Entrevista con un artista






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títuloEntrevista con un artista
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fecha de publicación28.06.2016
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     De nuevo la mente de Terrence se remontó a aquel momento algunos años atrás en que se dirigío desesperadamente al único lugar donde se le ocurría podían estar su esposa e hijos. Estaba tan alterado que ni siquiera se molestó en comprar un boleto de tren, sino que tomó uno de sus autos y sin pensarlo mucho emprendió el largo viaje a Indiana. Manejó histéricamente,  deteniéndose lo menos posible ¿Qué importaban las demás cosas cuando el corazón le decía que lo más escencial para vivir le faltaba?

    Después de horas y horas al volante por fin la desviación del camino nevado se abrió ante sus ojos, llevándolo hacia un panorama campirano rodeado de coníferas centenarias. El camino vecinal rodeaba el valle y se perdía detrás de una colina desde cuya cima vigilaba un antiguo abeto de severa belleza. Al pasar la curva pudo por fin mirar de lejos la casa a la cual se dirigía. 

      Pronto se estaba estacionando en el solar de la casa y apeándose nerviosamente. En el umbral se veía a una anciana regordeta cubierta de un vestido de lana que le llegaba a los tobillos. Detrás de sus gafas metálicas sus ya cansados ojos observaron compasivos al joven hombre, que a pesar de su barba de varios días, los enormes círculos negros al rededor de los ojos y la ansiedad en sus movimientos, no perdía la arrogancia de su porte. 

    - Terrence, hijo, te estábamos esperando - le saludó la anciana cuando se econtraron frente a frente.

    - ¿Está ella . . .? -  se apresuró éél a preguntar jadeando y olvidándose de saludar a la dama a quién no había visto desde el verano anterior.

    - ¡Vamos, hijo, entra en la casa! Despuéss habrá tiempo de hablar - le reconvino la anciana con la usual dulzura que la caracterizaba y a la cual Terrence no pudo resistirse.

        La Srita Pony abrió la puerta y una vez más el calor de aquel hogar que olía siempre a madera antigua, especies, vainilla y frutas en conserva llenó los sentidos del joven. Niños y religiosas cruzaban los pasillos saludando al recién llegado a su paso. La anciana guió al joven hacia una de las estancias,  pero antes de entrar en la habitación una viejita diminuta y con el rostro zurcado de mil arrugas salió al encuentro del visitante.

    - ¡Terri, muchacho! - saludó la viejita ccon una sonrisa brillante -

    - Abuela Martha ¿Cómo está usted? - saluddó Terrence deseando no haberse encontrado a la anciana en ese momento. Secretamente temía la descarnada franqueza de la cual la Sra. O'Brien siempre hacía gala.

    - Pues no muy bien de salud últimamente, pero comparada contigo seguramente estoy de maravilla ¡Mira nada más como vienes! - dijo Martha a boca de jarro sin reparar en las señas que la Srita Pony le hacía para que midiese sus comentarios .

    - ¿Qué puedo decirle Martha? Tiene usted razón. Pero créame, me veo mejor que como me siento- admitió el joven sin poder resistirse al encanto de la viejita.

    - Eso está muy mal hijo . . . pero suponggo que estás aquí porque quieres remediar esos problemillas ¿No es así? - preguntó la anciana dama guiñando un ojo y dándole una palmada al brazo del joven pues Terrence era demasiado alto como para que ella pudiera alcanzar su hombro.

    - Eso espero - balbuceó Terrence tratandoo de controlar sus emociones.

    - Anda con Pony, seguramente ella tendrá nuevas de importancia para ti. Pero arriba el ánimo muchacho. Nada es verdaderamente tan grave . . . ¡ Si lo sabremos nosotros lo viejos. ! Ahora, si me disculpas, los dejaré solos - se excusó la viejecita desapareciendo por el mismo pasillo por el cual había llegado.    

        Terrence se quedó mirando a Martha mientras se perdía de su vista y  le pareció que había sido justo ayer que la había ayudado a entrar al Colegio clandestinamente ¡Ojalá las cosas fuesen tan simples como en aquella época! - pensó - y luego siguió en silencio a la Srita. Pony hasta la estancia.

        La anciana le hizo quitarse el abrigo y a cambio le entregó una taza de cocoa muy caliente para después invitarlo a sentarse junto a ella, frente al hogar. Permanecieron callados unos instantes mientras Terrence buscaba desesperadamente las palabras con las cuales explicar a la dama lo que había sucedido. Era tan difícil poder concentrarse cuando en cada rincón de aquel lugar se podía respirar la presencia de Candy, como si las paredes estuvieran impregnadas de su risa y el vivaz ritmo de su paso. 

    - Supongo que estarás aquí buscando a Canndy ¿No es así? - dijo finalmente la anciana poniéndose seria, pero sin perder su perenne expresión maternal.

    - Sí - contestó él sin atreverse a decir más.

    - Otra persona que no fuese yo diría que llegas tarde - contestó la anciana y la expresión desesperada de Terrence le encogió el corazón.

    - ¿Quiere decir que ella estuvo aquí y see ha marchado? - preguntó él ansioso poniéndose de pie. - Dígame a dónde se ha ido. Tengo que hablar con ella lo antes posible.

    - Hijo, por favor, - le rogó la anciana -- te suplico que escuches primero todo lo que tengo que decirte antes de que hagas cualquier otra cosa.

        Terrence bajó los ojos y con cierta reticiencia accedió a la petición de la anciana. Ambos se sentaron nuevamente mientras la vieja tomaba un gran respiro antes de comenzar.

    - Terrence, te dije que cualquiera diría que llegas tarde, pero a mi me parece que no has podido llegar en mejor momento - comenzó la anciana a explicarle - No creo que convenga que veas a Candy por ahora. Primero es necesario que tú y yo tengamos esta conversación. Prométeme que me escucharás con paciencia. Cuando hayamos terminado te diré dónde están ella y tus niños y podrás irlos a buscar ¿Estás de acuerdo?

         El joven asintió con la cabeza en silencio mientras la anciana volvía a servir más cocoa en su taza.

    - Hace algunos años, cuando nos visitastee por primera vez, fue en un día frío como este ¿Recuerdas? En aquel entonces te preguntamos cuál era tu relación con Candy, pero la verdad es que yo ya sabía la respueta aún antes de que tú intentaras  contestarla. Bastaba mirarte para darse cuenta de que la amabas con la intesidad que se ama aquello que se considera lo más preciado, con la fuerza que se ama por vez primera . . . Algo me dijo entonces que ese amor estaba lejos de ser una simple ilusión juvenil. El tiempo y la vida se encargaron de probar que no estaba equivocada - dijo la anciana con una serena sonrisa. Hizo una breve pausa y después continuó - Seguramente Candy te habrá contado que por una ironía del destino ella llegó a esta casa proveniente de Inglaterra tan sólo unos minutos después de que tú te habías marchado. 

    - Así es - repuso el joven recordando aquuella ocasión.

    - Sin embargo, tal vez ella haya omitido un detalle que para mi no pasó desaparcibido. Antes de llegar a la casa, Candy se encontró con Jimmy Cartwright y él la puso al tanto de que habías estado con nosotros. Debieras haberla visto entrar por esa puerta gritando tu nombre - explicó la anciana señalando el umbral de la estancia - Había estado lejos de casa por meses, pero no nos llamó ni a mi ni a la Hermana María, ni siquiera nos saludó. Todo lo contrario, con las mejillas encendidas y el pecho agitado lo único que alcanzó a hacer fue preguntarnos con ansiedad dónde estabas tú. Tomó la misma taza que ahora tú sostienes en tus manos y de la cual habías bebido en esa ocasión, tan sólo unos minutos antes. Sintiendo aún tu tibieza intuyó que no podías estar lejos y sin decir más salió corriendo de nuevo para buscarte ¡Sobra decir que la decepción no pudo ser mayor cuando ya no pudo encontrarte! Habría que haber estado hecha de piedra para no sentirse conmovida con su tristeza. Así fue como me di cuenta de que mi niña traviesa se estaba convirtiendo en mujer y que tú eras el responsable de ese cambio. Ahora llegas tú, y de la misma manera te olvidas de saludarme y solamente atinas a preguntar dónde está ella . . . Candy, por su parte, no hizo más que entrar a esta casa hace tres días, y yo no necesité más para entender que tu ausencia es aún capaz de robarle la alegría de estar de nuevo en este lugar que fue su hogar infantil. Hijo, no tienes motivos para dudar del amor que los une a ustedes dos - afirmó la anciana tomando la mano deel joven que le miraba en silencio -  Como madre de muchos, he visto ya diversas historias de amor nacer y crecer en torno de este hogar, pero ninguna de ellas tan conmovedora y hermosa como la de ustedes.  Sin embargo, aún los grandes amores, esos que se dicen fueron hechos en el cielo, necesitan mantenimiento . . .y ese sólo se hace aquí, en la tierra. No esperes que eso se logre si pasas tanto tiempo fuera de casa. El amor de una familia es como una flor delicada que requiere cuidados esmerados. Si no tienes cuidado de ello, las malas hierbas empiezan pronto a crecer alrededor,  sofocando tu flor preciada hasta ahogarla. Hijo, la envidia es mala consejera y sin duda más de un corazón mal orientado habrá trabajado para que tú y Candy llegaran a disgustarse tan seriamente ¿Habrán ustedes de darle gusto a quien envidia su dicha? No es sabio lo que has hecho . . . y tampoco ha sido sabio por parte de Candy al reaccionar de la manera en que lo hizo. La Hermana María y yo no aprobamos ni por un segundo cuando nos dijo que había dejado la casa después de discutir contigo. No importa qué tan grandes sean los problemas en los que ustedes dos se han metido por su falta de prudencia,  huir no es la manera de resolverlos. María   ya se ha encargado de hacerle ver a Candy sus errores. Me toca a mi ofrecerte la perspectiva que solamente los años y la experiencia han podido darme.  .  .  .

        Terrence continuó escuchando a la anciana con atención, y conforme ella más hablaba, le parecía que su alma recobraba la serenidad perdida en los días anteriores. Al mismo tiempo, se veía a si mismo en los meses pasados y al tiempo que la Señortia Pony continuaba su discurso, Terrence podía identificar cada una de las decisiones imprudentes que había tomado y que sin duda habían llevado a su matrimonio al peligroso punto en que se encontraba. 

        Esa noche Terrence hubiera querido salir corriendo de regreso a su casa en Nueva Jersey, pues era ahí a donde Candy se había dirigido cuando sus dos madres la hicieron recapacitar. Pero las tres buenas mujeres que gobernaban la casa no le permitieron al joven hacer lo que hubiese deseado. Por el contrario, prácticamente lo obligaron a cenar algo decente por primera vez en días, le prepararon un baño caliente y depués le dieron a beber algo que  Terrence jamás averigüo qué era, pero que lo tumbó en la cama por doce horas seguidas. 

        A la mañana siguiente, llevando consigo la vieja taza de porcelana se encaminó de regreso a su casa.

 



 

     - La cena está lista - anunció una voz que era capaz de tocar los puntos ocultos en el ánimo de Terrence - Supongo que habrás invitado al Señor Ellis a acompañarnos - añadió la Sra. Grandchester rodeando la cintura de su marido con un brazo. 

    - Precisamente eso estaba a punto de haceer, amor - sonrió el joven respondiendo al abrazo - Ellis, ya lo escuchó usted, nos encantaría que se nos uniera en la cena. Claro, si es que no tiene usted una mejor invitación para esta noche - ofreció el artista.

    - ¿Otra mejor oferta que comida casera? DDe ninguna manera, Sr. Grandchester. Un soltero empedernido como yo no tiene este tipo de invitaciones muy seguido - replicó Ellis sonriente.

        El reportero se congratuló interiormente no sólo por la oportunidad de cenar algo diferente a su aburrido empearedado de queso y tomate, sino porque además veía venir una posibilidad de oro: poder entrevistar a Lady Grandchester durante la cena, cosa que ninguno de sus colegas había conseguido hasta entonces. 

        En los instantes que siguieron Ellis pudo echar un vistazo a la intimidad de la casa Grandchester. La señora de la casa lo condujo al comedor que ya estaba arreglado con sencillo encanto. El servicio era de porcelana alemana y en el centro de la mesa un ramo de rosas amarillas perfumaba el ambiente. Ellis fue instalado a la derecha del anfitrión y pronto un caballero vestido de uniforme entró al comedor para ofrecerle un aperitivo. Al poco rato se escucharon pasos apresurados bajar las escaleras de la estancia contigua y unos segundos más tarde tres personajes hicieron su bulliciosa entrada. 

        El primero de ellos era un muchachito espigado de  rasgos finos y porte seguro que en cada línea del rostro y cada gesto evidenciaba un enorme parecido con el artista dueño de la casa. El niño que debía tener nueve años se acercó a Ellis con soltura y le ofreció su mano mirándolo de frente con un par de enormes ojos tornasolados como los de su padre. 

    - Usted debe ser el Sr. Charles Ellis - ddijo el niño con una seriedad que divirtió mucho a los adultos presentes- Mi nombre es Dylan Terrence Grandchester, señor. Encantado de conocerle.

    - El gusto es mío jovencito - dijo Ellis siguiendo el juego formal del muchachillo y estrechándole la mano de dedos largos y delgados. 

    - Y yo soy Alben Grandchester - dijo una vocecita al lado de Dylan llamando la atención de Ellis cuyos ojos oscuros se tropezaron con otro par de ojos que eran una reproducción más de los del hermano mayor, del padre y de la famosa abuela que Ellis también conocía bien. Sin embargo, el pequeñito que le miraba ahora tenía una expresión un tanto diferente en el rostro. Había algo de luminoso en su carita zurcada de pequeñas pequitas y coronado por bucles dorados e ingobernables que le daban una presencia diferente a la de su hermano. -  Usted es el señor que está sieempppre en el palco enfrente al nuestro y que escribe mucho durante toda la obra ¿Verdad? - preguntó el chiquillo con una suspicacia poco común para sus seis años. 

    - Así es. Entonces ya no nos conocíamos, supongo - le sonrió Ellis y el niño le devolvió la sonrisa evidenciando que estaba cambiando dientes pero que no le importaba mucho esa incomodidad. De todas formas su sonrisa era la más abierta y confiada que Ellis había visto. Algo en ella le recordó a la dama de la casa.

    Fue entonces que Ellis sintió un tirón en el pantalón  que lo obligó a mirar a su izquierda para encontrarse de nuevo con la pequeña portera que le diera la bienvenida a la residencia aquella tade.  

-   -  ¡Oyes! ¡Oyes! - llamó la niñita con urgencia mientras Ellis se admiraba de los enormes ojos verde oscuro de la chiquilla que lo miraban como la luz de una luciérnaga juguetona - Yo soy Blanche¿ Me recuerdas? . . . y tú eres Chuck ¿Verdad?

    - ¡Usted disculpará a mi hermanita, Sr. EEllis! - se apresuró a decir Dylan en su papel de hermano mayor y defensor de las buenas costumbres - Es muy pequeñita y se le olvida cómo debe dirigirse a los adultos.

    - No debes cuidarte de eso jovencito - coontestó enseguida Ellis haciéndole un mimo a Blanche en la mejilla - Yo mismo le pedí a tu hermana que me llamara de esa forma esta tarde cuando nos conocimos y lo mismo va para ustedes dos - dijo el hombre a los dos varoncitos que le respondieron con una sonrisa de aprobación.

    - ¡Bueno, todos! -llamó la señora Grandchhester entrando al comedor mientras ayudaba a la sirivienta a servir la sopa - Es hora de cenar, todos a su lugar.

    Como si hubiese sonado un clarín militar con una orden de gran importancia los chiquillos volaron hasta sus lugares y la cena inició oficialmente. 

        La comida transcurrió entre amenas explosiones de ingenio infantil y la conversación siempre interesante de Lord Granchester. Ellis seguía atento las palabras del actor, pero a su vez su mente trabajaba rápido observando a Candice vigilar a sus hijos mientras dirigía la orquesta de la cena y atendía las necesidades del invitado. Era evidente que se necesitaba una coordinación admirable para controlar tantas cosas a la vez sin perder de vista los inquietos movimientos de los tres chiquillos.

    - ¿Puedo hacerle una pregunta, Candy? - ppreguntó el reportero sin porder contenerse.

    - Adelante, Charles - contestó la dama miientras llamaba a la sirvienta para que volviera a servir más limonada en todos los vasos.

    - ¿Cómo le hace usted para controlar tanttas cosas a la vez?- indagó el hombre con sincero asombro.

    - ¿Eso hago?- contestó la joven con una ppequeña carcajada -¡No lo creo, Charles! 

    - Bueno, yo fui hijo único y  ya meee parece bastante complicado ocuparse de un solo niño. . . .ahora bien, tres al mismo tiempo debe ser una tarea muy difícil.

    - ¡Oh, se refiere usted a mis hijos! - coomprendió la joven observando a los tres pequeños con orgullo maternal - Esto no es nada, mis madres han educado a cientos de niños. Tan sólo cuando yo era niña, éramos diez en la casa.

    - ¿Sus dos madres? - preguntó Ellis confuundido pues sabía que la dama había sido huérfana.

    - Candy se refiere a las dos damas que diirigen el orfanatorio donde ella creció - aclaró Terrence al ver la pregunta dibuujada en el rostro del reportero.

    - ¡Oh, disculpe! - se excusó Charles apennado de haber traído ese tema delicado a la mesa - No quise indagar al respecto.

    - No hay cuidado - repuso Candy sonrientee - Lejos de estar avergonzada de mi origen me siento más que orgullosa de ser una hija del Hogar de Pony. Nuestros  hijos todos saben de dónde vino su madre y están conscientes de que no hay nada de malo en ello. Todo lo contrario, me considero  muy afortunada porque mi vida en esa querida casa estuvo muy lejos de ser la misma que la de Oliver Twist. Realmente no me faltaron ni amor ni principios. Había, claro está, carencias económicas, pero esas cosas pasan desapercibidas cuando lo esencial está presente.

    -  Estoy de acuerdo - comentó Ellis y alentado por la franqueza de la joven señora se atrevió a continuar con más preguntas - ¿Cuánto tiempo permaneció usted en ese Hogar de Pony antes de ser adoptada por los Andley?

    - Bueno, viví mis primeros doce años en eel Hogar y luego fui tomada bajo custodia de la familia Leagan, con quienes viví por más o menos un año, pero ellos nunca me tomaron en adopción. Solamente se comprometieron a darme empleo como compañera de juegos de su hija menor. No fue sino hasta los trece años que fui adoptada por los Andley - replicó la dama

    - Debió haber sido un cambio drástico parra usted ¿No es así?- sugirió el reportero.

    - ¡Enorme! Pero no por lo que usted se immagina - repuso Candy anticipándose a las ideas que se dejaban ver en el rostro de Ellis - Claro que el lujo y las comodidades deslumbran a una chiquilla que nunca ha tenido nada, pero lo verdaderamente difícil fue enfrentarme a un mundo de reglas y costumbres diferentes. Por mucho tiempo me sentí como atrapada en una jaula de oro. De no haber sido por mis primos adoptivos me hubiese muerto de hastío en esa época.

    - ¿Dice usted sus primos? - preguntó Charrles entusiasmado al ver que estaba logrando algo que ni siquiera se había imaginado.

    - Sí, hijos de las hermanas de William Allbert Andley, el caballero que me adoptó. Seguramente debe haber oído de él, siendo el hombre de prensa que es usted.

-     - Oh sí, por supuesto. El polémico seññorr Andley. Por cierto que aún me parece increíble que un hombre tan joven y aún soltero como lo era entonces el señor Andley, tuviera la ocurrencia de adoptar a una chica huérfana.

    - Albert tiene un corazón de oro - expliccó la dama con el rostro iluminado - Me conoció por accidente. Me salvó de morir ahogada en el río cerca de la propiedad de los Leagan y simpatizó conmigo de inmediato. Mis primos, que entonces eran sólo mis amigos y compañeros de juegos, le escribieron pidiéndole me adoptara con el fin de  que todos pudiéramos vivir juntos. Albert pensó que era una buena idea para ayudarme y proporcionarme una mejor educación de la que recibía en casa de los Leagan, así que aceptó la propuesta. 

-     Se dice que usted y el señor Andley son muy unidos - comentó Ellis.

    - Y es cierto. Albert fue mucho más que uun tutor para mi. No puedo decir que fuera relamente como mi padre, porque hay entre nosotros demasiada complicidad y camaradería como para ello, pero no dudaría en considerar que nos vemos como hermanos. Es el mejor amigo de mi esposo y el padrino de todos nuestros hijos -concluyó la mujer con un tono de satiisfacción en la voz.

    - Y es el mejor tío del mundo - apuntóó vvivazmente Dylan atreviéndose a intervenir en la conversación, no sin antes lanzarle una mirada a su madre buscando su aprobación. La joven madre sonrió con la mirada, lo cual alentó al muchachito para continuar - ¡No se imagina usted los lugares a los que tío Albert ha ido! Papá me ha regalado un mapa donde sigo el camino de tío Albert y cuando viene a visitarnos le pregunto las cosas que ha visto en cada uno de esos lugares.  

    - Seguramente les contará historias muy eemocionantes - supuso Ellis dirigiéndose a los chiquillos.

    - ¡Oh sí! ¡Casi tan emocionantes como lass de papá! - respondió Alben espontáneamente y su hermano mayor asintió apoyando al pequeño rubio. 

        La conversación versó entonces por un buen rato sobre los tigres de Bengala, las estampidas de antílopes en la sabana de Kenya, los pigmeos, las maravillas de las pirámides egipcias, las fuentes del Taj Majal y los mil y un objetos fascinantes que el tío Albert traía como regalo para sus sobrinos cada vez que regresaba de sus viajes. Era obvio que el señor Andley era la segunda figura masculina a quien los niños Grandchester rendían admiración absoluta. 

        Cuando llegó la hora de los postres la señora de la casa ordenó a los pequeños que se retiraran del comedor para tomar el útlimo platillo en otra estancia, mientras que los adultos hacían sobremesa. Cada niño se despidió del invitado antes de dejar el comedor. Cuando le tocó el turno a la pequeña Blanche la chiquilla miró de reojo a sus padres y advirtiendo que por un segundo éstos no estaban al tanto de sus movimientos, decidió armarse de valor para realizar un último intento. La niña se puso de puntillas y con una señal de su manecita le indicó a Ellis que inclinara su cabeza. El hombre, suponiendo que la pequeña quería darle un beso, se inclinó de buen grado. Un segundo después Ellis tendría que forzarse para contener la carcajada cuando la pequeña le dijo al oído:

    - ¡Hey! Ya te presté a mi papá toda la taarde - le susurró Blanche apresurada - Me debes unos dulces ¿Cuándo me los traaes?

    -¡Blanche! - llamó el padre con firmeza ccuando see percató de lo que estaba haciendo la niña - ¡Anda ya o no habrá postre para ti! 

        Sobresaltada al haber sido descubierta in fraganti, la pequeña giró sobre sus talones con la vista fija en los ojos de su padre que la observaron con severidad hasta que Blanche no pudo más sostenerle la mirada. La niña bajó la cabeza y salió de la habitación.

    Cuando los niños habían todos salido, los adultos se soltaron a reír simultáneamente. 

    Los hombres quedaron solos en el comedor por un rato, pero después Lady Grandchester volvió a unírseles acompañando al mayodormo que traía el té y una bebida digestiva para el invitado. 

     - Dígame una cosa, Candy - se animó a preguntar Ellis cuando la dama se volvió a sentar a la mesa - ¿Cómo es que una jovencita que ha sido adoptada por una familia tan prominente y que bien podía gozar de una vida regalada, decide hacerse enfermera? 

    - Supongo que tuve más de un  buen mmodelo que emular - contestó la mujer de inmediato - Crecí junto a dos mujeres que me enseñaron con el ejemplo que el servicio a los demás es la chispa que le da sentido a la vida. Luego conocí a Albert de quien aprendí que cada individuo debe buscar su propio camino sin importar la opinión de los demás, y por último en la escuela de efermería conocí a una mujer admirable que no solamente me enseñó el arte de asistir a los médicos en el tratamiento de las enfermedades, sino cómo ayudar a las personas a sobrellevar el duro transe de una estancia en el hospital. 

    - Se dice que usted rechazó todo apoyo dee los Andley para realizar sus estudios de enfermería - continuó Ellis

    - La realidad es que me escapé del colegiio donde ellos me habían enviado a estudiar sin consultarles lo que iba a hacer. De hecho en ese momento no tenía una idea clara de lo que haría con mi vida. Fue en los días posteriores que decidí que quería estudiar enfermería, pero deseaba hacerlo por mi misma - contestó la mujer sorbiendo lentamente el té de jazmines que les había servido Edward - De todas formas no creo que ellos lo hubieran aprobado si les hubiese pedido permiso.

    - Pero el Sr. Andley sí aprobó su decisióón ¿No es así? - preguntó Charles un tanto confundido.

    - De hecho lo aprobó, pero eso fue mucho después . . . En la época que yo tomé la decisión él no estaba en América. Se encontraba haciendo su primer viaje a África y no tuvo ni idea de lo que yo estaba haciendo entonces.

    - ¿Entonces de quién obtuvo usted el apoyyo para ingresar al colegio de enfermería? - indagó Ellis aún más curioso.

    - De mis dos madres que me recomendaron ccon la directora del Colegio de Enfermeras Mary Jane. Ahí tuve la oportunidad de estudiar y trabajar para solventar mis gastos.

    - ¡Vaya! ¡Jamás lo hubiese imaginado!- exxclamó Ellis fascinado con la historia de la joven dama - Pero hay algo que no entiendo muy bien . . . dice usted que antes de entrar a estudiar enfermería los Andley la habían enviado a un colegio y que usted se escapó de ahí. Me admira su coraje, debió usted haber sido muy joven entonces.

    - Tenía quince años cuando me escapé p; y ni un céntimo en el bolsillo para cruzar el Atlántico- rió la joven señora de buena gana - Ahora que lo pienso no sé cómo me atreví a tanto.

    La mención del Atlántico hizo reaccionar a la rápida mente de Ellis que enseguida conectó el dato con la información que el actor había compartido con él durante la tade.

    - ¡No puedo creerlo! - exclamó el hombre asombrado - ¡Usted  huyó de un colegio en Londres en donde conoció al Sr. Grandchester y regresó sola a América sin nada de dinero!

        Las palabras de Ellis tomaron por sorpresa a la joven que por una fracción de segundo lanzó una rápida mirada a su marido. La pareja intercambió imperceptibles mensajes en un lenguaje mudo que ellos sólo podían comprender, para luego volver a atender la conversación sin que Ellis se diera cuenta de lo que había ocurrido entre los dos. 

    - Si me permite, señora - continuó Ellis pensando que era mejor explicarle a la dama la información que el actor le había dado en su entrevista - su esposo me ha confiado que ustedes se conocieron precisamente en ese Colegio, pero jamás me comentó que usted se escapó de ahí al igual que él. 

    - Debo admitir que no todos los ejemplos que tuve en mi adolescencia fueron siempre buenos - contestó la joven rubia en tono de broma, recuperando el aplomo que había perdido por unos instantes al pensar que había cometido alguna indiscreción.

    - ¡Muy graciosa, madame! - la pulló su maarido -  Ve usted Ellis, yo pensaba que ella necesitaba que su familia adinerada la cuidara y ella decide que a fin de cuentas quiere hacer las cosas por si sola. Nunca intente usted entender a las mujeres porque no podrá lograrlo.

        Los tres rieron ante este último comentario y la conversación continuó por un rato más versando sobre los detalles de aquel viaje a América que el lector conoce de sobra.

    - Dígame ahora, Candy ¿Cómo fue que se annimó usted a enrolarse en el ejército? - indagó Ellis - La decisión ya es bastannte difícil para un hombre, y ahora, tratándose de una mujer, imagino que debió haber sido algo muy duro.

        La mujer dejó la taza de té a un lado e inclinando la cabeza por escasos grados como para pensar mejor la respuesta, guardó silencio por unos instantes.

    - En realidad fue algo que resolví hacer en un impulso - contestó la mujer después de unos segundos - Creo que es así como he hecho la mayor parte de las decisiones importantes en mi vida. En realidad no tenía mucho que perder.

    - ¿No tenía mucho que perder? - dijo asommbrado Ellis - Siendo una rica heredera bien hubiera podido elegir ayudar a la causa con fuertes donaciones para el Ejército y la Cruz Roja en lugar de ir en persona a trabajar como enfermera. Yo diría que sí arriesgó mucho.

    - Tal vez no me expliqué muy bien, Charlees - respondió la señora con serenidad - No había nada que me atara a Américaa. Nadie que dependiera de mi de manera directa. Una de mis dos mejores amigas se encontraba a punto de formalizar sus relaciones con mi primo Archibald, la otra estaba viviendo al lado de su familia a millas de distancia, Albert estaba muy ocupado en sus negocios, mis dos madres tenían la responsabilidad de los niños en el Hogar de Pony . . . en fin, todo el mundo tenía una vida propia y responsabilidades personales a las cuales atender. Pensé que todos se la podían arreglar bien sin mi, mientras que sin duda más de un soldado herido estaba  necesitado de una mano amiga. Creáme, Sr. Ellis, en esos momentos no se aprecian las donaciones que un lejano potentado pueda hacer, tanto como una sonrisa y unas palabras de ánimo. Creo que por eso la decisión fue más bien fácil de tomar. El tiempo me enseñó que esa decisión fue la más importante que hice jamás - concluyó la joven mientras tomaba la mano de su esposo que descansaba sobre la mesa. La mirada que la mujer lanzó a su marido fue tan elocuente que el reportero consideró innecesario hacer más preguntas sobre el asunto.

    - Me parece que comprendo lo que usted quuiere decir, Candy - repuso Charles sonriendo - Ahora que converso con usted, me parece que esa fama de rebelde y feminista que todos le achacan es cierta solamente en parte.

    - ¿Eso dice la gente? - preguntó la jovenn entre sorprendida y divertida con las palabras del periodista - Le aseguro que nunca he sido rebelde por el simple placer de ir en contra de todo. Es sólo que muchas cosas que la sociedad impone no me parecen del todo justificadas ¿Habría de obedecerlas ciegamente entonces? He tenido la oportunidad de ver cómo en el fondo aquellos que se dicen hijos de las familias más respetables no son más que tristes fraudes. 

      La mente de Candy voló al pasado. Por sus ojos interiores pasaron imágenes mezcladas provenientes de los días en que viviera en la casa de Eliza y Neil,  de la época del Colegio San Pablo, de los años que siguieron en que los jóvenes Leagan llegaron a la edad adulta y se convirtieron en prominentes figuras de la sociedad de Chicago, para después, al igual que estrellas fugaces, desaparecer en una estridente y penosa caída.

Después de su boda con Terrence Grandchester, Candy vio a los Leagan en muy pocas oportunidades.  Albert se encontraba lejos  y Archie controlaba la fortuna familiar. El consorcio Andley se había desligado por completo de las empresas Leagan & Leagan, así que el contacto entre las familias se hizo cada vez menos frecuente. 

     La tía abuela había tenido un par de sonoras peleas con Archibald, razón por la cual había dejado la mansión de Chicago y se había retirado a vivir a una de las casas de campo que Albert tenía a las orillas del lago.  La dama recibía ahi a sus sobrinos, Eliza y Neil,  que siempre sabían sacar muy buen provecho de aquellas constantes visitas que le hacían a la anciana. Sin embargo, los días en que la Sra. Elroy organizaba grandes fiestas para reunir a la familia, habían pasado ya a la historia.  Así que las oportunidades para que los Andley y los Leagan se reuniesen habían quedado reducidas a un solo gran evento. El cumpleaños de la octogenaria matriarca, el cual era siempre organizado por Sarah Leagan, con una fidelidad inquebrantable. Por supuesto, la tradición, era algo, que no había de perderse.

      Y en aras de esa tradición la Sra. Leagan vencía la repugnancia de invitar a su reunión al poderoso primo Archibald,  al aún más odiado y excéntrico William Albert y a ese par de bohemios indecentes con nombre pomposo que eran los Grandchester.  Claro está, invitar al Conde y a la Condesa daba gran lustre a la reunión y llamaba la atención de la prensa que seguía con frenesí incansable los pasos del famoso artista. Pero soportar la presencia del inglés arrogante y su fresca mujer, que de moza de establo había llegado a ser aristócrata, era sin duda una pena que la estirada dama y sus dos hijos sufrían con estoicismo en favor del lustre de su buen nombre.

    ¿Por qué los Andley y los Grandchester continuaban asistiendo a esa reunión que era soberanamente formal y simplona para el gusto de todos ellos? Bueno, en parte por respeto hacia la Sra. Elroy, que a pesar de sus rabietas y continuos desplantes, era aún la matriarca de la familia, y en parte porque en cierta forma, la mentada reunión era siempre una oportunidad para procurarse un poco de diversión a costa de los primos Leagan. Cada uno de ellos encontraba algo especialmente gracioso de lo cual mofarse en esas ocasiones.

        Archibald obtenía cierto malicioso placer al observar la mal disimulada envidia de su tío,  quien no lograba hacer crecer su empresa desde que el consorcio Andley ya no lo respaldaba. Por más que el pobre hombre intentaba hacer remontar sus utilidades, algo que aún no comprendía muy bien hacía que el crecimeinto de sus negocios permaneciera estancado.  Archie había escuchado en más de una ocasión que su tío se había ocupado en desacreditar a los Andley cuando se enteró de que el joven Cornwell había sido dejado al mando de las empresas familiares. El paso de los años le había hecho comprobar al Sr. Leagan que los maliciosos rumores que se había encargado de diseminar eran más que falsos. Así que Archibald podía ver a los ojos de su tío con altivo triunfo durante esas reuniones por motivo del cumpleaños de la Sra. Elroy y silenciosamente demostrarle que se había equivocado.

        Albert, por su cuenta, no podía resistir la tentación de retar a la tía Elroy presentándose a la reunión vestido siempre de manera informal, luciendo un brillante bronceado que a la Sra. siempre le parecía de mal gusto y haciendo los comentarios más francos y atrevidos que desafiaban los puntos de vista de los ortodoxos invitados. La anciana seguía sin comprender las decisiones de su sobrino, pero había aprendido que la voluntad del joven era inquebrantable así que no le quedaba más remedio que callar.  De manera que Albert se daba gusto chocando a su tía y a los Leagan, que no tenían otra opción que hacer como que nada pasaba ahí. 

        Terrence se daba vida haciéndole segunda a su mejor amigo y como la fama y el encanto  físico le asistían podía darse el lujo de hacer y decir todo lo que le venía en gana. Aún más, había algo que Candy no entendía aún muy bien, pero sin duda era evidente que a su esposo le encataba asistir a esas reuniones y mostrarse especialmente afectuoso con ella en público.  Con el paso de los años la joven llegó a comprender que su marido, siendo en el fondo el mismo muchachito vengativo y malicioso, encontraba simplemente delicioso el poder ostentar la belleza y afecto de su mujer en frente de Neil Leagan y observar cómo el pobre diablo palidecía de envidia y celos.

        Por último, Candy ya no tenía por qué temer los incisivos comentarios de Eliza sobre su origen humilde. Si aún en su infancia y adolescencia, la joven nunca se había dejado intimidar por las palabras maliciosas de la pelirroja, ahora en su edad adulta, con el caracter ya totalmente formado, y con la seguridad que solamente el amor y la estabilidad de un matrimonio sólido le dan a una mujer, a Candy no podía importarle menos lo que Eliza pudiera hacer o decir. 

        Así pues, a esas breves ocasiones se redujo el contacto entre la dama de Fort Lee y los estirados Leagan, que siguieron su vida de esplendor por algunos años hasta que la farsa que mantenían no pudo resistir más. 

        Eliza Leagan había trabajado muy duramente para llegar a ser toda una dama de sociedad igual a su madre. Sin embargo, solamente había conseguido convertirse en  una mujerzuela extraordinariamente cara. Buscando desesperadamente probar al mundo que era bella y deseable había pasado de lecho en lecho desde los diesiete años hasta los veintidós, cuando uno de sus amantes le reclamó fidelidad total bajo amenaza de muerte. 

    Para su gran pesar, el amante en cuestión no era uno de los jóvenes de alta sociedad que a ella le hubiese gustado desposar para adquirir el tan deseado estatus de mujer casada, sino un joven de origen humilde y de ocupación dudosa que su hermano le había presentado en los años de la guerra. 

    Buzzy, sin duda era un hombre apuesto, y a Eliza le había llamado la atención su galanura desde la noche en que había ido a visitar a Neil para entregarle un paquete de opio. Al poco tiempo Eliza lo había convertido en uno de sus "amigos"  predilectos y lo llamaba  siempre que quería tener una noche inolvidable, porque el joven en cuestión era especialmente bueno como amante.  

    Por desgracia, Buzzy acabó encaprichándose con la joven millonaria y después de unos años de sotener una relación sin compromisos con ella, le exigió que no vovliera a acostarse con ningún otro hombre que no fuera él.  Eliza, que tenía planes de casarse con un hombre de su misma clase, no le hizo mucho caso al joven delincuente, pero al poco tiempo recibió una primera advertencia. Una de sus damas de compañías apareció muerta en la picina de la casa de los Leagan en Chicago y a los hermanos Leagan no les cupo la menor duda de quién había sido el autor del asesinato.

        No obstante, ninguno de los dos pudo abrir la boca con la policía porque estaban demasiado involucrados con los negocios de Buzzy como para delatarlo. Neil había estado falsificando los libros de la empresa familiar, sustrayendo así grandes sumas para costearse su adicción al opio, al acohol y al juego ilegal. De manera que a Eliza no le quedó más remedio que complacer a su amante y quedarse soltera a pesar de los reclamos constantes de su madre, que no cesaba de recordarle que todas sus conocidas - incluídas las odiosas hospicianas, Candy y Annie - estaban ya casadas y con hijos, mientras que ella estaba a punto de convertirse en una solterona. 

        Aquella situación duró por un buen tiempo, hasta que los hermanos Leagan se cansaron de tener que obedecer los caprichos de Buzzy, que había acabado por convertirse en un cruel extorsionador, exigiéndoles cada vez más dinero a cambio de opio y silencio. Así que ambos decidieron finalmente traicionarlo aliándose con otro individuo, rival y enemigo de Buzzy. Desgraciadamente la jugada les salío mal y fueron descubiertos antes de que el nuevo aliado de los Leagan pudiera eliminar a Buzzy. 

        El joven ganster mató a su rival  y luego urdió un plan para vengarse de su amante y su hermano.  Descartó todos los métodos que comúnmente los hombres de su medio utilizaba para realizar sus vendetas. Después de todo aquello no era una rencilla entre las "familias" de Chicago, sino un escarmiento para un par de estirados que creían que podian burlarse de él. Para ellos había que diseñar algo que realmente les doliera más que perder la vida tras días de tortura física. 

        Así que Buzzy hizo como si no se hubiese dado cuenta y siguió sus relaciones con los Leagan por un año más. Los hermanos, por su parte, temblaron de miedo al principio, pensando que el amante de Eliza terminaría por asesinarlos, pero al ver que pasaba el tiempo y Buzzy parecía no darse por enterado, se confiaron y decidieron seguir como hasta entonces. 

        En ese espacio Neil siguió firmando pagarés, falsificando documentos y vendiendo bienes raíces a espaldas de su padre para solventar sus escandaloso tren de vida. Sin que el joven millonario se diera cuenta, Buzzy empezó a apropiarse de la fortuna Leagan preparando lentamente los detalles de su venganza. Cuando el escenario estuvo ya listo, el joven ganster dió el tiro de gracia enviándole al Sr. Leagan una misiva anónima en la que le relataba con lujo de detalles y varias fotografías como prueba, la clase de vida que sus dos hijos llevaban a sus espaldas. 

        El altivo Sr. Leagan sufrió un infarto al recibir la noticia y por recomendación de su médico se retiró a descansar a su mansión de Lakewood durante unos días. Todo parecía apuntar hacia la recuperación del magnate, pero contrario a los pronósticos, el hombre murió la semana siguiente. Se sospechó que la muerte del Sr. Leagan no se había debido a causas del todo naturales, pero no se pudo saber más sobre el asunto.

        A la postre, la muerte del Sr. Leagan resultó en consecuencias tremendas para la fortuna familiar ya que las acciones de las empresas Leagan & Leagan bajaron dramáticamente. Neil, que era sumamente torpe en los negocios, terminó por malbaratar las ya mermadas riquezas que había heredado y en menos de seis meses después de la muerte de su padre tuvo que declararse en quiebra. 

        Archibald, cumpliendo lo que una vez se había prometido, observó la caída de su primo con total indiferencia. No movió ni un solo dedo, aun cuando Neil fue a rogarle le concediera un préstamo para evitar la bancarrota. 

    - No quiero que utilices el dinero de la familia Andley para financiar tus porquerías - había sido la altiva respuesta del joven Cornwell - Estoy al tanto de tus conexiones con la delincuencia organizada de esta ciudad. Date por bien servido que no te delate a las autoridades. Con las pruebas que he colectado en contra tuya bien podrían darte varios años de cárcel.

        Así que a Neil no le quedó más remedio que vender varias de sus propiedades para saldar sus deudas con Buzzy y con los accionistas de las empresas Leagan & Leagan. Pero a los Leagan les quedaba aún un recurso para salvar su posición económica: la fortuna de la tía abuela Elroy.  Desgraciadamente  para ellos la venganza de Buzzy llegó aún más lejos. Como broche de oro vendió la información que tenía sobre Eliza Leagan a un periodista sin escrúpulos quien reservando en el anonimato el nombre de Buzzy y sus socios, expuso las relaciones ilícitas de la Srita Leagan al dominio público. Después de que ese artículo salió a luz pública la Sra. Elroy no quiso volver a ver a sus sobrinos por el resto de su vida. Por el contrario, decidiendo que había estado equivocada, se reconcilió con Archibald, que para entonces ya estaba casado con Annie Britter y a quien la anciana terminó aceptando al paso del tiempo.

        Aquello fue el colmo del descrédito  y la desgracia para los Leagan que debieron de retirarse a su mansión de Lakewood, única propiedad que les quedaba, viviendo de una modesta pensión proveniente de cierto fideocomiso que William Albert tenía bajo su custodia y que les entregó al leerse el testamento del Sr. Leagan. Ahí en el campo, alejados del esplendor de otros tiempos, con apenas un par de sirvientes -insuficientes para mantener la enorme casa-  Eliza y Neil tuvieron que enfrentar la dureza de la estrechez económica por primera vez en sus vidas. Pero Candy ignoraba que lo peor vendría para un tiempo después, durante la época de la gran Depresión, que estaba por desatarse al año siguiente de su entrevista con Charles Ellis.

 

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