Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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¿Por qué me da miedo aceptarme como soy?
Todo el mundo está en la misma situación. A todo el mundo le da miedo aceptarse como es. Así influye y condiciona el pasado de la humanidad a todo niño, a todo ser humano.

La estrategia es sencilla pero muy peligrosa. Esa estrategia consiste en condenarte e inculcarte ideales para que siempre intentes ser otro. El cristiano intenta ser Jesucristo, el budista intenta ser Buda, y parece una estratagema tan hábil para distraerte de ti mismo que quizá las personas que lo han hecho ni siquiera sean conscientes de ello.

Lo que dijo Jesucristo en la cruz, las últimas palabras que dirigió a la humanidad, es tremendamente significativo en muchos sentidos, y sobre todo en este contexto. Le rogó a Dios: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Eso puede aplicarse a todo padre y a toda madre, a todos los profesores, todos los sacerdotes y todos los moralistas, quienes dominan la cultura, la sociedad, la civilización, quienes intentan moldear a todos de cierta manera. Quizá tampoco ellos sepan lo que hacen, quizá también piensen que todo lo hacen por vuestro bien. No dudo de sus buenas intenciones, pero me gustaría que tuvierais en cuenta que son unos ignorantes, unos inconscientes.

Cuando nace un niño, cae en manos de una sociedad inconsciente, y esa sociedad inconsciente empieza a moldear al niño ajustándose a sus ideales, olvidándose de algo fundamental: que el niño posee su propio potencial, que no tiene que convertirse en un Jesucristo, ni en un Krishna ni en un Buda, sino en sí mismo. Si no llega a ser él mismo se sentirá hundido toda su vida. Su vida será un auténtico infierno, y él no sabrá qué ha ido mal. Lo han encaminado mal desde el principio.

Las personas que lo han encaminado mal, son quienes él piensa que lo quieren, quienes él considera sus benefactores. En realidad son sus peores enemigos. Padres, profesores, sacerdotes y líderes son los peores enemigos de todo individuo que nace en este mundo. Sin darse cuenta, te alejan de ti mismo. Y para alejarte de ti mismo tienen que inculcarte un condicionamiento: que eres indigno, que no vales para nada, que no sirves para nada tal y como eres. Por supuesto, puedes ganarte el respeto y la dignidad si te ajustas a las normas y las reglas dictadas por los demás. Si consigues ser un hipócrita, serás un ciudadano respetado por la sociedad, pero si te empeñas en ser sincero, honrado, auténtico, en ser tú mismo, todo el mundo te censurará, y hace falta mucho valor para soportar que todo el mundo te censure. Hay que ser muy templado para proclamar: «No voy a ser sino yo mismo, bueno o malo, aceptable o inaceptable, con reconocimiento o sin reconocimiento. Hay algo que tengo muy claro: que solo puedo ser yo mismo, no otro».

Para eso hace falta enfocar la vida de una forma totalmente revolucionaria. Es la rebelión fundamental de todo individuo para salir del círculo vicioso del sufrimiento.

Me preguntas: «¿Por qué me da miedo aceptarme como soy?». Porque nadie te ha aceptado como eres. Han despertado en ti el miedo y el temor de que si te aceptas a ti mismo serás rechazado por los demás.

Es una condición impuesta por toda sociedad y toda cultura que han existido hasta el momento: o te aceptas a ti mismo y todos te rechazan, o te rechazas a ti mismo y obtienes el respeto y la admiración de tu sociedad y tu cultura. La elección resulta muy difícil.

Evidentemente, la mayoría elige la respetabilidad, pero la respetabilidad va acompañada de toda clase de angustias y ansiedades, de una vida sin sentido, como un desierto donde nada crece, donde nada verdea, donde no nace ni una sola flor, donde, por mucho que andes, jamás encontrarás un oasis.

Esto me recuerda a Lev Tolstói... Tenía un sueño que se repetía y que los psicoanalistas de diversas escuelas han intentado interpretar durante un siglo. Es un sueño extraño, aunque a mí no me lo parece. Desde mi punto de vista, no hay que recurrir al psicoanálisis, sino al sentido común. Tuvo el mismo sueño todas las noches, durante años. Era una pesadilla, y Tolstói se despertaba en mitad de la noche, sudando, aunque el sueño no presentara ningún peligro. Pero hay que comprender el sinsentido del sueño... el problema que se convertía en pesadilla. Es un sueño que representa la vida de casi todos. Ninguna escuela de psicoanálisis ha sido capaz de averiguar qué clase de sueño es... porque no existe ningún paralelismo, ningún precedente.

Era el mismo sueño todas las noches: un inmenso desierto, un desierto hasta donde alcanzaba la vista... y un par de botas, que Tolstói reconocía porque eran suyas, que no paraban de andar. Pero él no las llevaba... las botas andaban por la arena, haciendo ruido. Y no paraban de andar, porque era un desierto infinito. Jamás llegaban a ninguna parte. Veía las huellas de las botas durante kilómetros, y veía las botas que seguían avanzando.

Lo normal es no considerarlo una pesadilla, pero si te paras a pensar... Todos los días, todas las noches el mismo sueño absurdo, sin llegar a ninguna parte, como si no hubiera ningún destino... y sin nadie que camine con esas botas, que están vacías.

Lo consultó con los psicoanalistas rusos más famosos de la época. Ninguno logró entender su significado, porque en ningún libro aparece una descripción de este sueño ni remotamente parecida. Es único.

Pero para mí no es cuestión de psicoanálisis. Es un simple sueño, que representa la vida de todo ser humano. Vas por un desierto porque no te diriges hacia la meta que es intrínseca a tu ser. No vas a llegar a ninguna parte. Cuanto más te alejes, más te alejarás de ti mismo. Y cuanto más busques un sentido... lo único que encontrarás es un vacío absoluto. Ese es el significado. No está la persona; solo las botas andarinas.

No estás en lo que haces, no estás en lo que eres, no estás en lo que finges. Es pura hipocresía, pura falsedad.

Pero todo eso se ha creado siguiendo un método muy sencillo: decirle a todo el mundo que no eres digno de existir tal y como eres. Tal y como eres, eres una casualidad, una desgracia. Tal y como eres, deberías sentir vergüenza de ti mismo porque no hay nada en ti digno de respeto.

Como es natural, el niño empieza a hacer cosas supuestamente respetables, y cada día se hace más falso, más hipócrita, cada día se aleja más de su auténtica realidad, de su verdadero ser... y entonces surge el miedo.

Siempre que nace el deseo de conocerte a ti mismo, lo sigue un gran temor, el miedo a que si te descubres a ti mismo, te perderás el respeto, incluso a tus propios ojos.

La sociedad pesa demasiado sobre los individuos. Hace todos los esfuerzos posibles para condicionarte hasta el extremo de que llegues a pensar que tú eres el condicionamiento mismo, y entonces pasas a formar parte de la sociedad, contrariando tu propio ser. Te haces cristiano, te haces hindú o musulmán, y te olvidas por completo de que cuando naciste eras simplemente un ser humano, sin religión, sin tendencias políticas, sin nación, sin raza. Naciste como una pura posibilidad de crecimiento.

Desde mi punto de vista, el sannyas está para devolverte a tu ser, con cualquier consecuencia, a costa de cualquier riesgo. Tienes que volver a ti mismo. Quizá no encuentres a un Jesucristo, ni falta que hace. Con uno basta y sobra. Quizá no encuentres a un Buda Gautama; estupendo, porque demasiados Budas Gautama nos aburrirían la existencia.

La existencia no quiere repetir a las personas. Es tan creativa que siempre aporta algo nuevo a cada individuo, un nuevo potencial, una nueva posibilidad, una nueva cima, una nueva dimensión.

El sannyas supone una sublevación contra todas las sociedades, todas las culturas y todas las civilizaciones, por la sencilla razón de que todas estas van en contra del individuo.

Yo defiendo al individuo a ultranza. Sacrificaría todas las sociedades, todas las religiones y todas las civilizaciones, la historia entera de la humanidad, por un solo individuo. El individuo es el fenómeno más valioso, porque el individuo forma parte de la existencia.

Hay que dejarse de miedos. Te los han impuesto, no son algo natural. Fíjate en un niño pequeño: se acepta a sí mismo perfectamente, sin censura, sin deseos de ser otro, pero, al crecer, se aparta de sí mismo. Tendrás que reunir valor para volver a tu ser. La sociedad entera intentará impedírtelo; te condenará. Pero más vale ser condenado por el mundo entero que sufrir, ser falso y llevar la vida de otra persona.

Puedes llevar una vida dichosa. Y no hay dos caminos; solo uno: ser tú mismo, seas lo que seas. A partir de ahí, de la aceptación y el respeto profundos por ti mismo, empezarás a crecer. De ti brotarán flores, no budistas, ni cristianas, ni hindúes, sino tuyas, tu propia contribución a la existencia.

Pero hace falta un enorme valor para internarse solo por un sendero y dejar atrás la autopista de la masa. En medio de la masa te sientes a gusto, cómodo; cuando vas solo, es natural que tengas miedo. La mente no para de intentar convencerte de que la humanidad entera no puede equivocarse, mientras que tú vas solo. Es mejor formar parte de la masa porque así no eres responsable de que las cosas vayan mal: todo el mundo es responsable. Pero en cuanto te separas de la masa, aceptas tu propia responsabilidad: si algo va mal, el responsable eres tú.

Pero debes recordar algo fundamental: la responsabilidad es una cara de la moneda, y la otra es la libertad. Puedes tener las dos cosas o abandonar ambas. Si no quieres la responsabilidad, tampoco tendrás libertad, y sin libertad no hay crecimiento.

De modo que tienes que aceptar tu propia responsabilidad y vivir en absoluta libertad para crecer, seas lo que seas. Quizá llegues a ser una rosa, o te quedes en caléndula o en simple flor silvestre, pero hay algo seguro: que llegues a lo que llegues, serás inmensamente feliz, absolutamente dichoso.

Quizá en lugar de ser respetado todo el mundo te condene, pero en lo más profundo de tu ser sentirás el gozo extático que solo puede sentir un individuo libre. Y solo un individuo libre puede crecer en los estratos superiores de la consciencia y puede alcanzar cimas como las del Himalaya.

La sociedad ha retrasado el desarrollo de todo el mundo, ha convertido a todos en verdaderos imbéciles. Necesita imbéciles; no quiere personas inteligentes. Teme a la inteligencia porque la inteligencia siempre se rebela contra la esclavitud, contra la superstición, contra toda clase de explotación, contra toda clase de estupidez, de discriminación por razones de raza, nación clase o color.

La inteligencia está en continua rebelión. Solo los idiotas obedecen.

Incluso Dios quería que Adán fuera un imbécil, porque le interesaba que Adán y Eva fueran unos idiotas que lo adorasen.

Desde mi punto de vista, el diablo es el primer revolucionario del mundo, y también es el diablo el personaje más importante de la historia. La civilización y el progreso le deben mucho al diablo, no a Dios. Lo que quería Dios era un Adán imbécil y una Eva imbécil, nada más; si hubieran obedecido a Dios, todavía estaríamos comiendo hierba en el Jardín del Edén.

El ser humano avanzó porque se rebeló contra Dios. Dios era la clase dominante. Dios representa a la clase dominante, la autoridad, el poder. No se puede convertir a nadie inteligente en esclavo; preferiría morir a ser esclavo. Nadie puede explotarlo ni arrancarlo de su centro.

Yo solo creo en la religión de la sublevación. Salvo eso, no existe la religiosidad; salvo eso, no existe posibilidad alguna de que tu consciencia alcance el máximo potencial que está latente en tu interior.

Paddy acababa de apuntarse al club de paracaidismo del pueblo y fue a hacer el primer salto. Todo iba estupendamente hasta que a Paddy le llegó el turno de saltar.

—¡Quieto ahí! —gritó el monitor—. ¡No te has puesto el paracaídas!

—Venga, es igual —replicó Paddy—. Si solo estamos de prácticas, ¿no?

La sociedad necesita a estos imbéciles, totalmente obedientes, dóciles, dispuestos a que los exploten, dispuestos a que los reduzcan prácticamente al estado animal.

No tengas miedo de aceptarte a ti mismo. Ahí es donde se oculta tu verdadero tesoro, donde está tu hogar. No hagas caso a los supuestos sabios, a esos envenenadores que han matado a millones de personas, que han destruido sus vidas, que las han despojado de todo sentido y significación...

No importa quién seas. Lo que importa es que deberías seguir siendo lo que eres, porque ahí comienza el crecimiento.

A continuación voy a citar varios sutras, para que meditéis sobre ellos. Quizá os infundan algo de valor, cierta inteligencia.

Todo el mundo es un ignorante, solo que sobre diferentes temas...

De modo que no os preocupéis por ser ignorantes. Todo el mundo lo es.

Todos los hombres nacen libres, pero algunos se casan.

Mantente alerta... ¡y la libertad es tuya!

La ilusión es el primero de los placeres.

Recuerda que la vida del crecimiento va más allá de la vida mundana de los placeres. El placer no es nada demasiado importante; es como rascarse: da cierto gusto, pero solo un momento. Si sigues rascándote, te harás sangre, y el placer se tornará dolor. Y lo sabéis muy bien: habéis transformado todos vuestros placeres en dolor.

La persona inteligente busca algo que nunca pueda tornarse en dolor, angustia, ansiedad y sufrimiento. Lo que yo denomino dicha no es el placer, porque la dicha no puede convertirse en su opuesto. No existe ese opuesto.

La búsqueda que habría que iniciar sería la de lo eterno, y todo el mundo tiene la capacidad de experimentar lo eterno; pero los placeres de lo físico y lo biológico y los placeres de la comida absorben a la gente y consumen el poco tiempo que tienen para crecer en este mundo.

Os voy a contar una cosa. Un hombre fue a ver a un psiquiatra y le dijo:
—Mire, estoy muy preocupado. Mi mujer se pasa el día comiendo, sentada en el sofá frente al televisor, y sin dejar de comer, cualquier cosa, aunque sea helado, y cuando no está comiendo está mascando chicle. Con tal de no dejar de mover la boca, lo que sea... Está espantosa, es como un saco de patatas. ¿Qué puedo hacer?

El psiquiatra respondió:

—Vamos a intentar una cosa. Seguro que funciona, porque ya lo han hecho muchos pacientes míos.

Le dio una fotografía de una chica desnuda, guapísima.

—¡Pero por Dios! ¿Cómo me va ayudar esta foto? —exclamó aquel hombre.

—Mire, tiene que comprender la estrategia. Pegue la foto dentro de la nevera, con una buena cola, para que su mujer no la pueda quitar. Así, cada vez que abra el frigorífico, se verá a sí misma y a esa chica tan guapa... A lo mejor empieza a adelgazar. Necesita a alguien con quien compararse.

El psiquiatra estuvo esperando tres o cuatro meses, y al final fue a casa del hombre que había ido a verlo para averiguar qué había pasado. No podía dar crédito a sus ojos: el hombre estaba sentado en el sofá, viendo la televisión y mascando chicle; estaba gordísimo. Preguntó:

—¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que se ha puesto así?

El hombre respondió:

—¡Es por esa maldita foto! Empecé a abrir el frigorífico por la foto, para verla. Pero cuando abres el frigorífico, pues claro, quieres comer algo. Hay tantas cosas, tan ricas... Así que cada vez que lo abro me pongo a comer. Su truco ha funcionado, pero le ha salido el tiro por la culata.

Las personas actúan de una forma tan estúpida en la vida... Una persona que no para de comer, aunque se lo prohíben los médicos y todo el mundo le dice que es peligroso... ¿Qué placer puede obtener de eso? Es solo una pequeña parte de la lengua la que experimenta el sabor; una vez que la comida ha traspasado esa pequeña parte, no se siente ni gusto ni placer. Es una auténtica estupidez. Pero los seres humanos van en pos de toda clase de placeres, sin darse cuenta de que están perdiendo un tiempo muy valioso. Esos son los momentos en los que alguien se convierte en un Buda Gautama, los momentos en los que alguien se convierte en un Sócrates. Los mismos momentos, la misma energía, el mismo potencial... pero tú lo desperdicias en busca de cosas absurdas.

La caballerosidad es la tentativa de un hombre por defender a una mujer de todos los hombres excepto de él.

Incluso cuando estás en el buen camino te atropellarán si te quedas sentado.

No hacer nada es lo más difícil del mundo.

Todo el mundo hace algo. Solo unas cuantas personas conocen el arte de no hacer nada de vez en cuando. Cuando no haces nada eres simplemente tu ser.

Hacer y ser son dos formas de vivir la vida, dos modos de vida. La vida del hacer es mundana; la vida del ser es sublime, es divina. No quiero decir con esto que no haya que hacer nada, sino que el hacer debería ser algo secundario en la vida y el ser lo primario. El hacer debe ser únicamente para las necesidades de la vida y el ser tu verdadero lujo, tu verdadera alegría, tu verdadero éxtasis.

Para ser completamente feliz hay que ser completamente idiota.

Recuérdalo siempre que veas a alguien feliz. Los idiotas son muy felices, porque no saben para qué están aquí. No saben que tienen que cumplir una tarea. Son casi como niños retrasados que siguen jugando con muñecos. Los muñecos pueden cambiar de forma: el muñeco de alguien puede ser el dinero, el de otro las mujeres, o los hombres, pero hagas lo que hagas (te sientes feliz porque vas acumulando dinero, porque tienes nueva novia, porque te han ascendido en el trabajo), eres completamente feliz. A menos que seas estúpido, es imposible.

Una persona inteligente comprenderá que esas pequeñas cosas impiden llegar al más allá. Te mantienen entretenido aquí, donde no está tu hogar, en una vida que acabará en una tumba.

La persona inteligente empieza a preguntarse (y esta es su pregunta, su búsqueda fundamental): «¿Hay algo más allá de la tumba o no? Si no hay nada más allá de la tumba, esta vida es un sueño, un sinsentido. A menos que haya algo más allá, la vida no puede ser importante ni significativa».

Pero la persona estúpida se siente inmensamente feliz con cualquier juguete que le dé la sociedad. No seas estúpido.

Errar es humano; reconocerlo es divino.

Es muy humano cometer errores. Reconocerlo, sin sentimiento de culpa (al reconocer tus errores simplemente estás reconociendo tu humanidad), produce una transformación en tu ser, y empieza a abrirse a ti una parte de lo divino, una parte del más allá.

Toda nube está bordeada de plata, e incluso la ropa vieja tiene su lado brillante.

Si no fuera por el optimista, el pesimista no sabría lo feliz que no es.

Las personas se comparan continuamente con los demás, y se sienten felices o infelices debido a esas comparaciones.

Un día fui a ver a un famoso santo hindú. Este dijo a las personas que estaban con nosotros que se fijaran en lo que se transmitía entre él y yo.

—El secreto de la felicidad consiste en fijarse en quienes son infelices. Fijaos en los tullidos y os sentiréis felices de no ser tullidos. Fijaos en los ciegos y os sentiréis felices de no ser ciegos. Fijaos en los pobres y os sentiréis felices de no ser pobres.

Para callarle la boca a aquel imbécil, dije:

—No comprendes una cosa muy sencilla, que en cuanto una persona empieza a compararse con otras, no se compara solo con las que son más desgraciadas. También se comparará con las que son más ricas, o más guapas, o más fuertes, o más respetables que ella, y se sentirá fatal. Tú no revelas el secreto de la felicidad; lo que revelas es el secreto del más absoluto sufrimiento.

Sin embargo, eso es lo que se ha predicado en el transcurso de milenios, con distintas palabras, pero el secreto es en esencia el mismo, en todas las religiones: date por satisfecho, porque hay personas muy desgraciadas, da gracias a Dios por no ser una de ellas.

Pero no es una cuestión unilateral. En cuanto aprendes a compararte, no te limitas a compararte con quienes son inferiores a ti; inevitablemente te compararás con quienes son superiores a ti, y te torturarás.

La comparación no es lo más adecuado. Tú eres tú, y no hay nadie con quien se te pueda comparar. Eres incomparable, como lo son las demás personas.

No compares, nunca. La comparación es una de las causas de tu encadenamiento a lo mundano, porque la comparación crea competición, crea ambición. Y no llega sola; va muy acompañada. En cuanto empieces a competir, no podrás ponerle fin; la competición acabará contigo antes que tú con ella. Cuando te haces ambicioso eliges el camino más absurdo para seguir con tu vida.

A Henry Ford le preguntaron en una ocasión... y me parece uno de los hombres más sensatos del siglo XX, porque sus declaraciones tenían mucho sentido. Fue el primero que dijo que «la historia es una bobada», algo totalmente cierto. Le preguntaron:

—¿Qué ha aprendido en su vida llena de éxitos?

Fue uno de los hombres de mayor éxito que se pueda imaginar; pasó de la pobreza a ser el hombre más rico del mundo, y conviene recordar lo que dijo. Contestó:

—En mi vida de éxitos solo he aprendido una cosa: he aprendido a subir escaleras. Y cuando llego al último peldaño de la escalera me siento imbécil, y me avergüenzo de mí mismo, porque ya no hay a donde ir.

»No puedo decir a quienes vienen detrás de mí luchando por llegar al final de la misma escalera que me siento estúpido. ¿Para qué he estado luchando? Nadie me haría caso si dijera: "Paraos donde estáis. No perdáis el tiempo... porque no hay nada. Cuando lleguéis arriba, os quedaréis atascados. No podréis bajar porque os parecerá que es caer. No podréis subir porque no hay a donde subir"».

Los presidentes y los primeros ministros de los países se sienten atascados. Saben que solo puede ocurrirles una cosa: caer. No hay nada hacia lo que ascender; no hay a donde ir, salvo caer de donde están, y por eso se aferran a sus poltronas.

Pero ese modo de vida no es el adecuado. Primero subes las escaleras, peleándote con los demás; por último te quedas atascado y te aferras al último peldaño para que nadie pueda echarte de allí. ¿Qué es esto? ¿Un manicomio?

El ser humano ha convertido este planeta en un manicomio. Si quieres estar cuerdo, en primer lugar tienes que ser tú mismo, sin sentimiento de culpa, sin condenar. Acéptate con humildad y sencillez.

Es un regalo que te hace la existencia; agradécelo y empieza a buscar lo que te puede ayudar a desarrollarte como eres, no a ser una fotocopia de otro, sino a seguir siendo como eres.

No existe mayor éxtasis que el de ser tu naturaleza original.


Acerca del autor
Resulta difícil clasificar las enseñanzas de Osho, que abarcan desde la búsqueda individual hasta los asuntos sociales y políticos más urgentes de la sociedad actual. Sus libros no han sido escritos, sino transcritos a partir de las charlas improvisadas que ha dado en público en el transcurso de treinta y cinco años. El londinense The Sunday Times ha descrito a Osho como uno de los «mil creadores del siglo XX», y el escritor estadounidense Tom Robbins, como «el hombre más peligroso desde Jesucristo».

Acerca de su trabajo, Osho ha dicho que está ayudando a crear las condiciones para el nacimiento de un nuevo tipo de ser humano. A menudo ha caracterizado a este ser humano como Zorba el Buda: capaz de disfrutar de los placeres terrenales, como Zorba el griego, y de la silenciosa serenidad de Gautama Buda.

En todos los aspectos de la obra de Osho, como un hilo conductor, aparece una visión que conjuga la intemporal sabiduría oriental y el potencial, la tecnología y la ciencia occidentales.

Osho también es conocido por su revolucionaria contribución a la ciencia de la transformación interna, con un enfoque de la meditación que reconoce el ritmo acelerado de la vida contemporánea. Sus singulares «meditaciones activas» están destinadas a liberar el estrés acumulado en el cuerpo y la mente, y facilitar así el estado de la meditación, relajado y libre de pensamientos.


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