ¿con qué se come?

––Liduvina... Liduvina...

La cocinera bajó la cabeza ante el dulce reproche. Era la costumbre de uno y de otra.

––Sí, tocará el piano, porque es profesora de piano.

––Entonces no lo tocará ––añadió con firmeza Lidu­vina––. Y si no, ¿para qué se casa?

––Mi Eugenia... ––empezó Augusto.

––¿Ah, pero se llama Eugenia y es maestra de piano? ––preguntó la cocinera.

––Sí, ¿pues?

––¿La que vive con unos tíos en la Avenida de la Ala­meda, encima del comercio del señor Tiburcio?

––La misma. ¿Qué, la conoces?

––Sí... de vista...

––No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla; mira que se trata del porvenir y de la dicha de tu amo...

––Es buena muchacha, sí, buena muchacha...

––Vamos, habla, Liduvina... ¡por la memoria de mi madre!...

––Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina? ¿A que es el gato?...

Y levantándose la criada, se salió.

––¿Y qué, acabamos? ––preguntó Domingo.

––Es verdad, Domingo, no podemos dejar así la par­tida. ¿A quién le toca salir?

––A usted, señorito.

––Pues allá va.

Y perdió también la partida, por distraído.

«Pues señor ––se decía al retirarse a su cuarto––, todos la conocen; todos la conocen menos yo. He aquí la obra del amor. ¿Y mañana? ¿Qué haré mañana? ¡Bah! A cada día bástele su cuidado. Ahora, a la cama.»

Y se acostó.

Y ya en la cama siguió diciéndose: «Pues el caso es que he estado aburriéndome sin saberlo, y dos mortales años... desde que murió mi santa madre... Sí, sí, hay un aburri­miento inconsciente. Casi todos los hombres nos abu­rrimos inconscientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los jue­gos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce. Todos estos sucesos cotidianos, insignificantes; todas estas dulces conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida, ¿qué son sino dulcísimo aburrirse? ¡Oh, Eugenia, mi Eugenia, flor de mi aburrimiento vital e inconsciente, asísteme en mis sueños, sueña en mí y con­migo!»

Y quedóse dormido.
V
Cruzaba las nubes, águila refulgente, con las poderosas alas perladas de rocío, fijos los ojos de presa en la niebla solar, dormido el corazón en dulce aburrimiento al am­paro del pecho forjado en tempestádes; en derredor, el si­lencio que hacen los rumores remotos de la tierra, y allá en lo alto, en la cima del cielo, dos estrellas mellizas derramando bálsamo invisible. Desgarró el silencio un chillido estridente que decía: «¡La Correspondencia!...» Y vislumbró Augusto la luz de un nuevo día.

«¿Sueño o vivo? ––se preguntó embozándose en la manta––. ¿Soy águila o soy hombre? ¿Qué dirá el papel ese? ¿Qué novedades me traerá el nuevo día consigo? ¿Se habrá tragado esta noche un terremoto a Corcubión? ¿Y por qué no a Leipzig? ¡Oh, la asociación lírica de ideas, el desorden pindárico! El mundo es un caleidosco­pio. La lógica la pone el hombre. El supremo arte es el del azar. Durmamos, pues, un rato más.» Y diose media vuelta en la cama.

¡La Correspondencia!... ¡El vinagrero! Y luego un co­che, y después un automóvil, y unos chiquillos después.

«¡Imposible! ––volvió a decirse Augusto––. Esto es la vida que vuelve. Y con ella el amor... ¿Y qué es el amor? ¿No es acaso la destilación de todo esto? ¿No es el jugo del aburrimiento? Pensemos en Eugenia; la hora es pro­picia.»

Y cerró los ojos con el propósito de pensar en Eugenia. ¿Pensar?

Pero este pensamiento se le fue diluyendo, derritiéndo­sele, y al poco rato no era sino una polca. Es que un piano de manubrio se había parado al pie de la ventana de su cuarto y estaba sonando. Y el alma de Augusto repercutía notas, no pensaba.

«La esencia del mundo es musical ––se dijo Augusto cuando murió la última nota del organillo––. Y mi Eugenia, ¿no es musical también? Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. He aquí que la divina ma­ñana, virginidad del día, me trae un descubrimiento: el amor es el ritmo. La ciencia del ritmo son las matemáti­cas; la expresión sensible del amor es la música. La ex­presión, no su realización; entendámonos.»

Le interrumpió un golpecito a la puerta.

––¡Adelante!

––¿Llamaba, señorito? ––dijo Domingo.

––¡Sí... el desayuno!

Había llamado, sin haberse dado de ello cuenta, lo me­nos hora y media antes que de costumbre, y una vez que hubo llamado tenía que pedir el desayuno, aunque no era hora.

«El amor aviva y anticipa el apetito ––siguió dicién­dose Augusto––. ¡Hay que vivir para amar! Sí, ¡y hay que amar para vivir!»

Se levantó a tomar el desayuno.

––¿Qué tal tiempo hace, Domingo?

––Como siempre, señorito.

––Vamos, sí, ni bueno ni malo.

––¡Eso!

Era la teoría del criado, quien también se las tenía.

Augusto se lavó, peinó, vistió y avió como quien tiene ya un objetivo en la vida, rebosando íntimo arregosto de vivir. Aunque melancólico.

Echóse a la calle, y muy pronto el corazón le tocó a re­bato. «¡Calla ––se dijo––, si yo la había visto, si yo la co­nocía hace mucho tiempo; sí, su imagen me es casi in­nata...! ¡Madre mía, ampárame!» Y al pasar junto a él, al cruzarse con él Eugenia, la saludó aún más con los ojos que con el sombrero.

Estuvo a punto de volverse para seguirla, pero venció el buen juicio y el deseo que tenía de charlar con la portera.

«Es ella, sí, es ella ––siguió diciéndose––, es ella, es la misma, es la que yo buscaba hace años, aun sin saberlo; es la que me buscaba. Estábamos destinados uno a otro en armonía preestablecida; somos dos mónadas complemen­taria una de otra. La familia es la verdadera célula social. Y yo no soy más que una molécula. ¡Qué poética es la ciencia, Dios mío! ¡Madre, madre mía, aquí tienes a tu hijo; aconséjame desde el cielo! ¡Eugenia, mi Eugenia...!»

Miró a todas partes por si le miraban, pues se sorpren­dió abrazando al aire. Y se dijo: «El amor es un éxtasis; nos saca de nosotros mismos.»

Le volvió a la realidad ––¿a la realidad?–– la sonrisa de Margarita.

––¿Y qué, no hay novedad? ––le preguntó Augusto.

––Ninguna, señorito. Todavía es muy pronto.

––¿No le preguntó nada al entregársela?

––Nada.

––¿Y hoy?

––Hoy, sí. Me preguntó por sus señas de usted, y si le conocía, y quién era. Me dijo que el señorito no se había acordado de poner la dirección de su casa. Y luego me dio un encargo...

––¿Un encargo? ¿Cuál? No vacile.

––Me dijo que si volvía por acá le dijese que estaba comprometida, que tiene novio.

––¿Que tiene novio?

––Ya se lo dije yo, señorito.

––No importa, ¡lucharemos!

––Bueno, lucharemos.

––¿Me promete usted su ayuda, Margarita?

––Claro que sí.

––¡Pues venceremos!

Y se retiró. Fuese a la Alameda a refrescar sus emocio­nes en la visión de verdura, a oír cantar a los pájaros sus amores. Su corazón verdecía y dentro de él cantábanle también como ruiseñores recuerdos alados de la infancia.

Era, sobre todo, el cielo de recuerdos de su madre derramando una lumbre derretida y dulce sobre todas sus demás memorias.

De su padre apenas se acordaba; era una sombra mítica que se le perdía en lo más lejano; era una nube sangrienta de ocaso. Sangrienta, porque siendo aún pequeñito lo vio bañado en sangre, de un vómito, y cadavérico. Y repercu­tía en su corazón, a tan larga distancia, aquel ¡hijo! de su madre, que desgarró la casa; aquel ¡hijo! que no se sabía si dirigido al padre moribundo o a él, a Augusto, empe­dernido de incomprensión ante el misterio de la muerte.

Poco después su madre, temblorosa de congoja, le ape­chugaba a su seno, y con una letanía de ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! le bautizaba en lágrimas de fuego. Y él lloró también, apretándose a su madre, y sin atreverse a volver la cara ni apartarla de la dulce oscuridad de aquel regazo palpitante, por miedo a encontrarse con los ojos devoradores del coco.

Y así pasaron días de llanto y de negrura, hasta que las lágrimas fueron yéndose hacia dentro y la casa fue derri­tiendo los negrores.

Era una casa dulce y tibia. La luz entraba por entre las blancas flores bordadas en los visillos. Las butacas abrían, con intimidad de abuelos hechos niños por los años, sus brazos. Allí estaba siempre el cenicero con la ce­niza del último puro que apuró su padre. Y allí, en la pa­red, el retrato de ambos, del padre y de la madre, la viuda ya, hecho el día mismo en que se casaron. Él, que era alto, sentado, con una pierna cruzada sobre la otra, ense­ñando la lengüeta de la bota, y ella, que era bajita, de pie a su lado y apoyando la mano, una mano fina que no pa­recía hecha para agarrar, sino para posarse como paloma, en el hombro de su marido.

Su madre iba y venía sin hacer ruido, como un pajari­llo, siempre de negro, con una sonrisa, que era el poso de las lágrimas de los primeros días de viudez, siempre en la boca y en torno de los ojos escudriñadores. «Tengo que vivir para ti, para ti solo ––le decía por las noches, antes de acostarse––, Augusto.» Y este llevaba a sus sueños nocturnos un beso húmedo aún en lágrimas.

Como un sueño dulce se les iba la vida.

Por las noches le leía su madre algo, unas veces la vida del Santo, otras una novela de Julio Verne o algún cuento candoroso y sencillo. Y algunas veces hasta se reía, con una risa silenciosa y dulce que trascendía a lá­grimas lejanas.

Luego entró al Instituto y por las noches era su madre quien le tomaba las lecciones. Y estudió para tomárselas. Estudió todos aquellos nombres raros de la historia uni­versal, y solía decirle sonriendo: « Pero ¡cuántas barbari­dades han podido hacer los hombres, Dios mío!» Estudió matemáticas, y en esto fue en lo que más sobresalió aque­Ila dulce madre. «Si mi madre llega a dedicarse a las ma­temáticas...» , se decía Augusto. Y recordaba el interés con que seguía el desarrollo de una ecuación de segundo grado. Estudió psicología, y esto era lo que más se le re­sistía. «Pero ¡qué ganas de complicar las cosas!», solía decir a esto. Estudió física y química a historia natural. De la historia natural lo que no le gustaba era aquellos motajos raros que se les da en ella a los animales y las plantas. La fisiología le causaba horror, y renunció a to­mar sus lecciones a su hijo. Sólo con ver aquellas láminas que representaban el corazón o los pulmones al desnudo presentábasele la sanguinosa muerte de su marido. «Todo esto es muy feo, hijo mío ––le decía––; no estudies mé­dico. Lo mejor es no saber cómo se tienen las cosas de dentro.»

Cuando Augusto se hizo bachiller le tomó en brazos, le miró al bozo, y rompiendo en lágrimas exclamó: «¡Si vi­viese tu padre...!» Después le hizo sentarse sobre sus ro­dillas, de lo que él, un chicarrón ya, se sentía avergon­zado, y así le tuvo, en silencio, mirando al cenicero de su difunto.

Y luego vino su carrera, sus amistades universitarias, y la melancolía de la pobre madre al ver que su hijo ensa­yaba las alas. «Yo para ti, yo para ti ––solía decirle––, y tú, ¡quién sabe para qué otra!... Así es el mundo, hijo.» El día en que se recibió de licenciado en Derecho, su madre, al llegar él a casa, le tomó y besó la mano de una manera cómicamente grave, y luego, abrazándole, díjole al oído: «¡Tu padre te bendiga, hijo mío!»

Su madre jamás se acostaba hasta que él lo hubiese he­cho, y le dejaba con un beso en la cama. No pudo, pues, nunca trasnochar. Y era su madre lo primero que veía al despertarse. Y en la mesa, de lo que él no comía, tampoco ella.

Salían a menudo juntos de paseo y así iban, en silen­cio, bajo el cielo, pensando ella en su difunto y él pen­sando en lo que primero pasaba a sus ojos. Y ella le decía siempre las mismas cosas, cosas cotidianas, muy antiguas y siempre nuevas. Muchas de ellas empezaban así: «Cuando te cases...»

Siempre que cruzaba con ellos alguna muchacha her­mosa, o siquiera linda, su madre miraba a Augusto con el rabillo del ojo.

Y vino la muerte, aquella muerte lenta, grave y dulce, indolorosa, que entró de puntillas y sin ruido, como un ave peregrina, y se la llevó a vuelo lento, en una tarde de otoño. Murió con su mano en la mano de su hijo, con sus ojos en los ojos de él. Sintió Augusto que la mano se en­friaba, sintió que los ojos se inmovilizaban. Soltó la mano después de haber dejado en su frialdad un beso cá­lido, y cerró los ojos. Se arrodilló junto al lecho y pasó sobre él la historia de aquellos años iguales.

Y ahora estaba aquí, en la Alameda, bajo el gorjear de los pájaros, pensando en Eugenia. Y Eugenia tenía novio. «Lo que temo, hijo mío ––solía decirle su madre––, es cuando te encuentres con la primera espina en el camino de tu vida.» ¡Si estuviera aquí ella para hacer florecer en rosa a esta primera espina!

«Si viviera mi madre encontraría solución a esto ––se dijo Augusto––, que no es, después de todo, más difícil que una ecuación de segundo grado. Y no es, en el fondo, más que una ecuación de segundo grado.»

Unos débiles quejidos, como de un pobre animal, in­terrumpieron su soliloquio. Escudriñó con los ojos y acabó por descubrir, entre la verdura de un matorral, un pobre ca­chorrillo de perro que parecía buscar camino en tierra. «¡Pobrecillo! ––se dijo––. Lo han dejado recién nacido a que muera; les faltó valor para matarlo.» Y lo recogió.

El animalito buscaba el pecho de la madre. Augusto se levantó y volvióse a casa pensando: «Cuando lo sepa Eugenia, ¡mal golpe para mi rival! ¡Qué cariño le va a tomar al pobre animalito! Y es lindo, muy lindo. ¡Pobrecito, cómo me lame la mano...!»

––Trae leche, Domingo; pero tráela pronto ––le dijo al criado no bien este le hubo abierto la puerta.

––¿Pero ahora se le ocurre comprar perro, señorito?

––No lo he comprado, Domingo; este perro no es es­clavo, sino que es libre; lo he encontrado.

––Vamos, sí, es expósito.

––Todos somos expósitos, Domingo. Trae leche.

Le trajo la leche y una pequeña esponja para facilitar la succión. Luego hizo Augusto que se le trajera un biberón para el cachorrillo, para Orfeo, que así le bautizó, no se sabe ni sabía él tampoco por qué.

Y Orfeo fue en adelante el confidente de sus solilo­quios, el que recibió los secretos de su amor a Eugenia.

«Mira, Orfeo ––le decía silenciosamente––, tenemos que luchar. ¿Qué me aconsejas que haga? Si te hubiese conocido mi madre... Pero ya verás, ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia, bajo su mano tibia y dulce. Y ahora, ¿qué vamos a hacer, Orfeo?»

Fue melancólico el almuerzo de aquel día, melancólico el paseo, la partida de ajedrez melancólica y melancó­lico el sueño de aquella noche.
VI
«Tengo que tomar alguna determinación ––se decía Augusto paseándose frente a la casa número 58 de la ave­nida de la Alameda––; esto no puede segúir así.»

En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, en que vivía Eugenia, y apareció una se­ñora enjuta y cana con una jaula en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al ir a ponerlo faltó el clavo y la jaula se vino abajo. La señora lanzó un grito de desespe­ración: « ¡Ay, mi Pichín!» Augusto se precipitó a recoger la jaula. El pobre canario revolotaba dentro de ella despa­vorido.

Subió Augusto a la casa, con el canario agitándose en la jaula y el corazón en el pecho. La señora le esperaba.

––¡Oh, gracias, gracias, caballero!

––Las gracias a usted, señora.

––¡Pichín mío! ¡mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Gusta usted pasar, caballero?

––Con mucho gusto, señora.

Y entró Augusto.

Llevólo la señora a la sala, y diciéndole: «Aguarde un poco, que voy a dejar a mi Pichín», le dejó solo.

En este momento entró en la sala un caballero anciano, el tío de Eugenia sin duda. Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza. Acercóse a Augusto, y tomando asiento junto a él le dirigió estas palabras:

––(Aquí una frase en esperanto que quiere decir: ¿Y usted no cree conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto?)

Augusto pensó en la huida, pero el amor a Eugenia le contuvo. El otro prosiguió hablando, en esperanto también.

Augusto se decidió por fin.

––No le entiendo a usted una palabra, caballero.

––De seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que llaman esperanto ––dijo la tía, que a este punto entraba. Y añadió dirigiéndose a su marido––: Fermín, este señor es el del canario.

––Pues no te entiendo más que tú cuando te hablo en esperanto ––le contestó su marido.

––Este señor ha recogido a mi pobre Pichín, que cayó a la calle, y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted ––añadió volviéndose a Augusto–– ¿quién es?

––Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez Rovira, a quien usted acaso conocería.

––¿De doña Soledad?

––Exacto; de doña Soledad.

––Y mucho que conocí a la buena señora. Fue una viuda y una madre ejemplar. Le felicito a usted por ello.

––Y yo me felicito de deber al feliz accidente de la caída del canario el conocimiento de ustedes.

––¡Feliz! ¿Llama usted feliz a ese accidente?

––Para mí, sí.

––Gracias, caballero ––dijo don Fermín, agregando––: Rigen a los hombres y a sus cosas enigmáticas leyes, que el hombre, sin embargo, puede vislumbrar. Yo, se­ñor mío, tengo ideas particulares sobre casi todas las cosas...

––Cállate con tu estribillo, hombre ––exclamó la tía––. ¿Y cómo es que pudo usted acudir tan pronto en socorro de mi Pichín?

––Seré franco con usted, señora; le abriré mi pecho. Es que rondaba la casa.

––¿Esta casa?

––Sí, señora. Tienen ustedes una sobrina encantadora.

––Acabáramos, caballero. Ya, ya veo el feliz accidente. Y veo que hay canarios providenciales.

––¿Quién conoce los caminos de la Providencia? ––dijo don Fermín.

––Yo los conozco, hombre, yo ––exclamó su señora; y volviéndose a Augusto––: tiene usted abiertas las puertas de esta casa... Pues ¡no faltaba más! Al hijo de doña Sole­dad... Así como así, va usted a ayudarme a quitar a esa chiquilla un caprichito que se le ha metido en la cabeza...

––¿Y la libertad? ––insinuó don Fermín.

––Cállate tú, hombre, y quédate con tu anarquismo.

––¿Anarquismo? ––exclamó Augusto.

Irradió de gozo el rostro de don Fermín, y añadió con la más dulce de sus voces:

––Sí, señor mío, yo soy anarquista, anarquista místico, pero en teoría, entiéndase bien, en teoría. No tema usted, amigo ––y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla––, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mío, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas...

––Y usted, ¿no es anarquista también? ––preguntó Au­gusto a la tía, por decir algo.

––¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande na­die. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No com­prende usted que eso es imposible?

––Hombres de poca fe, que llamáis imposible... ––em­pezó don Fermín.

Y la tía, interrumpiéndole:

––Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Us­ted me parece un excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.

––Tanto honor, señora...

––Sí; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala, sabe usted, pero caprichosa... Luego, ¡fue criada con tanto mimo!... Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...

––¿Catástrofe? ––preguntó Augusto.

––Sí, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted. El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil desgraciadísima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa, pero gravada con una hipo­teca que se lleva sus rentas todas. Y la pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir con qué levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté dando lecciones de piano sesenta años!

Augusto concibió al punto un propósito generoso y he­roico.

––La chica no es mala ––prosiguió la tía––, pero no hay modo de entenderla.

––Si aprendierais esperanto ––empezó don Fermín.

––Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos en­tendemos en las nuestras y vas a traer otra?

––Pero ¿usted no cree, señora ––le preguntó Augusto––, que sería bueno que no hubiese sino una sola lengua?

––¡Eso, eso! ––exclamó alborozado don Fermín.

––Sí, señor ––dijo con firmeza la tía––; una sola len­gua: el castellano, y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son racionales.

La tía de Eugenia era asturiana y tenía una criada, astu­riana también, a la que reñía en bable.

––Ahora, si es en teoría ––añadió––, no me parece mal que haya una sola lengua. Porque este mi marido, en teo­ría, es hasta enemigo del matrimonio...

––Señores ––dijo Augusto levantándose––, estoy acaso molestando...

––Usted no molesta nunca, caballero ––le respondió la tía––, y queda comprometido a volver por esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato.

Al salir se le acercó un momento don Fermín y le dijo al oído: «¡No piense usted en eso!» «¿Y por qué no?» , le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...»

Al despedirse, las últimas palabras de la tía fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato.»

Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tía al verla fueron:

––¿Sabes Eugenia, quién ha estado aquí? Don Augusto Pérez.

––Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sí! Y ¿quién le ha traído?

––Pichín, mi canario.

––Y ¿a qué ha venido?

––¡Vaya una pregunta! Tras de ti.

––¿Tras de mí y traído por el canario? Pues no lo en­tiendo. Valiera más que hablases en esperanto, como tío Fermín.

––Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien educado, fino, y sobre todo rico, chica, sobre todo rico.

––Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para venderme.

––Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla?

––Bueno, bueno, tía, dejémonos de bromas.

––Tú le verás, chiquilla, tú le verás a irás cambiando de ideas.

––Lo que es eso...

––Nadie puede decir de esta agua no beberé.

––¡Son misteriosos los caminos de la Providencia! ––exclamó don Fermín––. Dios...

––Pero, hombre ––le arguyó su mujer––, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?

––Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil ve­ces, es místico, es un anarquismo místico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino...

––Obedece, ¿no es eso?

––Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!

Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos y añadió:

––Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece.

––Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.

––También yo soy anarquista, tía, pero no como tío Fermín, no mística.

––¡Bueno, se verá! ––terminó la tía.
VII
«¡Ay, Orfeo! ––decía ya en su casaAugusto, dándole la leche a aquel––. ¡Ay, Orfeo! Di el gran paso, el paso deci­sivo; entré en su hogar, entré en el santuario. ¿Sabes lo que es dar un paso decisivo? Los vientos de la fortuna nos em­pujan y nuestros pasos son decisivos todos. ¿Nuestros? ¿Son nuestros esos pasos? Caminamos, Orfeo mío, por una selva enmarañada y bravía, sin senderos. El sendero nos lo hacemos con los pies según caminamos a la ventura. Hay quien cree seguir una estrella; yo creo seguir una doble es­trella, melliza. Y esa estrella no es sino la proyección misma del sendero al cielo, la proyección del azar.

»¡Un paso decisivo! Y dime, Orfeo, ¿qué necesidad hay de que haya ni Dios ni mundo ni nada? ¿Por qué ha de haber algo? ¿No te parece que esa idea de la necesidad no es sino la forma suprema que el azar toma en nuestra mente?

»¿De dónde ha brotado Eugenia? ¿Es ella una creación mía o soy creación suya yo?, ¿o somos los dos creaciones mutuas, ella de mí y yo de ella? ¿No es acaso todo crea­ción de cada cosa y cada cosa creación de todo? Y ¿qué es creación?, ¿qué eres tú, Orfeo?, ¿qué soy yo?

» Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy, a iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían. Y otras veces he fantaseado que no me veían como me veía yo, y que mientras yo me creía ir formal­mente, con toda compostura, estaba, sin saberlo, ha­ciendo el payaso, y los demás riéndose y burlándose de mí. ¿No te ha ocurrido alguna vez a ti esto, Orfeo? Aun­que no, porque tú eres joven todavía y no tienes experien­cia de la vida. Y además eres perro.

»Pero, dime, Orfeo, ¿no se os ocurrirá alguna vez a los perros creeros hombres, así como ha habido hombres que se han creído perros?

»¡Qué vida esta, Orfeo, qué vida, sobre todo desde que murió mi madre! Cada hora me llega empujada por las horas que le precedieron; no he conocido el porvenir. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo me parece se me va a convertir en pasado. Eugenia es ya casi un recuerdo para mí. Estos días que pasan... este día, este eterno día que pasa... deslizándose en niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana como hoy. Mira, Orfeo, mira la ceniza que dejó mi padre en aquel cenicero...

»Esta es la revelación de la eternidad, Orfeo, de la terrible eternidad. Cuando el hombre se queda a solas y cierra los ojos al porvenir, al ensueño, se le revela el abismo pavoroso de la eternidad. La eternidad no es por­venir. Cuando morimos nos da la muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia atrás, ha­cia el pasado, hacia lo que fue. Y así, sin término, deva­nando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fue.

»Por debajo de esta corriente de nuestra existencia, por dentro de ella, hay otra corriente en sentido contrario; aquí vamos del ayer al mañana, allí se va del mañana al ayer. Se teje y se desteje a un tiempo. Y de vez en cuando nos llegan hálitos, vahos y hasta rumores misteriosos de ese otro mundo, de ese interior de nuestro mundo. Las entrañas de la historia son una contrahistoria, es un pro­ceso inverso al que ella sigue. El río subterráneo va del mar a la fuente.

»Y ahora me brillan en el cielo de mi soledad los dos ojos de Eugenia. Me brillan con el resplandor de las lágri­mas de mi madre. Y me hacen creer que existo, ¡dulce ilusión! Amo, ergo sum! Este amor, Orfeo, es como lluvia bienhechora en que se deshace y concreta la niebla de la existencia. Gracias al amor siento al alma de bulto, la toco. Empieza a dolerme en su cogollo mismo el alma, gracias al amor, Orfeo. Y el alma misma, ¿qué es sino amor, sino dolor encarnado?

»Vienen los días y van los días y el amor queda. Allá dentro, muy dentro, en las entrañas de las cosas se rozan y friegan la corriente de este mundo con la contraria co­rriente del otro, y de este roce y friega viene el más triste y el más dulce de los dolores: el de vivir.

»Mira, Orfeo, las lizas, mira la urdimbre, mira cómo la trama ya viene con la lanzadera, mira cómo juegan las primideras; pero, dime, ¿dónde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra existencia, dónde?»

Como Orfeo no había visto nunca un telar, es muy difí­cil que entendiera a su amo. Pero mirándole a los ojos mientras hablaba adivinaba su sentir.
VIII
Augusto temblaba y sentíase como en un potro de su­plicio en su asiento; entrábanle furiosas ganas de levan­tarse de él, pasearse por la sala aquella, dar manotadas al aire, gritar, hacer locuras de circo, olvidarse de que exis­tía. Ni doña Ermelinda, la tía de Eugenia, ni don Fermín, su marido, el anarquista teórico y místico, lograban traerle a la realidad.

––Pues sí, yo creo ––decía doña Ermelinda––, don Augusto, que esto es lo mejor, que usted se espere, pues ella no puede ya tardar en venir; la llamo, ustedes se ven y se conocen y este es el primer paso. Todas las relacio­nes de este género tienen que empezar por conocerse, ¿no es así?

––En efecto, señora ––dijo, como quien habla desde otro mundo, Augusto––, el primer paso es verse y cono­cerse...

––Y yo creo que así que ella le conozca a usted, pues... ¡la cosa es clara!

––No tan clara ––arguyó don Fermín––. Los caminos de la Providencia son misteriosos siempre... Y en cuanto a eso de que para casarse sea preciso o siquiera conve­niente conocerse antes, discrepo... discrepo... El único conocimiento eficaz es el conocimiento post nuptias. Ya me has oído, esposa mía, lo que en lenguaje biblico signi­fica conocer. Y, créemelo, no hay más conocimiento sus­tancial y esencial que ese, el conocimiento penetrante...

––Cállate, hombre, cállate, no desbarres.

––El conocimiento, Ermelinda...

Sonó el timbre de la puerta.

––¡Ella! ––exclamó con misteriosa voz el tío.

Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse, pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón a martillarle el pecho.

Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales, rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a reinar en él.

––Voy a llamarla ––dijo don Fermín haciendo conato de levantarse.

––¡No, de ningún modo! ––exclamó doña Ermelinda, y llamó.

Y luego a la criada, al presentarse:

––¡Di a la señorita Eugenia que venga!

Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y Augusto se decía: «¿Podré resistirlo?, ¿no me pondré rojo como una amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa puerta?, ¿no esta­llará mi corazón?»

Oyóse un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah! breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba. Y sólo al oír que doña Erme­linda empezaba a decir a su sobrina: «Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez...» , volvió en sí y se puso en pie procurando sonreír.

––Aquí tienes a nuestro amigo don Augusto Pérez, que desea conocerte...

––¿El del canario? ––preguntó Eugenia.

––Sí, el del canario, señorita ––contestó Augusto acer­cándose a ella y alargándole la mano. Y pensó: «¡Me va a quemar con la suya!»

Pero no fue así. Una mano blanca y fría, blanca como la nieve y como la nieve fría, tocó su mano. Y sintió Au­gusto que se derramaba por su ser todo como un fluido de serenidad.

Sentóse Eugenia.

––Y este caballero ––empezó la pianista.

«¡Este caballero... este caballero... ––pensó Augusto rapidísimamente–– este caballero! ¡Llamarme caballero! ¡Esto es de mal agüero!»

––Este caballero, hija mía, que ha hecho por una feliz casualidad...

––Sí, la del canario.

––¡Son misteriosos los caminos de la Providencia ––sen­tenció el anarquista.

––Este caballero, digo ––agregó la tía––, que por una feliz casualidad ha hecho conocimiento con nosotros y resulta ser el hijo de una señora a quien conocí algo y res­peté mucho; este caballero, puesto que es amigo ya de casa, ha deseado conocerte, Eugenia.

––¡Y admirarla! ––añadió Augusto.

––¿Admirarme? ––exclamó Eugenia.

––¡Sí, como pianista!

––¡Ah, vamos!

––Conozco, señorita, su gran amor al arte...

––¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?

––¡Claro está!

––¡Pues le han engañado a usted, don Augusto!

«¡Don Augusto! ¡Don Augusto! ––pensó este, ¡Don...! ¡De qué mal agüero es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero! » Y luego, en voz alta:

––¿Es que no le gusta la música?

––Ni pizca, se lo aseguro.

«Liduvina tiene razón ––pensó Augusto––; esta, des­pués que se case, y si el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego, en voz alta:

––Como es voz pública que es usted una excelente profesora...

––Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber pro­fesional, y ya que tengo que ganarme la vida...

––Eso de tener que ganarte la vida... ––empezó a decir don Fermín.

––Bueno, basta ––interrumpió la tía––; ya el señor don Augusto está informado de todo...

––¿De todo? ¿De qué? ––preguntó con aspereza y con un ligerísimo ademán de ir a levantarse Eugenia.

––Sí, de lo de la hipoteca...

––¿Cómo? ––––exclamó la sobrina poniéndose en pie––. Pero ¿qué es esto, qué significa todo esto, a qué viene esta visita?

––Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba co­nocerte... Y no te alteres así...

––Pero es que hay cosas...

––Dispense a su señora tía, señorita ––suplicó también Augusto poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos––; pero no ha sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación de usted y amor al tra­bajo, yo nada he hecho para arrancar de su señora tía tan interesantes noticias; yo...

––Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de haberme dirigido una carta...

––En efecto, no lo niego.

––Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando mejor me plazca y sin que nadie me cohiba a ello. Y ahora vale más que me retire.

––¡Bien, muy bien! ––––exclamó don Fermín––. ¡Esto es entereza y libertad! ¡Esta es la mujer del porvenir! ¡Muje­res así hay que ganarlas a puño, amigo Pérez, a puño!

––¡Señorita...! ––suplicó Augusto acercándose a ella.

––Tiene usted razón ––dijo Eugenia, y le dio para des­pedida la mano, tan blanca y tan fría como antes y como la nieve.

Al dar la espalda para salir y desaparecer así los ojos aquellos, fuentes de misteriosa luz espiritual, sintió Au­gusto que la ola de fuego le recorría el cuerpo, el corazón le martillaba el pecho y parecía querer estallarle la ca­beza.

––¿Se siente usted malo? ––le preguntó don Fermín.

––¡Qué chiquilla, Dios mío, qué chiquilla! ––excla­maba doña Ermelinda.

––¡Admirable!, ¡majestuosa!, ¡heroica! ¡Una mujerl, ¡toda una mujer! ––decía Augusto.

––Así creo yo ––añadió el tío.

––Perdone, señor don Augusto ––repetíale la tía––, perdone; esta chiquilla es un pequeño erizo; ¡quién lo ha­bía de pensar!...

––Pero ¡si estoy encantado, señora, encantado! ¡Si esta recia independencia de carácter, a mí, que no le tengo, es lo que más me entusiasma!; ¡si es esta, esta, esta y no otra la mujer que yo necesito!

––¡Sí, señor Pérez, sí ––declamó el anarquista––; esta es la mujer del porvenir!

––¿Y yo? ––arguyó doña Ermelinda.

––¡Tú, la del pasado! ¡Esta es, digo, la mujer del por­venir! ¡Claro, no en balde me ha estado oyendo disertar un día y otro sobre la sociedad futura y la mujer del por­venir; no en balde le he inculcado las emancipadoras doc­trinas del anarquismo... sin bombas!

––¡Pues yo creo ––dijo de mal humor la tía–– que esta chicuela es capaz hasta de tirar bombas!

––Y aunque así fuera... ––insinuó Augusto.

––¡Eso no!, ¡eso no! ––dijo el tío.

––Y ¿qué más da?

––¡Don Augusto! ¡Don Augusto!

––Yo creo ––añadió la tía–– que no por esto que acaba de pasar debe usted ceder en sus pretensiones...

––¡Claro que no! Así tiene más mérito.

––¡A la conquista, pues! Y ya sabe usted que nos tiene de su parte y que puede venir a esta su casa cuantas veces guste, y quiéralo o no Eugenia.

––Pero, mujer, ¡si ella no ha manifestado que le dis­gusten las venidas acá de don Augusto!... ¡Hay que ga­narla a puño, amigo, a puño! Ya irá usted conociéndola y verá de qué temple es. Esto es toda una mujer, don Au­gusto, y hay que ganarla a puño, a puño. ¿No quería usted conocerla?

––Sí, pero...

––Entendido, entendido. ¡A la lucha, pues, amigo mío!

––Cierto, cierto, y ahora ¡adiós!

Don Fermín llamó luego aparte a Augusto, para decirle:

––Se me había olvidado decirle que cuando escriba a Eugenia lo haga escribiendo su nombre con jota y no con ge, Eujenia, y del Arco con ka: Eujenia Domingo del Arko.

––Y ¿por qué?

––Porque hasta que no llegue el día feliz en que el es­peranto sea la única lengua, ¡una sola para toda la huma­nidad!, hay que escribir el castellano con ortografía foné­tica. ¡Nada de ces!, ¡guerra a la ce! Za, ze, zi, zo, zu con zeta, y ka, ke, ki, ko, ku con ka. ¡Y fuera las haches! ¡La hache es el absurdo, la reacción, la autoridad, la edad me­dia, el retroceso! ¡Guerra a la hache!

––¿De modo que es usted foneticista también?

––¿También?, ¿por qué también?

––Por lo de anarquista y esperantista...

––Todo es uno, señor, todo es uno. Anarquismo, es­perantismo, espiritismo, vegetarianismo, foneticismo... ¡todo es uno! ¡Guérra a la autoridad!, ¡guerra a la división de lenguas!, ¡guerra a la vil materia y a la muerte!, ¡guerra a la carne!, ¡guerra a la hache! ¡Adiós!

Despidiéronse y Augusto salió a la calle como alige­rado de un gran peso y hasta gozoso. Nunca hubiera pre­supuesto lo que le pasaba por dentro del espíritu. Aquella manera de habérsele presentado Eugenia la primera vez que se vieron de quieto y de cerca y que se hablaron, lejos de dolerle, encendíale más y le animaba. El mundo le pa­recía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba aquella palabra de su madre: ¡cá­sate! Casi todas las mujeres con que cruzaba por la calle parecíanle guapas, muchas hermosísimas y ninguna fea. Diríase que para él empezaba a estar el mundo iluminado por una nueva luz misteriosa desde dos grandes estrellas invisibles que refulgían más allá del azul del cielo, detrás de su aparente bóveda. Empezaba a conocer el mundo. Y sin saber cómo se puso a pensar en la profunda fuente de la confusión vulgar entre el pecado de la carne y la caída de nuestros primeros padres por haber probado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Y meditó en la doctrina de don Fermín sobre el origen del conocimiento.

Llegó a casa, y al salir Orfeo a recibirle lo cogió en sus brazos, le acarició y le dijo: «Hoy empezamos una nueva vida, Orfeo. ¿No sientes que el mundo es más grande, más puro el sire y más azul el cielo? ¡Ah, cuando la veas, Orfeo, cuando la conozcas...! ¡Entonces sentirás la con­goja de no ser más que perro como yo siento la de no ser más que hombre! Y dime, Orfeo, ¿cómo podéis conocer, si no pecáis, si vuestro conocimiento no es pecado? El conocimiento que no es pecado no es tal conocimiento, no es racional.»

Al servirle la comida su fiel Liduvina se le quedó mi­rando.

––¿Qué miras? ––preguntó Augusto.

––Me parece que hay mudanza.

––¿De dónde sacas eso?

––El señorito tiene otra cara.

––¿Lo crees?

––Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?

––¡Liduvina! ¡Liduvina!

––Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!

––¿Quién sabe qué es eso?...

––Es verdad.

Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la fe­licidad estuviese debajo de él.
IX
Al día siguiente de esto hablaba Eugenia en el reducido cuchitril de una portería con un joven, mientras la portera había salido discretamente a tomar el fresco a la puerta de la casa.

––Es menester que esto se acabe, Mauricio ––decía Eugenia––; así no podemos seguir, y menos después de lo que te digo pasó ayer.

––Pero ¿no dices ––dijo el llamado Mauricio–– que ese pretendiente es un pobre panoli que vive en Babia?

––Sí, pero tiene dinero y mi tía no me va a dejar en paz. Y, la verdad, no me gusta hacer feos a nadie, y tam­poco quiero que me estén dando la jaqueca.

––¡Despáchale!

––¿De dónde?, ¿de casa de mis tíos? ¿Y si ellos no quieren?

––No le hagas caso.

––Ni le hago ni pienso hacerle, pero se me antoja que el pobrete va a dar en la flor de venir de visita a hora que esté yo. No es cosa, como comprendes, de que me encie­rre en mi cuarto y me niegue a que me vea, y sin solici­tarme va a dedicarse a mártir silencioso.

––Déjale que se dedique.

––No, no puedo resistir a los mendigos de ninguna clase, y menos a esos que piden limosna con los ojos. ¡Y si vieras qué miradas me echa!

––¿Te conmueve?

––Me encocora. Y, la verdad, ¿por qué no he de decír­telo?, sí, me conmueve.

––¿Y temes?

––¡Hombre, no seas majadero! No temo nada. Para mí no hay más que tú.

––¡Ya lo sabía! ––dijo lleno de convicción Mauricio, y poniendo una mano sobre una rodilla de Eugenia la dejó allí.

––Es preciso que te decidas, Mauricio.

––Pero ¿a qué, rica mía, a qué?

––¿A qué ha de ser, hombre, a qué ha de ser? ¡A que nos casemos de una vez!

––Y ¿de qué vamos a vivir?

––De mi trabajo hasta que tú lo encuentres.

––¿De tu trabajo?

––¡Sí, de la odiosa música!

––¿De tu trabajo? ¡Eso sí que no!; ¡nunca!, ¡nunca!, ¡nunca!; ¡todo menos vivir yo de tu trabajo! Lo buscaré, seguiré buscándolo, y en tanto, esperaremos...

––Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos irán los años! ––exclamó Eugenia taconeando en el suelo con el pie sobre que estaba la rodilla en que Mauricio dejó des­cansar su mano.

Y él, al sentir así sacudida su mano, la separó de donde la posaba, pero fue para echar el brazo sobre el cuello y hacer juguetear entre sus dedos uno de los pendientes de su novia. Eugenia le dejaba hacer.

––Mira, Eugenia, para divertirte le puedes poner, si quieres, buena cara a ese panoli.

––¡Mauricio!

––¡Tienes razón, no te enfades, rica mía! ––y contrayendo el brazo atrajo a la cabeza la de Eugenia, buscé con sus labios los de ella y los juntó, cerrando los ojos, en un beso húmedo, silencioso y largo.

––¡Mauricio!

Y luego le besó en los ojos.

––¡Esto no puede seguir así, Mauricio!

––¿Cómo? Pero ¿hay mejor que esto?, ¿crees que lo pasaremos nunca mejor?

––Te digo, Mauricio, que esto no puede seguir así. Tie­nes que buscar trabajo. Odio la música.

Sentía la pobre oscuramente, sin darse de ello clara cuenta, que la música es preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca llega, eterna iniciación que no acaba cosa. Estaba harta de música.

––Buscaré trabajo, Eugenia, lo buscaré.

––Siempre dices lo mismo y siempre estamos lo mismo.

––Es que crees...

––Es que sé que en el fondo no eres más que un haragán y que va a ser preciso que sea yo la que busque trabajo para ti. Claro, ¡como a los hombres os cuesta menos esperar...!

––Eso creerás tú...

––Sí, sí, sé bien lo que me digo. Y ahora, te lo repito, no quiero ver los ojos suplicantes del señorito don Au­gusto como los de un perro hambriento...

––¡Qué cosas se te ocurren, chiquilla!

––Y ahora ––añadió levantándose y apartándole con la mano suya––, quietecito y a tomar el fresco, ¡que buena falta te hace!

––¡Eugenia! ¡Eugenia! ––le suspiró con voz seca, casi febril, al oído––, si tú quisieras...

––El que tiene que aprender a querer eres tú, Mauricio. Conque... ¡a ser hombre! Busca trabajo, decídete pronto; si no, trabajaré yo; pero decídete pronto. En otro caso...

––En otro caso, ¿qué?

––¡Nada! ¡Hay que acabar con esto!

Y sin dejarle replicar se salió del cuchitril de la porte­ría. Al cruzar con la portera le dijo:

––Ahí queda su sobrino, señora Marta, y dígale que se resuelva de una vez.

Y salió Eugenia con la cabeza alta a la calle, donde en aquel momento un organillo de manubrio encentaba una rabiosa polca. «¡Horror!, ¡horror!, ¡horror!» , se dijo la muchacha, y más que se fue huyó calle abajo.
X
Como Augusto necesitaba confidencia se dirigió al Ca­sino, a ver a Víctor, su amigote, al día siguiente de aque­lla su visita a casa de Eugenia y a la misma hora en que esta espoleaba la pachorra amorosa de su novio en la por­tería.

Sentíase otro Augusto y como si aquella visita y la re­velación en ella de la mujer fuerte ––fluía de sus ojos for­taleza–– le hubiera arado las entrañas del alma, alum­brando en ellas un manantial hasta entonces oculto. Pisaba con más fuerza, respiraba con más libertad.

«Ya tengo un objetivo, una finalidad en esta vida ––se decía––, y es conquistar a esta muchacha o que ella me conquiste. Y es lo mismo. En amor lo mismo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no... no! Aquí ser vencido es que me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí hay otro, no me cabe duda. ¿Otro?, ¿otro qué? ¿Es que acaso yo soy uno? Yo soy un pretendiente, un solicitante, pero el otro... el otro se me antoja que no es ya pretendiente ni solicitante; que no pretende ni solicita porque ha obte­nido. Claro que no más que el amor de la dulce Eugenia. ¿No más...?»

Un cuerpo de mujer irradiante de frescura, de salud y de alegría, que pasó a su vera, le interrumpió el soliloquio y le arrastró tras de sí. Púsose a seguir, casi maquinal­mente, al cuerpo aquel, mientras proseguía soliloqui­zando:

«¡Y qué hermosa es! Esta y aquella, una y otra. Y el otro acaso en vez de pretender y solicitar es pretendido y solicitado; tal vez no le corresponde como ella se me­rece... Pero ¡qué alegría es esta chiquilla!, ¡y con qué gra­cia saluda a aquel que va por allá! ¿De dónde habrá sa­cado esos ojos? ¡Son casi como los otros, como los de Eugenia! ¡Qué dulzura debe de ser olvidarse de la vida y de la muerte entre sus brazos!, ¡dejarse brezar en ellos como en olas de carne! ¡El otro ...! Pero el otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere; el otro soy yo. ¡Sí, yo soy el otro; yo soy otro!»

Al llegar a esta conclusión de que él era otro, la moza a que seguía entró en una casa. Augusto se quedó parado, mirando a la casa. Y entonces se dio cuenta de que la ha­bía venido siguiendo. Recapacitó que había salido para ir al Casino y emprendió el camino de este. Y proseguía:

«Pero ¡cuántas mujeres hermosas hay en este mundo, Dios mío! Casi todas. ¡Gracias, Señor, gracias; gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam! ¡Tu gloria es la hermosura de la mujer, Señor! Pero ¡qué cabellera, Dios mío, qué cabellera! »

Era, en efecto, una gloriosa cabellera la de aquella criada de servicio, que con su cesta al brazo cruzaba en aquel momento con él. Y se volvió tras ella. La luz pare­cía anidar en el oro de aquellos cabellos, y como si estos pugnaran por soltarse de su trenzado y esparcirse al aire fresco y claro. Y bajo la cabellera un rostro todo él son­risa.

«Soy otro, soy el otro ––prosiguió Augusto mientras seguía a la de la cesta––; pero ¿es que no hay otras? ¡Sí, hay otras para el otro! Pero como la una, como ella, como la única, ¡ninguna!, ¡ninguna! Todas estas no son sino re­medos de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia! ¿Mía? Sí; yo por el pensamiento, por el deseo la hago mía. Él, el otro, es decir, el uno, podrá llegar a po­seerla materialmente; pero la misteriosa luz espiritual de aquellos ojos es mía, ¡mía, mía! Y ¿no reflejan tam­bién una misteriosa luz espiritual estos cabellos de oro? ¿Hay una sola Eugenia, o son dos, una la mía y otra la de su novio? Pues si es así, si hay dos, que se quede él con la suya, y con la mía me quedaré yo. Cuando la tris­teza me visite, sobre todo de noche; cuando me entren ga­nas de llorar sin saber por qué, ¡oh, qué dulce habrá de ser cubrir mi cara, mi boca, mis ojos, con estos cabellos de oro y respirar el afire que a través de epos se filtre y se perfume! Pero ...»

Sintióse de pronto detenido. La de la cesta se había pa­rado a hablar con otra compañera. Vaciló un momento Augusto, y diciéndose: «¡Bah, hay tantas mujeres hermo­sas desde que conocí a Eugenia...!», echó a andar, vol­viéndose camino del Casino.

«Si ella se empeña en preferir al otro, es decir, al uno, soy capaz de una resolución heroica, de algo que ha de espantar por lo magnánimo. Ante todo, quiérame o no me quiera, ¡eso de la hipoteca no puede quedar así! »

Arrancóle del soliloquio un estallido de goce que pare­cía brotar de la serenidad del cielo. Un par de muchachas reían junto a él, y era su risa como el gorjeo de dos pája­ros en una enramada de flores. Clavó un momento sus ojos sedientos de hermosura en aquella pareja de mozas, y apareciéronsele como un solo cuerpo geminado. Iban cogidas de bracete. Y a él le entraron furiosas gams de detenerlas, coger a cada una de un brazo a irse así, en me­dio de eilas, mirando al cielo, adonde el viento de la vida los llevara.

«Pero ¡cuánta mujer hermosa hay desde que conocí a Eugenia! ––se decía, siguiendo en tanto a aquella riente pareja–– ¡esto se ha convertido en un paraíso!; ¡qué ojos!, ¡qué cabellera!, ¡qué risa! La una es rubia y morena la otra; pero ¿cuál es la rubia?, ¿cuál la morena? ¡Se me confunden una en otra! ...»

––Pero, hombre, ¿vas despierto o dormido?

––Hola, Víctor.

––Te esperaba en el Casino, pero como no venías...

––Allá iba...

––¿Allá?, ¿y en esa dirección? ¿Estás loco?

––Sí, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que
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