Cartas a las siete iglesias






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A LA IGLESIA DE TIATIRA
Tiatira era una pequeña ciudad asentada en el valle que baña el río Licos. Vivía del comercio y de la industria textil. La tintorería era una rama fundamental de su industria. Por los Hechos de los Apóstoles conocemos a Lidia, originaria de Tiatira, la primera cristiana de Europa, que se dedicaba al comercio de púrpura (Hch 16,14-15).

Jesús se presenta a la comunidad con su título de “Hijo de Dios”. En el evangelio de Juan este título es frecuente; en el Apocalipsis sólo aparece en este lugar. Al título de Hijo de Dios se añaden otros dos tomados de la visión del comienzo (1,14s). Con ellos se expresa la fúlgida majestad, la omnisciencia y la plenitud de poder del Señor: “el de ojos como llama de fuego y el de pies de bronce incandescente” (2,18). El Señor escruta el corazón, ve en lo íntimo del alma.

El comienzo contiene un breve, pero magnífico elogio de la comunidad: “conozco tus obras, tu amor y tu fe, tu servicio y paciencia, y que tus últimas obras son mayores que las primeras” (2,19). La fe y la caridad no se han enfriado con el pasar del tiempo ni con las persecuciones, sino que han crecido. La fe creciente se manifiesta en el amor y servicio recíproco.

Sin embargo a esta alabanza sigue una grave acusación al jefe de la Iglesia: su indulgencia con quienes introducen, -como en la comunidad de Éfeso (2,6) y en la de Pérgamo (2,14s)-, ciertas ideas erróneas y ciertas prácticas de perversión. Juan previene a esta Iglesia de un peligro grave: el de la mundanización. En el evangelio ya había escrito que los cristianos están en el mundo “pero no son del mundo” (Jn 17,14.16). Los gnósticos libertinos son siempre una tentación para los cristianos.


Al frente de estas personas, que tratan de pervertir la fe y la vida de la Iglesia de Tiatira, está una mujer, que pretende poseer el carisma de la profecía (Hch 13,1; 21,9; 1Co 12,28; Ef 2,20; 4,11). Esta mujer es designada con el nombre de Jezabel, porque su influjo perverso en la comunidad de Tiatira es semejante al de Jezabel, la princesa fenicia, que el rey Ajab tomó como mujer y que introdujo en Israel los cultos idolátricos de su patria (1R 16,29-34). Contra Jezabel se alzó el profeta Elías en su lucha por salvaguardar la fe de Israel de la idolatría (2R 9,22.30-37). Elías, como único profeta de Yahveh, se enfrentó a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, que asistían a Jezabel (1R 18,16-40).

Con su doctrina, aparentemente inspirada por el Espíritu Santo, esta mujer está pervirtiendo a los fieles de Tiatira. El Señor le ha dado tiempo de conversión, pero ella interpreta la indulgencia del Señor como aprobación de sus obras. El Señor, que ama a su Iglesia, decide intervenir postrando en la cama con una enfermedad mortal a la mujer y a sus hijos, es decir, a sus seguidores. En cambio, corregirá aún con benignidad a los que no siguen sus doctrinas, aunque sean indulgentes con la mujer y sus seguidores: “Le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación. Mira, a ella le arrojaré al lecho del dolor, y a los que adulteran con ella, a una gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras” (2,21-22). La suerte de la comunidad de Tiatira será una palabra de Dios para todas las Iglesias: “Y a sus hijos, los voy a herir de muerte: así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y yo os daré a cada uno según vuestras obras” ( 2,23).

El Señor se vuelve de nuevo a cuantos se han mantenido fieles, sin contaminarse con las perversiones de Jezabel: “Pero a vosotros, a los demás de Tiatira, que no compartís esa doctrina, que no conocéis las profundidades de Satanás, como ellos dicen, os digo: No os impongo ninguna otra carga; sólo que mantengáis firmemente hasta mi vuelta lo que ya tenéis” (2,24-25). El Señor les exhorta a mantenerse fieles como hasta ahora, en la espera de su venida, que no les defraudará. El Señor, que condena el laxismo de quienes siguen a Jezabel, condena también el rigorismo de quienes quieren echarles pesos superiores a sus fuerzas. Tampoco estos son enviados del Señor. Lo esencial es lo que el apóstol les ha transmitido (2Tm 3,14ss)

Al vencedor, que se mantiene fiel hasta el fin, el Señor le ofrece participar de su poder en el dominio sobre los pueblos paganos y, al final, como corona “la estrella de la mañana” (2,28). Cristo es el lucero del alba (22,16). El vencedor no sólo participará del poder de Cristo, sino también de su luz radiante, de la magnificencia de su gloria. Cristo es la estrella de la mañana, el fiel recibe su luz. Lo que Cristo es, nosotros lo recibimos como gracia, como don.

Pedro exhorta a los cristianos a permanecer fieles a la palabra de los profetas hasta que despunte el lucero de la mañana, es decir, hasta el retorno de Cristo (2P 1,19). “Yo daré la estrella de la mañana” significa que Cristo se da a sí mismo a sus discípulos. Es lo mismo que ofrece al decir: “El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51).
A LA IGLESIA DE SARDES
En Sardes estaba la antigua residencia real de los Lidos. El último rey que habitó en Sardes fue Creso, famoso por sus riquezas. Pero de su antigua riqueza no quedaba nada más que el recuerdo de su pasado glorioso. Sus habitantes, como los de Tiatira, vivían principalmente de la industria de la lana.

La decadencia histórica de la ciudad es casi un símbolo de la situación a la que se ha reducido la comunidad cristiana de Sardes. La comunidad ha perdido su espíritu. En su mayoría está muerta o a punto de morir. Por ello, Cristo se presenta como el Señor y guardián de los siete ángeles o jefes de las comunidades (1,16) y como “Espíritu vivificante” (1Co 15,45), que posee la plenitud del Espíritu de Dios, del que vive la Iglesia (Jn 1,16; Col 2,9): “Al ángel de la Iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto” (3,1).


El Señor abre su requisitoria contra la Iglesia de Sardes con una acusación sumamente grave, sin que la preceda, como en las otras cartas, una palabra de alabanza. El Señor desea despertar a la comunidad de la somnolencia de muerte en que vive5. No se da cuenta de su situación, se cree viva, cuando en realidad está muerta. Su cristianismo es sólo un nombre al que no responde ninguna realidad, pues sólo unos pocos viven la fe en Cristo. Los signos de vida en la comunidad son insignificantes, a punto de extinguirse, si no son reavivados inmediatamente: “Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios” (3,2).

La palabra de Cristo resuena con toda su fuerza, invitando a la comunidad a despertar del sueño de muerte, a salir de esa simple apariencia de fe cristiana priva de vida, de ese comportamiento cristiano puramente exterior, sin que responda a una vivencia interior: “Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti” (3,3).

La llamada a conversión es una invitación a avivar la memoria, a recordar el momento en que resonó en Sardes el Evangelio de Jesucristo y comenzaron a dar sus primeros pasos por el camino de la fe. Hacer presentes los memoriales de la actuación de Dios en su vida es acoger de nuevo su fuerza para levantarse y caminar en el seguimiento de Cristo. Si esta llamada a conversión no rompe la sordera y no penetra hasta el fondo del corazón, el Señor se presentará como un ladrón en medio de la noche a juzgarles. Juan recoge la exhortación constante de Cristo a sus discípulos, invitándoles a la vigilancia en espera de su retorno (Mc 13,33-37; Mt 24,42-44; 25,13; Lc 12,35-40).

Juan en su primera carta dice que hay algunos, que se dicen cristianos, participan en las celebraciones, pero nunca han sido “de los nuestros”: “Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Pues si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Así se ha puesto de manifiesto que no todos son de los nuestros” (1Jn 2,19). La vida de una comunidad puede no ser más que pura apariencia, como una estrella apagada, como sal desvirtuada, “que teniendo la apariencia de piedad, reniegan de su fuerza interior” (2Tm 3,5). Vale para ellos la afirmación de Santiago: “La fe si no tiene obras está muerta” (St 2,17).

Sin embargo en Sardes hay algunos, aunque sean pocos, que se han mantenido fieles. Entre tantos muertos, quedan algunos vivos, que no han manchado la vestidura blanca de su bautismo: “Tienes no obstante en Sardes unos pocos que no han manchado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blanco; porque lo merecen” (3,4). A estos les dirige una palabra de esperanza, expresada a través del símbolo de las vestiduras blancas, signo de gloria divina, de luz eterna, de vida inmortal y de elección para participar en el reino de Dios: “El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Angeles (3,5).

La primera imagen de las vestiduras cándidas hace alusión a la industria de la lana, famosa en Sardes. El blanco refulgente, que se repite en el Apocalipsis, es el símbolo de la gloria de Cristo en el cielo y de quienes se sientan con Él a la derecha del Padre.

La segunda imagen del “Libro de la vida”, presente ya en el Antiguo Testamento (Sal 69,29) y en otros textos del Nuevo (Lc 10,20; Flp 4,3; Hb 12,23), aparece repetida en el Apocalipsis (13,8; 17,8; 20,12; 21,27). Dios no olvida a sus hijos, les tiene anotados en el libro de la vida (Sal 69,29; Ex 32,32-33; Is 4,3).


Y la tercera imagen repite la promesa de Jesús en el evangelio: “Él les reconocerá ante el Padre y ante sus ángeles” (Mt 10,32; Lc 12,8). En el día del juicio Cristo les presentará al Padre como sus testigos fieles (3,6).

Las tinieblas, que envuelven a la Iglesia de Sardes, se disipan gracias al esplendor de las vestiduras blancas de quienes han permanecido fieles. Estos escoltan a Cristo, con quien caminan hacia la gloria, seguros de que “en aquel tiempo se salvarán quienes de tu pueblo estén inscritos en el libro de la vida” (Dn 12,1). Además estos pocos fieles al Señor pueden ser levadura que hace fermentar toda la masa y despertar a sus hermanos de la muerte.

Las vestiduras blancas, de las que tantas veces habla el Apocalipsis, hacen referencia al Paraíso. Cristo promete a los fieles el retorno al Paraíso, a la inocencia original, de donde el hombre fue arrojado por el pecado. El pecado despojó al hombre de la gloria de Dios que le envolvía. El hombre se vio desnudo, obligado a cubrirse con las hojas de la higuera. El hombre, después del pecado, está desnudo; vive en el miedo y la vergüenza. Necesita que Dios le vista el traje de la gracia, el vestido blanco que Cristo promete al vencedor. El blanco es la luz, la gloria de Dios que envuelve al cristiano. El hombre camina en el desierto de este mundo hacia el Paraíso, en el que sólo se entra con la vestidura blanca, que Cristo ofrece a quienes creen en Él y le siguen. Si alguien entra sin el vestido de bodas será arrojado fuera (Mt 22,11-13).
A LA IGLESIA DE FILADELFIA
Filadelfia, destruida por un terremoto unos ochenta años antes de recibir esta carta, quedó desde entonces reducida a una pequeña e insignificante ciudad de Lidia. La comunidad cristiana no era numerosa, pero era grande por su espíritu. El Señor hace de la Iglesia de Filadelfia, como de la comunidad de Esmirna, una alabanza ilimitada. Igual que en Esmirna, también aquí la persecución les viene a los cristianos de la comunidad judía. La carta busca darles confianza y reforzar la fidelidad al Señor y a su palabra.

Cristo se presenta con los títulos de “santo y veraz”, títulos con los que aclaman a Dios los mártires en la quinta visión de los sellos (6,10). Con estos dos títulos Jesús se presenta como Dios. Un tercer título, -“el que tiene la llave de David, que abre y ninguno puede cerrar, cierra y ninguno puede abrir” (3,7)-, le muestra como Mesías. La expresión está tomada de Isaías (Is 22,22), que anunciaba a Eliaquín su elección como mayordomo de palacio; esta elección se interpretaba en sentido mesiánico, pues la casa de David es símbolo del reino del Mesías. Jesús es el único que decide quien será acogido en el reino de Dios y quien será excluido de él. Cristo, que posee la llave del reino de los cielos, es el mediador entre Dios y los hombres. Y Cristo encomienda a Pedro esta función en la Iglesia (Mt 16,19).

La imagen de la puerta recibe un nuevo significado aplicado a la Iglesia. La pequeña comunidad de Filadelfia, que se ha mantenido firme en el testimonio de la fe, no se ha cerrado en sí misma, sino que se ha abierto a la misión. El Señor, que conoce sus obras, le promete que su acción misionera dará fruto. La comunidad crecerá, incorporándose a ella precisamente algunos de los judíos que la han perseguido (1Co 16,9; 2Co 2,12; Col 4,3). Cristo les convencerá de que los cristianos son ahora “el verdadero Israel de Dios”: “Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre. Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse ante tus pies, para que sepan que yo te he amado” (3,8-9).


La comunidad de Filadelfia se ha mantenido firme en la fe, porque, sintiéndose sin poder, impotente, ha puesto su confianza en el Señor. Ha hecho la misma experiencia de Pablo: “Cuando soy débil es cuando soy fuerte” (2Co 12,10). En su debilidad se esconde una gran fuerza, que se muestra en la perseverancia en guardar la palabra y en el testimonio de fe ante los demás, que de perseguidores se vuelven seguidores. Poco tiempo después, al escribir a esta Iglesia, Ignacio de Antioquía les dice al respecto: “Los que arrepentidos vuelven a la unidad de la Iglesia también son de Dios, porque viven según Jesucristo”.

Y como ha abierto la puerta de la comunidad para que entren en ella los judíos, el Señor la cerrará para que la persecución, ya inminente, no suponga para ellos ninguna defección. El Señor les protegerá y abreviará el tiempo de la prueba: “Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra. Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona” (3,10-11).

La Iglesia, que vive en el mundo, participa de la prueba que toca al mundo entero, pero la vive bajo la protección del Señor. Es lo que Cristo pide al Padre en la gran plegaria que Juan recoge en su evangelio: “No te pido, Padre, que les saques del mundo, sino que les libres del maligno” (Jn 17,15). Al vencedor de la prueba el Señor le premiará con la corona de la gloria (2Tm 4,8). La gloria de la vida eterna, en esta carta es presentada bajo una nueva imagen: “el vencedor será puesto como columna del templo de Dios”. En la Iglesia de Jerusalén Santiago, Cefas y Juan eran considerados como columnas (Ga 2,9). Tres nombres se esculpirán en la columna: “Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la Ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo” (3,12).

En el lenguaje bíblico imponer el nombre a una persona es indicar la señoría, la pertenencia. Los fieles, que reciben el nombre de Dios, le pertenecen, están bajo su sello, bajo su protección, son para Dios un bien precioso. Decía ya el Antiguo Testamento: “Yo les daré dentro de mi casa y dentro de mis murallas un puesto y un nombre más grande del reservado a mis hijos e hijas, les daré un nombre eterno que jamás será borrado” (Is 56,5).
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