Se adelantó a su tiempo en sus últimas propuestas dramatúrgicas. De textos naturalistas con el rigor sicológico en el que se adentró






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OCTUBRE

7: El Sueño

August Strindberg (Estocolmo, 1849 - 1912) se adelantó a su tiempo en sus últimas propuestas dramatúrgicas. De textos naturalistas con el rigor sicológico en el que se adentró -- La señorita Julia, Los acreedores o El Padre--, hasta un acercamiento al simbolismo y al teatro del absurdo que años después se convirtieran en corrientes vanguardistas: La danza de la muerte, El sueño y Sonata de los espectros, son un ejemplo.

El interés y estudio que Strindberg tuvo de los descubrimientos de Freud, y otras personalidades, para desentrañar el comportamiento humano, provocó que sus obras adquirieran una profundidad y complejidad sicológica impresionante. El juego de poder entre los individuos, el duelo de mentalidades, la ambivalencia, el dominio de los sentimientos y la manifestación del inconsciente, fueron elementos que marcaron a un gran dramaturgo, también admirado por Ibsen. No es casual que al siguiente año que Freud publicara “La interpretación de los sueños” (1900), Strindberg escribiera su obra de teatro El sueño (llevada a escena hasta 1907).

En la ciudad de México Jodorowsky hizo una paráfrasis de esta obra en 1966 y salieron a la luz otros estrenos universitarios como el montaje de Gilberto Guerrero en el 2003. Actualmente, bajo la adaptación y dirección de Juliana Faesler, se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM en donde el énfasis está dado en la propuesta visual, más que en el contenido.

En El sueño de Strindberg, el protagonista es el sujeto: el que sueña, el poeta, el escritor. Y este personaje se desdobla, como en los sueños, en otros personajes que reflejan sus obsesiones, su necesidad de redención, su sensación de sufrimiento en esta vida donde a los humanos lo único que queda es tenerles compasión. Si bien en un principio Strindberg fue repudiado por sus blasfemias a la religión, en El sueño las metáforas religiosas proliferan y significan un sometimiento a la divinidad, como señala Estela Ruiz Milán en su libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. El hilo conductor es la hija del Dios Indra que baja a la tierra para darse cuenta de que los humanos padecen más de lo que se imaginaba y que en el sufrir está su redención. La dinámica de la obra está llena de repeticiones, personajes de los que ella adquiere su cuerpo convirtiéndose en la veladora de un teatro, en el oficial frente a un amor imposible o el hijo que ve a lo lejos a sus padres (que como los de Strindberg, ella era la sirvienta y una mujer muy religiosa). Todo sucede frente a una puerta por la que no se puede pasar, una escuela o un no espacio. Finalmente, cuando es posible averiguar qué hay detrás de esa puerta, lo único que se encuentra es “la nada”.

Juliana Faesler hace una adaptación que en nada ayuda a la comprensión de este mundo onírico del que vive el sueño, de esta realidad que emana del inconsciente de un hombre/hija de un Dios. Esta complejidad sicológica requería de mucha profundidad para poder plantearla. La dirección de actores se maneja totalmente en la superficie, la creencia escénica está ausente y lo importante en este montaje es la forma; las resoluciones escénicas.

La iluminación y escenografía de Juliana Faesler son de gran calidad. El imaginativo juego con módulos que son paredes, rincones, o sólo límites, dan silencios, pausas e imágenes sencillas que mantienen vivo el espectáculo. La sensación al presenciar El sueño de Juliana Faesler, --también integrante del Consejo asesor de la Dirección de Teatro de la UNAM--, es de una gran belleza escénica, pero que nos deja un vacío existencial.

14: Un soldado en cada hijo/Códice Tenoch

La Compañía Nacional de Teatro y la Royal Shakespeare Company conjuntaron su creatividad, y en un hecho inusitado, llevaron a escena la obra de Luis Mario Moncada Un soldado en cada hijo/El Códice Tenoch para contar la historia del establecimiento del imperio mexica, el más grande de Mesoamérica y la conformación de la Triple Alianza a finales del siglo XV.

El trabajo del autor dio frutos, y nos llena de orgullo, porque logró convocar a estas dos compañías y estrenar su obra en el World Shakespeare Festival de la Olimpiada Cultural de Londres el verano pasado y ahora presentarla en el Festival Internacional Cervantino y en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris.

El texto de un dramaturgo mexicano dirigido por la directora inglesa Roxana Silbert y con un elenco y equipo creativo mixto, provoca una extraña sensación en el manejo de los códigos culturales puesto que lo que se narra es un fragmento de la historia de nuestro pasado prehispánico y porque en esta primera etapa, la obra es interpretada en inglés con actores de ambas compañías.

El resultado es una obra atractiva en la que las tribus de aquel entonces se mezclan con el concepto de tribus urbanas de hoy peleando por un territorio, por el dominio de una zona o el tributo obligado para el triunfador. Luis Mario Moncada utiliza un lenguaje coloquial y la trama corre ágil y con tensión dramática durante todo el primer acto de la obra, a pesar de la mínima traducción simultánea al español. El autor maneja con fluidez los múltiples intrincados que se suscitan por las alianzas militares y las traiciones en la conformación del imperio mexica; los planes de frente o a espaldas de los implicados y una que otra historia de amor. La directora resuelve hábilmente los cambios de espacios, las escenas de guerra o de planificación de estrategias, en contraste con momentos intimistas como el de Ixtlixóchitl enamorando a Zilamiauh o de conjuros y engaños como los interpretados por la excelente actriz Susie Trayling en el papel de Tecpa, hija del Gran Señor de Azcapotzalco y prometida a Ixtlixóchitl, hijo del Gran Señor de Texcoco, para unir esos dos reinos.

El nivel actoral, como sería de esperar, es de primera, y nos estremecemos, por ejemplo, con la muerte de Tezozómoc, interpretado por John Stahal o nos rebelamos frente al cinismo de Yacanex, -Ian Batchelor- futuro Señor de Chalco. La dificultad del idioma obstaculiza un tanto el trabajo de la CNT, y aun así el reparto masculino resalta, en particular Andrés Weiss.

Originalmente, comenta el autor, Un soldado en cada hijo/El Códice Tenoch sería una trilogía para presentar tres historias: la de Ixtichóchitl, señor de Texcoco, Tezozómoc, señor de Azcapotzalco e Izcóatl señor de Tenochtitlán. Finalmente unió estos tres momentos, que abarcan un periodo de 30 años, en una mismo espectáculo y dio como resultado la obra que ahora se presenta. Su propuesta fue hacer un paralelismo con algunas obras de teatro de William Shakespeare: Hamlet, El Rey Juan y Ricardo III, --lo cual ha causado polémica respecto a la idea original-- y apostar por la empatía que surge a partir del concepto de que el hombre es el constructor de su propio destino.

El equipo creativo colabora al buen resultado de esta puesta en escena: la escenografía de Jorge Ballina basada en los códices y complementada por el video, la música y el sonido de Dave Price; el exotismo del vestuario diseñado por Eloise Kazan y la iluminación de Chahine Yavroyan.

Un soldado en cada hijo/El Códice Tenoch, de Luis Mario Moncada, hace patente que nuestro pasado puede ser accesible a todo público y tratado sin solemnidad. Podrá ser vista en español a principios del año próximo, con actores de la Compañía Nacional de Teatro.

21: Cervantino 2012 I

Dos obras de teatro, si puede llamárseles así, se presentaron el segundo fin de semana del Festival Cervantino: Una adaptación de la novela El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde hecha por el Burgtheater de Austria y un performance realizado por dos jóvenes: una argentina y un suizo. Ambas obras resultaron ser bastante decepcionantes para un Festival de la envergadura del Cervantino. Parecerían ser ejercicios teatrales: uno apantalla público, explotando la fragmentación del discurso a través de las pantallas de video; y el otro, con el título Título, un examen profesional de actuación, construido con un sinfín de ocurrencias, cuyo tema sugerido fue la incomunicación entre las personas.

La adaptación casi literal a la novela de Wilde apuesta exclusivamente a la idea de un actor conversando con personajes vistos en las pantallas. Los textos seleccionados guían la trama a partir de grandes monólogos dichos en tercera persona y diálogos entre el protagonista, interpretado por el único actor en escena Markus Meyer, y dos de sus amigos: Basil, hombre experimentado, admirador de la belleza y guía de Dorian y Henry, pintor tímido pero cuyo retrato hace que el joven se obsesione por mantener la juventud captada por él. El pacto está hecho y su recorrido por la vida a saltos agigantados, planteados por el autor original, lo llevan de la cumbre a la derrota.

La novela de Wilde reflexiva, descriptiva y maravillosa en su género, vuelven su contenido en un espectáculo pesado, lleno de palabras poco dramáticas que en nada hacen que el espectador se interese. En un principio la novedad de las pantallas, el ver a los personajes partidos en tres: un close up del rostro, una taza donde a veces asoma la mano que la toma y unos pies inquietos, hacen sugerente el discurso visual, pero pronto se agota. La tercera persona debilita la emotividad del personaje, no habla desde un yo sino desde el autor que lo observa y describe externa e internamente. El director Bastian Kraft encuentra en el diálogo presencial y proyectivo el principal camino de la investigación teatral, pero la dramaturgia se queda rezagada y hace que su inventiva no prospere. Los esfuerzos acrobáticos y emotivos del actor, son muchos, en particular en la locura final, desesperación frente al asesinato, pero para ese entonces el espectador viaja por los umbrales de las pantallas balanceándose entre el ayer y el hoy esperando ver cómo y cuándo se apagarán una a una las proyecciones y el protagonista caerá muerto.

El ejercicio suizo argentino hace que riamos frente a la identificación del absurdo que provoca la incomunicación, pero por la superficialidad en el tratamiento, nos dura poco el entusiasmo: nada de metáforas, de verdades ocultas, de problemas sugeridos a través del divertimento. El esquema es básico: primero mímica para hacerse entender, luego chistes conocidos, después refranes, también conocidos y más tarde, hacer que el otro y el público completen sus ideas. Al final un buen gag de remate, donde preguntan al espectador su nombre, para apuntarlo en el suelo y decirle que se puede ir.

Laura Kaluz, argentina y Martin Schick suizo, radicados en Zurich, son ingeniosos y se divierten inventando “babosadas”; encuentran momentos importantes donde conectarse asertivamente con el espectador, pero les hace falta mayor sinceridad, tocarse más adentro, creerse menos y dudar más, porque detrás del primer impulso, viene realmente la solidificación creativa. La risa y la sencillez son grande vetas teatrales que requieren de inteligencia para crear un espectáculo divertido y capaz de atrapar desde sus entrañas al espectador.

28: Cervantino II

De entre las obras de teatro de calidad que se presentaron en el 40 aniversario del Festival Cervantino, nos encontramos con  dos espectáculos de teatro físico: uno proveniente de la República Checa, Woycek de Büchner y una versión de Macbeth realizada por la Compañía polaca Teatro Canto de la Cabra. También un par de obras infantiles como Gulliver  proveniente de Chile e Ilusión de la Compañía Tatuas de Sinaloa. Se extraña la escasa participación teatral mexicana en este aniversario así como de significativas compañías a nivel internacional.

Los espectáculos teatrales de Festival, pareciera que tienen una necesidad o inseguridad de su presente, ya que se recurre a autores o personajes clásicos, como si estuviéramos en el Renacimiento, para reinterpretarlos y llevarlos a la escena. La cartelera teatral mexicana no es ajena a este fenómeno y nos encontramos atosigados de Shakespeares, Chejovs, Millers y cualquier extranjero más, mientras nuestra identidad se desvanece.

La versión de Macbeth que la compañía polaca presentó fue de una gran fuerza. La tensión y atracción es tan alta desde que empieza la obra que no sabemos si se va a mantener. Su adaptación goza de una gran teatralidad: selecciona los momentos climáticos de los personajes centrales; sus relaciones, sus conflictos internos y sus traiciones,  manteniendo la energía de principio a fin. Continúa con las enseñanzas de Grotowski (su sede se encuentra en donde él radicó) e incorpora el canto y el movimiento como elemento fundamental. Ellos llaman a su procedimiento técnica de coordinación, pues integran a su actoralidad diferentes modulaciones de voz, cantos tradicionales celtas, música y  danzas japonesas. Participamos de un gran ritual donde el coro siempre está presente y los personajes se desprenden y se reintegran a él fluidamente. Los palos con los que bailan y actúan se convierten en parte de su cuerpo. Proyectan sus emociones y enfatizan la gestualidad vocal transmitiendo un sinfín de sentimientos. Nos conmovemos, por ejemplo,  con el proceso de enloquecimiento de Lady Macbeth y el sufrimiento del rey al saber de su muerte.

Las brujas abren el espectáculo entre rezos y conjuros imponiendo el ritmo que permanecerá a lo largo de toda la obra. El director Grzegorz Bral, fundador de la compañía junto con los protagonistas de la obra: Gabriel Gawin y Anna Zubrzycki, utiliza un mínimo de elementos haciendo de un espacio vacío, el lugar donde explotan  los enfrentamientos. El vestuario de Cristina González es austero y se  acerca a la estética de los monjes. La presencia constante de la música con su intérprete y sus instrumentos orientales, impregna la atmósfera de un lirismo deslumbrante.

Entre las propuestas de divertimento estuvo el espectáculo de la canadiense Dulcinea Langfelder, El lamento de Dulcinea, con la intención de abordar desde otra perspectiva la relación de Don Quijote de la Mancha con su amor platónico. Una mujer mayor juega con los técnicos que la acompañan, sus actores, y el teatro dentro del teatro forma parte de la propuesta. Combina el sentido del humor con un despliegue técnico interesante ya que las pantallas y el video participan  dinámicamente. Las pantallas son sábanas que se agrandan, se estrujan o se empequeñecen o son mamparas móviles que contienen imágenes modificadas donde las estatuas hablan, los libros se queman y los personajes se moldean. El lamento de Dulcinea es una propuesta vital donde el público asistente pudo reírse con ganas.

NOVIEMBRE

4: Soy mujer, soy invencible… ¡y estoy exhausta!

En el teatro Polyforum, se acaba de estrenar la adaptación de Mauricio Pichardo a un best seller de Gaby Vargas, que nos invita a asistir a un espectáculo de divertimento. Con la ilusión de presenciar una comedia donde la condición de la mujer contemporánea sea mostrada con desenfado y una visión crítica, nos encontramos con una puesta en escena decepcionante. Inicia irónicamente con una mujer profesionista comprometida con su trabajo que se enfrenta a los reparos que su esposo le pone al no cumplir con sus funciones de ama de casa. Finalmente todo se arregla casi por arte de magia en una forzada reconciliación marital.

Con un reparto de estrellas de telenovela, los actores y la directora se enfrentan a la particularidad que implica un escenario y lamentablemente lo solucionan como si fuera un set de televisión. Laura Flores, conocida por su papel en la telenovela Un refugio para el amor y René Casados en el papel de un sacerdote en la telenovela Abismo de pasión que acaba de concluir, se mueven de un lado a otro sin descanso. La actriz y joven directora Abril Mayett inicia la obra en una intensidad de conflicto constante donde se reclaman, se echan en cara y chocan sin matices. Caminan de un lado a otro, como si no estarse quietos fuera la única forma de ocupar el escenario. Un escenario diseñado e iluminado por Pedro Pazarán, que no logra jugar con los claroscuros y la focalización manteniendo la escena totalmente iluminada con un final nocturno que sale del espacio único delimitado durante toda la obra. El lugar donde sucede la acción es la oficina de la mujer donde llega y se va su esposo o irrumpe la amargada y exitosa productora interpretada por Eugenia Cauduro. A veces podríamos pensar que es la casa del matrimonio o un lugar donde la intimidad sería la característica principal. Los colores son el rojo y el negro tanto en la escenografía como el vestuario desgastando la visual sin más gama de colores que esos. Es así como es desaprovechado el Foro circular del Polyforum que presenta grandes retos y opciones para una puesta en escena.

El texto de “Gaby” Vargas parte del conflicto que suscita el que a la protagonista su jefa directa la haya asignado como productora asociada, lo cual le implica una dedicación casi de tiempo completo. Su esposo, inconforme, tiene que encargarse de un maleducado hijo al cual poco a poco va haciendo entrar en razón. La ausencia de ella en la casa llega a su climax cuando su jefa la amenaza a que si no concluye su trabajo asignado la despide, por lo que deja de asistir al cumpleaños de su hijo. Tal vez en el texto original se da un proceso de reacomodo y transformación de los personajes para que se llegue a un final feliz, pero en la adaptación de Mauricio Pichardo el cambio es abrupto y de la noche a la mañana la productora le insiste y casi la obliga a tratar de recuperar a su familia y él, después de haber roto con ella definitivamente, vuelve a amarla a la luz de una farola cuando ella regresa a buscarlo.

El trabajo actoral acartonado y superficial responde al tipo de actuación que se da en las telenovelas, pero que en el teatro, el espectador, al compartir el espacio y la energía, se queda con muy poco, pues la transmisión de emociones no se consigue y lo que queda son actuaciones clichés donde René Casados trata todo el tiempo de hacerse el chistoso, querer hacer reír, aunque poco es lo que el público se ríe. Laura Flores, trata de simpatizar con el espectador pero sus esfuerzos se hacen demasiado evidentes. Con poca naturalidad juega con las ganas de ir al baño, con el ir y venir interrumpido por el teléfono o su desasosiego final.

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