Niebla miguel de Unamuno prólogo






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de la existencia de usted y no de la mía propia. Va­mos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

––No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...

––Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido a inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?

––¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? ––le repliqué a mi vez.

––En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia independiente de sí.

––¡No, eso no!, ¡eso no! ––le dije vivamente––. Yo ne­cesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contra­diga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.

––Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos...

––Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...

––Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es us­ted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado. Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don Fulgencio...

––No mientes a ese...

––Bueno, basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?

––Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!

––Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es muy feo. Y además, aun supo­niendo su peregrina teoría de que yo no existo de veras y usted sí, de que yo no soy más que un ente de ficción, producto de la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los llamados en­tes de ficción tienen su lógica interna...

––Sí, conozco esa cantata.

––En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hi­ciese...

––Un ser novelesco tal vez...

––¿Entonces?

––Pero un ser nivolesco...

––Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hie­ren en lo más vivo. Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta ló­gica me pide que me suicide...

––¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!

––A ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equi­voco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que el...

––¿Cuál es? ––le pregunté.

Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y len­tamente me dijo:

––Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un autor dramático co­nozca bien a los personajes que finge o cree fingir...

Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Au­gusto, y a perder mi paciencia.

––E insisto ––añadió–– en que aun concedido que us­ted me haya dado el ser y un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide.

––¡Bueno, basta!, ¡basta! ––exclamé dando un puñe­tazo en la camilla–– ¡cállate!, ¡no quiero oír más imperti­nencias...! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!

––¿Cómo? ––exclamó Augusto sobresaltado––, ¿que me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?

––¡Sí, voy a hacer que mueras!

––¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! ––gritó.

––¡Ah! ––le dije mirándole con lástima y rabia––. ¿Conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?

––Sí, no es lo mismo...

––En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dis­puesto a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.

––Se comprende ––observó Augusto––; la cosa era quitar a alguien la vida, matar un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros...

––¡Ah, ya, te entiendo, Augusto, te entiendo! Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauri­cio o a los dos no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?

––¡Mire usted, precisamente a esos... no!

––¿A quién, pues?

––¡A usted! ––y me miró a los ojos.

––¿Cómo? ––exclamé poniéndome en pie––, ¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la imaginación matarme?, ¿tú?, ¿y a mí?

––Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle ser... ficticio?

––¡Esto ya es demasiado ––decía yo paseándome por mi despacho––, esto pasa de la raya! Esto no sucede más que...

––Más que en las nivolas ––concluyó él con sorna.

––¡Bueno, basta!, ¡basta!, ¡basta! ¡Esto no se puede to­lerar! ¡Vienes a consultarme, a mí, y tú empiezas por dis­cutirme mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me salga de...

––No sea usted tan español, don Miguel...

––¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy español, espa­ñol de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna y mi Dios un Dios español, el de Nuestro Señor Don Qui­jote, un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español...

––Bien, ¿y qué? ––me interrumpió, volviéndome a la realidad.

––Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Ma­tarme?, ¿a mí?, ¿tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!

––Pero ¡por Dios!... ––exclamó Augusto, ya suplicante y de miedo tembloroso y pálido.

––No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

––Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...

––¿No pensabas matarte?

––¡Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro... Ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir...

––¡Vaya una vida! ––exclamé.

––Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser bur­lado, aunque otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...

––No puede ser ya... no puede ser...

––Quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo...

––Pero si tú no eres sino lo que yo quiera...

––¡Quiero ser yo, ser yo!, ¡quiero vivir! ––y le lloraba la voz.

––No puede ser... no puede ser...

––Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera... Mire que usted no será usted... que se morirá.

Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:

––¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

––¡No puede ser, pobre Augusto ––le dije cogiéndole una mano y levantándole––, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de noso­tros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme...

––Pero si yo, don Miguel...

––No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto acabes por matarme tú.

––Pero ¿no quedamos en que...?

––No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya escrito y no puedo volverme atrás. Te mori­rás. Para lo que ha de valerte ya la vida...

––Pero... por Dios...

––No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!

––¿Conque no, eh? ––me dijo––, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de fic­ción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivoles­cos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...

––¿Víctima? ––exclamé.

––¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir!, ¡usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y mori­rán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!

Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad, le dejó extenuado al pobre Augusto.

Y le empujé a la puerta, por la que salió cabizbajo. Luego se tanteó como si dudase ya de su propia existen­cia. Yo me enjugué una lágrima furtiva.
XXII
Aquella misma noche se partió Augusto de esta ciudad de Salamanca adonde vino a verme. Fuese con la senten­cia de muerte sobre el corazón y convencido de que no le sería ya hacedero, aunque lo intentara, suicidarse. El pobre­cillo, recordando mi sentencia, procuraba alargar lo más po­sible su vuelta a su casa, pero una misteriosa atracción, un impulso íntimo le arrastraba a ella. Su viaje fue lamentable. Iba en el tren contando los minutos, pero contándolos al pie de la tetra: uno, dos, tres, cuatro... Todas sus desventuras, todo el triste ensueño de sus amores con Eugenia y con Ro­sario, toda la historia tragicómica de su frustrado casa­miento habíanse borrado de su memoria o habíanse más bien fundido en una niebla. Apenas si sentía el contacto del asiento sobre que descansaba ni el peso de su propio cuerpo. «¿Será verdad que no existo realmente? ––se de­cía–– ¿tendrá razón este hombre al decir que no soy más que un producto de su fantasía, un puro ente de ficción?»

Tristísima, dolorosísima había sido últimamente su vida, pero le era mucho más triste, le era más doloroso pensar que todo ello no hubiese sido sino sueño, y no sueño de él, sino sueño mío. La nada le parecía más pa­vorosa que el dolor. ¡Soñar uno que vive... pase, pero que le sueñe otro... !

«Y ¿por qué no he de existir yo? ––se decía––, ¿por qué? Supongamos que es verdad que ese hombre me ha fingido, me ha soñado, me ha producido en su imagina­ción; pero ¿no vivo ya en las de otros, en las de aquellos que lean el relato de mi vida? Y si vivo así en las fanta­sías de varios, ¿no es acaso real lo que es de varios y no de uno solo? Y ¿por qué surgiendo de las páginas del li­bro en que se deposite el relato de mi ficticia vida, o más bien de las mentes de aquellos que la lean ––de vosotros, los que ahora la leéis––, por qué no he de existir como un alma eterna y eternamente dolorosa?, ¿por qué?»

El pobre no podía descansar. Pasaban a su vista los pá­ramos castellanos, ya los encinares, ya los pinares; con­templaba las cimas nevadas de las sierras, y viendo hacia atrás, detrás de su cabeza, envueltas en bruma las figuras de los compañeros y compañeras de su vida, sentíase arrastrado a la muerte.

Llegó a su casa, Ilamó, y Liduvina, que salió a abrirle, palideció al verle.

––¿Qué es eso, Liduvina, de qué te asustas?

––¡Jesús! ¡Jesús! El señorito parece más muerto que vivo... Trae cara de ser del otro mundo...

––Del otro mundo vengo, Liduvina, y al otro mundo voy. Y no estoy ni muerto ni vivo.

––Pero ¿es que se ha vuelto loco? ¡Domingo! ¡Do­mingo!

––No llames a tu marido, Liduvina. Y no estoy loco, ¡no! Ni estoy, te repito, muerto, aunque me moriré muy pronto, ni tampoco vivo.

––Pero ¿qué dice usted?

––Que no existo, Liduvina, que no existo; que soy un ente de ficción, como un personaje de novela...

––¡Bah, cosas de libros! Tome algo fortificante, acués­tese, arrópese y no haga caso de esas fantasías...

––Pero ¿tú crees Liduvina, que yo existo?

––¡Vamos, vamos, déjese de esas andróminas, seño­rito; a cenar y a la cama! ¡Y mañana será otro día!

«Pienso, luego soy ––se decía Augusto, añadiéndose––: Todo lo que piensa es y todo lo que es piensa. Sí, todo lo que es piensa. Soy, luego pienso.»

Al pronto no sentía ganas ningunas de cenar, y no más que por hábito y por acceder a los ruegos de sus fieles sir­vientes pidió le sirviesen un par de huevos pasados por agua, y nada más, una cosa ligerita. Mas a medida que iba comiéndoselos abríasele un extraño apetito, una rabia de comer más y más. Y pidió otros dos huevos, y después un bisteque.

––Así, así ––le decía Liduvina––; coma usted; eso debe de ser debilidad y no más. El que no come se muere.

––Y el que come también, Liduvina ––observó triste­mente Augusto.

––Sí, pero no de hambre.

––¿Y qué más da morirse de hambre que de otra enfer­medad cualquiera?

Y luego pensó: «Pero ¡no, no!, ¡yo no puedo morirme; sólo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morirme... soy inmortal! No hay in­mortalidad como la de aquello que, cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal...»

––¡Soy inmortal!, ¡soy inmortal! ––exclamó Augusto.

––¿Qué dice usted? ––acudió Liduvina.

––Que me traigas ahora... ¡qué sé yo!... jamón en dulce, fiambres, foiegras, lo que haya... ¡Siento un ape­tito voraz!

––Así me gusta verle, señorito, así. ¡Coma, coma, que el que tiene apetito es que está sano y el que está sano vive!

––Pero, Liduvina, ¡yo no vivo!

––Pero ¿qué dice?

––Claro, yo no vivo. Los inmortales no vivimos, y yo no vivo, sobrevivo; ¡yo soy idea!, ¡soy idea!

Empezó a devorar el jamón en dulce. «Pero si como ––se decía––, ¿cómo es que no vivo? ¡Como, luego existo! No cabe duda alguna. Edo, ergo sum! ¿A qué se deberá este voraz apetito?» Y entonces recordó haber leído varias veces que los condenados a muerte en las horas que pasan en capilla se dedican a comer. «¡Es cosa ––pensaba–– de que nunca he podido darme cuenta...! Aquello otro que nos cuenta Renán en su Abadesa de Jouarre se com­prende... Se comprende que una pareja de condenados a muerte, antes de morir, sientan el instinto de sobrevivirse reproduciéndose, pero ¡comer...! Aunque sí, sí, es el cuerpo que se defiende. El alma, al enterarse de que va a morir, se entristece o se exalta, pero el cuerpo, si es un cuerpo sano, entra en apetito furioso. Porque también el cuerpo se entera. Sí, es mi cuerpo, mi cuerpo el que se de­fiende. ¡Como vorazmente, luego voy a morir!»

––Liduvina, tráeme queso y pastas... y fruta...

––Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer daño!

––¿Pues no decías que el que come vive?

––Sí, pero no así, como está usted comiendo ahora... Y ya sabe mi señorito aquello de «más mató la cena, que sanó Avicena».

––A mí no puede matarme la cena.

––¿Por qué?

––Porque no vivo, no existo, ya te lo he dicho.

Liduvina fue a llamar a su marido, a quien dijo:

––Domingo, me parece que el señorito se ha vuelto loco... Dice unas cosas muy raras... cosas de libros... que no existe... qué sé yo...

––¿Qué es eso, señorito? ––le dijo Domingo entrando––, ¿qué le pasa?

––¡Ay, Domingo ––contestó Augusto con voz de fan­tasma––, no lo puedo remediar; siento un terror loco a acostarme!...

––Pues no se acueste.

––No, no, es preciso; no puedo tenerme en pie.

––Yo creo que el señorito debe pasear la cena. Ha ce­nado en demasía.

Intentó ponerse en pie Augusto.

––¿Lo ves, Domingo, lo ves? No puedo tenerme en pie.

––Claro, con tanto embutir en el estómago...

––Al contrario, con lastre se tiene uno mejor en pie. Es que no existo. Mira, ahora poco, al cenar me parecía como si todo eso me fuese cayendo desde la boca en un tonel sin fondo. El que come vive, tiene razón Liduvina, pero el que come como he comido yo esta noche, por de­sesperación, es que no existe. Yo no existo...

––Vaya, vaya, déjese de bobadas; tome su café y su copa, para empujar todo eso y sentarlo, y vamos a dar un paseo. Le acompañaré yo.

––No, no puedo tenerme en pie, ¿lo ves?

––Es verdad.

––Ven que me apoye en ti. Quiero que esta noche duer­mas en mi cuarto, en un colchón que pondremos para ti, que me veles...

––Mejor será, señorito, que yo no me acueste, sino que me quede allí, en una butaca...

––No, no quiero que te acuestes y que te duermas; quiero sentirte dormir, oírte roncar, mejor..

––Como usted quiera...

––Y ahora, mira, tráeme un pliego de papel. Voy a go­ner un telegrama, que enviarás a su destino así que yo me muera...

––Pero ¡señorito!...

––¡Haz lo que te digo!

Domingo obedeció, llevóle el papel y el tintero y Au­gusto escribió:
«Salamanca.
Unamuno.
Se salió usted con la suya. He muerto.
Augusto Pérez.»
––En cuanto me muera lo envías, ¿eh?

––Como usted quiera ––contestó el criado por no dis­cutir más con el amo.

Fueron los dos al cuarto. El pobre Augusto temblaba de tal modo al ir a desnudarse que no podía ni aun co­gerse las ropas para quitárselas.

––¡Desnúdame tú! ––le dijo a Domingo.

––Pero ¿qué le pasa a usted, señorito? ¡Si parece que le ha visto al diablo! Está usted blanco y frlo como la nieve. ¿Quiere que se le llame al médico?

––No, no, es inútil.

––Le calentaremos la cama...

––¿Para qué? ¡Déjalo! Y desnúdame del todo, del todo; déjame como mi madre me parió, como nací... ¡si es que nací!

––¡No diga usted esas cosas, señorito!

––Ahora échame, échame tú mismo a la cama, que no me puedo mover.

El pobre Domingo, aterrado a su vez, acostó a su pobre amo.

––Y ahora, Domingo, ve diciéndome al oído, despa­cito, el padre nuestro, el ave maría y la salve. Así... así... poco a poco... poco a poco... ––y después que los hubo re­petido mentalmente––: Ahora, mira, cógeme la mano dere­cha, sácamela, me parece que no es mía, como si la hu­biese perdido... y ayúdame a que me persigne... así... así... Este brazo debe de estar muerto... Mira a ver si tengo pulso... Ahora déjame, déjame a ver si duermo un poco... pero tápame, tápame bien...

––Sí, mejor es que duerma ––le dijo Domingo, mien­tras le subía el embozo de las mantas––; esto se le pasará durmiendo...

––Sí, durmiendo se me pasará... Pero, di ¿es que no he hecho nunca más que dormir?, ¿más que soñar? ¿Todo eso ha sido más que una niebla?

––Bueno, bueno, déjese de esas cosas. Todo eso no son sino cosas de libros, como dice mi Liduvina.

––Cosas de libros... cosas de libros... ¿Y qué no es cosa de libros, Domingo? ¿Es que antes de haber libros en una u otra forma, antes de haber relatos, de haber palabra, de haber pensamiento, había algo? ¿Y es que después de acabarse el pensamiento quedará algo? ¡Cosas de libros! ¿Y quién no es cosa de libros? ¿Conoces a don Miguel de Unamuno, Domingo?

––Sí, algo he leído de él en los papeles. Dicen que es un señor un poco raro que se dedica a decir verdades que no hacen al caso...

––Pero ¿le conoces?

––¿Yo?, ¿para qué?

––Pues también Unamuno es cosa de libros... Todos lo somos... ¡Y él se morirá, sí, se morirá, se morirá también, aunque no lo quiera... se morirá! Y esa sera mi venganza. ¿No quiere dejarme vivir? ¡Pues se morirá, se morirá, se morirá!

––¡Bueno, déjele en paz a ese señor, que se muera cuando Dios lo haga, y usted a dormirse!

––A dormir... dormir... a soñar...

¡Morir... dormir... dormir... soñar acaso...!

––Pienso, luego soy; soy, luego pienso... ¡No existo, no!, ¡no existo... madre mía! Eugenia... Rosario... Una­muno... ––y se quedó dormido.

Al poco rato se incorporó en la cama lívido, anhelante, con los ojos todos negros y despavoridos, mirando más allá de las tinieblas, y gritando: «¡Eugenia, Eugenia!» Domingo acudió a él. Dejó caer la cabeza sobre el pecho y se quedó muerto.

Cuando llegó el médico se imaginó al pronto que aún vivía, habló de sangrarle, de ponerle sinapismos, pero pronto pudo convencerse de la triste verdad.

––Ha sido cosa del corazón... un ataque de asistolia ––dijo el médico.

––No, señor ––contestó Domingo––, ha sido un asiento. Cenó horriblemente, como no acostumbraba, de una manera desusada en él, como si quisiera...

––Sí, desquitarse de lo que no habría de comer en ade­lante, ¿no es eso? Acaso el corazón presintió su muerte.

––Pues yo ––dijo Liduvina–– creo que ha sido de la cabeza. Es verdad que cenó de un modo disparatado, pero como sin darse cuenta de lo que hacía y diciendo disPa­rates...

––¿Qué disparates? ––preguntó el médico.

––Que él no existía y otras cosas así...

––¿Disparates? ––añadió el médico entre dientes y cual hablando consigo mismo––, ¿quién sabe si existía o no, y menos él mismo...? Uno mismo es quien menos sabe de su existencia... No se existe sino para los demás...

Y luego en voz alta agregó:

––El corazón, el estómago y la cabeza son los tres una sola y misma cosa.

––Sí, forman parte del cuerpo ––dijo Domingo.

––Y el cuerpo es una sola y misma cosa.

––¡Sin duda!

––Pero más que usted lo cree...

––¿Y usted sabe, señor mío, cuánto lo creo yo?

––También es cierto, y veo que no es usted torpe.

––No me tengo por tal, señor médico, y no comprendo a esas gentes que a cualquier persona con quien tropiezan parecen estimarla tonta mientras no pruebe lo contrario.

––Bueno, pues, como iba diciendo ––siguió el mé­dico––, el estómago elabora los jugos que hacen la san­gre, el corazón riega con ellos a la cabeza y al estómago para que funcione, y la cabeza rige los movimientos del estómago y del corazón. Y por lo tanto este señor don Au­gusto ha muerto de las tres cosas, de todo el cuerpo, por síntesis.

––Pues yo creo ––intervino Liduvina–– que a mi seño­rito se le había metido en la cabeza morirse, y ¡claro!, el que se empeña en morir, al fin se muere.

––¡Es claro! ––dijo el médico––. Si uno no creyese morirse, ni aun hallándose en la agonía, acaso no moriría. Pero así que le entre la menor duda de que no puede me­nos de morir, está perdido.

––Lo de mi señorito ha sido un suicidio y nada más que un suicidio. Ponerse a cenar como cenó viniendo como venía es un suicidio y nada más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!

––Disgustos acaso...

––Y grandes, ¡muy grandes! ¡Mujeres!

––¡Ya, ya! Pero, en fin, la cosa no tiene ya otro reme­dio que preparar el entierro.

Domingo lloraba.
XXXIII
Cuando recibí el telegrama comunicándome la muerte del pobre Augusto, y supe luego las circunstan­cias todas de ella, me quedé pensando en si hice o no bien en decirle lo que le dije la tarde aquella en que vino a visitarme y consultar conmigo su propósito de suici­darse. Y hasta me arrepentí de haberle matado. Llegué a pensar que tenía él razón y que debí haberle dejado sa­lirse con la suya, suicidándose. Y se me ocurrió si le re­sucitaría.

«Sí ––me dije––, voy a resucitarle y que haga luego lo que se le antoje, que se suicide si es así su capricho.» Y con esta idea de resucitarle me quedé dormido.

A poco de haberme dormido se me apareció Augusto en sueños. Estaba blanco, con la blancura de una nube, y sus contornos iluminados como por un sol poniente. Me miró fijamente y me dijo:

––¡Aquí estoy otra vez!

––¿A qué vienes? ––le dije.

––A despedirme de usted, don Miguel, a despedirme de usted hasta la eternidad y a mandarle, así, a mandarle, no a rogarle, a mandarle que escriba usted la nivola de mis aventuras...

––¡Está ya escrita!

––Lo sé, todo está escrito. Y vengo también a decirle que eso que usted ha pensado de resucitarme para que luego me quite yo a mí mismo la vida es un disparate, más aún, es una imposibilidad...

––¿Imposibilidad? ––le dije yo; por supuesto, todo esto en sueños.

––¡Sí, una imposibilidad! Aquella tarde en que nos vi­mos y hablamos en el despacho de usted, ¿recuerda?, es­tando usted despierto y no como ahora, dormido y so­ñando, le dije a usted que nosotros, los entes de ficción, según usted, tenemos nuestra lógica y que no sirve que quien nos finge pretenda hacer de nosotros lo que le dé la gana, ¿recuerda?

––Sí que lo recuerdo.

––Y ahora de seguro que, aunque tan español, no ten­drá usted real gana de nada, ¿verdad, don Miguel?

––No, no siento gana de nada.

––No, el que duerme y sueña no tiene reales ganas de nada. Y usted y sus compatriotas duermen y sueñan, y sueñan que tienen ganas, pero no las tienen de veras.

––Da gracias a que estoy durmiendo ––le dije––, que si no...

––Es igual. Y respecto a eso de resucitarme he de de­cirle que no le es hacedero, que no lo puede aunque lo quiera o aunque sueñe que lo quiere...

––Pero ¡hombre!

––Sí, a un ente de ficción, como a uno de carne y hueso, a lo que llama usted hombre de carne y hueso y no de ficción de carne y de ficción de hueso, puede uno en­gendrarlo y lo puede matar; pero una vez que lo mató no puede, ¡no!, no puede resucitarlo. Hacer un hombre mor­tal y carnal, de carne y hueso, que respire aire, es cosa fá­cil, muy fácil, demasiado fácil por desgracia... matar a un hombre mortal y carnal, de carne y hueso, que respire aire, es cosa fácil, muy fácil, demasiado fácil por desgra­cia... pero ¿resucitarlo?, ¡resucitarlo es imposible!

––¡En efecto ––le dije––, es imposible!

––Pues lo mismo ––me contestó––, exactamente lo mismo sucede con eso que usted llama entes de ficción; es fácil darnos ser, acaso demasiado fácil, y es fácil, faci­lísimo, matarnos, acaso demasiadamente demasiado fá­cil, pero ¿resucitamos?, no hay quien haya resucitado de veras a un ente de ficción que de veras se hubiese muerto. ¿Cree usted posible resucitar a don Quijote? ––me pre­guntó.

––¡Imposible! ––contesté.

––Pues en el mismo caso estamos todos los demás en­tes de ficción.

––¿Y si te vuelvo a soñar?

––No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese que us­ted vuelva a soñar y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi querido don Miguel, no vaya a ser que sea usted el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto... no vaya a ser que no pase usted de un pretexto para que mi historia, y otras historias como la mía, corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo, llevemos su alma noso­tros. No, no, no se altere usted, que aunque dormido y so­ñando aún vivo. ¡Y ahora, adiós!

Y se disipó en la niebla negra.

Yo soñé luego que me moría, y en el momento mismo en que soñaba dar el último respiro me desperté con cierta opresión en el pecho.

Y aquí está la historia de Augusto Pérez.
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