Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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títuloOsho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice
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Cada día soy más consciente de las barreras que he erigido en mí mismo en el transcurso de los años para evitar convertirme en un ser abierto, alegre, amante de sí mismo. Tengo la sensación de que el muro en mi interior se fortalece cuanto más consciente soy de él, y no puedo traspasarlo. ¿Necesito más valor? ¿Podrías ayudarme con tu interpretación, por favor?
Es otra vez la misma pregunta. He contestado (al último que ha hablado), pero también te he contestado a ti, aunque hayas planteado la pregunta de distinta manera. Hay algunos pequeños detalles diferentes; por lo demás, es el mismo problema. Expondré detalladamente algunas de esas pequeñas diferencias.

Dices: «Soy cada día más consciente de las barreras que he erigido en mí mismo en el transcurso de los años para evitar convertirme en un ser abierto, alegre, amante de sí mismo. Tengo la sensación de que el muro en mi interior se fortalece cuanto más consciente soy de él, y no puedo atravesarlo»

Lo primero que hay que comprender es que el muro no se está fortaleciendo, sino que tienes una conciencia más clara de él. No hay razón alguna para que se fortalezca el muro cuando empiezas a tomar más conciencia. Es como cuando das la luz en una casa oscura: empiezas a ver las arañas y las telarañas, y eso no significa que hayan empezado a crecer de repente porque hayas dado la luz. Siempre han estado ahí, pero tú has empezado a estar alerta, a ser consciente. Pero no pienses que están creciendo. La luz no tiene nada que ver con su crecimiento; es que revela su presencia, como tu consciencia creciente revela la presencia de los muros de tu prisión.

Y dices: «Soy consciente de él y no puedo traspasarlo». Como esos muros no son verdaderos muros —no están hechos de piedra ni de ladrillo, sino de pensamientos—, no pueden impedirte el paso. Solamente tienes que conocer el secreto para traspasarlos. Si empiezas a luchar en el interior de los procesos de tu pensamiento, que constituyen los muros de la prisión, te meterás en un lío tremendo. Incluso puedes volverte loco.

Así es como la gente se vuelve loca: están rodeados de montones de pensamientos, intentan con todas sus fuerzas salir de entre la masa, pero cada vez se meten más, y naturalmente se desmoronan. Su sistema nervioso no puede soportar tantas presiones y tensiones. Han abierto la caja de Pandora. Todo estaba oculto ahí, pero eran dichosamente inconscientes. Cuando logran una consciencia meditativa, de repente ven tal multitud que cuanto más esfuerzo hacen más notan su impotencia ante los muros que los rodean.

Luchar contra ellos no es lo más acertado; tarde o temprano te sentirás cansado, atado, verás que la cordura se te escapa de las manos. Pero si sigues un método adecuado, en lugar de desmoronarte, avanzarás. El método adecuado para enfrentarte con todo cuanto sientes que te rodea consiste en ser un simple testigo, en no luchar, en no juzgar, en no condenar. Limítate a guardar silencio, a estar en calma, simplemente presenciando lo que hay. Es casi un milagro. Yo no he conocido otro milagro que el de la meditación, el milagro de ser testigo. Si puedes ser testigo, te sorprenderá cómo disminuye el muro, cómo se dispersa la multitud, y, poco a poco, irás viendo puertas y huecos por los que salir.

Pero no hay necesidad de salir. Quédate donde estás y sigue presenciando. A medida que se fortalezca tu actitud de testigo, se debilitará el muro que te rodea. El día en que tu actitud de testigo sea perfecta, descubrirás que no había ningún muro, que no te rodea nada, que tienes el cielo entero a tu alcance. En lugar de luchar contra tus pensamientos, de luchar contra las condiciones adversas, sé testigo, sin más. Luchando no ganarás. Sin luchar, la victoria es tuya. La victoria corresponde únicamente a quienes pueden ser testigos.

A Hymie Goldberg le costaba trabajo que su mujer, Becky, volviera a hacer el amor con él. Una noche, justo antes de acostarse, le ofreció un vaso de agua y dos aspirinas.

—¿Por qué me das esto? —preguntó Becky—. No me duele cabeza.

—Estupendo —dijo Hymie—. Entonces, vamos a lo nuestro.
El problema era el dolor de cabeza. Todos los días, cuando el pobre Goldberg lo intentaba, su mujer tenía dolor de cabeza. En esta ocasión empleó un método distinto. Becky no comprendió que estaba utilizando una estrategia muy inteligente: ofrecerle aspirinas incluso antes de que ella hubiera dicho que le dolía la cabeza. Hay que ser un poco inteligentes...

El doctor Klein terminó de reconocer a un paciente y le dijo:

—Goza usted de perfecta salud, señor Levinski: el corazón, los pulmones, el nivel de colesterol, todo está bien.

—Estupendo —dijo el señor Levinski.

—Nos veremos el año que viene —dijo el doctor Klein.

Se estrecharon la mano y, en cuanto el paciente salió de la consulta, el doctor oyó un fuerte golpe. Abrió la puerta y allí estaba tendido el señor Levinski, boca abajo. La enfermera gritó:

—¡Acaba de desmayarse, doctor! ¡Ha caído fulminado!

El médico le puso la mano en el corazón a aquel hombre y dijo:

—¡Dios mío, está muerto! —Colocó los brazos bajo los del cadáver y añadió—: Vamos, rápido. ¡Cójalo por los pies!

—¿Qué? —exclamó la enfermera.

—¡Por Dios! —dijo el médico—. Vamos a darle la vuelta. ¡Que parezca que estaba entrando!

Sé un poco inteligente. Dicen que la inteligencia no sirve de mucho a menos que seas lo suficientemente inteligente como para saber servirte de ella.

El otro día hice un gran descubrimiento. Dicen que cualquier idiota que te encuentras por el mundo es el producto final de millones de años de evolución. Desde luego, la inteligencia es rara, pero las personas que están a mi alrededor... el solo hecho de que hayan tenido el valor de estar aquí demuestra sobradamente su inteligencia. Hay que poner esa inteligencia en funcionamiento.

—Ay, Dios mío —suspiró Paddy—. Yo tenía todo lo que un hombre puede desear: el amor de una mujer preciosa, una casa bonita, mucho dinero, ropa buena...

—¿Y qué pasó? —preguntó Seamus.

—¿Que qué pasó? Pues que de repente entró mi esposa, sin avisar.

Has de estar alerta. Los peligros surgen a cada paso. Quien decide meditar debe andarse con mucha cautela.

Lao Tzu afirma que quien medita camina como si atravesara un arroyo helado en pleno invierno, muy precavido, alerta.

A menos que seas muy precavido, que estés alerta, te resultará difícil trascender la mente de millones de años de antigüedad y su funcionamiento. Aunque la estrategia es sencilla, a veces lo sencillo parece lo más difícil, especialmente cuando lo desconoces por completo.

Para ti la meditación no es más que una palabra. No ha llegado a ser un alimento, una experiencia; por eso comprendo tus dificultades. Pero tú también tienes que comprender las mías: tus enfermedades pueden ser muchas, pero yo solo tengo una medicina, y mi dificultad consiste en seguir vendiendo la misma medicina a distintos pacientes, para enfermedades distintas. No me interesa cuál es tu enfermedad, porque sé que yo solo tengo una medicina. Sea cual sea tu enfermedad, hablaré de ella, pero al final tendrás que aceptar la misma medicina. No cambia nunca. Que yo sepa, no ha cambiado durante estos treinta y cinco años. He visto a millones de personas, atendido millones de preguntas, y conozco la respuesta incluso antes de oírlas. La pregunta no importa; lo que importa es conseguir que la pregunta se acerque a mi respuesta.

El profesor de matemáticas le pregunta al pequeño Ernie:

—Ernest, si tu padre pide prestados trescientos dólares y promete devolverlos a razón de quince a la semana, ¿cuánto deberá dentro de diez semanas?

—Trescientos dólares —contestó Ernie sin vacilar.

—Me temo que no sabes mucho de matemáticas —dijo el profesor.

—Pues yo me temo que usted no conoce a mi padre —replicó Ernie.

9
¿Por qué fuerzo las situaciones e impongo mi voluntad en lugar de aceptarlas y dejar que ocurran las cosas?
La educación de los seres humanos es tan dañina, tan atroz que todo lo que de significativo y valioso hay en ti lo sustituye por crueldad, violencia y deseo de dominación. La sociedad entera apoya esa destrucción de tu inocencia; le favorece.

Forzar algo simplemente significa que lo fuerzas en tu contra. Eso provoca la esquizofrenia, la personalidad dividida que lucha contra sí misma. Es el recurso más feo y destructivo de que se han valido los intereses creados en el transcurso de miles de años. Encontraron una clave sencilla para destruir al individuo. El individuo representa un peligro, un peligro para la explotación, un peligro para la esclavitud, para cualquier clase de imposición. Un individuo moriría antes de someterse.

La individualidad tiene una dignidad... Pero al hombre se le ha arrebatado su individualidad con un recurso muy sencillo. Solo hay que poner al individuo en conflicto... y como dice el antiguo proverbio, «divide y vencerás».

Luchas continuamente contigo mismo porque te han inculcado ideas absurdas sobre ti mismo: tienes que elegir entre tu naturaleza, sentirte a gusto con la naturaleza, y miles de años de condicionamientos... los condicionamientos que cada día ahondan más en tu ser.

Se condena el placer, se condena el no ser serio, se condena el ser juguetón. La humanidad entera se ha vuelto completamente seria, y la seriedad es una enfermedad psicológica. Puede calarte hasta lo más profundo e incluso poner enferma tu alma.

No hay nada en el mundo por lo que haya que ser serio.

En la vida solo ocurren tres cosas. Una ya ha ocurrido, y no pudiste hacer nada al respecto: nacer. Otra es la muerte; aunque aún no ha ocurrido, tampoco puedes hacer nada al respecto. De modo que olvídate por completo de esas dos cosas, porque están fuera de tu alcance. Entre las dos quedan la vida, el amor, el júbilo.

No se puede eliminar fácilmente a una persona viva. La persona que ama tiene una visión clara y no se deja engañar por los políticos. Y a la persona que sabe ser juguetona no se la encontrará en una iglesia, un templo, una mezquita o una sinagoga. A esos sitios van los que han muerto antes de la muerte, los que defienden un punto de vista contrario a la vida, el amor, el juego, la alegría, contrario al universo entero.

Pero si esas condiciones llegan a cegarte, empezarás a reprimir en tu interior toda posibilidad de ser más alegre, más cariñoso, más dichoso, más extático. Es una lucha entre tu pasado y tú. El pasado es largo; se remonta a tus raíces mismas, pero si estás lo suficientemente alerta aún tienes tiempo de escapar de la red, de las cadenas del pasado.

La persona liberada del pasado es la única libre para vivir el presente.

Y hay que recordar algo insólito: que quien se ha liberado del pasado, como es completamente nuevo en este hermoso planeta, como un recién llegado, también se liberará, automáticamente, del futuro.

El futuro es una proyección del pasado. El pasado no tiene más existencia que el futuro, pero el pasado te proporciona ambiciones y deseos y toda clase de ideas absurdas de avaricia y deseo, y por eso empiezas a considerar el futuro como un refugio.

La realidad consiste solo en el ahora, el presente. No tiene nada que ver con el pasado ni nada que ver con el futuro. Está tan concentrada en el momento presente que, si puedes estar en ella, todo lo que estés buscando se cumplirá.

El momento presente es la puerta que se abre a lo divino. Todos mis esfuerzos van encaminados a alejar a los míos del pasado y del futuro y lograr que accedan a la intensa belleza del presente.

Vive momento a momento, dejando continuamente atrás el pasado, como el polvo que se acumula en un espejo. Quien se siente satisfecho con el presente no se preocupa por el futuro. Piensas en el futuro porque tu presente es malo, porque sufres terriblemente. Para evitarlo, para no verlo, te centras en metas lejanas. Jamás alcanzarás esas metas. Te harás adicto a ambiciones y metas, pero recuerda que, dondequiera que estés, siempre estará el presente, no el futuro.

Si te has olvidado de vivir el presente, ya has muerto. Otra cuestión es que puedan pasar sesenta, setenta u ochenta años para que te entierren o te incineren en una pira funeraria... pero habrás muerto mucho antes. En cuanto pierdes contacto con el presente te sobreviene la muerte, pero si vuelves a establecer ese contacto, es posible la resurrección.

Solo el presente puede proporcionarte el espacio para relajarte y no forzar nada. Es el pasado lo que te imbuye una moralidad y unos ideales contrarios a la naturaleza. No puedes vencer a la naturaleza; es demasiado grande, mientras que tú eres una simple gotita en el océano de la naturaleza. La gotita no puede luchar contra el océano. Solo tiene que relajarse y hacerse una con él.

Desde mi punto de vista, el auténtico sannyasin, el buscador de la verdad, es el buscador del presente.

Preguntas: «¿Por qué fuerzo las situaciones e impongo mi voluntad?». Esas son ideas absurdas que te han impuesto. No tienes voluntad; la idea misma de la fuerza de voluntad es una falacia. La voluntad es cosa de la existencia. Puedes participar en esa voluntad si abandonas tu personalidad, tu separación; entonces tendrás la voluntad universal dentro de ti. No tenemos una voluntad individual, pero a tu ego le satisface que la gente te diga que tienes mucha fuerza de voluntad.

¿Qué es el hombre? Tan solo un puñado de polvo... Sí, hay algo presente en ese polvo, pero no te pertenece a ti, sino a la totalidad.

En segundo lugar, ¿por qué fuerzas las situaciones? ¿No has visto nunca un río bajando desde las montañas? Baja desde altas cimas en las que jamás se derrite la nieve, y atraviesa valles, atraviesa territorios desconocidos. ¿Adonde se dirige el río? Está completamente relajado, sin que ninguna meta lo someta a presiones, sin ningún sitio al que llegar. Y en cada momento disfruta de los árboles junto a los que pasa, de las montañas por las que desciende. Y un día, todo río, sin excepción, llega al mar.

Pero no toda persona es tan afortunada como él. La mayoría se pierde en el desierto y se evapora en una pira funeraria. Solo unos cuantos, los bienaventurados, llegan al mar. El secreto es tan sencillo y evidente que no lo comprendes.

¿Quién eres tú para forzar las situaciones? ¿Qué poder posees para forzarlas? Las situaciones surgen de la existencia misma. Lo más sensato es estar de acuerdo con ellas, no en desacuerdo. Sí estás de acuerdo con las situaciones, podrás remontarlas, pero en cuanto empiezas a luchar... eres algo tan minúsculo y el universo es tan inmenso que no existe posibilidad de que venzas. Entonces llega la frustración, y tras ella el dolor, el sufrimiento.

Sé como una nube blanca que atraviesa el cielo sin deseos de llegar a ninguna parte. No hace falta; ya estás allí. ¿Qué más quieres? Y si el viento sopla hacia el sur, la nube blanca irá hacia el sur. Cada momento flotando allá arriba, en el cielo, es tal éxtasis que ¿qué más da la dirección, sur, norte, este u oeste? Y si de repente cambia el viento y vuelve a soplar hacia el norte, la nube no se queja, no dice que es ilógico ni que «nos dirigíamos hacia el sur y de repente, sin razón alguna, te pones a soplar hacia el norte otra vez». Sin la menor resistencia, la nube empieza a moverse con el viento, adondequiera que vaya. No hay conflicto entre la nube y el viento.

Y ese debería ser el punto de vista de todo buscador de la verdad: ningún conflicto con la naturaleza, ningún conflicto con la existencia, y todo el sufrimiento, toda la tensión, la angustia y la ansiedad desaparecerán por sí mismos. Son creación tuya. Por supuesto, tú no eres totalmente responsable; son la herencia de un pasado largo, feo, antinatural.

¿Qué clase de situaciones intentas cambiar? El amor brota en tu corazón, pero, cuidado, porque la sociedad dice que el amor es ciego. Es encaprichamiento, una especie de esclavitud, acabarás por arrepentirte, de modo que es mejor no permitir que surjan tales cosas desde el principio. Y como tu cabeza está llena de esta clase de moralidad, de puritanismo, empiezas a luchar contra tu corazón.

Tu cabeza y tu corazón no están juntos; ese es el problema.

Tu cabeza está llena de tonterías, unas tonterías que no son tuyas. Te las han transmitido tus padres, tu sociedad, tus maestros, tus profesores, tus sacerdotes, tus políticos. Tienes la cabeza llena de estupideces, y esa cabeza intenta imponerse al corazón, al que nadie tiene el poder de contaminar, de distorsionar.

Esa es la única esperanza para el ser humano: escuchar al corazón y seguirlo. Entonces tu vida se transformará en un peregrinaje dichoso.

Todos los métodos de meditación que enseño... en resumidas cuentas puede decirse que no son sino llevarte de la cabeza al corazón, de la lógica al amor, del ego a la ausencia de ego, de la separación a una profunda fusión con el todo.

El todo sabe... y el todo no sabe nada de tus ideales, no sabe nada de tus moralidades y conceptos del bien y el mal. Pero el milagro consiste en que, en el momento en que te fundes con él, todo es bueno y bello, todo va bien. Satyam, shivam, sundram: es verdad, es divino y posee una belleza que no es de este mundo.
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