Entrevista con un artista






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fecha de publicación28.06.2016
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Terrence:

Creo que la distancia que ha mediado entre los dos este último año nos ha hecho más daño del que yo quería admitir. Me temo que si esta situación sigue como hasta ahora pueda afectar a nuestros hijos. Dios sabe que eso es lo último que desearía. Me parece que es mejor que nos tomemos un tiempo lejos uno del otro para reflexionar sobre las cosas que queremos hacer cada uno con nuestras vidas de ahora en adelante. Partiré con los niños para tomarnos un descanso juntos. Por favor, no nos busques. No tengas cuidado de Dylan y Alben. Ellos estarán bien conmigo.

 

Candice.

 

Después de leer aquella nota se dislocaron los cimientos que sostenían el delicado equilibrio de su vida. De la noche a la mañana parecía que la oscuridad vivida en otro tiempo y prácticamente olvidada durante cinco años de estabilidad emocional volvía de súbito a tomar el control.

Como nunca antes Terrence comrpendió que las bendicones terrenas son frágiles como las alas de las mariposas, que si bien pueden conservarse toda la breve vida del insecto, también pueden destruirse prematuramente bajo alguna mano inconsciente. Entumecido por aquel golpe con la realidad no atinó a hacer movimiento alguno hasta varias horas después ¿Cómo reacciona un hombre cuando todo parece indicar que su esposa lo ha abandonado? Si Albert Andley o Andre Graubner hubiesen estado cerca sin duda él hubiese corrido a buscarles, pero el millonario estaba entonces en Inglaterra, ocupado en consolar a Raisha Linton después de la muerte de su padre, y Graubner estaba por mudarse de Lyon a Bavaria. Miles de millas lo separaban de sus dos mejores amigos. Estaba solo en aquel embrollo en el que él se había metido inconscientemente.

Sin embargo, no todo lo que le había enseñado la vida se había olvidado en aquellos días de bonanza. Al menos algo había aprendido y eso era a ser menos reacio a reconocer sus errores. Así que una vez que su mente y corazón terminaron de entender la gravedad de la situación Terrence decidió que no tenía otra opción que tomar cartas en el asunto.

- ¿Qué haces cuando todo lo demás falla? - le había preguntado Archibald un par de años atrás, cuando el joven millonario luchaba por recuperar el amor de la mujer quen no había sabido apreciar.

. ¡Rogar! - había sido la sencilla respuesta del actor.

Y si de rogar se trataba Terrence decidió entonces que estaba dispuesto a hacerlo de nuevo.

Por supuesto, todavía tenía deseos de desollar vivo a Nathan Bower,  pues estaba seguro de que la supuesta amistad del actor irlandés con Candy no era más que una poca caballerosa estratagema de Nathan para comprometer a la dama que lo había atraído desde el primer momento en que posara sus ojos en ella. Bower tenía fama de casanova y Terrence sabía de sobra que su mujer era una joya que fácilmente despertaba la codicia de aquellos que suelen encontrar diversión en hurtar lo prohibido. Por otra parte, el joven actor no tenía dudas de la virtud de su esposa, pero temía que la amistad con Bower fuese a desencadenar las dañinas habladurías de Broadway.

Eso había sido lo que había hecho estallar la discusión, pero ya con más frialdad Terrence reconocía que se había extralimitado con las palabras. En suma, se sentía avergozado del modo como le había recriminado a su esposa por su amistad con Bower y bastante preocupado por las cosas que Candy le había echado en cara por los rumores que corrían sobre su relación con Marjorie Dillow.

- ¡Marjorie Dillow! - se decía él mientras movía la palanca de velocidades con nerviosismo - ¡Malditos reporteros y maldita sea mi suerte! ¡Debí haber tenido más cuidado con Marjorie! . . . 

 



 

- Imagino que no fue  fácil  decidirse a reducir su ritmo de trabajo cuando estaba teniendo usted tanto éxito. - sugirió Ellis haciendo que la mente de Terrence regresara al presente.

- En realidad no me tomó demasiado esfuerzo- contestó enseguida el artista cubriendo las emociones que en él habían despertado los recuerdos con su bien entrenada habilidad para controlar cada uno de sus gestos- Lo cierto es que después de más de un año de no estar en casa durante largos periodos, me encontraba cansado, insatisfecho  y . . diríase que incompleto. Cuando di por terminada esa cadena de giras frenéticas y empecé a disfrutar a mi familia, me di cuenta de lo estúpido que estaba siendo ¿Me entiendo, usted, Ellis?

- Creo que sí  . . - repuso Charles con una sonrisa de comprensión - Pero siendo el hombre inquieto que usted sin duda es, su mente no  se ha dado tregua en este tiempo. Por el contrario, se ha vuelto un escritor muy prolífico durante los últimos años. Voy a hacerle una pregunta que tal vez sea gastada y hasta un tanto estúpida ¿De dónde toma usted ideas para sus obras? Siempre nos sorprende con temas disímbolos.

El semblante de Terrence se relajó aún más y acomodándose de nuevo en el sillón se dispuso a contestar con placidez.

- Siempre me ha gustado observar a la gente. Mis historias en realidad no son mérito propio. Las tomo de las personas que alguna vez se han cruzado en mi camino y de los sentimientos que todos alguna vez hemos experimentado.

- En su ultima obra, "Al otro lado del Atlántico" usted relata la historia  de un hombre que vive obsesionado por el recuerdo de una pasión no correspondida que casi lo lleva al suicidio ¿Tenía usted en mente a alguna persona en especial cuando creó al personade de Jules?

- Bueno, de hecho le debo la historia a dos hombres que conozco, cuyos nombres obviamente no puedo revelarle - contestó el artista con un amplio movimiento de su mano derecha - Encontré sus experiencias hasta cierto punto . . digamos . . .paralelas. Junté algo de aquí, algo de allá y el resto lo confeccionó la imaginación.

-¿Fueron ellos tan afortunados como Jules al final de la obra? - preguntó Ellis interesado.

-          Puedo decirle sin temor a equivocarme que  así ha sido – aseguró Terrence pensando en Yves a quien había visto por última vez el año anterior. El tiempo, que es siempre la mejor medicina para el alma, había logrado que el joven médico olvidase sus pasados fracasos amorosos, abriéndole también los ojos ante el cariño de una mujer que lo había amado silenciosamente por años. Terrence recordaba todavía aquellos adioses en la sucia estación del tren, entre pertrechos y municiones. En esa ocasión Terrence sabía que a pesar de la sonrisa que Yves se esforzaba en mantener había aún una dolorosa sensación de pérdida que se ocultaba detrás del rostro sereno del médico.

A veces, en los momentos de serenidad plena cuando contemplaba el rostro de su esposa durmiendo a su lado, se solía preguntar lo que hubiese sido su vida si fuese otro, tal vez Yves o Archibald, quien gozase la dicha de tener a Candice en su lecho. En esos instantes Terrence no dejaba de asombrarse de que el corazón de la joven lo hubiese elegido a él, y como a pesar de su carácter impulsivo Terrence era un hombre de naturaleza noble, no podía evitar sentir algo de pena por sus antiguos rivales. Con el tiempo el actor había llegado a la conclusión de que tal vez el cielo había querido compensarle las carencias de la infancia con el don de un amor bien correspondido. En silencio su corazón hacía votos para que tanto el magnate como el médico pudieran encontrar por lo menos una pequeña parte de la dicha que él disfrutaba.

Afortunadamente sus buenos deseos habían sido escuchados y ambos jóvenes habían terminado por recobrarse de los pasados fracasos. Después de la guerra Yves había dejado el ejército dedicándose a ejercer su profesión en un hospital en París. Le tomó mucho esfuerzo sobreponerse a la depresión que le sobrevino cuando la urgencia de las batallas hubo terminado y tuvo que enfrentarse a la dura realidad de ver a todos sus hermanos y amigos ya casados mientras él continuaba solo. Para su buena suerte, la ayuda le llegó del lugar menos pensado.

La vida acabó enseñándole que el amor está a veces aguardándonos a la vuelta de la esquina a pesar de que  nos obstinemos en ignorarlo. Lentamente, de manera casi imperceptible, la tímida compañía de una buena amiga fue convirtiéndose en la mejor medicina para sanar sus heridas y una buena mañana Yves se despertó dándose cuenta de que ya no había dolor en el corazón. Pero hacía falta más que eso para que el joven médico advirtiese que un nuevo afecto crecía ya en su pecho. 

En 1924 Paul Hamilton falleció finalmente, víctima de su alcoholismo crónico. Su viuda, al verse liberada de aquel lastre que le había marchitado la juventud, le escribió a su hija mayor, Flammy, rogándole que volviera a América. La Sra. Hamilton esperaba que una vez desaparecido su esposo, causa principal del alejamiento de Flammy, la joven pudiera sentirse más cómoda para volver a Chicago al lado de su familia. 

Habían pasado largos diez años desde aquella vez que Flammy dejara los Estados Unidos para irse a trabajar a Francia como enfermera militar y la idea de regresar a Chicago le cayó de sorpresa a la joven. No era algo que estuviera en sus planes, pero por primera vez en mucho tiempo la nostalgia invadió su corazón y empezó a considerar la opción. La joven había decidido quedarse en Europa al término de la guerra porque en el fondo acariciaba la remota idea de lograr conquistar el cariño de un hombre, pero los años habían pasado y aunque podía jactarse de haberse ganado la confianza y la amistad de Yves Bonnot, parecería que éste no podía ver en ella más que una buena amiga.

Flammy se miraba al espejo y se sentía vieja. Aunque gracias a la influencia de Julienne, Flammy había aprendido a sacar mejor partido de su apariencia, la joven sentía que no importaba cuánto se esforzara, nunca podría llegar a competir con la belleza de su antigua condiscípula de la escuela de enfermería. Y como al parecer Yves no estaba dispuesto a conformarse con menos que eso, Flammy finalmente decidió que era tiempo de volver a ver el lago Michigan.

Curiosamente esa fue la mecha que prendió la flama que estaba durmiendo en el corazón de Yves. Cuando la muchacha le confió su decisión de regresar a su país natal Yves quedó impávido y apenas si hizo algún comentario al respecto. Después de esa entrevista Flammy no supo de su amigo en más de un semana por lo que se imaginó que al joven no podía importarle menos su decisión. Sin embargo, como seguía siendo la misma orgullosa Flammy de siempre se tragó las lágrimas y siguió adelante con los preparativos de su viaje.

Contrariamente a lo que la joven morena pensaba, esos días fueron los más espantosos que Yves podía recordar desde sus experiencias de guerra en el bosque de Argona. De repente todo cuanto creía cuerdo y cierto se convirtió en locura ¿Era natural sentirse tan desquiciado porque una buena amiga se iba lejos? Triste, tal vez sí . . . melancólico, inclusive ¿Pero totalmente desesperado? De buenas a primeras Yves sentía que la vida perdería el sentido si Flammy Hamilton no estaba a su lado y entonces finalmente se dio cuenta de que estaba enamorado de ella. Esos impulsos extraños que últimamente sentía cuando estaba cerca de ella hacía un buen tiempo que habían dejado de ser meramente fraternales, pero sus sistemas de defensa no se lo había permitido ver.

Sin embargo, la confusión que pronto se convirtió en certeza terminó por degenerar en nuevos miedos ¿Cómo decirle de repente a su mejor amiga que se había enamorado de ella? Eso era algo que ya había vivido antes y lo último que necesitaba era un nuevo rechazo. Flammy parecía siempre tan independiente y desinteresada en los hombres . . Así que Yves terminó rindiéndose ante su cobardía y dejó partir a Flammy sin decirle nada y ella a su vez hizo lo propio guardándose sus sentimientos en secreto a pesar de la insistencia de Julienne para que se sincerara con Yves.

Después de la partida de Flammy las cosas fueron de mal en peor para Yves. Su madre pensó alarmada que esta vez su hijo terminaría loco. Pero afortunadamente, la patente distancia que había entonces entre él y Flammy fue obrando un cambio en el ánimo del joven que del miedo pasó a la desesperación para luego terminar por recobrar el coraje perdido.

Así pues, una de esas lánguidas tardes de verano en Chicago, Flammy interrumpió el trabajo de limpieza que estaba realizando en su recién alquilado apartamento. Alguien llamaba a la puerta, así que la joven dejó de lado el delantal de percal que llevaba puesto y se dirigió a la entrada para descubrir con enorme sorpresa que del otro lado del umbral estaba parado Yves Bonnot, mirándola como si ella fuese la mujer más hermosa de la tierra. Después de ese momento pocas palabras se necesitaron. Con la naturalidad de algo que es ya demasiado obvio, ambos jóvenes se entregaron al sentimiento que había anidado en sus corazones por largo tiempo. Cuando las más elementales explicaciones se hubieron dado e Yves tomó en sus brazos a Flammy para besarla por primera vez, no pudo evitar preguntarse mientras se perdía en el placer de la caricia por qué había esperado tanto tiempo para volver a vivir. Desde entonces ambos jóvenes se ocuparon en recuperar, si no los años, por lo menos la pasión desperdiciada.

No mucho tiempo después la pareja contrajo matrimonio. Sin olvidar a quien seguía considerando su mejor amiga a pesar de los años y la distancia, Flammy invitó a los Grandchester al sencillo enlace. Para Candy, que no había dejado de rezar ni un solo día por Flammy e Yves, aquél fue un día de fiesta tan importante como lo habían sido las bodas de Annie y Patty. La rubia temió al principio su encuentro con Yves a quien no había visto desde aquella desafortunada noche del baile, pero al ver el semblante feliz y pleno del joven, Candy pudo al fin respirar aliviada, pues en cierto modo aún se sentía culpable por no haber podido corresponder a los sentimientos de su amigo. Finalmente podía volver a ver directo a las pupilas grises de Yves sin tener que bajar los ojos, podía verlo de frente y sentir simplemente la mirada de un buen amigo.

Tiempo después Yves le contaría a Terrence lo que había sido de su vida desde el fin de la guerra y así, con algo de las experiencias del joven médico, y algo de lo que Archie le confiara alguna vez, nació “Al otro lado del Atlántico”, obra que había abarrotado los teatros de todo el país en fechas recientes.

La conversación entre Terrence y el reportero continuó un buen rato más, mientras el joven artista contestaba detalladamente las preguntas que sobre sus obras le hacía Ellis, quien con el paso del tiempo y la experiencia se había convertido en un verdadero experto en la materia. 

Un poco cansado de estar sentado el aristócrata invitó al periodista para mostrarle su casa al tiempo que continuaban la conversación. Ellis revisó fascinado la gran colección de libros que el actor tenía en su biblioteca y los objetos exóticos que mantenía guardados dentro de una vitrina que adornaba su estudio. Los que no habían sido colectados por el propio Grandchester en sus diversas giras, eran regalo de Albert Andley, fruto de los incesantes viajes del millonario.

 

Esta es una máscara de la tribu Watusi – explicó Terrence mostrándole al reportero la colorida presea mientras le explicaba el uso que le daban los nativos de esa tribu a semejante objeto – El fallecido suegro de Albert era un experto geógrafo y antropólogo. Pasó muchos años de su vida en África. De hecho fue ahí donde Albert conoció a los Linton.

-          Ya veo . . . Pero dígame . . . ¿Puedo preguntarle qué hace esto aquí? - indagó Charles señalando una sencillla taza de porcelana barata que lucía extrañamente ordinaria en medio de aquella colección de curiosidades exóticas. 

     Terrence curvó sus labios bien trazados en un gesto enigmático al tiempo que tomaba la taza de la vitrina.Era, efectivamente un objeto viejo, deslucido y simplón entre estatuillas de marfil laboriosamente talladas provenientes de la india; piezas de talavera traídas del centro de México y pipas ceremoniales de la tribu Cheyenne. 

-     Esto, Ellis, es un pequeño recordatorio - masculló el joven artista con un leve suspiro - ¿Ve usted este objeto común y poco atractivo? Cada vez que lo observo me sirve para tener siempre en mente que las cosas verdaderamente valiosas en la vida del hombre no son las que el dinero puede comprar . . . aún así,  requiere mucho más esfuerzo obtenerlas y mantenerlas que amasar una gran fortuna. Es un obsequio de una anciana dama a quien debo sin duda una de las lecciones más importantes de mi vida- terminó de explicar el hombre.

 

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