Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice






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títuloOsho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice
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Por lo que has dicho, creo que piensas que para que se dé la iluminación hay que prepararse con la meditación, pero que también se necesita un impulso desde lo más profundo, el darte cuenta de que eso es lo único que importa. Lo que yo veo es que me interesa todo, los rollos mentales, las mujeres, la música, las percepciones sensoriales... ¿Me va a impedir todo eso alcanzar la iluminación?
Voy a contar una historia muy antigua.
Un anciano va a ver a su maestro y le dice:

-He consultado con muchos maestros y he renunciado a muchos placeres. He ayunado, he sido célibe, he pasado en vela muchas noches en busca de la iluminación. He dejado todo lo que se me pedía que dejara, he sufrido mucho y no he alcanzado la iluminación. ¿Qué puedo hacer?

El maestro contestó:

Dejar de sufrir.
Ni la música, ni las percepciones sensoriales ni las mujeres pueden impedir que alcances la iluminación. Solo hay una cosa que te lo puede impedir, y es el sufrimiento. La iluminación es la fiesta suprema, y cualquier fiestecilla que celebres es simplemente un paso adelante. Pero el sufrimiento no puede ser un paso hacia la iluminación.

Me dices: «Lo que yo veo es que me interesa todo, todos los rollos mentales...». Desaparecerán a medida que mejore la meditación, lo mismo que cuando llevas luz a una habitación desaparece la oscuridad. La oscuridad no puede ser un obstáculo. No se puede decir que la oscuridad es tan densa y tan antigua que cuando das la luz se apaga. La oscuridad no puede apagar la luz.

Tus rollos mentales son pompas de jabón. En cuanto hayas vislumbrado la meditación... lo que dices de esos rollos, la mente misma desaparece.

La música será más profunda a medida que crezca la meditación; tu música tendrá nuevos sabores, nuevas flores, nuevas fragancias. Tu música armonizará cada día más con la meditación. Por último, la música llega a tal punto de perfección que no se necesitan instrumentos; solo puro silencio, sin sonidos. En realidad, lo que llamamos música es juego entre el sonido y el silencio. Quienes dan más importancia al sonido se pierden el significado más profundo de la música. El sentido más profundo se encuentra entre dos sonidos, en los intervalos.

La meditación no se opone a la música. Por el contrario, la música ha nacido de la consciencia meditativa. La primera vez que se empleó fue para expresar algo sobre la meditación, pero hay que cambiar la forma, dar más importancia al silencio que al sonido. Y la meditación obra ese milagro automáticamente.

Con respecto a las mujeres, la iluminación es imposible sin ellas. Son la verdadera fuerza impulsora. Dicen que detrás de cada gran hombre hay una mujer. Puede ser cierto o no, pero detrás de todo hombre iluminado hay muchas mujeres, que lo acosan, lo martirizan, hasta que por fin decide que más le vale ser un iluminado. Si no hay ninguna mujer que te acose, ¿para qué querrías la iluminación? Las mujeres no han llegado a la iluminación por la sencilla razón de que ningún hombre las acosa. Así que no te preocupes por las mujeres; prestan una ayuda valiosísima, y son absolutamente imprescindibles.

Las percepciones sensoriales no representan un obstáculo. Tu sensibilidad, tu percepción se harán más profundas a medida que profundices en la meditación. El anciano de la historia que he contado recibió la respuesta adecuada del maestro, y esa es la respuesta que yo te doy a ti: líbrate del sufrimiento. Ninguna otra cosa del mundo podrá impedir que medites.


V
SER
El secreto de la rosa mística
Un día se abrirá la rosa mística en tu interior, y se liberará

su fragancia. Ni siquiera entonces le pongas nombre.

La existencia es eterna, y no existen límites para el

crecimiento. Hay cielos más allá de los cielos, y cumbres

más allá de las cumbres.

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¿Cuál es el secreto de la rosa mística?
La rosa mística es un antiguo símbolo de enorme importancia.

Charles Darwin postulaba una teoría de la evolución. La mayor parte es válida, pero perdió de vista algo muy básico. Solo pensó en la evolución del esqueleto humano. Comparó los esqueletos de otros animales con los de los humanos. El simio, el chimpancé, ciertas especies de mono tienen un esqueleto similar; por eso llegó a la conclusión de que el hombre desciende de los simios, los chimpancés o los monos.

Naturalmente, todo el mundo se burló de él, sobre todo los cristianos, porque el cristianismo mantiene una actitud muy testaruda, fanática, que nunca se había mostrado tan abiertamente hasta que Darwin empezó a defender la teoría de la evolución. Ni siquiera en la actualidad se sabe muy bien en qué consiste el problema, por qué los cristianos atacan tanto a Darwin.

Los cristianos creen que Dios creó el mundo entero en seis días. Evidentemente, cuando Dios crea algo, tiene que ser entero y perfecto; por consiguiente, no se plantea la cuestión de la evolución. La evolución significa que las cosas evolucionan, mejoran, se perfeccionan, alcanzan niveles superiores. Esta teoría contradice la idea de una creación acabada, y por eso se critica y se condena a Darwin.

Ahora que recuerdo... Había una pequeña escuela en la que el maestro les explicaba a los alumnos cómo había creado Dios el mundo. Un niño, cuyo padre era científico y le había hablado de la teoría de la evolución, se levantó y dijo:

—Pues mi padre dice otra cosa. Dice que nacimos de los monos.

El maestro cristiano replicó:

—A lo mejor tiene razón con respecto a tu familia, pero no estamos hablando de tu familia. Puedes venir a verme después de clase.

Pero esa era la actitud en el mundo entero, no solo entre los cristianos, sino también entre los musulmanes y los hindúes. Pensaban que Darwin les había arrebatado su dignidad, su condición de creaciones superiores de Dios. Había destruido su complacencia del ego, que Dios había creado al hombre a su imagen y semejanza. Y resulta que ese tipo dice que Dios creó al hombre a imagen y semejanza de un mono. Nadie estaba dispuesto a aceptarlo.

Tampoco yo estoy dispuesto a aceptarlo, pero por razones distintas. No se trata de comparar esqueletos; la evolución radica en la consciencia, no en el cuerpo. El hombre tiene cuerpo, como tienen cuerpo los monos y los chimpancés.

Incluso Darwin se sentía confuso: ¿cómo puede un mono convertirse de pronto en hombre? Que sepamos, al menos en los últimos diez mil años no ha habido ni un solo caso de un mono que saltara de un árbol y se convirtiese en hombre. Si no ha ocurrido en el transcurso de diez mil años, es inconcebible que haya ocurrido jamás.

Darwin se pasó la vida buscando eslabones perdidos: la distancia entre el mono y el hombre parece demasiado grande. Quería descubrir unos eslabones perdidos para acortar esa distancia: el mono se transforma en otro ser, ese otro ser se transforma en otro ser, y por último solo queda una pequeña diferencia... y el animal se transforma en hombre.

Pero no encontró ese eslabón perdido. Como había nacido en Occidente y tenía la actitud propia de un materialista, eso produjo los problemas. Por otro lado, proclamaba algo de gran importancia.

La evolución no tiene que producirse en el cuerpo, sino en la consciencia, y entonces se transforma en progreso espiritual. Pero Darwin no concebía el espíritu en el hombre. Para él, el hombre era solo el cuerpo, nada más.

Yo postulo una teoría de la evolución espiritual, que ha constituido la base de todos los misticismos del mundo.

El hombre nace como una semilla. Aceptar la semilla como tu vida es el mayor error que se puede cometer. Millones de personas nacen como semillas, frescas, jóvenes, con un tremendo potencial para crecer, pero como aceptan la semilla como si fuera la vida, mueren como semillas muertas; en su vida no ocurre nada.

El símbolo de la rosa mística consiste en que si el hombre se ocupa de la semilla con la que ha nacido, le proporciona la tierra adecuada, la atmósfera adecuada y las vibraciones adecuas, avanza por el buen camino, en el que la semilla puede empezar a crecer, y la floración última adquiere el símbolo de la rosa mística, cuando tu ser florece, abre todos sus pétalos y extiende su maravillosa fragancia.

A menos que florezcas hasta alcanzar el estado de rosa mística, tu vida no será sino un ejercicio inútil. Naciste innecesariamente, vives innecesariamente y morirás innecesariamente. Tu biografía entera puede reducirse a una sola palabra: innecesaria.

Pero si puedes florecer y liberar lo que está oculto en tu interior, habrás cumplido el vehemente deseo de la existencia, habrás devuelto a la existencia la fragancia que estaba oculta en tu semilla. Habrás cumplido tu destino.

Los místicos nunca han aceptado al hombre como el producto final. El hombre es solo un comienzo, y no se debería morir como un comienzo. Eso es feo, insulta y perjudica tu dignidad. El hombre debería lograr la realización absoluta, no solo para su propia satisfacción, sino para satisfacción del cosmos. Ese es el secreto de la rosa mística.

Cierto que en algunas tradiciones la rosa mística se conoce como la rosa mágica. Ambas palabras son muy elocuentes. Desde luego, es algo mágico cuando ves en tu interior el florecer de la rosa, su belleza, su divinidad, tu verdad: satyam, shivam, sundram. No das crédito a tus ojos, jamás te habías imaginado que hubiera tanto dentro de ti, que tuvieras un potencial tan valioso como ese, que tu interior fuera un tesoro inagotable, que no tuvieras que estar en deuda con la existencia para siempre. Puedes devolver a la existencia, multiplicado por un millón, lo que la existencia te ha dado. Es un momento de intensa alegría, no solo para ti sino para el cosmos entero.

La experiencia es tan misteriosa que no hay forma de desvelar el misterio. Puedes experimentarla, pero no explicarla —ese es el significado de la palabra «mística»—; puedes vivirla, pero te deja casi sin habla. No puedes pronunciar una sola palabra que exprese algo de esa rosa, su belleza, su fragancia, su danza, su música... nada que pueda expresarse con una palabra.

La palabra «mágico» también es muy elocuente. Cosas como esta solo ocurren en el mundo de la magia. Increíble... Ves con tus propios ojos cosas que no deberían estar ocurriendo, pero que están ocurriendo. Una de las peores pérdidas que sufrió la India fue la separación de Pakistán, y eso fue en lo último le pensaron los políticos. Yo lo veía prácticamente todos los días cuando era niño, porque las calles de todo el país estaban llenas de magos.

He visto con mis propios ojos cosas que ni siquiera ahora puedo comprender cómo ocurrían. Por supuesto, había muchos trucos; no se trataba de milagros, y nadie aseguraba obrar milagros. Eran personas sencillas, pobres, nada arrogantes, pero lo que hacían era casi milagroso.

En mi infancia vi a magos colocar una planta de mango, de apenas quince centímetros... Cavaban un agujero delante de todo el mundo, metían la planta, la tapaban y después entonaban un galimatías que no había forma de entender. Fingían que existía cierta comunicación entre la planta oculta y ellos. Al destaparla, la planta de apenas quince centímetros tenía mangos duros. Invitaban a la gente a que se acercara a comprobar que los mangos no estaban atados al tallo. La gente se acercaba y veía que eran frutos auténticos, que no estaban atados.

El mago ofrecía los mangos a unas cuantas personas para que los probaran y constataran que no eran falsos ni ilusorios, y, cuando la gente los probaba, decía: «¡No había probado un mango tan dulce en mi vida!». Y a nadie se le ocurría decir que se había obrado un milagro.

He visto a magos sacarse del estómago grandes bolas de acero. Eran tan grandes que les costaba trabajo sacárselas de la boca —se las tenía que sacar la gente—, y tan pesadas que cuando las tiraban al suelo formaban un hoyo. El mago se sacaba una bola detrás de otra, cada cual más grande... Era un truco, pero ¿cómo lo hacían? Y cuando lanzaban esas bolas, casi del tamaño de un balón de fútbol, cuando las lanzaban al aire y caían, hacían un hoyo enorme en el suelo. Decían a la gente: «A ver, intentadlo». Y la gente lo intentaba, pero las bolas eran tan pesadas que costaba mucho trabajo recogerlas. Y todas las bolas, una docena o más, habían salido del estómago del mago.

Medio desnudo, desnudo de cintura para arriba, mostraba cómo la bola iba ascendiendo. Se veía cómo ascendía la bola, cómo se le atascaba en la garganta, y tenías la sensación de que podías tocar y notar aquella bola dentro de su cuerpo. Después, llevaba la bola hasta su boca, con gran dificultad, y entre gritos y lágrimas le pedía a la gente que lo ayudara a sacarla, porque él no era capaz. Se partían el pecho por ayudarlo, y el milagro consistía en que mientras la sacaban, la bola aumentaba de tamaño. Cuando estaba totalmente fuera, era tan grande que el estómago no podría haber albergado ni una sola bola, y mucho menos una docena.

Pero todos esos magos eran musulmanes, porque no era un trabajo decente. Eran gente de la calle. Debido a la partición, todos esos magos musulmanes se trasladaron a Pakistán. Eran de muchos sitios, hasta de Afganistán. Pero ahora las carreteras están cortadas; ya no se ven a esos magos por ninguna parte.

Entonces pasaba casi a diario: en ese mercado, en aquella calle, junto al colegio, en cualquier sitio en el que pensaran que podían reunir suficiente gente.

Es algo que he visto con mis propios ojos y a veces me pregunto si lo he visto realmente o lo he soñado. No llevo treinta y cinco años soñando... pero es algo que parece absolutamente increíble que haya pasado.

Vino un mago a nuestro colegio. El colegio era muy grande, con casi mil alumnos y unos cincuenta profesores. Al principio el director, que tenía un posgrado en ciencias, rechazó la presencia del mago.

—No quiero estupideces en este colegio —dijo.

Pero yo había visto a aquel hombre haciendo cosas inverosímiles, y le dije:

—Tú espera aquí.

Fui al despacho del director y le dije:

—Va a desaprovechar una oportunidad única. Usted es científico... y yo conozco a ese hombre. Lo he visto actuando. Puedo pedirle que haga cuanto pueda, ¿y qué puede pasar con eso? Cuando terminen las clases, que se queden a verlo los que quieran.

Aquellos magos eran tan pobres que les parecía incluso demasiado cuando les dabas cinco rupias. Le conté a aquel mago que había convencido al director, que estaba dispuesto a dejarlo trabajar después de las clases, pero que tenía que hacer el mejor truco que conociera, porque yo lo había prometido en su nombre, y el director era un hombre de mente científica y tenía que andarse con cuidado. Habría cincuenta profesores, y debería estar muy alerta.

—Que no te pillen —le dije—, porque también está en juego mi prestigio.

—No te preocupes, hijo —replicó el mago.

E hizo tales cosas que el director me llamó y me dijo:

—No deberías relacionarte con personas así. Es muy peligroso.

—¿Tiene idea de lo que ha hecho? —le pregunté.

—No tengo la menor idea, y ni siquiera puedo creer que haya ocurrido —me contestó.

El mago había lanzado una soga al aire que se mantuvo como una columna, una soga sin ningún tipo de soportes, sin nada; la llevaba enrollada al hombro, era una soga normal y corriente. La desenrolló y empezó a lanzarla hacia arriba, hasta que dejamos de ver el otro extremo. ¿Qué había pasado con el otro extremo?

Todos los magos tenían a un niño que los ayudaba. Llamó al chico y le dijo:

—¿Estás listo para subir por la soga?

El chico dijo: «Sí, maestro», y empezó a subir por la soga. Y justo cuando el otro extremo de la soga desapareció, también desapareció el chico. Entonces el mago dijo, dirigiéndose a la multitud:

—Voy a bajar al chico, trozo a trozo.

Yo estaba sentado junto al director. Me dijo:

—No irás a crearme problemas... Si viene la policía y ve a ese chico hecho pedazos...

Le dije:

—No se preocupe. No es más que un truco. No va a pasar nada. Lo he visto en muchas actuaciones... pero esto no lo había visto nunca.

El mago lanzó un cuchillo y al chico se le cayó una pierna; la gente se quedó casi sin respiración. Siguió lanzando cuchillos... otra pierna... una mano... otra mano... y todo quedó allí en el suelo, delante de nosotros, sin sangre, como si el chico fuera de plástico o algo parecido. Pero hablaba y hacía lo que le decía el mago. Por último cayó el cuerpo, y solo se quedó arriba la cabeza.

El director gritó:

—¡No le corte la cabeza!

—No se preocupe —le dije—. Si lo ha cortado... ¿Qué significa? Si viene la policía, a usted lo cogerán.

Replicó:

—Lo dije desde el principio, que no quería estupideces aquí, y ahora me sales con lo de la policía. Siempre he desconfiado de ti. Quizá hayas avisado a la policía para que vengan en el momento oportuno.

Yo insistí:

—No se preocupe.

Y entonces el mago gritó hacia el cielo:

—¡Chico, solo te queda la cabeza ahí arriba! ¡Tírala!

La cabeza cayó rodando, y el mago empezó a ensamblar los trozos del chico. Los juntó perfectamente, el chico se puso a recoger sus cosas y preguntó:

—¿Qué hago con la soga? ¿La vuelvo a enrollar?

—Sí—contestó el mago.

Y el chico tiró de la soga y la enrolló.

Yo conocía el truco de la soga solo de oídas, pero es algo que se conoce en todo el mundo. Akbar lo menciona en Akbar nama, su autobiografía. Desde Akbar se rumorea que hay magos capaces de hacerlo, pero no existe ningún dato fidedigno. Curzon, un virrey británico, asegura en sus memorias haber presenciado el truco de la soga con toda la corte en Nueva Delhi.

Yo estaba empeñado en encontrar a algún mago... Por mi pueblo pasaban muchos magos, y yo les preguntaba:

—¿Saben hacer el truco de la soga?

Ellos me decían:

—Es el no va más, y quedan muy pocos maestros de la magia que puedan hacerlo.

Pero aquel hombre... Yo no le había pedido el truco de la soga, pero lo hizo. Todavía no me lo creo. Aún puedo ver la escena, al director del colegio alucinando... y lo único que se llevó el mago fueron cinco rupias.

La magia significa simplemente algo increíble, tan absurdo e irracional que no hay forma de entenderlo. Por eso se emplean las dos palabras, la rosa mística y la rosa mágica, pero ni siquiera el truco de la soga se puede comparar con el florecimiento interior, porque piensas que no tienes nada en tu interior, solo un vacío... pero en ese vacío se encuentran la posibilidad y el potencial para que florezca una rosa.

Y no se trata de una rosa normal y corriente, porque no muere. No es que se abra por la mañana, dance durante todo el día, cante, juegue con el viento, la lluvia y el sol y que por la noche se le caigan todos los pétalos y a la mañana siguiente no encuentres ni rastro de ella. La rosa interior es eterna. Una vez encontrada, se quedará dentro de ti para siempre.
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