La poesía. Tras la guerra, ejerció un profundo magisterio, alentando a los poetas jóvenes y compartiendo sus inquietudes. En 1949 ingreso en la Real Academia






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fecha de publicación27.06.2016
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Vicente Aleixandre

Vida poética.

Nació en Sevilla (1898), pero a los dos años se tras­ladó su familia a Málaga y, a los nueve, a Madrid. Estudió Derecho y Comercio, pero se entregó de lleno a la poesía. Tras la guerra, ejerció un profundo magisterio, alentando a los poetas jóvenes y compartiendo sus inquietudes. En 1949 ingreso en la Real Academia. En 1977, recibe el Pre­mio Nobel. Muere en 1984.

Su vocación se despertó con la lectura de Rubén Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez; luego quedaría marcado por el Surrealismo. Pero muy pronto fragua su peculiar estilo: 1lo0 caracterizan las imágenes visionarias grandiosas, y el ver­so amplio, solemne.

Para Aleixandre, «poesía es comunicación», más que belleza; ello orienta toda su obra, pero conviene distinguir en ella varias etapas.
Primera etapa.
Es de un hondo pesimismo. El hombre, marcado por el dolor y la angustia, aparece como la criatura más desvalida del universo. Más valdría ser vegetal piedra. El ideal sería volver a la tierra, fundirse con la Naturaleza. Este anhelo da, a menudo, una fuerza telúrica a su poesía, a lo que coadyuva la potencia y la fascinación de las imágenes surrealistas. Dos títulos destacan en esta etapa:

  • En La destrucción o el amor (1932-33), la pasión amo­rosa es una fuerza destructiva y, por tanto, liberadora, ya que puede devolvernos a la tierra. Hay en este libro algunos de los poemas amorosos más intensos de nuestro tiempo.

  • Sombra del Paraíso (1939-43) es la «visión del cosmos en su gloria, antes de la aparición del hombre y, con él, del dolor y la limitación». Es decir: desde este destierro, visión de un edén libre del sufrimiento. El lenguaje poético es bellísimo. Y el libro (publicado en 1944, como Hijos de la ira de Dámaso Alonso) produjo un impacto decisivo en el panorama de posguerra.

Destacan otras obras como Ámbito (1928), Espadas como labios (1932), Pasión de la tierra (1935), Mundo a solas (150) y Nacimiento último (1953).
Segunda etapa.

Entre 1945 y 1953 compone Historia del coran, libro que supone «una nueva concepción». Ahora, el hombre es visto positivamente. Sigue siendo una criatura que sufre y lucha, pero Aleixandre destaca ahora el valor de la solidaridad en esa lucha. Y el poeta debe ser «una con­ciencia puesta en pie hasta el fin», solidario con los demás. Así se verá en poemas como «El poeta canta por todos». El amor es también ahora una forma positi­va de unión, que inspira otros espléndidos poemas. En la misma línea se sitúa su libro siguiente: En un vasto dominio (1962). El estilo de Aleixandre, en esta etapa, se hace más sencillo, pero sin perder su subyugante andadura.

Tercera etapa.

A los setenta años sorprende Aleixandre con una nueva cima: Poemas de la consumación (1968). El ancia­no poeta, para quien la juventud es «la única vida», canta con tono a la vez trágico y sereno la consumación de su existir. El estilo sufre un nuevo cambio: es más escueto, más denso y vuelve a dar entrada a elementos ilógicos y surrealistas, muy hondos. Semejante hondura y mayor dificultad alcanzo en su último libro, Diálogos del conocimiento (1974), conjunto de largos poemas filosóficos. La inquietud creadora de Aleixandre y su capacidad de renovación asombraron hasta el fin.

Práctica. “El poeta canta por todos”.
Ya sabemos que Historia del corazón (1954) es clave en la segunda etapa de Aleixandre. En esta obra vemos cómo el poeta sale de sí mismo, de su mundo personal, para volcarse y reconocerse en los dolores y anhelos comunes. El título es bien significativo: su canto es ahora expresión de todos y va dirigido a “todos los oídos”. Este es el poema íntegro, con sus tres partes.
I

Allí están todos, y tú lo estás mirando pasar.

¡Ah, sí, allí, cómo quisieras mezclarte y reconocerte!

El furioso torbellino dentro del corazón te enloquece.

Masa frenética de dolor, salpicada

contra aquellas mudas paredes interiores de carne.

Y entonces en un último esfuerzo te decides. Sí, pasan.

Todos están pasando. Hay niños, mujeres. Hombres serios. Luto cierto, miradas.

Y una masa sola, un único ser, reconcentradamente desfila.

Y tú, con el corazón apretado, convulso de tu solitario dolor, en un último esfuerzo

te sumes.

Sí, al fin, ¡cómo te encuentras y hallas!

Allí serenamente en la ola te entregas. Quedamente derivas.

Y vas acunadamente empujado, como mecido, ablandado.

Y oyes un rumor denso, como un cántico ensordecido.

Son miles de corazones que hacen un único corazón que te lleva.
II

Un único corazón que te lleva.

Abdica de tu propio dolor. Distiende tu propio corazón contraído.

Un único corazón te recorre, un único latido sube a tus ojos,

Poderosamente invade tu cuerpo, levanta tu pecho, te hace agitar las manos cuando

ahora avanzas.

Y si te yergues un instante, si un instante levantas la voz,

yo sé bien lo que cantas.

Eso que desde todos los oscuros cuerpos casi infinitos se ha unido y relampagueado,

que a través de cuerpos y almas se liberta de pronto en tu grito;

es la voz de los que te llevan, la voz verdadera y alzada

donde tú puedes escucharte, donde tú, con asombro, te reconoces.

La voz que por tu garganta, desde todos los corazones esparcidos,

se alza limpiamente en el aire.
III

Y para todos los oídos. Sí. Mírales cómo te oyen.

Se están escuchando a sí mismos. Están escuchando una única voz que los canta.

Masa misma del canto, se mueven como una onda.

Y tú, casi disuelto, como un nudo de su ser te conoces.

Suena la voz que los lleva. Se acuesta como un camino.

Todas las plantas están pisándola.

Están pisándola hermosamente, están grabándola con su carne.

Y ella se despliega y ofrece, y toda la masa gravemente desfila.

Como una montaña sube. En la senda de los que marchan.

Y asciende hasta el pico claro. Y el sol se abre sobre las frentes.

Y en la cumbre, con su grandeza, están todos ya cantando.

Y es tu voz la que les expresa. Tu voz colectiva y alzada.

Y un cielo de poderío, completamente existente,

hace ahora con majestad el eco entero del hombre.



  • Lee el poema atentamente y busca en el diccionario las palabras que desconozcas.

  • El poema debe leerse como una alegoría. Resume su sentido literal y su significación profunda.

  • Señala la estructura y el tema.

  • Los últimos cinco versos nos dan la imagen de una ascensión: ¿cuál es su sentido simbólico y qué anhelo del poeta revela?

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