Delicioso puñado de nieve en los labios de quienes se afanan en el calor del verano Deliciosos los vientos primaverales para los marineros que desean zarpar Y






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títuloDelicioso puñado de nieve en los labios de quienes se afanan en el calor del verano Deliciosos los vientos primaverales para los marineros que desean zarpar Y
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John Berger

Hacia la Boda

Delicioso puñado de nieve en los labios de quienes se afanan en el calor del verano Deliciosos los vientos primaverales para los marineros que desean zarpar Y más deliciosa aún la sábana sola que cubre a los amantes.

Me gusta citar versos antiguos cuando se presenta la ocasión. Recuerdo casi todo lo que oigo; y me paso el día escuchando. Pero a veces no sé qué hacer con ello. Cuando sucede así, recurro a palabras o frases que suenan ciertas.

En el barrio de Plaka, que hace un siglo más o menos era una ciénaga y hoy es donde se pone el mercado, me llaman Tsobankos. Este nombre significa pastor de ovejas. Montañés. Me lo pusieron por una canción.

Todas las mañanas, antes de ir al mercado, me limpio los zapatos y me cepillo el sombrero, que es uno de esos tejanos. En la ciudad hay mucha contaminación y mucho polvo, y el sol empeora aún más las cosas. También llevo corbata. Mi favorita es una muy llamativa azul y blanca. Un ciego no debe descuidar su aspecto. Si lo hace, habrá quienes saquen falsas conclusiones. Me visto como un joyero, y vendo tamata, exvotos, en el mercado.

Los tamata son objetos muy apropiados para un ciego, pues se distinguen al tacto. Unos son de hojalata, otros de plata y también los hay de oro. Tienen el grosor del lino y el tamaño de una tarjeta de crédito. El nombre tama viene del verbo tázo, hacer votos. A cambio de una promesa, la gente espera que la bendigan o que le concedan un favor. Los jóvenes compran un tama con una espada cuando se van al servicio militar, y esto es una forma de pedir: Que no me pase nada.

O tal vez a alguien le ocurre algo malo. Puede ser una enfermedad o un accidente. Aquellos que quieren a la persona que está en peligro hacen un voto ante Dios de que llevarán a cabo una buena acción si la persona que quieren se salva. Cuando uno está solo en el mundo, también lo puede hacer para sí mismo.

Antes de entrar en la iglesia a rezar, mis clientes me compran un tama y le cuelgan una cinta que después atan a una barandilla junto a los iconos. Esperan que de esta forma Dios tenga siempre presentes sus súplicas.

En el ligero metal de los exvotos hay repujado un emblema de la parte del cuerpo que está en peligro. Un brazo, una pierna, un estómago, un corazón, o, como en mi caso, un par de ojos. Una vez tuve un tama con un perro, pero el párroco protestó diciendo que aquello era un sacrilegio. No entiende nada de nada este cura. Ha vivido siempre en Atenas, y por eso no sabe que en las montañas un perro puede ser más importante, más útil, que una mano. No se puede imaginar que la muerte de una mula puede ser peor que una pierna que no acaba de sanar. Le cité al evangelista: «Mirad las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta». Cuando se lo dije, se tiró de la barba y me dio la espalda, como si huyera del demonio.

Los músicos de bouzouki saben mejor que los curas lo que necesitan los hombres y las mujeres.

No pienso decir a qué me dedicaba antes de quedarme ciego. Nunca lo sabréis, por más que lo intentéis.

La historia empezó la Pascua pasada. El Domingo de Pascua. Era cerca del mediodía y el aire olía a café. El olor a café llega más lejos cuando el sol está alto. Un hombre me preguntó si tenía algo para una hija suya. Se hacía entender en un inglés chapurreado.

¿Una niña pequeña?

Ya es una mujer.

¿De qué padece?, pregunté.

De todo, respondió él.

¿Un corazón, quizás, sería adecuado?, le sugerí finalmente, palpando en la bandeja y dándole uno.

¿Es de hojalata? Por su acento pensé que sería francés o italiano. Supongo que tenía mi edad, o tal vez era un poco mayor.

Tengo uno de oro, si quiere, dije yo en francés.

No tiene curación, contestó.

Lo más importante es la promesa que haga, a veces es lo único que se puede hacer.

Soy ferroviario, no sacerdote de vudú. Déme la más barata la de hojalata.

Cuando se sacó la cartera del bolsillo, sentí crujir sus ropas. Llevaba cazadora y pantalones de cuero.

Para Dios no hay diferencia entre la hojalata y el oro, ¿no es verdad?

¿Ha venido en moto ?

Con mi hija, a pasar cuatro días. Ayer fuimos a ver el templo de Poseidón.

¿En Sunion?

¿Lo ha visto? ¿Ha estado allí? Ay, perdone.

Lo vi antes de esto, dije, señalando mis gafas negras.

¿Cuánto cuesta el corazón de hojalata?

Pagó sin regatear el precio, no como los griegos.

¿Cómo se llama?

Ninon.

¿Ninon?

NINON, repitió, pronunciando todas las letras.

Pensaré en ella, dije, colocando las monedas. Y cuando lo estaba diciendo, oí su voz. La hija debía de andar también por el mercado. Ahora estaba a su lado.

¡Mira qué sandalias! Están hechas a mano. Nadie diría que me las acabo de comprar. Podría llevarlas desde hace años. Me las podría haber comprado para mi boda, la que no llegó a hacerse.

¿No te hace daño la tira entre los dedos?, preguntó el ferroviario.

A Gino le gustarían, dijo ella. Tiene muy buen gusto para los zapatos.

Es muy bonita la forma que tienen de abrochar en el tobillo.

Te protegen si andas sobre cristales rotos, dijo ella.

Ven, acércate un momento. Sí, el cuero es bueno y muy suave.

Te acuerdas de cuando era pequeña y me secabas después de la ducha; yo me sentaba en tus rodillas, envuelta en la toalla, y tú me cogías los dedos y me decías «éste fue al mercado, éste compró un huevo, éste lo frió...».

Hablaba con un ritmo cortante, fresco. No mascullaba, ni arrastraba innecesariamente las sílabas.

Las voces, los sonidos, los olores son ahora un regalo para mis ojos. Escucho o inhalo y entonces veo como en un sueño. Escuchando la voz de Ninon, vi rodajas de sandía cuidadosamente colocadas en una bandeja, y supe que si volvía a oírla, la reconocería al instante.

Transcurrieron varias semanas. De vez en cuando había algo, oír a alguien hablando francés entre el gentío, vender otro exvoto con un corazón, el chirrido de una moto saliendo disparada del semáforo, que me recordaba al ferroviario y a su hija Ninon. Los dos pasaban de largo, nunca se quedaron. Entonces, una noche, a principios de junio, algo cambió.

Al caer la tarde, vuelvo a casa. Uno de los efectos de la ceguera es que se desarrolla un misterioso sentido del tiempo. Los relojes no me sirven para nada, aunque a veces los vendo, pero sé con toda exactitud la hora que es en cada momento del día. De vuelta a casa, paso regularmente ante diez personas con las que suelo cruzar unas palabras. Mi paso les recuerda la hora que es. Desde hace un año, una de esas personas es Kostas, pero él y yo somos otra historia, por contar todavía.

En los estantes de mi cuarto guardo los tamata, mis múltiples pares de zapatos, una bandeja con vasos y una botella, unos fragmentos de mármoles clásicos, unas piezas de coral, unas conchas, mi baglama, en el estante más alto —rara vez lo bajo—, un bote de pistachos, algunas fotos enmarcadas —sí— y mis plantas: un hibisco, una begonia, un rosal y un asfódelo. Las toco todas las tardes para ver cómo están y si han echado flores nuevas.

Después de beber algo y lavarme, me gusta coger el tren de El Pireo. Camino por el muelle, preguntando aquí y allá para informarme de qué barcos han atracado y cuáles zarpan esa noche, y luego paso el resto de la velada con mi amigo Yanni. En la actualidad es el encargado de un pequeño bar.

Lo que se ve está siempre presente. Por eso se cansa la vista. Pero las voces —como todo lo que tiene que ver con las palabras— vienen de lejos. Me quedo en la barra del bar de Yanni y escucho hablar a los viejos.

Yanni tiene la edad de mi padre. Fue un rembetis de cierta fama después de la guerra y llegó a acompañar al bouzouki al gran Markos Vamvakaris. Hoy ya sólo coge su bouzouki de seis cuerdas cuando se lo piden los amigos. Se lo piden casi todas las noches, y Yanni no ha olvidado nada. Toca sentado en una silla de enea con un cigarrillo entre el anular y el meñique de la mano izquierda, rozando los trastes. A veces, si él toca, yo me animo a bailar.

Cuando bailas rembetiko, entras en el círculo de la música, y el ritmo es como una jaula redonda donde te mueves ante el hombre o la mujer que en el pasado vivieron esa canción. Bailando rindes tributo a su pena, la pena que ahora arroja la música.

Aleja a la Muerte del patio

No quiero encontrarla.

Y el reloj en la pared

entona el lamento fúnebre.

Escuchar rembetika noche tras noche es como estar tatuado.

Ay, amigo mío, me dijo Yanni aquella noche de junio después de bebernos dos vasos de raki. ¿Por qué no vives con él?

El no es ciego, contesté yo.

Siempre dices lo mismo, dijo él.

Salí del bar y me acerqué a la esquina a por un souvlaki. Luego, como suelo hacer, le pedí a Vasilli, el nieto de Yanni, que me trajera una silla y me instalé en la acera, calle abajo, bastante alejado del bar, frente a unos árboles, donde los abrevaderos del silencio son más profundos. A mi espalda, un muro orientado a poniente arrojaba el calor acumulado durante el día.

A lo lejos oía a Yanni tocar una rembetiko que él sabía que era una de mis favoritas.

Tus ojos, hermanita,

me rompen el corazón.

Por alguna razón, no volví al bar. Me quedé allí sentado, recostada la espalda en la pared, el bastón entre las piernas, y esperé, como espera uno pacientemente antes de ponerse en pie para bailar. La canción terminó, supongo que sin que nadie saliera a bailarla.

No me moví. Oía las grúas cargando; cargan durante toda la noche. Luego habló una voz totalmente callada, y la reconocí; era la del ferroviario.

Federico, dice, come stai? Qué alegría oírte, Federico. Sí, salgo mañana por la mañana, dentro de unas horas, estaré con vosotros el martes. El champán lo pago yo, no lo olvides, Federico. Encarga tres cajones, o cuatro. Lo que tú veas. Ninon es mi única hija. Y se va a casar. Sì. Certo.

El ferroviario está hablando por teléfono en italiano, de pie en la cocina de su casa de tres habitaciones, en Modane, una pequeña villa de los Alpes franceses. Es guardavías, tiene el nivel 2, y el nombre escrito en su buzón dice Jean Ferrero. Sus padres eran inmigrantes italianos, procedían de Vercelli, la ciudad del arroz.

La cocina es pequeña, y parece todavía más pequeña porque en una esquina de la misma, detrás de la puerta que da a la calle, hay una moto de las más grandes. Por cómo están dispuestos los cacharros se puede adivinar que quien cocina es un hombre. En su cuarto, como en el mío en Atenas, no hay ningún toque femenino. Es el cuarto de un hombre sin una mujer, y hombre y cuarto están acostumbrados.

El ferroviario cuelga el teléfono, se acerca al mapa desplegado sobre la mesa y hace una lista con los números de las carreteras y los nombres de las ciudades: Pinerolo, Lombriasco, Torino, Ferrara, Casale Monferrato, Pavia, Casalmaggiore, Borgoforte, Ferrara. La pega con cinta adhesiva junto a los diales de la moto. Comprueba el líquido de frenos, el refrigerante, el aceite, la presión de las ruedas. Pulsa la cadena para ver si está bien tensa. Enciende el motor. Un piloto rojo ilumina los diales. Examina los faros delanteros. Sus gestos son metódicos, cuidadosos y —sobre todo— suaves, como si la moto fuera un ser vivo.

Hace veintiséis años, Jean vivía en esta misma casa de tres habitaciones con su mujer, que se llamaba Nicole. Un día Nicole lo abandonó. Dijo que estaba harta de que trabajara siempre de noche y de que se pasara todo el resto del tiempo organizando el sindicato y leyendo panfletos en la cama; ella quería vivir. Entonces dio un portazo y no volvió nunca más a Modane. No tenían hijos.

De vuelta a Atenas en el tren aquella misma noche, oí música de piano en otra ciudad.

Una escalera amplia, sin moqueta ni papel pintado, pero con un pulido pasamanos de madera. La música sale de uno de los pisos de la quinta planta. El ascensor no funciona casi nunca. No puede ser un disco, ni un CD; es una cassette normal. Todos los sonidos suenan un poco polvorientos. Es un nocturno para piano.

En el interior del piso, una mujer está sentada en una silla de respaldo recto frente a un balcón. Acaba de abrir las cortinas y contempla los tejados nocturnos de una ciudad. Lleva el pelo recogido atrás en un moño y tiene los ojos cansados. Ha pasado todo el día trabajando minuciosamente en los planos de un aparcamiento subterráneo. Suspira y se acaricia los dedos de la mano izquierda, que siente doloridos. Se llama Zdena.

Hace veinticinco años, estudiaba en Praga. Intentó hacer entrar en razón a los soldados soviéticos que invadieron la ciudad subidos en los tanques del Ejército Rojo el 20 de agosto de 1968. Al año siguiente, la noche del aniversario de la invasión, se unió a la multitud congregada en la Plaza Wenceslaus. Murieron cinco personas y cinco mil acabaron en las comisarías. Unos meses después, varios de sus amigos más íntimos fueron detenidos; y el día de Navidad de 1969, Zdena logró atravesar la frontera y llegar a Viena, desde donde viajó a París.

Conoció a Jean Ferrero en una fiesta organizada para los refugiados checos en Grenoble. En cuanto Jean entró en la habitación, Zdena se fijó en él, pues se parecía a un actor que trabajaba en una película checa sobre los trabajadores del ferrocarril. Luego, cuando descubrió que era de verdad ferroviario, supo que estaba destinado a ser su amigo. Jean le preguntó cómo se decía en checo «soy de Bohemia». Y esto la hizo reír. Se hicieron amantes.

Siempre que libraba dos días seguidos, el ferroviario cogía la moto y se iba a Grenoble a verla. Hicieron excursiones en moto. La llevó al Mediterráneo, que ella todavía no había visto. Cuando Salvador Allende ganó las elecciones en Chile, hablaron de irse a vivir a Santiago.

Entonces, en noviembre, Zdena anunció que estaba embarazada. Jean la convenció para que guardara a la criatura. Yo cuidaré de los dos, dijo. Vente a vivir conmigo a Modane; la casa tiene tres habitaciones: una cocina, un dormitorio para nosotros y un dormitorio para el niño o la niña. Creo que será una niña, dijo, súbitamente feliz.

Al bajar al andén en la estación de Atenas, alguien se ofreció a guiarme. Fingí que era sordo, además de ciego.

Cuando Ninon, su hija, tenía seis años, Zdena oyó una noche en la radio que cientos de ciudadanos checos habían firmado un manifiesto en Praga pidiendo la restitución de los derechos civiles. ¿Iban a cambiar las cosas?, se preguntó. Ocho años llevaba fuera. Tenía que saber más.

Ve, le dijo Jean, sentado en la mesa de la cocina, nos arreglaremos bien solos Ninon y yo. Tómate algún tiempo. Tal vez, incluso te prolonguen el visado. Vuelve en Navidad y bajaremos todos juntos en el trineo hasta Maurienne. No te pongas triste, Zdena. Es tu deber, camarada, y te alegrarás de haber ido. Ya nos las apañaremos.

Sin dejar de escuchar el nocturno, Zdena corre las cortinas en la habitación del quinto piso y se acerca a un espejo colgado junto a una estufa de azulejo azul y blanco. Se mira.

¿Qué pasó realmente aquella noche de hace diecisiete años cuando le preguntó a Jean lo del visado? ¿Habían acordado entonces, como los poseídos, como los locos, que ninguno de los tres volvería a reconocer el mismo lugar como su casa?

¿Cómo se deciden las cosas?

Prendido en la esquina inferior del espejo hay un billete de autobús: Bratislava-Venecia. Lo toca con la mano izquierda, la que le duele.

El sillín de la moto está cubierto con una manta. Sobre la manta duermen tres gatos.

Jean Ferrero baja las escaleras hasta la cocina vestido con cazadora, pantalones y botas de cuero negro. Abriendo la trampilla de la puerta trasera, da unas palmadas, y uno tras otro los gatos saltan de la moto y salen al jardín. Hizo esta trampilla hace quince años, cuando Ninon tuvo un cachorro al que llamó Majestic.

Entonces oí la voz que me había recordado las rodajas de sandía. La misma voz, pero ahora en una niña de ocho o nueve años. Dice: Llevo a Majestic dentro del abrigo cuando paso por delante de nuestra estación. Por nuestra estación pasan sesenta y un trenes al día. Todas las mercancías que se envían a Italia pasan por nuestro túnel. Lo tengo debajo del abrigo, y pone el hocico sobre el primer botón y mueve la orejitas contra las solapas. Es el primer animal que tengo, sin contar los caracoles, los gusanos, las orugas, los renacuajos, las mariquitas y los cangrejos. Lo llamo Majestic porque es muy chiquitito.

Jean abre la puerta de la calle. Se sube a la moto y la empuja con los pies. En cuanto la rueda trasera cruza el umbral, la moto rueda sola hasta la calzada. Mira el cielo. No hay estrellas. Oscuridad, una oscuridad visible.

Paso por delante de la estación con Majestic dentro del abrigo, y todo el mundo se para y lo señala y sonríe. Los que nos conocen y los que no. Es una criatura nueva. Monsieur le Curé me pregunta cómo se va a llamar, ¡como si fuéramos a bautizarlo! ¡Majestic!, le digo.

El ferroviario va a cerrar la casa. Gira la llave como si el acto de girarla le garantizara que va a estar de vuelta la semana que viene. Su forma de mover las manos inspira confianza. Es uno de esos hombres para quienes los gestos manuales merecen más confianza que las palabras. Se pone los guantes, arranca el motor, echa un vistazo al indicador de gasolina, mete la primera, suelta el embrague y se deja ir.

El semáforo de la estación está cerrado. Jean Ferrero espera a que se abra. No hay ningún tráfico. Podría habérselo saltado sin peligro alguno. Pero es guardavías, siempre ha sido guardavías, y espera.

A Majestic lo atropelló un camión cuando tenía siete años. Siempre fue un misterio, desde el día que fui a recogerlo, y él apoyó el hocico en el primer botón cuando me lo metí debajo del abrigo, y me lo llevé a casa diciendo: Majestic, éste es mi Majestic.

El semáforo cambia; y en cuanto hombre y moto ganan velocidad, Jean deja caer el pie derecho, al tiempo que con un suave movimiento del izquierdo mete la segunda, y cuando llega a la altura de las cabinas de teléfonos, otro golpecito más y cambia a tercera.

Lo vi ayer en una tienda al lado del Hotel du Commerce; ese vestido tiene mi nombre escrito, ¡NINON! El cuerpo es de seda china negra estampada con flores blancas. Tiene el largo exacto, tres dedos por encima de las rodillas. El cuello es de pico con solapas, pero no están cosidas, sino cortadas en la misma tela. Y va abrochado con botones de arriba abajo. Transparenta un poco, pero no es exagerado. La seda siempre es fresca. Cuando camine, mis muslos lamerán la falda, como un sorbete. Buscaré un cinturón que le vaya, un cinturón plateado ancho.

Los faros zigzaguean montaña arriba. De vez en cuando desaparecen tras las rocas y los escarpados taludes, pero la moto sigue subiendo y haciéndose cada vez más pequeña. Ahora la luz parpadea, como la llama de una lamparilla, contra una enorme pared rocosa.

Para él es diferente. Avanza por la oscuridad como un topo abriendo una madriguera; el haz de luz perfora un túnel serpenteante, conforme la carretera asciende bordeando los riscos. Cuando se vuelve a mirar atrás —como acaba de hacer—, no ve nada, salvo el piloto de la moto y una oscuridad inmensa. Aprieta el depósito de gasolina entre las rodillas. Las curvas reciben al hombre y a la máquina y luego los expulsan. Las toman despacio y aceleran al salir. Se inclinan cuanto pueden en el momento de entrar, y esperan a que el propio peralte de la curva los impulse fuera.

Mientras tanto, aquello por lo que ascienden se va haciendo más desolado. La desolación es invisible en la oscuridad, pero el guardavías la siente en el aire y en los sonidos. Vuelve a abrir el visor del casco. El aire es fino, helado, húmedo. Las rocas devuelven roto el ruido del motor.

Durante el primer año de ceguera, el peor momento era al despertar por la mañana. La falta de luz en la frontera entre el sueño y la vigilia me daba ganas de gritar. Poco a poco me fui acostumbrando. Ahora, cuando me despierto, lo primero que hago es tocar algo. Mi cuerpo, la sábana, las hojas talladas en el cabecero de la cama.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, toqué la silla donde estaba mi ropa, y volví a oír la voz de Ninon, tan nítida como si hubiera apoyado una escalera contra mi ventana y estuviera sentada en el alféizar. Ya no era una niña, todavía no era una mujer.

Hoy ha sido la primera vez que he volado. Me encantó ir por encima de las nubes. Donde no hay suelo dónde poner los pies, sentía a Dios por todas partes. Papá me llevó al aeropuerto de Lyon en la moto. Primer salto, sobre los Alpes hasta Viena. Segundo salto, hasta Bratislava. Y aquí estoy en la ciudad cuyo nombre sólo era para mí un matasellos o una parte de su dirección. El Danubio es precioso, y las casas de la orilla también. Mamá estaba en el aeropuerto. Está más guapa de lo que pensaba. Y me había olvidado de lo bonita que es su voz. Estoy segura de que los hombres se enamoran de su voz. Llevaba la alianza. Su piso, que es un quinto, tiene los techos muy altos, unas ventanas muy grandes y unos muebles con las patas muy finas. Es un piso hecho para tener largas conversaciones. Todos los cajones están llenos de papeles. ¡He fisgado! Para ir a mi cuarto, tengo que salir al rellano de la escalera y abrir otra puerta con llave. Creo que esta habitación pertenecía a otro piso. Mamá me ha hablado de «un vergonzoso asunto de confidentes», pero no sé qué quería decir. Me gusta mi cuarto. Hay un árbol muy grande justo al otro lado de la ventana. ¿Qué árbol es? Deberías saberlo, me dice con su bonita voz, es una acacia. Pero lo mejor es que hay una cadena de música, y puedo oír mis cassettes.

Hace tres días que no escribo una palabra. Me lo debo de estar pasando bien.

Fui a buscar setas al bosque. Encontré éperviers. Mamá no los conocía —creía que eran pájaros sin más—, así que le dije que los haría yo. Si no sabes prepararlos, saben muy amargos. Los comimos en tortilla.

No para de hacerme preguntas. ¿Qué voy a hacer cuando pase el Bac? ¿Tengo muchos amigos? ¿Qué quiero estudiar? ¿Qué quieren estudiar ellos? ¿Qué lenguas extranjeras he estudiado? ¿Me gustaría aprender ruso? Termino diciéndole que me gustaría ser trapecista. Sin pensarlo me contesta: Hay una buena escuela de circo en Praga; me informaré. Le doy un beso porque no se ha dado cuenta de que estaba de broma.

Como es domingo, comimos en un restaurante sobre el Danubio. Antes fuimos a bañarnos. Ayer me compró un traje de baño. Negro. Bastante sexy. Me contó que una noche, hace unos años, atravesó el Danubio a nado —está prohibido—, para demostrar que todavía era joven. ¿Sola? No, contestó, pero no dijo más. Su bañador es negro y amarillo, como una abeja.

El Papa está de visita en Polonia, y durante la comida mamá habla todo el rato de lo que está pasando allí. Lech Walesa está en la clandestinidad y han declarado ilegal su sindicato. Solidarnosé, como lo llama papá. Dice mamá que el viejo general, ese que su nombre empieza por J, tiene cada vez menos posibilidades, tendrá que negociar con Walesa, lo quiera o no. La vieja guardia está acabada, me susurra. Nos tomamos otro helado. Los Brezhnevs y los Husáks no pueden durar mucho más, tendrán que irse, los van a barrer. ¿Sabes cómo llaman a nuestro presidente? —se inclina pegando la boca a mi oído—. El presidente desmemoriado, lo llaman.

¡Mamá tiene otra hija! Me he enterado. Tengo una hermana. Mamá nos quiere a las dos. Mi hermana se llama Justicia Social. Justi, para los amigos. Mamá está escribiendo un libro. Se titula «Diccionario de uso de términos políticos desde 1947 a la actualidad». Las primeras entradas son Abstención, Activista, Agente provocador... Cuando las pronuncia ella, suenan a palabras de amor. Creo que tiene un amante. Un hombre llamado Antón la telefonea todos los días, y ella le habla —no entiendo nada salvo cuando dice mi nombre—, le habla con una voz pequeñita, cálida y rasposa, como la lengua de los gatos. Le pregunto y me dice que Antón nos va a llevar de excursión al campo. Veremos. Su libro trata de mi hermana. Es más fea que yo. Pero vale más. Han llegado a la I. Idealismo, Ideología. Pronto estarán en la K. Cuando estábamos tomando café en el restaurante, entró una orquesta. Afinaron los instrumentos y se pusieron a tocar. ¡Tchaikovsky! murmura mamá entre dientes. ¡Cómo si los checos no tuviéramos nuestros propios músicos! Le pregunto si conoce a los Doors. Me dice que sí. ¿Ya Jim Morrison? No, cuéntame quién es ése, cuéntamelo. Le recito en mi mal inglés:

Strange days have found us,

Strange days have tracked us down.

They're going to destroy

Our casual joys.

We shall go on playing

Or find a new town...

Vuélvemela a decir, despacio, me pide mamá. Se la vuelvo a decir. Y ella está ahí sentada, mirándome fijamente. Después de un silencio, me dice algo que quiero pasar en seguida al diario. Ninguno de vosotros tendréis nunca, dice, el futuro por el que lo sacrificamos todo. Me sentí muy cerca de ella en ese momento. Luego, en el tranvía, lloramos un poquito, la una en el hombro de la otra, y ella me tocó la oreja, acariciándola, como intentan hacer los chicos de la escuela.

El rugido de una catarata. Jean, el guardavías, ha dejado la moto con los faros encendidos a un lado de la carretera y avanza trabajosamente por un roquedal. La catarata queda atrás. Las rocas, unas de su mismo tamaño y otras mucho más grandes que él, se han despeñado desde las cumbres. Tal vez ayer, tal vez hace cien años. Todo es piedra y todo habla de un tiempo que no es el nuestro; un tiempo que roza la eternidad, pero no puede volver a entrar en ella. Por eso, quizá, Jean Ferrero dejó encendidos los faros. Los barrancos y las montañas que circundan el roquedal están iluminados por una luz pálida; las estrellas se van apagando. Por el Este, hacia donde camina, el cielo tiene el color de una venda sobre una herida sangrante. Está totalmente solo en la inmensidad que lo rodea, pero posiblemente esto sea más evidente para mí que para él.

Una montaña es tan indescriptible como una persona, por eso se les ponen nombres: Orvarda. Civriari. Orsiera. Ciamarella. Viso. Las montañas están día tras día en el mismo sitio. A menudo desaparecen. A veces parece que están cerca, a veces, lejos. Pero siempre están en el mismo sitio. Sus esposas, sus maridos, son el agua y el viento. Puede que en otro planeta, las esposas y los maridos de las montañas sean el helio y el calor.

Se detiene y se agacha junto a una peña cuyo costado meridional está cubierto de liquen. Los vientos del sur, los del Sahara, son los que traen la lluvia. Reúnen nubes de vapor al cruzar el Mediterráneo, y éstas se condensan en forma de lluvia cuando tocan las frías montañas.

En cuclillas, observa un charco bajo la peña. Tiene el tamaño de una palangana. Está alimentado por un regatillo que mana de debajo de la roca y que, en el lado en el que él se encuentra, se desborda en una hondonada, el lecho de un torrente de dos dedos de ancho. En las profundidades del charco, la minúscula corriente es tan continua como el rugido de la catarata, y él lo contempla. Sus trémulas ondas son como las de una cabellera, y sus rizos son lo único suave e intacto que se pueda imaginar entre las montañas quebradas al amanecer. Cambia de postura y se pone de rodillas con la cabeza caída. De pronto, mete una mano en el charco y se salpica la cara con el agua helada. La conmoción del frío detiene sus lágrimas.

Cuando cojo el tren con papá, siempre habla de ellos, de los trenes. Cuando voy sola, veo soldados. Sé por qué. Desde que el profe de historia nos habló de aquel accidente que sucedió en 1917, siempre los veo. Cuando el tren va vacío, como esta mañana, los soldados también están allí. El revisor entró y me dijo: Así que este trimestre la señorita Ninon se examina del Bac. Luego se va y lo único que veo en ese jodido tren son soldados.

No oficiales, soldados rasos sólo. Jóvenes, como los chicos con los que hablo en el Café Tout Va Bien. El tren está lleno de ellos, y de sus rifles y sus mochilas. Un largo tren lleno de soldados puede cambiar la historia, dice papá.

Mis soldados están contentos. Es casi Navidad, estamos a doce de diciembre, vuelven del frente y van a casa. Han pasado por nuestro túnel. Tuvieron que esperar mucho tiempo en Modane. ¿A qué esperamos? empiezan a cantar. El maquinista no quiere bajar hasta Maurienne con una sola locomotora y con hielo en las vías. Pero el oficial al mando le ordenó que lo hiciera.

Los vagones descienden hacia el llano repletos de soldados que van de permiso a casa, y yo estoy con ellos. Daría cualquier cosa por no estarlo. Me sé de memoria la tragedia, pero no puedo hacer este trayecto sin verlos. Siempre que cojo este tren viajo con los soldados.

Por la ventanilla veo la otra vía, el río y la carretera. Nuestro valle es tan estrecho que los tres corren casi juntos. Lo único que pueden hacer es cambiar de posición. La carretera puede atravesar el puente sobre el ferrocarril. El río puede pasar bajo la carretera. El tren puede transitar sobre los otros dos. Siempre es igual, el tren, el río y la carretera, y en el tren, sólo para mí, los soldados.

Se pasan las botellas de vino frente a mí. El tren no lleva luces, pero alguien tiene un farol. Uno de ellos cierra los ojos y canta. Hay uno que toca el acordeón junto a la ventanilla. La locomotora empieza a silbar, el silbido es tan agudo y estridente como el de las sierras mecánicas en el bosque. Ninguno deja de cantar. Ninguno de ellos duda ni por un instante que llegará a casa, donde se acostará con su mujer y verá a sus hijos. Ninguno está asustado.

Entonces el tren se embala, de las ruedas salen chispas que se pierden en la noche, y el vagón da peligrosos bandazos. Dejan de cantar. Se miran. Entonces agachan la cabeza. Un pelirrojo dice entre dientes: ¡Tenemos que saltar! Sus compañeros tiran de él alejándolo de la puerta. Si no queréis morir, ¡saltad!

El pelirrojo se suelta, consigue abrir la puerta y se lanza a una muerte segura.

Las ruedas de los trenes están muy juntas, más juntas de lo que uno se imagina, remetidas bajo los vagones, de modo que el peso de los hombres zarandeados de un lado al otro hace que el vagón oscile aún con mayor violencia. ¡Quietos todos juntos en el centro!, grita un cabo. ¡No os mováis del centro! Los soldados lo intentan. Intentan alejarse de las ventanillas y de las puertas y se enlazan de pie en el centro del tren, cuando éste se precipita hacia la curva de la fábrica de papel.

La curva de la fábrica de papel es muy cerrada para un tren y tiene un talud de ladrillo muy alto. A veces la he observado desde la carretera. Hoy no queda nada del accidente, pero los ladrillos me hacen pensar en la sangre.

Los primeros vagones descarrilados se estrellan contra el muro. Los siguientes se encastran en aquéllos, Y los últimos se montan encima, triturando con sus ruedas techos y cerebros. Un farol se vuelca y prende fuego a los macutos y a los asientos de madera de los vagones. Aquella noche mueren en el accidente ochocientos hombres. Cincuenta se salvan. Yo no me muero, claro.

Asistí al funeral que se les hizo en Maurienne sesenta años después. Fui con la viuda Bosson, la que me hacía los vestidos cuando era pequeña. Algunos de los supervivientes del accidente vinieron desde París. Se pusieron todos juntos, como les había dicho el cabo que hicieran en el tren. La viuda y yo buscábamos a un hombre sin una pierna. ¡Y estaba! La viuda me apretó la mano, me dejó sola y se fue derecha hacia él. Le iba a preguntar si se había llegado a casar. Y de ser así, si estaba ya viudo. Yo pensaba que no debía hacerlo. Se lo dije. Pero yo era sólo una niña y, según ella, todavía no sabía nada de la vida.

La viuda Bosson tenía quince años la noche del accidente. Todo el pueblo de St-Jean-de-Maurienne se despertó con el ruido, y cientos de personas corrieron al lugar guiadas por las llamas. Poco podían hacer. Había algunos soldados, con vida todavía, aprisionados entre los hierros retorcidos, atrapados en el fuego. Uno de ellos les suplicó a los presentes que cogieran su fusil y le pegaran un tiro. Otro se fijó en la quinceañera que luego se convertiría en Madame Bosson. Ángel mío, le rogó, vete corriendo a buscar un hacha. Ella corrió a su casa, cogió el hacha y volvió a toda velocidad. Ahora córtame la pierna, le ordenó. El calor de las llamas era infernal. Alguien lo hizo. Sesenta años después, la viuda Bosson tenía una vaga esperanza de casarse con el hombre sin una pierna al que había salvado la vida aquella noche.

Desde la estación de St-Jean-de-Maurienne al Liceo hay unos minutos andando. No me apresuro; y mientras camino, me digo: Quiero largarme de este valle asesino. ¡Quiero ver mundo!

La ceguera es como el cine, pues sus ojos no están a ambos lados de una nariz, sino donde la historia lo requiera.

En la esquina donde para el número 11, la conductora del primer tranvía de la mañana sonríe con el olor a pan recién sacado del horno que entra por el parabrisas, que ella misma sujeta con el pie para que no se cierre. Cinco pisos más arriba, Zdena huele el mismo pan. La ventana de su habitación está abierta. Larga y estrecha, tan estrecha que una cama individual colocada en sentido longitudinal apenas deja sitio para pasar, la habitación parece un pasillo que conduce a la ventana sobre la acacia y las vías del tranvía.

Desde la visita de su hija, Zdena se refiere a este «pasillo» como el cuarto de Ninon. Entra en él de vez en cuando en busca de un libro. Al buscar uno, encuentra otro y lo coge. Un libro de un poeta que fue amante suyo. O las cartas de Marina Tsvetayeva. Entonces se sienta en una silla para terminar lo que empezó a leer. Y cuando sucede esto, cuando se queda en el cuartito más de una hora o así, le parece ver todavía la bata de Ninon colgada detrás de la puerta.

Zdena empezó a dormir en la cama estrecha de este cuarto hace unos días, en la esperanza de sentirse más próxima a su hija.

No sé por qué conocía esa canción que dice mi nombre: Quel Joli Nom de Ninon. Pero se la sabía. Dijo que era cocinero. Pensé que sería cocinero militar. Pensé que debía de estar recién licenciado de la mili. Todavía llevaba el pelo muy corto y le salían unas orejas de soplillo. Le pregunté si era del norte, y sus ojos azules sonrieron y no contestó. De verdad parecía del norte. Tenía la piel muy blanca, y su cuerpo estaba lleno de oquedades, tal que bajo las mejillas o entre los dos músculos del antebrazo o en las corvas. Como si la mano cayera de pronto en un pozo profundo entre dos rocas muy juntas. Era todo huesos.

Primero lo vi andando por el medio de la calle junto a uno de los muelles de Tolón. Lo hacía para hacerse notar. Como un actor o un borracho. Tenía una sonrisa socarrona. Llevaba un gorrito encasquetado en la parte posterior de la cabeza rapada. Iba emparedado entre dos tablas unidas por unas correas a la altura de los hombros; y le llegaban hasta las rodillas. En las tablas estaba escrito, por delante y por detrás, el menú de un restaurante. Un restaurante barato, pues la mayoría de los platos costaban menos de 50 francos. Arriba de todo, bajo su barbilla, se leía la palabra Moules, y debajo había una lista con las diferentes maneras de hacer los mejillones. Americai-ne, Marseillese, Bonne Femme, A l’lndienne, Reine Mathilde, Lucifer... La lista era muy graciosa. Tahitienne, Rochelaise, Douceur des Isles, Pêcheur, Hongroise... ¡Así que los húngaros tenían su propia receta para hacer los mejillones! Los checos, como mi pobre mamá, también debían de tener la suya. Nuestro plato nacional, dijo en broma un día, son los cuchillos y los tenedores. Me encantaba cuando se reía. Era como descubrir que un árbol estaba todavía vivo, aunque no tuviera hojas porque era invierno. Nunca entendí la broma de los cuchillos y los tenedores. Poulette, Italienne, Greque... Me encantaba cuando se reía. Ahora era yo la que me reía.

Me vio. Me vio riéndome del menú que llevaba colgado, y me saludó con una reverencia. No se pudo inclinar mucho porque la tabla delantera le daba en las espinillas.

Yo estaba sentada en uno de esos postes en los que amarran los yates y las lanchas en el puerto. Fue el hombre-mejillón quien habló primero.

Cerramos a las cuatro. ¿Estarás todavía aquí entonces?

No, dije.

¿Estás de vacaciones?

No, trabajando.

Se quitó el gorrito y se lo volvió a poner un poco más atrás.

¿En qué trabajas?

En una oficina de alquiler de coches. Hertz.

No le dije que era mi primer trabajo. Asintió con la cabeza y se colocó bien las correas.

Se aprovechan de uno. Haré esto hasta que encuentre algo de cocinero.

Hablaba en serio.

¿Te gustaría darte una vuelta en ese yate de ahí? Señaló uno que se llamaba Laisse Diré.

¿Cómo se hacen los mejillones a la húngara?

¿Te gustaría darte una vuelta en ese yate?

Era tan tonto como el menú que colgaba a su espalda.

Voy a llegar tarde, dije, y me fui.

Zdena, acostada en la cama estrecha del cuartito alargado de Bratislava, expulsa lentamente el aire de sus pulmones, como después de suspirar o de sollozar.

Salí de la oficina de Hertz a las 10 de la noche, y el hombre-mejillón estaba plantado al lado del quiosco de prensa de la estación.

¿Cuánto tiempo llevas aquí?, le pregunté sin poderme reprimir.

Ya te dije que cerrábamos a las cuatro.

Y se quedó allí parado. Tampoco dijo nada más. Sonreía, como alelado. Yo no me moví. Se había quitado el gorro y ya no iba de hombre-anuncio. Llevaba una camiseta con unas palmeras estampadas por delante y un cinturón de cuero con tachuelas. Lentamente, alzó una bolsa de plástico y sacó un envase de esos que conservan el calor.

Te he traído unos mejillones, dijo, a la húngara.

Me los comeré más tarde.

¿Cómo te llamas?

Le dije mi nombre, y entonces fue cuando tarareó mi canción. Que ljoli Nom de Ninon.

Bajamos andando por el gran bulevar hacia el mar. Llevaba la bolsa de plástico. La gente llenaba las aceras, y los escaparates estaban todavía iluminados. Se quedó en silencio durante unos minutos.

¿Pasas todo el día de hombre anuncio?, le pregunté.

Aquí no apagan los escaparates hasta las tres y media de la madrugada.

Seguimos caminando. Me paré a ver un abrigo en un escaparate.

Está blindado, dijo él.

Sueño con abrigos, vestidos, zapatos, bolsos, medias y fulares. Lo que más me gusta son los zapatos. Pero nunca me detengo delante de una joyería. Odio a los joyeros. Se paró delante de uno. No lo esperé.

¡Eh!, dijo, podría haber algo que te gustara.

¿Tú crees?

Sólo tienes que decírmelo.

Odio a los joyeros, dije.

Yo también, dijo él.

Su cara, enmarcada por las orejas de soplillo, se abrió en una sonrisa, no del todo segura, y seguimos caminando hacia la playa. Me comí los mejillones junto a un montón de hamacas apiladas. Lo fundamental de los mejillones a la húngara era el pimentón.

Mientras yo comía, él se desató los cordones de las zapatillas deportivas. Lo hacía todo muy concentrado, como si no pudiera pensar en más de una cosa al mismo tiempo. El pie izquierdo. Luego el pie derecho.

Me voy a bañar, dijo, ¿no quieres bañarte tú?

Acabo de salir de trabajar. No he traído nada.

Nadie nos verá, dijo él, y se quitó la camiseta de las palmeras. Tenía la piel tan pálida que se le notaba la sombra de todas las costillas.

Me puse de pie, me quité los zapatos y, dejándolo atrás, caminé descalza hasta la orilla, donde unas olitas rompían contra la arena y los guijarros. Estaba lo bastante oscuro para distinguir las estrellas, pero había suficiente claridad para ver que ahora estaba sin ropa. Bajó hasta el agua dando volteretas. Me sorprendió y luego me eché a reír, porque había intuido algo: daba volteretas por timidez. Era una forma de llegar hasta el agua sin enseñar la cola. No sé cómo lo supe y no le pregunté. Pero se me ocurrió.

Mientras yo estaba todavía riéndome, él se metió en el mar oscuro. Me tendría que haber ido entonces. Nadó mar adentro. Y desapareció de mi vista.

¿Ha podido alguien dejar a un hombre en el mar totalmente a oscuras? No es tan sencillo.

Volví adonde nos habíamos sentado. Sus ropas estaban en un montón en la arena, dobladas. Pero no como tienen que doblarlas los reclutas en la mili. Estaban puestas como las cosas que se dejan preparadas para poder encontrarlas en la oscuridad si fuera necesario. Estaban colocadas para poder agarrarlas al vuelo en caso de apuro. Una camiseta de algodón. Unos vaqueros. Un par de zapatillas deportivas, con un agujero en la suela de la izquierda; tenía un pie grande, un 44. Un slip. Un cinturón con una mano grabada en la hebilla. Me senté y miré el mar.

Debieron de pasar veinte minutos. El sonido de las olas se parece al de los aplausos en la radio. Pero es más uniforme y no se oye gritar: ¡Johnny! Apareció detrás de mí, salpicándome. Allí estaba otra vez, chorreando y con dos hamacas bajo uno de sus huesudos brazos y una sombrilla bajo el otro. Me reí.

Así que me enrollé con el cocinero. Su mutismo era sólido; no cambiaría nunca.

Después de follar, le pregunté: ¿Oyes las olas?

El no contestó. Sólo dijo: Shooo shooo shoo.

Zdena se sienta en la cama, baja los pies al suelo y se dirige descalza hasta la ventana. Su camisón tiene un cuello de encaje que le cubre las minúsculas clavículas. Mira las vías del tranvía. Sigue oliendo a pan fresco. En la calle, algunos hombres se dirigen al trabajo.

Estaba dando una vuelta por el puerto, por donde amarran los barcos de recreo, y se me vino a la cabeza el cocinero. No quería nada de él, sólo me preguntaba qué haría si me veía aparecer. Entonces vi un hombre-anuncio a lo lejos, me acerqué abriéndome camino entre la gente, pero no era él. Era un hombre mayor, como de unos cincuenta años, con el pelo cano. Le pregunté si conocía al cocinero, pero movió negativamente la cabeza y se señaló a la boca como para indicarme que no podía hablar. Esto me hizo decidirme a buscar el restaurante.

El propietario era un hombre vestido con un traje azulón y con cara de niño gordo, una cara inexpresiva, gélida. Le pregunté por el cocinero.

¿Quién eres?, inquirió, sin levantar la vista de la calculadora.

Soy una amiga suya, tengo que darle algo.

¿Puedes mandárselo por correo?

¿Se ha ido?

Levantó la vista por primera vez. Se lo han llevado. ¿Quieres su dirección?

Asentí.

Centro de reclusión, Nantes... ¿Quieres un café?

Hablaba a gritos. Tenía que gritar para romper de algún modo el hielo de su cara. Puso los cafés en una de las mesas vacías y se sentó frente a mí.

Llevaban tres años buscándolo, dijo. Fueron siete los que intentaron fugarse de la cárcel. El fue el único que lo consiguió. A los otros los agarraron. Pero se descuidó, tu cocinero, se dejó ir.

Vi, no en su cara, sino en su forma de hablar, que había algo en todo ello que le parecía divertido.

Lo cogieron por mera casualidad. Un oficial de prisiones de Nantes vino aquí de vacaciones. Entró en el restaurante con su mujer a comerse unos mejillones. Al salir, reconoció a su viejo amigo. Ayer una docena de policías lo esperaban y lo rodearon cuando salió del muelle.

¿Qué es lo que le parece tan gracioso?

La semana que viene le iba a dar un trabajo en la cocina. Si hubiera estado en la cocina, el flic no lo hubiera visto, ¿verdad?

¿Y eso le hace gracia?

¡Es estupendo! Tu cocinero estaba esperando el momento oportuno. Un sábado por la noche habría robado la caja. De eso no hay duda. Pero se lo llevaron esposado, en cambio. ¿Nunca sonríes cuando te pasa algo estupendo?

Cerdo asqueroso, le dije.

Un tordo se ha puesto a cantar en la acacia. El canto de los pájaros es lo que mejor me recuerda cómo eran las cosas. ¿Verdad que los tordos dan impresión de que acaban de restregarse en el polvo? Y los mirlos, con esas brillantes plumas negras, parece que acaban de salir de un estanque; pero cuando abren el pico, es todo lo contrario. El canto del mirlo es seco. Y el tordo canta como un superviviente, como un nadador que, habiendo conseguido cruzar las aguas y ponerse a salvo en la otra orilla de la noche, ha volado hasta el árbol para sacudirse el agua de la rabadilla y anunciar: ¡Aquí estoy!

Jean Ferrero lleva todavía los faros encendidos porque sale de entre la niebla, una nube blanca que lava las crestas. La carretera serpentea bajando la montaña. Llega a los primeros pinos. El suelo rocoso se convierte en hierba.

Un buen trecho más abajo un hombre camina con las manos en los bolsillos.

Por su manera de andar me imagino que es un pastor. Los pastores tienen su propia forma de moverse de un sitio a otro. Ni llaves, ni monedas, ni pañuelo en los bolsillos, tal vez una navaja, pero lo más probable es que ésta la lleve en la pelliza. Camina tranquilo, como para demostrar su independencia a las cumbres, que acaban de emerger de la noche para unirse a un nuevo día, del que él desconoce la fecha de la semana o del mes. Camina así porque está orgulloso de que haya pasado la noche. Y él tuvo algo que ver en que haya pasado sin percances.

Al acercarse al pastor, el guardavías reduce la velocidad. En el último momento se para, alza el visor del casco y pone los pies en el suelo. ¿Por qué se ha detenido? Se diría que ni siquiera él lo sabe. Tal vez por la hora del día y la ausencia de toda habitación. A lo lejos se oye ladrar a uno de los perros del pastor.

El pastor sigue su camino y cuando ha dejado unos pasos atrás al desconocido motorista, le dice por encima del hombro, sin volverse: ¿Lejos? ¿Va lejos?

¡Pues sí, lejos!, responde el motorista.

Probablemente el pastor lleva más de quince días sin hablar con nadie. Ninguno de los dos sabe qué decir; ambos conjeturan y hablan en alto simultáneamente. Tantean buscando una forma de hablar entre el italiano, el francés y un dialecto de la montaña que, en principio, deberían compartir. Comprueban cada palabra, repitiéndola a veces, como el perro del pastor repite los ladridos.

Traduzco sus sonidos, sus ladridos, sus palabras espúreas.

¿Es domingo hoy?, pregunta el pastor, volviendo la cara hacia el motorista.

Lunes.

Temprano salió.

Sí.

Las noches son todavía frías.

¿Sin fuego?, pregunta Jean Ferrero.

No hay leña.

¿No?

Hay cosas que robaría, dice el pastor.

¿Leña?

No, su moto.

¿Adonde iría?

Bajaría a Pinerolo.

¿A qué distancia queda Pinerolo?

Pinerolo está a doce kilómetros.

¿Y qué hay allí?

Mujeres.

¿A las seis de la mañana?

Y un dentista.

Súbase. ¿Ha ido en moto antes?, pregunta Jean.

Nunca.

¿ Ha ido al dentista alguna vez ?

Nunca.

Pues vamos.

No voy.

¿Le duele?

No.

¿Seguro que no quiere venir?

Me guardo el dolor aquí. ¿Va lejos?

A Pinerolo.

Vale, venga, dice el pastor.

Y los dos hombres descienden hacia Italia, el pastor rodeando con sus brazos al guardavías.

Se pega al paladar. Por fuera es seco y está dorado. Todas las mañanas escojo el pain au chocolat más tostado que veo. Así que ya le has hecho el café a papá, ¡y ahora a la escuela!, me dice la panadera. Lo dice porque mamá se ha ido y vivo sola con papá. Toco el chocolate casi negro, primero con los dientes, luego muy despacio con la lengua. Es líquido, no lo bastante líquido para beberlo, tienes que masticarlo, pero comparado con la masa, es líquido. Lo bueno es tomarte solo el primero que sale y guardar el resto para empujarlo con la lengua en cada bocado del pan de leche, y así sabe todo a chocolate.

Se detienen en Pinerolo junto al puente. El pastor se baja de la moto y, agitando la mano sin decir palabra, desaparece en un café. La carretera sigue el curso del río, el sol ilumina el reverso plateado de las hojas de los sauces, el agua centellea, hay un pescador lanzando la caña a las truchas, y Jean Ferrero continúa su camino, apretando el depósito de gasolina entre las piernas.

El Casione desemboca en el Po un poco más arriba de Lombriasco. Los habitantes del pueblo están tan acostumbrados a oír el bullicio de las aguas que si los dos ríos fueran embalsados durante la noche, se despertarían de pronto y creerían que están muertos. Hombre y moto cruzan el pueblo, sincronizados como si fueran una sola criatura, como el martín pescador cuando vuela bajo sobre el agua.

Me estoy tomando un cappuccino en el descanso de mediodía. Se me puede encontrar cualquier día a las dos menos cuarto en la Via G. Carducci. Hace ahora dieciocho meses que llegué a Modena. Es como si hace dieciocho meses, mientras dormía, alguien hubiera trastrocado las letras: MODANE, MODENA. Encontré una nueva ciudad. Hablo italiano con acento francés. «Las palabras bailan claqué en lugar de cantar», me dicen. Aquí en Modena fabrican tractores y coches deportivos y producen grandes cantidades de mermelada de cereza. Y me gusta estar aquí. No soy una semplice. Ellos tampoco lo son. ¡Todos sabemos que los albaricoques no miden más de cinco centímetros! En Modena, incluso, si un hombre empieza a racanear al fijar el precio de las cerezas para el año, la Cobra Magnums se lo puede cargar. Sin embargo, camino de noche por las calles, imaginando todos los tipos posibles de felicidad y vigilando detrás de los árboles.

El cielo tiene un azul matinal y nubes blancas rozan las copas de los árboles. La carretera es recta. Y el guardavías va a 200 por hora.

Hay una exposición en Verona, y Marella y yo decidimos entrar. Los carteles de la entrada mostraban el perfil de una mujer. ¡Menudo cuello! Es la jirafa más sexy del mundo, dice Marella. En otro cartel observé cómo se ataban la falda los egipcios. En cualquier caso, los domingos es gratis, dice Marella. Se la atan en la cadera izquierda. Así que entramos. Lo miro todo. Como si vivieran en la casa de al lado. Los números de la calle son un poco raros. El de ellos es el 3000 a.C, y nosotros estamos en el 2000 d.C, pero son nuestros vecinos. Veo una maqueta de una de sus casas: cocina, cuarto de baño, comedor, garaje para el carro.

Las paredes tienen nichos adaptados al cuerpo. Nichos tallados para acomodar los hombros, la cintura, las caderas, los muslos..., como los moldes para hacer galletas, pero éstos son para cuerpos hermosos. Cuerpos que han de protegerse como secretos. A los egipcios les gustaba la protección. ¡Métete en uno de ésos, dice Marella, y te emparedan! Quédate todo el tiempo que quieras, Ninon, yo me voy a tomar un helado. Si no has salido dentro de una hora, te buscaré entre las momias.

¡Qué forma de partir! Te acuestas en el sarcófago como una judía en su vaina, y en lugar de tener el forro blando, como el de las vainas, que parece el pelo de un recién nacido, está revestido de madera —dicen que es de acacia—, en la cual está pintado el dios amante que te va a besar para siempre. No se les escapa nada a los egipcios. Hay incluso una caja para un gato. ¡Y qué forma tan rara de andar tienen las estatuas! Te miran de frente, sin titubeos, los brazos levantados, las muñecas flexionadas mostrando las palmas. Hombres y mujeres. Y cuando son parejas, la mujer enlaza al hombre. Avanzan, a veces dan un pasito atrás, pero nunca, nunca, se vuelven y parten. No se da la espalda en Egipto, no hay partidas, ni separaciones.

Intento hacer lo mismo; adelanto ligeramente el pie izquierdo, pongo la espalda muy recta, alzo la barbilla y subo la mano izquierda, las yemas de los dedos a la altura del hombro y las palmas hacia fuera...

De pronto, sé que me están observando; y me quedo paralizada. Siento que los ojos que me miran están en algún punto detrás de mi hombro izquierdo. A no más de cuatro o cinco metros. Unos ojos masculinos, con toda seguridad. Me quedo más quieta que los propios egipcios.

Otros visitantes observan al hombre que está detrás de mí. Primero me ven a mí, pero yo no les molesto, porque piensan que me estoy reuniendo con los egipcios, y no me muevo ni un milímetro; luego reparan en él y se lo quedan mirando agresivamente. ¡Lo culpan a él de que yo no me mueva!

¡Vamos ya,
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