El Programa El racismo al revés






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XI.- BOLÍVAR TIENE QUE HACER TODAVÍA

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Un complejo y colosal conjunto de procesos adversos terminaron por derrotar el esfuerzo de Bolívar en su primera y original batalla por hacer “libre, una, y justa” a la América para “equilibrar el universo”. “…tal vez, he edificado sobre arena movediza y arado en el mar… Los tres más grandes majaderos del mundo hemos sido: Jesucristo, Don Quijote y yo” (Bolívar. 1830). Más aún, lo lapidaron incesantes y rabiosos con toda clase de calumnias hasta cubrirlo de una “leyenda negra”. “Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro, yo los perdono” (Testamento de Bolívar. 1830).

La matriz colonial quedaba arraigada todavía en las mentes, en los “corazones”, en los “espíritus”. España sería reemplazada en ellos por Inglaterra, por Francia, por los Estados Unidos, por la Unión Soviética. El principal enemigo sería la profunda, muchas veces inconciente, convicción de la propia incapacidad creativa y protagónica. La búsqueda de luces en todos lados, menos en el propio volcán, en la hoguera interior, “los hornos”, como los llamó Martí. Sería una larga y difícil lucha contra si mismos, por encontrarse a si mismos, por creer en si mismos, él ya lo había previsto: “Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a anonadarlas; el contagio de despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra, ni el especifico de nuestras saludables Leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre. El hombre, al perder la libertad, decía Homero, pierde la mitad de su espíritu” (1819).
El “bolivarianismo” godo
Más aún, no bastaba matar al hombre, había que, sobre todo, intentar matar su legado. Se intensificó su desvirtuación, ya sea para atacarlo como supuestamente “autoritario”, o para “ser partidario de él”, pero despojándolo de su contenido de igualdad social y de antimperialismo. Es el llamado “Bolivarianismo godo”, que empieza ya en vida de Bolívar, desde varios de sus propios compañeros de armas en la lucha contra España. José Páez en Venezuela, Francisco Santander en Colombia, Juan Flores en Ecuador y muchos otros en cada país. El cual se intenta sostener hasta hoy. Conciente de esta tendencia, Bolívar había señalado: "…Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en el apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates” (Carta a Antonio Leocadio Guzmán. Popayán. 6 de diciembre. 1829). Es el Bolívar de estatuas y discursos vacíos, por parte de oligarquías cínicas que, como decía el poeta y cantor popular venezolano, Alí Primera, “visitan cada año su tumba, pero para asegurarse de que esté bien muerto”. Fidel Castro, en 1959, señaló: “…se le hicieron muchas estatuas a Bolívar y muy poco caso a sus ideas”.

Sobre tales procesos, se desarrolló el “panamericanismo”, es decir, la idea de unidad “americana” incluyendo a los Estados Unidos, desde la “doctrina Monroe” de 1823, hasta la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas - UIRA de 1890, la Unión Panamericana - UP de 1910, y la Organización de Estados Americanos - OEA de 1948. Cuya máxima expresión de cinismo y desvirtuación fue la reunión, por primera vez, del presidente norteamericano Dwight Eisenhower con casi todos los de los demás países latinoamericanos en 1956, bajo el pretexto de… ¡conmemorar los 130 años del Congreso Unionista de Panamá convocado por Bolívar! El amauta mexicano, José Vasconcelos comentará: “La derrota nos ha traído la confusión de los valores y los conceptos; la diplomacia de los vencedores nos engaña después de vencernos; el comercio nos conquista con sus pequeñas ventajas… Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a hacer vida propia, vida desligada de sus hermanos (concertando tratados y recibiendo beneficios falsos), sin atender a los intereses comunes… El despliegue de nuestras veinte banderas en la Unión panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles” (1925). Tales políticas tuvieron como eje la hegemonía norteamericana en el marco de la “Guerra fría”, y configuraron una serie de acuerdos e instituciones en todos los planos, que ha significado, de hecho, el dominio, explotación y agresión militar por parte de esta potencia sobre los demás países de la región. ”…formado una vez el pacto con el fuerte ya es eterna la obligación del débil” (Bolívar. 1826).

El programa esencial de Miranda, Bolívar y San Martín, quedó relegado a los llamados pactos “subregionales” que con desigual éxito y sinuoso desarrollo de marchas y contramarchas, se expresan en la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y el mercado común del Sur (MERCOSUR). En la “Declaración del Cuzco”, emitida por la Tercera Cumbre Presidencial Sudamericana, el 8 de diciembre de 2.004, se habló oficialmente de la “Comunidad Sudamericana de Naciones”. Y se reafirmó en el segundo encuentro en Cochabamba, Bolivia en 2006. Pero hasta ahora no hay avance institucional. Además de las fuerzas centrífugas en las tensiones fronterizas entre muchos países vecinos, resulta decisiva en la actualidad la tensión entre la influencia de dos grandes concepciones y bloques. Uno de radical identidad y autonomía, que toma como sustento programático, precisamente, el pensamiento de Bolívar, y cuya expresión más integral es la “Alternativa Bolivariana para América Latina y el caribe (ALBA)”, empujada por los actuales gobiernos de Cuba y Venezuela. Y otra de persistencia en el neoliberalismo económico y la subordinación a la política norteamericana, expresado en el “Área de Libre Comercio para las Americas (ALCA)”, cuyos mayores exponentes son los actuales gobiernos de Colombia y Perú. Entre aquellos dos extremos, se mueven, con matices, contradicciones y particularidades, los demás actuales gobiernos de la región, según el predominio electoral de mayorías a favor de una u otra concepción.

El bolivarianismo siguió, sin embargo, vivo, como resistencia y alternativa programática, a todo lo largo del siglo XIX, y en los proyectos nacionalistas y antimperialistas de la primera mitad del siglo XX. Más tarde, en la segunda mitad de ese siglo, logró armonizarse con el “internacionalismo proletario” del marxismo y la luchas guerrilleras. Entre sus expresiones más notables, estuvo la “Organización Latino Americana de Solidaridad (OLAS)” de 1967, de cuyo Comité Permanente fue miembro el presidente mártir chileno, Salvador Allende, público marxista y bolivariano. Y la malograda “Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR)”, que, a lo largo de un proceso que culmina en 1974, agrupó a organizaciones político militares de Uruguay, Argentina, Bolivia y Chile. “Las cobardes burguesías criollas y sus ejércitos, no supieron hacer honor al legado revolucionario liberacionista de la gloriosa lucha anticolonial de nuestro pueblo, que conducidos por héroes como Bolívar, San Martín, Artigas, y tantos otros, conquistaron la independencia, la igualdad y la libertad… El mayor desarrollo de nuestras organizaciones… permitirá… expulsar al imperialismo yanqui y europeo del suelo latinoamericano, país por país, e iniciar la construcción del socialismo en cada uno de nuestros países, para llegar el día de mañana a la más completa unidad latinoamericana” (Junta de Coordinación Revolucionaria – JCR. A los pueblos del mundo. 1974). Ya lo había dicho el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez en 1828: “La revolución de América ha sido fecunda… Pero se ha obtenido, no la independencia, sino un armisticio de la guerra que ha de decidirla. El estado de América no es el de la independencia, sino el de una suspensión de armas”. Señaló así el amauta de América, una vez más, el programa de la hora del pueblo continente para los siglos venideros.

Hoy día, la filosa y nada bruñida espada de Bolívar, se levanta y recorre América Latina. “Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo”, le responde Bolívar al poeta chileno Pablo Neruda en uno de sus versos. Así lo había presagiado, en 1825, un patriota boliviano, Choquehuanca, al decirle al Libertador: “…con los siglos vuestra gloria crecerá como crece la sombra cuando el sol declina”. Bolívar habría de ser necesariamente sacrificado para ser él mismo semilla programática, hoguera que apura el madurar de una conciencia latinoamericana, instrumento de liberación definitiva de mentes, espíritus y corazones. Oráculo justiciero fundido en cada átomo de las entrañas del continente. Llamado a ser libres, propios y felices en la pluma de la visionaria y poetiza chilena Gabriela Mistral: Maestro: Enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Divulga la América, su Bello, su Sarmiento, su Lastarria, su Martí. No seas un ebrio de Europa, un embriagado de lo lejano, por lejano extraño, y además caduco, de hermosa caduquez fatal. Describe tu América. Haz amar la luminosa meseta mexicana, la verde estepa de Venezuela, la negra selva austral. Dilo todo de tu América” (1922).

Y en este incontenible cabalgar renovado de Bolívar por América, se actualiza, con sorprendente vigencia, y despejando, de hecho, toda duda, su original significando de libertad y justicia para las mayorías populares; y de peligro y encono para los poderes fácticos imperiales y oligárquicos. "Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo… Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno." (Bolívar. 1819).

XII.- UN DESENCUENTRO

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Alejandro Von Humboldt, astrónomo y naturalista alemán, recorre y estudia desde 1799 hasta 1804 todas las entonces colonias españolas de América Latina, desde México hasta Chile. Aunque ya visionarios sacerdotes católicos, como el franciscano Bernardino de Sahagún y los jesuitas, habían hecho el rescate de las riquezas culturales y naturales, que no fueran el saqueo de los metales preciosos y el trabajo indígena, en varias regiones de la América Latina, viene a ser Humboldt el primer “extranjero” que, contando con autoridad científica moderna, realiza una obra integral de conjunto, sistemática, de carácter fundante, en este campo. A su regreso se instala en París donde sistematiza y escribe sus monumentales trabajos sobre la cartografía, flora, fauna y cultura de la región.

Su extraordinaria capacidad científica y el contacto de estas tierras y pueblos le permitió un hecho excepcional; trascender las consagradas ideas y categorías culturales de su época, y que hasta entonces él mismo compartía, para extraer la conclusión de que “no existen razas superiores y razas inferiores". Para aquilatar la magnitud colosal del gesto científico de Humboldt, debe recordarse el absoluto predominio en la comunidad científica y el sentido común de la época que tenían las ideas de superioridad racial y cultural del norte europeo sobre las demás razas y culturas del planeta. Aún ilustres pensadores iluministas, como el francés Barón de Montesquieu, famoso sabio y científico del siglo XVIII, miembro de la muy reputada y exclusiva comunidad científica “Sociedad Real” de Inglaterra, autor del “Espíritu de las leyes”, que plantea una idea basal de la democracia moderna hasta hoy: la separación de los poderes del Estado, llegó a afirmar “científicamente”, recogiendo una larga tradición intelectual, que el medio ambiente geográfico natural, especialmente el clima, determinaba los rasgos físicos y espirituales de los pueblos. “Hay países donde el calor enerva el cuerpo y debilita tanto los ánimos, que sólo el temor del castigo puede impeler a los hombres a realizar un deber penoso; en estos países, la esclavitud repugna menos a la razón” (Espíritu de las leyes. Libro V. Cap. VII. ). Sobre los pueblos americanos, en particular, su veredicto fue lapidario. Formaban parte de los “países cálidos”. Los pobladores de tierras frías poseen coraje, fuerza y valor; los de países cálidos son débiles y de natural cobardes. En los primeros reina la libertad; en los segundos el gobierno despótico”. (Op. Cit. Libro XVII). Entre muchos otros, y desde distintas hipótesis, el Holandés Cornelius de Pauw, prócer de las ciencias naturales, y el francés Conde de Bufón, antropólogo, matemático y astrónomo, precursor de la teoría de un ancestro común para el ser humano y el simio, del estudio del sistema solar y del cálculo de probabilidades, fueron más lejos aún. Afirmaron específicamente la “naturaleza” “indolente”, “inmadura”, “infantil”, o “degenerada” de los pueblos americanos nativos.

Siempre hubo, a lo largo de la historia, quienes negaron esas categorías y desde la filosofía, la ética y la política, denunciaron el racismo. En la propia región, tempranamente hubo pensadores que desarrollaron investigación y debatieron argumentadamente esas justificaciones deterministas de la servidumbre, esclavitud y dominación europeas sobre ella. Es el caso de la temprana obra de numerosos sacerdotes intelectuales, tales como el español José de Acosta y su fundante “Historia natural y moral de las Indias” de 1590, y los jesuitas mexicanos, más tarde expulsados: Francisco Javier Clavigero y su monumental “Historia Antigua de México”, en 1780, Rafael Campoy y Francisco Javier Alegre, entre muchos otros. Pero es Humboldt quien, siendo “extranjero” y miembro de la más reputada comunidad científica europea, quien, por primera vez, “llega” a esta conclusión en el seno mismo de las ciencias oficiales de la época, con una autoridad y legitimidad indiscutidas.

El propio Bolívar se encontrará con Humboldt en 1804 en París, ocasión en que declarará que Humboldt, y no Colón, es el “verdadero descubridor de América”, ya que “sus trabajos han aportado más que todos los conquistadores”; revelando así, aunque está todavía en su fase de joven adinerado y bohemio, su genio político para la denuncia y el menosprecio al colonialismo, y la audacia creativa para el gesto fundante, propio, radical, que lo acompañaría durante toda su lucha revolucionaria y lo pondría al borde extremo de la incomprensión de muchos de sus contemporáneos, que no llegaron a seguirle tan lejos en su independencia creadora.

Pero nada es tan fácil y rápido y, como diría el mismo Bolívar, “por mucho tiempo lo nuevo aún no termina de nacer y lo viejo se resiste a morir”. El alcance del enfoque determinista cultural era tan intenso que aún a pesar de su crucial avance, la obra de Humboldt contiene todavía en muchas partes prejuicios raciales e incomprensiones culturales, hacia los mexicanos, venezolanos y cubanos, por ejemplo. Algunos de los cuales serán corregidos por los pioneros del naturalismo americano, como el colombiano Francisco de Caldas, admirador suyo, quien público, comentó y crítico sus trabajos en su publicación “Seminario”, en la segunda década de 1800. Más aún, Humboldt estaba tan deslumbrado por el pujante impulso expansionista de la “democracia” norteamericana, que consideraba sinceramente “un avance” para los pueblos de la América Latina –como Goethe y muchos otros grandes de la cultura europea-, que colaboró con toda su valiosa e inédita información para facilitar la agresión imperialista de ese país a México, que, al terminar en 1848, le había arrebatado la mitad de su territorio, más de dos millones de kilómetros.

Para entender a Humboldt, desde la fuerza de la cultura, y no desde la crítica ética “a posteriori”, recordemos que el propio Federico Engels, revolucionario socialista, comentaría así aquella guerra de anexión imperial: “¿Acaso es una desdicha que la magnifica California haya sido arrancada a los holgazanes mexicanos que no sabían qué hacer con ella? La “independencia” de algunos españoles de California y Texas sufrirá quizá; la “justicia” y otros principios morales pueden ser enfrentados aquí y allá, ¿pero que significa todo esto ante tantos otros hechos de este tipo en la historia universal?... Todas esas pequeñas naciones impotentes deben estar reconocidas en suma, a quienes siguiendo las necesidades históricas las agregan a un gran imperio, permitiéndoles así participar en un desarrollo histórico…En América hemos sido espectadores de la conquista de México y nos hemos alegrado por ella… Es en el interés de su propio desarrollo que estará colocado en el futuro bajo la tutoría de los Estados Unidos. Es en el interés de toda América, que los Estados Unidos, gracias a la conquista de California, logren el dominio del Océano Pacífico” (Neue Rheinische Zeitung de 15 de febrero. 1849, y Deutsche-Brusseler Zeitung, 23 de enero. 1848).

Vemos allí la misma matriz cultural profunda instalada en todo el pensamiento europeo. También evidente en el lenguaje del “Manifiesto Comunista”, publicado por Marx y Engels en el mismo año 1848: “Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras… Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, el Oriente a Occidente.”. Todavía décadas después, Engels afirmará: “Solo al llegar a cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, muy avanzado hasta para nuestras condiciones presentes, se hace posible… la liquidación de las diferencias de clase… Solamente en manos de la burguesía han alcanzado las fuerzas productivas ese grado de desarrollo. Por consiguiente, la burguesía es, también en este aspecto, una condición previa, y tan necesaria como el proletariado mismo, de la revolución socialista” (Federico Engels. Las condiciones sociales en Rusia. 1875). En su visión, hay una concepción jerarquizada de la naturaleza misma de las “naciones” y del rol que pueden o no jugar en la “construcción” de su propia historia. Asimismo, el concepto de “civilización” aparece identificado con la acumulación material técnica y de “conocimiento”, entendido éste como aquel consensuado como “científico” por la cultura occidental europea, presentando coincidencias de hecho, a ese nivel, no político, sino cultural profundo, con la matriz colonial y expansionista.

Más aún, cabe recordar que no sólo los europeos, sino también en la obra de importantes amautas latinoamericanos, de valiosos aportes en muchos ámbitos de la reflexión propia, liberadora, coexistió, contradictoriamente, este ideario, que concebía el progreso y la civilización como el acumulado tecnológico, el ideario cientificista, y hasta la atribuida superioridad racial, “blanca”, de europeos y norteamericanos. Al igual que ocurrió con Humboldt, Marx, Engels y numerosos otros pensadores progresistas y socialistas europeos, ellos también creyeron condición necesaria para el progreso, y aún la “fase” socialista, la previa “civilización”, incluso el exterminio, de los pueblos “bárbaros”, indígenas, gauchos, campesinos, afrodescendientes. Ese es el doloroso caso de los amautas Bautista Alberdi, Domingo Sarmiento, José Ingenieros, y varios otros.

Marx fue reportero, para el tema de la dominación británica en la India, del Periódico norteamericano New York Daily Tribune, entre 1853 y 1861. Aún cuando desnudó, con su rigurosidad característica, las injusticias, crímenes, ambiciones y cinismos del colonialismo inglés, reveló también esa misma concepción de “tarea histórica” atribuida al colonialismo como creador de las necesarias condiciones materiales de cualquier posible avance posterior al socialismo. En sus columnas para aquel Periódico puede leerse: “La intromisión inglesa que confrontó al hilandero de Lanscashire y al tejedor indio, disolvió esas pequeñas comunidades semibárbaras y semicivilizadas al hacer saltar su base económica, produciendo así la más grande, y para decir verdad, la única revolución social que jamás se ha visto en Asia” (10 de junio. 1853. Pág. 57). “Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión: una destructora, la otra regeneradora; la aniquilación de la vieja sociedad asiática y la colocación de los fundamentos materiales de la sociedad occidental en Asia” (22 de julio. 1853. Pág. 105). “Todo cuanto se vea obligada a hacer la burguesía como sujeto de su revolución en la India no emancipará a las masas populares, ni mejorará sustancialmente su condición social, pues tanto lo uno como lo otro dependen, no solo del desarrollo de las fuerzas productivas, sino de que el pueblo las posea o no. Pero lo que no dejará de hacer la burguesía es sentar las premisas materiales necesarias para ambas cosas...” (Ibíd. Pág.109).

El patriota puertorriqueño Eugenio de Hostos, dará vuelta los términos de esta matriz. Cuestionará esa definición de “progreso” y “civilización”. Planteará, desde la posición revolucioanria propia de América Latina, una visión inversa al concepto de civilización que operan en el “Manifiesto Comunista” y los escritos de Marx y Engels sobre América Latina, atribuyendo a la dominación colonial europea el carácter de “bárbara” y a la lucha independentista de los latinoamericanos el de “civilización” y progreso. “Ayacucho es, pues, más que una gloria de estos pueblos, más que un servicio hecho al progreso, más que un hecho resultante de otros hechos, más que un derecho conquistado, más que una promesa hecha a la historia y a los contemporáneos de que los vencedores en el campo de batalla eran la civilización contra el quietismo, la justicia contra la fuerza, la libertad contra la tiranía, la república contra la monarquía…” (En: Periódico El Nacional. Lima, Perú. 9 de diciembre. 1870).

Aquellas profundas estructuras culturales y teóricas europeas, negadoras de un rol protagónico a la América Latina, vinieron a coincidir y a complementarse con la propaganda de desvirtuación de Bolívar y su proyecto por parte de sus adversarios, en las referencias expresas al respecto de Carlos Marx. Quien publicó un artículo con acerbas acusaciones de cobardía, traición, inteligencia con el enemigo, oportunismo, indecisión, robo y extorsión, contra Bolívar, a quién llamará el “napoleón de las retiradas” y el “canalla más cobarde, brutal y miserable” (Carta a Federico Engels. 14 de febrero. 1858). Pero no sólo eso, sino que manifestó explícitamente comentarios de una supuesta “superioridad” “decisiva” de los europeos que lucharon bajo las órdenes del Libertador, señalando que Bolívar “…como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento…”. Que las victorias patriotas se debían a “Los oficiales extranjeros le aconsejaron” y a que “las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas”. Y agregando que, “si Bolívar hubiese avanzado con resolución, sus solas tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles… su legión extranjera, más temida por los españoles que un número diez veces mayor de colombianos”, “…los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands” (Bolívar y Aponte. La nueva enciclopedia americana. Tomo III. Enero. 1858).

El articulo venía a resumir la llamada “leyenda negra” de Bolívar, sobre la base de interpretaciones y atribuciones de intención a sus hechos, junto a probados errores históricos, tales como la afirmación de Marx de que Bolívar no apoyó la primera declaración de independencia de Venezuela, o que su misión a Inglaterra sólo consistió en conseguir la autorización para la venta de armas a los independentistas, entre muchos otros. El propio Marx informa de los reparos de quien le había encargado el trabajo por considerarlo “prejuiciado” y en un tono que “se salía de lo enciclopédico” (Carta a Federico Engels. 14 de febrero. 1858). El artículo, incluido en la edición rusa de la obra de Marx y Engels de 1934, y prácticamente desconocido hasta allí, fue “descubierto” para América Latina en 1935 y publicado al año siguiente en Buenos Aires por el marxista argentino Aníbal Ponce. Complementariamente, las tendencias historiográficas soviéticas, bajo el influjo de la escuela de Vladimiro Mirochevsky, reputado experto en cuestiones de las “colonias y semicolonias”, que en 1942 calificó a Carlos Mariátegui de “intelectual pequeñoburgués en un país campesino, atrasado”, no sólo asumieron como “verdad histórica” el artículo de Marx sobre Bolívar, sino que lo hicieron extensivo a todo el proceso de independencia de la América hispánica, reducido a la caracterización de “un asunto propio de un puñado de separatistas criollos que no contaban con el apoyo de las masas populares”.

En 1959, la segunda edición en ruso de las obras de Marx y Engels, incluyó por primera vez una crítica “oficial” a las interpretaciones, atribuciones y errores sostenidos allí por Marx, los cuales eran atribuidos por completo a las “fuentes”, insuficientes y parciales, con que contó. En los textos de Marx y Engels sobre España, publicados por Editorial Moscú en 1974, simplemente no se incluyó el artículo. Se evadió de ese modo la cuestión de una explicación profunda de este desencuentro. Evasión que ha dado pié al intento de análisis posteriores que aporten nuevos elementos para una explicación más completa. Tales como la que enfatiza la situación económica personal de Marx. En ella, el artículo sería un “ganapanes” (expresión del propio Marx), un encargo hecho por la pura necesidad de obtener una remuneración a cambio, por lo cual no tendría ninguna importancia ni habría puesto verdadera rigurosidad en su elaboración (Ibíd.). O aquella de dimensión sicológica, referida a la irrefrenable odiosidad personal que Marx sentía por Napoleón Bonaparte y su epígono Napoleón III, a los cuales identifica con Bolívar.

Un aporte mucho más de fondo, resulta el rico acumulado de trabajos y debates en torno a las razones más subyacentes. A partir de la matriz cultural profunda, que en Marx estaba nutrida del pensamiento de su maestro fundador Federico Hegel, quien clasificó a los pueblos entre los que tenían “historia” (desarrollo capitalista y poder internacional) y los “sin historia” (sin ese desarrollo y dependientes de los primeros). Sólo los con historia podían jugar un rol en el desarrollo histórico y, en ese rol, “traer a la civilización” a los segundos. A partir de allí, Marx realiza una mirada, una vez más, de América Latina “desde” el “exterior”, desde fuera de si misma. Organizando su historia -la “esencia” que, según el método marxista en “El Capital”, explica las confusas y azarosas “apariencias”- no en la dinámica propia de los pueblos y revolucionarios de la América Latina, sino que en las cruciales tendencias expansionistas británicas y españolas, y en la influencia “necesariamente decisiva” de los actores extranjeros que obedecían a ellas. A ello se agrega la falta, en el arsenal de Marx, de instrumental teórico específicamente adecuado para aplicar un análisis de clases a esa América Hispánica, cuya realidad compleja y única, no cabía ni en el modelo europeo ni en el “Asiático”. Lo que explicaría por qué entonces quedó reducida a ser explicada, de hecho, por la personalidad de un tragicómico caudillo. Personalismo sorprendente en el normalmente riguroso análisis materialista de procesos y estructuras de Marx.

El Che Guevara, en 1960, calificará los escritos de Marx y Engels sobre Bolívar y los mexicanos como “objeciones” que podían hacerle los latinoamericanos, y como “inadmisibles” “ciertas teorías de las razas y nacionalidades” manifestadas en ellos, al tiempo que reafirmaba su plena adscripción al genio intelectual y el rol histórico del marxismo como necesario instrumento de transformación revolucionaria (Notas para el estudio de la ideología de la Revolución cubana. 1960). Ciertamente, aunque el mismo Marx no volvió a referirse a Bolívar, sí varió explícitamente su posición, respecto del rol histórico fatalmente subordinado de los pueblos sin desarrollo capitalista. Asumiendo una diametralmente opuesta, menos habitada por aquella matriz cultural profunda, y con una concepción de desarrollo más integral y crítica. Pero eso fue mucho después, principalmente a través de cartas personales que tardaron todavía más en ser publicadas. Y estos primeros y más conocidos textos, equívocos para muchos quienes habían sufrido la experiencia criminal y negadora del colonialismo y el expansionismo, y libraban cruentas y legítimas luchas contra ellos, significaron un objetivo desencuentro.

Augusto Sandino, llamado “General de hombres libres”, enmontañado y en guerrilla exitosa contra el ejército más poderoso del mundo, los marines norteamericanos, escribe en 1929, desde Nicaragua, su “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar”, para unir en confederación a las 21 “fracciones” en que está dividida la América Latina, establecer la “nacionalidad latinoamericana” y expulsar al imperio invasor. Farabundo Martí, mítico líder comunista salvadoreño, llegará a ser su lugar teniente, secretario y miembro del estado mayor internacional, para finalmente romper por “razones ideológicas”. Farabundo morirá en El Salvador en 1932, tras una insurrección derrotada. Sandino, lo hará en la ciudad capital de Nicaragua, Managua, fusilado tras ser traicionado en intrigas políticas digitadas por EE.UU. Una famosa anécdota relata el regalo de un caballo, por parte de Farabundo al general, el cual al ver que su montura tenía grabadas la hoz y el martillo comunista, mandó a borrarlas y remplazarlas por dos machetes cruzados, el símbolo sandinista, porque en las montañas de Nicaragua “no había fábricas para los martillos ni trigo para la hoz”. Anécdota que revela el complejo camino que hacían las tensiones, diálogos y desencuentros, entre concepciones revolucionarias universales y las particularidades de la lucha revolucionaria en América Latina.

Una vez superado ese desencuentro, con la armonización de bolivarianismo y marxismo en la reflexión y práctica de muchos movimientos revolucionarios significativos, aquellos argumentos del desencuentro, paradojalmente, fueron recogidos por los ideólogos neoliberales y en la actualidad son usados para, desprestigiando la figura de Bolívar, combatir las nuevas expresiones populares y revolucionarias que atraviesan el continente, o para intentar retrotraer la armonización al desencuentro y así dividir ideológicamente el movimiento revolucionario
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