Cartas a las siete iglesias






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EL SÉPTIMO SELLO
Después de la contemplación de la gloria de los elegidos, que han pasado a través de la tribulación siguiendo al Cordero, Juan vuelve la mirada al libro de los siete sellos y aguarda la apertura del último sello. Con la apertura del séptimo sello podrá conocer y anunciar el contenido del rollo: “Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora” (8,1).


El silencio de los coros celestes durante media hora, un breve tiempo largísimo, (en la tierra se suele hacer un minuto de silencio o al máximo tres minutos), expresa gráficamente la tensión con que se espera la conclusión definitiva del plan divino de la salvación. El Antiguo Testamento nos habla frecuentemente del silencio ante Dios que viene, del silencio como condición preliminar de una manifestación solemne del Señor. El salmista nos dice que “la tierra, amedrentada, hace silencio cuando Dios se levanta a juzgar, a salvar a los humildes de la tierra” (Sal 76,9-10). Los profetas invitan a la tierra entera (o a toda carne : Za 2,17) a hacer silencio ante el Señor (Ab 2,20). Y más explícito aún, el profeta Sofonías dice: “¡Silencio ante el Señor Yahveh, que está cerca el día de Yahveh!” (So 1,7).

Del séptimo sello se desprenden siete tribulaciones, presentadas en la visión de las siete trompetas. El sello permanece abierto y Juan comienza de nuevo con otro septenario.
LAS SIETE TROMPETAS: 8,1-11,19
EL INCENSARIO DE ORO
Antes de que se desencadenen los flagelos que devastarán el mundo impío, Juan anota: “Y cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo durante media hora” (8,1). ¿Por qué este silencio? En la tradición profética este silencio anuncia una teofanía, una intervención estrepitosa de Dios (Ab 2,20; Za 2,17): “Silencio ante el Señor Yahveh, porque el día de Yahveh está cerca” (So 1,7). Las trompetas anuncian, pues, la irrupción de los últimos tiempos en el mundo y en la historia de la humanidad (Gl 2,1; So 1,16; 1T 4,16).

La visión de las trompetas, como la de los sellos, comienza con una celebración litúrgica en el templo del cielo, semejante a la liturgia del templo de Jerusalén. Los sacerdotes encargados del sacrificio del incienso tomaban las ascuas ardientes del altar de los sacrificios y, en vasos de oro, las llevaban al altar de los perfumes, echando después sobre ellas los granos de incienso. Mientras se realizaban estos ritos, otros sacerdotes tocaban las trompetas, con las que invitaban al pueblo a unirse a la celebración, adorando a Dios (Ex 30,1-10). El humo que sube a Dios es símbolo de la oración del pueblo: “Como incienso suba a ti mi oración, mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde” (Sal 141,2).

En la liturgia del cielo los ángeles sustituyen a los sacerdotes: “se dan los instrumentos a los ángeles que están en la presencia de Dios” (Tb 12,15). La apocalíptica judía a los ángeles que ejercen como centinelas y están situados cerca del trono de Dios les llama “ángeles del rostro” (Is 63,9) o “angeles de la presencia” o también “arcángeles”.10 Siete de estos ángeles que están en la presencia de Dios “reciben siete trompetas” (8,2). La trompeta, según la Escritura, sirve para anunciar los acontecimientos escatológicos (Mt 24,31; 1Co 15,52; 1Ts 4,16).

Estamos en la media hora de silencio. Antes de que los siete ángeles comiencen a sonar las trompetas, otro ángel se acerca al altar para incensar las oraciones de los santos: “Otro ángel vino y se puso junto al altar con un incensario de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra” (8,3-5).

Las copas de oro de la liturgia “están llenas de perfumes, que son las plegarias de los santos” (5,8). La nube perfumada del incienso con la oración de los fieles se eleva hacia Dios. Los ángeles hacen suya la oración que sube desde la tierra y la presentan ante Dios (Tb 12,12). Dios acoge como aroma agradable estas plegarias de los fieles, hechas en comunión con Cristo y sostenidas por el Espíritu Santo, a quien Pablo atribuye lo que el Apocalipsis dice de los ángeles: “De igual manera el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza: pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rm 8,26-27).


La oración de la tierra se une a la plegaria del cielo. La oración de los cristianos, los santos de la tierra, se une a la de los santos del cielo, formando una única plegaria. La “gran nube de testigos” (Hb 12,1) que forman los santos de la Antigua y de la Nueva Alianza, que nos han precedido en el camino de la fe, constituye “la asamblea solemne de los primogénitos inscritos en el cielo” (Hb 12,23) a la que se unen los cristianos que aún están en la tierra (Hb 12, 22).

En el cuadro de silencio y paz, de repente irrumpe una acción sorprendente. Con las ascuas ardientes del altar el ángel llena el incensario y lo arroja sobre la tierra (Ez 10,2). Juan no nos ha dado ninguna explicación de esta acción simbólica. Nos muestra sólo sus efectos. Al silencio y alabanza de la liturgia celeste siguen una manifestación clamorosa de “truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra” (8,5). Dios irrumpe en la historia para cancelar el mal y sus consecuencias. Dios actúa en la historia, hiere y sana, castiga y salva. Roto el silencio celeste, “los siete Angeles de las siete trompetas se dispusieron a tocar” (8,6).
LAS CUATRO PRIMERAS TROMPETAS
Como en la visión de los sellos, también las cuatro primeras trompetas forman una unidad. Las cuatro primeras plagas no golpean directamente al hombre, sino sólo su ambiente vital, como los correspondientes cuatro primeros sellos. Conviene recordar aquí que la descripción de cada una de las catástrofes, inspiradas en las plagas de Egipto (Ex 7,14-11,10) y en la destrucción de Sodoma, es una descripción simbólica y no realística ni cronológica. Tampoco nos hallamos aún en la narración del final de la historia, a pesar de las apariencias. Cada plaga se limita a un tercio del ambiente al que afecta. Con esta limitación las plagas son una amenaza y, al mismo tiempo, una llamada a la conversión. Aún queda un tiempo de gracia para la conversión de vida.

Las desgracias que se desprenden al toque de cada trompeta tienen una correspondencia con las plagas de Egipto. En Egipto, como aquí, a la intervención de Dios precede el grito, el gemido de los hijos de Israel, oprimidos por la dura esclavitud: “Los israelitas gemían y se lamentaban de su servidumbre y su grito subió a Dios. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob” (Ex 2,23-24). Escuchada la oración de Israel, Dios interviene. Dios escucha el grito de los afligidos que claman a Él (Dt 24,25; Si 35,13; Lc 18,7-8; St 5,4-5). Es lo que ahora nos presenta Juan con el septenario de las trompetas.

La primera trompeta anuncia las desgracias de la tierra firme. El fuego abrasa campos, bosques y prados: “Tocó el primero... Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra: la tercera parte de la tierra quedó abrasada, la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada” (8,7).

El primer ángel con su toque de trompeta introduce una plaga semejante a la séptima que asoló la tierra de Egipto con sus granizos y relámpagos (Ex 9,23-25). Estas imágenes dramáticas tienen como finalidad escenificar el juicio divino sobre la historia humana. Pero aún no se trata del juicio final y definitivo. De hecho afecta sólo a un tercio de la tierra, una medida simbólica, que indica parcialidad y limitación. Es una sacudida de la tierra controlada por Dios, que no busca destruir la creación, sino corregir a los hombres.

Al segundo sonido de la trompeta es golpeado el mar, en el que cae una montaña de fuego, destruyendo una tercera parte de los peces: “Tocó el segundo ángel... Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Pereció la tercera parte de las criaturas del mar que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida” (8,8-9). El mar que se transforma parcialmente en sangre nos recuerda la primera plaga de Egipto, en la que las aguas del Nilo su convierten en sangre (Ex 7,20-21). En la primera trompeta se golpea la tierra, en la segunda toca al mar. Toda la creación participa de la condenación y del juicio, como participará también de la liberación (Rm 8,20-21).


Al toque de la tercera trompeta sucede algo extraordinario. Una estrella incandescente, como un meteorito, cae del cielo a la tierra, envenenando un tercio de las aguas dulces, es decir, de las aguas potables: “Tocó el tercer ángel... Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua. La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas” (8,10-11). La estrella recibe el nombre de Ajenjo, un término que indica un licor amargo (Jr 9,14-16; 23,15; Lm 3,15) y que puede ser sinónimo de veneno. Aquí se alude al episodio de “las aguas amargas” que los israelitas encontraron en el desierto durante su camino hacia la tierra prometida (Ex 15,23-26). Como en los casos precedentes la desgracia afecta sólo a un tercio de las aguas dulces. Se trata, por tanto, de una intervención divina que anuncia el juicio, pero que da un tiempo para la conversión.

Algunos comentaristas del Apocalipsis ven en la caída de esta estrella el símbolo de la caída de los ángeles rebeldes a Dios. Jesús alude a esta caída cuando dice a sus discípulos: “Yo veía a Satanás caer como un rayo” (Lc 10,18). También en la elegía satírica sobre el rey de Babilonia, el profeta Isaías canta la caída de este soberano desde el cielo al abismo. El título de este rey era “Lucero de la mañana” o “Lucifer” (Is 14,11-12).

La cuarta trompeta nos hace dirigir la mirada desde la tierra y las aguas al cielo y a los aires. La cuarta plaga limita aún más la vida sobre la tierra. La luz, sin la que nada crece ni madura, disminuye en una tercera parte. Las fuentes de la luz se oscurecen, perdiendo una tercera parte de su luminosidad: “Tocó el cuarto ángel... Entonces fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas; quedó en sombra la tercera parte de ellos; el día perdió una tercera parte de su claridad y lo mismo la noche” (8,12). La novena plaga de Egipto consistió en el oscurecimiento del sol y de los astros (Ex 10,21-23). Ahora la desgracia toca al sol, la luna y las estrellas. Es una imagen que se repite en la literatura apocalíptica (Jl 2,10; 3,15; Am 8,9; Mt 24,29). Pero las tinieblas no reinan aún sobre toda la tierra, la luz sólo disminuye en un tercio. Estamos, pues, ante un anuncio del juicio divino, aún no en el juicio. Todavía Dios, en su paciencia, ofrece un tiempo de conversión.
QUINTA Y SEXTA TROMPETA
A las tres últimas trompetas, que anuncian plagas que hieren directamente al hombre, les precede un grito de águila que, desde lo alto del cielo, contempla la tierra y deja oír su lamento: “Y seguí viendo: Oí un Águila que volaba por lo alto del cielo y decía con fuerte voz: ¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, cuando suenen las voces que quedan de las trompetas de los tres ángeles que van a tocar!” (8,13).

La aparición del águila puede tener un significado positivo, como una palabra de Dios que amonesta a los hombres, deseando evitarles las plagas de las últimas trompetas. En el Éxodo Dios es representado bajo la imagen del águila que protege a sus polluelos, llevándoles sobre sus alas (Ex 19,4; Dt 32,11).

Las plagas que restan superan toda capacidad natural, son plagas sobrenaturales, no provienen del espacio cósmico, sino del reino del demonio. Con estos azotes entran en escena las potencias que se oponen a Dios con todo su ser. La mentira y el odio caracterizan sus actos. Sin embargo también aquí se encuentra la forma pasiva del verbo “les fue dado” que tiene siempre a Dios como sujeto. Dependiendo su acción de cuanto Dios les permite hacer, su poder está limitado y, en realidad, todo cuanto hacen está encaminado a conducir al hombre sobre el recto camino, es gracia que llama al hombre a conversión.


Al sonido de la quinta trompeta, una estrella cae del cielo a la tierra. Una estrella caída es símbolo de un ángel caído (9,1; 12,9; Lc 10,18). La caída del ángel desencadena las tinieblas del infierno sobre la tierra (Jdt 6,2; 2P 2,4), en concreto, sobre el hombre: “Tocó el quinto ángel... Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo. Abrió el pozo del Abismo y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo” (9,1-2).

Del humo surgen imágenes demoniacas, que se difunden sobre la tierra. Las imágenes con que describe el Apocalipsis estas acciones del diablo están tomadas de la octava plaga de Egipto (Ex 10,12-15), de la invasión de saltamontes del profeta Joel (Jl 1-2) y de la destrucción de Sodoma (Gn 19,28). Pero estos animales, al contrario de los saltamontes que atacan a las plantas, son como escorpiones, que atacan a los hombres, si bien sólo a los que no llevan en la frente la marca del Cordero. El infierno no tiene ningún poder sobre los elegidos de Dios: “De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra. Se les dijo que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol; sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios” (9,3-4).

Dios impone a los demonios un tríplice límite: en el tiempo, sólo pueden atormentar al hombre durante cinco meses; no a todos los hombres, sino sólo a los que no llevan en la frente el sello divino de la fe y de la salvación (7,2-4) ; y no les pueden matar, sino sólo atormentarles: “Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien. En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos” (9,5-6).

La descripción del tormento terrible de esta quinta plaga (9,7-12) está modelada sobre algunos textos bíblicos (Os 10,8; Lc 23,30) que meten en escena a “quienes esperan la muerte y ésta no llega, aunque la busquen con más ansia que un tesoro” (Jb 3,21). El profeta Amós usa la misma expresión para hablar de otro deseo muy diferente: el de la Palabra de Dios (Am 8,11-12). Aquí, en cambio, se trata de la desesperación de quien siente náusea y vergüenza de una vida sobre la que incumbe el juicio de Dios y sólo le queda la esperanza de la muerte, que no llega.

La narración de la quinta trompeta termina con la descripción externa de los demonios. Se trata de seres monstruosos, mezcla de saltamontes, caballos de guerra, leones, escorpiones, aves y algo hasta de hombre. La coraza muestra su dureza indomable, sus cabellos y zarpas de león expresan su salvajismo, su aguijón simboliza la perfidia, etc... Todo ello es símbolo de su maldad encaminada a hacer daño al hombre, como forma de oponerse a Dios.

Al frente de esta armada monstruosa, como su rey, está “el ángel del abismo” (9,11), que lleva un nombre infernal, expresado en hebreo y en griego, las dos lenguas bíblicas. En hebreo es Abaddón, que significa destrucción. Cinco veces aparece en el Antiguo Testamento para designar el infierno, el reino de los muertos (Jb 26,6). En griego es Apolíon, que significa destructor y se asemeja, por tanto, al ángel exterminador de los primogénitos de Egipto (Ex 12,23). Este ángel de la muerte nos recuerda cuanto leemos en el libro de la Sabiduría: “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan sus secuaces” (Sb 2,24). Sin embargo nunca se debe olvidar que el triunfo del mal es limitado en el tiempo y en el espacio.

Hay un crescendo en el castigo que se abate contra la tierra. La plaga de los saltamontes dura un tiempo limitado y sólo puede herir a la humanidad, sin causar la muerte. Pero como, a pesar de todos estos castigos, la humanidad no se convierte y sigue dando culto a los ídolos, ahora el ejército devastador de la sexta trompeta se ve obligado a golpear duramente. Los hombres caen bajo la ira de Dios, según lo que también escribe Pablo a los romanos: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia... Dios los entregó a las apetencias de su corazón” (Rm 1,18-24)


La sexta trompeta tiene efectos demoníacos muy parecidos a los de la quinta, pero aumentados en intensidad y extensión. Comienza reconociendo que todas estas manifestaciones, aunque son realizadas por el Adversario, tienen detrás a Dios, que se sirve del demonio para llevar a cabo su designio de salvación. La visión se abre con una voz que parte del altar de oro que está delante de Dios, en el que un ángel había puesto el incienso y las oraciones de los santos (8,3s): “Tocó el sexto ángel... Entonces oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios; y decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Suelta a los cuatro ángeles atados junto al gran río Éufrates. Y fueron soltados los cuatro ángeles que estaban preparados para la hora, el día, el mes y el año, para matar a la tercera parte de los hombres. El número de su tropa de caballería era de doscientos millones; pude oír su número” (9,13-16).

El territorio del Éufrates era el horno de las invasiones de Palestina y del pueblo de Dios, de modo que Babilonia se convirtió para Israel en el símbolo de la hostilidad a Dios. Su mención ya hace temblar. De allí parte un ejército sobrehumano, incontable (veinte mil veces diez mil). La descripción de los caballos y de sus jinetes los pinta como fuerzas demoníacas, que vomitan instrumentos de destrucción (Jb 41,11-13). Como las langostas de la escena precedente, el aspecto de estos caballos y jinetes es monstruoso, con sus corazas resistentes e incendiarias, sus cabezas de león feroz, colas venenosas y bocas que vomitan fuego, humo y azufre. Quizás con estas bocas infernales se quiere evocar su palabra perversa, semejante al humo que asfixia: “Así vi en la visión los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león y de sus bocas salía fuego y humo y azufre. Y fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas: por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas. Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; pues sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño” (9,17-19).

Estos ángeles de destrucción han estado hasta ahora encadenados. Desde este momento Dios les deja libres de irrumpir como riada que arrastra consigo todo lo que encuentra en su cauce. Pero estos instrumentos de destrucción no son autónomos, son agentes al servicio del juicio de Dios y se desencadenan sólo sobre una tercera parte de la humanidad y en un arco de tiempo circunscrito a una hora, día, mes y año fijado de antemano. La hora de las tinieblas no es infinita, sino que forma parte de un proyecto divino bien planificado.

El cuadro termina con una afirmación tremenda: todos los medios que Dios usa, sacudiendo el cielo y la tierra, para llamar a los hombres a conversión, son un fracaso. La humanidad se comporta como los egipcios, que se obstinaban cada vez más después de cada plaga: “Pero los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni caminar. No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas” (9,20-21).

El texto ofrece el elenco de inmoralidades que los hombres practican: idolatría, asesinatos, hechicerías, fornicaciones y robos. Como pecado capital presenta la idolatría igual que otros textos bíblicos (Sal 115,4-7; Dn 5,23). Pablo denuncia la corrupción profunda de la humanidad recurriendo a semejantes elencos de vicios (Rm 1,29-31; Ga 5,19-21; 1Co 6,9-10; Ef 5,3-5).

El hombre no se convierte “de la obra de sus manos” a Dios creador de todas las cosas. De un modo particular el hombre de la civilización técnica se queda prisionero en sí mismo, extasiado ante la obra de sus manos. Para quien ha perdido a Dios sólo le queda la posibilidad de plegarse sobre sí mismo, destruyéndose y destruyendo a los demás, junto con la creación misma. Fe y moral se complementan como incredulidad e inmoralidad (Rm 1,23-32). El ídolo es nada y vanidad, pero tiene la fuerza de hacer igual a sí a quienes le sirven (Os 9,10;Jr 2,5).

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