Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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III
VIVIR
Intensa y apasionadamente
Hay que vivir la vida tan total e intensamente

que puedas exprimir el jugo de cada minuto sin dejarte

ni una sola gota. Solo una vida así es auténtica, grandiosa;

solo una vida así no llega al final con la muerte,

sino que en el momento de la muerte llega

a las puertas de lo divino.
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¿Por qué este terrible miedo a sentirme realmente vivo?
El miedo a sentirse realmente vivo no es el miedo a la vida, sino un miedo encubierto a la muerte. Si estás vivo, morirás. La muerte es la culminación de la vida. El miedo a la vida no es fundamentalmente miedo a la vida; es el miedo a lo que te traerá la vida en última instancia, es decir, la muerte.

Pero la mente es muy astuta para encubrir las cosas y para indicar los caminos que no se deben seguir, que te alejan de la realidad de tu experiencia interior, subjetiva. ¿Cómo se puede tener miedo a la vida? ¿Por qué?

Lo único que tenemos es la vida: toda la música, toda la danza, todos los cánticos, la belleza y la búsqueda de la verdad son de aquel que está lleno de vida. ¿Qué temor a la vida puede existir?

Hay que vivir la vida tan total e intensamente que puedas exprimir el jugo de cada minuto sin dejarte ni una sola gota. Solo una vida así es auténtica, grandiosa; solo una vida así no llega al final con la muerte, sino que en el momento de la muerte llega a las puertas de lo divino.

La muerte es una experiencia compleja, como lo es la vida, e incluso quizá más compleja, porque la vida se extiende a lo largo de setenta u ochenta años y la muerte se condensa en un solo momento, en un segundo. Por su condensación... es un milagro. Los que no han vivido solo experimentan la muerte. Y quienes han vivido experimentan plenamente la liberación eterna en la consciencia universal; para ellos, la muerte es una amiga.

Pero empieza por la vida, porque la vida es el principio y la muerte el final. Si tienes miedo desde el principio no darás alimento al rosal, no le darás agua, no lo cuidarás. No te aproximarás a él, no derramarás tu amor sobre él. El rosal se secará, morirá sin rosas, sin haber experimentado un hermoso momento de dicha o éxtasis. Se secará; no llegará a saber que tenía la posibilidad de una inmensa belleza y de la fragancia de las rosas. Naturalmente, ese estado es muy deprimente. Morirá angustiado, sin haber sabido lo que es la vida. Solo conocerá la muerte.

Hay que recordar lo siguiente, de simple lógica: si no vives la vida plenamente, tendrás que experimentar la muerte. Y la muerte es una ficción, pero la sentirás casi más que tu vida real, porque nunca has vivido la vida... Ha sido como un eco, débil, lejano; como mucho, habrá consistido en un sueño. Pero no has vivido realmente, no has amado realmente, no has bailado realmente. Siempre te has mantenido a distancia de dondequiera que hubiese una fuente de vida para rejuvenecerte; no te has permitido el rejuvenecimiento, no has permitido que la vida te visitara y fuera tu huésped.

Aunque parecía que estabas vivo, esa vida era solamente médica. Respirabas, hablabas, dormías, despertabas, trabajabas... los signos que la ciencia médica considera propios de una persona viva.

Pero los místicos saben mucho más que los médicos. Saben que son solo signos de vida, pero no la vida, y que puede existir la vida sin los signos de vida y que los signos pueden existir sin la vida.

Me acuerdo de un místico indio, Brahma Yogui. Estuvo aprendiendo una sola cosa durante casi treinta años, porque quería demostrar a la ciencia médica —él era médico— que los signos de vida no son sinónimos de vida. Qué mundo tan extraño. Lo expuso en Oxford, en Cambridge, en Harvard, en Tokio, en Calcuta.

Hacía lo siguiente. Se sumía en una meditación profunda, y el ritmo de la respiración iba disminuyendo lentamente, se le paraba el pulso, no se oían los latidos del corazón. Los médicos —los mejores médicos de esas universidades— lo reconocían, y hasta doce de ellos firmaban el certificado de defunción. Aquel hombre presentaba todos los síntomas que la ciencia médica considera la muerte; no cabía ninguna posibilidad de que estuviera vivo.

Brahma Yogui ponía como condición que cuando lo dieran por muerto firmaran inmediatamente el certificado de defunción. Al cabo de diez minutos empezaba a respirar de nuevo, lentamente, recuperaba el pulso, volvía a latirle el corazón, abría los ojos despacio y sonreía a los médicos. Le dieron el certificado de defunción tantas veces, en tantos colegios médicos, en tantas universidades, que aquello llegó a ser un gran enigma. Los médicos no daban crédito; todos los síntomas eran clarísimos. ¿Cuál era su secreto?

Su secreto es conocido en Oriente desde hace siglos. No quiero que perdáis treinta años en demostrarlo, porque es inútil, pero en un nivel más modesto podéis experimentarlo mientras meditáis. A medida que la meditación se hace más profunda la respiración se hace más lenta, silenciosa.

Sabes muy bien que cuando estás enfadado o te sientes humillado la respiración se acelera y se aceleran los latidos del corazón. Cuando te llegan buenas noticias, que te ha tocado a lotería, por ejemplo, el corazón te late tan fuerte que lo pueden oír hasta los vecinos. Sabes que con las emociones cambian los latidos del corazón, la respiración. En la meditación trasciendes las emociones, trasciendes los pensamientos. Naturalmente, la respiración se hace tan silenciosa que, a menos que intentes oírla desde muy cerca, es casi imposible.

En el zen, cuando el meditador llega muy profundo, la única manera de averiguar si está vivo o muerto consiste en ponerle un espejo ante la nariz. No se oye la respiración, pero en el espejo aparece un poco de vaho. Esa es la única señal de que está vivo.

Brahma Yogui demostró sin dejar lugar a dudas a casi todos los expertos del mundo que los signos de la vida son solo externos. La fuente de la vida puede permanecer tan silenciosa en el interior que no hay forma de reconocerla desde el exterior. Solo la persona con vida conoce su belleza, su luminosidad, su dicha, pero esas cosas, la dicha, el éxtasis, no las puede detectar un estetoscopio. Ningún instrumento las percibe.

Si la vida puede disociarse de sus signos —esto no lo dijo Brahma Yogui; lo digo yo—, la otra posibilidad también se hace realidad. Podría ocurrir que millones de personas solo sufrieran signos de vida, mientras que dentro no tienen nada. Como robots, tienen fisiología, biología, química, un cerebro con un programa incorporado para funcionar durante setenta años. Seguirá funcionando.

Quizá os sorprenda saber que incluso en la tumba sigue creciendo el pelo, siguen creciendo las uñas, porque su proceso incorporado es tal que no necesita la vida. Si abres una tumba, te quedarás atónito: el pelo del cadáver es muy largo, y también las uñas. Quizá alucines y pienses: «¿Este hombre se ha muerto de verdad o nos ha engañado?».

Pero el mundo está lleno de cadáveres... Son cadáveres porque le tienen miedo a la vida. ¿Y por qué le tienen miedo a la vida? Porque si entran en el torrente de la vida, al final tendrán que enfrentarse a la muerte. Pero su lógica es absurda.

La experiencia de cuantas personas han vivido total e intensamente en el transcurso de la historia de la humanidad, de quienes han quemado la antorcha de su vida por ambos extremos, es que no encontraron la muerte. Estaban tan vivos que en el momento de la muerte se produjo una gran transformación. No mueren, no se quedan inconscientes; simplemente pasan a una nueva forma de vida, o si se han despertado hasta tal punto que no hay necesidad de otra forma de vida, pasan al universo sin forma. El universo entero se convierte en su cuerpo y su ser. Esa es la cima más alta que puedes alcanzar, pero si le tienes miedo a la vida, te resultará muy difícil.

En la India hay una planta muy bonita. También tiene un nombre muy bonito; se llama chuimiu, que significa «quisquillosa». Con solo tocar una hoja de la planta, esta se cierra inmediatamente, se cierran las dos hojas que la componen y parece completamente muerta. Se queda en situación de emergencia. Hay algún peligro... y espera al menos quince minutos para ver si el peligro ha desaparecido. Después vuelve a abrir las hojas lentamente.

Si eres una chuimui, tan quisquillosa que en cuanto la vida se aproxima a ti te cierras, ¿para qué estás viviendo? Ya estás muerto. Las personas están muertas en diferentes grados: unas al ciento por ciento, otras al cincuenta por ciento, otras al treinta por ciento. Las más religiosas, las más virtuosas, las más moralistas, las más puritanas... no tienen más de un cinco por ciento de vida, o incluso menos. Los grandes santos menguan aun más; solo viven al uno por ciento, porque todavía respiran. Salvo eso, no muestran otros signos de vida.

El miedo a la muerte te aleja de la vida.

Pero la realidad es que si vives al ciento por ciento, o mejor si lo consigues un poco más, no te sobrevendrá la muerte. No experimentarás la muerte, sino solo un cambio de casa. Todos sabrán que has muerto, pero ¿qué tienes tú que ver con los demás? Tú sabrás que estás vivo, y más vivo que nunca, porque el cuerpo es un obstáculo, una jaula, una prisión.

La mente está cargada de porquería. No ves que tu consciencia lleva una carga casi himaláyica de milenios, hasta el punto de haberle doblado la espalda. En cuanto tu consciencia se libera del cuerpo, sale al aire abierto, bajo el cielo, bajo las estrellas. Y esa liberación es la liberación del pasado, porque el pasado se lleva en el cuerpo, en el cerebro.

La consciencia es siempre nueva, pero como estás identificado con el cuerpo, piensas que durante una época eres joven, después eres viejo y un día mueres. Es la identificación con el cuerpo lo que crea el problema.

Tienes que aprenderlo todo desde el principio: la vida, el amor, la risa.

La vida es muy corta; no la desperdicies con miedos. Sumérgete en las aguas más profundas de la vida. Solo la vida puede redimirte de la muerte. Lo que normalmente parece el final de la vida no es el final de la vida para quienes han despertado. Es el comienzo de una vida completamente nueva, mucho mejor, mucho más grande, mucho más luminosa.

Empiezas a enamorarte; vives al menos al diez por ciento. Empiezas a disfrutar de la comida; estarás un poco más vivo. Empieza a disfrutar de la belleza que rodea el mundo, y estarás más vivo.

Mantente libre de las ataduras como el matrimonio, porque no conozco nada que se parezca tanto a la muerte como el matrimonio. Dos personas, las dos vivas, sentadas una junto a la otra, muertas... completamente muertas. Yo puedo distinguir desde lejos, al ver a una pareja andando, si son marido y mujer. Si les ves las caras largas, santurronas, es que son marido y mujer. Si los ves riendo, disfrutando, bromeando, la mujer es de otro hombre, o al revés, el hombre es de otra mujer.

Si realmente quieres estar cada día más vivo, aproxímate más a la intensidad y a la totalidad en todos los terrenos de la vida.

La vida es una bendición, no un pecado. La vida es un regalo no culpabilidad. La vida es lo más grande que te da la existencia, gratis. Como no has pagado nada por ella, no reconoces su valor.

No pierdas ni un solo momento; cuando surja la oportunidad de bailar, no te quedes en un rincón como un simple espectador. Participa. Cuando la gente se ría, no participes solo por no parecer tonto; ríe de todo corazón. Que no te preocupe si los demás se ríen o no.

Deberíais fijaros en mi sannyasin Sardar. No le importa que los demás se rían o no; cuando le apetece reírse, se ríe. Es siempre el primero; después lo imitan los demás, poco a poco, pensando que si todo el mundo se ríe está bien, que no hay nada malo.

La meditación te ayudará a aproximarte a la vida. El amor te ayudará a acercarte a la vida, como también te ayudará la creatividad. Disfrutar de las pequeñas cosas que han sido condenadas por esos estúpidos llamados santos te acercará a la vida.

En el ashram del mahatma Gandhi estaba prohibido hasta el té. El té no es un gran pecado; contiene un poco de cafeína, pero no es un pecado. En ninguna escritura religiosa se dice que el té sea un pecado. Y para destrozar el paladar de la gente, Gandhi se inventó un chutney, una salsa. ¿Habéis visto los árboles del neem?. Probad las hojas y no lo olvidaréis jamás. Son lo más amargo del mundo. Gandhi obligaba a todos los del ashram... Comía con los demás, y comprobaba si les daban salsa de neem. Era una estrategia para destruir el paladar de la gente.

Un escritor estadounidense se estaba preparando para escribir la biografía de Gandhi y le permitieron alojarse en el ashram unas semanas. Recuerdo que lo que más trabajo le costó fue esa salsa de neem, dos veces al día. «El primer día no podía creérmelo... ¿Qué pasa, me están envenenando o qué? Después Gandhi me explicó las bondades de esa salsa: "En los ayurvedas, el neem se considera la planta más valiosa del mundo; posee grandes cualidades, purifica la sangre. Lo malo es que sabe fatal".»

Así que cuando Gandhi se lo explicó, al ser un recién llegado, probó un poco y dijo: «¡Dios mío!». Pensó que para no destrozar toda la comida sería mejor tragárselo de golpe, beber un poco de agua y disfrutar después de la comida.

Se lo tragó de golpe, y el mahatma Gandhi llamó al cocinero y le dijo: «Ya te decía yo que le iba a gustar. ¡Tráele otra ración!».

El biógrafo dijo: «Dios mío, ahora no voy a poder ni tragármelo».

La salsa de neem tenía sus virtudes porque uno de los puntos fundamentales del ashram procedía del jainismo: la insipidez. Esas son las personas que van en contra de la vida. La comida no tiene que saber a nada, no hay que llevar ropa bonita, no hay que disfrutar de las cosas cotidianas de la vida, como una cama cómoda, una casa bonita con un jardincito y sus flores.

¿Sabéis que en el ashram de Gandhi solo había macetas de trigo, porque no quería rosas? Las rosas son un lujo y representan el capitalismo, y lo que necesita la India es trigo. ¿Cuánto trigo pueden proporcionar dos o tres macetas a noventa millones de personas?

Pero era un símbolo de su mente y un símbolo de la mente de los llamados santos. Torturarse a sí mismo... y la única forma de torturarte es privarte de cuanto vive, ama, de cuanto es bello.

Debéis entender que yo lo enfoco todo desde la afirmación de la vida. Para mí, cuanto deniega la vida es irreligioso, y hasta la fecha todas las religiones han sido irreligiosas en ese sentido. Deniegan la afirmación de la vida y, naturalmente, cuanto más te alejas de la vida, más muerto te sientes. Te limitas a arrastrarte desde la cuna hasta la tumba. Lo único de lo que puedes disfrutar es que la gente piense que eres un santo, para satisfacer tu ego.

Giles, un campesino, decidió hacer testamento. Reunió a sus tres hijos y les dio un pato a cada uno, indicándoles que quien vendiera su pato a mayor precio heredaría las tierras.

El primer hijo fue al mercado y vendió su pato por diez dólares.

El segundo hijo vendió su pato al vecino por quince dólares.

El tercer hijo, que tenía algo de soñador, llevaba su pato al pueblo cuando lo abordó una chica de una aldea y se ofreció a hacer el amor con él a cambio de que le diera el pato.

Resulta que se lo pasaron tan bien que la chica quiso devolverle el pato si volvía a hacer el amor con ella.

Con el cuerpo tembloroso después de aquella experiencia, cuando iba por un camino rural con su pato, un coche lo atropelló y mató el pato.

El conductor saltó del coche y puso un billete de veinte dólares en la mano del joven, mientras se disculpaba por haberlo atropellado.

El joven se incorporó y volvió a su casa, cansado y con la ropa hecha jirones. Giles le preguntó qué tal le había ido.

—En fin —dijo el chico—. Me han jodido por un pato, me han dado un pato por joderme y veinte dólares por un pato jodido.

Mira el lado más agradable de la vida, disfrútalo plenamente y desaparecerán todos tus temores. Solo la experiencia de la vida, del amor y la risa pueden disipar la oscuridad del miedo.
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