Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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A veces tengo la sensación de que el sexo me ha abandonado, pero, o no acabo de entenderlo o no quiero aceptarlo. ¿Puedes ayudarme a comprender qué me está ocurriendo?
La mente occidental ha olvidado por completo que el sexo no es la vida, y, por consiguiente, todos los nacidos en Occidente tienen en el inconsciente la idea de que cuando se acaba el sexo, se acaba todo. Y eso no es verdad.

Por el contrario, en el momento en que se desvanece el sexo empieza la verdadera vida. La rosa mística crece en la tumba del sexo. No te pasa solo a ti; le pasa a todo sannyasin que busque honrada y sinceramente la verdad.

El sexo es algo tan infantil, tan absurdo que si te haces una foto durante el acto sexual, te sorprenderán unas cuantas cosas: la mujer con la que estás haciendo el amor ha cerrado los ojos porque no soporta verte en semejante actuación, resulta estúpida. Lo único que puede hacer es cerrar los ojos y dejar que pase ese momento espantoso. Y por eso la mayoría elige la noche para hacer el amor, salvo unos cuantos idiotas.

Te verás haciendo gimnasia, resoplando y sudando encima de la pobre mujer... y ni siquiera te avergüenzas de que una mujer frágil esté debajo de ti y tú encima de ella. Pero te metes tanto en esa actividad inútil que no te das cuenta.

Hay unas cuantas ciudades en Europa y Estados Unidos con restaurantes y hoteles que ofrecen una atracción muy especial. Me han hablado de un hombre que un día preguntó:

—¿En qué consiste esa atracción especial?

El encargado del local le dijo:

—La entrada es cara, pero si le interesa y tiene dinero, podrá hacer el amor con una mujer preciosa.

El hombre no pudo resistir la tentación; dio el dinero y lo llevaron a una habitación. Desde luego, la mujer era preciosa, y cuando empezaron a hacer el amor oyó unas risitas aquí, unas risitas allá. No entendía qué pasaba. Había hecho el amor muchas veces, pero esas risitas... y desde todos lados...

Cuando se encendieron las luces, vio lo que había preparado aquella gente. Había mirillas por toda la habitación, que era redonda, y la gente lo veía; de ahí salían las risitas.

—¡Dios mío! Los del restaurante me han tomado el pelo. —Salió y le dijo al encargado—: ¿Qué es esto? No me había dicho nada.

El encargado replicó:

—Se paga mucho más por ver el espectáculo. No pasa nada; mañana podrá verlo usted. ¿Y qué es un espectáculo sin espectadores?

Dio el dinero, porque pensó que los que se reían disfrutaban más que él, y al día siguiente se sentó ante una mirilla con lente de aumento y se lo pasó tan bien que él mismo se echó a reír. El que estaba a su lado viendo el espectáculo le dijo:

—¿De qué se ríe? Eso no es nada. Tendría que haber venido ayer. ¡El hombre estaba absolutamente enloquecido!

Se ha mantenido oculto el sexo durante siglos, en la oscuridad de la noche, con los ojos de la mujer cerrados. Cuando comienza, a los trece o catorce años de edad, es un mecanismo biológico para la reproducción. No tiene nada que ver contigo; estás en manos de las ciegas fuerzas de la biología. Y si comprendes las cosas suficientemente bien, calculo que cuando llegas a los cuarenta y dos empiezas a notar que el sexo te está abandonando. No que tú debas abandonarlo, y tengo que insistir en esto una y otra vez: no deberías dejarlo, porque esa es la única forma de mantenerlo vivo hasta el último suspiro.

Lo que harías abandonándolo es lo mismo que han hecho los monjes de todo el mundo, hindúes, cristianos, budistas. Lo llaman celibato, un hermoso nombre para una fea realidad. Reprimen su sexualidad en nombre del celibato.

El sexo es una energía vital porque reproduce la vida. No puedes reprimirlo; encontrará formas perversas para salir al exterior, en la homosexualidad, en la sodomía. Y la perversión definitiva de todas las enseñanzas religiosas es el virus del sida. Es resultado de ese supuesto celibato.

Pero nadie condena al Vaticano, nadie condena a los sacerdotes como responsables de que al menos diez millones de personas padezcan sida. Estos son datos solo del mundo occidental, porque en Oriente aún no existen los medios, los procesos ni los expertos para encontrar el virus. De modo que esos diez millones de personas pertenecen al mundo occidental.

Centenares de personas mueren a diario porque no existe curación para el sida; es una muerte lenta. En un período de entre seis meses y dos años, morirás lentamente. Morir rápidamente encierra cierta belleza, porque no sufres, pero quedarte colgado en una especie de limbo, sabiendo perfectamente que no hay curación, dos años de vida se convierten en una terrible pesadilla. No piensas sino en la muerte.

Si reprimes el sexo, no transformas la inmensa energía que contiene, pero si se acaba por sí mismo mediante las meditaciones, mediante el entendimiento, sin esfuerzo por tu parte, brotarán una belleza y una transparencia tales en tu ser que se hará realidad cuanto has soñado y pensado siempre.

Y, como acabo de decir, eso le ocurre a todo sannyasin. Yo lo llamo celibato únicamente cuando el sexo desaparece, no antes. Si lo fuerzas antes de que desaparezca por sí solo, sencillamente te perviertes. Es una ley fundamental de la vida.

Puedes cambiar el flujo natural de la energía de la vida, pero cuando se pervierte, se complica mucho. En primer lugar tienes que devolverla a su estado natural; solo entonces es posible la transformación. La perversión no se puede transformar.

No eres solo tú; tu antigua novia también me ha escrito, y dice: «¿Es posible que me haya abandonado el sexo y yo no me haya dado cuenta?».

Parece muy difícil con los condicionamientos occidentales darse cuenta de la desaparición del sexo con alegría y considerarlo una bendición del más allá. Como los occidentales solo creen en el cuerpo material, el sexo es la única posibilidad de disfrutar de momentos de alegría orgásmica... y eso con suerte, porque hay muchos millones de personas que no tienen esa suerte. Solo muy de vez en cuando alguien vislumbra la alegría orgásmica. Lo prohíben los condicionamientos.

En Oriente, si el sexo desaparece por sí mismo, se celebra. Nos tomamos la vida de una manera completamente distinta; para nosotros no es sinónimo de sexo. Por el contrario, no eres maduro mientras se mantiene el sexo.

Cuando desaparece te llega una gran madurez, así como el verdadero celibato, el auténtico brahmacharya, y te centras. Y al quedar libre de las cadenas de la biología, que son las únicas cadenas que te hacen prisionero de las fuerzas ciegas, abres los ojos y ves la belleza de la existencia. En tus días de celibato te reirás de tu estupidez, de que alguna vez pensaras que es lo único que puede ofrecer la vida...

Está muy bien, y no solo muy bien, que desaparezca el sexo. A medida que desaparezca, descubrirás que en tu interior crece el amor auténtico. El sexo no es amor; es una falacia, una ceguera. Te dejas engañar por la biología, que te induce a pensar eso es amor, pero una vez que ha desaparecido el sexo, tu vida entera queda redimida de su pasado animal. Y al igual que el sexo reproducía más y más niños, la energía libre de sexo empezará a darte un nuevo nacimiento a cada momento. Tu vida se renueva y crece en una nueva dirección.

El sexo es horizontal; el amor, vertical, porque te lleva hacia arriba, hacia las esferas más elevadas del ser. Y cuanto más asciendes en el amor, más te aproximas a la verdad absoluta. El día que tu amor llegue al clímax, experimentarás lo que he definido como satyam, shivam, sundram, la verdad, la divinidad y la belleza.

Entonces esas experiencias dejan de ser algo momentáneo. Pasarán a formar parte de ti, y tú formarás parte de ellas. Serán como los latidos del corazón, que estarán contigo para la eternidad.

Pero comprendo tu problema: hasta ahora solo has conocido un gozo, el del sexo. Eres completamente inconsciente de la existencia de cielos más allá de los cielos y de que tú vas arrastrándote por la tierra. No eres consciente de que tienes alas y de que puedes volar como un águila frente al sol hasta el cielo remoto. El cielo entero será tu reino.

Por eso se ha producido un malentendido. En el transcurso de los siglos lo han experimentado los místicos, y como han experimentado que el sexo funciona como una fuerza cegadora, que te aprisiona, lo condenan. El malentendido consiste en que la gente empezó a pensar que si se puede reprimir el sexo, ellos pasarían a formar parte del mundo místico y sus experiencias.

Nadie se ha atrevido a decir que no es así como debe interpretarse este fenómeno. El celibato no es algo que haya que practicar, no es algo que haya que ensayar, que te pueda imponer ningún método, ningún esfuerzo, ninguna forma de actuar. El celibato llega cuando desaparece el sexo por sí mismo. En el sentido que yo le doy, la palabra «celibato» tiene un sentido muy importante.

Pero el malentendido consistió en que al ver a los místicos gozando, bailando y cantando, con esos ojos, esas caras y el tirón carismático, la gente empezó a reprimir su sexualidad, pensando que era el sexo lo que les impedía conocer las esferas más elevadas del ser. En eso consiste el gran malentendido.

Yo he dedicado todos mis esfuerzos (que me han valido la condena de todas las religiones, porque todas viven sumidas en este malentendido) a destruir ese malentendido.

No estoy a favor del sexo, pero tampoco estoy en contra.

Tiene su tiempo, su época, su clima, y hay que concederle ese tiempo. Es un fenómeno completamente natural, pero no debe expandirse más allá de sus límites.

Al igual que aparece a la edad de catorce años, si lo vives total, intensamente, sin las culpas que inducen las religiones, te verás fuera de esa cárcel aproximadamente a los cuarenta y dos. Eso como término medio; los más inteligentes pueden librarse antes. A los que son un poco tontos les costará un poco más.

Pero los malentendidos están por todas partes.

Justo antes de la operación, el dinámico cirujano le explicaba al paciente las nuevas técnicas de recuperación.

—Debe empezar a andar lo antes posible —explicó el médico —. El primer día tiene que andar unos cinco minutos; el segundo, diez minutos, y el tercero al menos una hora. ¿Entendido?

—Sí, doctor —replicó el paciente, un tanto asustado—. Pero podría quedarme tumbado durante la operación?

A Gilroy y Loretta no les fueron bien las cosas la primera vez que se acostaron. Gilroy se esforzaba cuanto podía, pero Loretta no respondía. Desesperado, Gilroy le preguntó:

—¿Qué pasa?

—Es tu órgano —respondió Loretta—. No es suficientemente grande.

—¡Vaya! No sabía que fuera a tocar en una catedral —replicó Gilroy indignado.

El mundo está plagado de malentendidos. Crean confusión, crean caos, y cuando todos han entendido algo mal y tú eres el único que intenta que lo entiendan como es debido, se ofenden.

Ni un solo líder religioso ha refutado con lógica lo que yo digo, porque esa gente carece de lógica, pero me han condenado sin refutarme, y como todos andan metidos en lo mismo, parece que yo estoy solo contra todo el mundo.

Pero lo que yo digo es una verdad de fácil comprensión.

No se puede imponer el sexo... ¿Cómo es posible que un niño de siete años tenga la suficiente potencia como para reproducirse? La sola idea parece absurda. El sexo llega espontáneamente; es una cuestión de madurez del cuerpo, de la química, de la fisiología, que lo produce a los doce años de edad.

Si la llegada no está en tus manos, tampoco va a estarlo la salida; se marchará sin problemas a los cuarenta y dos años de edad. Solo hay que recordar una cosa: no te dejes corromper por las religiones, no te dejes corromper por las escrituras, ni por los supuestos santos. Son las personas más perversas sobre la faz de la tierra. Han destruido al ser humano en tantos sentidos que sus crímenes son incontables.

El mayor crimen consiste en crear culpabilidad por el sexo, porque eso mantiene el sexo vivo más allá de sus límites naturales. Por eso, incluso una persona de setenta años sigue pensando en el sexo. En realidad, no tiene nada más en lo que pensar... Ya jubilado, ¿qué otra cosa puede hacer? Pues hay que pensar en ello y hablar sobre ello. El sexo, que antes formaba parte del cuerpo físico, se ha trasladado y se ha convertido en algo cerebral, en algo mental.

Incluso en el momento de la muerte, la mayoría de las personas mueren con una imagen sexual flotándoles en la mente. Eso es algo muy feo, y la responsabilidad es de los supuestos santos. Ni comprenden la psicología y la ciencia de la transformación ni les importa que lo que enseñan vaya a destruir la vida de las personas.

Lo que yo os enseño es que cuando empiece a funcionar la energía sexual le deis pleno apoyo. A la edad de dieciocho o diecinueve años es cuando el ser humano posee mayor energía sexual, cuando llega al punto culminante. Pero la sociedad te lo prohíbe; tienes que ir al instituto, tienes que ir a la universidad, tienes que volver de la universidad (cuando a lo mejor ya tienes veinticinco años), y después tienes que casarte.

Pero al llegar a los veinticinco años ya llevas seis, cuesta abajo. Es algo completamente anticientífico. Los chicos y las chicas deberían convivir en las universidades, no en residencias separadas, y se les debería proporcionar cuanto la ciencia ha descubierto sobre el sexo. Naturalmente, en épocas pasadas era un poco difícil, debido al problema del posible embarazo, pero ahora no existe ningún problema. La píldora ha sido la mayor revolución mundial, mucho mayor que la revolución rusa.

Y ahora han entrado en funcionamiento otras dos píldoras que han convertido el sexo en simple diversión, sin nada por lo que preocuparse. La primera píldora tenía que tomarla la mujer durante cierto período de tiempo; solo así se podía evitar el embarazo, y no tenía una seguridad al ciento por ciento. Era muy normal que no estuvieras esperando a tu amante y no hubieras tomado la píldora... Y la mente humana es tan absurda que sigue pensando que no puede producirse un embarazo cada vez; como es algo raro, nada de qué preocuparse. Se puede correr el riesgo. Pero ese riesgo siempre supone un gran peligro.

Me han contado que un hombre viajaba en un autobús lleno de niños. Paró junto a un pequeño hotel para que los niños tomaran un refresco, té o algo. El encargado del hotel le preguntó:

—¡Dios mío! ¿Son todos suyos?

El hombre respondió:

—No son míos. Soy representante de métodos anticonceptivos y estos niños son mis fracasos. Los llevo a la fábrica para mostrarle al dueño que algo no funciona con sus métodos conceptivos. Cuente cuántos son... Y los padres me están esperando con las pistolas cargadas para matarme, porque les había dado una garantía del ciento por ciento.

La primera píldora no tenía una garantía del ciento por ciento. La segunda píldora es tremendamente importante. Hay que tomarla después de haber hecho el amor, así que no hay ningún problema, no se corre ningún riesgo. Y la tercera píldora es incluso más importante, porque establece la igualdad entre el hombre y la mujer. ¿Por qué solo tendría que tomar la píldora la mujer? El hombre puede tomar la tercera píldora.

Si se observa científicamente, sin prejuicios, debería permitírsele a todo joven, hombre o mujer, que hiciera el amor sin culpabilizarse, pero les obligamos a reprimir su sexualidad, y cuando sus energías empiezan a declinar les permitimos que se casen.

De esto surgen dos problemas. En primer lugar, les hemos estado diciendo durante veinticinco años que el sexo es malo, para evitar que tengan relaciones sexuales. Veinticinco años es la tercera parte de la vida, tiempo suficiente para cimentar un prejuicio contra el sexo. Y, de repente, todo cambia un día y les permitimos que se casen. Es una estupidez, porque ¿qué pasará con esos veinticinco años de propaganda contra el sexo? Y los que se casan también son imbéciles; no les preguntan a los sacerdotes y a los padres: «¿Qué va a pasar con ese condicionamiento de veinticinco años? Ahora nos dais permiso para hacer el amor, pero ¿y esos veinticinco años de prohibición?».

De modo que el primer problema consiste en que el hombre es el único animal... El hombre es el animal más inteligente, pero sin la menor inteligencia con respecto al sexo. No les dan clases de educación sexual a los ciervos, a los leones, a los caballos o a los burros. No necesitan que les enseñen nada sobre el sexo; es algo natural en ellos, pero los seres humanos se sienten confusos tras veinticinco años de constante insistencia por parte de la religión, los padres, la sociedad, la universidad. No saben qué hacer en la luna de miel.

Me han contado que un joven se casó y se fue a pasar la luna de miel a un hotel de un centro turístico. Esa noche había luna llena. La mujer se desnudó inmediatamente y se acostó en la cama, pero el joven siguió sentado ante la ventana, contemplando la luna. Pasaron los minutos, las horas, y la mujer preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Qué haces ahí sentado? Es nuestra luna de miel.

El hombre replicó:

—Cállate. Antes de venir aquí, le pregunté a mi madre: «¿Tienes que darme algún consejo?». Me dijo: «Es la noche más importante de tu vida. No te pierdas un solo momento». Así que estoy esperando y contemplando la noche, la noche más importante. No me distraigas.

Pero esto ocurre, y después ocurre otra cosa: el profundo sentimiento de culpa sobre el sexo, que es pecado. Si tienes la idea de que algo es pecado no podrás disfrutarlo realmente. El pecado te frenará. El pecado hará que te avergüences de ti mismo: ¿qué estás haciendo? Por eso ningún hombre, ninguna mujer están preparados para hacer el amor con profundo gozo, en libertad. Por el contrario, todo el mundo está predispuesto contra el amor.

Esa es la razón por la que la gente no se libera de la sexualidad a los cuarenta y dos años; continuará incluso hasta los ochenta. La sociedad anula a las personas... y quizá también lo haga inconscientemente. Te arrebatan tu hogar, la experiencia que era posible para ti, pero que no se produce hasta que el sexo te abandona por sí mismo.

Entonces la libertad tiene un significado completamente distinto. No la has alcanzado; te la han concedido desde el más allá. La existencia ha aceptado que ya estás preparado para mayores misterios. Ya no tienes que seguir aterrándote a tu osito de peluche; puedes trasladarte a tierras de éxtasis, a experiencias de dicha que conocen un principio pero no un final. Puedes empezar a buscar la verdad de tu ser y la verdad de la existencia.

Me parece muy extraño que se me condene por educar a la gente en el sexo. En realidad les enseño el celibato natural, pero para que surja el celibato natural el sexo también tiene que ser natural.

El sexo no es la meta; solo es una escalera.

Si puede ser natural, sin sentimiento de culpa, sin contaminación, lo traspasarás y te sorprenderás enormemente al comprobar que te has hecho maduro. Los placeres corporales no tendrán ningún sentido, porque, en comparación con la dicha espiritual, se desvanecerán.

Lo que ocurre es perfecto... Es un momento festivo cuando el sexo te abandona, y así ha debido de ser, porque ahí está el certificado de Prem Premal. Ahora ya puedes pasar de la vida animal normal y corriente a la auténtica transformación. Es la misma energía que interviene en el sexo.

Si el sexo desaparece tienes tanta energía para la meditación, tanta energía para la simpatía, tanta energía para la creatividad... y eres una persona creativa.

Con toda esa energía liberada tendrás una creatividad en tu trabajo como jamás habrías soñado. Esa creatividad te llevará a la autorrealización.
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