El Programa El racismo al revés






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América para los americanos
El nombre de “América”, tomado del libro del alemán Waldseemüller, fue agitado por los colonos norteamericanos como arma ideológica contra el imperio británico, con tal grado de éxito que terminó por imponerse como nombre del naciente “país”, formado por los trece estados independientes. Desde entonces, gradualmente, pasaría a identificarse, de hecho, con el nombre del continente entero, norte, centro y sur. Primero, por la acción de contagio del nombre a través de su uso por los revolucionarios patriotas de la independencia en los demás territorios al sur de la región. Especialmente por el precursor de ellos, el primero con liderazgo y acción propagandística internacional: Francisco Miranda. Quien fue, precisamente, combatiente en aquella revolución e incorporó a su discurso aquella denominación con el mismo uso emancipatorio que le daban los colonos norteamericanos, de ruptura con el poder colonial europeo, en su caso, español. Usándola indistintamente, en convivencia con otras similares, tales como “Colombia”, “América Meridional” o “Del mediodía”, “América Hispana”, etc., para referirse a la porción sureña del continente. Los demás líderes revolucionarios patriotas, muchos de ellos discípulos de Miranda, recogerán y difundirán a su vez este uso emancipatorio y no excluyente de “América”. Simultáneamente, también la popularizaron los periódicos y analistas de los demás países europeos, que veían en su uso un instrumento para debilitar la dominación rival española. Finalmente, el propio expansionismo totalitario de los mismos norteamericanos asumiría un rol activo en la asimilación ideológica de aquella nominación con el continente todo.

Desde el principio, dadas las particularidades históricas de formación de las colonias británicas del norte, donde no se produjo mezcla de los colonos con los pueblos indígenas, sino que su expansión se hizo en base al etnocidio de éstos, la denominación de “América” y “americanos” tuvo allí un alto componente racista. Aunque, a nivel poético, alguno de los vates independentistas le atribuyó un rescate libertario y de pureza de los pueblos indígenas, lo cierto es que ello fue muy limitado y absolutamente alegórico y circunstancial. Todos los hechos y todas las evidencias escritas, institucionales, etc., muestran que la denominación era usada en estricta referencia a los habitantes blancos, de ascendencia europea, de los nuevos territorios. “Americano” refería únicamente al habitante “No indio”, tal como “Colono” lo había hecho antes. Menos aún, podía incluir a los afrodescendientes venidos con la esclavitud, la cual habría de esperar un siglo más para ser abolida en 1863, manteniéndose la negación de los derechos civiles a los afroamericanos otro siglo más, hasta fines de la década de 1960, y su discriminación racista hasta hoy.

El “Congreso Anfictiónico”, convocado por Bolívar en 1826 para lograr la federación de las repúblicas sudamericanas y del cual excluyó expresamente a los estadounidenses, se llamó “Americano”. Y en él, traicionando las instrucciones de Bolívar, el presidente de Colombia, Francisco Santander, incluyó a Estados Unidos. Se realizaron todavía dos Congresos “americanos” más en Lima, Perú, los años 1847 y 1864, igualmente desvirtuados y fracasados. Muy temprano, una serie de doctrinas ideológicas oficiales de los Estados Unidos, que arrancan con la “Doctrina Monroe” de 1823 y el “Destino manifiesto” de 1845, buscaron legitimar el predominio del poder fáctico norteamericano sobre todos los demás territorios del sur. Un complejo proceso y entramado de expansiones, agresiones, intervenciones y conspiraciones, militares, políticas y económicas corroboraron esa relación de dominio cultural. Su sustento ideológico y de institucionalización fue el “Panamericanismo”, promovido como discurso unificador, a partir de 1889, por el Secretario de Estado de los Estados Unidos James G. Blaine, a través de una serie de entidades oficiales supranacionales construidas sobre la base “americana”, supuesta como común entre el norte poderoso y el sur subordinado o agredido. El lema de la doctrina Monroe: “América para los americanos” operó, de hecho, como “América para los Norteamericanos”.

En el plano simbólico cultural, esta hegemonía se expresó en la muy temprana identificación de todos los territorios y todos los pueblos de las tres Americas y el Caribe con la denominación de “América” y “Americanos” asignada a los Estados Unidos del norte. Proceso que consolidaba, en el ámbito de la identidad, la hegemonía de la matriz cultural norteamericana, como ideal, modelo, guía y administrador de una modernidad y un progreso deseables, y de la única estrategia de desarrollo posible. Ya el propio Alejandro Humboldt, primer naturalista y cartógrafo integral de Sudamérica, se quejaba, en sus “Cartas Americanas”, a inicios del siglo XIX, de que: Es embarazoso, hablar de pueblos que desempeñan un gran papel en el escenario mundial y que no tienen nombres colectivos…Para evitar circunloquios fastidiosos, continúo escribiendo en esta obra, no obstante los cambios políticos sobrevenidos en el estado de las colonias, a los países habitados por los españoles-americanos bajo la denominación de América española… La palabra americano no puede ser aplicada solamente a los ciudadanos de los Estados Unidos de la América del Norte, y sería deseable que esta nomenclatura de las naciones independientes del Nuevo Continente pueda ser fijada de una manera a la vez cómoda, armoniosa y precisa". Todavía, la edición de 1984 del Diccionario español “Pequeño Larousse Ilustrado” (Ramón García-Pelayo. Ediciones Larousse. Argentina), en la palabra “Americano”, incluía la observación: “Debe evitarse el empleo de Americano con el sentido de norteamericano o de los Estados Unidos”.

Lo cierto es que, de hecho, ambos usos y sentidos, el de América identificado con los Estados Unidos, y también el que lo significa como las tres Americas: del Norte, Centro y Sur, conviven (por cierto, junto a otros nombres también). La reunión de jefes de gobierno de las naciones de las tres Americas, por ejemplo, se denomina oficialmente “Cumbre de las Americas”. Y la cadena noticiosa trasnacional “CNN” usa indistintamente los términos norteamericano, americano y estadounidense.

Colombia
Desde el principio de los procesos de independencia, entre sus más tempranos antecedentes, se encuentra la lucha ideológica simbólica. El acto fundacional de los conquistadores colonialistas de bautizar a la actual Norteamérica como Nueva Inglaterra, México como Nueva España, Colombia, como Nueva Granada, o Panamá como Castilla del Oro, era, para los revolucionarios patriotas, sustentador del poder dominante y debía ser cuestionado. Renombrar los territorios era una forma simbólica de debilitar la cadena colonial.

A partir de los primeros años de la década de 1770, la corona británica, apremiada por los gastos bélicos en sus guerras expansionistas -entre ellas, la que la enfrentó a Francia por el actual Canadá-, recargó con onerosos impuestos las mercancías que podían adquirir los “colonos” de la “Nueva Inglaterra”, instalados en la costa atlántica de la actual Norteamérica. Con ello, estalló el descontento y las ideas de autogobierno, hasta entonces de algunos, se volvieron gradualmente una reivindicación de la mayoría, hasta terminar con la declaración y la guerra de independencia, finalmente victoriosa. En esa lucha, se popularizaron nominaciones nuevas y diferentes para el “nuevo mundo”, usados como oposición ideológica e identitaria, al dominio inglés.

Intelectuales de las trece colonias, desde hace mucho, venían reivindicando dos de ellos, los que terminaron por disputarse la denominación del país independiente. Uno, “Culumbia”, aludía a Colón, y circuló en varias publicaciones desde al menos la década de 1550 y se convirtió en objeto de profuso uso por parte de periodistas, literatos y poetas como símbolo libertario frente a la dominación de Inglaterra. Muchos de ellos, reclamaban, además, esa nominación para el continente entero como reivindicación de Colón. Pero no logró el alcance nacional suficiente y, cuando en la declaración de independencia resultó hegemónico el de “América”, “Culumbia” pasó gradualmente a ser el nombre de un distrito del país, de una veintena de ciudades, de un símbolo mitológico patriótico, de varias naves espaciales, empresas trasnacionales e importantes entidades académicas.

En los territorios del sur, el mismo nombre, desde los trabajos de Fray Bartolomé de Las Casas tenía algunos seguidores intelectuales. Pero fue, justamente, por la influencia de la revolución de independencia norteamericana, que cobró renovado vigor la propuesta de nominar así la región. Particularmente, a través de Francisco de Miranda, que llega a los nacientes “Estados Unidos de América” en 1783, donde es seguro que conoció el profuso uso literario del mismo. A partir de 1788, en carta al príncipe Landgrave de Hesse, existe registro escrito de su uso por el propio Miranda, al hablar en ella de América como la “desafortunada Colombia”. Quien, por cierto, en uso paralelo e indistinto de otras, hablaba de “Colombia”, “Continente Colombiano” (1811), y “América Colombiana”. Con ese nombre llegó a titular su “ejército colombiano” (1806), su periódico en Londres (1810) y finalmente su gran y fundante proyecto político continental: “El Incanato de Colombia”.

Denominación que hicieron suya numerosos patriotas, especialmente los discípulos de Miranda, como el chileno Bernardo O’Higgins, quien en 1818 escribía a Bolívar: "La causa que defiende Chile es la misma en que se hallan comprometidos Buenos Aires, la Nueva Granada, México y Venezuela, o mejor diríamos, es la de todo el continente de Colombia". Y, el más destacado de ellos, Simón Bolívar, quien alcanzó a plasmarla en la “Gran Colombia”, inaugurada en 1819 en el Congreso de Cúcuta, y que integraban las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Desmembrada a partir de 1830 por la hegemonía de los caudillismos locales, para quedar finalmente reducida sólo a la actual república de ese nombre. Numerosos caudillos y algunos presidentes de estos países mantuvieron la idea de reconstruir la federación por varias décadas, pero ella no prosperó. En todos aquellos patriotas, Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins, y al igual que entre los estadounidenses, el nombre de “Colombia” convivió inicialmente en su uso, indistintamente, con el de “América” y “América Hispánica”, para distinguirla de las de otras hablas. Los de “América meridional” o “Del mediodía”, para diferenciarla de la del Norte. Incluso, de su mezcla: “Continente Américo colombiano”. Todas ellas servían para el propósito de la hora inicial, oponerse ideológica y simbólicamente al dominio colonial europeo.

La idea continental de Colombia subsistió, sin embargo, todavía a lo largo del siglo XIX en numerosos amautas latinoamericanos, esta vez con un nuevo contenido, el de oposición al voraz expansionismo imperial norteamericano. Entre muchos otros, el colombiano José Samper, quien en 1855 publicó sus “Reflexiones sobre la Confederación Colombiana”, donde proponía reconstruir la federación de Bolívar adicionando a las repúblicas centroamericanas: "La raza no es una forma física sino moral; y por lo mismo, es en analogías íntimas que afectan a los pueblos en su vida moral e intelectual, en su literatura, su historia, su legislación, etc., donde deben buscarse esos rasgos de fisonomía que hacen de varios pueblos una gran comunidad. ¿Y cuál es la raza colombiana? Ella no es ni latina, ni germánica, ni griega, ni etiópica, ni azteca, ni chibcha, ni quichua, ni cosa parecida... El hecho determinante de las razas es la civilización. Y la civilización colombiana es una, la democrática, fundada en la fusión de todas las viejas razas en la idea del derecho. Tal es la obra que debemos conservar y adelantar, y es para ese fin de unificación que conviene crear la Confederación Colombiana... una asociación de Estados independientes, pero aliados y mancomunados”.

Al año siguiente, el panameño Justo Arosemena, publica “La cuestión americana” donde reivindica la misma idea “colombiana”, extendiéndola “desde Panamá al Cabo de Hornos”. "Señores: hace más de 20 años que el águila del Norte dirige su vuelo hacia las regiones ecuatoriales. No contenta ya con haber pasado sobre una gran parte del territorio mexicano, lanza su atrevida mirada mucho más acá. Cuba y Nicaragua son, al parecer, sus presas del momento, para facilitar la usurpación de las comarcas intermedias, y consumar sus vastos planes de conquista un día no muy remoto… Lo que el cálculo hizo para la Confederación del Norte, el tiempo, la experiencia y el peligro deben hacer por la Confederación del sur…Siga la del Norte desarrollando su civilización, sin atentar a la nuestra. Continúe, si le place, monopolizando el nombre de América hoy común al hemisferio. Nosotros, los hijos del Sur, no le disputaremos una denominación usurpada, que impuso también un usurpador. Preferimos devolver al ilustre genovés la parte de honra y de gloria que se le había arrebatado: nos llamaremos colombianos; y de Panamá al Cabo de Hornos seremos una sola familia, con un solo nombre, un Gobierno común y un designio. Para ello, señores, lo repito, debemos apresurarnos a echar las bases y anudar los vínculos de la Gran confederación colombiana” (20 de julio. 1856).

Samper desarrolla aún más sus reflexiones en torno a la nominación de “Colombia” para la región y en su libro “Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las Repúblicas Colombianas (Hispano-americanas)”, publicado en Francia en 1861, retomando las antiguas reclamaciones de Fray Bartolomé de Las Casas, escribe: “Esta última palabra exige una explicación de nuestra parte. Hemos creído tener plena razón para iniciar en la prensa una innovación en la terminología histórico geográfica del Nuevo Mundo. Hasta ahora la parte continental de "América", al sur del istmo de Panamá ha sido llamada América del sur o meridional, y el conjunto de las antiguas colonias continentales de España, América española. Pero los ciudadanos de la Confederación del Norte llamada "Estados Unidos", se han arrogado para sí solos, y con razón, el nombre de Americanos, como expresión de su nacionalidad política, -así como designan con el nombre general de América la Confederación fundada por Washington. Esta denominación ha defraudado la gloria de Cristóbal Colomb, y atribuidole al descubridor secundario, Américo Vespucci, lo que no le pertenece. La justicia exige que el mundo moderno restablezca la clasificación histórica; tanto más cuanto así desaparecerá toda confusión en las denominaciones. Por tanto, nos permitimos proponer (y damos el ejemplo en este escrito) que en lo sucesivo se adopte lo siguiente: COLOMBIA, -la parte del Nuevo Mundo que se extiende desde el Cabo de Hornos hasta la frontera septentrional de Méjico. AMERICA, -lo demás del continente".

El gran amauta puertorriqueño José de Hostos, nominado póstumamente “ciudadano de América”, en su ensayo “Ayacucho” de 1870, retoma la bandera y llama una vez más a la construcción “colombiana”: "Entonces el Continente se llamará Colombia, en lugar de no saber como llamarse". También titula “La Confederación Colombiana” a una serie de artículos periodísticos. Sin embargo, de Hostos terminaría por comprender, a fuerza de realidades, que la nominación de la región, como ocurre con todo el lenguaje, no sólo es un asunto de “autoridad” científica, reglas formales y argumentaciones intelectuales. En ellas juega un rol protagónico también el uso, colectivo, cotidiano, anónimo, de los pueblos. Para 1874, en Estados Unidos, publica el ensayo “La América Latina”, en el cual reconoce: "No obstante los esfuerzos hechos por Samper, por algunos otros escritores latinoamericanos y por el autor de este artículo, reforzados por la autoridad de la Sociedad Geográfica de Nueva York, no prevalece todavía el nombre colectivo de Colombia con que han querido distinguir de los anglosajones de América a los latinos del Nuevo Continente. En tanto que se logra establecer definitivamente la diferencia, es bueno adoptar para el Continente del Sur y la América Central, México y Antillas, el nombre colectivo que aquí le damos y el de neolatinos usado por el señor A. Bachiller y Morales, o el de latinoamericanos que yo uso para los habitantes del Nuevo Mundo que proceden de la raza latina y de la ibérica".
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