Robert Saymor nació en una hoja de papel, de la reencarnación de los héroes de la Antártida. Fue miembro de la segunda expedición del capitán Robert Falcón






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títuloRobert Saymor nació en una hoja de papel, de la reencarnación de los héroes de la Antártida. Fue miembro de la segunda expedición del capitán Robert Falcón
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Prologo

Robert Saymor nació en una hoja de papel, de la reencarnación de los héroes de la Antártida. Fue miembro de la segunda expedición del capitán Robert Falcón Scott, aquellos cinco bravos aventureros que tras un sinfín de esfuerzos y pesares, vieron esfumarse la gloria, por unos días, en el ondear de una bandera nórdica.

Intentó por todos los medios, con una fuerza sobrehumana admirable, tirar de su guía y sus compañeros para evitar el fracaso, puesto que no era eso precisamente lo que fue a buscar entre los inmensos témpanos de hielo y nieve de aquellas inexploradas tierras.

–¡Vamos capitán, que lo conseguimos! –gritaba el joven Saymor, en medio de una tremenda ventisca, con las fuerzas al límite y la ilusión intacta.

–Debemos descansar, estamos agotados –proponía el superior.

–No hay descanso para alcanzar la gloria. ¡Arriba, vamos! –replicó el impetuoso expedicionario.

Sólo consiguió meses más tarde, cuando la verdad de la tragedia afloró con el deshielo de las hojas del diario de ruta, el reconocimiento y la admiración de sus compatriotas por el tremendo esfuerzo realizado en pos de conseguir la hazaña. Posteriormente, su memoria ingresó en el club de “los valientes olvidados”.

Después de morir congelado y sepultado por un alud junto al diario de bitácora de su admirado capitán y la última botella de whisky del cuidador de ponis siberianos de la aventura, volvería -pasadas unas décadas- al hábitat de los mortales para ejercer varios trabajos en esa carrera constante de segundas oportunidades en que se convirtió su vida.

Un carrusel de oficios variopintos tuvo, en sus mayores partes creativos y a la vez vacíos, con los que nunca lograría alcanzar la perseguida fama que se diluyó en el hielo del Polo Sur aquel gélido enero de 1912.

Decorador, modisto, estilista, diseñador gráfico, escaparatista… En ninguno de ellos, pese a sus empeñosos intentos, encontró la satisfacción para poder paliar la frustración de su pasado glacial.

Finalmente, después de todos aquellos tumbos, su gran oportunidad y su anhelado sitio en el Olimpo lo halló plasmado en la vuelta de aquella renovada hoja.

“Toda su cruz tiene su cara, ¿o no?”, pensó al volver la página.


1
Inquieto por encontrar el revés de su desdichada fortuna, Robert probó suerte en el siempre entrañable, maravilloso y mágico mundo de las letras, en el arte de escribir, como él bien lo definía cuando alguien le preguntaba por su ocupación habitual: “Esculpo palabras, las moldeo y luego las convierto en paisajes directos, por lo general, al corazón, a las entrañas, a las vísceras, a los sentidos. A lo que hace que la gente sienta, piense, se retuerza y no olvide lo que ha vivido a pesar de quedar marcada por todas partes. Escribir es un arte. Un arte difícil y maravilloso, pocas veces reconocido; inexplicable, sólo el que lo hace sabe de lo que hablo. Escribiendo me siento como un Miguel Ángel, un Picasso, o un Gaudí de las letras…”

Aunque aprendió a escribir en aquellas viejas máquinas, las de las teclas del taca-taca y el rodillo, y tenía amplios conocimientos informáticos, era un escritor a la vieja usanza, de los de pluma y papel, y flexo cuando la inspiración le arrastraba hacia altas horas de la madrugada en el seno de una iluminación más intima.

En sus escritos gustaba mucho el darle forma cursiva a las mayúsculas, algunas veces quemaba con un cigarrillo los bordes de las hojas o incluso ahumaba las mismas para dar la sensación de antiguo o escondido, o sencillamente las cosía con aguja e hilo, garabateaba algunos nombres propios o dibujaba alguna alusión a la trama, entre otros ornamentos con los que aderezaba la mayoría de sus relatos. Adornaba y musicalizaba sus obras, las hacía latir, las daba vida. Nada le producía más placer que la copulación entre su mente y sus utensilios de expresión. En fin, era un artesano de los manuscritos.

Comenzó a escribir poesía en su época de adolescente cuando el asunto de dedicarse profesionalmente a la escritura no entraba ni de lejos en sus planes, era un hobby que le divertía y le ayudaba a descubrirse a si mismo. Sus inicios los realizó con los típicos poemas políticos y revolucionarios intentando cambiar el mundo, cuando en realidad éste era el que le estaba cambiando a él.

Siguió con las clásicas poesías de amor para intentar conquistar alguna chica de la pandilla. La fórmula no funcionó siempre, aquello se había pasado de moda, las mujeres buscaban otras cosas más sustanciosas. Las nostálgicas y románticas como Robert decían que el amor era eterno, nunca se pasaría de moda, la gente y las parejas siempre se amarían. Pero no contaban con que Cupido las había vuelto demasiado materialistas con el tiempo, cambiando los nobles sentimientos del amor por una buena casa, un buen coche, una buena cuenta corriente y un buen… en fin, cualquier materia con cierto brillo eclipsaba el más mínimo destello visceral.

Mención aparte para sus poemas más amargos, huyendo de la tristeza, la soledad y la crueldad del lado más duro de la vida, sobre todo cuando murió su padre víctima de una larga, dolorosa y agónica enfermedad.

Presentó sus escritos a varios certámenes y premios poéticos publicados en revistas y periódicos, con escaso éxito. Algún que otro accésit o nominación a finalista fue lo máximo alcanzado. Incluso cuando presentó su primer libro de poemas serio, por decirlo de alguna manera, vieron cierto talento reflejado en él, pero le aconsejaron que debiera de enfocar su escritura por otros caminos, esfumando así su sueño de ser un gran poeta.

De todos modos logró publicar, con escaso interés inicial y peor rendimiento comercial, un par de poemarios.

Aquello le hizo comprender, que muy a pesar suyo, otro fracaso había cosechado, la poesía nunca le daría los laureles que tanto anhelaba.

Con la inquietud de su pluma en ebullición, el ansia de triunfo y cierto asesoramiento profesional, se lanzó al extraordinario mundo de la narrativa, sin tener en un principio muy claro que género desarrollaría. La respuesta le llegó enseguida.

Empezó a escribir una serie de relatos descarnados a los que denominó, “historias contadas”.

¿Qué que eran las historias contadas?

“Un fenómeno. ¿Sobrenatural? No sabría explicarlo muy bien, pero mis historias están basadas en hechos reales. ¿Los personajes? Se revelan, aparecen de no sé donde en su mayoría; otros existirán”, él mismo las había definido así.

Robert escribía la historia salpicada de su mente, en la mayoría de las ocasiones, a raíz del título de una noticia o un hecho que escuetamente le contaban o había oído hablar: “Han encontrado muerto a Sabino Pelo roto”, “Ha desaparecido Donna, la lánguida”, “Berto Serra no volvió de su viaje”, “Frank ha asesinado a Sol”, y un montón de casos ocurridos que aterrizaban inesperadamente en su cabeza.

El proceso de la narración era singular; le daban la noticia, y algo o alguien le ponían delante de las blancas hojas, comenzando la pluma a fluir claramente la crónica del hecho. Pensaba que en el más allá los muertos comentaban su final terrenal, los que no lo habían tenido claro por determinadas circunstancias, o por detalles oscuros u ocultos, debían aclararlo para que se supiera la verdad y descansar en paz. La mejor manera de esclarecer todas esas incógnitas surgidas era poder llegar a la mano de Robert y escribirlo. Entre ellos se pasaban el dato, y aquel que hubiera estado en un fatídico caso de agonía, desesperación o angustia, daba una vuelta por la mente del escritor para confesar su lóbrego relato.

Su gran amigo, Max Pellicer, fue el primero que vino a visitarle, y con él comenzó todo. Murió en la carretera, se supone víctima de un accidente al chocar el automóvil que conducía contra la mediana de una vía interurbana de la provincia de Lérida. Pero la verdad era bien distinta.

Efectivamente, Max chocó contra la mediana, pero levemente. La brasa de un cigarrillo caída en la camisa le despistó por un instante provocando el choque. Al bajarse a comprobar el alcance de los daños causados en su vehículo, otro coche, con dos muchachos jóvenes a bordo, venía a más velocidad de la debida y le embistió violentamente volteándole por los aires. El impacto con la chapa y la posterior caída al hormigón fueron brutales, pero Max milagrosamente seguía respirando y semiconsciente. Los ocupantes del auto arrollador se asustaron mucho y pararon, dando marcha atrás cautelosamente y regresando al lugar del golpe. Viendo que no venía nadie y con el susto metido en el cuerpo, ignoraron las súplicas de auxilio del moribundo Pellicer, lo cogieron, lo volvieron a meter en el coche atollado en la mediana y lo tiraron por un terraplén unos kilómetros más adelante terminando de rematarlo.

La guardia civil certificó el siniestro como una negligencia del conductor, al saber que uno de los asesinos era hijo de un importante político de la región. Max, desde el más allá, no quería que su crimen quedase impune, encargó a Robert escribir y contar la verdadera historia, enviándola a su viuda antes de su edición, y ésta esclareció el hecho para su descanso y el de su difunto marido; los criminales fugitivos acabaron en la cárcel.

La norma de enviar antes de editar a la mujer, los hijos, el padre, la familia, amigos íntimos, en definitiva, gente afines a los protagonistas de las historias contadas se convertiría en una de las señas de identidad de éstas. Aquellos se quedaban asombrados por la revelación y exactitud de los hechos una vez esclarecidos. Pero el más sorprendido era el propio Robert, que se preguntaba a menudo: “¿Quién escribió realmente aquellas vivencias?, ¿de dónde venían todos esos datos?”.

Otras veces, el suceso salía de su imaginación, y transcurrido un tiempo la historia florecía.

Estos eran los casos más misteriosos, ya que las víctimas no podían haber hablado con los del más allá según su teoría. ¿O sí? Si lo habían hecho, quería decir que contra su creencia de “no hay futuro”, el destino estaba escrito para todo el mundo y no se podía cambiar.

La gente se maravillaba con sus escritos y se preguntaba de dónde le venía ese don para escribir; así lo habían calificado.

Entre estos elogios y preguntas, a menudo Robert recordaba una historia mencionada en su familia de generación en generación acerca de una antepasada suya, Eloise Turpin, conocidísima en su época por predecir las desgracias de sus vecinos y ciertos desastres naturales. Alcanzó su máxima fama cuando en 1665 predijo la Gran Plaga que cayó sobre Londres y posteriormente al año siguiente a finales de agosto dijo:

–Este domingo poneros a cubierto, coged a los animales y los niños y buscad refugio, huid a las afueras, la ciudad se verá envuelta en llamas.

Efectivamente, el 2 de septiembre la capital del reino se vio envuelta en un gran y devastador incendió.

El rey Carlos II mandó buscar a la bruja Eloise acusándola de ser la causante de tremendo desastre por su relación con Thomas Farynor, el propietario de la panadería donde se inició la tragedia. La Turpin, cambiando su apellido por el de Saymor -éste era el de un joven amante que el año anterior murió junto a toda su familia víctima de la peste bubónica y que por lo tanto no quedaba rastro del mismo-, puso sus pies descalzos en polvorosa hacia el oeste de la isla refugiándose en Ludlow, donde sin saber nadie de su pasado se haría famosa nada más llegar gracias a Jonattan, un niño de nueve años, hijo del Conde de Sherwsburry, que se perdió en las colinas de Shropshire. El pueblo entero se involucró en la búsqueda del pequeño, resultando ésta infructuosa.

Eloise indicó a los buscadores que miraran en un recoveco casi inaccesible que ella misma bautizó como la costilla doblada de Adán. En efecto, el travieso Jonattan se encontraba allí agazapado y asustado esperando la llegada de sus rescatadores.

¿Y por qué, Robert, contaba esto? Pues porque la videncia era una constante en su familia. Decían que era hereditario, que la sombra de Eloise planearía sobre toda su descendencia y algún Saymor tendría un ojo en el más allá, y aunque Robert siempre fue reacio a estas creencias, cuando comenzó a ver que las historias que salían de su cabeza se cumplían también, creyó que efectivamente el espíritu de Eloise Saymor vivía en él y le permitía escribir aquellas historias venideras.

En estos últimos testimonios el nombre de los protagonistas solía variar, en cierto modo lógico, él no podía escribir la historia de nadie con nombre y apellidos, pero detalles, entre otros, como la edad, ciertos rasgos físicos, un determinado tatuaje, el modelo del coche del accidente o la calle del infortunio, al final verificaban todos sus relatos para su propio asombro.

Una gran parte de estas crónicas eran experiencias crueles, tatuadas con el sello de la fatalidad, la desesperación y la muerte: asesinatos bestiales, accidentes mortales en cualquier medio de locomoción, secuestros con finales agónicos, violaciones brutales, ajustes de cuentas sanguinarios, monstruosos descuartizamientos… Una larga lista de atrocidades sufridas por sus protagonistas, componían en líneas generales el dantesco repertorio de las narraciones de aquellas historias contadas.

Saymor se entristecía a menudo de que esto ocurriese, le afligía, e intentaba en ocasiones maquillar ciertos finales dando algún hilo de esperanza. Esto sólo lo podía hacer en los relatos de cosecha propia, en los de por venir, los elaborados en su imaginación.

En los ya sucedidos la historia desgraciadamente no se podía cambiar, estaba escrita y cerrada, y en la mayoría de los casos con tinta y sangre.


2
Aquella mañana, Robert, se levantó tras haber pasado una de esas noches llamadas toledanas. El asfixiante calor del mes de julio, unido a la sequedad de su garganta, producto de las diez cervezas de trigo y los cinco whiskys que se había tomado la tarde noche anterior en la presentación del libro, “El Gran Pote”, de la admirada Rous -la gran escritora de cuentos para niños-, no le habían dejado apenas pegar ojo, dándose un interminable tour por la casa.

Se había pasado de la cama del dormitorio al sofá del salón y viceversa como unas seis veces, sin encontrar la postura adecuada ni la explicación de cómo después de todo lo bebido no estaba dormido como una marmota.

Otras tantas veces o más fue a la nevera a beber agua, zumos y leche fría con el fin de calmar su inapagable sed.

“Malditos canapés de salmón y jamón del malo”, pensó mientras echaba el enésimo trago largo al brik del zumo de piña.

Volvió a la alcoba para ir al cuarto de baño anexo. Al pasar vio a su mujer, aún dormida, que yacía desnuda boca abajo en el lecho mostrando una pose muy sensual.

–¡Qué buena que estás! –le dijo besándole el culo y acariciándole las nalgas.

Ésta se giró, dio un gemido apartando las manos que le sobaban, cogió la sabana, se tapó y siguió durmiendo. No le dio importancia al rechazo de su cónyuge, ya que cuando llegaron de la fiesta a la que habían acudido, se encontraban bastante excitados y habían hecho el amor en la terraza con el toldo bajado. Fue grandioso, lo habían calificado como “el polvo del año”.

Robert se miró su miembro viendo que la visión y la acción que acababa de cometer le habían producido una erección.

“Voy a ducharme, a ver si consigo bajar esto. Aunque me duele la tripa y me noto algo suelto, maldita mahonesa y malditos langostinos, sabiendo que no me sienta bien el marisco porque me empeño en comerlo”, se dijo al entrar en el baño.

El cuarto estaba en penumbra. Subió toda la persiana para que entrara un poco más de luz.

Al sentarse en el wáter como de costumbre a esas horas de la mañana a evacuar, para eso era un reloj, pensaba en el posible éxito del libro de su amiga Rous: “No se ha escrito nada parecido ni de lejos. Será un bombazo. Estoy seguro, lo firmo”.

Cuando pasado un tiempo de reflexión literaria y sus intestinos quedaron vacios, la única prenda que llevaba puesta, los calzoncillos, acabó en el cesto de la ropa sucia y él en la ducha. El agua le reconfortaba, rebajando ese aturdimiento de no haber podido dormir bien y ese malestar estomacal. Al salir se puso el albornoz, cogió una toalla con la que secó la cabeza y los pies, y aprovechando la misma se dispuso a desempañar el espejo.

Cuando lo hizo quedó petrificado ante la imagen que éste le ofrecía. Volvió a pasar la toalla, sin saber muy bien si lo que quería hacer era volver a desempañar o borrar la horrible visión que acababa de contemplar. El espejo seguía mostrando el mismo retrato.

Encendió la luz mientras pensaba: “Joder, todavía estoy pedo”.

Se acercó lentamente hasta casi tocar con la nariz el cristal empañándolo parcialmente con su respiración. Echó un par de pasos hacia atrás sin apartar la vista de la figura contemplada, desprendiéndose del albornoz, quedándose desnudo, y pellizcando con fuerza en un brazo.

–Esto es un sueño. No puede ser, debo de estar delirando –comentó en voz alta.

Salió del baño y se miró en el espejo de la coqueta que se hallaba a los pies de la cama topando con una nueva repetición de lo visto.

Abrió el armario donde una gran luna le ofrecía el mismo perfil.

En el vestidor antesala del dormitorio, igual; en el hall, similar; en el comedor, en el otro aseo, más de lo mismo. Transitó por todos los espejos de la casa de la mano de aquella efigie presentando su cuerpo joven y atlético unido a un rostro muy viejo, anciano, casi centenario. Un semblante con los ojos tristes y semiapagados, los labios finos y secos, los pómulos hundidos, el pelo blanco, los dientes amarillos, gastados.

Tocó su cara sintiendo los surcos de las arrugas profundas que en ella se formaban. La papada, dos trozos de pellejo colgantes, dejó sin aliento al pobre Saymor al tentarla. ¿Y su cabello?, prácticamente despoblado, débil y sin brillo.

Estaba completamente aturdido ante el espanto que observaba. Aquello no podía ser real.

¿Qué estaba pasando? Esa era la pregunta del novelista mientras sigilosamente recorría de nuevo los espejos de la casa sin variación alguna.

Volvió a la habitación completamente aturdido y se echó en la cama al lado de su mujer; ésta ni se inmutó. Cerró los ojos con todas sus fuerzas pensando que si aquello era un mal sueño debía de esperar a despertarse para que todo pasara.

Mientras yacía boca arriba con los ojos completamente herméticos tratando de olvidar lo contemplado, el rostro añoso reflejado en los espejos iba y venía a su mente alternándose con su auténtica imagen provocándole un sufrido pavor.
3
Se quedó primero traspuesto, ensueños, rígido, sin cambiar de postura, y finalmente se volvió a dormir y tuvo el siguiente sueño:

Estaban Elena, su mujer, y él, solos en la playa, en una calita solitaria de difícil acceso, iban desnudos, se miraban el uno al otro con cara de deseo; en un momento dado unieron sus cuerpos y comenzaron a besarse y acariciarse.

Con disimulo, tratando de no ser pillado por su pareja, el hombre metió la mano en la bolsa de playa que tenían y sacó de la misma una pastilla azul y la ingirió.

–¡Oh, Robert!... contrólate, que nos puede ver alguien –dijo ella ante el manoseo de éste.

–Tranquila, por aquí no viene nadie –susurró él.

–¿Y tú cómo lo sabes? Seguro que has venido por aquí con más de una, y de dos.

–Que no cariño, tú eres la primera y la última, este lugar se llama, “el secreto del mañana”; sólo lo conozco yo.

–¿Seguro?

–Déjate llevar, reina –y con su miembro en plena excitación se tumbó sobre ella dispuesto hacerle el amor.

No dio tiempo a nada, de repente les llegó una voz de auxilio desde el interior del agua.

–¡Es un niño, Robert! –dijo Elena alarmada al ver a un chiquillo en apuros.

–Ya, pero no es nuestro. Vamos a seguir cariño –contestó sin mirar al mar.
–¡Pero qué dices, déjame! –exclamó la mujer –. ¡Se está ahogando, Robert, no lo ves! ¡Sálvalo, por el amor de Dios, sálvalo!

–¡Socorro, socorro! ¡Por favor, ayúdenme, socorro! –gritaba el crio que se estaba ahogando, haciendo señales con las manos.

El marido la miró a ella, hizo lo propio hacia el horizonte desde donde llegaban las voces de auxilio y se zambulló en el agua al rescate del pequeño. Robert iba nadando hacia la criatura alejada como a unos cuarenta metros de la orilla; cuando ya estaba llegando a él -le faltarían unos cinco metros- sorprendentemente vio que el niño no estaba. Atisbó para un lado y para otro y no vio nada en el mar; dirigió su mirada hacia la orilla y en la arena Elena estaba con una amiga sentadas en unas tumbonas y comiéndose un helado y le saludaban con la mano. Su mujer se levantó y gritó:

–¡Robert, más adentro! ¡Tienes que ir más adentro!

Su amiga le decía mientras: –Te lo dije, nena, están cortados todos por el mismo patrón.

Robert siguió nadando unos veinte metros más mar adentro y volvió a ver agitándose para arriba y para abajo unos brazos diminutos.

–¡Ya lo tengo, está ahí! –pensó, acelerando su braceo.

Cuando ya llegaba a la posición del niño, se volvió a sorprender al observar que era él mismo el que se ahogaba y pedía la ayuda. ¿Quién era entonces el hombre que iba a salvarlo?

Resulta que era él también, pero con treinta o cuarenta años más; tenía el rostro añoso que vio reflejado en el baño tras darse la ducha de la mañana.

El Robert salvador -el que se lanzó al agua en auxilio del muchacho-, sorprendentemente veía como iba envejeciendo dentro del océano, sus brazos y sus piernas iban perdiendo fuerza y su cara quedaba cada vez más arrugada. Confundido miró hacia la orilla viendo como allí, Elena y su amiga, con otras dos chicas más que se les habían unido y dos hombres altos y guapos le seguían haciendo señales con los brazos, esta vez para que volviera y se a uniera una especie de bacanal que estaba a punto de comenzar por lo que divisaba desde dentro del mar.

Uno de los chicos besaba a su mujer en el cuello y la metía una mano por dentro del bañador tocándole un pecho; ella sonreía, las dos amigas recién llegadas se besaban entre ellas, y la primera chica en aparecer le tocaba el miembro al otro muchacho.

Saymor dudó entre ir a salvar, ¿a quién?, o retroceder; pero las fuerzas le estaban fallando cada vez más.

Acto seguido, en la frontera de la arena con el agua, los participes de la orgía habían desaparecido, entraron en escena Belén Franco, Alicia Fuentenebro, Doc Zent, Zoila Molina… y un montón de personajes suyos de las historias contadas todos vestidos de negro y con las caras muy pálidas, cada uno llevaba un salvavidas en la mano, de esos naranjas que hay en los puestos de socorro de las playas.

En el interior del mar en aquel instante sólo quedaba el “viejo” Robert haciendo aspavientos con los brazos y pidiendo auxilio desesperadamente.

Desde la playa la prole de protagonistas de sus novelas seguían observando impasibles como se ahogaba. De repente todos, al unísono, lanzaron los salvavidas en dirección a su relator en apuros, y éste sonrió aliviado al ver aquella nube de flotadores que volaba sobre el cielo hacia él.

“Menos mal –pensó–, gracias amigos”.

Robert veía como se iba hundiendo poco a poco, pero sentía alivio por la ayuda que le llegaba desde la orilla. Cuando los salvavidas iban llegando hacia él, al ir cayendo al agua se convirtieron en cuartillas de papel; páginas manuscritas de sus borradores llenas de tachaduras. Las hojas no podían salvarle; cogió una, cogió otra, y otra más, mientras gritaba:

–¡¿Esto qué coño es?¡

Las fue cogiendo por instinto, pero éstas no podían ayudarle ni mucho menos salvarle.

La playa se había quedado desierta, al fondo se veía como los “rescatadores” la iban abandonando en fila de a uno, sobre el azul del mar se reflejaba el rostro del “joven” Robert esculpido en un enorme témpano de hielo que volvía lentamente hacia la orilla.

El brazo de su mujer le cayó encima del torso al darse la vuelta y le volvió a despertar. Saymor abrió despacio los ojos y se tocó para ver si aquel era el mundo real o de los sueños.

Palpó con delicadeza la extremidad que le atrapaba, comprobando si era de carne y hueso, sin apartar los ojos del techo una vez abiertos.

Llevó la mirada a la claridad que entraba por las rendijas de la persiana de la habitación buscando una luz que le dijera que sí, que éste era el mundo de los vivos y no de las pesadillas.

Lo corroboró enseguida girándose hacia su pareja, poniéndose cara a cara, pasándole la mano suavemente primero por la mejilla, después por los parpados, la frente y finalmente la boca.

–Elena… Elena… –la llamó en voz baja echándole el brazo sobre su cuerpo.

–¿Qué? –contestó murmurando.

–He tenido un sueño muy raro...

–Sí… ¿Y?

–Elena, he soñado que me duchaba y al salir de la ducha mi cara se avejentaba y me acostaba asustado huyendo de la visión; de repente estaba contigo en una playa desierta.

–Mmm, qué bien, ¿no? –murmuró ella aún adormilada.

–Se ahogaba un niño y dijiste que fuera a salvarlo.

–Será el que perdimos, Robert, sigues obsesionado con aquello.

Efectivamente, Elena y Robert perdieron un bebé al poco tiempo de casados, nació muerto, después de un parto largo y doloroso. No lo habían vuelto a intentar el ser padres. La mala experiencia llevó a Elena a una depresión que le duró cerca de un año. Robert, se sintió desdichado y desgraciado por no haber podido hacer nada por salvar a la criatura y empujar a su esposa a aquel nefasto estado depresivo, se autoculpó del tema y aún no lo tenía superado.

–He ido a salvarle y ha desaparecido –prosiguió Robert –. Me he encontrado de repente con que era yo el que se ahogaba y el auxiliador. Qué raro, y tú estabas con una chica de pelo rubio largo, me sonaba su cara pero realmente no sé quién era, por vuestra conversación se diría que era amiga tuya; luego se os unían dos parejas, dos chicos y dos chicas, y os ibais a montar una orgia o algo así, había uno de los muchachos que te besaba el cuello.

–Ah sí, ¿y estaba bueno?

–Y yo qué sé, el caso es que….

Robert siguió relatando el sueño sintiendo como la mujer se le pegaba al cuerpo y le pasaba la mano por el pecho -definitivamente, estaba despierto en el mundo de los vivos-; al terminar preguntó:

–¿Qué te parece?

–¿Qué me parece el qué?

–Pues lo de los personajes en la playa, y lo de los flotadores, y yo ahogándome como un viejo, y el témpano de hielo con mi cara; que sueño más raro, ¿qué querrá decir?

–No lo sé cariño, no soy psicoanalista, venga duérmete, que anoche nos acostamos muy tarde y no tenemos que ir a ningún lado –sugirió Elena, abrazándose a él.

Saymor se quitó a la mujer de encima, dio un brinco y fue al servicio. Al pasar se miró en el espejo y… allí estaba la cara añosa que creía haber soñado reflejada en el cristal. Repitió la operación de palparse el rostro para notar que estaba despierto y darse cuenta que lo que le había contado a Elena de su transformación al salir de la ducha no formaba parte del sueño, sino que fue real y ahora lo volvía a verificar. Repitió el mismo acto realizado anteriormente -de mirarse por todos los espejos de la casa- y acongojado y aturdido volvió a echarse en la cama junto a su mujer y la llamó:

–Elena, mírame.

–¿Qué quieres, cariño? –susurró sin abrir los ojos.

Robert se estaba poniendo nervioso ante la pasividad de su esposa. Se incorporó de un brinco y la zarandeó. La mujer espantada al ver la actitud tan agresiva de su marido abrió los ojos de par en par mientras decía:

–¿Qué te pasa, te has vuelto loco de repente?

–¡Qué me mires te he dicho! –gritó el hombre.

–¡Joder!, ¿y para mirarte te tienes que poner así? ¡Ni que no te hubiera visto en toda mi vida! –clamó Elena irritada, incorporándose y saliendo disparada hacia el baño para ponerse una bata y recogerse el pelo con una goma.

Robert la siguió asustado evitando el espejo de la habitación; apoyó sus manos en el umbral de la puerta para decirle:

–Perdona, estoy un poco descuadrado con lo del sueño. Dime una cosa. ¿Cómo me ves?

–¿Qué cómo te veo, me preguntas qué cómo te veo, de verdad? –le contestó irónicamente la mujer, añadiendo –. Pues muy mal. Como te voy a ver.

La respuesta dejó helado al hombre, veía que probablemente aún no había salido del mal sueño.

–Pero, ¿cuánto de mal? –preguntó agónicamente.

–No te había visto nunca así de…

–¿Así de qué?

–No sé… así de bruto. Creo que no deberías de beber tanto, veo que a veces no te sienta nada bien.

–Pero físicamente. Fíjate bien físicamente, obsérvame. ¿Cómo me ves?

Elena quedó extrañada ante la pregunta y el anómalo comportamiento de su compañero. Tratando de quitarle importancia a su actitud se acercó a él, le miró de arriba abajo, pasando su mano lentamente, primero por el torso, después por la cara y finalmente el pelo. Él siguió con la mirada la exploración de los delicados dedos de ella esperando impaciente la respuesta.

–Pensé que eras un fantasma; pero no, eres tú, mi amorcito. Anda, vamos a desayunar, luego te comeré y rememoraremos lo de anoche, estuviste inmenso, toro mío –indicó plantándole un beso en la mejilla.

Salieron abrazados del baño, al pasar por delante del espejo del vestidor, Robert se miró y vio que nada había cambiado con respecto a la primera visión de la mañana.

–¡Elena, mira! –gritó señalando su imagen reflejada.

–¿Mira qué? –contestó la esposa, girándose y viendo las figuras de ambos mostradas en la luna de la pared.

–No lo ves. Estoy envejecido. Mi cara, mírala, es la de un anciano de cien años por lo menos. ¿Lo ves?

–Hombre, ya no eres un crio. Pero de ahí a decir que tienes cien años. Vamos a ver. ¿Qué tomaste ayer además de la bebida? –preguntó en plan policial, a la vez que le reprendía –. No me gusta que te juntes tanto con ese tal Tron. Es un vicioso, y como todos los viciosos le gusta tener compañeros de juerga.

–¡Qué no!, que no he tomado ninguna mierda, de verdad. O al menos eso creo. Pero dime… ¿no ves mi pelo blanco? Mira mis ojos, están apagados, sin vida. ¿Y todas estas arrugas de mi cara? –dijo pasándose su mano por la cabeza y el rostro. Cogió la de ella e imitó el mismo gesto, añadiendo –. Toca, toca. Palpa los surcos de mi piel, siente su hendidura y aspereza… ¿qué te parece?

Elena miraba entre la sorpresa y la incredulidad ante la revelación de su marido. Seguía pensando en lo malo que eran el alcohol y las drogas para el cerebro, nunca había contemplado a su esposo en aquella actitud tan paranoica.

Sabía que era un hombre creativo, con mucha imaginación, pero no entendía el razonamiento ni la demostración de aquel planteamiento tan dispar y surrealista. Le observaba una y otra vez ladeando lentamente su cabeza, tratando de encontrar vanamente las grietas del tiempo referidas. Seguidamente llevó varias veces su cara a la del espejo y viceversa, como en el peloteo de un partido de tenis, sin lograr entender qué le quería decir o de qué trataba el asunto.

Dejó su minuciosa exanimación visual separándose de él y fue a subir la persiana del dormitorio hasta arriba, desvaneciendo la penumbra en la que permanecían, tal vez la luz del día aclarara aquella absurda situación.

La claridad entró de lleno en la estancia donde el hombre permanecía inmóvil frente a su estampa centenaria. Elena se acercó sigilosamente mirándole fijamente las facciones viendo que nada había cambiado, todo estaba igual.

–¿Qué?... ¿qué me dices ahora?, dime, ¿qué ves? –preguntó impaciente Robert.

–Qué quieres que te diga. Veo a mi marido. Un hombre guapo, atlético…

–¡¿Un hombre guapo?! –exclamó cortándola.

–Cariño… para mí, sí. Si no guapo, al menos atractivo. ¡Cómo te menosprecias!, ¡qué poco te quieres!

–¿Eso que ves ahí es un hombre guapo? ¿Pero no ves que tiene más años que Matusalén? Estoy totalmente envejecido. Mira mi cara. ¡Mírala! Y mis dientes. Desgastados. ¡Amarillos!... ¿Y estos pómulos totalmente hundidos? –hizo una breve pausa y siguió –. Mi rostro es de anciano, mi cuerpo no, ¿lo ves? Mi cuerpo es el de siempre, lozano, fuerte, musculoso, fibroso… ¿Pero esta cara?, esta no es mi fisonomía, no corresponde, ¿no lo notas?, esta no es mi cara, no, no lo es.

Elena quedó aturdida ante la majadera exposición anatómica que Robert le acababa de hacer. Ella le veía como siempre, y él se veía distinto, como nunca. Tiró de la cinta que cerraba la bata que llevaba puesta desprendiéndose de ella y se pegó a él cogiéndole por sus partes y le propuso hacer el amor para ver si le sacaba de aquella alucinación. El marido la rechazó diciéndole que si no se le ocurría nada mejor ante la gravedad de las circunstancias. Irritada recogió la bata del suelo para cubrirse y marchó bufando hacia la cocina a preparar café y tostadas al grito de:

–¡Que te den! ¡
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