Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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títuloOsho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice
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¿Existe alguna posibilidad de que llegue a crecer?
Me encanta cómo has planteado la pregunta. Surge de una sincera humildad, y precisamente por su humildad abre puertas a tu crecimiento. Me preguntas: «¿Existe alguna posibilidad de que llegue a crecer?».

Existen todas las posibilidades; para el corazón humilde es posible. Nada es posible para el egoísta. A la persona capaz de aceptar «no soy nadie» se le abren todas las puertas de repente, tiene acceso a todos los misterios de la existencia. Para quien es capaz de decir «no sé», es posible el milagro. Al admitir que no sabe, empieza a ser sabio, porque empieza a hacerse como un niño, totalmente inocente.

Tienes todas las posibilidades de llegar a crecer, y sobre todo en este campo de energía búdico, si no funcionas movido por el ego, si has dejado tu ego ante la «Puerta sin puertas»*, todo es posible para ti. Entonces la existencia entera está a tu disposición. Lo único que la obstaculiza es ese pequeño ego.

A veces te preguntas por qué ese pequeño ego, que es falso, impide que las personas crezcan. Lógicamente parece ridículo, pero existencialmente es como cuando se te mete una motita de polvo en un ojo y desaparece toda la existencia. Cierras los ojos, no puedes abrirlos. Esas motitas de polvo te arrebatan la existencia. El arco iris en las nubes, el sol y la lluvia... todo desaparece.

El pequeño ego funciona como una motita de polvo en los ojos, y te impide ver todas las posibilidades que tienes a tu disposición, que siempre han estado a tu disposición. Quítate esa motita de los ojos. No cambia nada. Todo estaba a tu disposición, pero tus ojos no podían verlo.

Con tu humildad son posibles grandes milagros. Sigue siendo humilde, inocente, receptivo, disponible, a la espera de que el huésped llame a tu puerta.

Dos monjas atravesaban el bosque una noche cuando dos hombres se abalanzaron sobre ellas, las arrastraron hacia los arbustos y las violaron. La hermana Mary, toda contusionada, alzó la mirada al cielo y se puso a rezar en voz baja.

—Perdónalo, Señor, porque no sabe lo que hace.

La hermana Teresa la miró y dijo:

—Pues qué lástima. El mío sí que lo sabe.

Una rubia guapísima entró muy nerviosa en la consulta de un dentista.

—¡Ay, doctor! —exclamó—. Tengo mucho miedo. Es que creo que casi preferiría tener un niño a que me hicieran un empaste.

—Muy bien —replicó el dentista con recelo—. Pero decídase antes de que ajuste el sillón.

Sigue siendo inocente, sigue riéndote y gozando, y no tendrás que preocuparte por crecer. Ocurrirá por sí mismo. Tú no tienes que hacer nada; solo crear la atmósfera adecuada.

Y aquí ya hemos creado esa atmósfera. Puedes aprovechar esa atmósfera si no mantienes la actitud de un extraño, de un espectador o un curioso.

Si estás aquí, fúndete y únete en esta hermosa comunión que es incomparable en el sentido de que no ocurre nada parecido sobre la tierra. Allí donde la gente ríe, goza, baila, canta, se funden unos con otros, se produce el crecimiento por sí mismo.
* Así se denomina la puerta de entrada del OSHO International Meditation Resort donde Osho impartió sus charlas. (N. del E.)

Aprende a reír, aprende a bailar, a cantar, a ser tú mismo, completamente satisfecho y agradecido a la existencia.

Paddy y Maureen acababan de tener a su decimoctavo hijo, y Maureen fue al médico a ver si podía prescribirle un audífono.

—¿Un audífono? —dijo el médico—. ¿Y en qué te va a ayudar eso a planificar tu familia con más eficacia?

—Pues verá —replicó Maureen—. Es que estoy un poco sorda, y todas las noches cuando Paddy me pregunta: «¿Quieres dormir o qué?», yo le digo: «¿Qué?».
16
¿Qué es la verdadera amistad?
La pregunta que planteas es muy compleja. Tendrás que comprender unas cuantas cosas antes de saber qué es la verdadera amistad. La primera es la amistad.

La amistad es el amor sin ninguna connotación biológica. No son los amigos entendidos como el amigo o la amiga en el sentido de novios. Utilizar la palabra «amigo» asociándola con la biología es una completa estupidez. Es un encaprichamiento, un enloquecimiento. Te está utilizando la biología con fines reproductivos. Si piensas que estás enamorado, te equivocas; se trata de una simple atracción hormonal. Solo con cambiar tu química, desaparecerá tu amor. Solo unas inyecciones de hormonas y un hombre puede transformarse en mujer y una mujer en hombre.

La amistad es el amor sin connotaciones biológicas, algo que se ha convertido en un fenómeno raro. Era algo muy grande en épocas pasadas, pero unas cuantas cosas del pasado han desaparecido por completo. Es muy extraño, pero las cosas feas se mantienen, no mueren fácilmente, y las cosas hermosas son muy frágiles; mueren y desaparecen con mucha facilidad.

Hoy en día se entiende la amistad en términos biológicos o términos económicos o sociológicos... en términos de relaciones superficiales, o casi.

Pero la amistad significa que, en caso de necesidad, estás dispuesto incluso a sacrificarte. La amistad significa que para ti alguien es más importante que tú mismo, que quieres a alguien más que a ti mismo. No es un negocio. Es amor en toda su pureza.

Esa clase de amistad es posible incluso tal y como eres ahora. Incluso los inconscientes pueden mantener esa clase de amistad. Pero si empiezas a tomar mayor consciencia de tu ser, la amistad empieza a transformarse en amigabilidad. La amigabilidad tiene connotaciones más amplias, un panorama mucho más extenso. La amistad es poco en comparación con la amigabilidad. La amistad puede romperse, el amigo puede convertirse en enemigo, una posibilidad intrínseca al hecho mismo de la amistad.

Esto me recuerda a Maquiavelo cuando da consejos a los príncipes del mundo en su gran obra, El príncipe. Una de sus pautas es la siguiente: «Jamás le cuentes a tu amigo nada que no puedas contarle a tu enemigo, porque quien hoy es amigo mañana puede tornarse en enemigo». Y lo que se deduce de lo anterior es: «Jamás digas nada contra el enemigo, porque el enemigo puede tornarse mañana en amigo». Y entonces te sentirás avergonzado. Maquiavelo tiene una idea muy clara: que el amor normal y corriente puede transformarse en odio, la amistad en mistad, en cualquier momento.

Ese es el estado inconsciente del hombre: donde hay amor, justo detrás se esconde el odio; donde hay odio, está la misma persona a la que amas pero no te das cuenta.

La amigabilidad solo es posible cuando eres real, cuando eres auténtico y totalmente consciente de tu ser. Y si surge el amor de esa conciencia, entonces será amigabilidad. La amigabilidad nunca puede transformarse en lo opuesto. Síguelo como criterio: que los valores más importantes de la vida son los que no pueden convertirse en lo contrario; no existe lo contrario.

Me preguntas: «¿Qué es la verdadera amigabilidad?».

Vas a necesitar una gran transformación para siquiera probar la amigabilidad. Tal y como estás, es como una estrella muy lejana. Puedes echarle un vistazo a esa estrella lejana, puedes tener cierto conocimiento intelectual de esa estrella, pero será algo intelectual, no existencial.

Y a menos que pruebes existencialmente la amigabilidad, te resultará muy difícil, casi imposible, establecer la diferencia entre la amistad y la amigabilidad.

La amigabilidad es lo más puro que se puede concebir en el amor. Es tan puro que ni siquiera puedes decir que es una flor; solo puedes decir que es un perfume que puedes notar y experimentar, pero no puedes atraparlo. Está ahí, tus fosas nasales están llenas de él, tu ser está rodeado por él. Sientes las vibraciones, pero no hay forma de atraparlo. La experiencia es tan grande, tan inmensa que nuestras manos se quedan demasiado pequeñas.

Te he dicho que tu pregunta es muy compleja, no por la pregunta en sí, sino por ti. Aún no has llegado al punto en el que la amigabilidad puede convertirse en una experiencia.

Sé real, sé auténtico, y conocerás la cualidad más pura del amor, una fragancia de amor que siempre te rodeará. Y esa cualidad del amor más puro es la amigabilidad. La amistad tiene destinatario, alguien es amigo tuyo.

En una ocasión le preguntaron a Buda Gautama: «¿Tiene amigos el iluminado?», y él respondió: «No». Quien le había hecho la pregunta se quedó perplejo, porque pensaba que el iluminado tiene el mundo entero por amigo.

Pero Buda Gautama tiene razón, por mucho que te sorprenda. Cuando dice que el iluminado no tiene amigos, se refiere a que no puede tener amigos porque tampoco puede tener enemigos. Ambos van unidos. Puede tener amigabilidad, pero no amistad.

La amigabilidad es un amor que no tiene destinatario, que no está canalizado. No es un contrato, ni tácito ni explícito. No es de un individuo a otro individuo; es de un individuo a la existencia entera, de la cual el hombre es solo una pequeña parte, porque también forman parte de ella los árboles, los animales, los ríos, las montañas, las estrellas. Todo está incluido en ella.

La amigabilidad es la manera de ser auténtico, real; empiezas a irradiarla. Aparece por sí misma, no la atraes tú. Quienquiera que se acerque a ti notará la amigabilidad. Eso no significa que no vayas a tener enemigos. Con respecto a ti, no serás enemigo de nadie, porque ya no serás amigo de nadie, pero tu altura, tu consciencia, tu dicha, tu silencio, tu paz molestarán a muchos, los irritarán, convertirán a muchas personas sin conocimiento en tus enemigos.

En realidad, los iluminados tienen más enemigos que los no iluminados. Los no iluminados pueden tener unos cuantos enemigos y unos cuantos amigos. Los iluminados tienen prácticamente al mundo entero en su contra, porque el ciego no puede perdonar a quien tiene ojos, y el ignorante no puede perdonar al que sabe. No pueden sentir amor por quien ha logrado satisfacción, porque su ego está herido...

El iluminado no tiene ni amigos ni enemigos; solo un amor puro, sin destinatario. Siempre está dispuesto a derramarse en el corazón de quien está dispuesto a recibirlo.

Es la amigabilidad verdadera, real.

Pero esa persona provocará a muchos egos, herirá a quienes se consideran importantes y poderosos. Los presidentes, las reinas, los reyes y los primeros ministros se preocuparán inmediatamente. Una persona sin poder se convierte de repente en centro de atención, atrae a personas con dinero, prestigio y poder. No se puede perdonar a semejante persona. Hay que castigarla, haya cometido un delito o no.

Y el iluminado no puede cometer un delito; es completamente imposible.

Pero ser inocente, ser amigable, amar sin razón alguna, el simple hecho de ser tú mismo puede disparar muchos egos contra ti. Por eso cuando digo que el iluminado no tiene enemigos me refiero a que por su parte no tiene enemigos, pero que por parte de los demás, cuanto mayor sea su estatura, mayor será su oposición a él, mayores la enemistad, el odio, la condena. Así ocurre desde hace siglos...

Una comprensión intelectual no resulta suficiente, aunque conviene tenerla, porque puede ayudar a avanzar hacia una experiencia existencial. Pero únicamente la experiencia te proporcionará el pleno sabor de la dulzura, de la belleza, la divinidad y la verdad del amor.

17
¿Cuál es la diferencia entre ser humilde, ser tímido y esconderse por miedo?
La diferencia entre ser humilde, ser tímido y esconderse por miedo es enorme, pero es tan grande la inconsciencia humana que no somos capaces ni tan siquiera de distinguir entre nuestros actos y las respuestas ante la realidad; por lo demás, la diferencia es tan clara que incluso plantear tal pregunta es inútil.

En primer lugar, hay que profundizar en la palabra «humilde». Todas las religiones le atribuyen una connotación errónea: con humilde se refieren a lo contrario de egoísta. No es así. Incluso lo opuesto exacto del ego sigue siendo el ego, que se esconde tras diversas fachadas. Aparece de vez en cuando en la persona supuestamente humilde: piensa que es más humilde que nadie, y eso es el ego. La humildad no conoce semejante lenguaje.

Ya he contado la historia de tres monjes cristianos. Sus monasterios estaban próximos entre sí en las montañas y se veían todos los días en el cruce de caminos. Un día hacía mucho calor y decidieron descansar y hablar un rato. Al fin y al cabo eran cristianos, de diferentes sectas, pero los tres de principios cristianos.

Sentados a la sombra de un árbol, uno dijo:

—Salta a la vista que vuestros monasterios deben de tener algo, pero que no podéis encontrar la sabiduría y la erudición que encontraríais en nuestro monasterio.

El segundo dijo:

—Ya que planteas la cuestión, he de decir lo siguiente: en vuestro monasterio puede haber gran erudición, pero no se trata de eso. No hay nadie tan disciplinado y austero como los de nuestro monasterio. Su austeridad es incomparable, y recordad que el día del juicio final no se tendrá en cuenta la erudición. Lo que se tendrá en cuenta es la austeridad.

El tercer monje se echó a reír y dijo:

—Los dos tenéis razón respecto a vuestros monasterios, pero no conocéis la verdadera esencia del cristianismo, que es la humildad. Nosotros somos lo más en cuestión de humildad.

¿Ser lo más en cuestión de humildad? Entonces se trata simplemente del ego reprimido. Por codicia, por la tremenda codicia de entrar en el paraíso y disfrutar de todos sus placeres, el hombre es capaz de reprimir su ego y hacerse humilde. Antes de poder deciros lo que es la verdadera humildad tenéis que comprender la falsa humildad. A menos que se comprenda lo falso, no se podrá comprender lo verdadero. Es más: al comprender lo falso la verdad surge por sí misma.

La falsa humildad no es sino el ego reprimido, que finge ser humilde pero desea ser el que más. La auténtica humildad no tiene nada que ver con el ego; es la ausencia de ego. No reivindica ser superior a nadie. Es comprender, lisa y llanamente, que no hay nadie superior y que no hay nadie inferior; que las personas son simplemente ellas mismas, incomparablemente únicas. No se las puede comparar; no son ni superiores ni inferiores.

Por eso, la persona verdaderamente humilde resulta muy difícil de comprender, pero no es humilde de la forma que se suele comprender. Has conocido a cientos de personas humildes, pero son todas egoístas y no tienes la suficiente perspicacia como para ver su ego reprimido.

En una ocasión vino a mi casa una misionera cristiana, una mujer joven, muy hermosa. Me regaló una Biblia y unos cuantos folletos, y parecía muy humilde. «Llévese toda esta porquería de aquí —le dije—. Esta Biblia suya es una de las escrituras más profanas del mundo...» y ella estalló inmediatamente, olvidándose de su humildad. Le dije: «Puede dejar la Biblia. Era solo un truco para demostrarle quién es usted. No es humilde; si no, no se habría ofendido». Solo el ego se siente ofendido. A una persona humilde no se la puede ofender.

La verdadera humildad es simple ausencia de ego; supone desprenderse de la personalidad y los adornos que has acumulado a tu alrededor y ser como un niño pequeño, que no sabe quién es, que no sabe nada del mundo. Sus ojos están limpios, y pueden ver el verdor de los árboles con más sensibilidad que tú. Tus ojos están cubiertos de ese polvo que llamas conocimientos. ¿Y por qué has acumulado ese polvo que te ciega? Porque los conocimientos del mundo dan una tremenda energía a tu ego. Tú sabes y los demás no.

La persona humilde no sabe nada. Ha completado el círculo de la vuelta a la inocencia de la infancia. Está asombrada y ve misterios por todas partes. Recoge piedrecitas y conchas en la playa y se alegra tanto como si hubiera encontrado diamantes, esmeraldas y rubíes.

Cuando era niño, tenía muy preocupada a mi madre, y también a mi sastre, porque le decía:

—Ponme todos los bolsillos que puedas.

Él decía:

—Con una sola condición: que no le cuentes a nadie quién te ha hecho este traje. Estoy perdiendo clientes por tu culpa. Dicen: «Este sastre está un poco chiflado...» porque pongo bolsillos delante, detrás, a los lados, en los pantalones... donde puedo.

Yo repliqué:

—Mira, donde encuentres sitio, pon un bolsillo.

Me preguntó:

—¿Te has vuelto loco o qué?

Le respondí:

—Piensa lo que quieras, pero es que necesito muchos bolsillos.

Era porque a la orilla del río de mi pueblo había tantas piedras, y de colores tan bonitos, que necesitaba varios bolsillos para guardar los diferentes colores.

Mi madre se enfadaba porque me acostaba con mis piedras de colores. Cuando me quedaba dormido, me sacaba las piedras de los bolsillos. «¿Cómo puedes dormir con tantas piedras?» Yo le decía que me engañaba, que no debía hacer nada mientras yo dormía.

La infancia tiene una claridad inmensa. En esa claridad, en esa transparencia, en esa perspectiva, el mundo parece un milagro.

La persona humilde regresa a esa existencia milagrosa. Nos parece normal, pero no nos fijamos en que un loto, un rosal y millones de flores distintas florecen en el mismo suelo. La tierra no tiene colores; ¿de dónde salen esos hermosos colores? La tierra es muy áspera; ¿de dónde salen las rosas aterciopeladas? La tierra no tiene verdor; ¿de dónde sale el verde?

La persona humilde vuelve a ser como un niño. No reclama nada; solo siente gratitud, gratitud por todo, gratitud incluso por cosas que no entiende por qué se ha de estar agradecido.

Junnaid, un místico sufí, hizo una peregrinación religiosa con sus discípulos. En aquella escuela mistérica era casi rutinario que los discípulos rezaran con el maestro. Y su oración era siempre la misma y acababa dando gracias a Dios: «¿Cómo voy a pagarte? Me das tanto, derramas sobre mí tanta dicha... y nunca piensas en cómo voy a pagártelo. No tengo sino gratitud. Perdóname por mi pobreza, pero te agradezco las grandes cosas que me has dado».

Nadie se oponía a ello. La escuela de Junnaid prosperaba y llegaba gente de lugares remotos; era una de las escuelas más ricas de los sufíes, pero en la peregrinación los discípulos empezaron a flaquear en la última parte de la oración.

Un día pasaron por una aldea de fanáticos. Los musulmanes no creen que los sufíes sean verdaderos musulmanes, aunque son los únicos verdaderos musulmanes del mundo. Los musulmanes ortodoxos, los clérigos, condenan a los sufíes; piensan que se han descarriado porque han abandonado a las masas y recorren su propio camino en solitario. No les interesa la tradición, y declaran sin ambages: «Si hay algo erróneo en la tradición, nosotros vamos a corregirlo».

Por ejemplo, los musulmanes rezan a Dios, y acaban la oración diciendo que el dios de los musulmanes es el único Dios. Solo hay un Dios, un solo libro sagrado, el Corán, y un solo profeta, Mahoma.

Los sufíes no llegan a tanto; simplemente dicen que solo existe un Dios, y nada más. No añaden los otros dos puntos, que solo hay un libro sagrado, el Corán, ni que solo hay un profeta, Mahoma. Eso ofende a los musulmanes ortodoxos.

Los sufíes son muy humildes y están abiertos a todas las fuentes. No les importa que las fuentes sean cristianas, judías o hindúes. La verdad es la verdad, y es irrelevante por qué puerta entre en tu ser.

En aquella aldea de fanáticos no les dieron cobijo, no les dieron comida y ni siquiera les permitieron que sacaran agua de su pozo. Era una zona desértica y la situación se prolongó durante tres días. Dormían en la fría noche del desierto, tiritando, con hambre y sed, rechazados, condenados, y al llegar a la última aldea incluso los lapidaron. Lograron escapar y sobrevivir.

Pero el maestro continuó con la oración, la misma que se rezaba en su escuela mistérica: «¡Cuánto nos has dado! Tu compasión es infinita. Y conoces nuestra pobreza... No podemos darte nada salvo nuestra sincera gratitud».

Ya resultaba excesivo. Tres días sin comida ni techo, las frías noches del desierto... Los discípulos no lo aguantaban. Junnaid estaba llegando demasiado lejos. Uno de los discípulos le dijo:

—Olvídate de la última parte de la oración, al menos durante estos días.

Junnaid replicó:

—No lo comprendes. Dios nos ha enviado estos tres días como una prueba de fuego. Su compasión es infinita; solo intenta comprobar si también nuestra confianza es infinita, si nuestra confianza tiene condiciones. Si os hubieran recibido bien en estas aldeas, si os hubieran dado buena comida, un techo bajo el que descansar (porque los musulmanes sienten gran respeto por quienes hacen una peregrinación santa), estaríais de acuerdo con mi oración. Como hasta ahora nunca habéis puesto impedimento, Dios me da la oportunidad de demostrar que no soy agradecido solamente en los buenos momentos. Pase lo que pase, mi gratitud es inquebrantable. Incluso en el lecho de muerte saldrán las mismas palabras de mis labios.

El humilde lleva una vida de gratitud incondicional, no solo de gratitud a Dios, sino a los seres humanos, los árboles, las estrellas, todo.

Ser tímido es otro truco del ego. Se ha convertido en algo casi ornamental. A una persona tímida, sobre todo las mujeres en Oriente, se la considera elegante, graciosa... Son tan tímidas... Pero son tímidas porque se considera algo estupendo.

En Occidente va desapareciendo poco a poco esa timidez en las mujeres porque no se piensa que tenga valor.

¿Cuáles son los momentos en los que empiezas a sentirte tímido? Son los momentos en los que alguien te elogia, los momentos en los que alguien dice: «¡Qué guapo eres!» y tú sabes que no es verdad, que hay muchas personas guapas alrededor. Pero casi siempre te topas con algún idiota que te dice «qué guapo eres», y entonces sientes timidez porque sabes que no es verdad, pero satisface tu ego.

Puedes intentarlo, decirle a la mujer más fea o al hombre más feo del mundo: «¡Dios mío! Nunca ha habido nadie como tú en el mundo. Eres tan guapa que ni Cleopatra te habría llegado a la suela de los zapatos», y ni la mujer más fea lo negará. Te dirá: «Eres la única persona sensible...»

A mí me expulsaron de una escuela... Me expulsaron de muchas escuelas y muchas universidades, unas experiencias muy enriquecedoras para mí. Nadie ha estado en tantas escuelas y tantas universidades como yo. En la ciudad en la que vivía había veinte escuelas universitarias, y llegó un momento en que no estaban dispuestos a admitirme en ninguna de ellas. Yo preguntaba:

—¿Cuál es el problema?

—El problema no eres tú —me decían—. No podemos decir que tú seas el problema, porque te han expulsado de todos los demás centros... no porque tú seas un problema, sino porque creas tales situaciones que los profesores presentan su dimisión. No se te puede acusar de nada, porque te limitas a hacer preguntas relevantes, pero como los profesores no pueden responderlas se sienten humillados. No queremos que nuestro profesorado se sienta incómodo.

Solo quedaba otro centro, y pensé que sería mejor no acudir allí directamente sino buscar un intermediario. Así que en lugar de ir a las oficinas, pregunté por el director, por sus cualidades, lo que le gustaba y lo que no le gustaba. Me dijeron:

—Es muy religioso. De madrugada, a las cuatro de la mañana, despierta a todo el vecindario... porque es un tipo muy grandón, muy gordo, y es devoto de la madre Kali de Calcuta. Tiene una estatua muy grande en su casa, ha construido un templo, y cuando empieza a gritar lo que él llama oraciones... Es la única persona de la ciudad que puede hablar ante diez mil personas sin micrófono. Y sus propias palabras lo embriagan de tal manera que...

—Con eso me vale —dije.

Fui a casa del director exactamente a las cuatro de la mañana. Estaba en su templo, desnudo salvo por un pequeño paño, y gritaba sin cesar «Jai Kali, Jai Kali!», que significa «victoria a la Diosa Madre».

Me senté en un rincón del templo y también me puse a gritar «Jai Kali!». Miró a su alrededor, porque era la primera vez que alguien lo acompañaba en sus gritos. Grité con todas mis fuerzas, porque yo no puedo hablar en público sin micrófono, pero era una necesidad imperiosa...

Me preguntó:

—¿Quién eres?

Respondí:

—Un devoto de la diosa madre de Calcuta, pero yo soy un pequeño devoto, no como usted, que es muy grande. He venido a postrarme a sus pies, porque en esta ciudad es usted el único hombre religioso.

Dijo:

—Y tú eres el único hombre que me ha comprendido. Todos los vecinos me denuncian a la policía, y los profesores de la escuela creen que estoy un poco chiflado.

Le dije:

—Todos esos idiotas no tienen ninguna importancia. Un hombre de corazón y amor declara que es usted el mayor devoto de la madre Kali. Es usted el hombre más espiritual que he conocido jamás.

Me preguntó:

—¿Puedo ayudarte en algo?

Contesté:

—No es gran cosa... Quiero que me admitan en su escuela.

Aunque hay otras veinte, si tengo la oportunidad de estar con su excelencia, no entraré en ninguna otra escuela.

Dijo:

—Estás admitido. Y el día que vengas, rellena los impresos.

Te daré una beca, y si quieres alojarte en la residencia, no te cobrarán nada. Eres la única persona que me ha comprendido en toda mi vida. Ni siquiera mi mujer, ni mis hijos... Todos piensan que estoy loco, que me pasa algo.

Fui a la escuela y me recibió junto a la puerta. Los profesores y los alumnos no daban crédito. Me llevó a su despacho y me dijo:

—Aquí no vas a pagar nada, pero como la gente se ha enterado de que estás admitido te tienen tanto miedo como a mí. Así que solo te pongo una condición... No quiero molestar a los profesores. Están todos en tu contra, y sé que también están en mi contra. Son gente irreligiosa, materialista... así que tendrás que perdonarme. Solo una condición: que no asistas a mis clases.

—No me interesan las clases —repliqué—. ¿Puedo ir al templo?

Me abrazó y me dijo, con lágrimas en los ojos:

—Con tan pocos años y ya tienes un corazón tan puro... Las puertas de mi templo siempre estarán abiertas para ti. Lo tengo cerrado por miedo a que los vecinos destruyan la estatua, pero te daré una copia de la llave para que puedas entrar cuando quieras. Cierra la puerta por dentro para que, aunque haya una multitud, tú no tengas que preocuparte. En el camino de los buscadores siempre se interponen estos obstáculos.

Le dije:

—No se preocupe.

Cuando me gradué no había asistido ni a una sola clase. Como iba a trasladarme a otra ciudad para los estudios de postgrado, pensé que sería mejor decirle la verdad. Fui a verlo al templo y le dije:

—No puedo seguir llevando este peso; quiero contarle la verdad. Dice que yo lo comprendo, que soy la única persona que lo comprendo. Lo siento, pero no lo entiendo, y, además, estoy completamente seguro de que le falta un tornillo.

—Pero ¿qué dices? —replicó.

—Me he graduado y ya no tengo ningún problema. Era un soborno, un soborno espiritual.

Y cuando le dije: «Es usted la persona más religiosa que he conocido», incluso ese hombre gordo y grandón parecía tímido. Es el ego, jugando a un juego distinto.
La persona sin ego nunca siente timidez. Si dices algo de ella que no es verdad, lo rebatirá. Quiere mostrarse en toda su autenticidad.

Y por último, «esconderse por miedo». Son diferentes expresiones del ego, la falsa humildad, la timidez (sabiendo perfectamente que lo que se dice no es verdad) y lo tercero, esconderse por miedo. Salvo el ego, no hay ningún elemento en ti que sienta miedo, porque el ego es lo único falso, lo único que tiene que morir. Ni desaparece tu cuerpo (sencillamente volverá a sus elementos básicos) ni muere tu consciencia. Continuará su viaje hacia niveles y formas de expresión más elevados, o acabará por desaparecer en la consciencia universal.

Pero eso no es la muerte, sino hacerse más grande, enorme, infinito, eterno. No es una pérdida. Lo único que morirá y que ha estado muriendo continuamente cada vez que ha muerto —el cuerpo va a los elementos materiales, la consciencia va a la consciencia universal, o a una nueva forma de consciencia—, lo único que muere una y otra vez es el ego. Por tanto, el ego es la causa fundamental de todos tus temores. Quien carece de ego también carece de temores.

Para ti es un criterio intelectual. Para mí no se trata de una distinción intelectual, sino de mi experiencia. El día que desapareció mi ego, descubrí una humildad completamente distinta. He comprendido que no hay motivo para la timidez, y no me escondo por miedo.

Esta experiencia puedes vivirla tú también, y a menos que sea experiencia, si se queda en comprensión intelectual, no será suficiente. La meditación puede ayudarte a librarte del ego, y entonces desaparecerán esas tres cosas, pero en el estado de inconsciencia resulta muy difícil distinguir entre la humildad verdadera y la falsa.

Un hombre me dijo una vez: «No solo no sé lo que me traerá el día de mañana, sino que ni siquiera estoy seguro de lo que me trajo el día de ayer».

Todos vivimos como un sonámbulo, que anda mientras está dormido. Nuestra consciencia es tan superficial y nuestra inconsciencia tan profunda... Todos nuestros actos proceden de lo inconsciente, y todas nuestras decisiones de lo consciente. Por eso nuestras decisiones y nuestros actos nunca son sinónimos. Dices una cosa pero haces otra, porque en tu interior existe una gran escisión.

Lo que actúa es lo inconsciente, y la mente consciente es tan pequeña que solo puede hablar. Por eso todo el mundo habla y dice cosas muy bonitas. Incluso los mejores poetas y artistas de distintos campos... lo que hacen con la poesía, la pintura o la escultura surge de su mente consciente. Es su forma de hablar, su forma de expresarse, de comunicarse con los demás, pero la desagradable experiencia es que, si entras en contacto con ellos personalmente, resultan más normales y corrientes que la gente normal y corriente. Con la maravillosa poesía que han escrito...

Da la casualidad de que conozco a la mayoría de los grandes poetas de este país, porque he viajado por todo su territorio y he conocido a toda clase de personas. Me han sorprendido. Había leído su poesía y me había encantado, pero no daba crédito a que unos hombres tan vulgares hubieran ascendido a tales alturas. Poco a poco me fui dando cuenta de que había una disociación.

La mente consciente habla, y habla de una forma maravillosa, pero la mente inconsciente no sabe nada de lo consciente.

En lo referente a tus actos y a tu modo de vida, van a surgir de lo inconsciente. Es algo inmenso, la herencia de millones de años de evolución humana; es algo con un poder tremendo. Has de recordar que si estás en manos de lo inconsciente no hay forma de ver las cosas tal y como son.

No hay forma de llevar la luz a la oscuridad inconsciente salvo con la meditación. A medida que crece la meditación crece la consciencia y mengua la inconsciencia. Al llegar al punto final, la consciencia es total y desaparece por completo la inconsciencia. En ese momento, tus palabras, tu vida y tú se hacen sinónimos, y ya no existen ni la disociación ni el enfrentamiento.

Los seres humanos normales y corrientes pueden apreciar un hermoso cuadro, pero esa forma de apreciación es otra expresión del ego.

Me han contado el caso de una mujer muy rica que adquirió un cuadro de Picasso. Colocó el cuadro en el salón de su casa. No entendía qué era y ni siquiera sabía si estaba al derecho o al revés. Incluso Picasso se sentía confuso muchas veces, no sabía qué había pintado.

No cabe duda de que Picasso era un gran pintor, pero no un artista consciente. Combinaba los colores maravillosamente, pero sus cuadros no tienen ni pies ni cabeza. Ni siquiera él sabía de qué iban, y en una ocasión en que se lo preguntaron se enfadó muchísimo. Dijo: «Nadie le pregunta su significado a la rosa, ni a los árboles, ni al sol ni a las estrellas. ¿Por qué me tienen que dar la lata continuamente con qué significa este cuadro o el otro? Sencillamente es bello, sin ningún significado».

Aquella mujer era una exhibicionista, ni más ni menos; que lucirse con un cuadro de Picasso, que además valía un millón de dólares. Pero llegaba un crítico a su casa y decía: «Es falso». La mujer quitaba inmediatamente el cuadro del salón. Aparecía otro crítico y decía: «Me gustaría ver ese cuadro»... y resulta que estaba en el sótano. Decía: «¿Quién ha dicho que es falso? Es auténtico», y otra vez volvía el cuadro al salón. Eso ocurrió muchas veces.
El ego es un fenómeno muy sutil. Si hay algo que lo satisface, es bueno. Si no lo satisface, es malo. Y todo el mundo hace como si entendiera de música, para demostrar que sabe de la gran música, la gran poesía, la gran literatura... para demostrar que es un entendido. Pero la realidad es muy distinta. El ego jamás quiere aceptar una cosa: la ignorancia.
El pequeño Ernie empezaba a cansarse del largo sermón que estaban dando en la iglesia. Le preguntó a su madre en un susurro, que todos pudieron oír: «Si le damos ya el dinero, ¿podremos irnos?».

Pura inocencia. Si lo que quiere es el dinero, pues se lo damos y que nos deje en paz. ¿Para qué tanto tormento? Pero solo un niño es capaz de decir eso, y a mí me gustaría que todos mis sannyasins volvieran a ser niños.

—Jamás debéis perder los estribos, muchachos —dijo un día el padre O'Flanagan en la clase de religión—. No debéis decir malas palabras ni enfadaros ni poneros nerviosos. A mí nunca me pasa. Por poneros un ejemplo... ¿veis esta enorme mosca que tengo en la nariz? Muchos malvados se enfadarían con la mosca, pero yo no. Yo nunca pierdo los estribos. Me limito a decir: «Márchate, mosca, márchate».

Y de repente pegó un salto y exclamó:

—¡Por todos los santos! ¡Si es una avispa, la muy hija de puta!

Así de fina es la capa de la consciencia... Nuestras pretensiones, nuestras promesas, son superficiales. El sacerdote se olvidó del sermón que estaba dando y actuó justamente como estaba recomendando que no se actuara.

Es conveniente no sentir simple curiosidad sobre las diferencias entre las cosas. Tienes que meditar más, y entonces la respuesta surgirá en tu interior. Solo tu respuesta te hará realmente sabio. Puedes acumular las respuestas de otros, pero seguirás siendo un ignorante.

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