Cartas a las siete iglesias






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A LA IGLESIA DE LAODICEA
Laodicea es una ciudad levantada sobre el margen del río Licos, en la ruta del comercio con el Oriente. Desde su fundación, unos cuatrocientos años antes de recibir esta carta, se desarrolló en ella la industria de la lana y del lino con un comercio floreciente. Según Cicerón su actividad bancaria era famosa, conocida hasta en Roma. Tenía además una escuela superior médico farmacéutica. El terremoto del año 60 después de Cristo destruyó la ciudad, pero se reconstruyó con sus propios medios, sin necesidad de ayudas estatales. Con razón se cree rica, como leemos en esta carta. La Iglesia la fundó Epafras durante el ministerio de Pablo en Éfeso (Col 1,7; 4,12-13).

El Señor se presenta con la partícula hebraica afirmativa personificada: Amén (Is 65,16), que inmediatamente nos traduce como “el testigo fiel y veraz” (3,14), porque su palabra es firme. Cristo es el amén de Dios, muestra en su persona la fidelidad de Dios a sus promesas: “Cristo Jesús no fue sí y no; en Él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él Amén a la gloria de Dios” (2Co 1,18-20). En la liturgia Cristo es el sí de Dios a la Iglesia y el sí de la Iglesia a Dios.


Cristo es lo contrario de la vida de la Iglesia de Laodicea, que no es ni sí ni no, pues pretende agradar a Dios y al mundo. La comunidad cristiana, contaminada del ambiente de prosperidad de la ciudad, vive en la tibieza. La civilización del bienestar no combate a Dios, lo ignora. Bien y mal se confunden. El indiferentismo es la nota dominante de la vida. Se pierde hasta el sentido del pecado. La conciencia se adormece y acepta el mal, sin darse cuenta de que es mal. Es el estado de la Iglesia de Laodicea.

La comunidad de Laodicea no recibe ni una palabra de alabanza. Ya había creado preocupaciones al apóstol Pablo (Col 2,1), que le había escrito una carta (Col 4,16). Y ahora, unas décadas después, el juicio de Cristo es completamente negativo. La tibieza, en que viven los cristianos de Laodicea, cojeando con los dos pies (1S 18,21), ni contra Dios ni contra el mundo (Mt 6,24; 12,30), es algo que a Cristo le repugna más que el paganismo total. La verdad y fidelidad son las dos notas con que se presenta Cristo y son las características de sus seguidores. Algo que falta por completo a la Iglesia de Laodicea: “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!” (3,15).

Los cristianos de Laodicea son ricos de bienes terrenos. Son aceptados en la vida social y comercial de la ciudad. Se sienten integrados en el mundo. En realidad son del mundo. Sus obras no testimonian su fe en Cristo ni meten en crisis la vida de quienes les rodean. No son luz ni sal del mundo, o peor, son sal desvirtuada, que no sala a nadie (Mt 5,13ss). La Palabra de Cristo dirigida a esta comunidad es la palabra más dura de todas las siete cartas. Con una imagen vehemente aparece la náusea que aflora en la boca de Cristo que no tolera la ambigüedad, la banalidad y el vacío interior. La Iglesia de Laodicea recibe la amenaza de ser vomitada, arrojada lejos a las tinieblas: “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú dices: Soy rico; me he enriquecido; nada me falta. Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo” (3,16-17).

La situación de la Iglesia de Laodicea es exactamente lo opuesto a la de Esmirna, a la que el Señor dice: “Conozco tu pobreza, pero eres rica” (2,9). Laodicea se cree rica, pero es pobre y miserable, pobre de Dios, enferma de ceguera. Esta Iglesia, como la ciudad donde vive, se siente autosuficiente y, por tanto, se apoya en sus propias fuerzas. Es lo contrario de la Iglesia de Filadelfia, que “al tener poco poder” (3,8), era fuerte en el Señor.

Cristo dice a la Iglesia de Laodicea, nos dice a nosotros: ¡Ojala fueras frío o caliente! Quien es frío, el pecador, puede tomar conciencia de su pecado y convertirse. Quien no es ni frío ni caliente, quien duerme espiritualmente, permanece en su pecado, no puede convertirse. Cristo, fuego ardiente, abrasado de amor, al tibio lo vomita de su boca.

Pero tampoco es ésta la última palabra. A esta Iglesia “pobre, ciega y desnuda” (3,17), Cristo mismo se ofrece como su ayuda. A Él le pueden comprar lo que necesitan para salir de su estado miserable. Ellos, tan buenos comerciantes, necesitan ahora adquirir el oro verdadero, purificado en el fuego, que es el único que conserva su valor incluso en el cielo (Mt 6,20). Para ello necesitan antes salir de la ceguera en que viven, comprar el colirio para ungirse los ojos del espíritu, ver su desnudez y revestirse de Jesucristo, de la vestidura de la gracia bautismal, la túnica blanca con la que podrán seguir al Cordero: “Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista” (3,18).

Las tres imágenes, con las que Cristo se ofrece como ayuda de esta Iglesia, están relacionadas con los elementos del lugar que les han tentado: la banca, la industria textil y la escuela médico farmacéutica, sobre todo oftalmológica. La palabra de Cristo es como un rayo incandescente que perfora las defensas externas y descubre la miseria interior escondida, la ceguera y la desnudez. Resuenan las palabras de Jesús a los fariseos, que recoge el cuarto evangelio: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece” (Jn 9,41). El “engaño de la riqueza” (Mt 13,22) ha llevado a la Iglesia de Laodicea al orgullo y a la autosuficiencia, creyendo que “no necesitan nada”. Las riquezas les han cegado y han perdido el discernimiento, pues según Cristo necesitan comprarle todo.


Si la llamada a conversión es fuerte, al final la Iglesia de Laodicea recibe unas palabras llenas de ternura y amor. El Señor se sitúa detrás de la puerta cerrada de sus corazones y llama, les ruega que le abran porque desea entrar y cenar con ellos. Es siempre el Señor, que no busca a los justos, sino que come con los publicanos y pecadores: “Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (3,19-20). Dios se presenta como un Padre que corrige a su hijo, a quien ama. Es la revelación de Dios que nos ha hecho su Hijo amado y que ya se había manifestado en los escritos sapienciales: “El Señor corrige a quien ama, como un padre a su hijo querido” (Pr 3,12).

Esta llamada de Cristo evoca el Cantar de los cantares, cuando la amada escucha la voz del Amado que está a la puerta y llama (Ct 5,2-6). Y evoca tantos textos del Evangelio, en los que contemplamos a Cristo invitándose a comer en casa de Mateo (Mt 9,9-13) o de Zaqueo (Lc 19,1-10). Cristo pasa por los caminos del mundo, donde nosotros estamos cerrados en el interior de nuestras casas, en el estrecho círculo de nuestros intereses. Si Él no llamase a la puerta de nuestra vida, ésta transcurriría en la soledad y el vacío. Si nosotros nos volvemos sordos a su llamada y no le abrimos Él pasa, sin forzar la puerta. Gracia y libertad, Dios y el hombre se encuentran y de ese encuentro puede brotar la comunión, el abrazo, la intimidad de vida, de la que es símbolo la cena de Él con nosotros, y de nosotros con Él. Cristo pasa invitándonos al banquete escatológico (Mt 7,7s; 8,11s; 22,12; 25,10.21-23; Lv 13,24-29; 14,23).

Con este reclamo de amor, Jesús desea sacar a los fieles de Laodicea, y a la Iglesia de todos los tiempos, de su tibieza e invitarles al combate de la fe. El se ha sentado en el trono de su Padre porque ha luchado y vencido (Lc 24,26). Sus discípulos participarán de su gloria, se sentarán en su trono con Él si vencen en el combate de este mundo, en la lucha contra el mundo y sus seducciones (Jn 16,33). No se trata de ceder y acomodarse a los deseos del mundo, sino de vencer al mundo con la fuerza de la fe (1Jn 5,4). Sólo recibe la corona de la gloria quien participa en la prueba: “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (3,21).

Nosotros somos como esta Iglesia tantas veces. Nos faltan los sentidos para percibir, gustar, ver o tocar a Dios o para sentirnos tocados por Él. Dios pasa a nuestro lado y no le vemos, nos habla y no le oímos. Somos ciegos, sordos, mudos, desgraciados y miserables. Necesitamos el colirio de la fe que nos abra los ojos para reconocer en Jesús el Salvador, sin escandalizarnos de la debilidad y de la cruz (Mt 11,5-6). El cristiano tiene los sentidos de la fe despiertos para transmitir la experiencia de Cristo a todos los hombres: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida... lo anunciamos” (1Jn 1,1ss). Para ser testigo hay que ver a Jesús o tocarlo como la hemorroísa (Mt 9,20).
EL CORDERO, SEÑOR DE LA HISTORIA: 4,1-5,14
LITURGIA ANTE EL TRONO DE DIOS
Antes del anuncio profético de los últimos tiempos, una visión espléndida nos prepara a la recta comprensión de los cuadros grandiosos con los que el Apocalipsis representa el curso de la historia del mundo, que se encamina hacia su final. La historia, entretejida de acciones y omisiones humanas, en realidad es guiada en todo momento por Dios. El Creador del mundo no abandona la obra de sus manos al azar. El actúa en la historia, con los hombres y, si es necesario, contra ellos, para llevar la creación al fin que Él ha dispuesto. Más aún, Dios se ha sumergido en la historia de una forma inaudita con la encarnación de su Hijo. El Hijo de Dios ha querido participar de la naturaleza humana en todo, hasta experimentar la muerte, venciéndola para Él y para los demás con su resurrección. El crucificado, exaltado a la derecha del Padre, ha sido constituido Señor de la historia.

Con una escenografía solemne entramos en la parte central del Apocalipsis. Se abre la puerta del cielo que nos permite penetrar en el Santuario celeste donde se celebra la liturgia del Cordero, de Cristo muerto y resucitado. Con cuadros espléndidos, que recuerdan las visiones de otros profetas (Is 6,1s; Ez 1-3), Juan intenta traducir en palabras su visión del trono de Dios. Las palabras siempre se quedan cortas a la hora de describir cuanto ha visto. Es la misma dificultad de Pablo al narrar su experiencia cuando fue arrebatado hasta el tercer cielo (2Co 12,1-4). Juan, para comunicar de algún modo su visión del misterio de Dios, se sirve de metáforas y de imágenes del Antiguo Testamento y de la apocalíptica judía: “Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después” (4,1).

La puerta del cielo abierta es la señal de la comunicación libre y directa entre Dios y la humanidad, entre el cielo y la tierra. Entre el cielo y la tierra hay una escala que les une (Gn 28,10ss). A Juan se le muestra una escena semejante a la que contempló el mártir Esteban, al momento de ser lapidado (Hch 7,55-56). La misma voz, que llamó a Juan en la visión de su vocación (1,10), le anuncia ahora que se le mostrará el plan de Dios sobre el futuro desarrollo de la historia y la suerte de la Iglesia de Jesucristo. La experiencia que Juan nos comunica, invitándonos a vivirla con él, se basa en dos verbos: ver y escuchar. Dios nos muestra y revela el proyecto que desenvuelve en la historia, como árbitro de todos los acontecimientos.

Juan ve y escucha. La fe es en primer lugar audición y, después, visión. Como dice Moisés en el Deuteronomio: “Vosotros no veíais nada, pero escuchasteis una voz” (Dt 4,12). Pero él, Moisés, además de escuchar la voz de Dios, le ha visto cara a cara. Para ello ha debido subir al Sinaí y entrar dentro de la nube. El hombre debe dejar la tierra y entrar en el cielo para ver a Dios. La vida cristiana comienza con la audición, con la fe, y termina en la visión.


Juan entra por la puerta abierta en el cielo y se encuentra ante el trono de Dios. El Apocalipsis nos invita a contemplar el trono y al que está sentado en él. Es Dios, aunque no se le nombra, según la costumbre de Israel, como tampoco se describe el aspecto del trono ni del que está sentado en él, porque Dios “habita en una luz inaccesible” (2Tm 6,16). Juan sólo describe el esplendor que esta luz irradia a su alrededor, es el esplendor de “la gloria del Señor”6: “Al instante caí en éxtasis. Vi que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono. El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda” (4,2-3).

La epifanía de la gloria del Señor evoca la epifanía del Sinaí, con sus relámpagos, voces, truenos, el mar de cristal, que recuerda el mar Rojo, apenas atravesado por los hebreos cuando llegan al Sinaí. Pero el centro de todo es el trono de Dios, inmóvil en su majestad, mientras que Ezequiel en la visión de su llamada había contemplado un carro móvil, la mercabá, que marchaba en todas las direcciones, signo de la acción de Dios (Ex 19,16-19; Ez 1,4.13).

El esplendor que irradia la gloria de Dios se compara a los colores centelleantes de las piedras preciosas. Y como un baldaquino sobre el trono están todos los colores del arco iris (Ez 1,28), signo de que Dios muestra su gloria en la misericordia para con los hombres, a quienes no desea destruir aunque sean pecadores (Gn 9,11-17; Jr 29,11). El arco iris es el signo de la armonía cósmica restablecida, de la alianza entre el Creador y la criatura.

En torno al trono de Dios está la corte celestial formada por veinticuatro ancianos sentados en veinticuatro tronos. Estos ancianos alaban y adoran a Dios (4,10; 5,9; 11,16-17; 19,4) y le ofrecen las oraciones de los fieles (5,8); asisten a Dios en el gobierno del mundo, por lo que están sentados en tronos, y participan del poder real, por lo que llevan coronas. Su número puede corresponder a las veinticuatro clases sacerdotales de Israel (1Cro 24,1-19) o quizás a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento: doce tribus más doce apóstoles (12,1-17).

A los doce apóstoles Jesús les había prometido: “Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,28). Los representantes de la Antigua y de la Nueva Alianza llevan vestiduras blancas, porque todos han sido bautizados, o en el mar (1Co 10,2) o en el nombre de Jesús.

Las vestiduras blancas y la corona de oro recuerdan las alabanzas destinadas a los vencedores en las cartas a las Iglesias (3,21; 2,11; 3,5). Se trata, pues, de hombres que han conseguido la victoria y gozan del premio, sentados en torno al trono de Dios. En la liturgia celeste participan como sacerdotes (4,10s).

Entre los ancianos y el trono de Dios arden siete lámparas de fuego y un mar de cristal trasparente (4,5-6). Las siete lámparas, que arden en lo alto, representan los siete espíritus de Dios, es decir, el Espíritu Santo con su multiplicidad de dones, el Espíritu divino en toda su plenitud de luz y amor, simbolizado en el fuego ardiente. Debajo del trono, en cambio, está el mar de cristal, símbolo del caos primordial dominado por Dios. Para la Biblia, el océano es la encarnación de la nada que atenta contra el esplendor de la creación y que el Creador encierra con puertas y cerrojos (Jb 38,8-11). Por ello, en la nueva creación el mar desaparece (21,1).

Y muy cerca del trono -en medio, en torno al trono- Juan contempla a cuatro vivientes, como ya habían visto Ezequiel e Isaías (Ez 1,5-14; Is 6,2-4), aunque en el Apocalipsis cada ser tiene una imagen concreta e independiente de las otras: imagen de león, de toro, de hombre o de águila. Estos cuatro seres han entrado en el arte cristiano como símbolo de los cuatro evangelistas y de los cuatro evangelios, según la interpretación que aparece por primera vez en San Ireneo.7 Con sus múltiples ojos contemplan la gloria de Dios y con sus innumerables alas vuelan en todas las direcciones, llevando el anuncio del Evangelio a todos los pueblos.


Los cuatro vivientes dan gloria a Dios sin cesar por su creación, recogiendo la doxología de la liturgia de Israel y de la liturgia cristiana de la Iglesia (Is 6,3). Y con los cuatro vivientes participan en su alabanza a Dios los veinticuatro ancianos, símbolo de la plenitud de la historia de la salvación, la totalidad del Antiguo y del Nuevo Testamento. En un triunfo de luz y colores, que evocan la gloria pascual, los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes entonan el himno litúrgico del “Santo, Santo, Santo”, dirigido al Señor de la creación y de la historia: “Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir” (4,8).

Y cada vez que los cuatro vivientes dan gloria al que está sentado en el trono, los veinticuatro ancianos (en griego, presbíteros), símbolo de los que presiden las asambleas cristianas, convocados a participar en la asamblea celeste, arrojan sus coronas delante del trono y repiten: “Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo: por tu voluntad existe y fue creado” (4,11).

La creación, que aún gime y suspira anhelando la redención (Rm 8,19ss), eleva el canto de los serafines (Is 6,2) y de los querubines (Ez 10,1-22), dando gloria al que está sentado sobre el trono. El arco iris que circunda el trono es el memorial de la alianza de Dios con la creación, a la que nunca destruirá. Con la creación, Israel y la Iglesia reconocen que todo el universo es obra de Dios y le restituyen la gloria y señorío que han recibido de Él, arrojando las coronas a sus pies. La liturgia supone un reconocimiento de Dios como creador y dueño de todas las cosas. Nuestras ofrendas no son otra cosa que restitución de un don recibido (1Cro 29,14).
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