Eugenia García Infanzón, Eugenia Astur, Tineo 1888-1947 (59 años). Procedía de una familia vinculada con la hidalguía rural; sus apellidos eran García Rayón y






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fecha de publicación29.06.2016
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EUGENIA ASTUR
Eugenia García Infanzón, Eugenia Astur, Tineo 1888-1947 (59 años). Procedía de una familia vinculada con la hidalguía rural; sus apellidos eran García Rayón y Valledor por parte de su padre y los de Infanzón y García Miranda por su madre. Ella misma recuerda que Dña. Leonor del Riego Nimier, hermana del padre del General, estaba casada en la casa de la Torre de Tuña y era antepasada directa de la escritora. Era sobrina de D. Félix Infanzón, que en el famoso “Asturias” de G. Bellmunt y F. Canella había escrito la monografía correspondiente a Tineo. Enriqueta García Infanzón contaba, por tanto, con antecedentes literarios en la familia. Era, además, sobrina nieta del cura y arcipreste de Luarca D. Leonardo García Infanzón, el cual no se limitaba a escribir sus homilías y hojas parroquiales sino que había participado en alguna aventura periodística, como la edición del “El sin nombre” en Oviedo y, sobre todo, compartía las tertulias literarias veraniegas del casino de Luarca, donde asistían intelectuales de renombre de Asturias –Fierros, Canella- y de Madrid –Fdez. Negrete, Francos Rodríguez y los Barzanallana-. Enriqueta tenía familiares próximos en Luarca, Oviedo, Cangas de Tineo y Tuña, lo que le permitía pasar temporadas fuera de Tineo, adquiriendo un conocimiento de la vida en estas villas del occidente que se manifiesta en su obra literaria.

Su vida no se ajusta enteramente al canon convencional de señorita de villa que se le asignaba. En primer lugar, porque escribía, lo que motivaba alguna lógica censura en su propia familia. Tal vez por eso, eligió un seudónimo. Pero, sobre todo, no se ajustó al patrón de vida convencional de su clase de señorita de villa, porque no se adaptó a los designios de un posible matrimonio pactado desde el ámbito familiar, a pesar de contar con una buena dote. Ni siquiera aceptó la alternativa, socialmente correcta entonces, de optar por la vida religiosa.

En 1919, contando 31 años, publica las “Memorias de una Solterona”, de carácter autobiográfico. Anteriormente, ya había colocado alguna colaboración en publicaciones católicas madrileñas, teniendo ya siempre continuidad sus artículos en los diarios asturianos Región de Oviedo y La Prensa de Gijón.

En 1929, publica “La Mancha de la Mora”, cuyos protagonistas estaban inspirados en personajes tinetenses de comienzos de siglo. En “Rosina” aflora la importancia decisiva de la dote en nuestra sociedad tradicional.

Escribió también una comedia, “Flor de Claustro”y un drama, “La Roca Tarpeya”, editada ésta a título póstumo por su hermana Milagros. Pero la obra que dio más prestigio y nombradía a Eugenia Astur fue su biografía del General Riego, publicada en Oviedo en 1933 por la Diputación y reeditada en el 2º centenario del nacimiento del General por la Consejería de Cultura. Se trata de una reivindicación histórica del “Héroe de Las Cabezas”, que sale a la luz en un momento de intensa lucha política como fue la 2º República. Hay, por tanto, dos apartados, claramente determinados, en la obra literaria de Eugenia Astur: uno está definido por sus novelas cortas y cuentos y otro por la biografía de Riego. Aún cabría considerar un tercer grupo de escritos, donde se podría incluir sus colaboraciones periodísticas, sus obras de teatro así como sus inéditos.

Su continuidad y perseverancia como escritora, así como sus ensayos en diferentes géneros literarios nos muestran una autora vocacional y profesional y no, simplemente, una señorita de villa que, casualmente, escribe.

Tras la publicación de “Riego”, se le abrieron a Eugenia Astur las puertas de la prensa madrileña de mayor rango intelectual, como ocurrió con el diario El Sol, inspirado por Ortega y Gasset, y donde éste publicó alguna de sus brillantes páginas. Pero esa oportunidad le llegaba un poco tarde a Enriqueta Infanzón, que, con 45 años, ya no se sentía con ánimos para intentar la conquista literaria de la capital de España.
Aislamiento.

Cuando se habla del aislamiento secular de Asturias, falta de comunicaciones y, del mismo modo, del enclaustramiento de la vida intelectual de nuestra región –un tópico, verdadero en sus rasgos más generales- hay que precisar el alcance de esa marginación. Así, tenemos que Enriqueta Infanzón, Eugenia Astur 1, una escritora de segunda fila que vive en “estos casi ignorados riscos del occidente astur”, publica su obra de Riego no sólo financiada por la Diputación de Asturias (1933), sino con prólogos, nada menos que de Unamuno y de Miguel Maura, el político de la República hijo del gran Antonio Maura. Pero, si vemos quienes son sus corresponsales -cuando todavía no había llegado el correo electrónico-, sorprende el número y rango de los intelectuales con quienes mantiene relación epistolar: el periodista tinetense de La Habana Manuel Alvarez Marrón, Fermín Canella, Julio Somoza, Constantino Cabal, Gabriel Alomar, Alvaro de Albornoz, Juan Uría Riu, Armando Palacio Valdés etc. Además, Eugenia Astur, tiene acceso a las páginas de El Sol, que era el equivalente periodístico, en rango intelectual, a lo que hoy representa El País. ¿Cuántos escritores hay actualmente en Asturias que, sin apoyarse en un cargo político o académico, puedan publicar en el periódico de Polanco?. Seguramente, muy pocos. Por eso, señalaba antes que el aislamiento en que vivió Eugenia Astur exige de alguna precisión.
Mujeres tinetenses.

Eugenia Astur es la primera mujer escritora nacida en Tineo. Lo cual, en modo alguno significa que antes no haya habido mujeres que hicieron algunas aportaciones a la creación literaria. Es seguro, por ejemplo, que, entre el buen número de monjas y fundadoras de obras pías nacidas en Tineo, tuvo que haber autoras de textos de temas religiosos. Pero, escritor es quien manifiesta una clara vocación y una dedicación constante a la creación literaria. En este sentido, es la primera Enriqueta García Infanzón. Antes, hubo algunas mujeres tinetenses que han tenido una importante incidencia histórica, aunque no hayan sido escritoras. Yendo a los orígenes, habría que citar a la condesa Totilde que, con Froila Velaz, fundó el monasterio de Bárcena a comienzos del s. X; a la condesa Argonti, descendiente de los anteriores y madre de Piniolo, por tanto el eslabón entre el monasterio de Bárcena y la fundación de Corias por los condes Piniolo y Aldonza Muñoz (a. 1043). Pero, entre todas las tinetenses anteriores a Eugenia Astur, yo citaría, por su papel histórico decisivo tres: Dña. Elo o Leo de Vitsatriz, Dña. Jimena Núñez y Dña. Gontrodo Petri.

Dña. Elo.


Entre las mujeres tinetenses que cambiaron la historia, figura entre las primeras, según la tradición, una “bona moza” de Vitsatriz, Dña. Elo, que cautivó en el s. VIII al que sería más tarde rey Silo de Pravia. De esa relación, nació Aldegaster quien, con su esposa Brunilda, funda el monasterio de Obona en el 781, en el mismo año de la creación de San Vicente de Oviedo. Es muy posible que la presencia del joven Silo en Tineo se debiera a su paso, camino de Galicia, a la que se intentaba someter o que fuera a cazar osos. Esta relación entre Silo y Dña. Elo fue el origen de mil años de presencia del monasterio de Obona en el concejo de Tineo, lo que constituyó un importante foco de cultura, con la enseñanza del trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música) en la Edad Media; en la Edad Moderna llegan a impartirse en Obona estudios superiores en filosofía y teología que eran convalidados por la Universidad de Oviedo, según privilegio de 1796.

Dado que los historiadores niegan autenticidad al documento fundacional de Obona, nos atenemos a la memoria histórica que nos ha transmitido esta leyenda, que pudo ser real.
Dña. Jimena Núñez.

La segunda mujer tinetense que cambió la historia fue una dama llamada Jimena Nuñez, a la que conoció Alfonso VI yendo a Oviedo en romería y de la que quedó prendado. Con ella tuvo dos hijas: Dña. Elvira y Dña. Teresa, que casó con Enrique de Lorena, siendo la madre del primer rey de Portugal Alfonso I. Sánchez Albornoz atribuye a la habilidad y astucia de Dña. Teresa una buena parte del éxito de su hijo Alfonso Enríquez en alcanzar el trono del nuevo reino de Portugal. Alfonso VI visitó Oviedo con toda su corte en el año de 1075, teniendo lugar, durante su visita, la apertura de la famosa Arca Santa y, probablemente, el inicio de las relaciones con Jimena Núñez. También se atribuye al rey Alfonso VI la elección de Ximena Díaz, hija del tinetense de origen y conde de Oviedo Diego Rodríguez, como esposa del Cid. Aunque, durante muchos años, la gran influencia de D. Ramón Menéndez Pidal convirtió a Alfonso VI en el “malo de la película”, frente a las bondades del Campeador, actualmente se ha sometido a revisión este tópico, recuperándose la figura de este rey, antes minusvalorada. ¿Cómo no imaginar las cacerías de osos en tierras de Tineo, que pudieran dar continuidad a la larga relación del rey con Jimena Núñez?
Dña. Gontrodo Petri.

La tercera mujer tinetense que cambió la historia fue Gontrodo Petri, hija –según la Chrónica Adefonsi- de Pedro Díaz y María Ordóñez, de la nobleza rural de nuestro concejo. Alfonso VII el Emperador la conoce en ll32, cuando llega a tierras asturianas persiguiendo al rebelde Gonzalo Peláez. De esta relación nació, al año siguiente, la niña llamada Urraca la Asturiana, la cual se casó con el rey García Ramírez de Navarra en el año ll44. La ceremonia, celebrada en León, tuvo una gran brillantez, asistiendo numerosos tinetenses. Fallecido el rey de Navarra en ll5O, Urraca vuelve a Asturias, donde su padre el Emperador le concede la residencia real de la monarquía asturiana así como el gobierno de la región, con un claro sentido autonomista, que culminó en una sublevación en ll64, que fue sofocada por el rey Fernando II, finalizando así este claro precedente de la autonomía asturiana contemporánea, salvando la distancia cronológica.

En resumen: tres mujeres tinetenses –como otras muchas que no citamos- han contribuido a cambiar la historia, ya que están en los orígenes del monasterio de Obona, del reino de Portugal y de la autonomía asturiana. Tineo era un gran bosque de castaños, hayas y carbayos, donde los más poderosos cazaban osos y cortejaban a las mejores mozas.
La generación de posguerra o de entreguerras.

Eugenia Astur fue la primera mujer nacida en Tineo que consideró la creación literaria como principal vocación y dedicación. Pero, aún hoy, continúa siendo excepcional, porque, contando nuestro concejo con una magnífica generación de autores –como Xuan Bello, Antón García, Miguel Rojo, Alfonso Velázquez, Tino el Rufo, Rafael Lorenzo y José Méndez-, en cambio, sólo hay, que yo sepa, una sola autora que haya publicado algún libro: Sabela Fdez.

Según la conocida teoría orteguiana de las generaciones, se desarrollan éstas de quince en quince años. Hasta los 25 años, dura aproximadamente, la etapa de aprendizaje y, en torno a los 30 años de edad, comienza la vigencia histórica de una generación, que dura hasta los 45, siendo, a partir de entonces, desplazada paulatinamente por la generación siguiente. Eugenia Astur cumple los 30 años en 1918. Pero no todas las fechas son igualmente determinantes. Ortega cree que es 1917 el momento que determina el comienzo de la vigencia de una generación. Se basa en que, en ese año, se dan una serie de cambios históricos de primer orden: la Revolución Bolchevique, los inicios del fascismo, la floración del cubismo, el nacimiento del jazz, etc. En Asturias triunfa la huelga general de 1917 y surge un regionalismo moderado (liga pro Asturias).

Este año inicia, según Ortega, la entrada en la historia la llamada generación de posguerra o de entreguerras. Entre los escritores asturianos que forman parte de esta generación de posguerra figuran: Andrés Glez. Blanco (86), José Fdez. Barcia (87), Constantino Suárez (Españolito) (90), Valentín Andrés (91), Alfonso Camín (90), José García Vela (85), Fernando Vela (88), Martínez Torner (88), Pedro Penzol (85), Luis Portal (98), Eloy Fdez. Caravera (88), P. Galo (84), Alejandro Casona (1903), Pérez de Ayala (80). Los pintores, Tamayo (91), García Carrió (86), José Feito (91), Francisco Casariego (90). Fuera de Asturias, los mayores de la generación del 27: Jorge Guillén (93), Pedro Salinas (92), Cesar Vallejo (92), León Felipe (84), Fernando Villalón (81), Gabriela Mistral (89), Alfonsina Storni (92), Ramón de Basterra (88).

Antón García denomina a esta generación “de los años 20” y la sitúa después de la generación regionalista anterior, de Pepín de Pría, Constantino Cabal, María Balbín, Pachín de Melás, García Rendueles y el P. Galo2. Antón García caracteriza a los escritores de entreguerras o de posguerra como bilingües: “una lliteratura que nun ye a renovase y a conectar col nuevu públicu, con poesía moralizante, amoroso-idílica y humorista continuación de la anterior; el cuentu costumista, como el teatro, que sí alcanza el favor del público. “Nun hay, na mayor parte, reflexu de la vida social real del país”. Cita a Valentín Andrés, Manuel Balbín (Xiquín de Villaviciosa), a Benigno Fdez. “Benomar”, Francisco de la Vega, Matías Conde, Angelu Menéndez Blanco, Alfredo Villa, Antón García Oliveros y Angeles López Cuesta3. Alvaro Ruiz de la Peña4 señala como características de los narradores de entreguerras una variedad de filiaciones literarias: desde el realismo neocostumbrista de Constantino Suárez (Españolito), al vanguardismo de Díaz Fdez. o Luis Portal, la novela galante de los Glez. Blanco, la novela social de Isidoro Acevedo, el neomodernismo, más crítica costumbrista de José F. Barcia y, también, la novela deshumanizada y experimental de Valentín Andrés (“Sentimental Dancing”). Pero las diferencias se reducen si se tiene en cuenta que Isidoro Acevedo (1867) es de la generación anterior a Valentín Andrés (1891), 24 años más joven.

Enriqueta García Infanzón encaja bien en esta generación llamada de entreguerras o de la dictadura. Su obra participa, sin duda, del neocostumbrismo, pues a través de ella tenemos un valioso documento sobre cómo era la vida en las villas occidentales (Tineo, Cangas o Luarca) a comienzos de siglo. Hay, además, un claro componente neomodernista; así, la brillante descripción de la procesión del Carmen es intercambiable con la visión impresionista de la procesión del Corpus en Carreño en Nicanor Piñole. Incluso, en algunos aspectos, incorpora Eugenia Astur rasgos de la novela rosa: “hallándome yo en el jardín cogiendo lilas”5.

También puede aplicarse a Eugenia Astur ese rasgo generacional, señalado por Antón García: hallándose sobre un volcán –revolución bolchevique, nacimiento del fascismo, huelga en Asturias de 1917- no refleja en su obra narrativa la nueva problemática social que aparece en el horizonte. Sin embargo, si bien esta característica es válida referida a la obra narrativa, no sucede lo mismo si tenemos en cuenta su biografía del General Riego, donde la autora no se limita a realizar un trabajo más o menos académico, sino que podemos calificar la obra como de literatura comprometida, en la interpretación histórica del Trienio Liberal, publicada en 1933 en medio del fragor de la lucha política de la 2º República.

Hay algunos rasgos de la obra de Eugenia Astur que coinciden, sin duda, con lo que un tiempo se llamó “escuela narrativa asturiana de fines de siglo”. Se trata de la clara huella que los grandes novelistas -Palacio Valdés, Clarín y, más tarde, Pérez de Ayala van dejando en los escritores asturianos del segundo nivel, “una literatura que es la parte de la literatura española más semejante a la literatura inglesa. Tiene de ésta la espiritualidad contenida, el instinto soñador y, al mismo tiempo, las efusiones del humorismo”6, escribe Andrés González Blanco en 1909. Gómez de Baquero y Baquero Goyanes abundan en la misma opinión, señalando el último: “la ternura y la preferencia entre los personajes por seres humildes y sencillos, como vagabundos, oficinistas, viejas solteronas, niños o animales”7. Elías García Domínguez explica estos rasgos a partir de la coexistencia de una sociedad burguesa con los restos de la sociedad arcaica de carácter rural, lo que transforma la actitud crítica en comprensión tolerante. Estas características se dan, en alguna medida, en Eugenia Astur, que manifiesta una gran devoción por la obra de Palacio Valdés y que escribe las Memorias de una Solterona.

Algún historiador ha ido incluso más lejos en la búsqueda de las raíces del “humorismo sentimental” presente en tantos autores asturianos, lo que daría a nuestra literatura ese aire similar a la literatura inglesa, según Andrés González Blanco. A partir de este discutible diagnóstico, el sentimiento y el humor son rasgos constitutivos de nuestra cultura regional, que se manifiestan ya en el nivel lingüístico del bable –e incluso del castellano hablado por asturianos- con la profusión en el uso de aumentativos y diminutivos: No decimos D. Blas y Dña. Gloria, sino D. Blasín y Gloriona; en el primer ejemplo, expresamos afecto y respeto y en el segundo, se señala al personaje, con alguna dosis de malicia. En el caso del bable occidental -según esta misma interpretación- habría que subrayar el intenso uso del artículo partitivo –dame d’etsas creizas-, que se traduciría, en nuestra literatura, como en nuestra vida social, en la importancia de las capitulaciones prematrimoniales –se iba al notario antes de cualquier boda, y en lo decisivo de la dote-. En Memorias de una Solterona , o en Rosina, la protagonista explica, taxativamente, que su novio la cambió por otra porque ésta tenía mejor dote. (La filtración periodística, como medio de comunicación sin responsabilidad, sin dar la cara, no es una invención de los políticos, sino que fueron nuestros paisanos de occidente los que primero filtraban, con gran disimulo, la dote de sus hijas, para conocimiento de los posibles pretendientes). Por ejemplo, yo recuerdo que, a finales de los años 40, una moza con buena dote tenía que alcanzar los 15.000 duros de entonces. En este sentido, la novela corta Rosina, me parece un testimonio de este uso de la sociedad tradicional del occidente asturiano, que manifestaba la importancia de un acendrado y pragmático sentido de la medida. Dejemos en el aire, con un interrogante, lo que alcanzan de verdad estos tópicos: el carácter sentimental y humorístico de nuestra cultura tradicional, que se manifestaría en la profusión de aumentativos y diminutivos en el bable –y, por tanto, en nuestro castellano- así como la existencia del partitivo que tendría un paralelismo con la existencia de usos tradicionales como las capitulaciones prematrimoniales y la filtración a la opinión pública de la dote.

En segundo lugar, pero en estrecha relación con lo anterior, la existencia de una escuela narrativa asturiana, como consecuencia del ascendiente de las grandes figuras, como Palacio Valdés, Clarín y Pérez de Ayala sobre los escritores segundones. Según Alarcos: una mezcla de humor irónico, de melancolía, de sobriedad expresiva, de natural profundidad y poco colorido8.

Y, en tercer lugar, posiblemente se dan algunas características comunes en la generación de escritores llamados de entreguerras que, según Ortega, anda por los 30 años en la fecha crucial de 1917. ¿Hay alguna cualidad o aire similar en dos figuras coetáneas como Alfonso Camín (1890) y Valentín Andrés (1891)? Aparentemente, no pueden ser más distintos: uno, un poeta dado a la bohemia y otro un gran profesor universitario. Pero, como sucede habitualmente entre coetáneos, detrás de las diferencias hay rasgos comunes; por ejemplo, Ortega decía de su amigo Valentín Andrés que estaba siempre dejando de ser algo: ahí tenemos un perfil biográfico similar de estos dos grandes personajes de nuestra cultura, los dos han emprendido multitud de caminos; han estado continuamente dejando de ser algo.
Las obras de Eugenia Astur.
Memorias de una solterona.

En 1919 aparece su primer obra significativa: “Memorias de una Solterona”. Se ajusta a los temas predilectos de los asturianos de la época, según Baquero Goyanes. La propia Eugenia Astur en un breve prólogo explica los motivos de esta obra: “por dar desahogo a la funesta manía de escribir”9 y “hacer de paso un ligero boceto de un poético rincón de su tierrina”. Hoy, ha desaparecido del uso lingüístico el término “solterona”, pero en la sociedad tradicional de las pequeñas villas se trataba de uno de los roles clásicos, una de las opciones vitales posibles, dentro del limitado repertorio que ofrecía aquella forma de vida.

Hay en esta novela corta la superposición de distintos mundos. En primer lugar, está la dualidad villa/aldea que, por una parte, tienen una relación comercial, ya que los labradores vienen al mercado y a las ferias de la villa y compran en los comercios. Pero, como grupos sociales, viven distantes: “¡Los señoritos de Arganda!”, gritan los niños de la aldea al ver llegar de excursión a los de la villa. “Ay siñoritas, la Madalena is pagará’l venir a visitala: ya muy milagrosa: to las mucinas qui ufrecen ramos cásense n’un año”10. En la novela, los de la villa hablan castellano, los campesinos de los pueblos hablan bable occidental. También se distinguen por la indumentaria: como es la fiesta del pueblo, los de la aldea intentan vestirse como los de ciudad; los de la villa van vestidos de asturianos. Hay una excepción: “se veían en el pueblo algunos viejos de aspecto patriarcal, llevando aún el calzón corto y la picuda montera”.11 Testimonio éste del mayor interés para las discusiones interminables sobre el traje regional. Pero hay otros mundos. En primer lugar, aparecen los emigrantes y los indianos con un papel relevante en la literatura asturiana. Ciertamente, ya figuraban con anterioridad, en la Regenta, por ejemplo, pero, ahora, su presencia es más importante, ya que el número de emigrantes a Cuba y Argentina se multiplica en el primer tercio de siglo, alcanzando el número de 12.000 adolescentes algunos de estos años. (Emigraban a los 16 años para evitar la mili) Los americanos -o indianos- forman parte de la literatura de esta época, y, especialmente, de las obras de Eugenia Astur.

En segundo lugar, estaba la ciudad, -Oviedo y Madrid-. “Los que viven en las grandes ciudades, donde siempre es fiesta... no comprenderán bien lo que esto significaba para la juventud de nuestra pequeña villa, en la que durante días y meses de insoportable monotonía...12”. Oviedo y Madrid eran importantes porque de ahí venían los forasteros, que, en principio, ejercían un gran atractivo para los jóvenes de la villa. La trama de “Memorias de una Solterona” se desarrolla en el encuentro de tres de esos mundos: una señorita de la villa de Arganda, un desenvuelto y “romántico” madrileño y la feísima hija de un indiano. La cuantía de la dote determina el desenlace de la obra.

Rosina.


Se trata de un hermoso cuento, en el que las relaciones ilusionadas de una pareja de jóvenes de la aldea de La Villariega encuentran un obstáculo insalvable. Lo advierte muy bien una vecina: “No seas tonta, Rosina, Pin nun te quier pa nuera porque nun tienes dote, ya Xuaco nun desobedez a sou padre; ya aunque lo fixera, ¿de qué vos íbades a mantener? El nun tien nada ya tu tampouco”. Con esta lógica tan abrumadora se desencadena el drama. Tal como era habitual entonces, se intenta la solución haciendo que Rosina emigre a Buenos Aires. Mil ejemplos de esta narración tenía, sin duda, Enriqueta Infanzón en el entorno de Tineo de comienzos del siglo XX.
La Mancha de la Mora.

Se inspira esta novela corta, publicada en 1929 –según Casariego- en la familia de un notario vegetariano muy estimado en el Tineo de comienzos de siglo. Es ésta una historia de oposiciones. El maduro notario que llega a Soñedo –Tineo- queda prendado de la señorita de Llosera “pues no era ya esta la joven flacucha y fea de otros tiempos, sino que –como les sucede a algunas mujeres- al alejarse de la juventud , había ganado en belleza gracias a una discreta gordura”13... y rindió su albedrío al galán generoso que venía a sacarla de su triste celibato para hacerle gustar los inefables goces del amor conyugal”. Hoy, cuando la gordura es un pecado, no puede decirse que Enriqueta se anduviera por las ramas al referirse al amor conyugal. El control social en la villa era absoluto –no había llegado aún el seiscientos-; a través de la carta de un muchacho recién llegado de Madrid, “se conoce que esto de enterarse de lo que no le importa es su única ocupación –se refiere a una vecina - ....no me asomo una sola vez al balcón que no la encuentre enfrente entre sus tiestos de geranios”. “Las chicas –sigue el madrileño- se visten muy bien (aunque no lleven ni la falda tan corta ni el escote tan bajo como nuestras elegantes de Madrid). A pesar de lo cual no siento deseos de trabar conocimiento con ellas, porque si todas son tan preguntonas como Paulita, será cosa de volverse loco” 14. Lo que de verdad entusiasma al madrileño es “un campo llamado S. Juan (sin duda, se trata de S. Roque). Me tumbo en el suelo bajo los añosos robles” 15. Es esta obra como un mosaico donde se descubre la vida social de la villa. Según la costumbre “el primogénito se llevaba la mayor parte del patrimonio, dejando a sus hermanos casi en la indigencia” 16. D. Paquito Renanes es un seminarista rebotado que no sigue ninguna carrera y se queda en el pueblo considerado como un inútil, pero que participa en todas las actividades artísticas; es el organizador del teatro entre los chicos de la villa. Gracias a la obra “Talía”, de Rafael Lorenzo conocemos, bien la tradición teatral de una pequeña villa de occidente y, también, la gran incidencia que la preparación de las representaciones, los ensayos, suele tener entre la juventud participante.

El nudo principal de esta obra lo expone muy bien Dña. Cándida al madrileño: “Hay hombres que merecen la horca; yo no sé cómo encuentran mujeres que les hagan caso. Como que fue a oposiciones sólo por casarse con ella... Pues bien, saca plaza, viene, pide a Carmina, se marcha luego a tomar posesión del Registro que le tocó allá en Galicia... y a los dos meses, si te vi no me acuerdo. “Y luego, que tu no sabes lo que son los pueblos tocante a eso. La muchacha a quien le pasa una cosa así ya puede dedicarse al santo que más le agrade. ¡ Y como aquí no es posible ocultar nada...!”17.

Fallecida Enriqueta García Infanzón en 1947, su hermana Milagros editó, a título póstumo, el drama “La Roca Tarpeya” en 1949, obra que se desarrolla en un país imaginario, Eslavia, claramente identificable como Rusia. El polémico sentido anticomunista de la obra y la fecha de su edición, en plena posguerra española, hace que no entremos en su crítica, ya que creemos que no añade nada significativo al buen hacer literario de su autora.
Riego.

Cuando Enriqueta García Infanzón publica en 1933 su libro sobre Riego, era éste un personaje histórico sumamente controvertido. Desde su trágica muerte, ahorcado en la plaza de la Cebada de Madrid, el 7-11-1823, concentró en él el absolutismo realista, todo género de calumnias intentando justificar la iniquidad de su muerte, donde ni siquiera se respetaron las más elementales formas procesales18. En modo alguno se supera esa controversia con la rehabilitación oficial del buen nombre del General Rafael del Riego tras la llamada Década Ominosa, a la muerte de Fernando VII en 1833, puesto que continuaron actuando sobre la memoria histórica, no sólo las posiciones políticas más conservadoras, sino el testimonio hostil de algunos textos importantes, tales como Las Memorias de Alcalá Galiano, o episodios de Galdós, como “Los 100.000 Hijos de San Luis”, “El Terror de 1824” o “La Segunda Casaca”. No es casualidad que, un siglo después de su muerte, en los años 30, se sucedan cuatro libros seguidos sobre Riego: “El Pronunciamiento de Riego”, de Cánovas Cervantes –llamado Niní (1930); la “Gloriosa Vida y Desdichada Muerte de D. Rafael del Riego”, de Carmen de Burgos, Colombine (1931); “Los Siglos de Oro de Tuña. Riego”, de Zoilo Méndez García y, “Riego”, de Eugenia Astur (1933). Esta proliferación de títulos, cuya publicación coincide con una etapa de gran debate político, como fue la 2º República, muestra que el tema aún no había superado la etapa de controversia ideológica. Todavía hace pocos años, al reeditar la Consejería de Cultura en 1984, con motivo del segundo centenario del nacimiento del general, la biografía escrita por Eugenia Astur, no se había superado esta polémica. Sólo la ingente obra de Gil Novales, de continuada investigación en torno a la figura de Riego, hizo entrar este tema “en el recto camino de la ciencia –utilizando la expresión kantiana. Aún en 1991, en el prólogo que Jesús Evaristo Casariego escribe a la reedición de Las Novelas Cortas de Eugenia Astur, se utiliza una expresión vejatoria para referirse al Héroe de Las Cabezas; Casariego habla de “ese individuo nacido en Tuña”19.

La biografía de Eugenia Astur sobre Riego es un libro de investigación sobre el General y el entorno de su vida, sobre las circunstancias de su actuación pública, pero, además, es una obra reivindicativa frente a la sarta de inexactitudes y falsedades acumuladas a lo largo de más de un siglo. Aunque pudiera parecer paradójico, hoy se sabe sobre el Trienio Liberal mucho más que en los años 30. Las aportaciones de numerosos historiadores, como Tuñón de Lara, Gil Novales, Artola, Nadal, Fontana, etc., hacen que el s. XIX vaya quedando fuera de las vivas controversias ideológicas del pasado. Pero no era ésta la situación cuando Eugenia Astur, a finales de los años 20, redactó su libro más famoso. Se había ido configurando sobre Riego un perfil de tópicos bien alejados de la verdad histórica. Según esta versión, que Eugenia Astur contribuye decisivamente a desmontar, Riego habría sido una especie de aventurero ambicioso que, fuera de todo contexto histórico y falto de preparación traicionaba al ejercito de su patria para hacerse con el poder. Todavía Casariego responsabilizaba a Riego de que un grupo de exaltados liberales asesinaran al cura de Tamajón (Guadalajara), D. Matías Vinuesa, a martillazos y que, no contentos con esto, crearan después la Orden del Martillo. Las aportaciones de Eugenia Astur, tras el libro de Carmen de Burgos, fue muy importante para desenmascarar el cúmulo de patrañas acumuladas sobre el General Riego. Esa labor será brillantemente culminada por la obra de Gil Novales.

Ya ningún historiador solvente sostiene que Riego haya sido un extravagante iluminado que actuara fuera del contexto histórico de su tiempo. Su levantamiento continúa una rica tradición de conspiraciones liberales, que se suceden desde 1814 a 1820: Mina en Navarra, Porlier en La Coruña, Richard en Madrid, el Conde de Montijo en Granada, Lacy en Cataluña, Torrijos en Alicante, Polo en Madrid, Vidal en Valencia, el Conde de la Bisbal en El Palmar, etc. Por otra parte, la sublevación de Riego tiene una gran repercusión internacional e incluso provoca iniciativas similares en otros paises europeos: como en Portugal, Nápoles, Cerdeña e incluso en los Decembristas rusos. Por tanto, carecen de sentido las acusaciones de aventurerismo político o de falta de conocimiento de la situación por parte de Riego.

Otra acusación lanzada sobre el militar de Tuña, que ya no se sostiene, fue el responsabilizarlo de la pérdida de las colonias americanas. Ningún historiador solvente cree, hoy, que la secesión de Iberoamérica se hubiera evitado de no haberse dado la rebelión de los batallones acantonados en Cádiz y Sevilla, listos para embarcarse. Parece, en cambio, más correcta la visión de futuro del mismo Riego, de que sólo desde un régimen constitucional, no colonialista, cabría el tratamiento adecuado para el futuro de los territorios de ultramar. Eugenia Astur insiste en esta cuestión.

En estrecha relación con la acusación anterior, está la de alta traición a la patria. La justificación de la lucha contra el propio Rey, cuando éste cae en la tiranía, cuenta con una larga tradición que comienza ya en la Grecia clásica, en la Antígona de Sófocles, con el personaje Polinices, que muere luchando contra su propio Rey Creonte. La figura de Fernando VII, llamado por los historiadores el Rey Felón, colaboraba, sin duda, a justificar la actitud de Riego.

Se ha criticado a Riego por su supuesta falta de conocimientos, o pobre bagaje cultural. Pero sus discursos y escritos –válidos aunque fueran elaborados con la ayuda de sus colaboradores- desmienten totalmente esa negativa imagen de un militar inculto. Baste recordar el análisis certero de los riesgos y horizonte del Pronunciamiento de Las Cabezas de San Juan, así como, sobre todo, su correspondencia desde el campo de prisioneros de Francia, donde queda claro su esfuerzo, a pesar de la falta de medios, en formarse, adquiriendo libros y con el aprendizaje de idiomas. Es significativa la cita de Voltaire, en correcto francés que aparece en una de las cartas reproducidas por Eugenia Astur.

No es, en modo alguno, admisible la acusación que se hizo a Riego de ser un militar poseído por la pasión del medro personal y económico. Muy al contrario, renuncia ante el Rey a recibir un sobresueldo de 80.000 reales e intenta oponerse, reiteradamente, a su propio ascenso de teniente coronel a general, como prueba Eugenia Astur mediante la correspondencia del General. Riego cree firmemente en la necesidad ineludible de alcanzar un régimen constitucional en España, causa por la que da su vida, habiendo sido siempre consciente de los riegos personales que implicaba su lucha política.

Tal vez, la única acusación justa de cuantas fue víctima el general de Tuña es su buena fe e ingenuidad, ya que negó siempre –a pesar de las evidencias- la posibilidad de que algunos de sus compañeros lo traicionasen, o tomasen distancias para acomodarse mejor a la conveniencia política, como probablemente fue el caso de Argüelles.

En estos últimos años, especialmente a partir de 1984, con el segundo centenario de su nacimiento, se ha ido recuperando la memoria histórica de este ilustre general tinetense, que dio su vida por la libertad. El 9-4-1994 se erigió un busto al General Riego en su pueblo natal de Tuña. En los años anteriores, se restauró su casa natal y se publicaron numerosos escritos de homenaje al héroe de Las Cabezas, entre ellos la reedición de su biografía más clásica, escrita por Eugenia Astur.20 Por donación de Agustín Fernández Rey, Tuña cuenta con una biblioteca especializada en Riego y el Trienio Liberal.

No debemos, finalmente, sin embargo, silenciar algunas limitaciones de esta biografía de Riego, lo que no resta méritos al valioso libro de Eugenia Astur. Probablemente la autora no contaba con la preparación idónea para adentrarse en la filosofía de los más importantes pensadores europeos del Siglo de las Luces, a los que, por otra parte, responsabiliza en último término de los excesos revolucionarios del terror, construyendo la historia al modo tradicional y atribuyendo los cambios sociales sobre todo a las modificaciones ideológicas. Gil Novales señala que, probablemente, el modo incompleto de citar a otros autores, por parte de Eugenia Astur, haya dificultado la conservación de documentos cuya ubicación o procedencia no se determina. Pero esto no resta nada al alto mérito que corresponde a Enriqueta García Infanzón de cumplir con gran decoro con un deber intelectual, y hasta moral, de reivindicar la verdad histórica del que fue, con Campomanes, el más universal entre todos los tinetenses.
Eugenia Astur (1888-1947). Obras.

“Memorias de una Solterona” (1919). (Novela corta).

“Rosina”. (Cuento).

“La Mancha de la Mora”. (Novela corta).

“Riego” (1933). (Ensayo histórico).

“Flor del Claustro”. (Comedia).

“La Roca Tarpeya” (1949. Editada a título póstumo). (Drama).

Obras inéditas.

“La Cruz de la Victoria”. (Novela).

“Casamolín”. (Novela).

“El Ultimo Hidalgo”. (Novela).

“Palacio Valdés y las Mujeres de sus Novelas”. (Ensayo).

“El Secreto de Budha”. (Teatro).

“Amoríos Reales”. (Teatro).

“Asturias en la Revolución del Año Veinte”. (Retazos históricos).

1 Eugenia Astur: Novelas Cortas. Avilés 1991, pág. 43.

2 Antón García sitúa al P. Galo en la generación regionalista por el contenido de su obra.

3 Antón García: Lliteratura Asturiana nel tiempu. Oviedo, 1994, pág.119 y ss.

4 Alvaro Ruiz de la Peña: Introducción a la literatura Asturiana. Oviedo, 1982, pág. 193.

5 Eugenia Astur: Memorias de una Solterona. En Novelas Cortas. Oviedo, 1991, pág. 43.

6 Andrés González Blanco. En Introducción a la Literatura Asturiana de Alvaro Ruiz de la Peña, pág. 173.

7 Ibídem, pág. 174.

8 Emilio Alarcos, en “Asturias”, Madrid 1978, pág. 115.

9 Ibídem, pág. 43.

10 Ibídem, pág. 43.

11 Ibídem, pág. 61

12 Ibídem, pág. 48

13 Ibídem, pág. 119.

14 Ibídem, pág. 124.

15 Ibídem, pág. 125.

16 Ibídem, pág. 128.

17 Ibídem, pág. 138.

18 Francisco Tuero Bertrand: “Riego. Proceso a un Liberal”. Oviedo, 19925.

19 Eugenia Astur: Novelas Cortas. Avilés, 1991, pág. 16 y ss.

20 Eugenia Astur: Riego. Oviedo, 1933. Reed. 1984.




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