Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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5
¿Por qué tengo que llorar siempre que me llega el amor?
Tienes suerte. Si el amor no te llena los ojos de lágrimas, significa que el amor está muerto.

Es una desgracia que se haya llegado a asociar las lágrimas con la tristeza y el dolor; esa es solo una dimensión de su ser. Pero su manifestación más significativa está en el amor, en la gratitud, la oración, el silencio, la paz. Cuando te sientes tan pleno, las lágrimas son simplemente el desbordamiento de tu satisfacción, de tu alegría.

Hay que darle un nuevo significado a las lágrimas, una nueva poesía y una dimensión completamente nueva, que han perdido porque la humanidad ha vivido en el sufrimiento y las lágrimas han pasado a formar parte de ese sufrimiento. En segundo lugar, como la humanidad ha estado dominada por el hombre, este se ha empeñado, por una cuestión de ego y de orgullo, en no llorar. Llorar es algo femenino, cosa de mujeres. No es cierto. Es una idea fea, machista, y no solo fea, sino antinatural y falsa, porque las glándulas lacrimales de los hombres albergan tantas lágrimas como las de las mujeres. La naturaleza no ha impuesto ninguna diferencia en esas glándulas.

Salta a la vista que no es intención de la naturaleza discriminar a hombres y mujeres, pero el hombre ha sido muy egoísta en el transcurso de los siglos y piensa que el llanto es una especie de debilidad. Reprime las lágrimas, pero no es consciente de sus consecuencias. También ha reprimido su amor y ha creado situaciones peligrosas para él. Hay más hombres que mujeres que se vuelven locos, por la sencilla razón de que no dejan de controlarse. Llega un momento en que la represión es excesiva y se produce una crisis nerviosa. La mujer no se controla; cuando siente ganas de llorar, llora. Es más natural que el hombre, y eso le proporciona unas experiencias que el hombre se pierde. La mujer es más sana; vive más tiempo, cinco años más que el hombre. Es más tranquila y calmada. Hay menos mujeres que se vuelvan locas, menos mujeres que se suiciden, aunque hablen del suicidio. A veces incluso lo intentan, pero con poca convicción.

Pero el hombre va acumulando, y llegado a un punto en el que no es capaz de controlarse. O se suicida o comete un asesinato o se vuelve loco.

Está aquí presente uno de mis abogados de Estados Unidos, Swami Prem Niren. Mantuvo un contacto cada vez más profundo conmigo durante los doce días que pasé en las cárceles estadounidenses. Me siguió de una prisión a otra, y fue la única persona que me vio durante aquellos días, casi todos. Siempre tenía los ojos llenos de lágrimas, y comprendí cuánto me amaba y lo impotente que se sentía. Hizo todo lo que se podía hacer.

Los demás abogados recibían su dinero; naturalmente, se limitaban a hacer su trabajo. Él era el único que no actuaba como un criado, sino como un amante; no le pagaba. Fue uno de mis sannyasins: mi vida corría peligro, y es natural que él luchase con intensidad, con todas sus fuerzas. El último día, cuando me soltaron, fuimos al hotel. Teníamos nuestro propio hotel, nuestra propia discoteca, nuestro propio restaurante en Portland, Oregón.

Allí, en el hotel, estaba sentado a mi lado junto con otra de mis sannyasins, Isabel, y lloraba como un niño. Y el otro día estaba sentado a mi lado y volví a ver lágrimas en sus ojos. Lo dejé hace dos años en Estados Unidos con lágrimas en los ojos, y ayer volví a verlo llorando.

Pero quizá ni siquiera sea consciente de sus lágrimas. Cuando llegó aquí hace unos días, habló con Anando, uno de mis secretarios, y le preguntó: «¿Por qué dice Osho que sus abogados tenían lágrimas en los ojos?».

Cuando me enteré, no daba crédito. Si ayer estaba aquí sentado llorando... Quizá los miles de años de condicionamientos han bloqueado la conciencia de su propio llanto, de su amor, de su feminidad.

Un mundo mejor, una humanidad mejor, y más personas disfrutarán del llanto. Es una auténtica bendición.

Me preguntas: «¿Por qué tengo que llorar siempre que me llega el amor?».

¿Y qué quieres? ¿Qué más quieres? Sin duda piensas que esas lágrimas son algo malo. ¿Es algo malo llorar cuando te llega el amor? Llevas sobre tus hombros un condicionamiento erróneo, pero es algo bueno, porque cuando te llega el amor, ¿qué puedes hacer? Las palabras no te servirán de nada; solo las lágrimas pueden expresar lo que ocurre en lo más profundo de tu corazón. Las lágrimas son el mayor tesoro que posees.

Pero el hombre ha sido distorsionado en todas partes, se ha recortado la naturaleza del hombre con los intereses creados. Las naciones necesitan ejércitos y no quieren que al hombre le llegue el amor. Hay que secar sus lágrimas y bloquear su amor, porque, de otro modo, no será capaz de matar, asesinar y masacrar a personas que son como tú, a personas que no te han hecho nada, a hombres cuyas esposas, cuyos hijos, cuyos ancianos padres quizá estén esperándolos como te esperan tus padres, tu esposa, tus hijos.

Pero para crear al soldado hay que destruir al hombre por completo. Hay que transformarlo en robot, y los robots no lloran, a los robots no les afecta el amor. Como se necesitaban ejércitos, se ha deformado al hombre. Como las mujeres no hacían falta en los ejércitos, se las ha dejado a un lado. Y mejor para las mujeres, porque han seguido siendo más naturales.

Jamás te avergüences de tus lágrimas. Siéntete orgulloso de seguir siendo natural. Siéntete orgulloso de poder expresar lo inexpresable con las lágrimas. Esas lágrimas son los cantos que no has podido entonar. Esas lágrimas son ese corazón tuyo que no puede emplear la palabra. Jamás te avergüences de tus lágrimas. Los ojos que han perdido las lágrimas han perdido su más hermoso, su más glorioso tesoro.

Me gustaría que los que me rodean fueran totalmente naturales, que fueran completamente inocentes, desinhibidos. Y cuando fluyan las lágrimas, alégrate: sigues vivo... porque ¿acaso no sabes que los muertos no pueden llorar, que los muertos no tienen lágrimas?

Y quienes piensan que están vivos y no pueden llorar, no pueden derramar lágrimas, viven una falacia. Han muerto hace tiempo. El mismo día en el que murieron sus lágrimas, también murieron ellos, porque murió su amor.

No tienes otra alma que el amor.

6
Cuando cierro los ojos y miro en mi interior, muchas veces entro en contacto con un profundo anhelo de mi corazón, por nada especial. Es solo anhelo. ¿Es un obstáculo en el camino, o es el fuego que me anima a seguir adelante?
Es una de las experiencias más hermosas sentir un anhelo puro, sin saber por qué. En cuanto sabes qué anhelas, el anhelo se convierte en deseo, y un deseo es un obstáculo, una atadura. Pero el anhelo puro, una especie de pena, sin saber por qué, sin objetivo visible, sin meta que alcanzar, solo un fuego puro... quema todos los obstáculos, quema todas las estupideces que los siglos han acumulado a tu alrededor.

Ese es el fuego que Zaratustra enseñó a adorar a sus discípulos. Pero como ha ocurrido con todos los grandes maestros, los seguidores de Zaratustra siguen adorando al fuego. Te sorprendería saber que aquí en la India, cuando los seguidores de Zaratustra huyeron de Persia, de la invasión musulmana y de la Conversión a su religión impuesta por los musulmanes... El islam solo conoce un argumento, el de la espada: o eres musulmán o te cortan la cabeza. No permiten otra alternativa.

De modo que en una época Irán estaba lleno de seguidores de Zaratustra. Ya no hay; se han convertido al islam, pero algunos escaparon y llegaron a la India, así que una gran religión ha quedado limitada a un espacio pequeño, el de Bombay. Pero no han olvidado una cosa: el fuego. Todavía sigue ardiendo el fuego ancestral en los templos de Zaratustra, tras veinticinco siglos. No dejan que se apague; ponen combustible continuamente, lo vigilan veinticuatro horas al día para que siga ardiendo. Zaratustra les enseñó que cuando el fuego se apaga, mueres.

Pero Zaratustra se refería al fuego del que tú hablas. Es el fuego del puro anhelo que arde en tu corazón y que quema todo lo que no eres tú. Y de ese fuego sale tu carácter de veinticuatro quilates, tú en tu autenticidad.

No debe desconcertarte. Es natural que cuando sientes por primera vez algo como un anhelo sin objetivo se desconcierte la mente. La mente conoce el anhelo de dinero, de sexo, de poder, de prestigio, pero el anhelo sin objetivo... eso la supera. Pero, pasar por ese fuego es la experiencia más hermosa. No es caliente; es fresco, tranquilo, magnífico. Te convierte en un templo. Quema todo lo falso y no auténtico que hay en ti, mata al hipócrita que hay en ti, destruye las divisiones de tu ser, tu estructura mental esquizofrénica. Te lleva a la pureza e inocencia absolutas. En ese fuego florecerá tu rosa mística.

De modo que sé feliz, canta y baila. Estás en el buen camino.

Dos ancianos caballeros ingleses estaban en su club de Londres. Uno dijo:

—Mi difunta esposa era una persona realmente excepcional, muy religiosa. No dejó de ir ni un solo día a la iglesia, y en casa se rezaba y se entonaban salmos de la mañana a la noche.

—Sí, realmente excepcional —replicó su amigo—. ¿Y cómo murió?

El otro hombre dio una chupada al puro que estaba fumando y contestó:

—La estrangulé.

Que los demás no sepan nada de tu fuego. No dejes que los demás conozcan la transformación que se está produciendo en tu interior, porque la gente se opondrá a tu transformación interior más que a ninguna otra cosa. Pueden tolerar que tengas gran poder como presidente, como primer ministro, o que seas el hombre más rico del mundo. Eso sí lo toleran, pero no que empiece a remontarse tu ser esencial en su pureza cristalina. Se lo toman como un gran insulto porque piensan que para ellos también fue posible pero han perdido el tiempo en juegos absurdos. Y ahora tú les recuerdas lo que han perdido. La única forma de olvidarlo es destruirte.

Todos los grandes iluminados han sido asesinados, destruidos, envenenados, por la sencilla razón de que la masa no podía tolerarlos, eran demasiado. Volaban tan alto que hacían daño a millones de personas: «Eran de los nuestros, estaban entre nosotros, y es humillante que hayan alcanzado tal altura y que vuelen mientras nosotros seguimos arrastrándonos por la tierra. La única forma de olvidar nuestra humillación es destruirlos». No piensan en la otra posibilidad.

Algunos sí piensan en ella, y esos pocos avanzan a través de la transformación. Esos pocos son bienaventurados. Esos pocos empiezan a considerar a quienes han alcanzado las alturas como pioneros, como visiones de su propio futuro y su potencial, y emprenden el mismo camino.

Pero esas personas escasean. La mayoría toma el camino más fácil, que consiste en destruir a quienes provocan alteraciones innecesarias, a quienes alteran tus asuntos, tus historias amorosas, todo.

Quien se siente más herido es el ego, porque tú no puedes alcanzar esas alturas y alguien sí las ha alcanzado.


II
EL EGO
Escapar de ti mismo…
En lugar de escapar, adéntrate. Aproxímate a ti mismo para ver mejor. Nadie más puede ver tu realidad interior; solo tú puedes ver ese esplendor y esa magnificencia.

Porque nadie más puede ver tu belleza interior, te condenan.

Sólo tú puedes reafirmar tu dicha, solo tú puedes reafirmar en última instancia tu iluminación.

7
¿Por qué corro siempre tanto? ¿Hay algo que no quiero ver?
No eres solo tú; casi todos corren con toda la rapidez que pueden, para huir de sí mismos. Y el problema es que no puedes huir de ti mismo. Adondequiera que vayas, serás tú mismo.

Es el miedo a conocerse a sí mismo, el mayor miedo del mundo. Es porque todos te han condenado por las cosas más insignificantes, por los mínimos errores, que son totalmente humanos, por lo que tienes miedo de ti mismo. Sabes que eres indigno.

Esa idea ha calado profundamente en tu inconsciente: que no vales, que no eres digno. Y, naturalmente, lo más fácil es huir de ti mismo. Todos lo hacen, a su manera: unos corren en busca de dinero, otros corren en busca de poder, otros de respetabilidad, otros de virtud, de santidad.

Pero si te fijas bien, no corren en busca de nada, sino que están huyendo de algo. Es una simple excusa, correr como locos en busca de dinero; se engañan a sí mismos y al resto del mundo. La realidad es que el dinero les proporciona una buena excusa para correr en su busca y oculta el hecho de que están huyendo de sí mismos. Por eso, cuando acumulan dinero, les llega un momento de desesperación y angustia terribles. ¿Qué ha ocurrido? Ese era su objetivo; lo han cumplido... deberían ser los hombres más felices del mundo.

Pero las personas que triunfan no son las más felices, sino las más desgraciadas. ¿A qué se debe su angustia? A que han fracasado todos sus esfuerzos. Ya no tienen nada que buscar, y de repente se encuentran consigo mismas. Al llegar a la cima del éxito no encuentran a nadie; solo a sí mismos. Curiosamente, es la misma persona de la que han estado huyendo.

No puedes huir de ti mismo. Por el contrario, tienes que aproximarte más, profundizar en tu ser, y olvidar ese tono de censura que te han transmitido en el transcurso de tu vida. Padres, marido, esposa, vecinos, profesores, amigos, enemigos, todos señalan algo malo en ti. No te valoran desde ningún lado.

La humanidad ha creado una situación muy extraña en la que nadie se siente a gusto, en la que nadie puede relajarse, porque en cuanto te relajas te enfrentas contigo mismo. La relajación se convierte poco menos que en un espejo, y no quieres ver tu cara por lo mucho que te afectan las opiniones negativas de los demás.

Tu iglesia, tus sacerdotes, tu religión, tu cultura no te han permitido ni los placeres más pequeños. El sufrimiento es aceptable, pero no el placer. En tal situación, es natural que te sientas pecador, cuando desde todos lados y por todos lados solo recibes censuras y condenas. Todas las religiones proclaman a los cuatro vientos, desde hace siglos, que naciste en el pecado, que tu destino es sufrir. Te han condenado desde tantos lados, sin excepción, que es muy natural que a cualquier individuo le afecte esa enorme conspiración. Todo el mundo está atrapado en ella.

Y te llevarás una sorpresa mayúscula si intentas comprenderlo. Al igual que los demás te condenan, tú condenas a los demás; la conspiración es recíproca. Al igual que tus padres nunca te han aceptado como un ser valioso, tú haces otro tanto con tus hijos, sin darte cuenta de que cada cual es como es, que no puede ser de otra manera. Puede fingir ser de otra manera, puede ser hipócrita, pero en verdad siempre seguirá siendo como es. Huir no es sino crear más hipocresía, más máscaras para ocultarte por completo de la mirada de los demás. Quizá logres esconderte de los demás, pero ¿cómo lograrás esconderte de ti mismo? Puedes ir a la luna, y allí te encontrarás. Puedes subir al Everest; quizá estés solo, pero estarás contigo mismo. Quizá en la soledad del Everest te pongas más alerta y seas más consciente de ti mismo.

Esa es una de las razones por las que las personas también tienen miedo a la soledad; necesitan multitudes, siempre quieren gente a su alrededor, quieren amigos. Les resulta muy difícil permanecer en silencio, tranquilas y solas. La razón es que en soledad te quedas contigo mismo, y has aceptado esas estúpidas ideas de que eres feo, que eres sensual, lujurioso, avaricioso, que eres violento; no hay nada valioso en ti.

Me preguntas: «¿Por qué corro siempre tanto?». Porque tienes miedo de ser adelantado por ti mismo. Y las consecuencias de correr tanto tienen múltiples dimensiones. Al correr tanto para huir de uno mismo se ha creado una pasión por la velocidad; todo el mundo quiere llegar a alguna parte a la mayor velocidad posible.

En cierta ocasión me ocurrió lo siguiente. Volvía a Jabalpur de un sitio llamado Nagpur, con el vicerrector de la universidad de Nagpur, cuando se estropeó el coche en medio de la carretera. No he visto a nadie sentirse tan mal como él. Le dije:

—No hay prisa. No le está esperando nadie, y la conferencia a la que va a asistir empezará dentro de veinticuatro horas. Jabalpur solo está a tres horas de aquí. No hay ningún problema. O nos arreglan el coche o avisamos a otro para que venga desde Jabalpur, o alguien nos acercará, y además pasan autobuses continuamente. No hay ningún problema... No tiene por qué ponerse así.

Él se quedó en el coche mientras yo iba a buscar a alguien.

Era un pueblo pequeño, pero quizá se pudiera encontrar a un mecánico o algún tipo de ayuda, o quizá algún agricultor tuviera coche. Cuando volví del pueblo, aquel hombre estaba a punto de echarse a llorar. Le pregunté:

—¿Qué ocurre?

Me respondió:

—No puedo soportar estar solo. Me desenmascara, me deja completamente desnudo ante mí mismo. Me hace tomar conciencia de que he desperdiciado toda mi vida, y no quiero saberlo.

Le dije: —No saberlo no va a ayudarlo de ninguna manera. Es mejor saberlo, y es mejor que profundice en su interior. Por eso tanto sufrimiento y tanta soledad...

La soledad debería ser una de las mayores alegrías.

La gente no para de correr. No importa adonde vayan; lo que importa es si corren a toda velocidad o no.

Me preguntas: «¿Hay algo que no quiero ver?». Muchas cosas. Sobre todo, lo que no quieres ver es a ti mismo, y eso por un condicionamiento absurdo.

Mi idea de la transformación interior es que tienes que olvidarte de los condicionamientos. Sencillamente olvídate de lo que han dicho los demás de ti. Son tonterías. Si no saben nada de sí mismos, ¿qué pueden decir de ti que sea verdad?

Y las opiniones que has recogido sobre ti de los demás... Intenta observar de quiénes proceden esas opiniones. No son de un Buda Gautama, ni de un Jesucristo, ni de un Sócrates; son personas tan ignorantes como tú. Sencillamente repiten las opiniones de otros.

Voy a contaros una historia preciosa. No importa si es real o ficticia; su belleza reside en su significado.

Uno de los más grandes emperadores que ha conocido la India era el mogol Akbar. Solo se le puede comparar con un hombre de Occidente, Marco Aurelio. Los emperadores raramente son sabios, pero esos dos hombres fueron claras excepciones.

Estaba un día Akbar en la corte hablando con los cortesanos. Había reunido a los mejores del país: el mejor pintor, el mejor músico, el mejor filósofo, el mejor poeta. Tenía un comité especial compuesto por nueve miembros a los que se conocía como las nueve joyas de la corte de Akbar.

El más importante se llamaba Birbal. Hombre tremendamente inteligente y con gran sentido del humor, hizo algo inapropiado en presencia del emperador. Cada emperador tiene sus normas —su palabra es ley— y Birbal hizo algo con lo que Akbar era muy estricto. Akbar lo abofeteó inmediatamente. Respetaba a Birbal, lo quería, era su mejor amigo, pero las normas de la corte... Eso no podía perdonarlo.

Pero lo que ha hecho historia es lo que hizo Birbal. Sin esperar un momento, le dio una bofetada al hombre que estaba a su lado. El hombre se quedó atónito, e incluso Akbar se quedó atónito. Consideraba a Birbal un hombre muy prudente, y pensó:

«¿Se ha vuelto loco o qué? Le ha dado un bofetón... Qué cosa tan rara, absurda e ilógica».

El otro hombre se quedó allí de pie atónito y Birbal le dijo:

—No te quedes ahí como un tonto. ¡Pásalo!

Aquel hombre le dio un bofetón al que estaba a su lado, y entonces quedó claro el juego: había que pasarlo. Por la noche, cuando Akbar se fue a dormir con su esposa, esta le dio un bofetón. Él le dijo:

—¿Qué pasa?

Ella contestó:

—Ha dado la vuelta a toda la ciudad, y al final ha regresado al punto de partida. Alguien me ha dado un bofetón, y cuando le he preguntado «¿Qué pasaba?», me dijo que era el juego que había iniciado Akbar. He pensado que era mejor terminarlo, para completar el círculo.

Y, al día siguiente, lo primero que hizo Birbal fue preguntarle a Akbar:

—¿Te han devuelto el bofetón?

Akbar contestó:

—No pensé que fuera a ocurrir una cosa así.

Birbal replicó:

—Pues yo estaba completamente seguro, porque ¿adonde podía ir a parar? Circularía por toda la ciudad. No puedes escapar; tiene que volver a ti.

Todo se transmite durante siglos, pasa de una mano a otra, de una generación a otra, y así continúa el juego. Ese es el juego del que tienes que salir, y la única forma de salir de él consiste en volver a descubrir el respeto por ti mismo, en volver a lograr la dignidad que tenías cuando eras niño, cuando aún no estabas contaminado, cuando aún no estabas condicionado y envenenado por la sociedad ni por la gente que te rodeaba.

Vuelve a ser niño y no huirás de ti mismo. Te adentrarás en ti mismo, que es como actúa el meditador.

La persona mundana huye de sí misma, y la persona que busca entra en sí misma para encontrar su fuente de la vida, la consciencia. Y cuando descubre esa fuente, no solo ha descubierto su fuente de la vida, sino la fuente de la vida del universo, del cosmos.

En su interior brota un extraordinario sentimiento de fiesta. La vida se convierte en un canto, una danza, un momento tras otro. Se libera por completo de ese galimatías que le ha transmitido la sociedad. Simplemente desecha todos los condicionamientos, todas las tradiciones, el pasado entero.

Yo te digo: solo has de renunciar a una cosa, que es el pasado y nada más.

Si eres capaz de renunciar al pasado te sentirás completamente renovado, recién nacido, y vivir en esa renovación es tal dicha, tal éxtasis que no se te ocurrirá escapar de ella ni un solo momento. Quien se conoce a sí mismo jamás se toma vacaciones. Pero la mayoría de las personas se comportan de una forma absurda...

Un estadounidense circulaba por una pequeña carretera rural de Irlanda y se quedó horrorizado al ver un carro cargado de heno que salía del prado y se internaba en la carretera. Apretó los frenos pero no pudo pararse a tiempo y acabó traspasando la cerca y el coche estalló en llamas en el prado.

¿Has visto? —le preguntó Paddy a su amigo Seamus, que conducía el carro de heno—. Qué mal conducen algunos turistas de esos. Hemos salido del prado justo a tiempo.

A un viejo agricultor que araba sus tierras con un par de toros le preguntó un vecino por qué no trabajaba con bueyes.

—No quiero bueyes —contestó el agricultor—. Prefiero los toros.

—Pues si no quieres bueyes, ¿por qué no usas caballos? —insistió el vecino.

—¡No quiero caballos! —replicó el agricultor—. ¡Quiero toros!

—¿Y si usaras el tractor que acaba de comprar tu hijo? —intentó el vecino.

—Tampoco quiero tractores. Prefiero los toros —aseguró el agricultor.

—¿Y por qué solo quieres toros? —preguntó el vecino, ya sin saber qué decir.

—Porque no quiero que se piensen que todo en la vida es romance.

Esa es la situación en la que naces, en la que te han condicionado. Nadie quiere que sepas que la vida es puro romanticismo. Y ese es mi delito, porque en eso consisten mis enseñanzas: en que la vida no es sino romanticismo.

Una pareja de recién casados fueron a Miami y se registraron en el hotel para pasar la luna de miel. No se los vio durante días, hasta la mañana del sexto, cuando entraron en el comedor a desayunar. Cuando se acercaba el camarero, la mujer le dijo a su marido:

—¿Sabes qué me gustaría, cariño?

Sí, lo sé —contestó el hombre cansinamente—. Pero alguna vez tenemos que comer.

De vez en cuando conviene desayunar, pero por lo demás la vida es un romance continuo. Y yo no solo os enseño el romance del cuerpo, que es muy vulgar; os enseño el romance del espíritu, que tiene principio pero no final. Pero solo es posible si empiezas a ir hacia dentro. Ir hacia dentro significa ir hacia Dios.

En ir hacia dentro está el secreto de toda la transformación alquímica de ser. Huir es sencillamente perder un tiempo sumamente valioso y una vida que podría haber sido un gran canto, una gran creatividad, una enorme fiesta de luz. Cuanto más te alejes de ti mismo más oscura se hará tu vida, más desdichada, más cargada de ansiedad, más la condenarás y más la rechazarás. Y cuanto más te alejes más difícil te resultará encontrar el camino de vuelta. Llevas muchas, muchas vidas, alejándote de ti mismo, pero si avanzas por un camino adecuado, de meditación, no has llegado demasiado lejos.

La meditación es el atajo entre donde estás y donde deberías estar, y la meditación es un método tan sencillo que cualquiera, hasta un niño pequeño, puede entrar en su paraíso.

En lugar de huir, ve hacia dentro. Acércate más a ti mismo para ver mejor. Nadie puede ver tu realidad interior; solo tú puedes ver ese esplendor y esa magnificencia. Como nadie puede ver tu belleza interior, te condenan. Solo tú puedes reafirmar tu dicha, solo tú puedes reafirmar en última instancia tu iluminación.

E incluso así la gente tendrá recelos. Recelaban de Sócrates, recelaban de Buda Gautama, recelaban de Jesucristo. Sus recelos se basaban en la ignorancia de su propio ser interior.

¿Cómo van a creer a Buda Gautama, que afirma que en los silencios interiores del corazón se encuentra el éxtasis supremo? No saben nada de lo interior, no conocen ni los rudimentos. No saben nada del éxtasis. Pueden escuchar a un Buda Gautama, por su presencia, por sus ojos carismáticos, por su vibración magnética, pero cuando vuelven a casa empiezan a dudar, a recelar.

Y lo mismo ocurre conmigo. Recibo muchas cartas que dicen que «cuando te escuchamos todo parece perfecto, pero cuando llegamos a casa empiezan a surgir las dudas, la mente empieza a decirnos que nos han hipnotizado».

Hay millones de personas que quieren aproximarse a mí pero tienen miedo, por la sencilla razón de que pueden hipnotizarse. Es algo mucho más profundo que la hipnosis. No estás hipnotizado, sino simplemente te acercas a una visión distinta de ti mismo. No es cosa de magia; no te engañan, sino que te despiertan.

La palabra «hipnosis» significa «sueño», y mi tarea consiste en despertarte. Estás dormido y llevas dormido muchas vidas. Es hora de despertar.

Has desperdiciado demasiado tiempo, demasiada energía y demasiadas oportunidades, pero aún hay tiempo, y en cuanto despiertes acabará la noche y comenzará el amanecer.
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