IV. la ciencia un camino hacia dios






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IV. LA CIENCIA UN CAMINO HACIA DIOS
El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir.”

(Albert Einstein)

Día con día, debido a los avances de la tecnología, la ciencia se ha erguido como garante de conocimiento certero. “Es verdad si es científicamente verificable” se puede afirmar en ciertos ambientes de conocimiento. Independientemente de los alcances y límites del conocimiento científico, es muy conocida la tradicional disputa surgida entre la aportación del conocimiento científico y la cosmovisión religiosa de la edad media y de los tiempos premodernos.
Este conflicto, como bien sabemos, contribuyó de forma decisiva a la aparición del ateísmo moderno y a una revisión muy importante -y provechosa- de la concepción de Dios por parte de los filósofos creyen­tes y de los teólogos: el conflicto entre la teología y las ciencias de la naturaleza.

Debido a la actitud mucho tiempo negativa y estéril de la Iglesia frente a los descubrimientos científicos, se produjo una ruptura catastrófica en­tre ella y el mundo moderno. Una ruptura tal que, en este “combate” entre la ciencia y la religión, se pudo creer por un momento que la primera iba a aplastar definitivamente a la segunda y a eliminar totalmente a Dios de nuestra cultura contemporá­nea No fue éste finalmente el caso, ya que por ambos lados se llegó a tomar conciencia, concretamente como consecuencia del doloroso “caso Galileo” y del problema de la evolución, de que las cosas eran mucho más complejas de lo que se había creído en el momento en que el positivismo triunfante atacaba violentamente a una Iglesia fija­da en su conservadurismo y en su desconfianza. En efecto, se fue viendo progresivamente que no sólo la ciencia no está en contradicción con la afirmación del Dios de la revelación cristiana, sino que podía incluso conducir hasta él.

Finalmente, los prodigiosos descubrimientos científicos modernos, haciéndonos descubrir cada vez más la complejidad propiamente inimaginable de nuestro universo, no pueden menos de replante­ar el problema de la creación del mundo: nuestro universo ¿se basta a sí mismo o es fruto del acto creador de Dios? De este modo nos llevan a replantear de nuevo la cuestión del significado y del “por­qué” de la existencia misma de este universo y de nuestra propia existencia, y por tanto a replantear en definitiva la cuestión de Dios.
1. Dios frente a la ciencia
Durante casi dos milenios, en el occidente cristiano, basándose en la fe de las afirma­ciones bíblicas, se creyó que el universo había sido creado en siete días y que esta creación había teni­do lugar unos cuatro mil años antes de Cristo.
La cronología tradicional que se refería concre­tamente a las fechas de la creación y del diluvio, cronología recogida entre otros por Bossuet en su Discurso sobre la historia universal, era la que se daba corrientemente en los cursos de historia sa­grada y en los catecismos de la primera mitad de nuestro siglo XX. Así, en un manual muy difundido, L'Annéépréparatoire d'histoire sainte de T. Bénard, en su edición número 102 de 1930, se puede leer que la creación del mundo data concretamente del año 4963 antes de Jesucristo, y el diluvio del año 3308, igualmente antes de Cristo.
Pues bien, hoy los astrofísicos calculan en unos 15.000 millones de años la edad de nuestro universo y son casi capaces de reconstruir las etapas princi­pales de esta historia desde el big-bang inicial, que suele considerarse como el «comienzo» del mundo. Se ha Pasado del fixismo al transformismo, de un mundo cerrado y estable a un universo en expan­sión y en constante evolución.
Existe pues una gran distancia entre estos des­cubrimientos prodigiosos y los dos relatos bíblicos de la creación del mundo, que nos muestran por ejemplo a Dios modelando la tierra, lo mismo que un alfarero modela la arcilla, u operando a Adán para quitarle una costilla con la que formar a Eva.

Desgraciadamente, por mucho tiempo se ha querido tomar estas imágenes, por otra parte tan ricas de significado en otro nivel, por verdades cien­tíficas, cosa que no eran en absoluto, como vere­mos. Este error ha contribuido a des­arrollar en la mentalidad de muchos no creyentes y de algunos creyentes que se sintieron de pronto incómodos con su fe la convicción de que era im­posible adherirse al mismo tiempo a lo que afirma­ba la ciencia ya lo que decía la Biblia. Y por tanto, que no se podía creer al mismo tiempo en la ciencia y en Dios.

Ahí es donde se arraigan las violentas controver­sias pasadas sobre las relaciones entre la ciencia y la fe, y el ateísmo de muchos. No es nuevo este debate, pero sigue siendo actual. Y lo es mucho más hoy, cuando vivimos en un mundo en el que la ciencia y la técnica van tomando un lugar cada vez más importante.
2. Un conflicto relativamente reciente
En contra de lo que muchas veces se cree, la Iglesia no siempre estuvo sistemáticamente en con­tra del progreso científico. Durante mucho tiempo, la Iglesia, si no siempre favoreció, al menos permi­tió el progreso científico y el desarrollo de la técnica eliminando a las divinidades que se consideraban rectoras del universo, y esto en continuidad con la Biblia que lo había «desacralizado».

Los relatos del Génesis desacralizan el universo. Los astros y los animales no reciben ya veneración. Desdivinizados, ¿por qué no iban a ser objetos de estudio? además, ¿acaso no asigna el Génesis al hombre, como función primordial, la explotación de toda la tierra? Por eso, es posible ver en los primeros rela­tos bíblicos la incitación a una explotación racional del universo.
Globalmente, una actitud bastante positiva de la Iglesia en este terreno había permitido a los sa­bios desarrollar progresivamente un tipo de conoci­miento relativamente riguroso de la realidad. Y es­to sucedió igualmente -hemos de recordado- si­guiendo a los filósofos griegos, como Aristóteles, que buscaban comprender el universo de una ma­nera racional.
Desde este punto de vista, se puede afirmar que durante mucho tiempo, a pesar de algunos bloque­os que se debían tanto a factores culturales como estrictamente religiosos, la Iglesia ayudó más bien a las ciencias a constituirse como tales y a adquirir su independencia..., al menos antes de la época moderna en la que se vio aparecer los violentos conflic­tos a los que acabamos de aludir entre la Iglesia y los científicos, por el hecho de que los descubrimientos de estos últimos parecían eliminar a Dios.


UN UNIVERSO EN CONSTANTE EVOLUCION
El big-bang sería la explosión que habría tenido lugar hace unos quince mil millones de años, del pri­mer núcleo de materia de una densidad inimaginable del que provendría todo el universo, que, a partir de entonces, está en constante expansión.

Las galaxias que lo componen -unos quinientos mi­llones, que comprende cada una unos cien mil millones de estrellas- se alejan efectivamente unas de otras a velocidad vertiginosa. La mayor parte de los sabios, sean cuales fueren sus opiniones filosóficas o religiosas, están ahora casi plenamente de acuerdo en reconocer que esta teoría es hoy la más probable..., pero dejando la puerta abierta a otros descubrimientos que podrían confirmarla... o debilitarla.

A comienzos de siglo, la observación del movimiento de las galaxias proyectó la dimensión histórica al conjunto del universo. Todas las galaxias se alejan unas de otras en un movimiento de expansión a escala cósmica. De ahí nació la idea de un comienzo del universo. Salido de una fulgurante explosión, hace unos quince mil millones de años, prosigue desde entonces su dilatación y su enfria­miento. La imagen de una materia histórica se impone actualmente en todas partes. Lo mismo que los seres vivos, las estrellas nacen, viven y mueren, aun cuando su vida se cifre en millones y millones de años. Las galaxias tienen una juventud, una edad madura y una vejez.

La historia del cosmos es la historia de la materia que se despierta. El universo nace en una gran desnudez. No
existe al principio más que un conjunto de partículas sim­ples y sin estructura. Como las bolas sobre el tapiz verde de un billar, se contentan con ir errantes y chocar entre sí. Luego, por etapas sucesivas, esas partículas se combinan y se asocian. Las arquitecturas se elaboran. La materia se hace compleja y «performante», es decir, capaz de activi­dades específicas...

¿Adónde lleva este camino? La física nuclear nos per­mite comprender la evolución nuclear: cómo, a partir de las partículas elementales salidas de la explosión inicial, se formaron los núcleos atómicos en el corazón de las estrellas... Los notables progresos de la radioastronomía y de la biología molecular nos permiten trazar las grandes etapas de la evolución química entre las estrellas y en los planetas primitivos. Y finalmente, siguiendo los pasos de Darwin, veremos alzarse ante nosotros el gran árbol de los seres vivos de nuestro planeta: la evolución biológica nos lleva desde las bacterias hasta la aparición de la inteligen­cia humana. El camino de la complejidad ¿se detiene en el ser humano? No tenemos razón'alguna para afirmarlo. El corazón del mundo sigue latiendo a su ritmo. El «sentido» está en marcha. Puede ser que ya se hayan franqueado otras etapas en otros planetas. ¿Qué inauditas maravillas prepara en cada uno de nosotros la gestación cósmica? El hombre ha nacido del primate. ¿Quién nacerá del hom­bre?
H. Reeves, Patience dans /'azur. L'évolution cosmique. Seuil, Paris 1981, 16.18.

En una primera fase, fue bastante generalizada la convicción de la compatibilidad de la fe y el saber. Pero a medida que las ciencias descubrían las leyes de la naturaleza, fueron expulsando a Dios del universo. Sólo le necesitaban como explicación mar­ginal y para llenar las lagunas del conocimiento hu­mano.
En efecto, la ciencia daba la impresión de poder explicado todo de una manera precisa, rigurosa y satisfactoria para la razón, mientras que la Biblia, concretamente en los problemas relativos al univer­so y al problema de su origen, parecía ser solamente una ingenua colección de leyendas arcaicas. Se cre­yó entonces que era imposible admitir a la vez los descubrimientos científicos y creer en Dios. La opo­sición se iba haciendo absoluta, y la situación de Dios resultaba entonces singularmente comprome­tida, dado que parecía evidente que la mentalidad científica era incompatible con la mentalidad reli­giosa del creyente.
3. El positivismo

El cientismo, o positivismo, fue la forma más elaborada de este ateísmo científico; Auguste Comte, que contribuyó ampliamente a desarrollar este movimiento positivista en el siglo XIX, y Jacques Monod, que lo ha ilustrado recientemente, son sin duda los dos representantes más conocidos y más típicos del positivismo.

a) Auguste Comte

Ante los progresos fantásticos de las ciencias, Comte llegó a pensar que serían suficientes para explicado todo, y que por tanto resultaba inútil apelar a Dios o a las fuerzas sobrenaturales para comprender el mundo que nos rodea y comprender­nos a nosotros mismos.
Por eso, según él, hay que renunciar decidida­mente a toda explicación religiosa o metafísica, explicaciones perfectamente imaginarias y total­mente desnudas de interés por apelar a unos elementos no verificables científicamente. Hay que atenerse exclusivamente a los hechos conocidos por la observación y la experiencia concretas, es decir, por las ciencias. En esta perspectiva, Dios y la reli­gión resultan inútiles y hasta perjudiciales en la medida en que ponen trabas al progreso científico y frenan el desarrollo del hombre.
Este es el fundamento de la filosofía positivis­ta, indicando perfectamente este último término, según Auguste Comte, que la filosofía en la época moderna no puede interesarse más que por la reali­dad tal como se ofrece a la mirada científica. La verdad, sea la que sea, no puede venir más que de la ciencia y exclusivamente de ella.

b) Jacques Monod

A. Comte afirmaba esto en el siglo XIX. En el siglo XX, estas posiciones volvió a asumidas un brillante bioquímico francés, Jacques Monod.
En la misma perspectiva que Comte, Monod rechaza de una forma absoluta toda idea de Dios. Según él, la religión cristiana (como todas las de­más religiones) induce necesariamente al hombre al error. Esos intentos arcaicos de explicación no son más que ilusiones peligrosas, monstruosas mentiras que felizmente van siendo poco a poco arrinconadas por la ciencia moderna, que debe ha­cer todo lo posible por eliminar la mezcla repug­nante de religiosidad judeo-cristiana que está siempre en la base de nuestra civilización moderna.
Esta pretendida verdad no es más que el produc­to de la imaginación delirante de unos hombres que intentan desesperadamente aplacar sus angustias y sus miedos ante la muerte, apelando a un poder sobrenatural: Dios. Pero esto es puramente quimé­rico. Dios no existe, y el hombre no es más que un puro producto de la materia y del azar. Lo mismo que Comte, Monod rechaza categóricamente toda perspectiva religiosa o metafísica y condena sin reservas todo intento por encontrar una verdad cualquiera fuera de un marco rigurosamente materialista y positivista.
4. La objetividad científica y el problema de Dios

Desde un punto de vista estrictamente científi­co, Comte y Monod tienen razón en exigir una objetividad total y en rechazar, en el terreno de la investigación científica, todo parasitismo de cuestiones metafísicas y/o religiosas. Igualmente tienen razón en negarse a ver en Dios al eventual «tapa a­gujeros» de nuestras ignorancias. No podemos me­nos de estar totalmente de acuerdo con ellos en este punto. Se trata de una necesidad absoluta. El sabio no debe jamás hacer que intervengan sus opciones filosóficas, sean las que sean, en su trabajo específi­camente científico. No tiene por qué ser entonces creyente o ateo; debe ser exclusivamente científico.
Pero, a diferencia de ciertos positivistas contem­poráneos como Francois Jacob o Claude Lévi­Strauss, que se niegan efectivamente a mezclar los problemas científicos con los problemas metafísi­cos, se les puede reprochar a Comte y a Monod el no haber respetado totalmente ellos mismos este prin­cipio al presentar como verdades científicas ciertas afirmaciones que trascienden lo científicamente verificable pero que son realidades humanas a fin de cuentas.
En efecto, cuando afirman, a partir de los resul­tados de sus trabajos científicos, que hay que re­chazar la hipótesis Dios, o cuando Monod dice que el mundo es fruto solamente del azar, dan una interpretación metafísica1 a los resultados de sus trabajos científicos y toman posición en una cuestión filosófica. Tienen perfectamente derecho a hacerla así, pero con la condición de que reconozcan que se trata de afirmaciones de tipo filosófico, y hasta más específicamente metafísico, y no de verdades cientí­ficas.

Esta distinción entre los hechos establecidos científicamente y las conclusiones filosóficas que se pueden sacar de ellos es aquí capital. Por las razo­nes que veremos detalladamente en el siguiente capítulo, parece ser efectivamente que la ciencia, aun­que aporta elementos esenciales para la reflexión, es neutra en lo que se refiere al problema de Dios: no puede probar su existencia ni su no-existencia.

Pero esta neutralidad no significa, a nuestro jui­cio, que la opción por Dios o contra Dios sea única­mente una cuestión de gusto, como afirma F. Jacob o deja entender Lévi-Strauss. Al contrario, por razo­nes que ya hemos indicado, pensamos que el creyente o el filósofo teísta no puede dispensarse de una reflexión rigurosa, en este caso a partir de los resultados de los descubrimientos científicos, si quiere llegar realmente a una toma de posición que no sea subjetiva ni frágil, sino fundada en razón, y como tal sólida, por basarse en un conocimiento tan preciso y tan objetivo como sea posible de la reali­dad. Esta exigencia de racionalidad nos parece esencial, y éste será el objeto de los capítulos si­guientes.
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