Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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títuloOsho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice
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10
La otra mañana, durante tu charla, tuve la sensación de que mi cara desaparecía. Era una sensación muy agradable, que me sorprendió y me dejó asombrado. ¿Podrías decir algo al respecto, por favor?
No era tu verdadera cara lo que desaparecía. Lo que desaparecía era tu máscara. Solo puede desaparecer la máscara. La verdadera cara se puede tapar, pero de ningún modo borrarse. Se emplea la máscara para tapar la cara; tenemos múltiples máscaras y las cambiamos según lo requiere la situación.

Si estás ante tu criado, te pones una máscara. Eres el amo. Cuando te enfrentas a tu jefe, te pones una máscara distinta: aunque te esté humillando, sonríes. La verdadera cara no puede sonreír, pero la máscara sí. En el fondo estás echando pestes, pero tienes que sonreír, porque, si no, pones en peligro tu trabajo.

Me han contado una historia sobre una oficina en la que el jefe solo estaba una hora, pero cuando llegaba reunía a todos los empleados y les contaba chistes. Únicamente sabía tres chistes, por lo que se producía una situación muy extraña. Aquellas personas habían oído los chistes miles de veces, pero cuando el jefe los contaba (porque solo se sabía tres, es decir, que cada chiste se repetía al menos dos veces a la semana) se reían a carcajadas y aplaudían como si fuera la primera vez que los oían. Incluso el jefe pensaba: «¿Qué pasa aquí? ¿Se les habrá olvidado?».

Pero un día se desveló el secreto. Una de las mecanógrafas no se rió. Todos se la quedaron mirando: ¿qué le pasaba? Siempre se había reído más que nadie...

El jefe también se sintió molesto, porque había contado un chiste y la chica ni siquiera sonreía. Le preguntó:

—¿Qué te pasa?

—No me pasa nada —contestó la chica—. Me han ofrecido otro trabajo, y a partir de ahora me reiré allí, no aquí. Que sigan riéndose estos idiotas. ¡Es por sus chistes por lo que me cambio de trabajo! Estoy harta, porque ha contado los mismos chistes tantas veces que hasta me los repito a mí misma. Lo paso fatal... Por la noche, mientras duermo, repito el chiste y me despierto sudando. Esos tres chistes se han convertido en mi pesadilla.

»He cambiado de trabajo y he venido por última vez a ver qué se siente sin tener que reírse. Me siento muy bien porque por primera vez ve mi verdadera cara; lo que llevan todas estas personas que se ríen a carcajadas y sonríen de oreja a oreja son máscaras. En el fondo están echando pestes de usted y les gustaría cortarle el cuello. Saben que a menos que lo maten... Hablan a sus espaldas, y yo he oído lo que dicen. Piensan... ¿cómo acabar con ese tipejo?, porque es él o nosotros. Esos tres chistes son suficientes para matar a cualquiera; ya lo llevan casi en la sangre, en los huesos, en los tuétanos. Incluso cuando están mecanografiando algo se olvidan de todo y se ponen a mecanografiar el chiste. Si tienes que oír lo mismo año tras año y fingir...

Lo que has sentido es muy hermoso. Ese es mi único anhelo, veros con vuestra verdadera cara.

Que desaparezcan las máscaras; sé tu mismo y te sentirás ligero, lo disfrutarás. Al principio quizá te quedes asombrado, pero como seguirá ocurriéndote una y otra vez, desaparecerá el asombro y la sensación agradable será más profunda.

Llega un momento en el que una persona es completamente verdadera, y entonces su vida se llena de dicha.

Te han obligado a ponerte máscaras porque se espera que actúes de una forma determinada, que hables de una forma determinada, que vistas de una forma determinada. No tienes la misma libertad. La sociedad te encarcela, por todas partes. Esa es tu esclavitud y ese tu sufrimiento, tu dolor y tu infierno.

Sal de tanta falsedad y sé simple, tan simple como los pájaros que cantan, como los árboles que disfrutan del sol, como los niños pequeños.

Llevaron al pequeño Hymie Goldberg a una sesión de espiritismo. Cuando llegó, la médium le preguntó si le gustaría establecer contacto y hablar con alguien.

—Me gustaría hablar con mi abuelita —contestó Hymie.

—Por supuesto, cielo —dijo la médium, y se sumió en un profundo trance. Se puso a gemir y a hablar con voz extraña, diciendo—: Soy tu abuelita que te habla desde el cielo... un sitio maravilloso en el firmamento... ¿Quieres preguntarme algo, Hymie?

—Sí, abuelita —replicó Hymie—. ¿Qué haces en el cielo si todavía no te has muerto?
La inocencia infantil.

El pequeño Ronnie se estaba haciendo mayor. Un día le preguntó a su madre:

—¿De dónde vienen los niños, mamá?

—Los trae la cigüeña —contestó la madre.

—Sí, pero ¿quién se tira a la cigüeña, mamá?

11
¿Cómo puedo dejar el ego a la puerta de casa? Me sigue como una sombra e incluso se esconde detrás de mí para que no lo vea.
La pregunta demuestra que no has comprendido el significado del ego. No es nada visible ni tangible, ni siquiera una sombra que te sigue. Es algo que se te coloca encima de la cabeza, y por eso no puedes verlo. Es todo lo que conoces de ti mismo, tu nombre, tu respetabilidad, tu poder; cuanto tienes es tu ego.

El ego es simplemente una creación mental, y comprenderlo supone un proceso muy sutil. La sociedad en la que te has criado no quiere que te conozcas a ti mismo, pero sería muy peligroso no permitirte que te conocieras a ti mismo y dejarte en un estado caótico. El peligro radica en que en ese caos podrías empezar a buscarte.

No se puede vivir en el caos. Hay que encontrar el ojo del huracán, porque es una necesidad primaria para sobrevivir. La sociedad crea el ego como sustituto de tu ser, y, por su parte, la mente crea la idea del yo, del ego. Ese sustituto es absolutamente imprescindible para mantenerte alejado de ti mismo, porque cuando llegas a creerte que eso eres tú, no se plantea la cuestión de buscarte a ti mismo. Es lo que les ha ocurrido a millones de personas que han vivido en este planeta y lo que les sigue ocurriendo hoy en día a millones de personas. Actualmente hay más ignorancia que nunca en el mundo, debido a la población.

Hay cinco mil millones de imbéciles en el mundo. Es algo que no había ocurrido nunca; es algo completamente nuevo. Vives en un mundo muy especial, en el que cinco mil millones de personas no saben nada de sí mismas. La ignorancia no ha sido jamás tan tremenda ni la noche tan larga como en la actualidad. Pero aparte de lo que pase en el mundo, cada individuo es capaz de salir de esa oscuridad. Lo primero que ha de comprender es que no se conoce a sí mismo, y que lo único que sabe de sí mismo son las opiniones que le imponen los demás.

Alguien te dice: «Eres muy inteligente», y te resulta tan gratificante creértelo que te lo crees. Hace falta un enorme valor para desvincularte de cuanto has creído ser.

Tú eres el ego; por consiguiente, te resulta difícil dejarlo a la puerta de tu casa. Como no conoces nada de ti salvo el ego, si lo dejas fuera te dejarás fuera a ti mismo. Podrás dejarlo a la puerta únicamente si comprendes su estructura.

Mantenerte ocupado, haciendo cosas, es un falso sustituto para no tener tiempo, no tener fuerzas, no tener necesidad de buscar tu auténtico ser. En resumidas cuentas, eres completamente falso.

Yo no creo en los términos medios. O eres real o eres irreal; no cabe la posibilidad de que una mitad de ti sea real y la otra mitad irreal. Lo real y lo irreal no pueden coincidir. No es posible que cierto porcentaje de ti sea real y el resto irreal. Es imposible. La ley de la consciencia no lo admite. Lo real y lo irreal jamás coinciden.

¿Has visto alguna vez que coincidan la luz y la oscuridad? O hay luz o hay oscuridad; no pueden estar al mismo tiempo en tu habitación, la una a este lado y la otra al otro lado para que puedas disfrutar de la luz y de la oscuridad al mismo tiempo.

El meditador entra en su mente y se pone a observar cómo funciona. El hecho mismo de observar la mente le hace consciente de que él no es la mente, que no es parte de la mente. El meditador es una entidad lejana, cualitativamente distinta, un simple observador: en otras palabras, un simple espejo que solo refleja la realidad pero en el que no deja huella ninguna realidad.

Si se presenta ante él la cara fea, muestra sin juzgar la cara fea en todos sus detalles, sin condenarla. Y cuando aparece la cara hermosa, tampoco la evalúa ni la reconoce. Refleja la cara fea y la cara hermosa por igual, como un testigo imparcial, lejano, como un reflejo.

En cuanto te conviertas en testigo no sentirás la necesidad de dejar el ego a la puerta de tu casa. Aun más: el ego te habrá dejado a ti e, incluso si vas tras él, no lo alcanzarás.

De modo que hay que comprender el proceso correctamente. El ego no es como el paraguas, los zapatos o el impermeable que dejas a la entrada. El ego está escondido dentro de tu mente. Naturalmente, no puedes dejarte la cabeza fuera, y el ego va contigo adondequiera que vayas.

Hay que comprender el ego, y al comprenderlo desaparece. Solo un testigo sabe que el ego es una falsa entidad, y no hay por qué luchar contra una falsa entidad.

¿Acaso luchas contra la oscuridad? Cuando entras en tu casa a oscuras, ¿luchas contra la oscuridad para echarla de allí? ¿Sacas la espada para cortarle la cabeza? Si haces semejante tontería simplemente demostrarás lo poco inteligente que eres. No podrás ni siquiera rozar esa oscuridad de tu casa. No puedes meterla en unas bolsas, sacarlas y tirarlas al jardín del vecino.

Con lo negativo no se puede hacer nada directamente. Si quieres hacer algo con lo negativo, haz algo por lo positivo. Cuando no quieres que haya oscuridad en tu habitación das la luz, sin preocuparte por la oscuridad. El enfoque es completamente distinto. Das la luz, y en cuanto aparece la luz se desvanece la oscuridad.

Lo mismo es aplicable a tu ego. No tiene existencia propia; es un falso sustituto que te han dado para que puedas seguir jugando con él y te olvides por completo de la búsqueda del ser real. Y las exigencias de ese falso ego son enormes; jamás quedan satisfechas. Pedirá dinero, pedirá respeto, poder, y tú lo satisfarás, pero seguirá vacío.

No se puede contentar a un egoísta. El ego es como una herida abierta, que no para de hacerse más grande. Cuanto más intentas llenarlo más descubres que está vacío y más te exige. Te conviertes casi en esclavo de una falsa identidad. Desperdicias toda tu vida en las ambiciones creadas por el ego.

El ego es lo más peligroso que ha inventado la sociedad. Cuando quieras abandonarlo... y no pienses en esos términos de «abandono», porque la palabra te da la idea de que es algo, y no es nada. No puedes abandonarlo, no puedes dejarlo. Tienes que enfrentarte a su realidad.

En la meditación profunda tienes que transformarte en testigo del funcionamiento de la mente, porque el ego es el conjunto de los productos secundarios del funcionamiento de tu mente. Sus pensamientos, sus deseos, ideologías, prejuicios, políticas, filosofías, religiones... todo contribuye de una u otra forma a crear cierto ego en ti.

Un profesor que tuve, el señor Das, era un filósofo de renombre no solo en la India, sino en casi todos los países. Había dado clases por todo el mundo, y volvió a la India para jubilarse.

Solo lo tuve de profesor tres meses; al cabo de los tres meses se jubiló, pero fue una época de grandes revelaciones, para él y para mí.

El primer día, cuando entró en el aula, yo estaba sentado en su silla. Parecía tan incómodo, allí de pie junto a mí, y yo estaba tan tranquilo... que los alumnos se echaron a reír y él preguntó:

—¿Qué pasa aquí?

Yo contesté:

—No pasa nada. Esta silla me resulta más cómoda que las demás, y no soy imbécil. Puedo elegir lo que me conviene.

Dijo:

—Es usted muy raro. Esta silla es para el profesor.

Repliqué:

—Pues sin problemas. Yo daré la clase. ¿Cuál es el problema? Si esta silla es para el profesor, el profesor está sentado en ella. Puede usted buscar otra silla y sentarse.

Era un anciano, un filósofo reconocido mundialmente, y su ego se sintió terriblemente herido. Dijo:

—No sabe con quién está hablando.

Dije:

—Lo sé perfectamente. Es usted quien no sabe con quién está hablando.

No me levanté de la silla. Le dije que hiciera lo que quisiera; que fuera a ver al vicerrector, que hiciese venir al vicerrector...

—Voy a quedarme en esta silla.

—¿A qué viene todo esto? —preguntó.

—Viene a demostrarle que lo que le molesta no es que yo esté sentado aquí, sino su ego. Si lo reconoce, me levantaré de la silla. Si no lo reconoce, puede traer a quien quiera para que lo ayude, pero o poco conozco a los alumnos, o ellos no van a ayudar —repliqué.

Esperó unos momentos. En el aula reinaba un silencio absoluto. Todos temían que si aparecía el vicerrector yo tendría problemas: me expulsarían inmediatamente. Ya me habían expulsado de muchos sitios, pero yo seguía haciendo cosas raras. ¿Qué necesidad tenía de sentarme en aquella silla?

Pero no cabe duda de que el señor Das era un hombre inteligente. No salió de la clase. Dijo:

—Quizá tenga razón. Es mi ego lo que me hace daño. No tiene nada que ver con la silla.

Repliqué:

—Entonces puedo levantarme. Pero recuerde que solo le quedan tres meses en esta universidad antes de jubilarse. Le vendrá bien jubilarse, pero no se lleve al ego. Déjelo aquí, en esta silla, y que lo utilice otra persona.

Me levanté de la silla, y el profesor se sentía tan confuso que dijo a los alumnos:

—Hoy no voy a poder dar clase.

Y, dirigiéndose a mí, añadió:

—Me gustaría que me acompañara a mi casa. Quiero hablar de algunas cuestiones muy importantes con usted.

El profesor no estaba casado. Había escrito muchos libros, muy buenos, y antes de conocerlo yo había leído todo lo que había escrito. Fuimos a su casa en su coche. Por el camino me dijo:

—Siento no haber comprendido su propósito. No cabe duda de que tengo un enorme ego, que ha ido creciendo a medida que se me respetaba en el mundo de la filosofía. Tendrá que ayudarme a librarme de él. Yo también noto cómo me tortura, también noto su carga, pero no sé qué hacer con él.

Nunca había pensado en la meditación. Los filósofos no meditan; enfocan la vida intelectualmente. Piensan y piensan sobre todas las cosas imaginables, pero jamás se convierten en testigos de ninguna experiencia, sobre todo la experiencia de los procesos interiores de su pensamiento.

Si de verdad quieres librarte del ego, tendrás que profundizar tanto en las meditaciones que llegues a interponer una distancia entre tu mente y tú. Verás inmediatamente la falsedad del ego, y, en cuanto la veas, desaparecerá. No es que puedas abandonarlo, sino verlo, comprenderlo, ser testigo de él... y entonces desaparecerá él solo.

El pequeño Elmer estaba en la sección de juguetería de unos grandes almacenes trasteando con los últimos juegos electrónicos para niños. Por los altavoces dieron un aviso: «Ethel Evan no sabe dónde está su hijo, Elmer Evan. Rogamos a Elmer que acuda inmediatamente al despacho del gerente».

Elmer estaba de lo más deprimido.

—Vaya, hombre —murmuró—. Otra vez perdido.

Pero en realidad todo el mundo está perdido, perdido porque no sabes quién eres, porque no has encontrado tu ser, porque no eres un individuo real, integrado, sino solo una personalidad falsa.

Un inglés fue abandonado en una isla desierta donde lo cuidó una preciosa nativa. La primera noche le dio las bebidas más exóticas. La segunda noche le ofreció la comida más exquisita que se pueda imaginar. La tercera noche le dijo:

—Y ahora, ¿te gustaría jugar a un juego conmigo?

—¡No me digas que aquí también tenéis fútbol! —exclamó encantado el inglés.

Estos ingleses...

Todo el mundo ha desarrollado cierto ego, y el ego te domina en todas las esferas de la vida. Te dicta tu modo de vida. Te dicta lo que está bien y lo que está mal. Y si miras en profundidad, el día que seas capaz de ver tu ego como una falsa entidad sentirás lástima de ti mismo por haberte dejado dominar por una falsa entidad durante toda tu vida. Entonces podrás ver que lo que te han dicho que está bien no es sino alimento para el ego, y que lo que te han dicho que está mal no es sino privación de alimento para el ego.

Todo el bien y todo el mal, todos tus actos morales e inmorales pueden delimitarse con una sola cosa, una definición que quizá no se te haya ocurrido jamás. Cuanto satisface tu ego es moral, virtuoso, espiritual, religioso, y cuanto va en contra de tu ego es una vida pecaminosa, un modo de vivir en la delincuencia, inmoral, no espiritual, condenable. No satisfacer las exigencias del ego honra a una persona.

Cuando te transformas en testigo ves esa sutil estrategia, esa psicología de destruirte y mantenerte alejado de ti mismo y del centro mismo de la existencia.

Tu ego es tu infierno, tu ego es tu sufrimiento, tu ego es el cáncer de tu alma. La única forma de salir de él es convertirte en testigo de los procesos de tu mente.
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