Los que hayáis empezado a usar el






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Romanos 5:12 21
Por tanto, de la misma manera que el pecado se introdujo en el mundo por medio de un hombre, y con el pecado, entró la muerte y se extendió a todo el género humano, por cuanto eran pecadores; porque, hasta la promulgación de la Ley, el pecado estaba en el mundo, pero no se podía culpar a los humanos porque la Ley no existía todavía; sin embargo, la muerte reinó desde los tiempos de Adán hasta el de Moisés aun sobre los que no habían pecado de la misma manera que Adán, que era un símbolo del Mesías Que había de venir. Pero el don de la Gracia gratuita no actuó como la transgre­sión. Porque, si los muchos murieron a consecuencia del pecado de uno, la Gracia de Dios y su don gratuito en la Gracia del Hombre único Jesucristo abundaron para muchos. El don gratuito no es como los efectos del hombre que pecó. La sentencia que siguió al hombre que pecó fue condenatoria; pero el don gratuito que siguió a las muchas transgresiones fue una sentencia absolu­toria. Porque, si por el delito de uno la muerte reinó por culpa de uno, mucho más los que reciben el derroche de Gracia y del don gratuito que establece la recta relación entre Dios y el hombre reinarán en la vida por medio del Hombre único Jesucristo. Así es que, enton­ces, como por un pecado toda la raza humana quedó incluida en la sentencia, así también por un supremo acto de justicia vino a los seres humanos la posibilidad de entrar en la debida relación con Dios que les da la vida. De la misma manera que por la desobediencia de un hombre todos quedaron incluidos en la condición de pecadores, así, por la obediencia de un Hombre, los muchos pueden ser absueltos. Pero la Ley se introdujo para que abundaran las transgresiones; pero, donde el
pecado abundaba, la Gracia le superó en abundancia, para que, así como el pecado reinó en la muerte, la Gracia pudiera reinar poniendo a los seres humanos en la debida relación con Dios para que puedan entrar en la vida eterna gracias a la Obra de nuestro Señor Jesucristo.
No hay pasaje en todo en Nuevo Testamento que haya tenido más influencia en la teología que éste; ni que sea más difícil de entender para la mentalidad moderna. Es difícil, porque Pablo se expresa con dificultad. Notamos, por ejemplo, que la primera frase no termina, sino que se interrumpe a mitad del camino mientras Pablo persigue otra idea por otra vía. Y además, es que Pablo está pensando y expresándose en térmi­nos que eran corrientes y claros para los judíos de su tiempo, pero no para nosotros.

Si hubiéramos de encerrar el pensamiento de este pasaje en una sola frase escogeríamos la que Pablo pone al principio e interrumpe después: < Por el pecado de Adán toda la raza humana quedó contaminada de pecado y separada de Dios; pero por la justicia de Jesucristo toda la humanidad adquiere la justicia y vuelve a estar en la debida relación con Dios.» De hecho, Pablo lo dijo mucho más claro en 1 Corintios 15:21: < Como vino la muerte por un hombre, también por un Hombre ha venido la Resurrección de los muertos. Porque si todos morimos por nuestra relación con Adán, también por nuestra relación con Cristo todos volvemos a la vida.»

Hay que tener en cuenta dos ideas judías básicas para en­tender este pasaje.

(i) Está la idea de la solidaridad. El judío no se consideraba a sí mismo individualmente, sino siempre como parte de una tribu, de una familia o nación, aparte de la cual no tenía una identidad real. Hoy en día también se dice que si se le pregunta a un aborigen australiano cómo se llama, responde con el nombre de su tribu o clan. No piensa en sí mismo como una persona, sino como un miembro de una sociedad. Uno de los ejemplos más claros de esta mentalidad se ve en la venganza de sangre en los pueblos primitivos. Supongamos que uno que es de una tribu mata a otro que es de otra. La de la víctima adquiere la responsabilidad de vengarse de la otra; es la tribu la que ha sufrido un daño, y por tanto es la que debe buscar satisfacción.

En el Antiguo Testamento tenemos un claro ejemplo de esto. Es el caso de Acán que se nos cuenta en Josué 7. En el asedio a Jericó, Acán se quedó con parte del botín, desobedeciendo lo que Dios había mandado, es decir, que todo se destruyera. En la siguiente campaña, estaban cercando a Ha¡, que parecía una empresa mucho más fácil, pero los ataques fracasaron desastrosamente. ¿Por qué? Porque Acán había pecado, ya toda la nación había contraído culpa y fue castigada por Dios. El pecado de Acán no era el de un individuo, sino el de toda la nación. Esta no era una suma de individuos, sino una masa indivisible. Lo que hacía uno de sus miembros lo hacía la nación. Cuando se descubrió el pecado de Acán, no fue ejecutado él solo, sino toda su familia; porque Acán no era un individuo aislado, sino parte de un pueblo del que no se le podía separar.

Así es como Pablo ve a Adán: no como un individuo, sino como el representante de toda la humanidad; y, como tal, su pecado fue el de todos los seres humanos.

Pablo dice que «todos los seres humanos contraemos el pecado de Adán»  literalmente «pecamos en Adán» . Si hemos de llegar a comprender el pensamiento de Pablo tene­mos que saber lo que quiere decir aquí, y que lo dice en serio. A lo largo de la historia del pensamiento cristiano se han hecho esfuerzos para interpretar de diferentes maneras la conexión entre el pecado de Adán y el de la humanidad.

(a) Se ha pensado que este pasaje quiere decir que «todo ser humano es su propio Adán.» Esto quiere decir que, como Adán pecó, todos hemos pecado; pero que entre el pecado de Adán y el de la humanidad no hay ninguna conexión real, más que, como si dijéramos, que el pecado de Adán es típico del de todos los seres humanos.
(b) Existe la que se ha llamado la interpretación legal. Esta supone que Adán era el representante de la humanidad, y que ésta participa de la obra de su representante. Pero un represen­tante ha de ser escogido por las personas a las que representa; y eso no lo podemos decir de Adán.

(c) Existe la interpretación de que, lo que heredamos de Adán es la tendencia al pecado. Eso es cierto, sin duda; pero no es lo que Pablo quiere decir. No encajaría en absoluto en su razonamiento.

(d) A este pasaje hay que darle lo que se ha llamado la interpretación realista, es decir, que, a causa de la solidaridad de la raza humana, toda la humanidad pecó de hecho en Adán. Esto no era ninguna idea rara para un judío, sino lo que creían de hecho los pensadores judíos. El autor de 2 Esdras lo dice con toda claridad: «Una semilla de mal se sembró en el corazón de Adán desde el principio, y ¡cuánta maldad ha producido hasta este tiempo! ¡Y cuánta producirá hasta que llegue el tiempo de la recolección!» (4:30). «Porque el primer Adán, que tenía un corazón malo, transgredió y fue vencido; y no sólo él, sino todos los que descienden de él» (3:21).

(ii) La segunda idea básica está íntimamente relacionada con la primera en el razonamiento de Pablo: La muerte es la consecuencia directa del pecado. Los judíos creían que, si Adán no hubiera pecado, los seres humanos habríamos sido inmortales. Sirac 2:23 dice: «Una mujer fue el origen del pecado, y por medio de ella morimos todos.» El Libro de la Sabiduría dice: «Dios creó al hombre para la inmortalidad, y le hizo a imagen de su propia naturaleza; pero la muerte penetró en el mundo a causa de la envidia del demonio.» En el pen­samiento judío, el pecado y la muerte están íntimamente re­lacionados. A eso es a lo que Pablo está llegando por el compli­cado y difícil camino de pensamiento de los versículos 12 al 14. Vamos a trazar sus etapas en una serie de ideas.

(a) Adán pecó porque quebrantó el mandamiento directo de Dios de no comer del fruto del árbol prohibido; y porque pecó, murió, aunque había sido creado inmortal.

(b) La Ley no llegó hasta el tiempo de Moisés. Ahora bien: si no hay ley, no puede haber transgresión de la ley; es decir, pecado. Por tanto, los seres humanos que vivieron entre Adán y Moisés cometieron de hecho acciones pecaminosas, pero no se los podía considerar pecadores, porque no existía la Ley.

(c) A pesar de que no se les podía atribuir pecado, sin embargo morían. Estaban sujetos al régimen de la muerte, aunque no se los podía acusar de haber quebrantado una ley que no existía.

(d) Entonces, ¿por qué morían? Era porque habían pecado en Adán. El estar implicados en el pecado les producía la muerte, aunque no había una ley que pudieran quebrantar. De hecho, esa es la prueba para Pablo de que toda la humanidad pecó en Adán.

Hemos resumido la esencia de una parte del pensamiento de Pablo. A causa de esta idea de la completa solidaridad de la humanidad, literalmente todos los seres humanos pecamos en Adán; y como la muerte es la consecuencia del pecado, ejerce su dominio sobre todos nosotros.

Pero esta misma concepción, que se puede usar para pro­ducir una visión desesperada de la situación humana, se puede usar también a la inversa para llenarla de un resplandor de gloria. En esta situación entra Jesús. Jesús Le ofreció a Dios la perfecta bondad. Y, exactamente de la misma manera que todos los seres humanos estuvieron implicados en el pecado de Adán, todos están implicados en la perfecta bondad de Jesús; y, de la misma manera que el pecado de Adán fue la causa de la muerte, la perfecta bondad de Jesús conquista la muerte y da a los humanos la vida eterna. El razonamiento triunfal de Pablo es que, como la humanidad estaba implicada en Adán y quedó por tanto condenada a muerte, así está ahora en Cristo, y queda absuelta para poder vivir. Así que, aunque ha venido la Ley y ha hecho el pecado mucho más terrible, la Gracia de Cristo sobrepuja la condenación que traía le Ley (R V 1909).
Ese es el razonamiento de Pablo, y es inapelable para la mentalidad judía. Contiene dos grandes verdades.

(i) La primera es la siguiente: Supongamos que asumimos el sentido literal de la historia de Adán: nuestra conexión con Adán es puramente fisica. No nos queda otra posibilidad; de la misma manera que no se le deja al niño escoger su padre. Pero, por otra parte, nuestra conexión con Cristo es voluntaria. La unión con Cristo es algo que uno puede aceptar o rechazar. Se trata de una conexión distinta en ambos casos. No se nos dio la opción de elegir o no nuestra relación con Adán, en cuya naturaleza hemos recibido una herencia con muchas cosas buenas, pero también con una mala: nuestra condición de pe­cadores, y la paga del pecado, que es la muerte. Para darnos una salida victoriosa a una vida abundante y de renovada relación con Dios, Cristo vino al mundo y murió por nosotros. Si bien esta relación es optativa y no impuesta como la que tenemos con Adán, la invitación a aceptar el Evangelio debe llegar a toda la raza humana. Esta es la misión de la Iglesia.

(ii) La segunda es la siguiente: Pablo conserva la verdad de que la humanidad está sumida en una situación de la que no puede escapar; el pecado tiene al ser humano en su poder, y no hay esperanza. Jesucristo entra en esta situación trayendo algo que corta el nudo gordiano que existía. Por lo que Él hizo, por Quien Él es y por lo que El da, permite al hombre salir de una situación en la que se encontraba desesperadamente dominado por el pecado. Sea lo que sea lo que digamos del razonamiento de Pablo, es absolutamente cierto que el pecado ha sumido al hombre en la ruina, y que Cristo le rescata.
MORIR PARA VIVIR
Romanos 6:1 11
¿Qué consecuencia sacaremos? ¿Que hemos de se­guir pecando para que abunde la Gracia? ¡De ninguna manera! ¿Cómo vamos a vivir todavía en el pecado si hemos muerto para él? ¿Es que no os dais cuenta de que todos los que hemos sido introducidos en Cristo por el bautismo hemos sido bautizados en Su muerte? Nuestra muerte ha sido tan real que hemos sido sepultados con Él mediante el bautismo, a fin de que, como Cristo fue levantado de los muertos por la gloria del Padre, así nosotros, también, vivamos una vida nueva. Porque, si hemos llegado a estar unidos a ÉL en la semejanza de Su muerte, así también estaremos unidos a Él en la semejanza de Su Resurrección. Porque esto sí sabemos: que nuestro viejo yo ha sido crucificado con ÉL para que nuestro cuerpo pecador pierda su operatividad, para que dejemos de ser esclavos del pecado. Porque uno que ha muerto ya ha quedado exculpado de pecado. Pero, si hemos muerto con Cristo, creemos que igualmente viviremos con Él; porque sabemos que Cristo, después de Su Resurrección, ya no muere más. La muerte ya no tiene ningún dominio sobre Él. El Que murió, murió una vez por todas al pecado; y el Que vive, vive para Dios. Así vosotros también debéis consideraros muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo.
Como ya ha hecho varias veces en esta carta, Pablo vuelve aquí a tener una discusión con una especie de oponente imaginario. La discusión surge del gran dicho que apareció al final del capítulo anterior: «Cuando el pecado se hizo más abundante y grave, lo sobrepujó la Gracia.» Podemos recons­truirlo así.
Objetor.  Acabas de decir que la Gracia de Dios es suficien­temente grande para perdonar cualquier pecado.

Pablo.  Y lo mantengo.

Objetor.  Estás diciendo que la Gracia de Dios es la cosa más maravillosa del mundo.

Pablo.  Eso es.

Objetor.  Pues entonces, ¡sigamos pecando! Cuanto más pe­quemos, más abundará la Gracia. El pecado no importa, por­que Dios lo va a perdonar de todas maneras. De hecho, aún podríamos decir más: que el pecado es algo excelente, porque le ofrece a la Gracia una oportunidad de manifestarse. La conclusión de tu razonamiento es que el pecado produce la Gracia; y por tanto tiene que ser una cosa buena, ya que produce la cosa más grande del mundo.
La primera reacción de Pablo es retirarse de la discusión sobrecogido de horror: < ¿Es que sugieres  pregunta  que deberíamos seguir pecando para darle más oportunidades a la Gracia de seguir operando? ¡No permita Dios que sigamos un curso de acción tan inaceptable!»

Pero luego pasa a otra cosa: «¿Has pensado alguna vez  pregunta  lo que te sucedió cuando te bautizaste?» Ahora bien, cuando intentamos entender lo que Pablo dice a continua­ción tenemos que recordar que el bautismo en su tiempo era distinto de lo que es corrientemente hoy.

(a) Era bautismo de adultos. En la Iglesia Primitiva una persona mayor venía a Cristo individualmente, a menudo de­jándose atrás a la familia.

(b) El bautismo en la Iglesia Primitiva estaba íntimamente relacionado con la confesión de fe. Una persona era bautizada cuando entraba en la Iglesia dejando el paganismo. A1 bauti­zarse, una persona hacía una decisión que producía un corte radical en su vida, lo que muchas veces quería decir que aca­baba una vida y empezaba otra totalmente distinta.

(c) Generalmente el bautismo era por inmersión total, y esa práctica simbolizaba una verdad que no queda tan clara en el bautismo por aspersión. Cuando una persona descendía al agua, y era sumergida totalmente, era como si la enterraran. Cuando salía del agua, era como si resucitara saliendo de la tumba. El bautismo quería decir simbólicamente morir y resu­citar. La persona moría a una clase de vida y resucitaba a otra; moría para la vieja vida del pecado, y resucitaba a la nueva vida de la Gracia.

Para comprender todo esto tenemos que recordar de nuevo que Pablo estaba usando un lenguaje y unas alegorías que casi todos los de su tiempo y generación entenderían. Tal vez nos parezcan extraños a nosotros, pero no lo eran para sus con­temporáneos.

Los judíos le entenderían. Cuando se convertía un pagano al judaísmo, tenía que hacer tres cosas: sacrificio, circuncisión y bautismo. El gentil entraba en la fe de Israel mediante el bautismo, cuyo ritual tenía estas partes: El que iba a bautizarse se cortaba el pelo y las uñas; se desnudaba totalmente; el baptisterio tenía que contener por lo menos 40 seahs  es decir, unos 500 litros, medio metro cúbico de agua , y el agua tenía que llegar a todas las partes de su cuerpo. Mientras estaba en el agua tenía que hacer profesión de su fe ante tres padrinos, y se le dirigían algunas exhortaciones y bendiciones. El efecto de este bautismo se creía que era una total regeneración; al bautizado se le consideraba como un recién nacido aquel día. Se le perdonaban todos los pecados, porque Dios no podía castigar los que hubiera cometido antes de nacer de nuevo. Lo completo del cambio se veía en el hecho de que ciertos rabinos mantenían que el hijo que le naciera a un hombre después de su bautismo era su primogénito, aunque hubiera tenido otros en su vida anterior. En teoría se mantenía  aunque esta creen­cia nunca se ponía en práctica  que un hombre era tan total­mente nuevo que podría casarse con una hermana, o hasta con su madre. No era solamente un hombre cambiado; era una persona diferente.

Cualquier judío entendería lo que decía Pablo acerca de la necesidad de que un bautizado fuera completamente nuevo. Y
lo mismo un griego. En aquel tiempo la única verdadera re­ligión griega eran los misterios o religiones misteriosas, que ofrecían la liberación de los cuidados, las angustias y los te­mores de la Tierra; esta liberación se lograba mediante la unión con un dios. Todos esos misterios eran representaciones de una pasión; se basaban en la supuesta historia de algún dios que sufría, moría y resucitaba; su historia se representaba como un drama. Antes de participar en él, uno tenía que ser iniciado; es decir, tenía que seguir un curso de instrucción sobre el sentido del drama, tenía que someterse a un proceso de disci­plina ascética y prepararse concienzudamente. El drama se representaba con todos los medios disponibles de música y luces, de incienso y de misterio. Durante la representación, el iniciado tenía una experiencia emocional de identificación con el dios. La iniciación se consideraba siempre como una muerte seguida de un nuevo nacimiento, en el cual el hombre era renatus in aeternum, nacido de nuevo para la eternidad. Uno que hizo la iniciación nos dice que pasó por cuna muerte voluntaria». Sabemos que en uno de aquellos misterios el que se iba a iniciar se llamaba moriturus, el que va a morir, y que se le enterraba hasta la cabeza en una zanja. Cuando ya había pasado la iniciación, se le hablaba como a un niño pequeño, y se le daba leche como a un recién nacido. En otro de aquellos misterios, la persona que se estaba iniciando oraba: «Entra tú en mi espíritu, en mi pensamiento y en toda mi vida; porque tú eres yo, y yo soy tú.» Cualquier griego que hubiera hecho estas experiencias comprendería sin dificultad lo que quería decir Pablo con aquello de morir y resucitar otra vez en el bautismo; y al hacerlo, llegar a ser uno con Cristo.

No estamos diciendo de ninguna manera que Pablo tomó prestadas estas ideas o palabras de tales prácticas judías o paganas; lo que decimos es que estaba usando palabras y alegorías que reconocerían y entenderían tanto los judíos como los paganos.

En este pasaje hay tres grandes verdades permanentes.

(i) Es una cosa terrible el intentar comerciar con la

misericordia de Dios convirtiéndola en una licencia para seguir pecando. En términos humanos sería tan despreciable como el que un hijo se creyera con derecho a defraudar a su padre porque sabe que éste le perdonará. Eso sería aprovecharse del amor para quebrantarle el corazón.

(ii) La persona que inicia el camino cristiano se compromete a una clase de vida diferente. Ha muerto para una clase de vida, y ha nacido de nuevo para otra. En los tiempos actuales puede que tendamos a presentar la conversión al Cristianismo como algo que no tiene por qué producir una gran diferencia. Pablo habría dicho que tiene que producir la mayor diferencia del mundo.

(iii) Pero hay más que un cambio de conducta en la vida de una persona que acepta a Cristo. Hay una verdadera identi­ficación con Él. Es un hecho que no puede haber un cambio real de vida sin esa unión con Cristo. La persona está en Cristo. Un gran pensador cristiano ha sugerido una metáfora para explicar esa frase: No podemos vivir la vida física a menos que estemos en el aire y el aire esté en nosotros; de la misma manera, no podemos vivir la vida que Dios nos quiere dar a menos que estemos en Cristo y Cristo en nosotros.
LA PRÁCTICA DE LA FE
Romanos 6:12 14
No dejéis reinar al pecado en vuestro cuerpo mortal para que os obligue .a seguir lo que os pida el cuerpo. No sigáis rindiéndole vuestros miembros al pecado co­mo armas de maldad, sino rendíos de una vez para siempre a Dios como muertos que han vuelto a la vida, y rendidle vuestros miembros a Dios como armas de justicia. Porque el pecado no tiene por qué dominaros: ya no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia.
A1 salir del pasaje anterior y entrar en este, experimentamos una de esas transiciones características de Pablo. El anterior era la expresión de un místico acerca de la unión mística entre el cristiano y Cristo que se realiza en el bautismo; hablaba de la manera como debe vivir un cristiano, tan cerca de Cristo que se puede decir que vive en Él. Y ahora, después de la expe­riencia mística viene la exigencia práctica. El Cristianismo no es una experiencia emocional, sino una manera de vivir. El cristiano no lo es para complacerse en una experiencia, por muy maravillosa que sea, sino para salir a vivir una cierta clase de vida entre los ataques y problemas del mundo. Es normal en el mundo de la vida religiosa que nos sentemos en la iglesia y sintamos como una ola de sentimiento que pasa por nuestro interior. A veces, aun cuando nos encontramos solos, nos sen­timos muy cerca de Cristo. Pero el Cristianismo que se detiene allí no ha recorrido más que la mitad del camino. Esa emoción tiene que traducirse en acción. El Cristianismo no puede ser sólo una mera experiencia interior. Tiene que ser una vida en la palestra del mundo.

Cuando uno sale al mundo se tiene que enfrentar con una situación terrible. Como Pablo la ve, Dios y el pecado están buscando armas que puedan usar. Dios no puede actuar sin hombres; si quiere que se diga algo, tiene que encontrar a una persona que lo diga; si quiere que se haga algo, tiene que encontrar a alguien que lo haga, y si quiere que alguien reciba ánimo, necesita a alguien que se lo dé. Y lo mismo sucede con el pecado: alguien tiene que empujarlo. El pecado está buscan­do gente que induzca a otros a pecar con sus palabras o ejem­plo. Es como si Pablo estuviera diciendo: «En este mundo hay una batalla constante entre Dios y el pecado; decide de qué parte estás.» Nos enfrentamos con la tremenda alternativa de convertirnos en instrumentos en las manos de Dios, o en las del pecado.

Un creyente inmaduro podría muy bien decir: «Hay deci­siones que son demasiado difíciles, y voy a fallar.» La respues­ta de Pablo es: « No te desanimes ni te desesperes; el pecado

no te dominará.» «¿Por qué?» «Porque ya no estamos bajo la Ley, sino bajo la Gracia. « ¿Y eso cambia tanto las cosas?» « Sí; porque ya no estamos tratando de satisfacer las exigencias de la Ley, sino tratando de ser dignos de los dones del Amor». Ya no pensamos en Dios como un juez severo, sino como el Que ama las almas de todas las personas. No existe en todo el mundo una inspiración que se pueda comparar con la del amor. ¿Hay alguien que salga de la compañía del ser querido sin sentir el deseo ardiente de ser mejor persona? La vida cristiana ya no es una carga que hay que soportar, sino un privilegio a cuya altura se puede vivir. Como decía Denney: « No son las prohibiciones lo que libera del pecado, sino la inspiración; no es el monte Sinaí, sino el Calvario el que produce santos.» Muchos han sido liberados del pecado, no por las normas de la ley, sino porque no habrían podido soportar el desilusionar, o fallar, o herir a una persona a la que amaban o que los amaba. En el mejor de los casos la ley nos sujeta por el temor; pero el amor nos redime inspirándonos para que seamos mejores de lo que hemos conseguido ser. La inspira­ción del cristiano viene, no del miedo al castigo de Dios, sino de la contemplación de lo que Dios ha hecho por él.
LA POSESIÓN EXCLUSIVA
Romanos 6:15 23
Entonces, ¿qué? ¿Hemos de seguir pecando porque no estamos bajo la Ley sino bajo la Gracia? ¡De ningu­na manera! ¿No os dais das cuenta de que, si os entre­gáis a alguien como esclavos para obedecerle, de hecho os convertís en esclavos de la persona que habéis elegi­do obedecer: ya sea del pecado, que conduce a la muer­te, o de la obediencia, que conduce a la perfecta relación con Dios. Pero, gracias a Dios, vosotros que erais escla­vos del pecado, habéis llegado a la decisión espontánea
de obedecer el modelo de enseñanza que habéis acep­tado; y, al ser liberados del pecado, os habéis convertido en esclavos de la justicia. Hablo en términos humanos, porque la naturaleza humana no puede entender otros por sí sola: De la misma manera que antes rendíais vuestros miembros como esclavos de la inmundicia y la iniquidad, lo que producía todavía más iniquidad, así ahora habéis rendido vuestros miembros como esclavos de la justicia, y habéis empezado a recorrer el camino que conduce a la santidad. Cuando erais esclavos del pecado, estabais libres de todo compromiso con la justi­cia; pero, ¿qué producto obteníais? Todo lo que conse­guíais eran cosas de las que ahora os avergonzáis cor­dialmente, porque su fin es la muerte. Pero ahora, pues­to que ya estáis libres del pecado, y os habéis convertido en esclavos de Dios, el fruto de que disfrutáis está desig­nado para guiaros en el camino de la santidad cuya meta es la vida eterna. Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en nuestro Señor Jesucristo.
Para cierto tipo de mentalidad, la doctrina de la Gracia gratuita es siempre una tentación a decir: « Si el perdón es tan fácil y tan inevitable como todo eso, si lo único que Dios quiere es perdonar y si su Gracia es tan ancha como para cubrir cualquier mancha o defecto, ¿por qué preocuparnos del peca­do? ¿Por qué no vivir como nos dé la gana? A fin de cuentas, da lo mismo.»

Pablo se opone a eso con una imagen de la vida real: «Hubo un tiempo en que os entregasteis al pecado como sus esclavos; entonces la integridad no tenía ningún derecho sobre vosotros. Pero ahora os habéis entregado a Dios como esclavos de la integridad, y el pecado no tiene ningún derecho sobre vosotros.»

Para entender esto tenemos que comprender el status de un esclavo. Cuando hablamos de un empleado, en el sentido ac­tual, nos referimos a una persona que da una parte concertada

de su tiempo y actividad a un patrono, del que recibe un salario. El tiempo concertado está al servicio del patrono y a sus órdenes; pero, cuando termina ese tiempo, es libre para hacer lo que quiera. Durante la jornada laboral «pertenece» a su patrono; pero en el tiempo libre se pertenece a sí mismo. Pero en el tiempo de Pablo el status de un esclavo era completamen­te diferente. Literalmente, no se pertenecía a sí mismo en ningún momento, todo el tiempo le pertenecía a su amo. Era propiedad exclusiva de su amo. Esa es la imagen que Pablo tiene en mente. Dice: «Hubo un tiempo cuando eras esclavo del pecado. E1 pecado era tu dueño absoluto. Entonces no podías hablar de nada más que del pecado. Pero ahora has tomado a Dios como tu dueño, y Él tiene posesión absoluta de tu persona. Ahora ya no puedes ni hablar del pecado: tienes que hablar sólo de la santidad.»

Pablo se disculpa por adoptar este ejemplo. Dice: «Estoy simplemente usando una analogía humana para que vuestras mentes lo puedan captar.» Se disculpa porque no le gusta comparar la vida cristiana con ninguna forma de esclavitud. Pero lo que quiere decirnos es que el cristiano no puede tener más dueño que Dios. No puede darle a Dios una parte de su vida y otra parte al mundo. En cuanto a Dios, es todo o nada. Mientras uno tenga una parte de su vida que no pertenece a Dios no es cristiano de veras. Es cristiana la persona que le ha dado a Cristo el completo control de su vida sin reservarse nada. Nadie que lo haya hecho podría nunca pensar en usar la Gracia como una licencia para el pecado.

Pero Pablo tiene algo más que decir: « Tú tomaste la deci­sión libre y espontánea de obedecer el esquema de la enseñanza que habías aceptado.» En otras palabras, es como si dijera: « Tú sabías lo que estabas haciendo, y lo hiciste con absoluta liber­tad.» Esto es interesante. Recuerda que este pasaje ha surgido de una conversación acerca del bautismo; por tanto quiere decir que al bautismo se llegaba después de una preparación. Ya hemos visto que en la Iglesia Primitiva el bautismo era de adultos, es decir, de creyentes, previa confesión de fe. Está
claro, por tanto, que uno no ingresaba en la iglesia en un mo­mento de emoción. Se le instruía. Tenía que saber lo que estaba haciendo. Se le enseñaba lo que Cristo ofrecía y demandaba. Entonces, y sólo entonces, tomaba la decisión de incorporarse.

Cuando uno quiere ingresar en la gran orden benedictina se le acepta por un año de prueba. Todo ese tiempo tiene colgada en su celda la ropa que usaba en el mundo. En cualquier momento se puede quitar el hábito y ponerse la otra ropa y salir, y nadie se lo impedirá. Sólo después de aquel año se llevan definitivamente de su celda la ropa del mundo. Con los ojos abiertos y sabiendo lo que hace entra en la orden.

Así sucede con el Evangelio. Jesús no quiere seguidores que no se hayan parado a considerar el precio. No se conforma con una persona que hace protestas de lealtad en la cresta de una ola de emoción. La Iglesia tiene el deber de presentar la fe en toda su riqueza, y las exigencias en toda su seriedad, a los que quieren hacerse miembros.

Pablo traza una diferencia entre la vida vieja y la nueva. La vida vieja se caracterizaba por la suciedad y la iniquidad. El mundo pagano era un mundo sucio; no conocía la castidad. Justino Mártir lanza un dicterio terrible cuando habla de la exposición de los bebés. En Roma, los niños que no se querían, especialmente las niñas, literalmente se tiraban a la basura. Todas las noches había muchas tiradas en el foro. A algunas las recogían ciertos tipos repugnantes que regentaban burdeles y las criaban para emplearlas en ellos. Justino presenta a sus detractores paganos la posibilidad de que, en su inmoralidad, cuando fueran a un burdel de la ciudad, podría ser que les correspondiera su propia hija.

El mundo pagano era inicuo en el sentido de que la con­cupiscencia era la única ley, y el crimen producía más crimen. Esa y no otra es la ley del pecado: el pecado engendra pecado. La primera vez que se comete un acto indigno, tal vez se hace con vergüenza y temblor. La segunda vez es más fácil; y, si se sigue así, ya no hay que vencer ningún escrúpulo ni realizar ningún esfuerzo. El pecado pierde su horror. La primera vez

puede que nos permitamos alguna indulgencia y que nos con­formemos con muy poco; pero luego se llega a querer más y más para conseguir el mismo o más placer. El pecado conduce al pecado; el libertinaje, al libertinaje. Una vez que se entra en el camino del pecado, se va cada vez más lejos.

La nueva vida es diferente: es la vida de la integridad. Los griegos definían la integridad como darles al hombre y a Dios lo que se les debe. La vida cristiana le da a Dios Su lugar y respeta los derechos de las personas. El cristiano nunca desobe­decerá a Dios ni usará a una persona humana para satisfacer su deseo de placer. La vida cristiana conduce a la santificación. La palabra griega es haguiasmós. Todas las palabras griegas que terminan por  asmós describen, no un estado, sino un proceso. La santificación es el camino que conduce a la santi­dad. Cuando una persona le entrega su vida a Cristo, eso no la hace perfecta instantáneamente; la lucha no ha terminado ni mucho menos; pero el Cristianismo siempre ha considerado más importante la dirección en que se marcha que la etapa particular que se ha alcanzado. Una vez que se pertenece a Cristo se ha empezado el proceso de la santificación, el camino a la santidad. < Lo único que hago, dejando de pensar en lo que queda atrás y estirándome a lo que tengo por delante, es pro­seguir hacia la meta, al premio del supremo llamamiento que Dios me ha dirigido en la Persona de Jesucristo» (Filipenses 3:13s). Robert Louis Stevenson decía: < Viajar con esperanza es mejor que llegar.» Lo que no se puede negar es que es una gran cosa ponerse en camino hacia una meta gloriosa.

Pablo termina con una gran frase que contiene una doble metáfora: «La paga del pecado es la muerte, pero el regalo gratuito e inmerecido de Dios es la Vida eterna.» Pablo usa dos palabras militares: Para paga usa la palabra opsónia, que quiere decir literalmente la paga del soldado  la soldada (N C) , lo que se ha ganado arriesgando la vida y con mucho sudor y dolor, algo que se le debe y que no se le debe escatimar; y para regalo usa járisma  en latín donativum , que es algo que no se ha ganado, que el ejército recibía a veces. En ocasiones
especiales  por ejemplo, en su cumpleaños, el día que ascen­día al puesto supremo o en el aniversario , el emperador les repartía a los soldados un regalo en dinero. No se había ganado, sino que el emperador lo daba por generosidad y gracia. Así que Pablo dice: < Si se nos da lo que nos hemos ganado, no vamos a recibir nada más que la muerte; pero Dios nos da la Vida eterna por pura Gracia y generosidad.»
LA NUEVA LEALTAD
Romanos 7:1 6
No podéis por menos que saber, hermanos porque hablo con personas que saben lo que es una ley , que la Ley tiene autoridad sobre el hombre sólo mientras está vivo. Así, una mujer casada sigue ligada por ley a su marido mientras éste vive; pero, una vez muerto, ella queda totalmente desligada de la ley que la sujetaba a su marido. En consecuencia, será una adúltera si tiene relación sexual con otro hombre mientras su marido vive; pero si ha muerto, ella queda libre de la ley, y ya no será adúltera si se casa con otro hombre. Exactamen­te igual, hermanos, vosotros habéis muerto a la Ley mediante el cuerpo de Cristo (porque habéis compartido Su muerte en el bautismo) para uniros a Otro (quiero decir el Que ha resucitado de los muertos) para llevar fruto para Dios. En los días de nuestra naturaleza hu­mana desvalida, las pasiones de nuestros pecados, que kit Ley ponía en movimiento, obraban en nuestros miembros para dar fruto para la muerte. Pero ahora estamos totalmente desvinculados de la Ley, porque hemos muerto a todo lo que nos tenía cautivos, para servir, no bajo la vieja ley escrita, sino en la vida nueva del Espíritu.

Este es un pasaje sumamente complicado y difícil de enten­der. C. H. Dodd llegó a decir que aquí tenemos que olvidarnos de lo que Pablo dice, y procurar descubrir lo que quiso decir.

El pensamiento clave del pasaje se encuentra en la máxima legal de que la muerte cancela todos los contratos. Pablo em­pieza con una ilustración de esta verdad, y quiere usarla como símbolo de lo que le sucede al cristiano. Mientras está vivo su marido, una mujer no puede pertenecer a otro hombre sin cometer adulterio. Pero cuando muere su marido, el contrato matrimonial queda, por así decirlo, cancelado, y ella es libre para casarse con quien quiera.

Siguiendo esa alegoría Pablo habría podido decir que noso­tros estábamos casados con el pecado; que el pecado ha muerto en la Cruz de Cristo, y que, por tanto, ahora somos libres para pertenecer a Dios. Parece que era eso lo que quería decir; pero la Ley se introdujo en la escena. Pablo podría haber dicho sencillamente que estábamos casados con la Ley; que la Ley ha dejado de existir por la Obra de Cristo, y que ahora somos libres para pertenecer a Dios. Pero, de pronto, algo cambia, y somos nosotros los que hemos muerto para la Ley.

¿Cómo puede ser eso? Por el bautismo, participamos de la muerte de Cristo. Eso quiere decir que, habiendo muerto, que­damos descargados de todas las obligaciones que teníamos con la Ley y somos libres para casarnos de nuevo, y esta vez nos casamos con Cristo. Cuando eso sucede, la obediencia cristiana ya no es algo impuesto externamente por un código escrito de leyes, sino una lealtad interior del espíritu a Jesucristo.

Pablo traza el contraste entre dos estados del hombre  sin Cristo y con Él. Antes de conocer a Cristo tratábamos de vivir obedeciendo un código escrito de leyes. Eso era cuando está­bamos en la carne. La carne no quiere decir simplemente el cuerpo, porque el ser humano tiene cuerpo mientras vive. Hay algo en el hombre que presta atención a la seducción del pecado, que le ofrece al pecado un medio de acceso, y esa es la parte de nuestra personalidad que Pablo llama la carne.

La carne es la naturaleza humana aparte de la ayuda de Dios.
Pablo dice que, cuando nuestra naturaleza humana estaba se­parada de Dios, la Ley nos inducía al pecado. ¿Qué quiere decir con eso? Más de una vez expresa el pensamiento de que la Ley realmente produce el pecado; porque, precisamente porque una cosa está prohibida, nos parece más atractiva. Cuando no te­níamos más que la Ley, estábamos a merced del pecado.

Luego Pablo pasa a considerar el estado del hombre con Cristo. Cuando uno dirige su vida mediante la unión con Cristo, ya no lo hace por obediencia a un código de ley escrita que de hecho despierta el deseo de pecar, sino por la lealtad a Jesucristo en lo íntimo del espíritu y del corazón. No la Ley, sino el Amor es el móvil de su vida; y la inspiración del Amor puede hacerle capaz de lo que la imposición de la Ley era incapaz de ayudarle a hacer.
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