IV. la ciencia un camino hacia dios






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V. DIOS Y LA LIBERTAD DEL HOMBRE
Habiendo sidos suplidas muchas explicaciones religiosas de la realidad por otras de carácter científico, la manera de interpretar la existencia por parte del hombre fue trastocada en uno de sus aspectos más vulnerables: la libertad. Al ya no necesitar de Dios para explicar empíricamente el movimiento del cosmos, y otras cuestiones, la pregunta fue si se necesitaba de Dios para vivir.
El ateísmo contemporáneo tiene un acento que le es propio e inmediatamente perceptible, sean cuales fue­ren las diferencias de contenido entre las doctrinas y de estilo entre las actitudes; glorioso o desesperado, el ateísmo contemporáneo busca en la negación de Dios una afirmación total del hombre; se define de buen grado como un humanismo; quiere dar testimonio ante sí mismo de que ha llevado al hombre hasta el límite de sus posibilidades. De ahí ese presupuesto de que la creencia en Dios es, por el contrario, una especie de deshumanización del hombre. Tocamos aquí un lugar común, en todos los sentidos de la palabra, de los ateís­mos contemporáneos
Presente ya en el humanismo científico del que acabamos de hablar, esta perspectiva es quizá más pronunciada todavía en el humanismo ateo que se presenta a continuación, y que se caracteriza por el rechazo total de Dios en nombre del ser huma­no, pero de un Dios conocido como negador de la libertad del hombre.

La problemática en este caso es la noción de creación divina. Esta idea de creación es muy mal comprendida por estos filósofos ateos que, a ejem­plo de Sartre, opinan que, si Dios creó el mundo, no ha podido crear más que seres totalmente depen­dientes de él, desprovistos de toda libertad. Si esto fuese verdad, el hombre estaría entonces totalmen­te manipulado por Dios, que lo habría previsto todo de antemano.

Pues bien, como acabamos de ver, cuando en la perspectiva cristiana se habla de creación divina, se habla de algo muy distinto. Lejos de ser el mani­pulador del hombre, el tirano que tantas veces y sin razón alguna se ha visto en él, Dios, por el contrario, ha creado al hombre, no sólo como un ser totalmente libre y responsable de su vida, sino co­mo un ser que es a su vez creador


1. El humanismo ateo.
Esta oposición a un Dios tiránico y opresor, que fue apareciendo progresivamente en la conciencia popular, fue pensada, sistematizada y argumentada por algunos filósofos ateos que lo re­chazaron violentamente en nombre del ser humano y de su libertad.
1.1 En el origen de esta convulsión
Pero para comprender bien el alcance y el inte­rés de las posiciones de estos filósofos ateos para una reflexión sobre Dios hoy, es importante volver atrás para ver cómo este doble movimiento de secularización y de rechazo de Dios en el ateísmo contemporáneo se vio paradójicamente favoreci­do por algunos filósofos teístas, concretamente Descartes y Kant, que invirtieron las perspectivas clásicas de la filosofía, y por tanto indirectamente las de la teología, poniendo primero el acento en el mismo hombre y no ya en la naturaleza y en su creador, Dios.

Globalmente, hasta Descartes los filósofos y los teólogos se interesaban primero por Dios y por la naturaleza, obra de la creación divina en la que se integraba el hombre, que venía solamente a conti­nuación de ella.

Al afirmar que el hombre tenía que entregarse sólo al poder de su razón para conocer la verdad, Descartes llevó a cabo, una especie de revolución copernicana. En efecto, invertía la perspectiva tra­dicional de su época que tendía más bien a conten­tarse con repetir las verdades transmitidas por la tradición, las cuales, debido al auge de la ciencia en el mundo del renacimiento, estaban entrando en un proceso de crisis. Esto nos remite a la controversia entre la concepción del mundo que tradicionalmente se sostenía donde esta permanecía como centro del universo, contraria a la propuesta de Galileo Galilei, en donde la tierra deja del ser el centro.

Al dejar de ser la tierra el centro del universo, el hombre viene a ocupar su lugar, y con ello su racionalidad y libertad. Descartes, por su parte, intentó eliminar sistemáticamente los prejuicios, los argumentos de autoridad y las verdades no probadas, e invitó al hombre a utilizar su razón y su propia facultad de conocer, comenzando una revolución en la forma habitual de concebir el conocimiento.

Prescindiendo de cualquier otro medio de acer­camiento a la verdad que no fuera la propia razón humana, Descartes buscó entonces una primera verdad indudable donde basar sólidamente su pensamiento. Para ello lo puso todo en duda -es la famosa duda metódica-, a fin de encontrar una verdad primera que, resistiendo precisamente a esa duda, se presentase como absolutamente cierta. Pues bien, comprobó que se puede aparentemente dudar de todo. No sólo de la existencia de Dios, ya que no se puede verificar si existe o no, sino de la realidad misma, que podría ser objeto de un sueño. Sólo hay una cosa que se resiste a esa duda: el hecho de que, si pienso, necesariamente existo. «Yo pienso, luego yo soy»: éste será el punto de partida de su filosofía, y solamente en un segundo tiempo tocará los problemas de Dios y del universo.

Así, pues, con Descartes se pone el hombre en primera fila, y Kant no hará más que acentuar este proceso, haciendo igualmente resaltar la importan­cia del sujeto pensante en el conocimiento e insis­tiendo en la dignidad de este sujeto y en la impor­tancia de la libertad para el hombre, que es el único competente en la organización de su propio univer­so.
Resaltando de este modo a la razón y al sujeto, Descartes y Kant facilitaron el movimiento de secu­larización del que hemos hablado y tienen así el mérito de invitar a los creyentes a abrirse a la mo­dernidad y, a partir de ahí, repensar concretamente el problema de Dios. Pero, sin saberlo, sin imaginar sus consecuencias, abrieron igualmente el camino a los filósofos ateos modernos, que se apresuraron a conservar al hombre... eliminando pura y simple­mente a Dios.
1.2. La autonomía del hombre como reivindicación del ateísmo moderno
¿A qué se debe esta eliminación de Dios? A que, según los filósofos ateos, el hombre no puede ser él mismo más que si Dios no existe. Si existe Dios, Dios lo es todo y el hombre no es nada. Dios se presenta entonces como el rival del hombre, al que se resistiría a dejar sitio. Si Dios es creador, el hombre no puede serlo. Y si quiere serlo, tiene que eliminar a Dios.
La creencia en Dios corresponde realmente a una etapa infantil de la humanidad y, lo mismo que el niño tiene que independizarse de sus padres para entrar realmente en la vida, el hombre tiene que liberarse de la protección ilusoria de Dios para ha­cerse adulto. Actualmente, esta creencia en Dios, así como todas las religiones que la acompañan, tienen que desaparecer en beneficio exclusivo del propio hombre. Según todos estos filósofos, la muerte de Dios es la condición absoluta para que el hombre pueda vivir de verdad y desarrollarse libre­mente, ya que Dios no puede ser más que un tirano insaciable.

Si Dios existe, el hombre es esclavo. Si el hombre es inteligente, justo, libre, Dios no existe. Desafiamos a quien quiera a que salga de este círculo. Por eso hay que elegir y la elección para los filósofos ateos es clara. Es evidentemente la opción del hombre en detrimento de Dios. Sólo a sus ojos esta opción puede salvar al hombre. Por eso exigen la etiqueta de humanistas en la medida en que ponen al hombre por encima. Pero se trata de un humanismo ateo que no cesará de afirmarse: es preciso que muera Dios para que el hombre viva. Para esos filósofos, que los que vamos a hablar ahora, las cosas están claras: en contra de lo que se creyó por mucho tiempo, no es Dios el que creó al hombre, sino el hombre el que ha creado a Dios. Dios es un puro producto de la imaginación y del deseo del hombre.
3. Dios como proyección de los deseos y la imaginación del hombre
Está idea está lejos de ser nueva en filosofía. Se encontraba ya en Jenófanes, filósofo griego del siglo VI a. C. Pero el primer análisis profundo de este proceso que habría llevado al hombre a crear a Dios fue propuesto por Ludwig Feuerbach, en un libro que ha marcado un hito en la historia de la filosofía, verdadero detonador en la guerra que algunos, filósofos modernos han declarado contra Dios: La esencia del cristianismo.

El hombre, observa Feuerbach, está hecho para conocer, para amar y para obrar, pero en todos estos terrenos, y más generalmente en todo lo que hace, constata que es muy limitado, que no puede siempre conocer, amar y obrar más que imperfecta­mente. Constata además que está sometido al sufri­miento, que ha de enfrentarse con el mal y final­mente que está abocado a la muerte
Feuerbach tiene toda la razón al afirmar que el hombre se proyecta necesariamente en Dios cuando intenta pen­sado y que tiende inevitablemente a imaginárselo un poco a su propia semejanza, aunque idealizada.

Pero esto no significa ni mucho menos que Dios sea sólo eso, es decir, una simple proyección de los deseos y de los fantasmas del hombre y que no exista en sí mismo. Un sencillo ejemplo nos podría permitir comprender mejor lo que decimos: siempre nos imaginamos prácticamente a los demás distintos de lo que son en realidad, ya que tendemos a proyectar en ellos lo que somos nosotros, lo que pensamos, lo que amamos o detestamos. Pero no por­que nos proyectemos así en ellos, y lo hagamos necesaria­mente, dejan ellos de existir. Del mismo modo, tampoco Dios deja de existir por el hecho de que nos proyectemos necesariamente en él.

a) El hombre se proyecta en Dios...

Pues bien, el hombre está convencido de que es incapaz, por sí mismo, de superar esos límites. Por eso intenta encontrar una solución satisfactoria pa­ra colmar esas lagunas y vencer sus temores, inven­tándose un ser perfecto y todopoderoso, que tendría todas las cualidades y no estaría sometido ni al mal, ni al sufrimiento, ni a la muerte.
Proyectando en el cielo a ese ser que llama Dios y que posee todas las perfecciones cuya ca­rencia siente él mismo tan cruelmente, el hombre no hace más que huir hacia un puro fantasma. Dios no es más que el producto de su imaginación deli­rante. No es más que el reflejo gigantesco, hipertro­fiado e idealizado del hombre mismo. En realidad, los atributos que la religión le reconoce al ser divino, el saber, el amor, la sabiduría, la justicia son propiedades del género humano. Al contemplar a Dios, el hombre no hace más que contemplarse a sí mismo.
Dios no tiene ninguna realidad. No es más que el fruto de los deseos de perfección del hombre que expresa así sus propias aspiraciones. Para Feuer­bach, el hombre no hace más que realizar así un sueño quimérico: La religión es el sueño del espíri­tu humano.
b)... y se somete a ese Dios que ha creado

Feuerbach prosigue su análisis señalando que el hombre no se contenta con alienarse proyectándose así en Dios, proceso por el que se despoja ya de algo que le pertenece en propiedad en provecho de ese Dios ilusorio, sino que se aliena quizá más todavía sometiéndose a él a través de los principios religio­sos que son igualmente fruto de su imaginación. Por tanto, aliena doblemente su libertad en provecho de un Dios imaginario, del que se hace esclavo.

Esta esclavitud no puede durar eternamente. El hombre tiene que acabar haciéndose adulto y rechazando a Dios. Es para él una cuestión de super­vivencia, ya que el primer objeto del hombre es el hombre.

Este punto es capital para Feuerbach y, tras él, para todos los filósofos que se sitúan en esta misma perspectiva:

La ley suprema y primera tiene que ser el amor del hombre al hombre. Homo homini Deus est (el hombre es un dios para el hombre): tal es el principio práctico supremo; tal es el giro de la historia mundial. Yo niego a Dios, señalará también Feuerbach: esto signi­fica para mí: yo niego la negación del hombre... La cuestión de la existencia o no-existencia de Dios es

2. Dios: negación del hombre libre
Sartre no se entretiene mucho en intentar pro­bar su ateísmo. Se contenta simplemente y esto le parece suficiente con negar a Dios en nombre de una cierta visión del hombre.
Si Dios existiera, no podría ser más que el que gobierna el mundo desde lo alto de su cielo, el que lo ha previsto todo, el que lo sabe todo, el que lo dirige todo. Aniquilaría entonces necesariamente la libertad del hombre que, por este motivo, no puede menos de rechazar la idea misma de la existencia de ese Dios que no puede ser sino el fruto de su imaginación delirante. Esta es la idea esencial de Sartre a este propósito.
Para que el hombre viva, tiene que morir Dios. "Si Dios existe, el hombre es nada; si el hombre existe..., Dios no existe», afirma Sastre. Por tanto las cosas están claras: la creación y la libertad se excluyen totalmente. ¿Por qué? Porque Sartre se imagina a Dios creando al hombre a la manera de un artesano que produce un objeto. Entre las manos todopode­rosas de Dios, el hombre no podría ser más que un objeto manipulable y manipulado a placer. Ese Dios es inconcebible para Sartre. Y lo rechaza porque el hombre tiene que ser el único creador de su vida en nombre de la libertad y de la responsabi­lidad que tiene, lo mismo que ha de ser él el creador de los valores según los cuales va a dirigir esa vida; yo solo he decidido sobre el mal; yo solo he inven­tado el bien.
Así, es la fe en el hombre la que, siguiendo a Feuerbach, conduce a todos estos filósofos a la ne­gación de Dios. Su negación pura y simple se perci­be entonces como el postulado de la libertad.
Por otra parte, hay que reconocer que estos filó­sofos tuvieron toda la razón para rebelarse contra Dios... o, mejor dicho, contra _esas caricaturas de Dios que ellos nos presentan: unos dioses despóti­cos, arbitrarios, tiránicos, y hasta crueles y perver­sos.
Pero vamos a ver cómo, si uno tiene una idea justa y adecuada, no es ni mucho menos necesario «matar a Dios» para salvar la libertad del hombre y no sólo no es necesario matarlo, sino que es esen­cial afirmar su existencia en la medida en que él es el único que garantiza la libertad del hombre y al hombre mismo.

3. Dios: proyección de los instintos humanos

Al contrario de Sastre, el hombre, para Freud, no es libre. La libertad es una apariencia, porque la conducta del hombre está determinada inexorablemente por los instintos...Freud interpretará todos los fenómenos humanos con la clave reducida del pansexualismo (todo es sexo). Todo el mundo de los valores (verdad, justicia, amor, etc.) queda reducido a necesidades repulsivas y los mismos valores son sólo sublimaciones, formaciones reactivas o formas de racionalización.

Freud explica muchos fenómenos psíquicos recurriendo a mitos, tomados como metáforas poéticas, que le sirven a manera de explicaciones de esos fenómenos. Así el origen de la religión estaría en el complejo de Edipo. Este nombre proviene del sufrimiento que le ocasiona a Edipo, en la tragedia griega del mismo nombre, el vaticinio de que matará a su padre y se casará con su madre, cosa que realmente llega a suceder, sin él saberlo.

Según Freud, el hombre, al sentirse incapaz de soportar su debilidad y su abandono frente a las exigencias de la naturaleza y de la sociedad, se refugia en una regresión infantil e inventa un Dios que le protege: se agarra a su padre, esta vez poderoso. La religión sería, para él, una neurosis obsesiva.

Acerca del fin de la existencia. "el propósito vital del individuo consiste sólo en satisfacer las necesidades que ha traído consigo". Así, placer y "displacer" -serán los principios reguladores de toda actividad nerviosa. Por ello, los instintos actúan siempre. Cuando no pueden satisfacerse ni ser reprimidos, actúa un nuevo mecanismo: la sublimación, que consiste en el proceso por el cual, según Freud, la energía sexual o libido se transforma en actividad "superior-, espiritual o cultural. Producto de la sublimación son, para Freud, el arte, la moral, las creencias (religión).

La sublimación, continúa, lo que hace es transferir al grupo los problemas del individuo; de ahí que la sociedad viva bajo la perpetua amenaza de la neurosis colectiva. Para el psicoanálisis, el dogma cristiano es precisamente la cristalización del complejo básico de toda neurosis (el de Edipo). Dios sería sólo una sublimación del padre.

Si la cultura consiste en reprimir los instintos, la religión es un tratado del temor al padre, referido a un padre de la colectividad. Según Freud, la religión es un producto secundario, por tanto algo falso, inauténtico, ilusorio. Lo real y auténtico será lo primitivo, que coincide con lo instintivo.
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