Una síntesis de cómo, día a día, estamos construyendo un mundo mejor






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títuloUna síntesis de cómo, día a día, estamos construyendo un mundo mejor
fecha de publicación28.06.2016
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LA RED

Una síntesis de cómo, día a día, estamos construyendo un mundo mejor.

... el hombre es un animal inserto en tramas

de significación que él mismo ha tejido...”

Clifford Geertz
Pretendemos con esta corta reflexión, considerar las cuestiones sagradas que pautan nuestra forma de ser y nuestra relación con aquello que consideremos Lo Sagrado. Estas cuestiones definirán en gran medida la cultura –en el sentido antropológico del término- en la cual nos desarrollamos y en base a la cual vivimos y determinamos nuestra trascendencia como seres humanos.

Si hablamos a nivel de la humanidad, y no solamente en base al pequeño mundo con el cual nos relacionamos, no resulta tarea sencilla definir aquello que consideramos “sagrado”. Son notables y evidentes las diferencias que existen entre oriente y occidente, y aun dentro de oriente y occidente. Cada región, cada etnia, cada religión se define y actúa en base a su “mito fundante” y a sus dioses que, como planteamos al comienzo, definirán la cultura y forma de ser de sus integrantes.

No obstante, en occidente algunos autores proponen el rescate de los antiguos valores correspondientes a un estado pretérito de la humanidad y la formación de elites que conduzcan ese proceso de retorno a una “Edad de oro”.

Seleccionamos dos de esos autores, René Guenón y Julius Evola por la claridad y concreto de sus trabajos, a efectos de ver qué es lo que proponen y cómo las formas de pensamiento que actualmente nos rigen definen un mundo al que pretendemos cambiar, precisamente mediante una nueva red de significados que defina nuevas formas de conducta y relacionamiento, nuevas formas de considerar lo”sagrado”.

En este sentido, René Guenón plantea que estas diferentes características han determinado una forma de ser –un sentido espiritual, podríamos decir- por la cual en oriente, el ser humano está orientado hacia una actitud de contemplación, mientras que en occidente lo está hacia la acción. (1)

Al parecer esta definición no resulta tan precisa y abarcante, porque, como el mismo Guenón reconoce. En oriente, particularmente en la India -que es lo que Guenón tiene in mente cuando habla de Oriente- existen conjuntamente una casta destinada a la contemplación, que serían los Brahamanes, y otra destinada a la acción, que serían los Kshatriyas o guerreros.

¿Y qué podríamos decir de la cultura japonesa, netamente guerrera?

¿O dónde colocaríamos al Islam, una verdadera teocracia... con infinidad de intérpretes e interpretaciones que nos llevan desde los más sublimes sufíes hasta los terroristas que, “en nombre de Allah y de Mahoma, su profeta” tanta desgracia causan desde hace años?

Y hasta esto último tiene su fundamentación sagrada: en la batalla de Badr (624), y otros enfrentamientos bélicos, el profeta Mahoma triunfó sobre sus enemigos y esto fue interpretado como un designio divino. Y a partir de entonces, en nombre de Allah, y como guerreros de Allah, tomando como ejemplo la victoria de Mahoma, un sinnúmero de energúmenos asesinan, secuestran y realizan atentados. Desde su punto de vista todo parece ser lícito y acorde con su concepción de lo sagrado.

Al fin y al cabo, no difiere mucho de la conquista de Canaán por los israelitas. Era “la tierra prometida”, y por lo tanto no dudaron en verter sangre propia y ajena para ello. Es de orden reconocer, sin embargo, que esta mentalidad no se ha trasmitido al presente más allá del sentimiento –totalmente legítimo por parte del pueblo de Israel- de querer defender su tierra.

Tropelías peores se han cometido en épocas presentes en nombre del “espacio vital” o del “destino manifiesto”, o del “nuevo orden mundial”.

Por su parte en occidente, existe lo que se podrían llamar los “intelectuales”, orientados hacia la reflexión, y toda una infinita variedad de seres orientados hacia la acción, desde ejecutivos a soldados, pasando por todos los trabajadores. Todos ellos verdaderos “guerreros de la vida”. No obstante. Esos intelectuales occidentales que representarían los más altos valores espirituales, han producido no pocas guerras, cruzadas e inquisiciones.

Tanto oriente como occidente son términos que abarcan demasiada variedad y demasiado tiempo como para definirlos tan rápidamente, no obstante no podemos dejar de reconocer que algo de razón tiene Guenón -es un pensador brillante que mucho ha aportado al desarrollo espiritual- en cuanto a considerar formas básicamente distintas de lo sagrado en ambos lados, las cuales pautan culturas y comportamientos diferentes.

Pero sigamos buscando algún punto de unidad superior que nos permita un mejor análisis de aquello que nos determina como humanos, aquello que nos permite aprehender “lo sagrado”. ¡Y no verter tanta sangre para ello!

Ya el célebre antropólogo de origen alemán Franz Boas (1858 - 1942), nos hablaba acerca de la unidad de la mente humana (2) y las posteriores diferenciaciones en base a las diferentes culturas y adaptaciones al medio ambiente.

Mucho más conocida y reciente es la propuesta de Carl G. Jung que nos propone la existencia de un “inconsciente colectivo” donde se asentarían los arquetipos comunes a la especie humana.(3)

Estos arquetipos – símbolos y aun dioses- irían modelando la consciencia y pautando rasgos que conformarían diversas culturas y panteones de dioses en un lado y otro del mundo.

Pude comprobar por mi mismo la similitud entre los panteones de dioses greco-romanos con los dioses de la religión yoruba de los africanos del Africa occidental. Y más aun: he comprobado que el mito del trikster- una perspectiva ritualística del Mito del Héroe-, ampliamente estudiado por Paul Radin y desarrollado por Joseph Henderson en “El hombe y sus símbolos” (4), es realizado y ejecutado por los indígenas winnebago pertenecientes al grupo étnico sioux, y hasta por los propios fieles de las religiones afrobrasileñas que lo incorporan en sus instancias de posesión.

Y no olvidemos la obra de Joseph Campbell que nos da otra perspectiva del Mito del Héroe en su célebre y genial trabajo “El héroe de las mil caras”.

Permanentemente el humano ha buscado el contacto con “lo sagrado” en las más diversas formas religiosas, mitológicas, mágicas y/o litúrgicas, al punto de poder afirmar que: no existe religión sin magia... aunque sí existe magia sin religión.

Fue Rudolph Otto (1869 – 1937) quien propuso una de las más acertadas definiciones del término “lo sagrado”. Otto nos dice que ve en “lo sagrado” tres elementos constitutivos: 1- lo numinoso o divino, que el hombre descubre a través del sentimiento de criatura, terror místico, reconocimiento del “Otro” absoluto y el arrobo místico. 2- Lo “sanctum” o valor de lo numinoso, 3- una predisposición interior de la mente humana capaz de aprehender lo numinoso. (5)

Es esta la constitución de lo sagrado que se encuentra, según Otto, en el origen de la religión personal del hombre... y se extiende, mito mediante, a enormes grupos religiosos y culturales.

Es en la historia del tiempo ab origine, según Eliade, que han nacido las religiones.
... el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los ‘comienzos’. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia...” (6)
Es de esa conjunción entre lo numinoso y lo mitológico, que hemos comenzado a ver numerosos árboles impidiéndonos ver el bosque... Podemos concluir esta parte citando a Clifford Geertz:
La doctrina de la unidad psíquica de la humanidad, que yo sepa, no es hoy seriamente cuestionada por ningún antropólogo respetable, pero está en directa contradicción con el argumento de la mentalidad primitiva; afirma que no hay diferencias esenciales en la naturaleza fundamental del proceso de pensar entre las diferentes razas vivientes del hombre.” (7)
¡Lógicamente que es así! De la unidad psíquica inicial han partido diferentes formas de concebir y aprehender lo numinoso, cada una de ellas determinada por la circunstancia en que lo “sagrado” se ha manifestado a un pueblo o etnia determinados. Dando lugar por ende, a diferentes mitologías. Y estas combinaciones han determinado diferentes formas de pensar que abarcan desde pequeños poblados, etnias más o menos grandes, a paises y aun continentes.

Al decir de Clifford Geertz:
... el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido...” (8)
Así es que a partir de esa coordenada inicial Guenón nos habla de formas de ser diferentes en oriente y occidente. Y va más allá, nos propone, para lo que él define como occidente, y tantos otros como la civilización judeo-cristiana occidental, la formación de una elite que se aboque al rescate de los principios originales de lo que sería una filosofía fundante, y que hoy reconocemos como Filosofía perenne.

Lo que no compartimos en absoluto de la propuesta de Guenon, es que esa elite se establezca en el seno de la Iglesia Católica. (9)

Y tampoco entendemos cómo, después de esta propuesta, Guenón terminó haciéndose musulmán. ¿Pensaba de esta forma establecer un puente entre oriente y occidente considerando la hubicación geográfica del Islam? Por lo menos en esta obra y otras que hemos leido no lo menciona

Guenón no es el único pensador occidental que ha propuesto la formación de una elite que se dedique al rescate de los valores iniciales de la “Era dorada”.

Julius Evola –que en materia de hermetismo, alquimia y magia es un autor que no debe dejar de leerse- plantea algo similar a lo largo de todas sus obras. No obstante, Evola con un pensamiento cíclico, piensa que nada se puede hacer para evitar el deterioro final de la humanidad, se debe esperar el fin del Kali Yuga (Edad del hierro), para después, los que espiritualmente se han mantenido sin deterioro, puedan encarar la reconstrucción de la sociedad con los valores del Satya Yuga (Edad de oro). Para mantenerse incolumne en este mundo en deterioro, Evola propone “cabalgar el tigre”, concepto que desarrolla en su obra omónima (10). Este concepto implica el no luchar contra un sistema perdido o no tratar de invertir su marcha hacia su destrucción final. Evola nos dice de mantenerse flotando sin contaminarse y dejarse llevar por esa fiera sin ser afectado por la misma: cabalgar el tigre. Un concepto bastante interesante y digno de ser considerado.

Evola tuvo, además, un insight interesante: plantea la existencia de una “raza del espíritu y una raza del alma”, consecuencia de las cuales serían las razas físicas. Es interesante porque hace pensar en una suerte de comunidades espirituales y mentales que se remontan a la edad de oro, y en ellas estarían las reservas para el rescate de los antiguos valores. Y sería la elite de una raza espiritual quien lo llevaría a cabo.

Si bien parece difícil de aceptar en primera instancia, es un concepto que merece ser discutido. Lástima que en su exposición (11) Evola confunde a menudo los conceptos de raza y cultura. Además en su época no se estaba al tanto de las modernas definiciones de “raza” en base a los estudios biológicoa y genéticos, donde se afirma que la distancia genética entre los individuos es tan escasa y tan variable de un pueblo a otro que el término “raza” se considera obsoleto por la moderna antropología.

Otro tremendo desacierto de Evola es el que comete cuando pretende justificar las razas del espíritu... y termina haciendo la comprobación sobre los aspectos físicos de su época asociados a determinadas culturas. Hijo de su tiempo, Evola no podía evitar el intentar darle un marco filosófico profundo al fascismo de la Italia de los años 30. Pero para ello, y por más que lo aclare reiteradamente y se muestre en contra del racismo existente “más allá de los Alpes”, no alcanza a definir esa cualidad del espíritu y cae en lo fenotípico.

Ni Guenón ni Evola, ni tantos otros, alcanzan a definir una propuesta válida y coherente para occidente.
Bastante antes de nuestra era, otros pueblos vivieron en base a principios, a fuerzas sociales y culturales, que remitieron al mito y conformaron su panteón de dioses.

Es así que en las civilizaciones greco-romanas se realizaban los cultos –y se eregían imponentes templos- a Zeus – Júpiter, principio organizador y padre de la creación, a Pallas Atenea – Minerva, diosa de la sabiduría, a Ares – Marte, dios y principio de la guerra y la fortaleza, a Hermes – Mercurio, dios intermediario y mensajero, principio de lo intelectual y del estudio. Y así tantos otros que, como mencionamos antes, tenían sus correspondencias en otros panteones de culturas completamente diferentes, desde los anitguos egipcios hasta los yoruba.

A menudo tendemos a disminuir el valor de esta matriz de pensamiento, esta forma mental y espiritual de considerar la vida y la vida en sociedad. Enceguecidos por el concepto de “progreso” (que es en realidad principalmente el progreso de la tecnología), sostenemos que todo eso es “antiguo”, o bien “pagano”, presuponiendo que un sistema politeísta es más “atrasado” que uno monoteísta. Sí, es nuestra raiz judeo-cristiana que nos lleva a esas consideraciones. Pero olvidamos que, bajo esa forma de pensar, la civilización greco – romana produjo mentalidades brillantes. Desde Platón a Aristóteles, o bien Lucrecio y Cicerón, por citar algunos.

Unas mentes tan profundas que no han podido ser emuladas en la época moderna. Fue precisamente Platón –cultuando a todos sus “dioses paganos”- quien nos legó la maravillosa alegoría de “la caverna”.

Seguramente a la hora de rescatar valores que nos permitan crear una nueva humanidad no estaremos muy lejos de todos estos “dioses”. Y más aun, los veremos activos y preponderantes toda vez que profundicemos en nuestras mentes y alcancemos el inconsciente.

Mencionamos al pasar la influencia de la raiz judeo cristiana en nuestra cultura y en las formas de pensamiento de ellas derivadas.

Pues bien, se podría decir que es ese el “mito fundante” de lo que hoy consideramos la civilización “occidental y cristiana”: un sistema monoteísta y el culto a un hombre-dios.

El sistema monoteísta que heredamos del pueblo judío, nos presenta un dios extraño, a veces contradictorio, castigador y vengativo. Y actualmente muy lejos de su “pueblo elegido”. Un dios al que es difícil integrar a la vida y que inspira temor. Estamos hablando de bíblico Jehova. Y en él parecen estar integrados todos los principios. Claro, si profundizamos en la mística judía, particularmente en la Cábala, veremos que esto no es tan así, y que el famoso Jehova es solamente una de las manifestaciones de HaShem, lo incognoscible. No obstante hemos heredado, consciente o a menudo inconscientemente, a ese tipo de dios. Un dios que le habló a Moisés desde una zarza ardiendo y que, maravillado por el fenómeno, Moisés lo comentó a su esposa, una madianita que hacía el culto de una divinidad llamada Jah. “Es Jah”, le dijo la madianita a Moisés. Y así vino a la historia y culto Yavé, o Jehova. Una historia que fue reproducida en base a testimonios orales... de aproximadamente mil años atrás. (12) Como si actualmente no existiera la escritura ni la historia documentada y quisiéramos reproducir hechos de la Alta Edad media en base a la tradición oral. Fue esto lo que realizó el pueblo de Israel durante el exilio para mantener viva su tradición y generarse una historia épica donde Jehová estuvo siempre en la defensa y protección del “pueblo elegido”. En palabras de Geertz: un pueblo que, como todos, tejió sus tramas de significación, se insertó en ellas y lo legó a todo occidente.

Y uno de los principales judíos que determinó la característica fundamental de occidente, fue precisamente Jesús, el Cristo. Es precisamente sobre esta denominación que debemos detenernos un instante.

Cuando hablamos de Jesús, estamos hablando de un personaje histórico, un judío que fue ejecutado por plantear una nueva forma de comprender su religión. Alguien que hacía “milagros”... que eran principalmente acciones de sanación, tal vez aprendidas con los esenios, con las cuales restituía a la sociedad a leprosos, enfermos, “endemoniados”, “mujeres impuras” y todo tipo de marginados a causa de una enfermedad o condición anómala. Esta integración de los marginados causaba no poca preocupación en la cultura dominante. Pero además, Jesús proponía una doctrina de autotransformación, tal vez o sin tal vez, una doctrina, una Cábala que le fuera trasmitida desde los tiempos de Melquisedec. Esa doctrina proponía el encontrar dentro de nosotros mismos al Hijo del Hombre, al hombre nuevo que debería de surgir en “el reino de los cielos”, un reino que se encontraría en nuestro propio interior. (13)

Precisamente esta transformación, esta “transfiguración” que alegóricamente se describe en Mr 9: 2-13, es lo que se denomina el nacimiento del Cristo, y esta es la doctrina que promulgaba Jesús. Demasiado contradictorio con lo que planteaba ela cúpula del judaismo tradicional de la época.

Y más: Jesús nunca nombra al discutido Jehová. Y siempre se refiere al “Padre”.

El Sanedrín no podía permitir estas trasgresiones. Y lo hizo ejecutar por los romanos.

Seguramente si Jesús no hubiera muerto en circunstancias tan trágicas, no existiría el cristianismo como hoy lo conocemos. Para los judíos pasó a la historia como un profeta, y así también lo considera el Islam. Para la civilización cristiana occidental, para occidente, se transformó en mito, pasó a ser el “hijo de Dios” (“tú lo dices...” respondió él ante ese planteo), y en suma: el holocausto redentor de la humanidad pecaminosa. Y así, Jesús se integró con el Cristo y perdimos al hombre, al Cabalista, a quien nos enseñó la antigua y verdadera forma de religión que llevaría a una trascendencia.

Fue la pasión, su sufrimiento y muerte, lo que quedó en nuestras mentes, y sobre esto si hicieron muchas interpretaciones, desde que Dios mismo entregó a su hijo, hasta que Jesús se reconocía a si mismo como el Mesías y trataba de cumplir con el destino que le indicaban las Escrituras.

Entonces pasó a ser recordado, venerado y adorado... en una cruz. Una cruz que por sí misma pasó a ser representación de la cristianidad, una cruz que conlleva el significado del sacrificio, del sufrimiento, de la agonía, del martirio, de la fatalidad y resignación. Algo bien diferente del hombre que emprendió a latigazos con los mercaderes del templo, que se enfrentó a los sacerdotes del Sanedrín y que no imploró ante el destino que se cernía sobre él. Un hombre que se levantó una y otra vez cada vez que el peso de la cruz lo abatió. Un hombre que propuso algo nuevo, y que sin embargo venía de la más remota antigüedad, un hombre que hizo milagros, que nos enseñó el arte de la autotransformación y la trascendencia. Y que nos trasmitió valores...

Por eso prefiero recordar a Antonio Machado, y a la hermosa voz de Joan Manuel Serrat, cuando dice:
¡No puedo cantar, ni quiero 
a ese Jesús del madero, 
sino al que anduvo en el mar!
(14)
Tal vez así, tejiendo una nueva “trama de significación” sobre estos hechos y sobre lo que consideramos “pagano”, e insertándonos en ella, logremos reconstruir un mito fundante que nos permita una verdadera transformación, y con ella, un rescate auténtico de los valores de la Filosofía Perenne. Al fin y al cabo, un rescate de los antiguos dioses que definieron civilizaciones trascendentes.

En este momento muchos grupos, muchas personas, estamos tejiendo esa trama, definiendo nuestros valores y nuestros símbolos. Cada templo interior en el cual nos introducimos, cada símbolo antiguo del cual rescatamos su significado eterno, cada nueva concepción de nuestra vida y de nuestra trascendencia, cada nuevo descubrimiento, y al fin, cada uno de nosotros, constituyen los nudos de esa red de significados con la cual nos incorporamos conscientemente al ámbito de lo espiritual, de “lo bueno, lo bello, lo justo”. Lo numinoso, lo sagrado, irá tomando un nuevo cuerpo en cada uno de nosotros por encima de las religiones instituidas y organizadas. El sentido de nuestro pasado y de nuestro presente se unificarán, y nos permitirán definir un futuro consciente, un futuro en el cual incorporaremos naturalmente el sentido de ser los Portadores de Canciencia de la Corriente de la Vida.

La red, la trama de significados en la cual nos insertamos, la construimos entre todos aquellos que comparten los mismos principios eternos, sean de oriente u occidente, sin secretos ni dogmas, sin grados ni jerarquías, por encima de continentes, países, etnias, políticas, religiones y nacionalismos.

Y así, la elite se irá formando por si sola.

  1. Guenón, René. La crisis del mundo moderno.

  2. Boas, Franz. La mente del hombre primitivo. (1911)

  3. Jung, Carl Gustav. “Lo inconsciente”. (1918)

  4. Henderson, Joseph en “El hombre y sus símbolos”, de Carl G. Jung y otros.

  5. Otto, Rudolf- “Lo santo”.

  6. Citado en Poupard, Paul. “Diccionario de las Religiones.

  7. Geertz, Clifford. “La interpretación de las culturas”.

  8. Geertz, Clifford. Op cit.

  9. Guenon. Op cit.

  10. Evola, Julius. “Caabalgar el tigre”.

  11. Evola, julius. “La raza del espíritu”.

  12. “La primera versión escrita de los cinco libros del Pentateuco se realizó aproximadamente en la época de los Reyes, esto es en los siglos X y IX antes de Cristo”. Barthel, Manfred. “Lo que dijo verdaderamente la Biblia”.

  13. Para más información respecto a esta propuesta, ver aurtículo de mi autoría “El Tercer testamento”, en Axis Mundi Nro. 3 de junio 2013, y en www.johntyrson.com/artículos.

  14. Machado, Antonio. “La Saeta”, poema.

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