IV. la ciencia un camino hacia dios






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1. ¿Se puede probar la existencia de Dios?
Las pruebas clásicas de la existencia de Dios parecen haber perdido hoy mucho de su po­der de convicción. Para los ateos, se reducen más o menos a juegos tramposos y estériles. Los creyen­tes, ordinariamente no las ven con mucho interés. Para los unos y para los otros, al hacer referencia a una imagen del mundo ya superada, no merecen mucha atención.

Sin embargo, no habría que olvidar que los más grandes pensadores de la humanidad han reflexio­nado sobre ellas y que quizá encierran mayor inte­rés de lo que se piensa de ordinario actualmente.

El término prueba, en lo que concierne al problema de la existencia de Dios, es muy ambiguo y, en definitiva, no muy adecuado. En efecto, suele tenderse, cuando se habla de prue­bas de la existencia de Dios, a imaginarse pruebas de tipo científico, es decir, pruebas que concluyen de una manera cierta e irrefutable. Puede pensarse, por ejemplo, en los astrónomos y astrofísicos que han demostrado y probado que la tierra es un minúsculo grano de polvo perdido en una gigantesca galaxia, perdida a su vez en medio de otros quinientos millones de galaxias igualmente gigantescas. Se puede estar absolutamente cierto de ello, porque ha sido posible verificado a la vez matemática y experimen­talmente, gracias en concreto a poderosos telescopios y radiotelescopios.

Pues bien, como no hay ningún medio para verificar experimentalmente lo que se propone al hablar de Dios, estamos lejos de llegar a esta misma certeza. Como Dios no es de la misma naturaleza que la realidad sensible que nos rodea y que podemos conocer gracias a las ciencias, no podemos utilizar, en este caso, los mismos medios que utilizamos para conocer nuestro propio universo. No se le puede ver, hablar o tocar en concreto. En contra del astrofísico que puede probar lo que propone, no se puede verificar concretamente, experi­mentalmente, lo que se dice cuando se afirma que Dios existe... o que no existe.

Por eso, cuando se habla de « pruebas » de la existencia de Dios, se trata más bien de indicaciones sobre la direc­ción en la que podemos comprometemos cuando intenta­mos descubrir a Dios y justificar nuestra fe. Por eso, prác­ticamente todos los filósofos y todos los teólogos cristianos están de acuerdo en reconocer que el término “prueba”, sobre todo en nuestro mundo, cada vez más marcado por el rigor y la precisión científica, no es aquí muy satis­factorio. Prefieren hablar de ordinario, como santo Tomás de Aquino, de “vías hacia Dios” o, por recoger la fórmula tan sugestiva de W. Kasper, de “invitaciones razonadas a la fe”.

¿Cuáles son esas vías o invitaciones razonadas a la de, y cuál es su interés hoy para nosotros?
Las principales “Vías” clásicas de la existencia de Dios
Suelen distinguirse, según sus puntos de parti­da, tres grandes series de vías hacia Dios, para recoger el término Tradicional, pero sabiendo que hay que utilizado con muchas precauciones, de pruebas de la existencia de Dios: a partir de la realidad del universo, a partir del hombre y a partir de Dios mismo.
a) Las vías a partir de la realidad
También se les llama pruebas cosmológicas, ya que se basan en el hecho de La existencia del mundo material y del universo (el cosmos).

Estas pruebas son probablemente las más an­tiguas. Bajo formas sumamente diversas, desde sus expresiones mitológicas hasta sus formulaciones ri­gurosas en filosofía, las encontramos prácticamente a través de toda la historia de la humanidad. Res­ponden a esas preguntas que son de siempre y que siguen siendo actuales: ¿se basta a sí mismo nues­tro universo o es el fruto de la creación de Dios?; ¿por qué existe algo más bien que nada?; ¿por qué el universo es como es y no es distinto?; ¿por qué está aparentemente organizado.

A la luz de la revelación, esta pruebas fueron recogidas por los primeros teólogos y filósofos cris­tianos, los padres de la Iglesia, antes de que las precisara y sistematizara santo Tomás de Aquino en el siglo XIII.

  • Dios, causa del mundo


Constatando en primer lugar que todo lo que existe en el universo tiene una causa, se concluye que, si el universo existe, debe necesariamente te­ner una causa. En este caso, la causa no puede ser más que el ser omnipotente, Dios, ya que sólo él puede crear nuestro prodigioso universo.

Se constata además que este universo está en constante evolución y que se dan en él el cambio y el movimiento. ¿Quién puede estar en el origen mis­mo de este cambio y de este movimiento sino, como dirá Aristóteles, el “primer motor del universo”, es decir, el mismo Dios?
Constatando finalmente que el universo es contingente, es decir, que no tiene en sí mismo su razón de ser, se puede preguntar si Dios no será la respuesta de este enigma. Dios sería entonces el ser necesario en quien el mundo encontraría su justificación y su razón de ser.

  • Dios, fuente del Orden del mundo

Es la prueba por la finalidad o argumento teleológico. Este argumento parte del orden real (aunque imperfecto) que existe en el mundo, de la admira­ción que puede experimentarse ante el espectáculo de la naturaleza, de la comprobación de su complejidad creciente a lo largo del tiempo para producir la vida y finalmente el hombre. Entonces se plantea la cuestión de saber si este mundo no será obra de una inteligencia soberana.

Este argumento puede formularse así en forma de silogismo: La finalidad o el orden supone una causa inteligente. Es así que en el mundo hay una finalidad y un orden. Luego el mundo supone una causa inteligente. Esta causa no puede ser más que el ser todopoderoso: Dios. Por tanto, Dios existe.
Dios sería entonces la respuesta a un interrogan te continuo de los hombres, que podemos formular con la célebre frase de Voltaire3.
El universo me asombra

y no puedo menos de pensar que este reloj marche

sin que haya un relojero.
Esta prueba es quizá la más popular de todas. Bajo diversas formas, algunos filósofos griegos, por ejemplo Platón o Aristóteles ya la habían propues­to. Partiendo de la realidad del cosmos y pregun­tándose por su belleza, su orden, su movimiento sus deficiencias (el misterio del mal), habían creí­do descubrir en él la presencia de lo divino. Esta vía fue recogida continuamente después.

Observaciones sobre estas pruebas

Estas pruebas parecieron irrefutables durante mucho tiempo. Hoy se reconoce de buen grado que estas prue­bas no pueden, por sí solas, llevar a admitir la necesidad de la existencia de Dios. Ya en el siglo XVII, Pase al subrayaba que era ingenuo y vano decir a los que no tienen fe que no tienen mas que ver la más pequeña cosa que les rodea y llegarán a descubrir allí a Dios.

En realidad el universo es cada vez menos espontáneamente para la mentalidad moderna un signo del creador: si signi­fica algo al hombre de hoy es sobre todo el poder del hombre capaz de descifrar los misterios y el valor de la ciencia, capaz de expresarnos lo que descifra la inteligencia.

Sin embargo esto no significa ni mucho menos que hayan desaparecido los interrogantes que suscitaron estas «pruebas».
b) Las pruebas a partir del hombre
Estas pruebas dejan de lado la realidad ex­terior del cosmos. Parten de la realidad interior del espíritu humano. Subrayan en primer lugar que el hombre tiene naturalmente en sí mismo la idea de Dios y que seguirá estando inquieto mientras no tenga con­ciencia de la presencia efectiva de Dios en su propia interioridad. Esta perspectiva era muy corriente entre los padres de la Iglesia y se la encuentra concretamente en san Agustín, que se dirige asía Dios:

“Tú nos has orientado hacia ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti”4.
Siempre en la misma perspectiva, se resalta a continuación la insatisfacción profunda que parece sentir el hombre hasta que no encuentra un funda­mento sólido sobre el que anclar sólidamente los valores que le hacen vivir. Pues bien, la libertad humana no encuentra su plenitud en la esfera intramundana. Por eso la vida humana es tan inquieta y fatigosa. El hombre sólo puede encontrar su plenitud cuando se encuentra con una libertad que es incondicional. Sólo en el encuentro con la libertad absoluta halla el hombre la paz y la plenitud inte­rior.
En otras palabras, el hombre tiene necesidad de que los valores importantes que inspiran y justifi­can su acción, valores comúnmente reconocidos co­mo esenciales desde el punto de vista humano, mo­ral y espiritual, como la justicia, el respeto a los demás o el sentido del deber, reposen en “algo” sólido. Ese “algo” no puede ser más que la perfec­ción absoluta, sin la que el hombre se sentirá siem­pre insatisfecho. Ese absoluto que el hombre busca sin cesar más o menos oscuramente no puede ser más que Dios. Por tanto, Dios existe.

Kant, que había criticado severamente las de­más pruebas tradicionales de la existencia de Dios, conservaba sin embargo esta- aproximación a Dios por la reflexión sobre la moral, ya que según él, no se puede llegar a ningún resultado en este terreno si no nos basamos en principios morales o nos servi­mos de ellos como guía.­
Así, pues, “postulaba” la existencia de Dios, pen­sando que sólo Dios podía dar sentido a nuestra vida moral y satisfacernos plenamente desde este punto de vista.
Pero a sus ojos se trata ciertamente de un “pos­tulado”, es decir, de una realidad que hay que acep­tar como verdadera sin poder probar su verdad. Por tanto, no se trata de una “prueba”, ya que no se puede demostrar a Dios. Se afirma solamente su existencia, y se cree en él, porque sin eso la vida moral perdería toda justificación.
Observaciones sobre estas pruebas

Estos argumentos no parecen mucho más de­mostrativos que los otros. De hecho, no porque yo tenga en mí la idea de Dios, este Dios existe realmente; por otra parte, se podría muy bien admitir que no hay nada que res­ponda a esta necesidad de superación del hombre y de justificación de los valores que le parecen esen­ciales. Su único fundamento sería el hombre mismo y sólo él; Dios (o el absoluto) no sería entonces, como pensaba Feuerbach, más que una proyección del hombre o, como dirá Freud por su lado, el resul­tado de un deseo de protección del hombre todavía en una etapa infantil.
c) La prueba a partir de Dios mismo o el “argumento ontológico”

Este “argumento ontológico” fue expuesto en primer lugar por san Anselmo en el siglo XI. Fue recogido bajo diversas formas por algunos filósofos en la época moderna, concretamente por Descartes en el siglo XVII, por Leibniz en el XVIII y por Hegel en el siglo XIX.
Se basa en la idea que uno se hace de Dios. Muy simplemente podríamos expresarlo así: al hablar de Dios, tengo la idea de un ser perfecto. Si ese ser perfecto no existiera, no sería perfecto, ya que le faltaría precisamente esa perfección que es la exis­tencia. Luego existe.
Observaciones sobre el argumento ontológico
Este argumento fue muy criticado por santo To­más antes de que lo criticase Kant. Los dos subrayan que no se puede pasar así del terreno de las ideas (las ideas de perfección y del ser perfecto que se piensa que hay en mí) al de la necesidad de la existencia de ese ser perfecto.

Este paso de la simple idea a la realidad efectiva de esta idea es muy discutible. Kant lo subrayaba utilizando la siguiente comparación para mostrar; la debilidad de este argumento: No es el hecho de que yo piense que tengo cien monedas... lo que hace que esas cien monedas existan realmente en mi bolsa. La célebre prueba ontológica... no hace más que malgastar todo el esfuerzo que se pone en ella y todo el trabajo que se le consagra», puesto que no se puede probar a Dios lo mismo que podría un comer­ciante hacerse más rico si, por mejorar su fortuna,­ añadiese algunos ceros a su dinero efectivo. ­
2. Los límites y el interés de estas pruebas
a) Estas pruebas están lejos de ser decisivas...
Estas pruebas tenían ciertamente mucho peso en otros tiempos, en un mundo muy religioso en donde se sentía naturalmente la tendencia a ver por todas partes la presencia de Dios.

Hoy, para el propio creyente, resultan muy frá­giles. ­ Las pruebas de Dios metafísicas, indicaba ya Pas­ cal en el siglo XVII, están tan alejadas del razona­miento de los hombres y son tan complicadas que impresionan poco; e incluso, cuando esto les sirviera a algunos, no lo haría más que durante el instante en que ven esta demostración, pero una hora más tarde tendrán miedo de haber sido engañados . Nadie es capaz de ofrecer una prueba matemática
b) pero tienen el gran mérito de invitar a la reflexión
Es verdad que estos argumentos no son suficientes; para calmar la inquietud humana, pero no hay que considerarlos como indiferentes. No solamente han colmado las exigencias de rigor de algunos espíritus que no es pequeño argumento, sino que corresponden a una interrogación auténtica e inevitable del hombre. Conviene evitar aquí dos excesos; el de exagerar su alcance y el de infravalorarlo.
Efectivamente, no hemos de rechazar demasia­do pronto estas “vías”. Ante todo porque, si no “prueban” a Dios, son por lo menos “invitaciones razonadas a la fe. Son vías hacia Dios y, como tales, pueden conducir a algu­nos hacia él.
Después, porque pueden permitir al creyente, ex­plicitar el sentimiento y la convicción que tiene de la existencia de Dios y darle algunos elementos pa­ra justificar racionalmente su fe.

Finalmente, y quizá sobre todo, porque invitan al menos a la reflexión, planteando cuestiones que no son secundarias, ya que se refieren al sentido que le damos a nuestra vida y al universo que es el nuestro, cuestiones propiamente existenciales que no pueden dejar indiferente al que las toma en cuenta, sean cuales fueren por otra parte sus con­vicciones filosóficas y religiosas, sea o no creyente.
¿Cuáles son estas cuestiones?

­

Las pruebas cosmológicas plantean la cuestión de la causa primera de la existencia del universo. ¿Es creado o increado? ¿Es fruto del azar o pro­ducto del acto creador de Dios? La prueba “teleológica” nos interroga más sobre la evolución misma, esa evolución que ve la apari­ción de la vida y el surgir de la conciencia con el hombre. También en este caso, la evolución ¿es el resultado del azar o del acto creador de Dios?
Los argumentos antropológicos y morales plantean el problema de los valores humanos, mo­rales y espirituales o religiosos que nos hacen vivir, y el problema del fundamento de la moral. ¿Hay valores universales que se impondrían más o menos a todos, o los valores son siempre relativos al hom­bre y, por tanto, más o menos subjetivos en el fon­do? En el primer caso, ¿qué es lo que los justifica y les da fundamento?

La prueba ontológica nos lleva a preguntarnos por la idea de perfección. ¿Existe la perfección en alguna parte... o es solamente el fruto de la proyec­ción del hombre, como pensaba Feuerbach?

Estas cuestiones esenciales permiten ciertamen­te poner de relieve las diversas facetas de este deba­te sobre el problema de Dios y explicitar de forma particularmente satisfactoria las razones que nos conducen a afirmar su existencia.


1 Con el término metafísico nos referimos al “ser”. Ej. La anatomía explica los elementos del cuerpo humano pero no que “Es” el ser humano.

2 Es verdad que el sol parece girar alrededor de la tierra. Esto resulta tan engañoso que, según un sondeo del IFOP realiza­do en 1981, el 38% de los franceses seguían creyendo en dicha fecha que era el sol el que daba vueltas alrededor de la tierra.

3 Voltaire, Sátiras, «Las cábalas».

4 San Agustin, Confesiones, 1, 1

2014rectángulo 452 pág.
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