Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar






descargar 437.87 Kb.
títuloExcelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar
página1/9
fecha de publicación27.06.2016
tamaño437.87 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9
TEXTO ÍNTEGRO DEL PREGÓN DE IGNACIO PÉREZ FRANCO
Hace ya tanto tiempo que te espero

Que imaginé, que nunca llegarías.

Que aquello que soñaba… no existía

que solo era un racimo de recuerdos.

Hace tiempo que ansiaba aquel certero

Momento en que la luz se revestía

Con la túnica azul de un mediodía

Y el manto de una noche de luceros.

Y llegaste de puntillas, sin ruido

Sin querer que se notara tu venida

Y antes de abrazarte, ya te has ido.

¿De donde la razón, por qué sentido

Tú marcas las etapas de mi vida

Si tan solo son siete tus latidos?
II

Hace ya tanto tiempo que he vivido

que contigo Jesús se hace presente

caminando entre medio de la gente

y haciendo realidad lo prometido.

Hace ya mucho tiempo que he querido

Que aquella cruz de polvo de mi frente

Se hiciera entre mis manos penitentes

Testigo de un anhelo conseguido.

Y aquí me tienes, dispuesto a retenerte

A impedir que te escapes de mis manos

Pues no quiero esperarte, para verte.

¿Por qué no puedo ahora detenerte?

¿Por qué este gozo de Palmas y de Ramos

No pudiera durar eternamente?
III

Solo se que a tu lado es diferente

El gozo, el dolor y la alegría.

Y solo se que espero ansioso el día

De encontrarme contigo, frente a frente.

Y despertar del sueño de repente

Al celeste fulgor de una mañana

Con la Cruz que inicia una semana

Que enlaza muerte y vida por un puente

Y ya encontré la razón de esa verdad

La de esa luz radiante que me alcanza

Vencedora de la triste soledad

Y ese gozo que florece en claridad

Es fe, es Caridad, es Esperanza

y va llenando de Dios a la ciudad.
PRESENTACION

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Arzobispo.

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar.

Excelentísimo Señor Alcalde de Sevilla.

Ilustrísimo Sr. Teniente Alcalde Delegado de Fiestas

Mayores.

Ilustrísimo Señor Presidente y Junta Superior del Consejo

General de Hermandades y Cofradías de la ciudad de

Sevilla.

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades.

Mis queridos hermanos mayores

Cofrades de Sevilla, Señoras y Señores, amigos todos.

Abrumado aún por la responsabilidad que la generosidad de los

cofrades sevillanos depositó sobre mis hombros la tarde del pasado 22 de

Octubre, he de confesar que su peso se me ha hecho más liviano desde

entonces gracias a la confianza y a las muestras de cariño recibidas, en todo

momento, de la Iglesia Diocesana, de las Hermandades y Cofradías, de la

ciudad y de tantos buenos cofrades, amigos y sevillanos anónimos que

tuvieron siempre para con el pregonero una oración, una palabra de cariño y

un gesto de aliento, haciéndome consciente, con todo ello, de la magnitud y

del inmenso honor que supone dicha designación.

Esta confianza y este cariño son los que me han llevado, de su mano

firme, hasta este atril en esta mañana de vísperas solemnes. Por todo ello,

en retorno a tanta delicadeza y afecto, mis primeras palabras deben ser,

necesariamente, testimonio público de gratitud.

Gratitud a nuestra Iglesia diocesana, con su Pastor al frente, que, en

todo momento, me ha alentado en esta hermosa tarea desde el mismo

instante de mi nombramiento, encomendándome al Espíritu Santo para que

iluminase con su luz al pregonero y para que mi palabra fuera anuncio eficaz

al pueblo de Sevilla del Misterio Pascual que vamos a conmemorar dentro de

una semana en las calles de la ciudad conforme manda la tradición

hispalense.

Mi profundo y más sincero agradecimiento al Ilmo. Sr. Presidente y

Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la ciudad

de Sevilla por haberme distinguido con el altísimo honor que, para un cofrade

sevillano, supone ser Pregonero de nuestra Semana Santa. Honor a todas

luces inmerecido en atención a mis méritos, y al que, no obstante, espero

corresponder con la debida dignidad.

Gracias al Excmo. Sr. Alcalde d la ciudad por rubricar ese

nombramiento y al Ilmo. Sr. Teniente de Alcalde, Delegado de Fiestas

Mayores, por sus cariñosas palabras de presentación, plenas de afecto y de

delicadeza.

Mi gratitud también, como no, a todos cuantos me quisieron pregonero

antes que fuese nombrado para tan honroso cometido, a su amistad, a su

alegría y entusiasmo contagioso, a sus oraciones y a sus desvelos por verme

hoy, aquí, tras este atril. Gracias amigos. Espero no defraudar tanta

expectación.

Y, finalmente, gracias a mis padres, que me alentaron en la Fe y me

hicieron cofrade sevillano desde el mismo momento de mi nacimiento y al

amor de mi mujer y de mis hijos sin el cuál no sería nada de lo que hoy soy.

Y con estos sentimientos y la emoción a flor de piel me apresto a la

tarea, a un tiempo difícil y apasionante, de pregonar a nuestra Semana

Santa que, para muchos de los presentes entre los que me incluyo, es el eje

sobre el que gira toda nuestra vida de cristianos y de cofrades.
SEVILLA

Sevilla es fundamentalmente cristiana;

todo en ella lo hizo el cristianismo”

(Manuel Chaves Nogales

La ciudad”).

Semana Santa en Sevilla. O, tal vez, Sevilla, en Semana Santa.

Cuantas veces hemos oído de boca de reconocidos cofrades o hemos

leído en los escogidos textos de reputados escritores o cronistas de la ciudad,

estas expresiones en las que se unen Sevilla y la Semana Santa como dos

realidades inseparables. Para algunos, se trata una disquisición ésta

meramente semántica; para otros, mero juego de palabras sin la mayor

trascendencia; y habrá quienes las entiendan como el resultado de una

alambicada construcción intelectual forjada sobre las reflexiones de aquellos

que se han atrevido a penetrar, con las armas del ingenio y de la literatura

más excelsa, en el corazón mismo de Sevilla para buscar los escondidos

secretos del carácter único de esta ciudad y el pulso de la perenne belleza de

su fiesta mayor.

Pero lo realmente cierto, la verdad irrefutable, es que nuestra Semana

Santa es parte inseparable del alma y el ser de Sevilla cuando no el alma

misma de la ciudad, por más que algunos de los hoy llamados pomposamente

librepensadores consideren que esta celebración y lo que la misma conlleva

durante todo el año, junto con otras seculares fiestas de marcada esencia

religiosa, son un lastre para el desarrollo y la evolución de la ciudad.

Quienes así piensan, ignoran que está manifestación de genuina y

auténtica piedad popular ha modelado, con paciencia de alfarero en el torno

de los siglos, el fino espíritu del sevillano. Y es que Sevilla, sin Dios, no se

entendería. Sevilla, sin Fe, sería una ciudad sin alma.

Por esa razón, Romero Murube llamó a nuestra Semana Santa la Fiesta

de Dios (1). Y no encontraremos mejor definición en menos palabras de

nuestra Semana Mayor.

Una Fiesta que, tras un largo y cuidadoso proceso de gestación, bajo

las atenciones y los desvelos de nuestras Hermandades y Cofradías, nace en

explosión de júbilo el domingo de Ramos y crece y muere en el corazón

mismo de la ciudad con la efímera existencia de una semana. Toda una vida

encerrada en siete días. Y así, una y otra vez, hasta que el Señor quiera,

para, cada primavera, volver a nacer, a crecer y a morir en el mismo lecho de

amor.

Alguien dijo, con indudable acierto, al hablar del encanto de Sevilla,

que nuestra ciudad nunca se entrega del todo. Ofrece ideales concesiones al

que ahonda en su arquitectura de aire y color. Pero siempre queda intacta,

virginal, nueva y distinta. Sevilla, decía, es como el mar, un infinito de

misterio (2).

Esa novedad constante de Sevilla es igual a la de nuestra Semana

Santa, en la que ningún año es idéntico al anterior ni a ninguno de los que le

precedieron. Nada es igual siendo lo mismo. La Semana Santa se convierte así

en el surtidor inagotable de una fuente de la que bebe la Fe de gran parte de

los sevillanos.

En la eterna novedad de esta ciudad junto con la permanente

actualidad del Misterio Santo que conmemoramos, que no es otro que la

Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, El Mismo ayer, hoy y siempre,

radica el secreto y la grandeza de esta fiesta de Vida que, se diga lo que se

diga, es, sin lugar a dudas, la Fiesta por excelencia de la Ciudad.

Con las Cofradías en las calles, Dios se vale de cualquier medio para

tocar algún resorte de nuestro espíritu haciendo florecer en el alma frutos

sinceros de conversión. O quizás, simplemente, con la contemplación de

nuestros Pasos renacerán los más nobles sentimientos y, de la mano de éstos,

la capacidad de sentir, de conmoverse y de emocionarse, sepultada muchas

veces bajo la tierra que sobre el corazón del hombre va depositando la

rutina, la indolencia y la desilusión.

También en el fondo de todos esos sentimientos tan nobles y tan

apegados a nuestra condición, late el amor de Dios. De ahí que no debamos

despreciarlos pues, a veces, serán el único y estrecho sendero que algunos

recorrerán en busca de lo trascendente. Y en otras ocasiones, se convertirán,

tal vez, en la antesala, cuando no en la certeza, de un compromiso firme y

constante con la fe confesada.

La fe, la devoción y la emoción, manifestadas de la forma más bella

posible, en el marco de una ciudad única, que parece diseñada a medida para

que tenga lugar en sus calles y plazas la conmemoración del drama

pasionista. Esa unión tan especial de la fe, con la devoción, la emoción y la

belleza, se traduce en la búsqueda, si quiera sea durante una semana, de ese

anhelo que, por divino, es precisamente el más humano de todos, el de la

felicidad.

Sí, la semana que viene, con el permiso de la autoridad de Dios y si el

tiempo no lo impide, seremos tremendamente felices. Y nada de malo hay en

ello.

Por eso, sólo desde el tesoro sin precio de esa felicidad que anhelamos,

se puede entender que, durante siete días, para los cofrades y para muchos

sevillanos, nuestro mundo, la vida, se limite a la contemplación de los

misterios santos que nuestras Cofradías pondrán con sus pasos en las calles de la ciudad. Nada de lo que sucede fuera de las murallas invisibles de este gozo nos importa. Viviremos conscientemente aislados de todo cuanto nos rodea, olvidando incluso las penurias de la existencia cotidiana, la rutina del día a día, entregados en corazón, pero sobre todo en alma, a la celebración,

exprimiendo el tiempo en nuestras manos para que no se pierda ni una sola

de sus gotas. Y soñaremos que la ciudad es un nuevo Tabor y así exclamar

¡Señor, que bien se está aquí! Por eso, cuando el lunes de Pascua regresemos

al mundo real nos parecerá haber vuelto de un largo viaje a un paraíso

perdido cuando no haber despertado del más hermoso de los sueños si no

fuera por el rastro que deja en los bolsillos del traje el programa arrugado de

aquella tarde de luz.

Sólo desde esta felicidad abrazada se puede entender el sobresalto de

emoción que, a pesar de los años, nos sigue produciendo la contemplación de

ese verso suelto en el poemario de la ciudad que es el primer nazareno del

Domingo de Ramos.

Sólo desde ese gozo se puede comprender el repeluco que sentimos

cuando oímos “La Estrella Sublime” en la tarde de ese día en el que todo

empieza a terminarse.

Sólo desde esa alegría se entiende el esfuerzo por estar en todos los

sitios a la vez para llenar hasta arriba el depósito de los recuerdos del que se

nutrirán después los sueños durante todo un año.

Solo desde esa felicidad se comprende la nostalgia infantil que nos

invade el Sábado Santo, cuando se cierran las puertas de San Lorenzo y se

ahoga, definitivamente, en la oscuridad de la Plaza aquella luz dorada,

brillante y cegadora que estrenamos el Domingo de Palmas.

Pero ¿cuál es la causa final de todo este gozo? ¿Qué está en el fondo de

esta emoción que nos acelera el pulso? ¿Es solo la tradición, el folklore, el

rito? ¿Es ésta una fiesta de raíz profunda o es solo un espectáculo para los

sentidos?

No nos dejemos engañar. La única raíz de esta celebración es la fe de

los sevillanos en Jesucristo. No hay más. Ni menos. No busquemos otra

respuesta.
I.- PRIMER GOLPE: LA FE

La fe es el esfuerzo por conseguir lo que esperamos”

(Hebreos, capítulo XI, vs. 1).

No por repetido deja de ser cierto afirmar que las Cofradías hoy, igual

que hace cinco siglos, siguen saliendo a la calle para catequizar a quienes

contemplan, en nuestros pasos, los Misterios de la Pasión del Señor o los

dolores de su bendita Madre. Continúan siendo hoy un anuncio eficaz del

Evangelio para creyentes y también para no creyentes, una invitación, la más

hermosa, “al descubrimiento y a la contemplación del encanto insaciable del

misterio de la Redención” (3).

Gracias a las Cofradías aprendimos, de la mano de nuestros padres,

como sucedió, paso a paso, la Pasión y Muerte del Señor y quienes fueron y

cuál fue el papel de cada uno de los protagonistas de aquel drama santo.

Posiblemente, en los tiempos que corren, de no ser por ellas, muchos

ignorarían esta historia del amor inmenso de Jesucristo a los hombres.

Una historia cuyo primer capítulo se escribe el Domingo de Ramos, en

rosa y oro. Ese día se produce la botadura de un galeón que desciende por la

rampa del Salvador, astillero de los sueños, para navegar por el mar de la

ciudad. Entre el rumor de un alegre cascabeleo, bajo la sombra de una

palmera cimbreante, Jesús, montado a lomos de la Borriquita, es el alfa de

este camino de su Pasión, la que le llevará a la muerte en la Cruz por Amor.

Los misterios representados en nuestros pasos no sólo hacen visible los

distintos episodios de la pasión del Señor, sino que, en su misión catequética

van más allá, al invitarnos a imitar las actitudes de Jesucristo en los duros

momentos vividos camino del Calvario.

Y así, también ese mismo día, con la tarde ya vencida, sobre una

filigrana de rocalla dorada, aprenderemos como el silencio es la mejor

respuesta ante la insolencia y como ésta es el arma de los cobardes.

¡Que lección imparte Cristo en San Juan de la Palma!.

En la Cofradía de la Amargura, la que viste de blancos el silencio,

perfecta y rotunda en su cortejo, el rachear poderoso de sus costaleros, el

sonido de los tambores y las cornetas hiriendo la tarde, son el

acompañamiento perfecto para este silencio de Dios al que Herodes tomó por

loco, un loco de amor por los hombres.
¡Dicen Señor que estás loco,

Y que por eso te callas!

Con el desprecio más cruel

Con burlas y risotadas

Herodes quiso probarte,

Quiso ver si confesabas

Que eras el Hijo de Dios

El Mesías que esperaban.

Y ante tanto desvarío,

Tu Señor, Silencio guardas.

¡Qué divina paradoja

Que siendo Tú, la PALABRA

Ante tamaña insolencia

No digas nada, te callas!

Pero al mirarte Jesús,

Yo se muy bien que me hablas.

Como hablas a quien busca

El calor de tu mirada.

Tú me hablas con tus ojos

Y con tus manos atadas.

Con el perdón de tu gesto

Con tu figura encorvada

Presagio de aquel madero

Pesado que te cargaran

Sobre tus hombros divinos

Hasta doblarte la espalda.

Me hablas con el rumor

Que producen tus pisadas

Con la música solemne

Que anticipa tu llegada

Y con el sol que se esconde

Y con la luna de plata

Que te presta sus reflejos

Y se asoma cuando pasas.

Me hablas con tus silencios

Y con tu túnica blanca,

Que dicen que la locura

Viste vestiduras albas.

¡Dicen Señor que estás loco,

Y que por eso te callas!

Pero Señor ¿Qué me dices?

¿De que Reino Tú me hablas?

Y en el silencio más hondo

Que sólo habita en el alma

Me hablas de aquel sermón

Que explicaste en la montaña.

Y me hablas de la Cruz

Y del tormento que aguardas

Y del mandamiento nuevo

De un amor que nunca falla,

Y de aquel perdón del padre

Que al hijo siempre aguardaba

Asomado al horizonte

Esperando su llegada.

Hoy eres Tú quien se asoma

A la proa de tu barca

Para enseñar a Sevilla

Que en el silencio se habla.

No hay locura más hermosa

Que la de hablar sin palabras.

Cuando estas Son semillas

Que florecen donde acampan

Como aquellas azucenas

Que nacen junto a tu casa

En aquel jardín del cielo

Que Santa Angela sembrara

Para repartir el fruto

Del consuelo y la esperanza.

No fue un sueño que es verdad

Que el Señor a mi me hablaba

Desde el silencio más hondo

En el fondo de mi alma

Que yo lo oí en una tarde

Cuando salió de su casa

Escoltado por sus hijos

También con túnicas blancas

Con una Cruz en el pecho,

Sobre una luna encarnada.

Son hijos de la Amargura

Y del silencio que habla

Desde la proa de su paso,

En la tarde más soñada,

Sobre el río de sus calles

Sobre el agua de sus plazas

Tras una cruz de madera

Con cantoneras de plata.
A veces la Imagen de Cristo imparte lecciones difíciles de comprender

si no se las mira con los ojos de la fe. Como la que ofrece en la madrugada

santa JESUS NAZARENO, que en su silencio de lirios sollozantes enseña que

la Cruz no es para cargarla sino para abrazarla.

La lección de la Cruz, la del supremo sacrificio, es la que imparte el

CRISTO DE LAS ALMAS en la apoteosis dorada de su paso la tarde del Martes

Santo, con la cadencia despaciosa de su muerte. Lección que repite el Jueves

el CRISTO DE LA FUNDACION, izado en la caoba canastilla del confesionario de su paso, el de los cuatro faroles inconfundibles.

Las Cofradías son una proclamación visible de la Palabra de Dios. Y así,

el Salmo del miserere que marcó el inicio de la cuaresma cobra vida y se hace

visible en la mirada de angustia y ternura del CRISTO DE LAS MISERICORDIAS en Santa Cruz.

Por las Cofradías supimos quien fue Anás un Martes Santo en la Gavidia

cuando un barco dorado sale de la calle Cardenal Spínola para desembocar en

la Plaza y llenarla de Dios. Al verlo nos preguntamos cada año porque aquel

Cristo moreno y maniatado nos da la espalda. Y hallamos nuevamente la

respuesta, la misma que conocimos de niños, cuando reparamos en que Jesús

mira al poder establecido, mira cara a cara a la injusticia con serena y

humilde valentía.

Y Sevilla hace suyo, cercano y entrañable, el relato evangélico que

narra como Cristo fue de Pilatos a Herodes y de Herodes a Pilatos ante la

indecisión de uno y las dudas del otro. Un Pilatos que, con cara de patricio de

Itálica, lo presenta a Sevilla en la “Calzá” la tarde del Martes Santo haciendo

de su paso el Pretorio más sevillano: ¡Este es el Hombre! ¡Como si Sevilla no

lo supiera!

Y en la Madrugada Santa, desde la Resolana, la ciudad se conmueve

ante la injusta Sentencia de Cristo mientras las cornetas clavan su sones

agudos como alfileres en el acerico de la noche. ¡Como suena ese tambor y

esas cornetas de la centuria navegando por la brisa de la madrugada entre la

espuma blanca de sus altivos penachos!.
Allá por la Macarena

Se oye en la madrugada

Tras una estela morada

La más injusta condena.

Con la mirada serena

Humilde escucha Jesús

Que muerto será en la Cruz,

Sin que quepa la clemencia.

¡Ay Señor de la SENTENCIA

Que triste y solo vas Tú!

Que triste mi buen Jesús

Y que solo, en tu camino

Que te conduce al destino

De aquel tomento de cruz.

Y en noche y alba, una luz

Sigue a aquel Dios caminante

Que entre plumas va delante

Donde la vista no alcanza

Con ella llega el consuelo

Que solo existe en el cielo

¡Y esa luz es la Esperanza!
Sevilla, convertida en templo durante la Semana Santa, va clavando en

la cal de sus paredes los hermosos relicarios que contienen las estaciones del

Vía Crucis. La oración en el Huerto, el Beso de Judas y el Prendimiento

encuentran su escenario perfecto en el Getsemaní sevillano que se extiende

desde la calle Santiago hasta la plaza de los carros pasando con la calle

Orfila. Jesús será despojado de sus vestiduras en el arenal, azotado en Los

Remedios y humillado y escarnecido en la Anunciación hasta el punto de

hacerlo llorar en San Esteban.

A veces, la Cofradía entera es expresión hermosa de una misma

angustia. Lo vemos el Domingo de Ramos en las Penas de Cristo que reza al

Padre mientras espera que se levante su patíbulo. Son las mismas penas que

hacen llorar amargamente a su Madre, la del perfil de loza trianera, la que

obra el milagro de hacer hermoso el sufrimiento y bella la pena y la tristeza

más profundas. La Madre en cuyas manos benditas han puesto sus anhelos,

sus penas y sus alegrías generaciones enteras de trianeros. La primera que

cruza el puente como luz que guía al peregrinante pueblo de Triana hasta el

corazón mismo de la ciudad. Y así lo sentimos cada año, en el mismo lugar,

con la misma luz, con la misma emoción, al salir a su encuentro sobre el

Puente cuando la tarde se recuesta en el horizonte para caer rendida en los

brazos de la noche.
Rota la tarde por la misma herida

La de un Cristo doliente y que padece,

Que se entrega a la muerte y que se ofrece

A un tormento cruel y sin medida.

Orando al Padre se le va la vida

Mientras la luz se escapa y oscurece

Tierra y cielo, y el alma se estremece

Con la angustia de sus PENAS contenida.

Y entre azules y dorados resplandores

Llegará reluciente, pura y bella

Otra Luz que disipe los temores

Triana se confía toda en Ella

Dejando sus angustias y dolores

En las manos hermosas de su ESTRELLA.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar icon2005. Anteriormente, había sido Obispo auxiliar (desde 1958) y Arzobispo de

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconAuxiliar para el Maestro

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconPrograma auxiliar en enfermeria

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconObispo de Chota (Cajamarca)

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconSan paulino, obispo y confesor

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconEl autor del elogio en verso titulado al excelentísimo señor virrey...

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconAutor: Mons. Thihámer Tóth, obispo de Vezprém (Hungría)

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconAntonio Gamoneda, familiares y amigos del poeta, concejales del Excelentísimo...

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconSobre el amor a los libros
«¿Qué devolveré al Señor por todas las cosas que me ha dado?» (Salmo 115), se pregunta el salmista, invicto rey, excelentísimo entre...

Excelentísimo y Reverendísimo Sr. Obispo Auxiliar iconEl Obispo de Roma, el Jefe de la Sagrada, Católica y Apostólica Iglesia,...






© 2015
contactos
l.exam-10.com