Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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Dices que no sabemos qué es el amor. ¿Qué es lo que siento por ti? Acaricia mi corazón, me hace reír y llorar, me lleva al éxtasis, a lo más profundo de mí. ¿Qué es?
Debe de ser el comienzo de una gran historia de amor, pero no olvides la diferencia entre las historias de amor normales y corrientes y la gran historia de amor, que es cualitativamente diferente de lo que se suele llamar historias de amor, que son como pompas de jabón. Un día estás profundamente enamorado y al siguiente, o incluso el mismo día, la pompa de jabón ha desaparecido y con ella tu historia de amor. Es algo momentáneo.

La gran historia de amor no es realmente con el maestro, sino con el universo por mediación del maestro. El maestro es, como mucho, una ventana por la que puedes ver el cielo entero con todas sus estrellas. No te enamoras del marco de la ventana.

Hay muchas personas que se enamoran del marco de las ventanas: lo que se venera en los templos, las mezquitas, las iglesias y las sinagogas son simples ventanas, y esas ventanas tampoco están presentes. Lo estuvieron en su momento; hace dos mil, tres mil, cuatro mil años sí había una ventana.

Los que fueron contemporáneos de la ventana debieron de condenarla, porque los sacaba de sus actividades mundanas. Los perturbaba... su paz, su vida, sus negocios, su trabajo. ¿Por qué fue crucificado Jesucristo? ¿Por qué envenenaron a Sócrates? ¿Por qué sufrió tantos atentados Buda Gautama? Por la sencilla razón de que esas personas perturbaban a todos. Lo que estás haciendo está mal; siempre estás en el sitio que no debes; está mal que seas avaricioso, que te enfades, que tengas envidia, que seas lujurioso, que sientas deseos...

No decían nada en lo que no tuvieran razón; tenían toda la razón, pero eso perturbaba las vidas. Después se convirtieron casi en el azote de todos. Personas como Jesucristo, que recorría una pequeña zona como Judea, incordiando a todos al decirles que este no es el mundo real, que esos padres y esos hijos no son la verdadera familia... «Tu verdadero padre está en el cielo, y a menos que creas en mí no encontrarás a tu verdadero padre.»

La gente andaba despistada, no entendían qué era lo que estaba bien. Aquellas personas estaban creando confusión. «Bienaventurados los pobres, porque ellos heredarán el reino de Dios», decía Jesucristo. Eso inquietaba a los ricos, y en cierto sentido también a los pobres, porque el pobre intenta hacerse rico. Y ese hombre predicaba que eres bienaventurado tal y como eres, o sea que no intentes hacerte rico.

Los ricos se enfadaban porque Jesucristo decía: «Más fácil sería que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico traspasara las puertas del cielo». Quienes lo escuchaban se sentían inquietos, no podían dormir tranquilos. No podían seguir con lo suyo.

Y si no le prestas atención y no crees en él... el día del juicio final elegirá a los suyos y los demás serán arrojados a las tinieblas, al infierno, para toda la eternidad. Y entonces no existe ninguna posibilidad de liberación.

Es normal que esas cosas alteren a la gente. Y cuando no soportaron más alteraciones, tuvieron que crucificar a Jesucristo, simplemente para que hubiera paz en su tierra, para tener cierta tranquilidad en la vida. Los coetáneos de las personas que pueden llevarte hasta lo supremo siempre las condenan. Pero pasa una cosa rara: nadie quiere llegar hasta lo supremo. Y hay unas cuantas personas, como yo, que se dedican únicamente a llevarte hasta lo supremo, lo quieras o no; eso no importa. Están dispuestas a sacrificarse, pero no te dejarán en paz, te perseguirán durante siglos.

Moisés sigue persiguiendo a la gente, Jesucristo sigue persiguiendo a la gente, Buda Gautama sigue acosando... Pero cuando esas personas mueren, empiezas a sentirte un poco culpable por no haberles hecho caso: a lo mejor tenían razón. Tus propias experiencias en la vida te enseñan que la envidia no es buena, que la ira no es buena, que la avaricia tampoco es buena, y las enseñanzas de esas personas quizá sí lo fueran... y tú las matas. Entonces el sentimiento de culpabilidad se venga.

Una vez me preguntaron: «¿Por qué tiene Jesucristo más seguidores en el mundo que todos los demás?». Yo contesté: Por una sencilla razón: la crucifixión».

A Mahavira no lo crucificaron, y nadie se sintió culpable. Pero como Jesucristo sí fue crucificado, la gente empezó a sentirse culpable y a pensar que a lo mejor era inocente, que no había cometido ningún crimen, pero lo habían matado. Vieron que tenían las manos manchadas de sangre, y ¿cómo lavarlas? La culpa se transformó en culto.

Es una psicología extraña. En cuanto empiezas a sentirte culpable, la única forma de librarte de la culpa consiste en rendir culto a quien has crucificado. El culto te ayudará a sentirte bien porque aunque lo has crucificado reconoces que has hecho algo malo y estás dispuesto a todo... Lo adorarás, rezarás, leerás la Biblia, lo seguirás durante siglos. Te volverás fanático, tan fanático como los coetáneos de Jesús, que lo crucificaron. Estaban fanáticamente en su contra y sus descendientes fanáticamente a su favor. Es un cambio psicológico muy extraño que se produce una y otra vez.

Si puedes portarte conmigo simplemente con humanidad mientras esté vivo, tendrás la oportunidad de que se te abra una ventana. Y si eres capaz de amar y de confiar, nada te resultará imposible. Muy pocos serán capaces de hacerlo, pero solamente esos pocos alcanzarán algo... no los millones de cristianos que rinden culto a alguien que crucificaron. Su culto no es sino una compensación; no es amor. Es un consuelo, no amor.

El amor tiene un carácter completamente distinto. Es puro júbilo, es la sensación de la dicha en presencia de la persona con la que se da la gran historia de amor.

Me has planteado lo siguiente: «Dices que no sabemos qué es el amor». Incluso si empiezas a amar no sabrás qué es el amor. Lo experimentarás, te llenarás de él, te desbordará, podrás compartirlo, pero no podrás comprender lo que es, porque el amor es uno de los misterios supremos de la vida.

Me preguntas: «¿Qué es lo que siento por ti? Acaricia mi corazón, me hace reír y llorar, me lleva al éxtasis, a lo más profundo de mí. ¿Qué es?».

No busques ninguna explicación. Toda explicación interfiere en el desarrollo de lo misterioso. No preguntes qué es. Si te regocijas en él, tiene que ser bueno. Si lo festejas, tiene que ser bueno. Si danzas con él, estás en el buen camino. Pero no preguntes qué es, porque en cuanto empieces a preguntarlo empezarás a convertirlo en algo intelectual. Es algo del corazón que conoce la experiencia, pero que no quiere saber nada de explicaciones. Te está ocurriendo algo inmensamente hermoso, pero no le pongas nombre. A partir de cierta etapa, las palabras son peligrosas. Si le pones nombre, puedes pensar que has llegado al final.

No lo llames amor. Estás en el buen camino, vas bien dirigido, pero no le pongas nombre. Si lo llamas amor, te sentirás satisfecho y dejarás de crecer. «¿Qué más puede haber? He llegado a la etapa final: es el amor.» Por favor, no le pongas nombre; limítate a recordar que estás en el buen camino.

Un día se abrirá la rosa mística en tu interior y empezará a desprender fragancia. Ni siquiera entonces debes ponerle nombre. La existencia es eterna, y el crecimiento no tiene límites. Hay cielos más allá de los cielos, y cimas más allá de las cimas.

Esa es la belleza de la existencia, que no tiene fin. Es una continua aventura, una continua peregrinación, una búsqueda, la búsqueda de algo más, la búsqueda de realidades más profundas. Pero nunca se llega a un fin como para decir: «He aprobado el examen final». No existe ese examen final.

Hymie Goldberg fue a ver a un adivino. Tras sentarse en la habitación oscura, el adivino dijo:

—Voy a leerle la palma de la mano por cincuenta dólares, y so le da derecho a hacerme tres preguntas.

—¿Preguntas sobre qué? —preguntó Hymie.

—Sobre cualquier cosa —contestó el vidente.

—Pero ¿no le parecen demasiado cincuenta dólares por eso? -preguntó Hymie en tono lastimero.

—Es posible —respondió el quiromántico—. ¿Cuál es su última pregunta?

En la vida, la última pregunta se plantea muy pronto, pero en la existencia real ni siquiera surge la primera. Cada día te haces más silencioso, y en ese silencio no surgen las preguntas. Cuando no hay preguntas, la posibilidad de cualquier respuesta sencillamente no existe.

Quienes saben no conocen la respuesta. Los llamamos los despiertos, los iluminados, porque han dejado a un lado todas las preguntas; ya no tienen ninguna pregunta que plantear. Si quieres llamar a esta respuesta ausencia de preguntas, bien está... pero tampoco hay respuesta a eso.

Un hombre está en un teatro, tumbado de espaldas sobre cuatro butacas de la platea. Baja el acomodador y le dice:

—Oiga, señor, tiene que dejar las cuatro butacas. Solo puede ocupar una.

El hombre suelta un gruñido y no se mueve. Baja el encargado y le dice al hombre:

—Oiga, señor, levántese. Solo puede ocupar una butaca.

El hombre vuelve a gruñir y sigue sin moverse.

Por último llaman a un policía. Baja por el pasillo y le dice al hombre, que sigue tumbado sobre las cuatro butacas:

—¡Venga! ¡Levántese de esas butacas!

El hombre suelta un gruñido, y el policía le dice:

—A ver, listillo, ¿de dónde has salido?

El hombre suelta un gemido y dice:

—Del paraíso.

Te gusta reír. A todo el mundo debería gustarle reír, porque tal y como yo considero la religiosidad, la risa es mucho más valiosa que cualquier oración. La oración es algo simplemente intelectual. La risa es total: tu cuerpo, tu mente, tu corazón, todo se une en ella. Ríes como un todo unitario, único.

Tres famosos cirujanos estaban tomando café y fanfarroneando sobre sus hazañas. Uno de ellos dijo:

—Le injerté un brazo a un hombre y ahora es golfista profesional.

—Eso no es nada —replicó otro—. Yo le injerté una pierna a un hombre que ahora es uno de los mejores corredores de fondo del mundo.

—¡Pues vaya! —dijo el tercer cirujano—. Yo le injerté una sonrisa a un burro y ahora es el presidente de Estados Unidos.


4
¿Qué es dar y qué es recibir? Comprendo que solo he empezado a vislumbrarlo. La receptividad me parece como la muerte, y automáticamente se enciende la alerta roja en mi interior. ¡Socorro! La existencia me parece algo tremendo.
Comprendo lo que te preocupa. Es lo que le preocupa a casi todo el mundo. Es bueno que lo reconozcas, porque ahora puedes cambiar la situación. Desgraciados los que padecen el mismo problema pero no son conscientes de él, porque debido a su inconsciencia no tienen ninguna posibilidad de transformación. Tú has tenido el valor suficiente para sacarlo a la luz.

Es tremendamente importante que se comprenda lo que dices. Preguntas: «¿Qué es dar?». ¿Te has preguntado a ti mismo qué es dar? ¿Piensas que ya estás dando mucho a tus hijos, a tu esposa, a tu novia, a la sociedad, a tu club de fútbol? Sí, das mucho, pero no sabes qué es dar. A menos que te des a ti mismo, no das nada. Puedes dar dinero, pero tú no eres el dinero. A menos que te des a ti mismo, es decir, a menos que des amor, no sabes qué significa dar.

«¿... y qué es recibir?» Casi todo el mundo cree saber qué es recibir, pero quien me interpela tiene razón al interpelarme y demostrar que no sabe qué es recibir. Al igual que si no das amor no sabes qué es dar, no sabes qué es recibir: a menos que seas capaz de recibir amor, no sabrás qué es recibir. Quieres que te amen, pero no lo has pensado: ¿eres capaz de recibir amor? Hay muchos obstáculos que te impedirán recibirlo.

El primero, que no tienes respeto por ti mismo, y por consiguiente, cuando el amor se te acerca, no te sientes digno de recibirlo. Pero estás metido en tal lío que ni siquiera eres capaz de ver algo muy sencillo: porque nunca te has aceptado tal y como eres, nunca te has amado a ti mismo. Entonces ¿cómo vas a recibir el amor de otro?

Sabes que no eres digno de ello, pero no quieres aceptarlo ni reconocer esa absurda idea que te han metido en la cabeza, que no eres digno de ello. ¿Y qué haces? Sencillamente rechazas el amor. Y para rechazar el amor tienes que buscar excusas.

La primera y principal excusa es «no es amor.. por eso no puedo aceptarlo». No te puedes creer que alguien te quiera. Si no puedes quererte a ti mismo, si no te ves a ti mismo, tu belleza, tu gracia y tu grandeza, ¿cómo vas a creerlo cuando alguien te dice: «Eres maravilloso. Veo en tus ojos una gracia profunda, insondable. Veo en tu corazón un ritmo en armonía con el universo»?

No puedes creértelo; es demasiado. Estás acostumbrado a que te condenen, a que te castiguen; estás acostumbrado a que te rechacen, a que no te acepten tal y como eres... Eso lo aceptas fácilmente.

El amor tendrá un enorme impacto en ti, porque tendrás que sufrir una gran transformación antes de poder recibirlo. En primer lugar tienes que aceptarte sin sentimiento de culpa. No eres un pecador como te enseñan el cristianismo y otras religiones.

No comprendes la estupidez de todo eso. Hace mucho tiempo, un tal Adán desobedeció a Dios, y no se puede decir que fuera un gran pecado. Aun más: hizo bien en desobedecerlo. Si alguien había cometido un pecado, fue Dios, al prohibir a su propio hijo, a su propia hija, que comieran el fruto de la ciencia y el fruto de la vida eterna. ¿Qué clase de padre es ese? ¿Qué clase de Dios? ¿Qué clase de amor?

El amor exige que Dios les hubiera dicho a Adán y Eva: «Antes de comer otra cosa, recordad estos dos árboles. Comed cuanto queráis del árbol de la sabiduría y cuanto queráis del árbol de la vida eterna, para que podáis estar en el mismo espacio de inmortalidad en el que yo estoy».

Eso habría sido muy sencillo para cualquiera que amara. Pero que Dios le prohibiera a Adán adquirir la sabiduría significa que quería mantenerlo en la ignorancia. Quizá tuviera envidia y temiera que si Adán adquiría la sabiduría fuera como él. Quería mantener a Adán en la ignorancia para que siguiera siendo inferior. Y si comía el fruto de la vida eterna sería un dios.

Ese Dios de la prohibición a Adán y Eva debía de ser muy envidioso, muy desagradable, inhumano, poco cariñoso. Y si todo eso no es pecado, ¿qué es pecado? Pero los judíos, los cristianos, los musulmanes y todas las religiones, te enseñan que aún llevas sobre tus hombros el pecado que cometió Adán. Las mentiras han de tener un límite.

Incluso si Adán hubiera cometido un pecado, tú no tienes por qué cargar con él. Según esas religiones, fuiste creado por Dios, pero, en lugar de llevar en ti lo divino, cargas con la desobediencia de Adán y Eva.

Esa es la forma occidental de condenarte: eres un pecador. La forma oriental llega a la misma conclusión, pero desde premisas distintas. Dicen que todos tienen una enorme carga de pecados y malas obras, cometidos en el transcurso de millones de vidas pasadas. En realidad, la carga de un cristiano, un judío o un musulmán es mucho más ligera. Solamente cargan con el pecado que cometieron Adán y Eva. Y seguramente se ha ido atenuando al cabo de muchos siglos. No eres el heredero directo de los pecados de Adán y Eva. Ese pecado ha pasado por millones de manos, y ahora esa cantidad debe de ser casi homeopática.

Pero el concepto oriental es aun más peligroso. No es que lleves sobre tus hombros el pecado de otros... En primer lugar, nadie puede cargar con el pecado de otra persona. Si tu padre comete un delito... no pueden llevarte a ti a la cárcel. Por simple sentido común, si el padre ha cometido un pecado o un delito, es él quien tiene que pagar por ello. No pueden encarcelar al hijo o al nieto porque el abuelo haya asesinado a alguien.

Pero el concepto oriental es mucho más peligroso y ponzoñoso: cargas con tu propio pecado, no con el de Adán y Eva; y no en una pequeña cantidad, sino que va aumentando con cada una de tus vidas. Y resulta que has vivido millones de vidas antes de esta, y que en cada vida has cometido múltiples pecados. Se te han acumulado. La carga es monstruosa, y acabas machacado por ella.

Es una extraña estrategia para destruir tu dignidad, para reducirte a un ser subhumano. ¿Cómo puedes quererte? Puedes odiar, pero no amar. ¿Cómo vas a creer que alguien te quiera? Es mejor rechazarlo, porque tarde o temprano la persona que te ofrece su amor descubrirá tu realidad, que es muy fea... una enorme carga de pecado. Y entonces esa persona te rechazará. Para evitar el rechazo es mejor rechazar el amor. Por eso no se acepta el amor.

Todo el mundo lo desea, lo anhela, pero cuando llega el momento en el que alguien está dispuesto a derramar su amor sobre ti, te echas atrás. Ese echarse atrás tiene un profundo significado psicológico. Tienes miedo; es maravilloso, pero ¿cuánto durará? Tarde o temprano se revelará mi realidad. Es mejor estar alerta desde el principio.

El amor significa intimidad, el amor significa el acercamiento de dos personas, significa dos cuerpos pero una sola alma. Tienes miedo: ¿tu alma de pecadora cargada con las malas obras de millones de vidas...? No; es mejor esconderla, mejor no llegar a la situación en la que la persona que deseaba amarte te rechace. Es el miedo al rechazo lo que no te permite recibir amor.

No puedes dar amor porque nadie te ha dicho nunca que eres un ser amante desde tu nacimiento. Te han dicho: «¡Has nacido en pecado!». No puedes amar ni puedes recibir amor. Eso ha disminuido todas tus posibilidades de crecimiento.

Dices: «Ahora comprendo que solo he empezado a vislumbrarlo».

Tienes suerte, porque hay millones de personas en el mundo entero completamente ciegas a sus condicionamientos, las terribles cargas que las generaciones anteriores les han impuesto. Pero no se eliminan olvidándolas.

No se actúa sobre un cáncer olvidándose de él. No reconociéndolo, manteniéndolo en la oscuridad, corres el mayor riesgo contra ti mismo, y además sin necesidad. Tarde o temprano invadirá todo tu ser, y nadie sino tú será responsable. De modo que si notas que empiezas a vislumbrarlo, eso significa que se te están abriendo algunas ventanas.

«La receptividad me parece como la muerte.» ¿Te has parado a pensarlo? Sientes la receptividad como la muerte; cierto. Y la sientes así porque la receptividad es como la humillación. Recibir algo, sobre todo amor, significa que estás mendigando. Nadie quiere estar en el extremo receptor porque te hace inferior al que da.

«La receptividad me parece como la muerte, y automáticamente se enciende la alerta roja en mi interior.» Esa alerta roja te la implanta la sociedad que siempre has respetado, las mismas personas de las que siempre has pensado que desean lo mejor para ti. Y no digo que intenten hacerte daño a propósito. A ellas también les han hecho daño y se limitan a transmitir lo que han recibido de sus padres, de sus profesores, de la generación anterior.

Cada generación transmite sus males a la nueva generación, y, naturalmente, la nueva generación recibe más y más cargas. Heredas todos los conceptos supersticiosos y represivos de la historia. Lo que se pone en alerta roja no es algo tuyo. Son tus condicionamientos los que disparan la alarma roja.

Y tu última frase es simplemente un esfuerzo por racionalizarlo. Es uno de los grandes peligros de los que todos deberíamos tomar conciencia. No racionalices. Ve a la raíz misma de todos los problemas, pero no busques excusas, porque si buscas excusas no podrás arrancar las raíces. Tu última frase es una racionalización. Quizá no hayas sido capaz de comprender su cualidad intrínseca. Dices: «¡Socorro! La existencia me parece algo tremendo».

Piensas que tienes miedo de recibir porque tu existencia es tremenda, que tienes miedo de dar porque la existencia es tremenda. ¿Qué sentido tiene dar tu pequeño amor, como una gota de rocío, al inmenso mar? El mar no se enterará; por consiguiente, no tiene sentido dar ni tampoco recibir. Como el mar es muy grande, te ahogarás en él. Por eso te parece la muerte, pero es una racionalización tuya.

No sabes nada de la existencia, no sabes nada de ti mismo, que es el punto de la existencia más próximo a ti. A menos que empieces desde tu propio ser, jamás llegarás a conocer la existencia. Ese es el punto de partida, y todo tiene que empezar desde el principio.

Al conocerte a ti mismo, conocerás tu existencia; pero el sabor y la fragancia de tu existencia te dará ánimos para profundizar un poco más en la existencia de los demás. Si tu propia existencia te ha hecho tan dichoso... es natural que anheles penetrar en los demás misterios que te rodean: los misterios humanos, los misterios de los animales, de los árboles, de las estrellas.

Y una vez que hayas conocido tu existencia ya no tendrás miedo a la muerte...

La muerte es una ficción; no es algo que ocurra, sino que simplemente lo parece... lo parece desde el exterior. ¿Has visto alguna vez tu propia muerte? Siempre has visto morir a otros. Pero ¿te has visto a ti mismo muriendo? Nadie ha hecho semejante cosa; en otro caso, ni siquiera este mínimo de vida sería posible. Todos los días ves a alguien que muere, pero siempre es otro, nunca tú.

Quienes se han conocido a sí mismos saben, sin lugar a dudas, que son seres eternos. Aunque han muerto muchas veces, siguen vivos.

La muerte y el nacimiento son solo pequeños pasajes de la gran peregrinación del alma. El temor a la muerte desaparecerá en cuanto entres en contacto contigo mismo, y eso te abrirá un cielo totalmente nuevo, sin explorar. Cuando sabes que no existe la muerte, desaparece el temor. Empiezas a ser un auténtico aventurero, a adentrarte en los diferentes misterios que te rodean. La existencia se convierte, por primera vez, en tu hogar.

No hay nada que temer: es tu madre, y tú formas parte de ella. No puede ahogarte, no puede destruirte. Cuanto más la conozcas, más protegido te sentirás; cuanto más la conozcas, más dichoso te sentirás; cuanto más la conozcas, más serás.

Y entonces podrás dar amor, porque lo tendrás; y entonces podrás recibir amor, porque el rechazo será impensable.
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