Cartas a las siete iglesias






descargar 489.3 Kb.
títuloCartas a las siete iglesias
página9/18
fecha de publicación02.07.2016
tamaño489.3 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   18

EL LIBRO ABIERTO
Después de tantas visiones de destrucción el horizonte se abre a la luz. Tras las seis primeras trompetas la narración se queda en suspenso. Cuando se espera el toque de la séptima, Juan se interrumpe y, antes de hacerla resonar, nos ofrece un interludio radiante de esperanza. Aparece un ángel envuelto en la luz divina. El arco iris, signo del final del diluvio y del comienzo de la paz y de la alianza entre el Creador y la creación entera (Gn 9), ciñe al ángel como una diadema. Las nubes de la tormenta se abren y dejan pasar los rayos de la luz divina.

La visión de las trompetas nos ha mostrado que Dios está presente en medio de las calamidades, llevando a cumplimiento su plan de salvación. Juan desea una vez más hacerlo explícito con la visión del pequeño libro y la de los dos testigos. Como después de la visión del sexto sello, también después de la sexta trompeta, la narración se interrumpe para encender la esperanza de los fieles, invitándoles a confiar en la presencia de Dios en medio de ellos.

Aquí, en el centro del Apocalipsis, nos encontramos con una segunda llamada de Juan. El lugar es el mismo de la primera vocación: Patmos. A Juan se le aparece un ángel de dimensiones inmensas. Juan le ve con un pie en tierra firme y otro en el mar. Su estatura alcanza a las nubes, que circundan su cuerpo como un vestido (Sal 104,3). Su rostro, semejante al sol, irradia esplendor. La narración de esta aparición del ángel está hecha con los símbolos que en la primera vocación de Juan (1,9) acompañaban al Hijo del Hombre. El esplendor de esta gloria celestial muestra que el ángel es un enviado de Dios y del Cordero.

Sin embargo el ángel no ocupa el centro de la escena. Todo su esplendor no es más que el marco del pequeño libro abierto, que el ángel tiene en su mano derecha: “Vi también a otro ángel poderoso, que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego. En su mano tenía un librito abierto. Puso el pie derecho sobre el mar y izquierdo sobre la tierra, y gritó con fuerte voz, como ruge el león. Y cuando gritó, siete truenos hicieron oír su fragor” (10,1-3).

Se dice expresamente que el libro es pequeño. Con esto nos da a entender que este libro contiene un mensaje particular, tomado del gran libro de los siete sellos, es decir, dentro del plan salvífico de Dios. Ese gran libro ha sido completamente abierto (8,1), por lo que tampoco esta pequeña parte está cerrada. Sin embargo, antes de que el ángel muestre al Vidente el pequeño libro, dándole a conocer su mensaje, irrumpe con un gran grito, que Juan, lo mismo que Oseas y Amós (Os 11,10), compara con el rugido del león. ¿Por qué esta comparación? Porque en la tradición profética Dios es comparado a un león que ruge cuando va a devorar a los enemigos de su pueblo (Am 1,2; Jl 4,16; Jr 25,30). El más expresivo es Amós: “Ruge el león, ¿quién no temerá? Habla el Señor Yahveh, ¿quién no profetizará?” (Am 3,8).

Al grito potente del ángel responde, como un eco, la voz de los siete truenos. En la Biblia el trueno es usado constantemente como metáfora de la voz de Dios (Sal 18,14; 29,3; Jr 25,30s; Jn 12,28s). El salmo 29 describe la revelación de la gloria de Dios en la tormenta, repitiendo siete veces que la voz de Yahveh truena. Es normal ver en la voz de los siete truenos la respuesta de Dios al grito del ángel. El número siete apoya esta interpretación. Juan ha entendido lo que ha gritado el ángel y también la respuesta de Dios y se dispone a ponerlo por escrito, en conformidad con la misión recibida (1,19). Pero Dios se lo prohíbe. Hay revelaciones de Dios destinadas a la iluminación y a la consolación estrictamente personales (2Co 12,4). Los elegidos de Dios tienen sus revelaciones particulares, como ayuda para cumplir su misión: “Apenas hicieron oír su voz los siete truenos, me disponía a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: Sella lo que han dicho los siete truenos y no lo escribas” (10,4).


También a Daniel se le ordena en un cierto momento que selle el libro de las revelaciones recibidas hasta que llegue el momento final y se manifieste a todos el designio de Dios: “Y tú, Daniel, guarda estas palabras y sella el libro hasta el momento final. Muchos lo consultarán y aumentarán su saber” (Dn 12,4).

De nuevo Juan nos presenta la imagen potente del ángel, que con un juramento sobre el Creador anuncia que “el misterio de Dios”, escondido desde la eternidad (Ef 3,9), ha comenzado a manifestarse (Dn 12,5-7). El cumplimiento de la promesa salvífica, que Dios ha confiado a sus enviados, no soporta más dilaciones. Ha llegado la hora de su realización: “Entonces el angel que había visto yo de pie sobre el mar y la tierra, levantó al cielo su mano derecha y juró por el que vive por los siglos de los siglos, el que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto hay en ella, el mar y cuanto hay en él: ¡Ya no habrá dilación! sino que en los días en que se oiga la voz del séptimo ángel, cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el Misterio de Dios, según lo había anunciado como buena nueva a sus siervos los profetas” (10,5-7).

El mensaje del ángel es una buena noticia: llega el fin, es decir, llega el reino de Dios y del Mesías, cuya venida implora ardientemente la Iglesia con constancia, pues supone la aniquilación total y definitiva del maligno, de Satanás, el adversario de Dios. Los anuncios hechos por Dios a sus profetas y transmitidos por ellos llegan a su cumplimiento. Los cantos de victoria ya se oyen en el coro celeste, anticipando el triunfo final (11,15ss).

La voz del cielo trae otro mensaje personal para Juan: “Y la voz de cielo que yo había oído me habló otra vez y me dijo: Vete, toma el librito que está abierto en la mano del ángel, el que está de pie sobre el mar y sobre la tierra. Fui donde el ángel y le dije que me diera el librito. Y me dice: Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel” (10,8-9). El mensajero de la Palabra de Dios es invitado a comerla, a hacerla suya antes de anunciarla a los demás. Juan escucha la misma palabra que antes había escuchado el profeta Ezequiel, en la visión de su vocación (Ez 2,8-3,3). El rollo, que come Ezequiel, contenía lamentaciones, suspiros y amenazas, es decir, toda su predicación y vida.

La vocación de Juan, como la de todo profeta, comporta el gozo de la comunicación con Dios, gustar la palabra que Dios pone en su boca, con la que le transmite su amor de elección, su fuerza, su protección. Es el gusto, más dulce que la miel (Sal 19,11;119,103), de la unión con Dios. Pero comporta también participar de la amargura del mensaje, que anuncia el juicio sobre naciones. El profeta sufre con la palabra, que le arde en las entrañas. Antes que Juan, como ningún otro, lo experimentó Jeremías (Jr 11,21; 15,10-12; 20,7-18; 23,29). La palabra gustada en la boca, amarga en las entrañas: “Tomé el librito de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas” (10,10).

Ser heraldo de Dios y llevar su palabra es su gloria y su miseria. Lo que proclama puede ser acogido o rechazado y él participa de su acogida y de su rechazo. El llamado por Dios como profeta ha de aceptar el sufrimiento que le acarreará la misión profética. Permanece cautivo de la palabra de Dios, sin posibilidad de escapar de ella. Una vez ligado a Dios, su suerte es la de Dios. Caminarán juntos, inseparables hasta el martirio.

El pequeño libro, que el ángel tiene en su mano, está abierto, significando que su contenido no debe permanecer secreto, sino que ha de ser comunicado a las Iglesias. La voz del cielo invita a Juan a acercarse al ángel para recibir el libro. Con la entrega del libro Juan es llamado una segunda vez a contemplar la fase final de la historia de la salvación, que se espera con el sonido de la séptima trompeta. Y, al invitarle a contemplar el final, se le invita igualmente a proclamar cuanto se le muestra, sin ocultar las terribles imágenes de la lucha final de la Iglesia: “Entonces me dicen: tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10,11).


LOS DOS TESTIGOS
En el interludio, antes de la séptima trompeta, tenemos aún dos visiones: una en la que se mide el templo y la de los dos testigos, que aparecen en la ciudad santa ocupada por los paganos.

Después de recibir el libro que debe devorar, a Juan le ponen entre las manos una caña de medir parecida a una vara. La acción de medir el templo se le encomienda al mismo Juan y no a un ángel: “Luego me fue dada una caña de medir parecida a una vara, diciéndome: Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él. El patio exterior del Santuario, déjalo aparte, no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, que pisotearán la Ciudad Santa 42 meses” (11,1-2). La imagen evoca, además del templo de Jerusalén, ahora destruido, los episodios narrados por Ezequiel (Ez 40,3-47) y Zacarías (Za 2,5-9).

El hecho de no medir una gran parte del templo, es decir, de la Iglesia, es el signo de que la misma Iglesia sufrirá la calamidad anunciada y sólo un resto, purificado y fortalecido con la lucha, permanecerá firme en la fe. La fe y el culto permanecerán intactos entre los fieles del Señor. El santo, el santo de los santos y el patio interior son medidos, es decir, preservados de la destrucción. Se abandona a la devastación el patio exterior y su entorno, la ciudad de Jerusalén (Is 48,2; Dn 9,24; Mt 27,53; Lc 21,24). Las fuerzas del mal nunca podrán tocar la vida íntima de la Iglesia. El corazón de la Iglesia es intocable, su vestido exterior, sus estructuras externas sí, están siempre expuestas al odio de sus enemigos y a la mediocridad de sus mismos fieles.

El dato cronológico, cuarenta y dos meses (11,2; 13,5) o mil doscientos sesenta días (11,3; 12,6) equivale a tres años y medio (12,4) y está tomado del libro de Daniel, donde se dice que la dominación de Antíoco IV sobre Jerusalén durará “un tiempo, dos tiempos y medio tiempo” (Dn 7,25; 12,7) o “media semana” de años (Dn 9,27). Se trata siempre de la mitad del número siete. Mientras el dominio de Dios es eterno, al enemigo de Dios se le da un tiempo limitado, reducido a la mitad. La Iglesia, a pesar de todas las tribulaciones que encuentra en su historia, siempre es salvada por Dios, que nunca permitirá a su adversario un logro total y definitivo.

Incluso en los momentos más difíciles, la Iglesia seguirá proclamando el Evangelio en medio del mundo, bajo la protección de Dios, que pone en su boca la palabra y le da parresía para anunciarla desde los tejados de la ciudad. Este es el significado de la imagen de los dos testigos, inspirada en el profeta Zacarías (Za 4,1-14), que presenta a los dos guías del retorno del exilio de Babilonia, el sacerdote Josué y el gobernador Zorobabel. La misión de la Iglesia es dar testimonio de Jesucristo (6,9; 12,11.17; 19,10) ante la humanidad de todos los lugares y tiempos (Mt 28,28s): “Pero haré que mis dos testigos profeticen durante 1260 días, cubiertos de sayal. Ellos son los dos olivos y los dos candeleros que están en pie delante del Señor de la tierra” (11,3-4).

Los paganos profanan el patio exterior del templo durante cuarenta y dos meses. Los dos testigos profetizan durante mil doscientos días. Se trata del mismo tiempo, medido en meses o en días. La Iglesia será siempre perseguida, pero nunca le faltarán testigos, que den testimonio de Cristo con su vida y con su palabra. Derramando su sangre en la persecución darán el testimonio supremo de su fe. El martirio es la expresión plena de amor y de la vida eterna.


Los dos testigos, vestidos de saco, están llamados, en medio de la apostasía, a llamar a los hombres a conversión (Gn 37,34; Is 37,1; 58,5; Mt 11,21). Los dos testigos son dos olivos y dos candeleros, que están ante el Señor de toda la tierra (11,4). Su misión, como la de toda la Iglesia (1,6; 5,10), es sacerdotal y real. Ungidos con el oleo del Señor, difunden la luz de su verdad en las tinieblas de la ciudad profanada. Para realizar su misión en un ambiente hostil, Dios les da poderes particulares, como a Moisés y al profeta Elías (2R 1,10-14). Dios les hace invulnerables a los asaltos del mal, poniéndose de su parte como fuego devorador. Como Elías (1R 17,1; St 5,17-18), los dos testigos reciben el poder de cerrar el cielo para que no caiga la lluvia: “Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos; si alguien pretendiera hacerles mal, así tendría que morir. Estos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva los días en que profeticen; tienen también poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y poder de herir la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran” (11,5-6).

A quienes rechazan su palabra les toca la suerte de los enemigos de Elías (2S 1,9-14; 1R 17,1; Lc 4,25; St 5,17) o de Moisés (Nm 16,25-35; Ex 7,14-12,33). Ningún poder humano puede apagar el testimonio de los elegidos de Dios. Pero, una vez cumplida su misión, los dos testigos sellan su testimonio con el martirio. Su sangre queda en la plaza de la ciudad confirmando la verdad de su testimonio: “Pero cuando hayan terminado de dar testimonio, la Bestia que surja del Abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. Y sus cadáveres quedarán expuestos en la plaza de la Gran Ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado” (11,7-8).

La bestia, que sube desde el abismo infernal, se ensaña contra la Iglesia, simbolizada en los dos testigos, hasta después de muertos. El lugar donde actúa la bestia es la “ciudad santa” abandonada a los paganos (11,2), que después de este delito recibe el calificativo de la “gran ciudad”, llamada con los nombres de las ciudades malvadas, enemigas del pueblo de Dios: Egipto, tipo de la tiranía (Sb 19,13-17) o Sodoma, tipo de la perversión moral (Is 1,9; 3,9; Ez 16,46-50); y finalmente, Babilonia, residencia del Anticristo (16,19; 17,18; 18,10.16-21). Puede referirse también a Jerusalén, que no es sólo la ciudad santa, sino “que mata a los profetas” (Mt 23,37). Seguramente es Roma donde mueren mártires Pedro y Pablo.

Dejar sin sepultura un cadáver es la injuria suprema que se puede hacer a una persona (Sal 79,2-3;Jr 8,1-2; 16,4; 25,33; 2M 5,10). A Cristo no se le hizo esta injuria (Mt 27,57-61; Mc 15,42-47; Lc 23,50-55; Jn 19,38-42). En pocos textos de la Escritura se habla con tanta crudeza de las consecuencias que afronta el cristiano por dar testimonio de Cristo. El mundo “se alegra, se intercambian regalos, se hace fiesta” (11,10) por su muerte. Jesús lo había anunciado: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará” (Jn 16,20).

Las mismas potencias que crucificaron a Cristo son las que ahora persiguen a la Iglesia. La muerte de Cristo continúa en el martirio de sus fieles. El testimonio sellado con la sangre de los fieles ilumina a los llamados por Dios y es piedra de tropiezo y escándalo para los sometidos al dominio de la bestia, que celebran la muerte de los justos, porque su palabra y su vida es una condena de sus obras. Al ver su boca reducida al silencio, respiran, se alegran y cantan con júbilo: “Y gentes de los pueblos, razas, lenguas y naciones, contemplarán sus cadáveres tres días y medio: no está permitido sepultar sus cadáveres. Los habitantes de la tierra se alegran y se regocijan por causa de ellos, y se intercambian regalos, porque estos dos profetas habían atormentado a los habitantes de la tierra” (11,9,10).

Pero el triunfo de los malvados es efímero; sólo dura tres días y medio, la mitad de una semana, símbolo de imperfección y caducidad. Después, como Cristo resucita al tercer día y hace enmudecer a sus enemigos, así acontece con sus seguidores. Como el testigo fiel vuelve a la vida glorioso, así sus discípulos reciben un hálito de vida (Ez 37,5.10) y son glorificados por Dios Padre: “Pero, pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban” (11,11).

La resurrección y ascensión al cielo se cumple delante de sus enemigos, que quedan llenos de espanto. El júbilo de “los habitantes de la tierra” se cambia en angustia y terror. En el triunfo de los dos testigos ven el juicio de Dios sobre sus obras: “Oí entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: Subid acá. Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos” (11,12).


Como en la muerte de Cristo, también ahora sigue un gran terremoto (Mt 28,2), que reduce a ruinas la décima parte de la ciudad, enterrando bajo los escombros a otros tantos habitantes. Pero el interludio termina con una constatación consoladora: lo que los dos testigos no habían conseguido con su palabra lo logran ahora con su muerte. Los sobrevivientes se convierten y dan gloria a Dios: “En aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron 7.000 personas. Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo” (11,13).
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   18

similar:

Cartas a las siete iglesias icon1. las cartas de san pablo
«Con Cristo estoy crucificado; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). De esta identificación arranca...

Cartas a las siete iglesias iconLa voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse,...

Cartas a las siete iglesias iconEn Francia, el petrarquismo se cultiva, sobre todo, en el grupo de...

Cartas a las siete iglesias iconConferencia dada en Londres por C. Jinarajadasa
«Dios» en los primitivos documentos archivados en la S. T., es decir, en las cartas del Adepto Serapis, dirigidas en 1875 al coronel...

Cartas a las siete iglesias iconCartas de colaboración para la página Resucitemos los sueños de Ana...

Cartas a las siete iglesias iconLa música y los conflictos en las iglesias

Cartas a las siete iglesias iconSignificado de las siglas junto a las fechas de las cartas

Cartas a las siete iglesias iconUé opinión tiene usted de Harold Camping? Por si no sabe quién es...
«en muchos lugares se le abrían de par en par las iglesias protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para...

Cartas a las siete iglesias iconCartas del diablo a su sobrino
«mu chos de los consejos que se daban en estas cartas le parecían no sólo erróneos, sino decididamente diabólicos»

Cartas a las siete iglesias iconCars las cartas playing cards las fiestas






© 2015
contactos
l.exam-10.com