Entrevista con un artista






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    -  Sé a lo que usted se refiere, Caaandy - contestó Ellis continuando la conversación y haciendo volver a la joven mujer de sus recuerdos sobre los infortunados hermanos Leagan - ¿Pero habiendo sido siempre tan renuente a los convencionalismos, cómo se siente ahora usted en su papel de esposa y ama de casa? - se atrevió a preguntar el periodista aprovechando que el actor había salido momentáneamente del comedor para ocuparse de una llamada de teléfono.

    - Querrá usted preguntarme por qué si soyy tan "feminista" como la gente dice decidí dejar de ejercer la enfermería cuando nació mi hija Blanche - se atrevió Candy a sugerir con una sonrrisa maliciosa.

    - Bueno, sí. Algo de eso había en mi preggunta - admitió Ellis acorralado por la franqueza de la joven dama.

    - Como yo veo las cosas Sr. Ellis, la cauusa feminista, que siempre ha tenido todo mi respeto - comenzó a explicar la dama con un brillo especial en la mirada - no debería preocuparse tanto porque la mujer llegue a ocupar los puestos que los hombres han monopolizado, sino más bien porque cada mujer tenga la libertad de escoger la actividad que ella prefiera, ya sea la de universitaria, ejecutiva, científica o madre. En su momento yo escogí ser enfermera y así servir a los demás. Cada día de mi vida que dediqué a esa labor fue importante y profundamente gratificante para mi, pero llegó un momento en que las obligaciones de esposa y madre se volvieron especialmente demandantes. Particularmente con la llegada de Blanche,  se volvió más y más difícil mantener un equilibrio entre mi trabajo de enfermera y la maternidad. Así que decidí que al menos por unos años dejaría la medicina para ser solamente madre. Fue una decisión independiente y no me arrepiento de ella. Todo lo contrario, me siento muy feliz de haberlo hecho, pues estoy gozando con todas mis fuerzas la infancia de mis hijos. Ya habrá tiempo después para otras cosas.

    - Y supongo que al Sr Grandchester la ideea le ha parecido más que buena - supuso Ellis

    - Egoísta como todos los hombres, no podíía parecerme menos que maravilloso el tener a mi mujer sólo para  mi - comentó el artista que llegaba en ese momento después de atendida su llamada.

    Candy se volvió para ver a Terrence acariando la mano que él posó sobre el hombro de ella como respuesta afectuosa a su comentario.

    - " Egoísta y celoso " - pensó la joven riéndose para sus adentros, pero luego se dijo inmediatamente que ella no podía reprocharle a su esposo un defecto que ella también compartía hasta cierto punto.

        Habían pasado ya cinco años desde aquella terrible pesadilla y si bien no veía los sucesos con rencor, de vez en cuando, al mirar la taza que su esposo guardaba en la vitrina de su estudio, recordaba la lección vivida y se prometía solemnemente no volver a cometer los mismos errores que habían puesto en peligro la estabilidad de su familia.

 



 

    Las cosas habían sido igualmente difíciles para ella. A pesar de que ella se esforzaba en no darle importancia, las largas ausencias de Terrence la hacían sentirse cada vez más sola. Cuando su estancia con los Stevenson llegara a su fin después de la recuperación de Patty, Candy había regresado a su casa de Fort Lee y la melancolía no había tardado mucho en ganarle la batalla. 

     Cuando sus dos pequeños niños, Dylan de poco más de tres años y Alben de apenas siete meses, conciliaban el sueño, la joven paseaba a solas por los rincones silenciosos de  la casa buscando en los muros la callada huella del hombre que amaba. Pero los días pasaban,  las giras se prolongaban y los ecos de la sonora voz de Terrence se hacían cada vez más lejanos en los oídos de Candy. 

     En más de una ocasión estuvo tentada a tomar la pluma fuente y escribir una carta con una sóla línea diciendo: regresa ya que me vuelvo loca sin ti. Pero luego cerraba los ojos y veía de nuevo el rostro radiante de Terrence cuando agradecía los aplausos frenéticos del público al término de una presentación. Candy sabía que  su esposo gozaba intensamente esos segundos mágicos de gloria y que el placer de vivir mil y un vidas diferentes sobre el escenario era para él tan necesario como el aire o la poesía. No sería ella quien abusando del amor que él le tenía, lo obligase a renunciar a las tablas y a sus sueños.

        Si el precio por verlo feliz era tener que prescindir de su compañía por más tiempo que el común de las esposas, ella estaba dispuesta a pagarlo. Sin duda las cosas hubiesen seguido así sin mayor dolor que la melancolía, de no haber sido por la prensa mal intencionada que al poco tiempo empezó a esparcir rumores acerca de Terrence y su nueva compañera de tablas, Marjorie Dillow.

        Entonces las cosas empezaron a ir realmente mal. Las heridas viejas que se abrieran por primera vez cuando Candy tuvo que vivir la dura experiencia de ver como el joven que ella amaba elegía el deber por encima de su amor por ella, volvieron a dolerle repentinamente.  


Por otra parte, Candy estaba cada día más preocupada por sus hijos.
Mientras que era obvio que Terrence se estaba perdiendo importantes momentos del primer año de vida de Alben, Dylan había dejado de ser el niño vivaz de siempre para convertirse en un chiquillo callado y melindroso. Candy no sabía qué era lo que debía preocuparle más, si el hecho de que su bebé no reconocía ni la voz ni la figura del padre, o la manera en que su primogénito se rehusaba a comer sin importar los esfuerzos que la joven madre hacía para despertarle el apetito.


Fue entonces que Terrence había vuelto a Nueva York a tomar un breve descanso de dos días a mitad de la gira que estaba realizándose en aquellos primeros días de diciembre. A penas había él regresado cuando salió a colación el asunto de Bower, justo  la noche después de la llegada del actor. La manera en qué él le había
reclamado su amistad con Nathan había encendido el amor propio de Candy. ¿Acaso estaba mal pasar un buen rato con un amigo?¿Qué de malo había en aceptar una taza de té en algún café de Manhattan?¿Cómo podía Terrence reclamarle el hecho de que ella buscara alguna compañía si él se la pasaba todo el tiempo metido en los ensayos o de gira?¿Con qué derecho Terrence le pedía cuentas acerca de su amistad con Bower cuando él no había ni siquiera hecho un comentario sobre las habladurías cada vez más constantes acerca de su relación con Marjorie Dillow? Esta última consideración era sin duda la que más dolía y la que llevó a la joven a decir las cosas más duras, de las cuales se arrepintió tan pronto como el auto de Terrence salió disparado aquella noche.

Sin embargo, su orgullo e indignación terminaron por ganar la batalla
cuando unos minutos después de que el aristócrata había dejado la
casa hecho una furia, una manecita tocó a la puerta de la recámara de la joven rubia. Candy abrió la puerta para descubrir al pequeño Dylan parado en el umbral de la alcoba de sus padres, tratando de enjugarse las lágrimas con la manga de su pijama de franela.

- ¿Por qué gritaba papá?- preguntó el niiiño entre sollozos - ¿Que ya
no nos quiere?

A Candy se le encongió el corazón mientras apretaba la cabecita castaña del niño contra su pecho e intentaba inventar la primera excusa que se le vino a la cabeza para disfrazar lo que había ocurrido aquella noche. De ese modo la joven tomó la decisión de abandonar Nueva York y correr al único lugar en dónde creía podía encontrar el sosiego y
las fuerzas que de pronto parecían faltarle.

Sin pensarlo mucho empacó algo de ropa para ella y los niños, vistió
a los pequeños lo más abrigadoramente posible y escribió la nota que su esposo leería la mañana siguiente.

El viaje que siguió le recordó mucho a otro viaje que había hecho
años atrás en cierta noche nevada. Entonces como en el pasado, un mismo nombre le ardía en el corazón con punzadas dolorosas, pero la situación era al mismo tiempo distinta. En el pasado Terrence había sido sin duda su gran amor, su gran sueño, pero ahora que a su lado dormía Dylan y Alben descansaba en su regazo, Candy sabía que Terrence significaba aún mucho más que antes. Cinco años de vida marital no pasan en vano para una mujer. Habían ahora demasiada cotidianeidad, sueños y planes compartidos, intimidad y lazos físicos al igual que espirituales como para llegar a creer que todo aquello podía terminar de esa forma. Pero, por otro lado, ella no quería exponer a sus hijos a tensiones innecesarias.   Ahora no podía hundirse en la depresión como antes, pues había dos vidas que dependían de la manera en que ella manejara las cosas. Incapaz de ver claro en toda aquella confusa encrucijada Candy esperaba que llegando al Hogar de Pony encontraría dos pares de brazos que la recibirían con el mismo amor y  apoyo de siempre. Sin embargo no fue así del todo.

Una vez que Candy les hubo explicado la situación a las dos damas que la habían criado, se sorprendió al darse cuenta que sus amados rostros se endurecían en desaprobación. Ni siquiera la Srita. Pony quien siempre había sido más condescendiente con ella se atrevió a
intervenir en su favor. Todo lo contrario, las dos mujeres se
pusieron muy serias y después de unos segundos de penoso silencio ambas le dijeron a la rubia que tenían que discutir las cosas entre sí antes de poderle resolver cualquier cosa sobre el asunto. Acto seguido le pidieron a Candy que las dejara solas y la muchacha obedeció sintiéndose de nuevo como la niña pequeña que tiene que esperar para que sus padres resuelven qué castigo le darán por las diabluras
cometidas.

Esa noche Candy lloró desesperada tratando de ahogar los sollozos para no despertar a sus pequeños que dormían en la misma habitación. De  repente se sentía completamente sola en aquel problema cuando sus dos madres ni siquiera le habían contestado nada en concreto después de aquella primera plática. Fue una suerte que Alben estuviera un poco  inquieto esa ocación, porque de otra forma la joven madre se hubiese  pasado la noche en blanco obsesionada con su problema. Así por lo menos se ocupó a ratos de alimentar y arrullar al pequeño hasta que  se quedó dormido de nuevo y el alba volvió a salir por el oriente.

A la mañana siguiente la Srita Pony se llevó a los dos pequeños para
que participaran de las actividades con los niños de sus respectivas
edades y dejó a Candy a solas con la Hermana María. La rubia supo que lo que venía no sería fácil de asimilar porque conocía de sobra la severa firmeza de la religiosa.

- Supongo que ya habrás adivinado que niii la Srita Pony ni yo
aprobamos lo que has hecho, Candy ¿No es así?- inció la monja con tono pausado mientras se sentaba en su mecedora.

- Sí, aunque no lo entiendo - se animóó CCCandy a responder con un brillo en la mirada que la religiosa conocía demasiado bien. Lo había visto tantas veces cuando la pequeña pecosa se sentía castigada
injustamente y miraba a su verdugo en hábito con retadora obstinación.

- Hija mía - dijo María tratando de toomaaar la mano de la joven sentada a su lado- Tal vez estás pensando que hiciste mal en venir a consultar a dos viejas solteronas como Pony y yo que nunca conocimos la vida matrimonial  ¿Qué clase de consejo podríamos brindarte si jamás tuvimos la
experiencia?

- Yo no he dicho eso - se apresuró Canndyyy  a defenderse pero inmediatamente se mordió la lengua pues muy en el fondo ese pensamiento le había venido a la mente la noche anterior.

- Pues te daré tres buenas razones parra haber venido - replicó María
haciendo como si Candy no hubiese dicho nada - Número uno;  porque somos tus madres, y en ningún lugar del mundo podrías sin duda encontrar apoyo, pero también un sincero consejo como en nuestra casa; número dos porque aunque nunca hemos estado casadas contamos con algo que tú aún careces, y eso es vejez y experiencia en lidear con problemas humanos por mucho tiempo más de lo que tú has estado sobre este mundo y número tres, porque a pesar de nuestro celibato voluntario no hemos
dejado de ser mujeres. Créeme que entendemos lo que tú estás
pasando, aunque nunca nos hallamos visto personalmente implicadas en una situación similar.  Te amamos y lo último que quisiéramos es verte sufrir, hija, pero eso no significa que aprobemos tus actos cuando éstos no han sido obrados con sabiduría.

- Pero hermana María, ¿Acaso no ha siddo injusto mi esposo conmigo? ¿Acaso no estábamos poniendo en peligro la estabilidad emocional de nuestros niños de seguir juntos? - preguntó Candy aún incapaz de comprender a la religiosa.

- La respuesta es sí a ambas preguntass -- respondió la mujer
calmadamente - pero también es cierto que tú has pagado la injusticia y los celos de tu esposo con igual medida ¿O acaso tu respuesta a sus reclamos fue sobria y conciliatoria?

La joven fue incapaz de sostener la mirada directa de la religiosa. Avergonzada bajó los ojos y guardó silencio.

- Supongo que no me contestas porque tu consciencia te acusa. Sin embargo, harás bien ahora en ser honesta contigo misma ¿Consideras que tu respuesta a las palabras de tu esposo contribuyó a empeorar el problema? - preguntó la mujer sin darle tregua a la muchacha.

Candy no respondió audiblemente, pero al final asintió con la cabeza.

-Hija, no quiero juzgarte duramente, pero es mi deber hacerte ver las cosas con menos pasión y más inteligencia - explicó María pasando la mano por los rizos rubios de la mujer igual a como lo había hecho tantas veces cuando Candy era solamente una niña - Para que haya una pelea se necesita que contribuyan a lo menos dos. No excuso los errores de tu esposo, pero tampoco puedo ignorar los tuyos. Ahora tú eres madre y creo que eso tal vez te ayude a entender la postura que Pony y yo hemos tomado. Convendría que te preguntaras con sinceridad por qué respondiste como lo hiciste.

La mujer esperando que el corazón de Candy se moviera hacia la direción correcta, tan sgura estaba María de la bondad de su hija.

- Creo que . . . - masculló a pena Candy - me he sentido muy sola últimamente y estaba . .  quizá . . . un tanto resentida con él . . . No sé . . es posible que también estuviera . . . celosa.

-¿Por qué crees que te has sentido así, hija? - indagó María endulcificando el tono mientras Candy sentía que por fin podía liberar una carga que la había estado oprimiendo por un largo trecho. 

- ¡Lo extraño mucho! - estalló Candy en llanto echándose a los brazos de la monja - ¡Lo necesito tanto . . pero no había querido decirle nada porque no deseo interferir en su carrera. Pensé que podía hacerme cargo de la situación en casa aunque él no estuviera presente.

- ¡Ay hija mía! A veces en nuestro afán de proteger a quienes amamos cometemos alguna que otra tontería - contestó la religiosa acariciando los rizos de Candy -  Es muy noble de tu parte querer apoyar la carrera de tu esposo, pero las cosas deben equilibrarse en un justo medio. Cuando Terrence se casó contigo adquirió un compromiso que está por encima de toda realización profesional y si tú y los niños lo necesitan, él deberá atenderlos dádoles prioridad por encima del teatro. 

- ¿Usted cree? - preguntó la joven aún insegura, aceptando el pañuelo que le extendió María.

- Candy ¿Alguna vez te has preguntado por qué la Srita Pony y yo decidimos nunca casarnos? - preguntó la mujer clavando su mirada en la joven.

-Bueno, siempre supuse que no se habían interesado mucho en ello - explicó Candy no muy segura de su respuesta.

- Pues te equivocas - repuso María con una sonrisilla - Alguna vez lo consideramos, cada una por su propia cuenta y en su debido momento. Sin embargo, en última instancia decidimos dejar de lado esa posibilidad porque nos dimos cuenta de que por encima del deseo de formar una familia propia, con un esposo e hijos que atender, anhelábamos utilizar nuestras vidas para servir a los demás. A ratos no ha sido fácil cristalizar ese sueño, puesto que la soledad pesa, sobre todo con el paso de los años. No obstante, puedo asegurarte que ninguna de las dos nos arrepentimos de nuestra elección ya que nuestro deseo de servir era tan grande que no hubiese sido justo casarnos.

- ¿No hubiese sido justo? - preguntó la joven rubia entrecerrando los ojos sin comprender muy bien las palabras de la monja.

- La labor que hacemos en el Hogar de Pony, hija, es un trabajo de veinticuatro horas, durante todos los días del año ¿Tú crees que sería justo para un hombre tener una esposa que está ocupada en su trabajo sin tener nunca tiempo para él? Lo mismo pasaría con los hijos ¿No lo crees? Quien se debe a una misión especial no tiene espacio en su vida para el matrimonio, y quien se dedica a éste debe siempre dejar en segundo plano todo lo demás. Tú y tu marido deben entender esto si no quieren echar por la borda el tesoro que tienen en su matrimonio.

- ¿Entonces usted cree que yo debí haberle dicho a Terri que me sentía sola? - había inquirido Candy con inseguridad.

- ¡Claro que sí! ¿No ves que la distancia les ha hecho perder contacto y hasta ha debilitado la confianza entre ambos?  Durante todo este tiempo de separación tú has acumulado un resentimiento incosciente en contra de tu esposo, y él por su parte, se ha vuelto más receloso. Terrence es sin duda responsable del origen del problema, pero tú has cooperado a él con tu silencio y terminaste coronándolo con tu reacción a sus recriminaciones. Él inició el fuego y tú lo atizaste. Ahora son ambos a quienes corresponde apagarlo, pero no lo lograrás lejos de él. Todo lo contrario, poniendo una nueva distancia entre ustedes solamente das lugar a que los malos entendidos - porque Pony y yo estamos segura que son sólo eso, malos entenddos - crezcan y empeoren la situación.

Candy recordaba claramente que en esos momentos se había sentido tan culpable que hubiese querido que la tierra se abriera justo debajo de sus pies para tragarla de golpe, pero la mano firme de María sosteniendo la suya le hizo entender que entonces, al igual que antes, no podía dejarse vencer por la dificultad. Por el contrario, no había tiempo para lamentaciones porque había muchas cosas rotas por reparar.  Continuaron hablando por un largo rato hasta que la Martha llamó a la puerta para recordarles que era hora de tomar el almuerzo. Esa misma tarde Candy hizo sus maletas con el fin de salir de nuevo rumbo a Fort Lee a la mañana siguiente. 

 

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