El Programa El racismo al revés






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Enemigos mortales, también, de su Reglamento de Reforma Agraria de 1815, donde se expropiaba la tierra a los enemigos de la revolución, “malos europeos y peores americanos”, y se fragmentaban los grandes latifundios improductivos, para ser repartidos entre los no propietarios, “con prevención que los más infelices sean los más privilegiados … los negros libertos, los zambos de igual condición, los indios y criollos pobres… las viudas pobres si tuvieran hijos y serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros y éstos a cualquier extranjero…todos podrán ser agraciados con suertes de estancia si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la Provincia”. Complementan la reforma la disminución de impuestos a los campesinos, la asignación de ganados, la creación de escuelas rurales y ferias de comercio locales.


En medio de sus heroicas luchas, Artigas escribió a Simón Bolívar: Excelentísimo Señor General y Presidente de la República en Caracas don Simón Bolívar, unidos íntimamente por vínculos de naturaleza, de intereses recíprocos luchamos contra tiranos que intentan profanar nuestros más sagrados derechos. La variedad de los acontecimientos de la Revolución y la inmensa distancia que nos separa me ha privado de la dulce satisfacción de impartirle un feliz anuncio, hoy lo demanda la oportunidad y la importancia de que los corsarios de esta república tengan la mejor acogida bajo su protección. Ellos cruzan los mares y hostilizan fuertemente a los buques españoles y portugueses, nuestros invasores, ruego a vuestra excelencia que ellos y sus presas tengan el mayor asilo en sus puertos y entre la escuadra de su mando… Por mi parte, oferto igual correspondencia al pabellón de esa República, si las circunstancias de los pueblos permiten que sea afianzado en nuestros puertos. No puedo ser más expresivo en mis deseos que ofertando a vuestra excelencia la mayor cordialidad por la mejor armonía y la unión más estrecha, firmarla es obra de sostén por intereses recíprocos… Tengo el mayor honor de saludar a vuestra excelencia por primera vez y ofertarle mis más afectuosas consideraciones” (29 de julio. 1819).

Combatido y superado por colosales medios humanos y técnicos por el hegemonismo de Buenos Aires y el imperio brasileño portugués, en innumerables batallas regulares y guerras de guerrillas, es finalmente traicionado por sus generales y forzado al exilio en 1820. Se retira al actual Paraguay, junto a sus fieles lugartenientes “Ansina” y “Ledesma”, ambos afro descendientes de esclavos, destacados oficiales y combatientes. Muere finalmente en 1850, rodeado de indígenas y campesinos que lo llaman: "Overava Karaí", el “señor que resplandece”, o “Karaí marangatú”, que en guaraní, significa “padre de los pobres”. Ya durante todas sus luchas en el actual Uruguay, había logrado, como pocos, que los indígenas guaraníes que habían luchado contra los portugueses en la “guerra de las siete reducciones” hace 40 años atrás, le siguieran en la nueva lucha. Por ello, en su programa estuvieron siempre presentes la deuda histórica hacia ellos, sus derechos y, precursoramente, su autonomía. Y así lo manifiesta expresamente al Gobernador de la provincia de Corrientes: “... es preciso que a los indios se los trate con más consideración, pues no es dable, cuando sostenemos nuestros derechos, excluirlos del que justamente les corresponde. Su ignorancia e incivilización no es delito reprensible… pues no ignora VS. quien ha sido su causante ¿y nosotros habremos de perpetuarla?... Reencargo a Ud. que mire y atienda a los infelices pueblos de indios... Yo deseo que los indios en sus pueblos se gobiernen por si para que cuiden sus intereses como nosotros los nuestros...Recordemos que ellos tienen el principal derecho…” (3 de mayo. 1815).

Una vez fallecido, sus seguidores estarán al lado de Paraguay en la próxima guerra de la “Triple Alianza” en que las mismas fuerzas que lo derrotaron, ahora digitadas por el imperialismo inglés, arrasarán también con el último proyecto independiente en el continente, el de Paraguay. En su natal Uruguay, el primer presidente, un traidor artiguista pasado al bando de los invasores brasileño portugueses, diezmará permanentemente, a pedido de los terratenientes, a los amados indígenas charrúas de Artigas, combatientes en todas sus luchas. En una bajeza histórica, el año 1831, los citó masivamente a “parlamentar” en el arroyo de “Salsipuedes” y los exterminó sorpresiva y salvajemente, incluyendo a mujeres y niños. Los pocos últimos sobrevivientes fueron vendidos después a comerciantes franceses para ser exhibidos hasta su muerte como una rareza salvaje en la civilizada Europa. La esclavitud de los afro descendientes no sería abolida sino hasta 1842. Y en todas las nacientes repúblicas, con diferencias de décadas, los Estados “democráticos” cometerían el mismo etnocidio. Artigas, viviría en los cantos y las leyendas. Volvería porfiadamente en las asombrosas acciones político militares de la guerrilla uruguaya de los 1970, “tupamaras, bolivarianas, artiguistas y marxistas”.

Desterraron a José de San Martín de Argentina, el único quizás tan calumniado como Bolívar. El criollo educado en Colegio de nobles de España, pero pobre, nacido en zona indígena, Yapeyú, y, peor aún, “moreno”, de fenotipo indígena, por lo que se le reputaba de ser ilegítimo, “indio” o “mestizo”, con la intención racista de ofenderlo. Pero él toma el nombre de “Lautaro”, el más genial de los jefes militares mapuche, para su Logia conspirativa. Y en ella, para castigar a los que la traicionaran, retoma la pena que los incas daban a los violadores del “acllahuasi”, la casa de las vírgenes del sol, quemar al culpable y esparcir sus cenizas. En septiembre de 1815, se reúne en el Fuerte San Carlos, zona indígena de frontera argentino chilena y parlamenta con los jefes pampas, pehuenches y mapuches, sumándolos a la causa anti colonial. Allí les dice orgulloso: “Yo también soy indio”. Al salir con la expedición libertadora del Perú desde Chile, en sendos “Manifiesto” y “Proclama” a los peruanos, escritos con O’Higgins, llaman a “los hijos de Manco Capac… a sellar la fraternidad americana sobre la tumba de Tupac Amaru”. Los documentos son escritos en “dos lenguas”, la versión quechua empezaba así: “Llapamanta acclasca José de San Martín sutiyocc…”. Entre las primeras medidas de su corto gobierno limeño, estarán las aboliciones de todas las formas de servidumbre y esclavitud indígenas. El asceta que renuncia porfiadamente a todos los cargos políticos, ascensos militares y premios materiales a lo largo de su lucha revolucionaria, sólo acepta el “escudo de los Pizarro”, símbolo de 500 años de dominación, que le otorga la municipalidad de Lima, y lo llevara con orgullo a su pobre exilio, como justiciera venganza sobre los genocidas, traidores y asesinos de Atahualpa. Tras su muerte en 1850, testamentó la entrega del escudo al gobierno de Perú. Y así se hizo en una sencilla ceremonia en la embajada peruana en Francia. Asisten a ella destacados patriotas de varios países latinoamericanos. Entre ellos, José Torres, quien seis años más tarde escribirá su famoso poema antimperialista: “Las dos Americas”.

Marcó del Pont, jefe realista colonial en Chile, al firmar una comunicación para él, antes de la campaña de los Andes, se ríe diciendo a su emisario: “yo firmó con mano blanca, no como San Martín, que la suya es negra”. Más tarde, vencido y prisionero el arrogante español, al ofrecer su espada en rendición, San Martín, ironizando contra su racismo la superioridad del mérito militar, le contesta: “venga esa mano blanca, y deje V.E. su espada al cinto, donde no puede causarme ningún daño”. En el Congreso revolucionario de Tucumán de 1816, donde se declara formalmente la independencia Argentina, se presenta, avalado por San Martín, la propuesta del “Incanato Unido de Sudamérica”, con el hermano de Tupac Amaru, Juan Bautista, único veterano sobreviviente de la insurrección, como Inca. La propuesta es formalmente presentada por sus amigos, compañeros y héroes. Manuel Belgrano, padre de la concepción político militar de la guerra, que escribe a San Martín: “La guerra, allí no solo la ha de hacer Ud. con las armas sino con la opinión…”. Y Martin Güemes, renegado de su aristocracia criolla, comandante popular de una incontenible guerra de guerrillas contra los realistas en la frontera norte, los famosos “escuadrones de salteños” y su “guerra gaucha”, en cuyos informes escribe:”¿No he de alabar la conducta y la virtud de los gauchos? Ellos trabajan personalmente y no exceptúan ni aún el solo caballo que tienen, cuando los que reportan las ventajas de la revolución no piensan otra cosa que engrosar sus caudales”. Inicialmente aprobada, la propuesta del Incanato Sudamericano, la ridiculizan y hunden los aristócratas racistas bonaerenses. Belgrano cae en desgraciada y es castigado también, para morir en la miseria y la calumnia. Güemes muere tempranamente en combate.

Criollo, pero pobre, San Martín se hace en España militar. Cadete desde los 11 años y veterano combatiente desde los 15, en las numerosas guerras europeas, ascendido y condecorado, sin una sola licencia en 20 años. Sobresale por sus capacidades y valor durante la guerra contra las tropas napoleónicas invasoras en España. Allí se hace tempranamente conspirador liberal e independentista. Al estallar la independencia, decide echar por tierra una carrera militar promisoria y regresar, después de 20 años, a su natal Argentina y ponerse al servicio de la revolución. Este desprendimiento, sumado al hecho de que toda su familia, incluido sus tres hermanos militares, se quedaron para siempre realistas y en España, lo harán sospechoso de “espía” a los ojos de sus enemigos.

Como el toqui Lautaro, a quien tanto admira, será el crucial maestro formador de un verdadero ejército revolucionario en los Andes, de una interminable “escuela de cuadros político militares”. Un reformador que nutrido, como aquel líder militar mapuche, de los más acabados conocimientos del enemigo, los adaptará creadoramente, justamente, para vencerlo. Enseñando técnicas que ni los más avanzados oficiales españoles enemigos conocían, imponiendo su concepción de que “no hay ejército sin matemáticas”, enseñando a combinar las comunicaciones, los factores sicosociales y las técnicas de inteligencia, las batallas regulares con las partidas guerrilleras. Forma el primer ejército de caballería granadera, y más tarde el Ejército de los Andes, con el que habrá de liberar Argentina, Chile y Perú. Cientos de sus cuadros y tropas –a cada uno ponía un “nombre de guerra”- se unirán después al ejército de Simón Bolívar, fundiendo todos los brazos libertarios del continente en las batallas de Río Bamba, Pichincha, Junín y Ayacucho.

Serio y frugal como Sucre, “implacable en el combate, generoso en la victoria” (para usar la frase de Carlos Fonseca Amador, fundador y mártir del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, muerto en combate en 1976), el amauta argentino Ricardo Rojas, lo llama “el santo de la espada”. Lo dio todo por la libertad de América. "Es llegada la hora de los verdaderos patriotas… ni es tiempo de exhortar a la conservación de las fortunas o de las comodidades familiares. El primer interés del día es el de la vida: este es el único bien de los mortales. Sin ella, también perece con nosotros la patria. Basta de ser egoístas… A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos… Desde hoy quedan nuestros sueldos reducidos a la mitad… Yo graduaré el patriotismo de los habitantes de esta provincia por la generosidad… Cada uno es centinela de su vida" (1815). Como el Che Guevara, era un asceta, que rehuía la pompa y las fiestas. Que renunciaba porfiadamente a cargos y prebendas con la incomprendida obsesión de llevar la revolución a otras tierras. Que se preparaba su propio café todas las mañanas, que hacía una sola comida diaria, de pie y en la cocina. Que arrastraba, ascético, como “en estado de gracia” -al igual que el “guerrillero heroico” hacía con su asma-, tuberculosis, reuma, gota y otras graves enfermedades, en medio de batallas, agrestes campamentos y largas marchas, y cuyos dolores invalidantes lo llevaron a ser opio dependiente, condición de la que hacen escarnio, burla y calumnia sus enemigos.

Decidido independentista, hace campaña para terminar con las vacilaciones de los patriotas argentinos que aún no se resignaban al paso libertario definitivo, la declaración de independencia. La que finalmente se logra en 1816. "¿Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra independencia? ¿No es una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener pabellón y cocarda nacional, y por último, hacerle la guerra al soberano de quien se dice dependemos… Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, puesto que nos reconocemos vasallos… Si esto no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero soberano, es decir, al rey de España." (1816).

Establecido un empate de hecho, en que los realistas no logran retomar Argentina, pero los patriotas tampoco pueden vencer en Perú, el genial estratega concibe lo “impensable”, atravesar con un ejército masivo la cadena montañosa de los Andes, libertar a Chile, bajo dominio realista, y atacar el Perú por mar desde el Pacífico. Le tomará años lograr vencer las mezquinas miras de las oligarquías locales, o las incomprensiones de quienes no lograban seguirle tan lejos, tanto en Argentina, en primer lugar, como en Chile, después, para concretar el proyecto. Comenzará en su verdadera “comuna liberada” de Cuyo, provincia argentina en la frontera andina con Chile, a la cual logra ser destinado como Gobernador. Allí, de la nada, levanta un ejército, en el que funde a los transitoriamente derrotados patriotas exiliados chilenos. Atraviesa con él, en 24 días, cinco cadenas montañosas, con temperaturas bajo cero en las noches, donde dormían en la roca, cargando a mula y a fuerza de brazo 22 piezas de artillería pesada, soportando las tormentas de granizo y el “soroche”, ahogo por las alturas andinas, a más de 3500 metros de altura.

El plan funcionará y en 1818 se libera definitivamente a Chile. San Martín rechaza el gobierno, ofrecido por la población de Santiago y este pasa a O´Higgins, héroe y herido en la jornada. Quien será el artífice, en contra de la fiera hostilidad de la oligarquía chilena, de la “expedición libertadora del Perú”, que corone el plan estratégico de San Martín. Para 1819, estalla la anarquía completa en Argentina. Llamado a reprimir el descontento en las provincias por el gobierno de Buenos Aires, San Martín se niega. "El general San Martín jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos". La anarquía llega a tal punto que lo sorprende en Chile la caída del gobierno argentino, a punto de realizar la segunda fase de su plan, la expedición libertadora del Perú. Harto de las desavenencias y pugnas internas cuando aún no se libraba al continente del poder colonial, escribe: “La paz y la unión entre caudillos vale por cien victorias… Las divisiones nos arrastran al sepulcro…”. Sorprendido en Chile, al mando de un ejército argentino cuyo mandato y autoridad se había desplomado, hace llagar un informe de los hechos, leído a todos los oficiales, donde además renuncia. Unánimente, éstos lo confirman en el mando y en el plan, sentenciando: "la autoridad que recibió el general de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país no ha caducado ni puede caducar, pues su origen, que es la salud del pueblo, es inmudable" (2 de abril. 1919).

Parte al mando de la expedición al año siguiente. Las condiciones en el continente son adversas o dudosas, su inferioridad numérica y material es de dos a uno, cuando menos, pues apenas si ha logrado, con O’Higgins, arrancar ese número a las oligarquías argentina y chilena para armar la escuadra. Para colmo de males, la peste al llegar a Perú le causa más bajas que cualquier enemigo, cerca de la mitad de sus hombres, hasta 100 bajas en un solo día. El genio político militar combina entonces la guerra de movimientos regulares con la de guerrillas. Cuyo máximo exponente es el “comandante general de las guerrilleras del centro”, el peruano José María Guzmán, librando batallas en pueblos y serranías, sin recibir un real, sostenido únicamente por los indígenas y las clases más populares, en medio de la más sanguinaria brutalidad represiva. Reconocido expresamente su valor y entereza en los informes de San Martín, Guzmán continuará la lucha, incluso después, bajo las órdenes de Bolívar. Murió en titánico y desigual combate, junto a siete de sus jinetes guerrilleros peruanos, rechazando la oferta de pasarse con honores y mando al bando realista, a pesar de estar cercado por fuerzas enormemente superiores. Tan solo unos días después de que Bolívar lo ascendiera a “coronel” del Ejército Libertador, y dos semanas antes de la batalla de Junín.

San Martín, conjuntamente, otorga libertad en las costas a todos los negros esclavos que se unan a la lucha. Agita y arma a los indígenas de la sierra. Pone cerco a la ciudad capital y a su puerto. Intensifica el desgaste psicológico. El uso de espías en Lima para agitar los descontentos. Las negociaciones y llamados “liberales” contra la monarquía absolutista restaurada en España. Hace concesiones, incluso gana simpatías en las tropas enemigas. Suple así la desventaja militar con la ofensiva política diversa, extendida, la combinación de todas las formas de lucha. Prontamente, la inteligencia paciente da resultados: gana una batalla, se subleva un batallón realista, es destituido un virrey absolutista y remplazado por uno liberal. La opinión pública se inclina rápidamente de realista a patriota. “…no dar un solo paso más allá de la marcha progresiva de la opinión pública… En la expectativa segura de este momento, he retardado hasta ahora mi avance… He estado ciertamente, día a día, ganando nuevos aliados en los corazones del pueblo. En el punto secundario de fuerza militar, he sido por las mismas causas igualmente feliz, aumentando y mejorando el ejército libertador, mientras el realista ha sido debilitado por la escasez y la deserción” (1821). Finalmente, entra, sin disparar un tiro, en la capital peruana, en julio de 1821, y proclama su independencia. Muy pronto ocurrirá lo mismo, de similar modo, con la fortaleza del Callao.

Al mando de un gobierno transitorio como “protector” del Perú, y aún en guerra con el ejército realista replegado, pero fuerte todavía, en la sierra peruana y en el Alto Perú, actual Bolivia, emprenderá la obra de construcción liberal en el seno de aristócratas, nobles y jerarcas eclesiales, que seguían siendo muchos de ellos embozadamente realistas. Abolió, “por atentatorios a la naturaleza y a la libertad”, la servidumbre de los indios, encomiendas, mitas, y yanaconazgos. También la esclavitud, la inquisición, la censura previa a la imprenta, los azotes en las escuelas y las torturas en las cárceles. “El primer título de nobleza fue siempre el de la protección dada al oprimido”, fue el mensaje en su primera Proclama a la aristocrática Lima, cuando zarpó en la expedición libertadora. Creó una Biblioteca pública a la que donó sus libros. Instauró la división de poderes y las garantías individuales. Y envió solidariamente, fraternalmente, sin mediar convenio ni tratado formal alguno, más que la pura solicitud de ayuda, 1622 combatientes, soldados y mandos, a Bolívar, para liberar al Ecuador. “…el Perú, su gobierno y V.E. que tan poderosamente han ayudado a nuestra empresa merecerán nuestra eterna gratitud”. Le escribe agradecido Sucre, su similar en genio militar y en personalidad seria, taciturna, ascética.

En 1822, se encuentra con Bolívar en Guayaquil. Los libertadores de cinco y tres repúblicas, de un continente entero, que fundieron como dos ríos sus ejércitos libertarios, ya se habían comunicado antes. “Este momento lo había deseado toda mi vida; y solo el de abrazar a V.E. y el de reunir nuestras banderas, puede serme más satisfactorio…”, le responde Bolívar a San Martín en 1821. Mucho se ha especulado, sin llegar a consenso, de la reunión, que fue secreta, y de las supuestas discrepancias entre ambos. Que si Bolívar era más ambicioso. Que si San Martín, monárquico. Lo cierto es que discrepancias hubo, como las hubo entre todos los patriotas, como las hay naturalmente entre los seres humanos, entre compañeros de lucha. Las acusaciones de “monárquico” a San Martín, se basan en su proyecto de “Incanato de Sudamérica” y después en sus tratativas con los realistas de Lima, donde ofrece una salida monárquica constitucional. Pero ellas desconocen que el contenido, y no la forma, es lo importante del “Incanato”, que era una propuesta más radical y revolucionaria que la de las democracias esclavistas de Estados Unidos y Europa, y era propia, adaptada a la historia y a la justicia, de y para, el continente. Y en las tratativas de Perú, el mismo San Martín dejó registro de que sólo eran dilaciones tácticas en medio de la guerra, no proyecto político serio alguno. Además, todos los actos de su vida, especialmente la fundación de democracias en los tres países donde derrotó al dominio español, prueban incontestablemente su ideario republicano y liberal. Y, sobre todo, independiente. No sólo en lo político, sino en lo mental. Ya retirado, en su chacra de Mendoza, engaña a dos de sus amigos generales patriotas, Mosquera y Arcos, haciéndoles probar vinos en una cena, cuyas etiquetas cambia a propósito. Ambos encuentran bueno el vino mendocino, pero el español lo consideran, “lejos”, “el mejor”. San Martín, les da a conocer el cambio previo de etiquetas y les dice: “Caballeros, ustedes de vino no entienden un diablo y se dejan alucinar por rótulos extranjeros”.

Las tendencias historiográficas chauvinistas, y menospreciativas de lo propio, han instalado esa mirada de énfasis en las limitaciones y divisiones entre los próceres latinoamericanos, particularmente entre los dos más grandes. Claramente, eran dos temperamentos distintos. Bolívar amaba la gloria, la sensualidad de la vida, sin ser por ello, como lo demostró a lo largo de su vida, menos sacrificado por la causa. San Martín era un asceta, un místico, ajeno a lo mundano. Lo cierto es que sean cuales fueran sus legítimas discrepancias, ellas no impidieron la solidaridad de los dos combatientes contra el enemigo común. Y se resolvieron sin llegar al amargo enfrentamiento en que cayeron tantos otros caudillos, pues ambos eran partidarios en lo fundamental, de las dos grandes necesidades de la hora: unidad, y un Estado fuerte para construir las repúblicas. Como le dijo el mismo Bolívar a San Martín, en carta previa a su encuentro: “Amigo le llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la vida porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión”. El propio San Martín, mostrando, una vez más, su humildad extrema, mística, y aceptando la situación que ponía la fuerza real y crucial del lado de Bolívar, se ofreció a combatir bajo su mando para terminar la guerra con el poder colonial en Perú. Éste no aceptó por diversas consideraciones, y el “santo de la espada” se retiró, dejando todas sus tropas, aún a costa de incomprensiones de éstas, bajo dirección de Bolívar. Antes de partir, hace elegir un Congreso Nacional Democrático en Perú y dimite del mando. Grande, por encima de toda pequeñez contemporánea y posterior, por parte de tantos “historiadores”, envía a Bolívar de regalo dos pistolas y un caballo de paso peruano, con una carta que decía: “He hablado a Ud., general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedaran sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia… Admita Ud., general, esta memoria del primero de sus admiradores” (28 de agosto. 1822).

Cuando más tarde, Bolívar agasaja con un banquete al chileno Bernardo O’Higgins, integrado como voluntario a la campaña de Ayacuho, pronuncia un brindis público con las siguientes palabras: “Por el buen genio de América que trajo al general San Martín con su ejército libertador desde las márgenes del Plata hasta las playas del Perú”. San Martín, de 60 años y en el destierro, escribe sobre el ya fallecido Bolívar: “…atribuíanle, asimismo, un gran desinterés, lo cual es justo, pues ha muerto en la indigencia… En cuanto a los hechos militares… se puede decir que ellos le han granjeado con razón la fama de ser considerado como el hombre más asombroso que ha conocido la América del Sud”. Mientras Bolívar Gobernó en Perú, hizo poner un retrato de San Martín al lado del suyo propio en el Palacio de Gobierno. Sólo cuando él abandonó el Perú, ambos retratos fueron arrancados por la oligarquía gobernante. A la muerte de San Martín en su exilio en Francia, se encontró en su pobre habitación su propio retrato junto al de Bolívar, que éste mismo le había obsequiado al despedirse en Guayaquil. Y ambos siguen juntos hoy en el Museo Nacional de Argentina.

Muerta su joven esposa de enfermedad, San Martín se dedica a cuidar su pequeña hija. Renuncia a toda intervención política y militar, ya sea en Argentina, donde se traslada, o en Perú. Desterrado, finalmente, de Argentina, Chile y Perú, los países que había liberado, se exilió en Europa. Las turbulencias de aquellos países, hacen que muchos le busquen, le ofrezcan, le llamen a intervenir. Les responde a todos con desprecio y con tristeza. “El Perú se pierde, sí, se pierde irremediablemente, y tal vez la causa general de América… este es el desgraciado destino que espera a los patriotas” (1822). Sólo cuando en 1838 y 1845 los imperios francés e inglés agredieron a la Argentina, San Martín, aunque era opositor al gobierno dictatorial de Juan Rosas en su país, se ofreció para ocupar cualquier puesto y desempeñar cualquier tarea en la defensa de la independencia amenazada. Tras su muerte en 1850, testamentó el regalo de su sable libertario a Rosas, como reconocimiento de su decidida resistencia a las intervenciones franco inglesas. Murió, como Belgrano, como Bolívar, como Artigas, solo, en la pobreza y la calumnia.

Desterraron a Bernardo O’Higgins en Chile. El “huacho”, como lo llamaba la rancia aristocracia chilena, que no le perdonó nunca haber ordenado arrancar sus ostentosos escudos familiares de nobleza de las puertas, para premiar el mérito del que demasiadas ocasiones carecían.”Sólo los hijos sin méritos propios, se visten con el ropaje de los antepasados”, había dicho el sabio griego Plutarco. Como la jerarquía de la iglesia no le perdonó la creación del “Cementerio General”, que rompió su monopolio aristocrático de las tumbas en las iglesias para los vecinos decentes, mientras los pobres eran enterrados en un par de peladeros de Santiago, y los “protestantes” en los baldíos del Cerro Santa Lucía. Que hablaba mapudungun y reconoció como territorio autónomo el de la nación mapuche, instalando incluso un cónsul en la zona. La misma que las “democráticas” oligarquías arrasarían a sangre y fuego unas décadas más tarde, haciéndola escuela de genocidio para los mandos militares que más tarde cometerían los mismos crímenes en Perú.

El “dictador” lo llamaban, por imponer el gasto de la “expedición libertadora del Perú”, que habría de asegurar su propia y avariciosa independencia.”Tres barquichuelos dieron a los reyes de España la posesión del nuevo mundo, ahora de estas cuatro tablas penden los destinos de América” (1820). El “antipatriota” porque veía la Patria más allá de sus feudos y estancias. Desterrado finalmente, residió en Perú, se puso bajo las ordenes de Bolívar en la campaña de Ayacucho y se le ofreció después como voluntario para el viejo proyecto del Libertador de ir a liberar a Cuba, con estas palabras: "…acompañarle y servirle bajo el carácter de un voluntario que aspira a una vida con honor o a una muerte gloriosa y que mira el triunfo del general Bolívar como la única aurora de la independencia en la América del Sur" (1824). Rememoraba las palabras que lo habían hecho famoso, “¡o vivir con o honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!”, al romper el mortal cerco realista en el desastre patriota de Rancagua en 1814. La misma valentía que lo llevó, “más allá de sus órdenes” a comandar la temeraria carga contra las fuerzas realistas que decidió la batalla de Chacabuco en 1817. Pero Bolívar ya estaba declinando y la empresa quedó trunca. O’Higgins vio impotente a la oligarquía chilena matar la idea latinoamericana. Murió tratando de regresar a Chile en 1842.

Caían todos con Bolívar. El más genial de los creadores de patrias. Estratega de la independencia colonial para seis de las actuales repúblicas. El incansable profeta antiesclavista. El que más amó a sus pueblos pobres, despreciados y excluidos. El hombre de las dificultades, inventor de tácticas y dignidades. Guerrero admirable que libró no menos de 80 combates militares, recorriendo no menos de 65.000 kilómetros, en más de dos décadas de incesante y desigual lucha. Más que ningún otro en el mundo antes, más que Alejandro, más que Aníbal, más que Napoleón, pero que rechazó sus cetros y coronas. El guerrero que hechizaba con la palabra y el pensamiento propio, y por propio temido, combatido, desvirtuado. Hasta 10.000 documentos, cartas, proclamas y proyectos. El que lo dejó todo, hasta la vida y la camisa. El más odiado e incomprendido, y por ello más generoso aún. Fue derrotado en su primera gran batalla por el futuro. Despedazado por la jauría oligárquica, desatada y hambrienta de nuevos fueros y privilegios. Por los arteros halcones del norte, ansiosos de clavar sus garras en el cuello de América, matando al que más la amó.

Murió, como le dijera uno de sus amigos a Manuela Sáenz, “como sólo mueren los grandes hombres, de pena”. Agazapado, adolorido, mirando impotente a sus amados pueblos condenados a la tristeza que trazó más tarde la pluma bella y corajuda de José Martí: “Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura” (1891). Vencido con su Patria. Muerto junto a la felicidad de sus pueblos. Desfigurado. Solo. Como lo cantó el poeta patriota puertorriqueño Luis Llorenz: “Fue un soldado poeta. Un poeta soldado / Y cada pueblo libertado / era una hazaña del poeta y era un poema del soldado. / Y fue crucificado…”.
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