Cartas a las siete iglesias






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CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS: 2,1-3,22
Juan escribe un septenario de cartas a las siete Iglesias del Asia Menor. El número siete es un número simbólico, expresión de plenitud. El Apocalipsis es un libro escrito sobre este simbolismo: siete Iglesias, siete cartas, siete sellos, siete trompetas... Todo se desenvuelve de siete en siete, lo mismo que el cuarto Evangelio, construido sobre el esquema de siete semanas. La primera termina con las bodas de Caná. La penúltima comienza con la unción en Betania y termina con la muerte de Jesús. La última se inicia con la resurrección y termina con la segunda aparición a los apóstoles. Y con esta aparición terminan las semanas, pues Cristo resucitado nos introduce en el reposo de Dios, en el día eterno, que no tiene sucesión de día y noche. La nueva creación es recreación de la primera, cuando Dios creo todas las cosas en siete días.

Las cartas son verdaderas cartas, que reflejan los rasgos particulares de la situación histórica que vive cada una de las siete Iglesias. Juan nos traza el retrato de cada Iglesia, con sus esplendores y sus miserias. Pero, al mismo tiempo, su mensaje, expresado mediante símbolos, trasciende el tiempo y el lugar, siendo válido para toda la Iglesia y para todos los tiempos. Las “siete Iglesias” son la Iglesia universal que se hace Iglesia local en la asamblea que celebra la liturgia, donde se proclama la palabra de Dios y se eleva a Dios la acción de gracias.
A LA IGLESIA DE ÉFESO
La primera carta está dirigida a la Iglesia de Éfeso. Pablo es el fundador de esta comunidad (Hch 19). Después, por encargo del Apóstol, cuidó de ella Timoteo (1T 1,3). La tradición habla también de una estancia allí del apóstol Juan. Situada en la costa occidental de Asia Menor, Éfeso era, de las siete ciudades a las que escribe Juan, la más grande y la más cercana a la isla de Patmos. Sede del gobierno romano de la provincia, era religiosamente importante por el antiguo santuario a “Artemisa de Éfeso”, meta de peregrinaciones (Hch 19,23-40). Éfeso era también célebre por sus admirables edificios y teatros, con una calle adoquinada que conducía al puerto de la ciudad. Esta larga calle con sus bellas columnas, que se iluminaban al anochecer, era la atracción de cuantos llegaban a la ciudad.

El Señor se dirige a la Iglesia de Éfeso recordándola en primer lugar que El la lleva en su mano, es decir, que la tiene bajo su protección: “Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y camina en medio de los siete candeleros” (2,1). Él, el Viviente (1,18), está presente en la Iglesia, que tiene como misión ser “luz del mundo” (Jn 8,12; 9,5; 12,46), resplandecer “en medio de las tinieblas” de esta tierra (Jn 1,5; 3,19). Las comunidades cristianas, que llevan la luz de Cristo sobre el candelero de sus obras, iluminan este mundo.

El Señor glorificado, presente en la comunidad, conoce las obras de los cristianos. De un modo particular se lo dice al jefe de la comunidad: “conozco tus obras” (2,2). El Señor se alegra viendo al obispo fiel en medio de la oposición interna y de las persecuciones externas: “Conozco tu conducta: tus fatigas y paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño. Tienes paciencia; y has sufrido por mi nombre sin desfallecer” (2,2-3).

Cristo conoce la fidelidad de la Iglesia de Éfeso. Ella ha resistido la prueba, ha sido vigilante, defendiéndose de los misioneros giróvagos que difundían doctrinas heréticas. Con su don de discernimiento de espíritus (1Jn 4,1-6) ha sabido descubrir a los “apóstoles” mentirosos (2Co 11,13-15; 1T 5,12-21), con lo que se ha librado de toda contaminación, manteniendo la plena rectitud de fe y vida cristiana.


En la Iglesia de Éfeso se han presentado algunos que se llaman a sí mismos apóstoles, enviados, sin serlo. Son portadores de ideas gnósticas, que niegan que el Verbo de Dios se haya encarnado realmente. Con estas ideas crean divisiones, ofendiendo la caridad, el amor fraterno de la comunidad. Ignacio de Antioquía también testimonia que la Iglesia de Éfeso estaba amenazada por la predicación errónea de ciertos apóstoles itinerantes. Pero, lo mismo que el Apocalipsis, afirma que no acogieron esta predicación: “Vosotros no les habéis dejado sembrar en medio de vosotros, tapándoos los oídos para no acoger lo que ellos esparcían”.2

El mismo Pablo había invitado a los presbíteros de Éfeso a estar vigilantes: “Tened cuidado de vosotros mismos y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo. Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos detrás de ellos” (Hch 20,28-31; 1Tm 1,7).

Los efesios han cumplido esta palabra de su apóstol Pablo. Sin embargo hay algo que Cristo reprocha a la comunidad de Éfeso: “Ha abandonado el amor de sus comienzos” (2,4), no se ha mantenido en el fervor del principio. La vida de sus fieles no es, como en otro tiempo, expresión de su unión con Dios. En vez de buscar la gloria de Dios, ahora se buscan a sí mismos; la vanidad y la vanagloria se han mezclado en su actividad. Cristo, esposo de su Iglesia, se lamenta de esta traición al primer amor (Jr 2,2). En medio de su fidelidad, el estado actual relacionado con el anterior supone una caída, un enfriamiento. A Cristo no le agrada la tibieza.

Ante esta situación, Cristo llama a sus discípulos a conversión, a entrar dentro de su corazón, reconocer el pecado y reavivar el amor medio apagado: “Tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes” ( 2,4-5). La Iglesia, mientras peregrina sobre la tierra, es siempre santa y, sin embargo, comunidad de pecadores, necesitada todos los días de conversión al Señor.

Éfeso es la Iglesia madre de las siete Iglesias a las que se dirige Juan. A esta Iglesia se dirige en primer lugar para recordarle el corazón del Evangelio: el ágape, el amor cristiano. Juan lo inculca con toda su fuerza en el Evangelio y en sus cartas. La aparición de falsos profetas y el enfriamiento del amor son dos manifestaciones de los últimos tiempos (Mt 24,11-12). Por eso, ante este enfriamiento del amor, el juicio del Señor es durísimo. El Señor amenaza con apagar una de las siete lámparas, símbolo de la Iglesia, pues una Iglesia donde no se da el amor no es Iglesia. El amor es la única realidad que constituye la Iglesia. Pero, apenas ha hecho este reproche, Cristo se vuelve a su Iglesia con una palabra de consolación y reconocimiento: “Tienes en cambio a tu favor que detestas el proceder de los nicolaítas, que yo también detesto” (2,6). Repite la alabanza a la Iglesia por su rechazo firme de los maestros del error, los nicolaítas. El Señor odia su comportamiento, su desenfreno moral, consecuencia de sus ideas erróneas.

Y lo que Cristo dice a la Iglesia de Éfeso vale para todo cristiano, para todo el que tenga oídos para oír. Sólo escuchando la Palabra de Dios, acogiéndola en el interior del corazón, dejando al Espíritu que la siembre y la haga germinar en la vida se puede vencer el combate con el mundo y recibir la corona de la vida eterna, gustar el fruto del árbol de la vida: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios (2,7).


En las siete cartas se promete al vencedor la misma corona: la vida eterna. Pero la vida eterna en cada carta, como en las bienaventuranzas (Mt 5,3-12), es descrita con imágenes diversas. En esta primera carta a la Iglesia de Éfeso se describe como una vuelta al paraíso, donde el hombre recobra la libertad de acceso al árbol de la vida, cuyos frutos dan la vida eterna (Gn 2,9; Ap 22,2). La Iglesia puede volver de nuevo al paraíso abierto por Cristo para sus fieles.

El árbol de la vida (Gn 3,22-24) ya no está prohibido, sino que Dios mismo ofrece sus frutos a los creyentes, invitándoles a participar de su misma vida, a entrar en comunión con Él. La tradición iconográfica de la Iglesia ha identificado el árbol de la vida con la cruz de Cristo, fuente de vida, de alegría y salvación. Con el árbol de la cruz el desierto de la historia florece como un nuevo jardín del Edén.
A LA IGLESIA DE ESMIRNA
Esmirna, la antigua capital de Lidia, con su gran puerto, era un importante centro comercial. En la antigüedad era llamada “corona de Asia” por la belleza de sus edificios y monumentos. En Esmirna había una numerosa colonia judía. En la historia del cristianismo primitivo, la Iglesia de Esmirna es conocida sobre todo por la figura venerable del discípulo del apóstol Juan, San Policarpo, que muere mártir en 156 por rechazar el culto al emperador, introducido en Esmirna con la erección de un templo dedicado al emperador Tiberio.

En la carta a la Iglesia de Esmirna, Cristo se presenta con los títulos que le proclaman eterno y victorioso de la muerte: “el Primero y el Último, que estaba muerto y ha vuelto a la vida” (2,8). Con estos títulos Cristo, rey de la eternidad, superior a todas las potencias de la tierra, incluida la muerte, busca infundir confianza y dar ánimos a los cristianos ante la persecución, que les amenaza por su rechazo del culto al emperador.

El Señor conoce la tribulación, la pobreza y la calumnia de la comunidad de Esmirna, que vive despreciada y rechazada. La pobreza económica, en una ciudad comercial y rica, hace que la sociedad que circunda a los cristianos se mofe de ellos. Sobre todo son los judíos quienes más ultrajan y calumnian a los cristianos. Los judíos, con su rechazo y lucha contra “el Mesías de Dios” (Lc 9,20), han pasado de ser la asamblea de los hijos de Israel, “la comunidad de Yahveh” (Nm 16,3; 20,4), a ser una “sinagoga de Satanás” (2,9; Jn 8,44). La “sinagoga de Satanás” puede referirse también a cristianos judaizantes, que con sus doctrinas hacen vana (Ga 1,7; 2,21) la muerte y resurrección de Cristo, “que estaba muerto y ha vuelto a la vida” (2,8).

Sin embargo, si a los ojos de los hombres los cristianos viven sumidos en la pobreza, a los ojos de Dios son los únicos ricos, pues poseen un tesoro que nadie les puede arrebatar (Mt 6,19-21). Les podrán privar de todo, incluso pueden amenazarles con la muerte, pero nada ni nadie podrá privarles de la vida eterna. La cruz, en el designio de Dios, es el crisol donde se purifica la fe con el fuego de la fidelidad. En estos cristianos de Esmirna se cumple la palabra de Pablo: “como quienes nada tienen, aunque lo poseen todo” (2Co 6,10).

Ciertamente “el diablo arrojará a algunos de ellos en la cárcel” (2,10). El Señor no les engaña con halagos falsos. Pero la persecución y la prisión no tienen por qué angustiarles. En la misma prueba podrán dar testimonio de su fe. Y la tribulación será siempre pasajera, “de diez días” (2,10). Es el breve tiempo de que disponen los perseguidores, de quienes se sirve el diablo en su lucha contra Cristo y sus discípulos. Sufrimientos, pruebas y persecuciones no pueden debilitar la fidelidad al Señor. “Los diez días” indican un periodo limitado y medido. Después volverá a brillar el sol y recibirán la corona gloriosa del triunfo pascual, pues como afirma Pablo “es a través de muchas tribulaciones como se entra en el reino de Dios” (Hch 14,22).


Aquí aparece la primera mención del diablo (2,10; 20,2) como perseguidor de los cristianos. Su presencia es continua en el Apocalipsis con los nombres de dragón (12,3), símbolo de Satanás, acusador, adversario de Cristo, serpiente antigua (12,9)... La presentación de Satanás como enemigo de los cristianos está en sintonía con cuanto dice el libro de la Sabiduría, que atribuye a “su envidia” la entrada de la muerte en el mundo (Sb 2,24). Satanás como acusador lo encontramos repetidamente en el libro de Job (Jb 1,7.9.11) y en el libro de Zacarías, acusando al sacerdote Josué (Za 3,12). Acusador le declara abiertamente el Apocalipsis (12,10).

En el combate con el diablo, como en una competición, el fiel tiene asegurada la corona, el premio de la victoria (Lc 24,26; Rm 8,17). Le basta no retirarse de la lucha, mantenerse constante en unión con Cristo, el vencedor de la muerte. Cristo, presente en el estadio, contempla a sus fieles y les anima: “Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (2,10). Santiago se sirve de la misma metáfora: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Porque, superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman” (St 1,12). Se trata de “la corona incorruptible de la gloria” (1P 5,4) o “la corona de justicia” (2Tm 4,8). Quienes resisten al maligno hasta el final se verán libres de “la muerte segunda” (2,10; 20,6.14; 21,8), es decir, de la condenación eterna, lejos de la vida divina (Mt 10,28).

Lo que hay que temer no es la muerte o la persecución, sino la “segunda muerte”, de la que no se resucita y priva de la comunión con Dios. El cristiano ha vivido ya la primera muerte en el bautismo. Desde aquel momento vive una vida nueva, que crece en él en la medida que se une a Cristo. La muerte física es pura “escena”, apariencia. Sólo los paganos se angustian ante la muerte, pues les falta la esperanza (1T 4,13ss). Cuando un cristiano muere, se hace fiesta porque, habiendo ya muerto en el bautismo, la muerte física no es más que la manifestación de lo acontecido en aquel momento. ¿Por qué temer la muerte y el martirio (2Co 5,6ss; Flp 1,21ss)? Si hemos muerto con Cristo en el bautismo, también resucitaremos con Él (Rm 6,4ss; 8,11).

Algunos años después de recibir esta carta, en 155, la Iglesia de Esmirna vive el martirio de su obispo Policarpo, discípulo del apóstol Juan, y lo celebra como “el día natalicio”, como el día de su nacimiento a la vida de Dios.3Quien es fiel hasta la muerte recibe la corona de la vida, símbolo de la salvación eterna.
A LA IGLESIA DE PÉRGAMO
Pérgamo, cuando Juan le escribe esta carta, conserva aún algunos recuerdos de la magnificencia de su pasado. Entre otras cosas tiene una Biblioteca estatal con doscientos mil rollos (según Plinio). Los pergaminos (piel de oveja que sustituye a los papiros egipcios) deben su nombre a esta ciudad. La ciudad está dominada por una espléndida acrópolis con templos y palacios. Ya en el año 29 antes de Cristo tenía un templo dedicado a Augusto, emperador de Roma. Es el primer edificio dedicado al culto imperial en Asia Menor. Pero más importante es aún el gran santuario dedicado a Asclepios, dios de la salud, meta famosa de peregrinaciones. Probablemente Juan se refiere a uno de estos espléndidos edificios con la expresión “trono de Satanás”, aunque también puede hacer alusión a la atmósfera religiosa de la ciudad. El paganismo religioso era una tentación constante para los cristianos.


El Señor se presenta como “quien tiene la espada de doble filo”. El no admite el sincretismo entre fe cristiana y religiosidad pagana. En el ambiente en que les toca vivir, los cristianos están llamados a vivir con claridad y firmeza su fe en Cristo, único Señor y Salvador. El “sabe dónde viven”, conoce la ciudad con “el trono de Satanás” (2,13). Por ello les alienta a la fidelidad en la confesión de la fe y en el testimonio de la vida. Entre Cristo y Satanás no hay nada en común (2Co 6,14), no caben alianzas ni compromisos con los ídolos y las falsas vías de salvación. A pesar de este ambiente con todos sus peligros, el Señor encuentra en la comunidad de Pérgamo cristianos fieles, que han sabido mantener incontaminada la fe, dispuestos a todo, como Antipas, que ha dado su vida por Cristo. La fidelidad de su fe es la gloria de la Iglesia de Pérgamo, que el Señor alaba.

El Apocalipsis desea mantener viva la memoria de nuestros mártires. Son nuestros hermanos que han derramado su sangre por nuestra fe (2,13; 6,9-11; 7,9-17; 13,15; 16,5-6; 17,6; 18,24; 20,4). Han sido martirizados como el Cordero degollado y han vencido gracias a su sangre (12,11). Si olvidamos a nuestros mártires nos quedamos sin las raíces de nuestra fe y nos condenamos a vivir sin la tradición vivificante del cristianismo. El primer mártir fue Cristo y, siguiendo sus huellas, le acompaña la multitud de discípulos que han confirmado con su sangre el testimonio de Jesús (12,17). El Apocalipsis es el único libro del Nuevo Testamento que llama a Cristo “El Mártir, el Testigo” (1,5; 3,14)

Sin embargo en la comunidad de Pérgamo no todos se han mantenido fieles como Antipas. Algunos se han dejado contagiar por la vida y costumbres de los paganos, siguiendo “la doctrina de Balaán” (2,14). Su proceder es comparado con la tentación vivida por Israel, seducido por la idolatría y la impureza: “Pero tengo alguna cosa contra ti: mantienes ahí algunos que sostienen la doctrina de Balaán, que enseñaba a Balaq a poner tropiezos a los hijos de Israel para que comieran carnes inmoladas a los ídolos y fornicaran” (2,14). El camino de Balaán seduce siempre a las almas débiles y les aparta del camino recto (2P 2,14-15). Al pasar Israel por Peor en su camino hacia la tierra prometida, Balaán aconsejó a las mujeres de Madián y de Moab que sedujeran a los israelitas, llevándoles a prevaricar contra Yahveh (Nm 31,15-16; 22-24; 25,1-3; Jd 11). Era la estratagema segura para vencer a Israel. Seducidos por las mujeres, los israelitas son arrastrados a la idolatría, perdiendo de este modo la protección de Yahveh.

Esta minoría de cristianos profesa también las mismas ideas de los nicolaítas de Éfeso (2,6), creyendo que se puede hacer alguna concesión al espíritu del tiempo y del lugar, aunque esté en contradicción con la fe cristiana (1Co 6,16-20; 10,14-22). La palabra de Dios es una espada de doble filo que separa la fe cristiana de toda idolatría. A estos cristianos de Pérgamo, desviados del recto camino, Cristo les llama a conversión: “Arrepiéntete, pues; si no, iré pronto donde ti y lucharé contra ésos con la espada de mi boca” (2,16).

Al vencedor se le ofrece la vida eterna, aquí presentada con dos metáforas: el maná y la piedra blanca con el nombre nuevo: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe” (2,17).

El maná nutre a Israel en su camino por el desierto (Ex 16), conduciéndolo hasta la salvación en la tierra prometida. La Iglesia de Pérgamo, que sufre la misma tentación de Israel, recibe la promesa del maná si vence la tentación de la idolatría. Al llamarlo “maná escondido”, el Apocalipsis quizás recoge la tradición rabínica que comenta 2M 2,1-11 diciendo que Jeremías, antes de la destrucción del templo, escondió el arca de la alianza, en la que se conservaban las tablas de la Ley, la vara de Aarón y el maná. En esta tradición se afirmaba que el maná escondido sería el alimento reservado para los elegidos en el reino de los cielos. Rabbi Eleazar ben Chisma dice: “No en este mundo encontraréis el maná, sino en el mundo futuro”.4


El alimento del cielo permanecerá escondido hasta los últimos tiempos. Será el alimento ofrecido a los vencedores en la cena nupcial de Cristo con la Iglesia, en el vida eterna (Lc 14,15-24; Mt 22,1-14). El maná, como alimento de los cristianos, puede referirse también a la Eucaristía, según la imagen usada por el mismo Cristo en su discurso sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6,31.49). Frente a la carne inmolada a los ídolos, que ofrecen los nicolaítas, Cristo ofrece el maná escondido que es su propia carne.

La piedra blanca puede referirse a la práctica judicial antigua, cuando el juez anunciaba la sentencia absolutoria entregando una piedra blanca. Con esta metáfora se anuncia la salvación a los cristianos, fieles en el combate de la fe. Y con la piedra blanca cada cristiano recibe su nombre nuevo, el nombre para toda la eternidad, el nombre que responde a su ser. Es el nombre singular dado por Dios a cada uno de sus hijos. Sólo Dios nos conoce realmente (1Co 13,12). Como el sumo Sacerdote en el Antiguo Testamento llevaba sobre su turbante una lámina de oro en la que estaba grabado: “Consagrado a Yahveh” (Ex 28,36-38), así el cristiano, consagrado a Cristo, lleva gravado sobre la frente el nombre de Cristo, como señal de pertenencia plena a Cristo, de cuya vida participa eternamente.

En el cara a cara con Dios conoceremos nuestro nombre verdadero, el nombre con el que Dios nos conoce, el nombre que responde a nuestro ser. Una piedra blanca nos mostrará nuestra auténtica identidad, la que Dios, en su designio eterno, ha pensado para cada uno de nosotros. Con el nombre nuevo se nos revelará el ser nuevo, creado y recreado por Dios mismo. Es el anuncio esperanzador del profeta Isaías: “A mis siervos les será dado un nombre nuevo” (Is 65,15). Dirigido a Jerusalén suena así: “Te llamarán con un nombre nuevo que la boca de Yahveh declarará. Serás corona espléndida en la palma de tu Dios” (Is 62,2-3).
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